—¡Me voy a morir! ¡¿En qué demonios estaba pensando cuando pedí unirme al escuadrón de Rivai?! Es la idea más tonta que he tenido, no soy más que una distracción, una carnada. Proteger a Mikasa no sonaba tan mal, ¡pero no esperaba que fuera esto! En serio que el amor te vuelve estúpido… ¿Por qué hice esto? Solo tenía que acercarme a ella y decirle hola. Pero no, tenía que elegir esto. ¡Me voy a morir!
—¡Braus! —interrumpió la voz potente de Rivai, sacado a Sasha de sus pensamientos—. ¡¿Qué crees que haces?! ¡Ve a tu posición!
Los pensamientos trágicos de la "chica patata" se habían apoderado de ella, distrayendo su mente de la misión. Sin darse cuenta, ya habían avanzado una larga distancia, pues la muralla ya no se distinguía a sus espaldas y el escuadrón estaba separado de la legión. Ya habían tomado su formación en triangulo, todos separados por un cuerpo y escondidos del resto de la legión. En la punta estaba Rivai, seguido por Eren y Mikasa, y, al final en la retaguardia, Jean, Armin y ella. Pero por sus divagaciones, estaba ridículamente cerca del chico rubio.
—¡Lo siento! —exclamó nerviosa. Su primera misión y ya había cometido un error.
—Tranquila Sasha —le dijo Armin con una voz tranquila—. No es la primera vez que haces esto, así que no debes sentirte nerviosa.
—Es fácil para ti…
—¿Qué quieres decir? —se extrañó el joven rubio—. Sé que puedes sentir mucha presión, pero esto es lo que querías.
—Ya no estoy segura de lo que quiero —el miedo era inmenso. No quería morir, aunque fuese por salvar la vida de Mikasa, no quería ser devorada por algún titán.
—Oigan los dos, ya guarden silencio —indicó Rivai, haciéndoles callar al instante.
La expedición no presentaba ni un solo incidente hasta ese momento. Las señales de humo estaban ausentes, lo que significaba que ni un solo titán excéntrico había sido localizado, lo cual era una buena señal. La cantidad de enemigos era reducida en comparación con las expediciones anteriores y los pocos que se encontraban en el camino solo llegaban a los cinco metros de altura. Era una situación tan tranquila como extraña. Aunque para alguno esto era toda una suerte y facilitaría la misión; para los más experimentados era solo una señal de caos que se aproximaba, después de todo, los titanes debían de estar esperando en algún lugar. Mismo que no tardaría en llegar.
Conforme se acercaban a los restos de la ciudadela, los titanes se volvían más frecuentes. Al inicio aparecieron más de cinco metros, que pronto se mezclaron con los de siete metros de altura. Todos eran de los comunes, lo que incitaba preocupación a los líderes de la legión de reconocimiento, pues lo más peligrosos de quince metros y los excéntricos no daban señales de vida. Cuando el grupo comandado por Rivai entró a las calles de la ciudad, la primera de las señales de humo rojo se vio en el cielo.
—Están cerca —dijo Rivai a Eren y Mikasa—. ¡Prepárense para un posible ataque!
Las señales verdes no se hicieron esperar. Erwin mandó la primera, dirigiendo a sus soldados al oeste, desviándose al menos veinte grados de su ruta preestablecida. Pronto, el cielo se tiñó de color verde. Todos obedecieron la señal del comandante, excepto el grupo de Rivai. Sus órdenes eran seguir adelante y llegar al punto de encuentro antes que nadie para despejar la zona y así asegurarla. La misión de esta expedición era llevar suministros suficientes de gas, espadas y agua al punto de control.
Una segunda señal de humo cruzó el cielo, esta vez en dirección a la que Erwin se dirigía. El caos que Rivai había presentido se hacía realidad.
—No se desvíen —ordenó el líder el escuadrón—. Debemos seguir adelante.
—¡Un titán de siete metros por la izquierda! —avisó Jean preparando sus espadas, aunque el gigantesco enemigo ignoro el paso de los humanos—. No parece excéntrico.
—Ya me parecía muy extraño —se quejó Eren—. Esos malditos. Están todos aquí, como si fuera su nido.
—¡No pierdas el control! —le dijo Rivai—. ¡Adelante!
