Les aclaro que esta historia está basada en la novela Caricias Ardientes de la escritora Sandra Browny los personajes de Usagi y Mamoru le pertenecen a Naoko. Saludos amigas y disfrútenlo...

Capítulo 1

Serena cargó la última caja hasta lo alto de los escalones. Se coló entre la caja y el marco de la puerta, logró meter la caja en el departamento y la dejó caer sobre otras dos que estaban apiladas justo junto a la entrada. Le temblaban los brazos por el esfuerzo. Le dolían las piernas.

-Gracias a Dios es la última -se dijo con una exhalación. Apoyó los brazos rígidos sobre la caja e intentó recuperar el aliento. Al enderezarse, advirtió la tensión en los músculos de la cintura y soltó un gruñido. ¿No había ni una parte de su cuerpo que no le doliera?

Miró su reloj pulsera y se le tensaron los labios por la irritación. Hacía más de dos horas que había llamado a la Asociación Cristiana de jóvenes y les había pedido que enviaran un masajista.

Después de haber conservado el mismo domicilio durante más de ocho años, había olvidado el agotamiento físico que implicaba mudarse. La mejor manera de relajarse que se le ocurría era recibir unos masajes. Como todavía no le habían instalado el teléfono, había ido en su automóvil hasta la estación de servicio más cercana y había utilizado el teléfono público. La recepcionista de la Asociación le había asegurado que le enviarían a alguien en menos de una hora.

-Y después se creen eficientes -murmuró para sí mientras se quitaba el pañuelo con el que había atado su cabellera larga y rubia. El cabello le cayó sobre la espalda como un manto satinado.

Si el personal de la Asociación Cristiana de Jóvenes era un ejemplo del ritmo de vida de este pueblo provinciano, Serena perdería el juicio en una semana.

Recorrió con la mirada el departamento de tres ambientes que sería su hogar durante los seis meses siguientes. No tenía muy buen aspecto, con las cajas y los bultos apilados en el piso de madera, pero con un poco de imaginación Serena esperaba hacerlo por lo menos habitable. Rei le había asegurado que, de los sitios vacantes del pueblo, era el mejor y el más recluido. "...A menos que desees vivir en uno de esos complejos habitacionales estériles, pero estoy segura de que no es así" --había agregado.

Al llegar desde la ciudad al pequeño pueblo sobre la costa atlántica de Long Island, a donde su amiga Rei Hino había ido a vivir varios años atrás, Serena tenía que admitir que vivir en un garaje transformado en departamento, en los fondos de una casa de estilo victoriano ubicada en una calle tranquila y arbolada, era más atractivo que vivir en una caja de galletas hecha de hormigón.

Serena esquivó el laberínto de cajas y se dirigió a la pequeña cocina que había al otro extremo de la primera habitación, que hacía las veces de sala de estar y dormitorio. Le había complacido ver que el refrigerador tenía por lo menos veinte años, y que dentro del congelador había un recipiente donde vaciar las cubeteras. Tomó unos cubitos y los echó en un vaso alto que había logrado encontrar un rato antes; luego abrió una lata de gaseosa dietética. Cuando se empezaba a formar espuma sobre el hielo, alguien golpeó a la puerta.

-Justo lo que me temía -masculló. Bebió un sorbo de la gaseosa, que todavía no estaba fría; volvió a avanzar entre las cajas y abrió la puerta de un tirón.

-Perdón -dijo el hombre que estaba en el umbral. Los ojos azules de Serena quedaron a la altura de un torso ancho, y la muchacha tuvo que alzar bastante la mirada para encontrar los ojos más misteriosos que hubiera visto en su vida. De un azul intenso, estaban rodeados por pestañas espesas y arqueadas, oscuras en el nacimiento y doradas en las puntas. Las cejas, bien definidas pero espesas, enmarcaban los ojos que la examinaban con tanta atención como ella a su dueño.

Para evitar el minucioso escrutinio, Serena se apresuró a mirar hacia abajo. Se equivocaba al pensar que con eso estaría segura. No estaba preparada para toparse con una boca ancha, sensual. Debajo de los labios bien formados nacía un mentón fuerte y firme, con un hoyuelo vertical en el centro.

