Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Advertencia: violencia psicológica y física, situaciones de naturaleza sexual, lime, lemmon, lenguaje adulto, muerte de personaje.


"Acepta la locura. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia."

El Psicoanalista —John Katzenbach


Paranoia

Kagura pudo descansar esa noche, o lo que quedaba de ella, en completa paz. Los rayos desaparecieron antes de que se quedase completamente dormida acunada entre las telas desarregladas y medio frías de su futón, así que no hubo nada que la despertara hasta que amaneció, por lo menos hasta media mañana. Necesitó un par de horas más de descanso para compensar el desarreglo que su ciclo normal de sueño tenía desde hace varios días, así que cuando abrió los ojos ya era un poco tarde; aún así despertó como si le hubiesen dado una paliza en lugar de volver a la conciencia con el cuerpo descansado y el ánimo revitalizado.

Pero no había sol, por supuesto. Los rayos de sol difícilmente penetraban la oscura y nauseabunda barrera de energía. Quizá sólo había una tenue iluminación que hacía que los gases tóxicos, usualmente purpuras, se vieran ligeramente lilas, pero esa mañana seguía tan oscuro como siempre. Lloviznaba un poco, y el ambiente dentro del castillo era un poco más frío e incómodo de lo regular. Aún así Kagura, cuando abrió sus ojos y los talló tratando de despertar por completo, sintió que no era sólo la humedad del ambiente lo que la incomodaba, sino otra cosa, pero todavía estaba demasiado amodorrada como para ponerse a pensar en ello.

Se revolvió con pesadez entre la ropa de cama, gimiendo un poco, y se estiró tratando de desperezarse. Se irguió sobre el futón y se sacudió la alborotada melena distraídamente. mientras, con una flojera descomunal, se quitó de encima las sábanas y el frío del ambiente le atacó inmisericorde las piernas ligeramente expuestas.

De pronto se sintió observada, pero pensó que sólo eran paranoias suyas. Puso un poco de atención en el sonido de la llovizna. Ahora le resultaba relajante, y no escuchó el más mínimo escándalo de algún trueno inoportuno. Desaparecieron, y si había podido dormir toda la noche de corrido, es porque no los hubo. Esto hizo pensar a Kagura que Naraku sí controlaba el clima, o era una coincidencia, y si no lo era, le sorprendió todavía más el hecho de que su amo hiciera caso a su petición.

Y hablando de Naraku…

Todavía bostezando y con los ojos entrecerrados, volteó sin mucho interés a ver a su alrededor. Las sombras de sus aposentos parecían ser más de las usuales, y la razón es porque no estaba sola. Había alguien más de pie, recargado en la pared, observándola, y tal parece que llevaba un buen rato en aquella posición. Una sonrisa surcaba su rostro, medio torcida y divertida, pero siempre cínica. Era Naraku.

Aún estaba medio dormida, tanto que casi se le sale un despistado saludo de buenos días, pero antes de que cualquier tontería saliera de su inoportuna boca finalmente cayó en la cuenta de quién se trataba.

—¿Qué demonios haces en mi habitación? —Fue lo único que atinó a decir, frunciendo el ceño. En un santiamén despertó por completo. Naraku se encogió de hombros ante la pregunta.

—Sólo vine a vigilarte. Anoche te veías muy asustada —Claramente estaba fingiendo demencia, como tanto le gustaba, y de paso burlándose de ella.

—¡Que no estaba asustada! —replicó la mujer en un arranque de vergüenza y furia.

Naraku esbozó una sonrisa pequeñísima, pero su creación no se quedó de brazos cruzados. No iba a dejar que siguiera burlándose en su cara con una insolencia que hasta a ella le resultaba chocante, mucho menos le iba a perdonar el hecho de que estuviera ahí espiándola, probablemente riéndose frente a ella cuando no podía defenderse, y tenía que aceptar que le daba un poco de vergüenza que la viera despertarse. Sabía muy bien que lucía terrible por las mañanas, casi como un muerto resucitado, esos mismos que ella era capaz de controlar. Por otro lado, el hecho de que Naraku la vigilara mientras dormía, le causaba cierta paranoia. Y tenía sus buenas razones.

