N/A: ¡Rayos! Las odio tanto muchachas, me atraparon en la movida: ¡por supuesto que habrá drama! Y aunque se me da un poquito bien la comedia, la imagen no es precisamente muy cómica. El primer capítulo es la entrada/apreciación del problema. Este... mentiría si no dijera que me ha costado un buen rato.

Y nada, que lo disfruten.

Disclaimer: Los personajes aquí usados no me pertenecen, son de Sir Arthur Conan Doyle con la bella ambientación de Mark Gatiss y Steven Moffat (MOFFAT!). Esto pertenece al reto de 'Una imagen vale más de mil palabras...' del foro I'm Sherlocked, para el reto me ha tocado está imagen que NO me pertenece:

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II. Colour my life with the chaos.

Tomó el primer taxi en el menor tiempo posible, mientras le enviaba a Sarah un mensaje donde se disculpaba por no poder ir a trabajar ese día. En menos de lo que alguien parpadea ella respondió: 'Suerte, John (: -S'. Se sentía afortunado aquel día, después de tanto tiempo poniendo mala cara, tal vez las cosas podían mejorar. Hasta le sonreía al taxista, expectante de que su vida volviera a la normalidad. No necesitaba absurdas explicaciones, estaban de más ahora que podía decir que volvería a estar con su amigo y hacer todas las idioteces que por tres años no pudo hacer.

Iba con estos alegres pensamientos sin darse cuenta de que se estaba acercando a un lugar de Londres donde jamás había estado. Aún tenía la sonrisa estúpida en la cara cuando bajo del taxi y le pagó al taxista. 'No, quédese con el cambio', fue la amigable respuesta del rubio.

La sonrisa no se borró hasta que vio a Sherlock. Acompañado. Con Irene Adler.

Irene Adler. La Mujer. Dominatrix. Ella. Que también estaba 'muerta'. ¡¿Es que ya nadie podía quedarse muerto en su mundo?! ¿Cuál era su problema con la muerte? ¡¿Cuál?!

Mierda.

La sonrisa se le cayó conforme se fue acercando, hasta escuchar parte de la conversación que sostenían los policías con Sherlock e Irene. La mujer tenía una sonrisa casual, como si aquello no le molestará en lo más mínimo, y hasta parecía disfrutar de toda la atención que estaba recibiendo mientras daba respuestas mordaces sobre las pistas que ella y Sherlock habían encontrado. Mientras que Sherlock estaba ahí. Nada más. No hablaba, no se movía. Nada. Hizo una mueca de desagrado, casi imperceptible, como si hubiera mordido un limón.

—Bueno, creo que podemos empezar con esto —decidió Lestrade, mientras buscaba llamar la atención de sus agentes, evitando que siguieran babeando por la morena, que se limitaba a sonreír de forma felina. John carraspeó, buscando un mínimo de atención. Irene fue la única que se giró a verlo.

—¡John, que gusto volverte a ver! —su voz estaba cargada de dulzura y una abrumadora emoción, como si fuera un verdadero deleite volverlo a ver. Sintió nauseas.

—Amaría decir lo mismo, señorita Adler —las palabras eran duras y tan firmes como su posición en esos instantes.

—Oh corazón, no hay necesidad de tanta formalidad. Después de todo lo que pasó hace tiempo —le ofreció un guiño y esas palabras con doble sentido. No se molesto ni en ruborizarse, permaneciendo en una posición marcial —. Espero que no te haya molestado que te robara a Sherlock, necesitaba que me echara una mano con este asunto.

—A él no le molesta —era la primera vez que lo escuchaba hablar después de tanto tiempo. Su voz era seca, monótona y no dejaba lugar a dudas. No estaba contento y se estaba cansando.

Algo en la cabeza de John explotó, con un ruido tan ensordecedor, que por un momento olvido que tenía gente a su alrededor y estuvo a nada de abalanzarse sobre Sherlock. ¿Así que no le molestaba? ¿Y cómo demonios podía decirlo si le estaba dando la espalda y ni siquiera se dignaba a hablarle! Pero Lestrade lo detuvo, leyendo sus pensamientos y arrastrándolo lejos de Irene Adler y de Sherlock, que seguía impasible, mirando a la distancia y sin girar el rostro hacia John.