Serena también evitó analizar esa región, y levantó los ojos, para encontrarse con una nariz bien modelada, mejillas ligeramente cóncavas y unos pómulos firmes. Así llegó de nuevo a los ojos, que no se habían movido de su rostro.

Era el conjunto de rasgos masculinos más maravilloso que Serena hubiera conocido. Se sentía a punto de tartamudear, pero de algún modo logró evitarlo.

-¿No le indicaron cómo llegar?

El hombre sacudió la cabeza, adornada por cabello negro y liso.

-No.

-Bien, entonces no me sorprende que haya llegado más de una hora tarde. No hay ni un cartel que indique los nombres de las calles de este pueblo -comentó Serena, airada. Se hizo un lado y agregó: -Pase. Lo necesito más ahora que cuando lo llamé.

Él cruzó la puerta y Serena la cerró, para conservar el aire que entraba por el acondicionador. El hombre no había traído elementos auxiliares, sólo un cuerpo que hubiera intimidado al boxeador profesional más temible. Vestido con pantalones cortos blancos y una camiseta de color azul marino, era buenmocísimo. Serena advirtió que el resto del cuerpo tenía el mismo tono bronceado que el rostro. Tenía las piernas largas y delgadas, pero con músculos que se tensaban al avanzar despacio entre las cajas que le bloqueaban el camino. Serena justificó su interés en esos músculos como puramente profesional. Estaba muy familiarizada con cada músculo del cuerpo humano, su uso y cómo tratarlo.

-¿No trajo camilla, una mesa, nada? -preguntó Serena.

El hombre se detuvo de pronto y giró para verla.

-No.

Serena suspiró.

-Da igual. No sé dónde la hubiera puesto. Ya coloqué una manta acolchada sobre la mesa de la cocina. ¿Servirá? -Él se volvió y echó una mirada dubitativa a la mesa. -Todavía no preparé la cama en el sofá, y no quería desarmar todas esas cajas buscando sábanas. Lo necesito ahora mismo. ¿No le importa trabajar sobre la mesa de la cocina?

Alrededor de los ojos masculinos se formaron algunas líneas más, pero la boca no dejó entrever ni la más ligera sonrisa.

-Para nada.

Las respuestas lacónicas fastidiaban a Serena. Se sentía como una idiota parlanchina, en tanto él tenía una actitud reservada y la observaba entre indulgente y divertido. Ni siquiera se había disculpado por llegar tarde. Pero tampoco parecía el tipo de hombre a quien le resultara fácil pedir disculpas. Contemplaba a Serena con fijeza, sin poder disimular su curiosidad. Ella sospechaba que debajo de los rasgos plácidos se ocultaba una risa fuerte que moría por ser liberada. Serena no tenía ni la menor idea del porqué.

Serena siguió los ojos del hombre, que recorrían su cuerpo pequeño. Nunca en su vida había sido pudorosa, pero el impulso de cubrirse, aunque lo sintiera ajeno, estaba presente. Los ojos de él parecían inundarla, y dejar por donde pasaran una mancha de rubor. Era indudable que la vestimenta de Serena no tenía nada de seductora. Sin embargo, la evaluación lenta y silenciosa del hombre la hizo sentir como si los jeans cortos y la camiseta blanca, con los hombros descubiertos, fueran un camisón cortísimo y transparente.

Si él hubiera lanzado uno de esos comentarios lascivos que oía a menudo en las calles de Nueva York, Serena le hubiera devuelto un insulto mordaz. Si hubiera hecho una observación clínica acerca de su buen tono muscular, la longitud y la forma de sus piernas o su porte gracioso, le hubiera agradecido y no hubiera pensado un minuto más en el asunto. Podía manejar ese tipo de comentario. Pero no sabía cómo responder al mensaje elocuente de los ojos de él.

-Bien, ¿comenzamos? -Las comisuras de los labios del hombre se alzaron, sugiriendo una sonrisa. La voz hizo temblar a Serena. Parecía acariciarla, con su timbre profundo y sonoro. ¿Cómo podía ser de otro modo, si se había originado en ese pecho?

-¿No quiere que antes me desvista?

- Supongo que sí. Sí.

