+II+
Hinata y Naruto
(Nueve meses después)
Cuando Toshi entró a su habitación, ya había despertado y comenzaba a cambiarse de ropa.
Era tarde, pero Hinata sabía que su doncella fingiría no recordar que ese día despertaba más temprano, pues tenía entrenamiento antes de la Academia. A Toshi no le gustaban esas prácticas y tenía mucho que decir a su respecto, pero no importaba cuántos argumentos tuviera para pedir que no fuera, su padre jamás escucharía a una sirvienta y, aunque no se lo dijera directamente, Hinata deseaba estar en ese entrenamiento.
―Permítame, Hinata-sama―apenas dejó la charola donde llevaba un poco de comida, Toshi se acercó a ella para ayudarle a cambiarse―, le he traído fruta y té, ¿quiere algo más?
―No, gracias.
Toshi asintió y le entregó una chaqueta para que se protegiera del frío. Era una mañana fresca, pero no demasiado como para ameritar tantas precauciones. Sin embargo, Hinata no discutió, Toshi siempre se preocupaba por ella en todos los aspectos. Era el hecho de no poder hacer nada para impedirle acudir a aquel entrenamiento lo que lo que la agobiaba. Lo menos que Hinata podía hacer para tranquilizarla era acceder a esas pequeñas muestras de aprecio.
Se acercó a comer mientras la doncella comenzaba el aseo de su habitación. La chica le había sido asignada por su padre desde que la salud de su madre decayó, poco después del nacimiento de Hanabi. Por ello, Hinata había crecido muy apegada a ella, pues la joven era una las pocas personas dentro ―y fuera― de la casa con quienes sentía que podía comportarse como era, y no como otros querían que fuera.
Su madre siempre sería la persona con la que se sintiese completamente tranquila, pero su salud era frágil; no salía prácticamente nunca del ala que ocupaba en el conjunto familiar. Las visitas que recibía tenían que ser controladas porque se agotaba fácilmente, y aunque no estaba prohibido que sus hijas la visitaran, su padre les había pedido ser conscientes y no arriesgar su salud. Sorprendentemente Hanabi parecía haber aceptado muy bien esto, pero a Hinata siempre le había costado, procuraba ir con ella y quedarse tanto como podía.
―¿Desea algo más, Hinata-sama? ―Toshi preguntó nuevamente.
―No, Toshi, gracias. Debo irme, ya debe haber acabado Neji-san.
Toshi asintió, sujetando con fuerza la manta que recién había retirado del futón.
―Sí, Hinata-sama, tendré listo su desayuno completo cuando termine. Cuídese.
Hinata trató de decirle que no exagerara, pues era un simple entrenamiento, pero recordó la aprensión qué sintió cuando su padre le anunció quién la entrenaría. Aunque había superado su miedo con el paso de las semanas, no le costaba comprender por qué aún había gente que, como Toshi, creía que esos ejercicios eran una locura.
Apenas salió de su habitación sintió la familiar sensación de tensión en su pecho. Conforme recorría los pasillos, rumbo al campo interno de entrenamiento, se percataba de las miradas a su paso. Los saludos y las reverencias respetuosas eran lo habitual entre la servidumbre, pero conforme había ido pasando el tiempo desde su ingreso en la Academia, Hinata había tomado consciencia de la clase de miradas que recibía; parecidas a las de su padre: teñidas de dudas e incertidumbre.
Todos preguntándose qué iba a pasar con el Clan si la heredera seguía con ese pobre desempeño.
Bajó la mirada, no soportaba verlas.
Aceleró el paso por la gran casa. Trataba de llegar lo antes posible al lugar de prácticas sin correr. Lo último que le faltaba era recluirse en su habitación para evitar a la gente, para no estar expuesta a su escrutinio.
Se detuvo en seco cuando estuvo a poco de chocar con su primo. No se atrevió a mirarle a los ojos, así que hizo una rápida reverencia y saludó.
―Buenos días, Neji-san. ¿Has acabado ya?
Su primo no respondió. Ante el silencio, sus manos comenzaron a sudar y se vio obligada a mirarlo a la cara. El gesto rígido de Neji sólo disparó el golpeteo de su corazón. Trató de sonreír esperando una respuesta empática, pero la línea tensa en la boca del mayor continuó.
Por lo que le pareció una eternidad, Neji la miró con tanta fuerza como si la estuviera analizando.
―Buenos días, Hinata-sama ―Neji hizo una reverencia decidiéndose finalmente a hablar ―, él ya espera por tí. Es un poco tarde.
Su corazón latió más aprisa cuando comprendió que no soportaría estar mucho tiempo delante de la inquisitiva inspección de su primo. Se obligó a hacer otra reverencia, torpe y rápida, de despedida y siguió caminando con urgencia.
Finalmente llegó al campo interno más alejado de la entrada principal de la gran mansión Hyūga. Agradecía que su padre hubiera ordenado que los entrenamientos fueran ahí. De haber sido en el campo principal que estaba en la entrada, no hubiera sido capaz de concentrarse al saberse observada por toda la gente que pasaba por ahí.
