Capítulo 2: Enamorado
El rey Lachlan Mellark fue el hijo de un humilde hombre de negocios del reino norte, hasta que su esposa, Leonora, descendiente del más puro linaje azul deseo casarse con él. Los primeros años de su vida fueron placenteros, hasta que el corazón de la reina se endureció por su imposibilidad para quedar embarazada.
Pasaron años y muchas pociones para que Leonora pudiera concebir; pero cuando logró tener a su primogénito, este falleció a la edad de dos años, en un viaje que la familia real hizo a las montañas nevadas del norte.
Con la amargura en su alma, la reina se convirtió en una mujer despiadada que incrementó los impuestos y alargó las horas de trabajo en las grandísimas minas que daban fama su reino. Tiempo después, dio a luz a su segundo hijo, pero el bebé nació enfermizo, no sobreviviendo los dos meses.
La última vez que el rey entró a la cámara de la reina, esta quedó embarazada en edad ya avanzada. Todos en el palacio temían que no pudiese resistir este embarazo y que el reino norte quedaría sin heredero y a la merced de sus enemigos.
Más la suerte les dio una grata sorpresa al parir a un sano niño de hermoso parecer.
El padre amólo más que a nada ni nadie en el mundo, y mandó que fuese instruido en todas las ciencias y artes existentes. Se hizo conforme a su voluntad y Peeta Mellark, príncipe del reino norte, creció rodeado de lujos y conocimientos; destacándose en el manejo de espada y el uso del pincel sobre los lienzos que eran traídos del este, donde las mejores telas eran elaboradas.
Vivieron felices varios años, pero el monarca estaba ya entrado en años, y pronto debía entregar el reino a su único hijo, razón de porque los últimos meses se ofrecían incontables banquetes en el castillo: para conseguir una esposa al joven heredero.
Pero Peeta, que había crecido al cuidado de sus nanas y acostumbrado a obtener todo lo que pedía, creía en los cuentos que solía leer de niño y deseaba aventuras como cada joven de su edad. Con su corazón aventurero, había recorrido de cabo a rabo su reino y no estaba dispuesto a casarse en ningún futuro cercano.
Sin embargo la actual reina era tan caprichosa como su hijo, y si el príncipe no escogía a una dama de la corte para el próximo banquete, ella lo haría por él y su palabra sería ley.
Con esa última advertencia, fue como concibió su plan.
-Esta es una mala idea, chico.
-Vamos, Haymitch. No me digas que en tus tiempos nunca hiciste algo así.
El consejero real dio unas palmadas satisfechas a su pequeña barriga –lo más alocado que he hecho, fue aceptar ser tu niñera y cada día me arrepiento de ello.
El joven príncipe giró los ojos, cogió su capa más sencilla de viaje (la misma que el viejo Haymitch le había remendado incontables veces) y se encaminó a la ventana de la biblioteca que daba a los establos. –Cúbreme bien estos tres días.
-Repito que esta es una pésima idea.
-Prometo que simplemente echaré un vistazo –mintió –y volveré de inmediato, cascarrabias.
-¿Y por qué he de cubrirte por tres días? –gruñó el consejero.
-Necesito uno para ir, uno para divertirme y otro para volver. –Explicó con una sonrisa.
-¿Y qué inventaré esta vez? ¿Qué un dragón te ha cenado? –preguntó sarcástico.
-Duh. Los dragones no existen, Haymitch, así que lo mejor es que pienses en algo más convincente. Di que he enfermado, mamá no lo dudará mientras no tenga que faltar al banquete, o diles que ando de pésimo humor y que no quiero ver a nadie. Todos lo creerán porque la última vez que usaste esa excusa, lo pasaste en grande destruyendo mi habitación.
El Lord Haymitch Abernathy se encogió de hombros –tuve que hacerlo creíble. –Suspiró derrotado ante la enorme sonrisa de su príncipe. –Tres días, no más. Y me darás el doble de la vez anterior.
-Hecho –dijo el heredero sin perder su sonrisa.
-Cuídate, chico, y usa bien esto –se despidió tendiéndole una bolsita de cuero que parecía contener pesadas monedas.