—Y si así fuera, a ti eso no te importaría —agregó luego de unos segundos con desdén y cierto resentimiento al tiempo que se levantaba y acomodaba su ropa de mala gana. Por un momento sintió un dejo de algo dentro de ella.

Si había algo que le molestaba y detestaba de Naraku, era el hecho de que no se preocupara por nadie más que por él mismo, ni siquiera por las personas que hacían el trabajo sucio por él y que incluso él mismo había creado. Al menos podría tener un poco de escrúpulos o algo de consideración, pensó la mujer de los vientos.

—¿Y cómo sabes? —respondió Naraku. Su profunda y cavernosa voz resonó en toda la habitación—. Tengo que cuidar a mi sirvienta favorita —añadió, casi como si se estuviera burlando de lo que Kagura acababa de pensar; sólo faltaba que también tuviera la capacidad de leer la mente, cosa que alarmó bastante a la mujer. No podía siquiera imaginar qué clase de poderes podía sacar su detestable amo de la Perla de Shikon.

—Me tiene podrida eso de favorita —le reprochó, haciendo una mueca de asco. Odiaba con todo su ser que osara dirigirse a ella de esa forma; incluso le resultaba aun más molesto que cuando la llamaba "querida". Esas maneras de llamarla siempre le daban mala espina y lograban estremecerla en lo más profundo de su alma y su corazón, aunque no lo tuviese dentro de su pecho.

—Y sal de mi habitación —exigió luego de unos segundos mientras, con tranquilidad, tomaba un cepillo para desenredar su cabello.

Comenzó a ignorar a Naraku a modo de estrategia; tal vez si lo hacía terminaría por aburrirse e irse de ahí. Contrario a lo que esperaba, para cuando ya había terminado de atarse el cabello y se estaba poniendo los aretes de jade, Naraku seguía recargado ahí, en la pared, observándola fijamente. Kagura lo vio un momento. Aunque la observaba (cosa que cada vez la tenía más nerviosa) extrañamente el híbrido parecía estar en otro lado… o ya se le había olvidado que estaba ahí y andaba pensando en otra cosa, o tal vez el intenso calor que había hecho los días antes de la lluvia le habían derretido el cerebro. De cualquier modo, estaba cada vez más nerviosa y molesta, y no veía el momento para que se terminara de largar.

—¿Sigues aquí? —rezongó. Después del llamado Naraku pareció regresar a la realidad de inmediato, parpadeando un poco.

—¿Cómo dormiste? —Él retomó su detestable pero sutil sonrisa. La demonio gruñó, esperando el momento para que se fuera y poder terminar de arreglarse, pero aquel estúpido intento de entablar charla le decía todo lo contrario. Aún le hacía falta cambiarse de ropa, y ya se estaba impacientando.

—Pues bien… —contestó escuetamente, con desconfianza.

—¿Notaste que los rayos desaparecieron?

La declaración sacó de juego a Kagura, quien no pudo evitar hacer una mueca de confusión y suspicacia. ¿Acaso la estaba poniendo a prueba?

—¿Fuiste tú?

—Puede que sí… puede que no.

—No te creo ni una palabra —exclamó la mujer, soltando una fría risilla—. Tú nunca habrías hecho eso si yo te lo pidiera. Ha sido una coincidencia.

—Últimamente andas muy argumentativa.

—Últimamente andas muy insoportable —respondió ágilmente, aunque el insulto no hizo mella en el hombre, por la simple razón de que, insoportable o no, Kagura no tenía otra opción más que aguantarlo. Además, los últimos días lluviosos y fríos en el castillo, aunque algo deprimentes, habían servido para calmar los ánimos entre los dos habitantes más explosivos y temperamentales del lugar.

A pesar de las apariencias y los malos y sarcásticos comentarios, se estaban soportando como podían.