-Volveré en un minuto. -Serena fue a toda prisa hacia el baño, donde había dejado una sábana extraída de una de las cajas. Los dedos lucharon con el broche de los pantalones cortos. ¿Qué le sucedía? ¿Por qué estaba tan nerviosa? Ya había recibido masajes, muchas veces en la intimidad de su departamento de Manhattan. Jamás se había inquietado. Y tampoco se había inquietado en esta ocasión, hasta ver al masajista. Tal vez si el tipo la preocupaba tanto no debía seguir adelante.

Un dolor punzante en las piernas le indicó que sería temerario dejar pasar esta oportunidad.

Sus músculos maltratados necesitaban alivio, y el médico le había recomendado este tipo de terapia.

Se estaba comportando como una tonta. A sus casi treinta años, nunca se había amilanado ante nada. Ya desnuda, se envolvió en la sábana, abrió de un golpe la puerta del baño y salió.

-Supongo que tampoco trajo loción -observó, y pasó junto a él con gesto desdeñoso.

-No, no traje loción.

-Debería alegrarme. A veces las lociones que usan los masajistas huelen a remedio. Puede usar ésta. -Le entregó el frasco plástico de loción que había tomado del baño. Tenía el aroma de su perfume favorito. -Y aquí tiene toallas para cuando... para cuando las necesite -concluyó, cohibida.

Deseaba que él no la contemplase como si estuviese a punto de devorarla. Serena había compartido vestidores del tamaño de una caja de fósforos con hombres y mujeres, todos apurados por llegar a tiempo con el siguiente cambio de vestuario. A menudo se había visto forzada a renunciar a un viaje al vestidor, y se había cambiado detrás del escenario, sin nada que la protegiera de las miradas. ¿Por qué se sentía ahora tan consciente de su desnudez debajo de la sábana?

Con la esperanza de distraerlo de la contemplación de sus hombros desnudos, Serena comentó:

-Estaba... estaba bebiendo una gaseosa cuando llegó. ¿Quiere una?

-No, gracias. Tal vez cuando hayamos terminado.

Serena desvió la vista y se dirigió a la mesa rectangular de la cocina, que tenía el largo justo para que ella se tendiera La había cubierto con una vieja manta acolchada que había encontrado en uno de los dos armarios del departamento.

-Parece cómoda -sugirió él.

-¿La mesa?

-La manta.

-Ah. -Serena bajó los ojos hacia la manta desteñida. -Supongo. No es mía. Vino con el departamento.

-Parece que se acaba de mudar.

-Sí.

Serena le volvió la espalda y se tendió boca abajo sobre la mesa. Luego se estiró y se acomodó lo mejor que pudo. La manta no acolchaba mucho la superficie dura.

Serena se levantó un poco, desplegó la sábana y la estiró a cada lado de su cuerpo, hasta que su torso descansó directamente sobre la manta, que conservaba la suavidad del último lavado. La muchacha apoyó la mejilla sobre las dos ruanos, que había puesto una sobre la otra, y quedó mirando en la dirección en la que el hombre no estaba.

-¿Le gusta el departamento?

-Está bien para estar por un tiempo. Estaré aquí como mucho seis meses.

-¿Es de la ciudad?

-Originalmente, no -respondió Serena. Contuvo el aliento por un instante al sentir que él levantaba la sábana y cubría sus caderas con una toalla.

-¿Originalmente de dónde es?

-De Minnesota. -La palabra salió como una exhalación, en el momento en que él sostenía la toalla contra las caderas de Serena mientras retiraba la sábana. Cubierta sólo por la toalla, que Serena sentía del tamaño de un pañuelito sobre su trasero, la muchacha casi podía percibir los ojos azules, abrasadores, en su piel desnuda.

Pasó un momento largo. Él no hablaba. Serena no respiraba. Ninguno de los dos se movía. Por fin, incapaz de tolerar el suspenso, Serena volvió la cabeza hacia él.

-¿Pasa algo malo?

El hombre carraspeó.

-No. Nada. Sólo estaba estirando los dedos.

-Ah.

No lo vio, pero percibió los movimientos que él hacía al echar loción sobre la palma de una mano y frotarla contra la otra. Después las manos se apoyaron sobre los hombros de Serena. Al principio despacio, hicieron presión sobre los músculos tensos y extendieron la loción sobre la piel.

Con apenas algo más de presión, las manos comenzaron a hacer magia, y Serena sintió que la tensión se disolvía.