―Buenos días, Hinata-sama, ¿estás lista? ―Itachi-san la saludó.
Inclinó la cabeza y después miró ansiosamente a su alrededor. Las palabras de Itachi eran una señal de que alguien aún estaba cerca. Su padre había determinado que su sensei debía dirigirse a ella con pleno respeto; Hinata había tratado de discutir esto pero él fue determinante y no hubo modo de hacerle cambiar la decisión.
―Buenos días, Uchiha-sensei. Sí, estoy lista.
Se sintió tonta al escuchar su afirmación con ese tono agudo e inseguro, pero afortunadamente Itachi ya parecía conocerla bien, y no dijo nada.
Comenzaron la sesión como siempre: una serie de estiramientos y flexiones que le preparaban para los ejercicios más complejos. Cuando acabaron la primera etapa, su mente se había vaciado de todos los pensamientos que constantemente le agobiaban. Aspiró profundamente cuando hizo el último movimiento, al terminar ella se sentía vigorizada y llena de ánimos, como si pudiera con cualquier cosa.
―Ahora podemos comenzar, Hinata-san ―dijo Itachi, y ella se relajó plenamente. Ahora sí era capaz de todo.
Hinata sonrió. Había insistido bastante que ignorara la orden de su padre, pero su profesor explicó que lo haría sólo cuando estuvieran completamente a solas.
La práctica fue cansada como siempre, pero le emocionó que él le reconoció un avance. Desde el principio, supo que no iba a ser sencillo con Itachi, porque aunque no era estricto como su padre, sí era exigente a su modo y no era complaciente con ella como casi toda la gente a su alrededor.
―Lo hiciste bien, estás mejorando en la coordinación, pronto podrás ejecutar series del Puño Suave sin tanta concentración.
Una sonrisa apareció en los labios de Hinata, y fue espontánea y orgullosa; eso no pasaba muy a menudo.
―Gracias, Itachi-san.
.:.:.:.:.
Estaban meditando cuando lo escuchó incorporarse, dando por terminada la sesión.
―Eso será suficiente por hoy, Hinata-sama.
El efecto fue inmediato, abrió los ojos y se puso de pie, vio alrededor casi con ansiedad. Notó que un dedo de Itachi se dirigía a algo detrás de él, mirando hacia allá se topó con que su hermana se escondía detrás del muro, ¿Cómo no la había visto antes?
Trató de armarse de valor e ir por ella, pero Hanabi se adelantó. Hinata vio con curiosidad cómo la niña se acercaba al Uchiha con duda. Por lo regular, su hermana era lo opuesto a ella: confiada, de voz firme y carecía de dudas al hacer las cosas, a pesar de ser cinco años menor.
Avanzó con lentitud hasta ellos. Se plantó delante de Itachi e inclinó un poco la cabeza.
―Uchiha-san, quiero que me enseñes a mí también ―dijo con tanta claridad como su voz infantil se lo permitía.
Itachi la miró sin hacer gesto alguno, como si la analizase. Hinata no se atrevió a interrumpir, preocupada. Hanabi estaba acostumbrada a conseguir lo que quería. A sus cuatro años, ya se mostraba más capaz que ella en los entrenamientos y ya había expresado antes su deseo de entrenar con Itachi.
Hinata temía que su hermana insistiera hasta recibir una aceptación. No quería perder esas clases, eran las únicas en las que sentía que estaba progresando, no como los entrenamientos con su padre o aquellos en la Academia, en ambos parecía que nunca cumplía las expectativas de los demás. Itachi tenía un modo extraño de enseñar donde las fallas las convertía en aciertos que la animaban a mejorar, muy a diferencia de los entrenamientos con su padre, que la hundían más y más.
Cuando Hanabi había pedido en el pasado aquellos entrenamientos, su padre le había contestado que no, pues Neji y Hinata eran quienes requerían de ese profesor, no ella; y claro, a su hermanita no le gustó la respuesta. Hinata temió que eso fuera a cambiar.
―No ―dijo Itachi de inmediato―, no puedo hacer eso.
―¿Por qué? ―preguntó Hanabi indignada, pero sin levantar la voz debido al miedo que le tenía.
―Por tres simples cosas ― dijo su sensei inclinándose delante de su hermana ―. En primer lugar, si quieres ser una ninja, debes entender que siempre habrá un superior que te dé órdenes que debes obedecer sin cuestionar. En este momento, tu superior inmediato es tu padre, y fue él quien me dijo que sólo enseñara a Neji-san y Hinata-sama; ésa es la segunda razón por la que no lo haré, él es mi superior aquí, y como ninja, no incumplo órdenes. Además, este espacio es de tu hermana, no puedo quitarle algo que es de ella y se ha ganado. Si acaso tu padre consiente que te enseñe será en un momento diferente a ella o Neji-san a menos que Hiashi-dono diga lo contrario ―para ese momento, Itachi se había puesto de pie y la veía esperando que pensara sus palabras.
Hinata no tenía qué decir, se le había generado un extraño sentimiento al escuchar cada palabra; salvo su madre y otras pocas personas, nadie más se detenía a negarle cosas a Hanabi para darle a Hinata su lugar. Y ahora, Itachi lo había hecho sin rodeos.