El miedo se apoderaba poco a poco de Sasha. Al momento de ver la primera columna de humo rojo, sus manos se volvieron un par de bloques de hielo y su frente se cubrió de un sudor helado, pero al escuchar el aviso de Jean sintió como su corazón daba latidos cada vez más fuertes que llegaban a dolerle. No estaba lista, no podía hacerlo; tan grande era su temor que ni siquiera la cercanía de su gran amor le distraía, estaba horrorizada de ver los ojos de un titán, de acercarse y respirar su aliento nauseabundo, de tener que evadir sus gruesas manos; y sin embargo, en cualquier instante tendría que enfrentar a su más grande miedo, no tendría opción alguna.
—¡Titán! —gritó Armin alarmado, pues frente a ellos apareció uno de quince metros y, por su forma de correr, era excéntrico.
—¡A la izquierda! —ordenó el líder—. ¡Ackerman, Braus! ¡Elimínenlo!
—Entendido —respondió con su acostumbrada voz fría la asiática.
—¿Qué? —se paralizó Sasha. Era momento de cumplir su trabajo—. ¡¿Ya?!
—¡Dos más al frente! —exclamó Eren al ver un par de titanes de quince metros frente a ellos después de cambiar su rumbo.
—Yo me encargo. ¡Continúen! —gritó Rivai, accionando su equipo de maniobras y volando hacia los titanes.
Mikasa hizo lo mismo sin decir ni una sola palabra, mientras que Sasha dudó unos segundos y salió tras ella con retraso. Debía alcanzarla antes de que otro titán lo hiciera; pero la distancia que les separaba era ya muy grande, las habilidades de Ackerman con el equipo de maniobras eran admirables. Antes de que la castaña pudiera tomar una altura decente, su compañera ya había decapitado al objetivo, dejándola como una observadora. Estaba faltando a su misión, y aún más distraída por admirar la belleza de la asiática, como su cabello se revolvía con el viento y la corta chaqueta se desplegaba con un par de alas. Sasha estaba asombrada, perdida en sus pensamientos que le impedían concentrarse en la misión.
—¡Eres asombrosa Mikasa! —exclamó Sasha en cuanto la asiática aterrizó a su lado.
—Solo hago lo que sé hacer —dijo sin emoción alguna.
—¡Pero eres increíble!
—Tú ibas muy lento —agregó al fin. Sasha sintió de nuevo un balde de agua fría en su espalda. Había fallado—. Se supone que debemos ir a la par.
—Perdóname, es solo que aún estoy algo nerviosa por ser la nueva del escuadrón —se excusó, pues la verdad era otra. Estaba nerviosa por estar tan cerca de su amada y por tener que enfrentar a los rudos titanes.
En ese momento se escuchó el grito de un titán. Ambas miraron hacia la dirección en que provenía aquel sonido y vieron como Rivai decapitaba al segundo titán de quince metros mientras que el cuerpo del primero se desplomaba. Aquel hombre tenía una gran facilidad para exterminarlos.
—También deberías aclamarlo —dijo Mikasa—. Es muy hábil.
—Pero —tartamudeó la castaña—, eso no hace falta. Toda la legión, los reclutas, hasta la gente del pueblo lo admira. Y no es como si a él le gustara que le aclamen.
—Gracias… —dijo Mikasa al fin, pero su intención era hacer callar a Sasha, pues sus palabras le hacían sentir extraña al grado de desviar la mirada.
—Será mejor que volvamos con el grupo —comentó Sasha, pensó que cambiar el tema de conversación sería lo más adecuado dada la reacción de su compañera. Se dio la vuelta y se quedó helada, con un escalofrió que recorrió toda su espalda—. Negro —tartamudeó. Frente a ellas se levantaba una columna de humo negro.
—¡Eren! —gritó Mikasa al ver la señal proveniente de la dirección a la que se dirigían los tres soldados. Al instante accionó su equipo y los siguió.
—¡Espera! ¡Ackerman! —le llamó la atención Rivai, pero fue ignorado—. Demonios, sí que está obsesionada…
Sin agregar más también accionó su equipo se dedicó a perseguirla por los aires, dejando a Sasha paralizada en el techo de una de las casas.
—¡Hey! ¡Espérenme! —reaccionó al fin.