Lestrade detuvo a John e intentó entretenerlo con los hechos, pero John estaba lejos de estar concentrado. La irritación le salía por los ojos y cada que alzaba la vista, veía a Irene restregándose contra Sherlock. Lestrade y Donovan dedicaron un rato a explicarle el caso a John:

Una pareja había sido vista cerca del London Eye, abrazados y muy bonitos y felices, pero a eso de las seis de la tarde se perdió rastro. La pareja constaba de un chico holandés y de una muchacha, amiga de la señorita Adler que la declaró como extraviada, la policía hubiera hecho caso omiso, de no haber sido porque encontraron circunstancias extrañas en su desaparición. El lugar estaba atiborrado de personas, no había forma de que se perdieran, en especial porque la cámara mostraba que ellos habían estado juntos y al minuto siguiente, ya no estaban en ningún lado.

Y por supuesto, el cadáver. Era la cosa más horripilante que John nunca había visto. Ambos fueron descuartizados y cada torso tenía partes distintas del cuerpo del otro. Irene Adler y Sherlock había aparecido al mismo tiempo que los forenses y habían descubierto algo impresionante: no eran verdaderos miembros humanos, si no que imitaciones (excelentes, en voz de Sherlock) con distintos tipos de plástico. Y estaban buscando a alguien con conocimientos sobre anatomía y maquillaje fantástico.

Sí, era un caso maravilloso, y espectacular. De no ser porque Irene no dejaba de abrazar y buscar mayor contacto con Sherlock, que parecía ajeno y ni siquiera hacía el esfuerzo de apartarla. Aspiró profundamente y exhaló, contando desde mil hasta cero.

Pero lo peor estaba por llegar.

Sherlock lo había alejado de todo sobre la investigación, no le compartía nada. El alejamiento se había vuelto brutalmente reconocible y palpable. Ya ni siquiera permanecían en la misma habitación por más de cinco minutos.

John sólo lo acompañaba, con la pequeña esperanza de ser parte de la investigación, pero cada vez quedaba más y más relegado. Y toda esa furia contenida se comenzó a transformar en tristeza, en abandono. Y entonces, ya no dijo nada más.

La última vez que acompañó a Sherlock a la escena del crimen (o bueno, lo intento), Irene había llegado a recoger a Sherlock y ni se molestaron en invitarlo al carro. Fue el colmo. No sabía qué juego estaba jugando Sherlock, pero ya estaba cansado. Empacó sus maletas y pensó en irse a casa de Sarah (la única opción confiable, en lo que planeaba irse a Sussex o algún lugar fuera de Londres). Ya no estaba para aguantar semejante grosería, no después de todo lo que había hecho hasta ese día.

Dejó sus maletas en la entrada del piso, mientras garabateaba una nota: 'Sé que no te importa, pero para que no molestes a la Sra. Hudson me fui. Ansío el feliz anuncio de tener a la Señorita Adler ocupando mi lugar.' Y ya, eso fue todo, tomó sus cosas y salió, echando fuego por los ojos, pero sintiendo la nube negra crecerle en la cabeza.

Tal vez había exagera-… no, definitivamente no lo había hecho. Se merecía esta situación. ¿Qué se creía? Regresar tres años después, con una sonrisa en la cara y después no decir ni pío, esperaba que él lo recibiera con los brazos abiertos? Pues no, aún tenía un poco de orgullo y lo que Sherlock había hecho… no, no tenía nombre.

Y entonces llegó el resultado del crimen.

No había recibido ninguna respuesta, ningún acercamiento de Sherlock en lo que iba del mes, y tampoco es como si lo esperará o lo ansiara. Aún estaba ocupado con trabajo y cosas, aunque no podía evitar revisar de vez en cuando los avances de Holmes desde su web site, porque aunque estuviera molesto con él, le seguía importando. Poco, pero era algo.

Estaba en la clínica, firmando los últimos papeles y verificando unos expedientes cuando su celular cobró vida. Llevaba tiempo muerto, sin hacer ningún sonido, hasta el momento. Acercó la mano distraída y sin despegar la cara de los papeles, abrió el mensaje, a penas prestándole atención. Hasta que vio el remitente.