―Entiendo, Uchiha-san ―Hanabi inclinó la cabeza―, le diré a mi padre entonces.
La niña se fue corriendo después de eso. Hinata se quedó mirando el sitio por el que se había ido hasta que sintió los ojos de Itachi sobre ella y se giró, algo sonrojada.
―Itachi-sensei.
―Hemos terminado. Practica la combinación de golpes que te mostré, pronto conseguirás completarla, tu padre insiste que debes ejecutar el Puño Suave antes de que termine el mes.
Hinata no se animó a discutir eso, aunque jurara que no estaba lista, su padre no escucharía, e Itachi tenía que obedecer lo que su padre decidiera.
―Así lo haré, Uchiha-sensei.
Tras una reverencia mutua de despedida, se fue con paso tranquilo, poco a poco éste fue acelerando cuando la aprensión regresó al igual que sus ojos al piso.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta tras de sí. Su ropa estaba colocada cuidadosamente, sonrió agradeciendo mentalmente a Toshi y se dedicó a alistarse, a sabiendas que su doncella estaría ayudando para tener listo su desayuno.
Dejó su habitación y llegó al comedor, se detuvo en la entrada cuando vio que su padre y hermana compartirían el desayuno con ella.
―Buenos días, padre ―saludó inclinando la cabeza.
―Buenos días, Hinata, ¿cómo estuvo la lección de hoy? ―preguntó, mirándola directamente. ―esperaba que Itachi me reportara.
Ella bajó la mirada de inmediato, miró un momento a Hanabi, la niña le devolvió la mirada preocupada, sintió sus manos sudar y no las restregó contra su ropa porque sería aún más obvio su nerviosismo. Sabía que era inútil tratar de ocultar su incómoda emoción porque los ojos de su padre veían a través de ella.
―B-bien padre, Uchiha-sensei dice que estoy progresando bien ―Las palabras no fueron expresadas con tanta seguridad como ella había pretendido.
―Yo decidiré si el progreso es bueno o no ―su padre dijo con severidad mientras colocaba su mano sobre la mesa―, no importa. Siéntate, Kō llegara pronto para acompañarte.
Hinata inclinó la cabeza, sintiendo los restos de sus ánimos y seguridad irse muy dentro de su mente, que de pronto estaba saturada de pensamientos angustiantes que le daban una única conclusión: su progreso no sería suficiente para su padre, quizá nunca lo sería.
Tomó asiento a un costado de Hanabi, que estaba a la izquierda de su padre. No pasó desapercibido para ella que sus alimentos habían sido colocados ahí, y no en el otro extremo, a la derecha del Líder, dándole aún menos importancia que a Hanabi. Sin embargo no dijo nada, no era la primera vez, y como cada una de las anteriores, no pensó más en eso y se concentró en su desayuno.
Nadie habló durante los veinte minutos que duró la comida. Neji-san no apareció para desayunar con ellas, Hinata sabía que eso se debía a que su padre estaba ahí.
Su primo y su papá no se llevaban bien, sabía parcialmente la razón pero era consciente de que había algo más, aunque jamás se atrevería a preguntarle a cualquiera de ellos. Ocasionalmente se preguntaba qué podía ser, y qué podía hacer ella para mejorar eso. Aunque cualquiera de las muchas cosas que pensara jamás saldrían siquiera de su cabeza, Hinata reconocía que pasaba mucho tiempo pensando en esa clase de problemas y cómo solucionarlos.
―Hinata-sama ―Kō hizo una reverencia al entrar al comedor, miró un momento a su padre y luego a ella―, esperaré por usted afuera.
La heredera sabía que Kō estaba ahí para informarle de que era hora de irse, pero la presencia de su papá le quitó la intención. La relación con ella era formal y amable, ocasionalmente amistosa, pero Kō no era tan imprudente como para mostrar esa actitud, que el Líder de los Hyūga consideraría irrespetuosa, en pleno comedor.
―Sí, ya voy ―dijo, poniéndose lentamente de pie―. Me retiro. Buen día padre, buen día hermana.
Hizo una reverencia antes de irse y se apresuró a la salida, donde Kō esperaba por ella.
―Buenos días, Hinata-sama
―Buenos días, Kō-san.
El camino a la Academia fue más tranquilo, la interacción con Kō era similar a la que tenía con Toshi. Quizá no era tan abierta como con la chica a su servicio, pero el jonin había cuidado de ella por años y Hinata le tenía mucha confianza. Él le preguntó sobre sus clases del día anterior, también de las cosas que no había comprendido bien, y si acaso quería ayuda. Ella se limitó a mostrarse agradecida, ninguno de ellos sabían cómo reaccionaría su padre si descubría a Kō ayudándola.
Como era habitual, a su llegada, muchas miradas brincaron a ella. Hinata se acercó instintivamente a Kō, pero después reaccionó y se retiró, forzándose a mantener la mirada lejos del piso. Le costó y falló muchas veces pero cada vez conseguía sentirse menos intimidada por la atención recibida a su llegada.