Peeta quiso decirle que no las necesitaba, pero comprendió que era dinero del sur. –Haymitch Abernathy, como siempre un paso adelante –elogió a su amigo antes de descender ágilmente por la enredadera que cubría el muro exterior del palacio. Había realizado esta acción incontables veces, pero este viaje no constaría en llegar únicamente a los límites del reino norte. Ahora cruzaría a como diera lugar los terrenos de sus vecinos y cumpliría con su objetivo.
Hacia dos meses escuchó a un gitano, de esos que viajaban en caravanas por todo el mundo, decir que había visitado el reino del sur y aseguraba que la princesa era la más hermosa sobre la faz de la tierra.
Esta fuente de información bastó para que despertara la curiosidad del joven príncipe, quien de inmediato se puso a la tarea de organizar una corta visita y comprobar con sus propios ojos que lo dicho por ese gitano no era una mera exageración.
Por supuesto que no podría ir llevando una caravana cargada de obsequios porque ambos reinos se detestaban mutuamente y sería un suicidio presentarse así. Por lo que tendría que ir solo y como era el futuro rey, ¿quién le impediría hacerlo?
Su madre, por supuesto. Pero ella no había hecho más que darle una excusa para realizar su viaje antes del siguiente banquete, porque con la advertencia de escogerle una esposa, Peeta pulió los detalles de su plan y se sintió brillante porque de este modo conseguiría ambas cosas: conocer a la princesa del sur, y no casarse en lo venidero.
Porque ¿qué mejor que hacerle creer a la reina, que deseabas casarte con la hija de sus enemigos?
Para no levantar sospechas o arruinar la carnada de Haymitch, tuvo que tomar uno de los caballos mensajeros del palacio, y había tantos que nadie se daría cuenta que faltaba uno. Montar no se le dificultaba para nada y su vasta experiencia le ayudaría a no necesitar descanso alguno.
Llegando a las tierras sureñas, quedó impresionado por los enormes árboles de esos bosques que visitaba por primera y, seguramente, ultima vez; y por los dorados campos de trigo que eran más extensos que los de su reino. En su camino hacia la ciudad principal, unos amables y confianzudos campesinos le dijeron que se celebraría el cumpleaños de su princesa; mira nomás, ¡Qué casualidad! La suerte estaba definitivamente de su lado.
Tras un día completo de jornada, alcanzó la anhelada ciudad, y no le resultó difícil pasar por la avenida principal, ya que todos parecían estar distraídos con la celebración, y puesto que había muchísima gente inundando las calles, hubiera resultado imposible notarlo.
La ciudad principal estaba adornada con cientos de papeles multicolor que le conferían cierto encanto; aunque bien podía ser simplemente la alegría de sus habitantes; o la expectativa de estar en un lugar prohibido.
Peeta desmontó su caballo para no llamar la atención y se dedicó a buscar un lugar donde reposar.
La posada que halló tenía muy mal talante, pero el posadero aceptó el oro que le tendió sin hacer demasiadas preguntas. Después de comer algo que parecía ser venado asado y vino, el príncipe pudo descansar por varias horas en su habitación, antes de que el sonido de las trompetas le despertara en el medio de su sueño.
Finalmente había llegado la hora.
Abandonó la posada pero permitió que su caballo permaneciera en el establo que daba hacia el bosque, sabiendo que si de pura casualidad era descubierto por alguien, desde allí podría huir fácilmente.
Se apretujó entre la población que había viajado desde lejos para celebrar a su futura soberana, y mientras reconocían a quienes parecían ser guardias, el príncipe Mellark sintió que le robaban el aire.
En la tarima, justo a un lado del Rey Everdeen, la creatura más hermosa que sus ojos hubieran visto capturó sus sentidos. Con un vestido azul claro como el cielo en un día brillante, la piel tostada de la princesa parecía asombrosamente suave. Sus cabellos trenzados, permitían que sus ojos grises, fieros y determinados, relucieran grandes y llamativos, dándole inmenso atractivo a su perfil. Y sus labios… ¡oh, sus labios! ¡Tan rojos como las cerezas de los huertos en las tierras frías del norte, y más apetecibles que el más costoso vino de los viñedos habidos y por haber!
Deseola para él, y solo para él.
Se olvidó de su plan porque sus motivos eran ridículos en comparación a lo que ya sentía por esa doncella.