¿Qué era lo que sentía? Eran celos. Nunca llegó a pensar que sentiría celos del obstinado Eren, de ese chico que solo decía que iba a matar a todos los titanes. Y le dolía aún más que, a pesar de sus frecuentes reclamos hacia la asiática, los maltratos y de que le ignoraba, ella seguía detrás de él con fidelidad. Como deseaba llamar un poco su atención, que le saludara por las mañanas, que compartieran el desayuno. Ella solo quería estar con Mikasa, la mujer que le salvó la vida, de quien estaba enamorada. Ya no le molestaba confesarle sus sentimientos verdaderos, con solo mantener una conversación que pasara de los dos minutos se sentiría feliz.
Levantó la mirada a medio vuelo. Rivai se estaba desviando del curso, doblando a la derecha, y Mikasa seguía de frente siguiendo la señal de humo, misma a la que se le sumaron otras dos. La situación se volvía adversa, la legión había penetrado en un nido de titanes sin darse cuenta. Preocupada, Sasha aumentó la presión del gas para avanzar más rápido y poder alcanzar a la asiática; sin embargo, cuando estaba a solo unos metros de ella, dos titanes de siete metros saltaron hacia Mikasa, tratando de atraparla. Pudo evadir al primero, pero el otro logró morder una de sus cuerdas, provocando que perdiera el control de su equipo; comenzó a girar en el aire hasta estrellarse con uno de los edificios. El impacto le hizo gritar de dolor. El golpe fue tan duro que le fracturó un brazo al instante.
Ahí estaba ella, colgada de uno de los cables. Su brazo izquierdo colgaba, sin poder moverlo siguiera un milímetro; era vulnerable, no podía atacar ni moverse, el golpe la tenía aturdida, su equipo de maniobras dañado. Uno de los titanes se acercó a ella extendiendo su mano para poner fin a la vida. Los dedos gordos le rosaron la piel cuando, como un rayo que cae del cielo, Sasha cortó la gigantesca mano de un solo golpe. El titán se quejó con lo que parecía ser un grito, mismo que fue acallado por la misma "chica patata" que le cortó la cabeza.
—¡Mikasa! —grito, pero aquella no respondió ni una palabra, solo levantó la cabeza.
Se acercó a la de cabello negro, que estaba callada. Lo primero que vio fue su brazo roto.
—¡Mikasa! ¿Estás bien? —parecería tonto preguntar esto, pero si ella le respondía que solo era el brazo, era buena señal.
—Mi brazo —dijo quejándose—, está roto.
—Voy a sacarte de aquí —le dijo Sasha. La cargó como si de una damisela se tratase; con cuidado de no lastimar más el brazo roto, lo colocó sobre el vientre de la asiática—. Te llevare arriba y buscare nuestros caballos, a misión se acabó para ti.
—Pero… Eren…
—¡Deja a ese cabeza dura en paz! —le reclamó. Sus celos ya no lo soportaban más—. Él puede cuidarse, lo sabes. ¡Piensa al menos una vez en ti!
Mikasa quedó muda. Sabía que Sasha tenía razón. Sin decir nada, aceptó la orden y abrazó a su compañera para poder irse de una vez. Braus cortó el cable del equipo de maniobras para llevarse a la asiática a un sitio más elevado, pero fue interrumpida.
—¡Sasha, el titán! —gritó Mikasa al ver como el titán saltarín les tacaba de nuevo.
La chica patata fue más rápida que él, logró levantar el vuelo anticipadamente provocando que el enemigo golpeara el muro con el rostro; pero esto no fue suficiente. Se reincorporó rápido y comenzó a seguirlas por las calles de la ciudad. Además de saltar podía correr muy rápido. ¿Acaso era otro titán inteligente? Las opciones se acababan, Sasha tenía que llegar a un edificio elevado pronto, pero no había ninguna cerca. El único estaba detrás del titán que les perseguía de cerca y no podía volver, cargar a Mikasa le restaba agilidad. Una nueva idea llegó a ella, si no podía ir por arriba, intentaría engañar al enemigo por abajo. Dejó que los cables bajaran más hasta llegar a la altura de las ventanas, estaba segura de poder entrar por una de estas.
—¡Sasha! —gritó Mikasa.
Volteó a ver al titán. Este saltó hacia ellas para atraparlas. No consiguió devorarlas, solo les embistió con su frente, provocando que las dos humanas y él mismo se estrellaran con la casa que tenían frente, reduciéndola a un montón de escombros. Todo quedó en silencio.