Una vez que ingresó a su aula, Hinata ya no pudo dominar su nerviosismo e inseguridad y, para empeorar su situación, apenas divisó a Naruto-kun riendo a carcajadas, su sonrojo apareció y buscó aprisa su rincón. Su ubicación en el aula era estratégica porque estaba en una esquina superior, veía perfectamente a Naruto-kun, pero ni él ni casi nadie podían verla con facilidad.
Contempló el ruidoso comportamiento de Naruto-kun, nunca había pasado desapercibido para ella que su cuerpo reaccionaba de un modo muy similar a cuando su padre (o casi cualquier otra persona) le prestaban atención: sus manos sudaban, su corazón latía con fuerza y aparecía una presión en su pecho que la sofocaba. Pero había algo más al ver al rubio, algo que marcaba una diferencia. Podía sentir un calor esparciéndose por su cuerpo y concentrarse en su cara. No necesitaba mirarse para saber que estaba sonrojada.
Quizá era la señal más clara y vergonzosa, además de una emoción demasiado fuerte, pero le gustaba. O al menos era mucho mejor que sentirse inútil y poco digna. Quizá Naruto-kun no la miraba como ella lo hacía, pero él tampoco tenía ese gesto crítico y desaprobatorio con el que la observaban casi todos los demás.
Las clases continuaron sin ninguna novedad hasta que llegó el descanso, y Hinata salió para mezclarse con el grupo de las demás niñas; todas ellas hablaban de chicos, y Sasuke-kun era el que acaparaba la mayor parte de la conversación. Nadie prestaba atención a a Naruto-kun, salvo por las risas burlonas, jamás entraba como tema de los más guapos.
Eso le molestaba sólo un poco, pero le agradaba saber que él no tenía un ejército de kunoichis, más lindas y talentosas que ella, siguiendo cada paso que daba.
Durante el descanso, los chicos de último nivel habían organizado un torneo relámpago de lanzamiento de shurikens en el patio trasero y muchos se habían reunido a verlos, entre ellos el grupo de niñas donde ella se refugiaba.
Hinata estaba entretenida contemplando el encuentro cuando sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. Se giró lentamente esperando estar equivocada, aunque no solía ocurrir con aquellos presentimientos: Neji-san estaba ahí. Su primo estaba entre la multitud, aparentemente viendo el encuentro, pero Hinata sabía que la estaba mirando, que aunque sus ojos se dirigían a los equipos, toda su atención caía sobre ella.
Su corazón enloqueció, sus manos se humedecieron y su respiración comenzó a alterarse un poco. Cerró los ojos y al abrirlos los dirigió tímidamente a su primo. Al darse cuenta que ahora sí la veía directamente, fue a colocarse al lado de Sakura-san y se encogió tanto como pudo. Su compañera volteó a verla.
―¿Estás bien? ―preguntó la otra niña con un poco de preocupación.
―Sí-sí, Sakura-san, es solo que... ―no pudo terminar, podía sentir la fuerza de la mirada de Neji sobre ella.
Sakura sonrió, y después de tomarle la mano le señaló la pelea.
Ella se relajó un poco y la sensación de Neji mirándola ya no fue tan fuerte. A pesar de eso, no pudo dejar de pensar en su primo y se acordó de que no hacía muchos años atrás se comportaban de un modo muy diferente.
Si lo que ocasionó todo ese distanciamiento ―de lo que estaba segura casi por completo― fueron las diferencias entre la rama principal y la secundaria, todo tendría una solución simple: renunciaría a su lugar como heredera para que Neji-san volviera a ser el niño alegre que a veces recordaba, y su padre y los demás Hyūga de importancia dejarían de verla como la falla de la familia y se enfocarían en Hanabi, que recibiría gustosa su sitio de heredera ―al menos así lo esperaba― y a ella la dejarían tranquila, quizá hasta le permitirían dejar la Academia y podría convertirse en una dama de un clan guerrero sin ser una kunoichi, tal y como fue su madre antes de enfermar.
Se prepararía para ser la perfecta anfitriona y dirigir la Casa para que su padre pudiera concentrarse por completo en la dirección del clan, y Hanabi sería instruida en ser la parte aguerrida, orgullosa y brillante del Byakugan.
Sonaba bien.
Pero entonces, Sakura-san gritó el nombre de Sasuke-kun y pensó en él e Itachi-san. Hanabi se enfrentaría a toda clase de peligros, como kunoichi y como heredera del clan. Supo que su decisión no iba a ser fácil, no se atrevería a dejar a su hermanita enfrentarse sola todo eso, no era tan egoísta como para quitarse ese peso de encima y colocarlo en Hanabi, aunque fuera más fuerte que ella; Hinata seguía siendo la hermana mayor.
La campana que indicó el fin del descanso se dejó escuchar, la competencia fue suspendida y los alumnos regresaron a sus aulas. Hinata no perdió su refugio entre las niñas, sabiendo que Neji-san aún la veía. Siempre que estaba cerca la observaba.