Decidió que sería suya porque ya la amaba.
Terminada la ceremonia, se entremezcló con la multitud, entre los innumerables puestos de comida y juegos; aprovechando para saciar su hambre con varas de carnes asadas, bollos de pan que no tenían nada que envidiarle a los que consumía en casa, y rebanadas de queso fresco bastante bueno.
Durante ese tiempo, se paseaba ocasionalmente cerca de la tarima donde la fila interminable de caballeros y nobles esperaban para poder besar la mano de la bella princesa; y Peeta tuvo que frenar sus celos en incontables ocasiones.
Debía ser paciente y entonces el galardón sería suyo.
Su oportunidad llegó al fin cuando un guardia escoltó a la princesa a través de los puestos y las festividades del lugar. Había algo extraño en la forma de moverse del guardia en torno a la princesa, pero esta parecía ajena a ello, por lo que Peeta desechó cualquier sensación de contrariedad.
Los siguió cautelosamente hasta la desvencijada tienda donde una mujer decía ver el futuro; y decidió que era ahora o nunca.
Se escabulló por detrás de la pequeña carpa y prestó atención sigilosamente la conversación entre ambas mujeres. El corazón del joven príncipe dio un vuelco cuando la dueña de su corazón entonó una canción y esto le ayudó a reafirmar su ya desbordante pasión por ella; estaba haciendo lo correcto.
Retrocedió un poco cuando escuchó los pasos de su amada dirigirse hacia la salida. Tembló de emoción cuando vio su preciosa figura a contra luz de la luna; y como si ella misma deseara que la tomara y la llevara con él, se recargó en un árbol, pensativa.
Entonces Peeta actuó.
La princesa forcejeó y pataleo, pero fue demasiado tarde; perdió el conocimiento gracias a las especies aromáticas de las que el saco estaba impregnado. Sin dificultad alguna el secuestrador la echó sobre su hombro y se apresuró a alcanzar su caballo, antes de que el guardia real comprendiera que algo andaba mal.
A través de los bosques, se escuchó una carcajada triunfante, junto al galope de un magnifico corcel del reino norte.
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Nunca era fácil despertar después de la juerga de cada uno de sus cumpleaños, donde se veía obligada a bailar con cada noble del reino sur; así como a recibir cada obsequio que su amado pueblo deseaba entregarle; no porque ella fuera precisamente un dulce, sino porque se padre era bien apreciado y Prim era querida por todos.
Mientras pensaba en lo pésima reina que sería algún día; trataba de recordar porque razón le dolía tanto el cuerpo, si apenas y había bailado… un momento. Ahora que lo recordaba, no había tenido la oportunidad de bailar ni una canción.
Poco a poco, su mente empezó a recordar a Gale y su nerviosismo al cogerle la mano (seguramente porque ella era la princesa y no tenía permitido ese tipo de cercanía), y después las burlas de la vieja Sae (o al menos eso le parecieron a ella), y entonces…
'Oh.'
Abrió los ojos recordando por completo al tipo extraño de ojos azules que había osado a… a… ¡Secuestrarla! ¡Todo un ultraje! ¡Ese… ese… malvado! ¡El muy infame! Furiosa con el desconocido, se sentó, pero tuvo que tallarse los ojos para poder aclarar su visión e identificar el lugar donde la mantenía cautiva.
De acuerdo. Lo que percibieron sus ojos no se lo esperaba.
Estaba en una encantadora habitación de decoraciones sencillas, pero elegantes. Además se encontraba recostada en una cama tan suave como si fuera hecha de plumas, y cubierta de sabanas de exquisita tela color rosa.
Si prestaba atención, podía escuchar un suave sonido que le parecía vagamente familiar, pero que no escuchaba desde hacía años.
¿Acaso era el mar?
Sintió una emoción repentina, porque tras sus muchos años de encierro en el castillo real y sus alrededores, estaba ansiosa por recorrer su futuro reino, razón por la cual no deseaba casarse. Claro que eso no lo comprendía su padre, quien desde la muerte de su amada esposa, temía llevar a sus viajes a sus pequeñas hijas, no dispuesto a ponerlas en peligro alguno.
¡Oh, su pobre papá!