Kagura estaba mintiendo, por supuesto. No era que no lo detestara, al contrario, lo odiaba con todas sus fuerzas, pero últimamente soportaba un poco su presencia por el hecho de que tenía días sin que nada interesante se presentara y, en cierto modo, escuchar la voz de alguien más, le daba la sensación de que seguía viva y no atrapada en aquel mundo paralelo que el campo de fuerza alrededor del castillo parecía provocar en los ánimos de sus habitantes.

Desafortunadamente, la única voz que podía escuchar, era la de Naraku, porque Kanna era un caso perdido si de conversaciones se trataban, y Kohaku era más un autómata que un niño propiamente humano. Además, tenía que aceptar que el meterse un poco en problemas o provocar algo, lo que fuera, la hacía sentir un poco más viva, al menos tan viva como podía sentirse alguien sin un corazón físico que latiera dentro de su pecho y afirmara eso. Provocar algo, a alguien, o lo que estuviera a su alcance, también le daba cierta sensación, vaga por supuesto, de poder, y también satisfacción. La capacidad de crear una reacción en alguien más, aunque fuera Naraku. Sobre todo en Naraku.

Si la presencia de su amo se estaba volviendo medianamente soportable en medio de aquel aislamiento, era suficiente como para que la demonio del viento se alarmara. Pero quizá podría aprovechar eso para pedirle permiso y que la dejara salir un rato.

De pronto sucedió algo incómodo, sobre todo para Kagura. Ambos se quedaron parados en su lugar, sin mover un músculo, como si uno estuviera esperando que el otro hiciera algo para reaccionar de alguna forma, pero seguían callados, esperando. Por un lado, ella estaba esperando alguna palabra hiriente de él: alguna burla, o que simplemente se fuera; por parte de Naraku, esperaba a ver qué otras palabras de desafío le lanzaba su rebelde sirvienta.

El silencio no se rompió hasta que Kagura se animó a aclararse la garganta.

—De verdad, Naraku… —dijo, rompiendo un poco la tensión en el aire, hablando con más calma de la que jamás utilizaba—. Me harías un gran favor si te vas. Ya me cansé de estar charla, y además, tengo que cambiarme de ropa.

Recordó súbitamente el evento de pocos días atrás, cuando dejó a Kagura y Kanna salir de los territorios del castillo para que se bañaran aquella vez que hacía un calor brutal, y también cómo tuvo que ir él mismo a buscarlas; el colmo fue cuando se enteró de que un viajero escondido entre los arbustos había robado las ropas de Kagura mientras esta se bañaba, y cómo la chica se rehusaba a salir del agua desnuda. Tuvo que prestarle su ropa para que acatara la órden y evitar que la muy tonta se convirtiera en una pasa ahí dentro del lago.

Mujeres.

Naraku rodó los ojos, recordando lo remilgada que era su extensión. Sin más, salió de la habitación, sin siquiera reparar de nuevo en ella. Él también se había cansado de la charla, aunque había sido casi inexistente.

Una vez sola, Kagura pudo respirar tranquila. Sabía perfectamente que a Naraku le daba igual verla desnuda o no, pero no a ella, y así de expuesta frente a él se sentía más a su merced que nunca. Pudo cambiarse de ropa en paz, y si el día no se ponía caprichoso, la suerte estaría a su favor y podría darle un día de tranquilidad.

Desafortunadamente no fue así, más o menos.


Tenía que admitir que era un bonito día, dentro de lo que cabe. Los horrorosos rayos que tantas pesadillas habían causado en Kagura desaparecieron milagrosamente, ya fuera a causa de Naraku o no, eso a ella no le importaba con tal de que no estuvieran en las noches importunándola. No tenía la necesidad de saber si Naraku había accedido a su petición, porque no era como si fuera a darle las gracias, de todas formas.

Había una ligera llovizna que ofrecía un rítmico y terapéutico sonido al golpear sus pequeñas gotas contra el suelo, aunque sólo golpeasen tierra muerta e infértil, pero el ambiente del castillo estaba bastante encerrado y Kagura no lo soportaba más. Decidió salir al pórtico un rato y relajarse un momento… el problema es que no era la única que lo había pensado.