Una vez le había dicho que siempre cuidaría de ella, pero eso había sido antes de que el tío Hizashi hubiese muerto. Se preguntó si siempre la vigilaba porque quería mantenerla a salvo, o por que esperaba el momento adecuado para atacarla. Si había alguien a quien culpar de la muerte de su tío era a ella o su papá, y Neji-san jamás levantaría una mano contra el líder del Clan.
Hinata se quitó de la cabeza aquellos pensamientos, nunca solucionaba nada dándoles vueltas. Aunque era importante tener claras ciertas cosas, en ese momento sólo servían para complicarle más el día; no podía solucionar nada, quizá algún día, pero no en ese momento.
(oooo)
Iruka-sensei entró, y todos se apresuraron a ir a sus lugares. Esbozó una mueca y se acomodó de mala gana. El profesor comenzó, como todos los días aburridos de clases teóricas, hablando y hablando. A Naruto no le importaba nada, lo único que quería era que comenzara con la demostración para salir lo antes posible al patio y probar la técnica que iban a aprender ese día.
Cruzó los brazos y cerró los ojos, se imaginó a todo su grupo en el patio de entrenamientos. Iruka-sensei ordenaba que hicieran una demostración, la bandada de niñas comenzaba a parlotear cuando Sasuke lo intentaba, pero cuando fallaba terriblemente, ellas reían a carcajadas, entonces venía su turno. Naruto lo hacía a la perfección y todas las niñas comenzaban a sonreírle, Sakura-chan se acercaba a él y alababa todo su talento, después le decía que Sasuke era un tonto y que no tenía comparación con él. Luego acabarían las clases e irían a Ichiraku, su sitio favorito, a comer juntos.
Sonrió profundamente con aquella imagen mental. Bostezó descaradamente y entreabrió los ojos para saber si Iruka-sensei había terminado, gruñó cuando se dio cuenta que aún seguía hablando. Se percató que el profesor levantó el tono y lo miró después de su bostezo.
El rubio hundió la cara entre sus brazos, se sentía un poco avergonzado, pero cuando escuchó otro bostezo unos asientos por encima del suyo, sonrió de nuevo, ése debía ser Shikamaru que acababa de despertar. Como reacción en cadena, después de Shikamaru vino otro bostezo más abajo, uno se rascó la espalda con pereza y otro sacudió la cabeza insistentemente para alejar el sueño; finalmente, Akamaru bostezó ruidosamente mientras se hundía en la chaqueta de Kiba. Naruto no fue el único en reír, pero sí el más descarado.
Su breve risa no pasó desapercibida para Iruka-sensei.
―Ven, Naruto ―dijo con severidad.
―¿Para qué, Iruka-sensei? ―preguntó preocupado.
―Ven, Naruto ―Iruka insistió.
El rubio no tuvo más opción que obedecer y bajó lentamente, recibiendo miradas de todo el grupo. Nervioso cerró los ojos, pero se obligó a levantar la barbilla para demostrarles lo poco que le intimidaban.
―¿Qué pasa, Iruka-sensei?
―Haznos una demostración del jutsu «clon de sombra».
Parpadeó varias veces, preguntándose si había oído bien. Hacia semanas que el profesor lo había explicado en clase y, aunque no habían tenido muchas prácticas, había sido constantemente repasado. A pesar de eso sería mentira decir que lo había entendido.
―¿El de clon de sombras? ―preguntó cándidamente.
―De sombras, o de agua o tierra si crees que es más fácil, adelante.
Aún envalentonado, se colocó enfrente de Iruka y formó los sellos, cerró los ojos y puso su chakra a trabajar. Se maravilló cuando una nube de humo lo rodeó, y sonrió al pensar en la cara de los demás cuando demostrara que ya lo había dominado.
―¡Bravo! ―gritó alguien desde arriba.
Abrió los ojos esperando ver una copia fiel de sí mismo a un lado, pero se topó con una figura deforme a la que trató de hallarle parecido, fracasando al sólo reconocer los colores de su ropa. No pudo contener su sonrisa al ver los resultados, era una mejoría notable considerando la última vez que lo intentó.
Miró a Iruka y la sonrisa se esfumó ante el gesto de decepción de su profesor.
―Regresa a tu lugar, Naruto.
Iba a protestar, pero decidió que no tenía caso. Echó los brazos tras la cabeza, cerró los ojos y caminó a su lugar sin prestar atención a las risas que lo siguieron. Una vez sentado, volvió a hundir la cara entre los brazos cruzados y esperó que la clase terminara.
Para él, esa espera fue eterna. Entre bostezos y quejidos de hartazgo, las manecillas del reloj hicieron su tránsito lento hasta la hora indicada. Cuando Iruka-sensei anunció que era hora de irse, Naruto casi brincó de su asiento para salir corriendo, pero se contuvo. Esperó impacientemente a que la mayoría saliera. Cuando el idiota Uchiha se despidió esquivamente de Shikamaru y los demás, y le lanzó una mirada de muerte desde la puerta, el rubio decidió que era momento de contar su plan al grupo.
Kiba, Shikamaru y Chouji, este último ocasionalmente, se unían en sus aventuras fuera de la Academia. La tarde anterior había hecho un descubrimiento sensacional que le había dado una gran idea, y era el momento de contarla a los demás.