-¿Hace mucho que trabaja para la Asociación?

-¿La Asociación?

-Sí. ¿Hace mucho que trabaja en ella?

-Eh... no. En realidad, no trabajo para ellos. Me manejo sin relación de dependencia.

-Ahá. ¿Tiene bastantes clientes como para mantenerse ocupado en un pueblo de este tamaño?

-Le sorprendería saber lo ocupado que estoy. Ahora ambas manos estaban sobre un hombro, masajeando los músculos cada vez más relajados.

-Sus manos no son como las de la mayoría de los masajistas. Tienen callos.

-Lo lamento.

-No me quejo. Era sólo una observación.

-Hago ejercicios con pesas bastante seguido. Me dejan callos.

-Entonces se dedica a todos los tipos de actividad física.

-Podría decirse que sí.

-Me parecía. Parece estar en muy buena forma.

-Usted también.

El hombre eligió ese momento para dejar caer las manos, de los hombros al sitio donde se unían los brazos y la piel suave y sensible del torso. Las palmas se apoyaban a los costados de la espina dorsal, y Serena notó que eran grandes y fuertes. Con un mínimo de presión le quebrarían las costillas. Serena respiró con más facilidad cuando comenzaron a descender en forma gradual, y los dedos del hombre dejaron de tocar ese punto en particular bajo los brazos.

-Soy bailarina. Debo mantenerme en forma.

-¿Qué tipo de bailarina? ¿Clásica?

-Tomo clases de ballet todos los días para entrenar, pero bailo más que nada en comedias musicales.

-¿En serio? ¿En cuáles?

Serena dejó escapar una risa suave.

-En casi todas. En las conocidas, en Broadway, y en las menos famosas. A veces salgo de gira por meses.

-Entonces hace rato que es profesional.

-Sí. Desde que terminé el colegio secundario. Muy a pesar de mis padres, llegué a Nueva York cuando todo el resto del mundo se iba a las universidades.

-¿Sus padres se oponían?

-Decirlo así es una sutileza. Ni siquiera yendo por la noche a la universidad logré convencerlos de que no estaba en la senda de la destrucción. Durante años les había anunciado que iría a Nueva York a estudiar y a bailar, y me seguían la corriente, pensando que la locura se me pasaría, o que conocería a un buen muchacho de pueblo y cambiaría esos sueños imposibles por el matrimonio.

--Pero no fue así.

-No.

-Estoy seguro de que ahora están orgullosos de usted.

-Sí, pero no del todo -aclaró Serena despacio. Siempre se ponía triste al recordar el dolor que había causado a sus padres. Durante mucho tiempo había intentado que aprobaran su forma de vida. Era un sueño que nunca se haría realidad, porque jamás comprenderían su amor por la danza. -No van a aceptar mi éxito hasta que no me case y les ponga delante una fila de nietos.

Los pulgares del hombre derretían cada vértebra con movimientos circulares, hipnóticos.

Cuando se encontraron en la base de su columna, las palmas se apoyaron en la curva superior de las caderas de Serena. La toalla se deslizó unos centímetros. Sin dejar de hacer presión, las manos siguieron con el masaje, llevándose el cansancio a su paso. Serena cerró los ojos, a la vez que lanzaba un suspiro de placer físico puro.

-Debe de ser la preferida.

-Así es -murmuró, adormilada, contra el dorso de su mano. Tengo dos hermanos y una hermana que les dieron más nietos de los que pueden mantener, cuando se trata de regalos de cumpleaños.

Él se echó a reír y a Serena le agradó el sonido. Era tan tranquilizador como las manos, que alzaban ligeramente sus caderas y las volvían a apretar contra la manta al volver a presionar.

-Supongo que todos los padres son así. No están felices hasta que sus hijos se adaptan a su idea del éxito. -Tal vez la próxima generación de padres sea mejor. Mi amiga Rei tiene cinco hijos y trata a cada uno como a un individuo. Tal vez la conozca. Vive aquí, en Tidelands, y es la responsable de que yo esté aquí. Rei Hino de Kumada

-Conozco a los Kumada. Él es policía, ¿verdad?