No quería ni imaginar lo preocupado que debía estar en esos momentos, no sabiendo que sería de ella. Lo más probable es que ya la estuvieran buscando por todos los rincones del reino, y a su secuestrador le debía estar esperando una sentencia de muerte en la horca.
No sintió ni tantita pena por el hombre que la mantenía prisionera en esta… bonita recamara frente al mar.
Se levantó rápidamente, sintiéndose furiosa al comprobar que lo único que la mantenía cautiva en aquella deliciosa cama, era una desgastada capa de viaje y nada más.
¿Qué acaso este mequetrefe la creía tan estúpida como para no ser capaz de escapar?
¡Uy! ¡En cuanto lo tuviera enfrente, ya le enseñaría que había secuestrado a la princesa incorrecta!
Claro que mejor ella que la dulce e inocente Prim, pero aun así…
Su ira le infundió el coraje suficiente para comprobar que sus ropas no estuviesen desgarradas, porque entonces ella mataría al canalla con sus propias manos.
Gracias a todos los arqueros, su vestido estaba en perfectas condiciones, excepto por lo arrugado que estaba, pero esas eran nimiedades en estos momentos. Aunque Effie pegaría el grito en el cielo.
Bueno, sabiéndose libre, lo mejor sería escapar antes de que el malvado (al que imaginaba feo y tan atroz; como los duendes de los libros que Prim leía) regresara y esta vez la encadenara y volviera su esclava, (¡porque seguramente ese malvado lo único que deseaba era una esposa gratis por lo horrible que era!) sin un futuro mayor que cocinar para él y darle pequeños niños deformes.
Tras un escalofrío, sacudió la cabeza para aclarar la mente y enfocarse. Buscó cualquier cosa que pudiese servirle de arma para defenderse. Pero para su desdicha, no había nada mas que encantadora ropa de cama, artículos de tocador y unos cuantos libros.
Tendría que arreglárselas, por lo que tomó un libro de buen tamaño y decidida, salió por la puerta, que como imaginó, estaba sin seguro.
Encontró una pequeña estancia, tan bonita como todo en esta sencilla casa, pero no iba a ponerse a admirar la vivienda de su secuestrador, así que cruzó por la primera puerta que encontró a su paso.
Su boca se abrió, colgando inerte en su rostro, pero no por la belleza del mar que se extendía frente a ella; ni por el hermoso amanecer color naranja que daba a la arena un brillante color oro, más puro que la corona del rey. Más bien, por la figura del hombre desnudo que regresaba del mar con una red colgada al hombro.
Bueno; no estaba completamente desnudo, era únicamente su torso amplio y musculoso lo que saltaba a la vista. Sus cabellos rizados y ligeramente largos, más brillantes que el sol, rodeaban una mandíbula cuadrada y fuerte, dando mayor luminosidad a esos labios finos y esos ojos azules que no eran comparables al más azul zafiro que poseía, herencia de su madre.
No era necesario ser un genio para sumar dos más dos, e identificar a este horrible hombre, que bien podía pasar por un noble, como el causante de arrebatarla de la seguridad de su hogar.
Vale, vale.
No era tan horrible y atroz como lo supuso. Entonces este… tipo demasiado atractivo, seguramente no tenía necesidad de secuestrar mujeres para hacerlas sus esposas; lo que le indicaba que lo que buscaría era una buena paga a cambio de entregarla con vida. Sí, eso justificaría la riqueza de la casa donde había despertado. Se dedicaba a secuestrar chicas nobles y a cobrar por su rescate.
Ahora que sí lo que necesitaba era una esposa… No. Debía frenar su ridícula mente, la cual debía estar delirando por la humedad en el ambiente. Este hombre era un delincuente, no importando cuando fuertes y musculados sus brazos parecían ser a simple vista.
Tragó saliva, siendo consciente de sus mejillas ruborizadas, y furiosa con su debilidad, apretó el libro con mayor fuerza.
Entonces el secuestrador alzó la vista, mirándola con una sonrisa que haría temblar a cualquier dama en la corte (el muy sinvergüenza), y que después se transformó en una mueca cuando el tomo de Katniss se impactó, con asombroso tino, en medio de sus dos hermosos ojos.