―Te luciste hoy, Naruto ―rió Kiba cuando se acercó―, hasta Akamaru produce un mejor clon que tú.
Fingió no haberle escuchado, sólo le dio la espalda y se inclinó sobre la mesa de Shikamaru.
―¿Qué tienes hoy en la cabeza? ―preguntó el holgazán.
Sonrió maliciosamente y levantó un dedo, sabiendo que cuando les dijera, ninguno le diría que no. Miró alrededor para ver que ya no hubiera nadie más alrededor.
―¡Va a ser sensacional! ―exclamó―, ayer encontré una parte de la reja en el Bosque de la Muerte por donde podríamos pasar. ¡Vamos y busquemos que hay de bueno ahí! El anciano me ha prohibido siempre que entre, le voy a demostrar que no hay nada que me asuste de ese lugar.
Shikamaru le lanzó una mirada escéptica antes de volver a bostezar y Chouji fingió que no lo había escuchado y se enfocó en su bolsa de frituras, Kiba fue el único que pareció interesado en su idea. El inuzuka sería mejor que ninguno, Shikamaru era un inútil holgazán y Chouji un gordo miedoso, iba a ser mejor si no iban con ellos. Aunque una parte de él reconoció que quería que fueran.
―Esos tontos no quieren ir, ¿tú qué dices, Kiba? ¿Vamos? ―preguntó sonriente, sabía que aceptaría.
―Si Hokage-sama insiste en que no es bueno entrar, debe ser por algo. A Akamaru no le gusta ni acercarse, yo digo que tu plan es una perfecta tontería.
Aquello sí que no lo había esperado.
―No sabía que también fueras un cobarde, como esos dos ―dijo despectivamente, pero a ninguno pareció importarle, eso sólo lo enfureció más y se retiró aprisa―, ¡pues vayan a esconderse con sus mamás! ¡Yo voy a ir, voy a tener una gran aventura y mañana me envidiarán!
Estaba tan enojado que salió corriendo sin importarle nada más. Siguió su camino con prisa sin importarle empujar a sus compañeros que se cruzaban a su paso. No hizo caso a ninguna protesta o exclamo indignado de aquellos que arrolló en su carrera.
Se detuvo en un callejón medianamente oculto entre los edificios del centro, ahí se sentó en el piso y dobló las rodillas, rodeándolas con sus brazos. Pegó su frente a sus piernas y trató de recuperar el aliento, pero sus jadeos sólo se incrementaron cuando comprendió que estaba llorando. Entre el esfuerzo por detener las lágrimas y la frustración por no ser capaz, su respiración pasó a un gimoteo.
―Chico, ¿te encuentras bien? ―preguntó una voz desconocida.
Naruto levantó la vista.
―Ah, eres tú ―respondió un hombre de mediana edad, que retrocedió con una mueca de desagrado al reconocerlo.
Naruto bajó la mirada, después de unos segundos frunció el ceño y se incorporó de un ágil movimiento. Se plantó delante del hombre, que no se había ido, y le mostró un ofensivo dedo medio acompañado por la lengua fuera de los dientes.
―¡Así es!, ¡soy yo! ¡El gran Naruto Uzumaki! ―gritó tanto como pudo, y luego echó a correr sin darle tiempo al hombre de responder.
Su carrera fue tan apresurada como aquella que lo sacó de la Academia, pero en esta ocasión ya no sentía las miradas desdeñosas a su espalda como algo que sólo lo obligaba a correr más rápido para huir de ellas, sino que imaginaba que eran las multitudes que habría de asombrar. Todos aquellos a quienes dejaría callados cuando regresara triunfante de su incursión al mortal campo de entrenamiento número 44.
No fue difícil llegar a los lindes del área. Sabía que había patrullas constantes para que ningún incauto suicida cruzara las rejas protectoras, aunque en ese momento no se encontró con ninguna. Lo cual era perfecto, él no era suicida, ni estaba loco, sólo tenía algunas cosas que demostrar a un grupo de cobardes, y ganarse el corazón de una linda niña en el camino.
Se acercó cautelosamente hasta la parte de la alambrada que mostraba una apertura lo suficientemente grande para permitirle el paso sin complicación. Una vez delante de ella se detuvo. Contempló la maleza al interior tratando de adivinar qué había en ese sitio, qué causaba esa sinfonía de sonidos extraños. Un fugaz temor lo asaltó pero lo desvaneció rápido, tomó la malla con sus manos y sonrió.
―Esto será pan comido
Movió el metal para comenzar a entrar. Sin embargo, no había ni introducido una pierna a través del orificio cuando una mano se colocó sobre su hombro. Casi gritó al verse sorprendido.
―Uzumaki, Naruto ―dijo una voz gruesa― está penado con arresto el ingreso no autorizado al Bosque de la Muerte. Tendrás que venir con nosotros.