-Sí. -Serena rió, apenas consciente de que las manos volvían a sus costillas. -Si hubiera conocido a Rei hace diez años, jamás habría creído que llevaría la vida de ahora. Dejó la danza para casarse con Nicholas y vivir en un pueblo. Yo sigo sin poder creer que mi amiga, que compartía conmigo dietas de hambre y clases rigurosas, sea ahora la feliz madre de cinco "Kumaditos".

-¿No le parece bien que lo haya hecho?

Serena se encogió de hombros.

-No tiene que parecerme nada. Pero no entiendo cómo alguien puede dejar la danza, a menos que sea por la fuerza.

Los dedos masculinos subían y bajaban por los costados de su torso y por las costillas, mientras las palmas avanzaban perezosamente sobre la columna. Serena se sacudió de punta a punta cuando los dedos rozaron los costados de sus senos, aplastados contra la manta. Se movió, y él captó el mensaje poco sutil. Las manos se alejaron de su piel lo suficiente como para tornar más loción. Cuando él retomó el masaje, lo hizo en la parte posterior de las rodillas.

-Si se dedica de tal modo a la danza, ¿qué hace aquí? No parece conveniente venir a Long Island, si ha vivido en la ciudad desde hace tantos años.

Masajeaba los músculos de una pantorrilla con ambas manos. El movimiento rítmico hizo que Serena volviera a relajarse. No deseaba admitir ni siquiera ante sí misma cómo se había alarmado al sentir el roce en los costados de los senos. El corazón había golpeado contra la superficie dura de la mesa, y la sangre en sus venas había parecido concentrarse en los lóbulos de las orejas, que comenzaron a latir. Ahora que los movimientos habían vuelto a ser los de un masajista indiferente, Serena sólo pudo pensar que lo sucedido había sido un accidente, o que se había inquietado sin motivo.

Después de todo, desde hacía años, muchos hombres habían tocado su cuerpo. Cuando se baila con un compañero, el logro de un paso en particular depende a menudo de cómo el otro aferre el propio cuerpo. Ese tipo de contacto no deja lugar a la timidez ni al recato. Pero aunque la habían tocado de formas mucho más íntimas que ésta, no recordaba nunca haber sentido la garganta oprimida ni la sangre hirviente como ahora, desde el rostro hasta los muslos.

-¿Me contestó y no la oí?

El sonido de la voz masculina al acercarse al oído de Serena la sacó de su letargo momentáneo. Aunque podía haberse privado de ese aliento cercano, Serena se alegró de verse distraída de sus reflexiones, que cada vez la perturbaban más. Se movió, inquieta, cuando las manos de él llegaron a la parte posterior de sus muslos.

-Lo siento. Debo... debo dejar de bailar por un tiempo por orden del médico.

Las dos manos que frotaban sus muslos con suavidad se detuvieron.

-¿Por qué?

-Más que nada por mis rodillas. Tengo lesiones en tendones y cartílagos, y los tejidos se reconstruyen con el tiempo.

-¿Cuánto tendrá que esperar para bailar?

-Seis meses. -Lo dijo despacio, recordando una vez más la angustia que la había traspasado al oír del médico esas palabras fatales. Era el tercer especialista al que consultaba. No había querido aceptar los diagnósticos de los dos primeros, y los había tomado por charlatanes más interesados en su chequera que en sus rodillas.

Las manos retomaron el masaje.

-Suena como algo serio.

-No lo es -respondió Serena con tono irritado. Cerró los ojos, como para no ver lo que no deseaba aceptar. -No lo es -repitió con más suavidad pero igual convicción-. A las bailarines profesionales les pasan estas cosas todo el tiempo: tendonitis, luxaciones, fisuras. Unos pocos meses de descanso y estaré bien. -¿No puede bailar para nada?

-Puedo hacer un entrenamiento mínimo para conservar el tono muscular. Nada demasiado enérgico.

Permanecieron un instante en silencio. Serena intentaba bloquear dos hechos de su conciencia. En primer lugar, la zozobra de tener que abandonar su carrera, aunque fuese por seis meses. En segundo lugar, las sensaciones tumultuosas que azotaban sus zonas erógenas con cada contacto de los dedos callosos en la parte trasera de sus muslos.

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Que les pareció, deben estar pensando ¡Yo quiero un masajista como Darién!, espero que les guste este nuevo fic, cualquier duda, comentario, critica, será bien recibida.

CARIÑOS