'Está vivo y él está en peligro. ¡Ven al lugar del crimen, por favor! –IA'.

Tardo un instante en descifrar el nada intrincado mensaje. Sólo le basto pensar, tomarse un instante para que su cerebro comenzará a correr y salió disparado. Se despidió de Sarah y le pidió que ella tomara el resto de sus pacientes, que tenía una urgencia, pero apenas había terminado ya estaba tomando el primer taxi que lo llevará al Támesis, cerca del London Eye. Ya no se podía tomar a la ligera que todos se volvieran zombies y que a final de cuentas estuvieran vivos, porque, vamos, ya todo había carecido de lógica desde el instante en que él entró al laboratorio y conoció a Sherlock Holmes.

No tardó nada en llegar a la escena del 'crimen', con el aliento cortado, regañándose mentalmente por no traer su pistola con él. ¿En qué había pensado? Oh sí, en que su vida se estaba volviendo monótonamente normal. Miró de izquierda a derecha, buscando algo, alguna señal. A los lejos podía ver las luces del London Eye, de la gente que se divertía a lo lejos, y él, ¿bueno estaba solo a oscuras y sin tener idea de qué demonios ocurría?

De pronto, su brazo fue apresado por una mano larga y delgada, siendo arrastrado contra una pared que ni siquiera sabía que estaba allí. Se puso en guardia en cuanto lo había tomado y nadie puede dudar que luchó. De hecho peleó en silencio con el desconocido, hasta que descubrió quién era.

Sherlock lo miraba, como si estuviera listo para recibir otro golpe. Entre furioso, frustrado y se le veía terriblemente solo. Como si el brillo de sus ojos se hubiera ido.

—¡¿Qué demonios, Sherlock?!

—¡Cállate! —ambos se miraron, compartiendo los mismos sentimientos. Ira, confusión y una gran soledad. Se enfrentaron en silencio hasta que John quebró.

—No… ya no puedo seguir haciendo esto… se acabó, Sherlock —la voz se le quebró a mitad de la oración, mientras intentaba apartar el cuerpo del mayor, cerrando los ojos con fuerza—. Déjame ir, ya tuve suficiente de esto… de ti.

Sherlock no dijo nada, pero tampoco se movió, simplemente, apoyó su cabeza contra la de John, mientras su cabello le cubría los ojos. Comenzó a temblar, y sus manos se aferraron como garras a John. Ninguno se movió ni dijo nada en ese instante.

—Yo… lo siento, John —Sherlock hablaba, amortiguado por la frente de John, sentía sus labios haciendo cosquillas en su frente. Sus ojos se abrieron, aunque no podía ver absolutamente nada.

Quiso abrazarlo, decirle que lo perdonaba, que lo olvidaba todo y que podían seguir adelante y reconstruir todo. Estaba feliz, pero no se sentía feliz. Miró hacia el lado contrario, donde Sherlock estaba recargado. ¿Qué estaba haciendo ahora? ¿Le estaba negando…? Tanto había esperado ese momento, para sentirlo tan agrio en la boca…

—Quieres preguntarme…

—¡Por supuesto que quiero preguntarte! ¡Tengo una lista enorme de todas las cosas que quiero saber, pero simplemente…! Ya no sé qué hacer, Sherlock… Ahórrame este sufrimiento y dime que ya no te importa, porque eso es lo que me has demostrado estos dos meses desde que regresaste.

Nada, ni una palabra. Ya estaba harto de ese comportamiento.

—Ya acabe con las preguntas, no tengo ni una sola respuesta tuya, Sherlock… y ni siquiera sé por qué debería perdonarte —se cubrió los ojos, cansado. Sherlock estaba totalmente callado, inmóvil pegado a la pared, aún apoyando su frente contra el ladrillo.

—Es tú decisión.

Sí, ¿y cuál era esa decisión?

Maldita sea, ¿cuál era su estúpida decisión con Sherlock?


¿Un review?

¡¿Qué he hecho?!

Cree un monstruo, pero estoy orgullosa.

No, la escena de la imagen aparece en el siguiente capítulo.

Siguiente y último, dudes.