El rubio forcejeó con la mano que lo sujetaba, pero fue inútil, el agarre era imposible de romper y pronto se vio arrastrado lejos del lugar de su promisoria aventura por un par de agentes ANBU, que lo llevaron hasta la Torre del Hokage en el más completo silencio. Él gritó, ofendió y hasta trató de hacerlos reír, pero ninguno de los agentes mostró el más mínimo interés. Como si estuvieran guiando un cachorro maleducado, ninguno le dirigió siquiera la palabra.
Finalmente llegaron a la oficina del Líder y llamaron a la puerta. Los recibió el secretario del Hokage y les indicó que debían esperar porque en ese momento se encontraba muy ocupado.
―¡En su cara, tontos! ―exclamó Naruto, quien ya comenzaba a saborear su pronta liberación.
―El Capitán Serpiente pide que se reporten en la puerta principal, nosotros nos haremos cargo.
Otro par de agentes aparecieron y relevaron a los dos que lo habían detenido. Sin mirarlo siquiera, los dos recién llegados se colocaron lado a lado del sillón donde lo habían sentado, los dos con el mismo silencio tenebroso que sus anteriores captores ostentasen.
Naruto sabía que el anciano no lo enviaría a prisión, ni siquiera le impondría algún castigo más allá de algunas estúpidas labores comunitarias y un aburrido y largo sermón que lo dormiría, siempre era así.
Pero conforme el tiempo pasaba comenzó a inquietarse, y no porque temiera que esta vez el viejo sí considerara darle una buena lección, sino porque veía con desesperación que la tarde avanzaba y el Líder de la Aldea no salía de su oficina. De todos los días posibles en que coincidieran su regaño habitual y un día ocupado del Hokage, maldecía que tuviera que ser precisamente jueves.
Cayó en la desesperación, gritó e insultó cada vez con más fuerza, pero ninguno de los ANBU hizo el más mínimo gesto de prestarle atención.
―¿Puedo irme ya? ―preguntó tímidamente al darse cuenta que no lograría nada.
―¿Bromeas? ―el agente con máscara de caballo respondió finalmente― No te moverás de aquí hasta que Hokage-sama diga.
Naruto se cruzó de brazos e hizo una mueca.
―Tengo que estar en el Ichiraku antes de que oscurezca. Tengo que irme.
Quizá el tono que usó fue distinto, porque los dos agentes voltearon a verlo.
―Lo siento ―el otro con máscara de conejo respondió amablemente―, Hokage-sama ordenó custodiarte hasta que él hablara contigo.
Naruto pensó por un momento ponerse de pie y echarse a correr, o gritarles que cuando fuera Hokage, serían los primeros en despedir. Pero, ¿qué iba a ganar con eso? Sería una tontería tratar de huir de dos cazadores especiales, además, ya estaba cansado de pelear, llevaba horas haciéndolo y lo único que había conseguido era que lo ignoraran o lo regresaran al sillón una y otra vez.
Mierda, todo apestaba.
Se acomodó en el asiento, empezando a hacerse a la idea que no llegaría al Ichiraku ese día. Qué tristeza, con el hambre que tenía.
Finalmente, como respuesta a su desesperación, el secretario del Hokage se asomó e hizo señas a Naruto para que entrase. El anciano se veía cansado y aburrido, le dijo simplemente que no fuera tan tonto como para arriesgarse entrando a ese sitio, que ya llegaría el momento en que aprendería las habilidades para poder defenderse de lo que había en el Bosque de la Muerte, que él mismo lo felicitaría cuando hiciera su primer entrenamiento allí, pero que aún no era el momento.
Naruto fue guiado fuera de la Torre con un gesto confundido. Tantas horas de espera sólo para un rápido sermón que más bien le había sonado a charla y consejo. Era algo frustrante, pero al menos ya podía largarse de ahí.
Llegó al Ichiraku a tiempo. Aunque Teuchi siempre le daba porciones extra, no le daba platos completos, y él no siempre podía costearse comer tanto como quisiera; salvo los jueves. Esos días, si llegaba antes del anochecer, sabía que tenía dos platos gratis de cualquier especialidad que quisiera. Era una de esas cosas que no se desaprovechaban.
Ayame lo recibió con la sonrisa especial que daba a los conocidos.
―Naruto-kun, pensé que no llegabas, ¿en qué lío te metiste hoy?
Él se sonrojó un poco, había olvidado que su chamarra se había desgarrado al forcejear con el ANBU que lo detuvo.
―Iba a mi aventura más emocionante, y me detuvieron ―hizo una mueca al recordar―. Pero ya verás, Ayame, cuando sea Hokage, van a saber el error que cometieron.
―Claro, claro, adelante. Papá, Naruto-kun llegó ―la chica sonrió y le invitó a sentarse.
Narutó saludó a Teuchi y fue a acomodarse en su sitio habitual en la barra. Recibió el primer plato y comenzó a comer con una enorme sonrisa. Se sentía tan bien la pasta caliente en su boca, ser recibida por su estomago hambriento… Comió con paciencia, aún había otro plato esperando por él, y no tenía ninguna prisa.
Aunque el local solía llenarse por las noches, con la consabida cantidad de miradas molestas y despectivas hacia él, no le importaba, comía lo que más le gustaba y era gratis.
―Llegaste tarde, Naruto-kun, estaba por irme.
Casi brincó de su lugar cuando escuchó la voz de Itachi, ese infeliz parecía hallar cierto gusto en darle sustos de muerte apareciendo de la nada.
El rubio se giró para verlo de frente y se percató con sorpresa de que Itachi no acababa de aparecer, sino que parecía llevar ya un rato ahí, pues tenía un plato delante de él. Demonios, ¿cómo no lo había visto?
―Tuve problemas con unos de tus estúpidos compañeros ―exclamó furioso―, es como si no tuvieran nada mejor qué hacer que arruinarme el día.
―¿Te hace falta algo? ― preguntó el otro como si Naruto no hubiera dicho nada.
El rubio abrió la boca para insultarlo, pero seguía resultándole intimidante y no tenía intención de arruinar el fantástico trato al que habían llegado. Además, dudaba de que alguna de sus ofensas pudiera llegar a afectar al mayor.
Sabía que era un Uchiha, que su nombre era Itachi y que era ANBU, pero era lo único. Nunca se había dado la oportunidad para preguntarle cosas acerca de su vida, y siendo sincero consigo mismo, no quería saber más por miedo a que resultara que era un enviado del Hokage, y que su trato no era otra cosa que la actuación de un agente cumpliendo órdenes. A veces le daba rabia pensar que las escasas cosas buenas que le pasaban sucedían gracias al líder de la Aldea.
―No hace falta comida, aún tengo suficiente, pero tu monstruo destruyó su juguete de nuevo ―le dijo entre bocados.
―Mañana le compraré otros, él los llevará ―respondió Itachi sin mirarlo.
Naruto continuó comiendo y mirándolo de reojo. Recordó la cadena de sucesos que lo llevó hacerse cargo del cuidado temporal del perro de ese Uchiha... o del perro de la hermana de Kiba ―no estaba seguro de quién era―, pero desde la primera vez se supo afortunado, el animal era bastante autosuficiente y sólo cuidaba de él en contadas ocasiones.
El pago había sido sencillo y fantástico por igual: dos platos semanales de ramen doble especial, y había una cosa más, el hecho que Itachi depositara en él el cuidado del animal representaba un grado de confianza, y eso significaba bastante para el muchacho. Salvo por Iruka-sensei, nadie más había creído en él.
Acabó el primero y pidió el segundo, y mientras masticaba los trozos de cerdo vio entrar a Choji con sus padres. Trató de ocultarse para que no le preguntara por el resultado de su aventura ―sería vergonzoso admitir cómo terminó todo―, pero para su sorpresa, el rechoncho niño ni siquiera lo llamó; Naruto no quiso preguntarse si fue porque no lo había visto o porque no quería hablarle, porque si era lo segundo, entonces tendría que comprender que su madre le había prohibido acercarse. Estaba ya bastante acostumbrado a eso, después de clases solían quedarse a jugar y era habitual que acudieran las madres de Choji, Shikamaru y Kiba para arrastrarlos a casa entre regaños y risas, él se quedaba ahí hasta que los perdía de vista.
A pesar de todo, no dejó de mirarlos. Los tres eran demasiado grandes para una mesa de medidas convencionales y saludaban a mucha gente a su alrededor. Naruto se miró a sí mismo y la alegría de la comida gratis se fue esfumando con la misma velocidad que su ramen, dejándolo con el fondo del tazón vacío y un frío en el interior. Echó con fuerza a un lado el recipiente, furioso al darse cuenta de que se le había arruinado el humor.
―Ey chico, más cuidado, tú no pagas la comida, pero sí los tazones que rompas ―le advirtió Teuchi desde el otro lado.
―Lo siento, Teuchi ―dijo en voz baja, armándose de nuevo con su sonrisa y el buen humor que le alejaba los pensamientos depresivos.
Se giró un poco hacia Itachi, quien increíblemente aún no terminaba su primer plato, y notó con desagrado que tenía un pequeño recipiente con verduras hervidas que depositaba constantemente sobre su pasta. Miró sus dos platos vacíos y hurgó en sus bolsas por si acaso había llevado dinero para un tercero, pues no había comido nada desde la mañana. Cerró el puño dentro de su bolsa al recordar que no.
―Dale otro plato ―dijo Itachi a Teuchi, luego lo miró ―, pago por adelantado el trabajo extra que tendrás. Estaré en una misión así que te harás cargo de él unos días extra, Hana-san irá a por él el domingo.
Los ojos de Naruto se abrieron bastante al recibir el humeante recipiente.
―Gracias.
―Sólo es un pago extra ―Itachi se puso de pie y pagó la cuenta ―. Cuida bien de él.
Naruto no hizo ningún movimiento por despedirse, siempre desaparecía tan pronto como había hablado.
Cerró los ojos, contento al sentir el vapor en la cara llevándole el olor de cerdo. Era tan afortunado. Aunque mañana todo siguiera igual, aunque Sakura siguiese sin hacerle caso, media aldea lo detestase y la otra media lo ignorara, en ese preciso momento quería refugiarse en la sensación de que en realidad era feliz, y de que no todo era tan malo.
Gracias a Silence Messiah que fungió como beta.