Maldita sea su suerte de mierda fue lo único que pasó por la cabeza de la demonio al atravesar las puertas de la gran entrada y encontrarse con que ya le habían ganado el lugar. Habría preferido mil veces que hubiera sido la estoica de su hermana Kanna, o el autómata niño ese llamado Kohaku, pero no, porque tal parece que el destino se empeñaba en amargarle la existencia un día más.

Era el mismo Naraku el que estaba afuera, sentado en lo alto de las escaleras, mirando al frente en silencio. El ruido que Kagura hizo detrás (y el pequeño gruñido que soltó al verlo) no fueron suficientes para llamar su atención. Se incomodó en un santiamén –sobre todo al saberse ignorada- y sin saber qué hacer exactamente en ese momento, y sin deseo alguno de encerrarse dentro de la mansión, lo único que atinó a hacer fue a fingir que no había visto a su creador y caminar derecho, bajar las escaleras y llegar hasta el patio, aunque la llovizna ya había comenzado a mojarla y cristalinas gotas se pegaban a sus cabellos.

Sí, gran idea, pensó con sarcasmo la mujer.

En realidad, no la había ignorado; estaba demasiado aburrido como para no prestarle atención. Fue hasta que estuvo casi en medio del patio cuando Naraku notó la presencia de su extensión, y le causó un poco de gracia el darse cuenta de que lo único que había atinado a hacer la chica, fue a caminar derecho para no tener que estar cerca de él, aunque eso le costara mojarse.

Mientras esbozaba una sonrisa ante la encantadora impertinencia de la demonio, un rayo apareció de pronto, pero esta vez la poderosa descarga eléctrica no se limitó a quedarse allá arriba, sino que se impactó contra el suelo, muy cerca de Kagura, causando un estruendo allí donde se estrelló y extendiéndose a todo alrededor como un pequeño terremoto, provocándole un instantáneo escalofrío. Si hubiese caminado un par de pasos más, el rayo la habría alcanzado. No la habría podido matar, pero seguro habría pasado un mal rato.

—¡Con un demonio! —exclamó iracunda luego de que el atronador sonido se incrustara como una aguja en sus oídos, dejándola aturdida y sorda durante pocos segundos. Definitivamente no era buena idea ponerse debajo de la lluvia como si nada, así que intentando actuar lo más naturalmente posible, regresó caminando a grandes zancadas al pórtico. Miró a Naraku con desdén y este supo que su extensión ya venía con ganas de pleito.

—Bonita forma de asustarme —le espetó, mordiendo las palabras con impotente ira. Él levantó la vista, fingiendo inocencia.

—¿Yo? ¿Me crees capaz? —Esbozó una sonrisa burlona—. Puede que controle el clima, o puede que no, pero no decido dónde caen los rayos. En todo caso, es tu culpa, por salir en medio de la lluvia.

—Quería pedirte permiso para salir —argumentó ella de golpe, ignorando las palabras de Naraku. Él arqueó una ceja; casi parecía que estaba buscando cualquier pretexto, por pequeño y tonto que fuera, para no verlo y cambiarle siempre el tema, aunque no lo hubiera.

—¿Salir? ¿Con esta lluvia y esos peligrosos rayos? —Enfatizó con sarcasmo—. ¿No aprendes?

—Si esta es tu manera de mantenerme controlada, déjame decirte que no te está funcionando —La demonio se cruzó de brazos—. No les tengo miedo. No podrían matarme.

—Tal vez no, pero yo sí.

—¿Es un sí, o un no? La amenaza de muerte es innecesaria, ¿sabes?

—Es un no —contestó tajante, con una mirada que indicaba que no era buena idea llevarle la contraria.

—¿Por qué? —inquirió ella con semblante testarudo, haciendo que Naraku suspirara enfadado y luego la mirase como si estuviese decepcionado o arrepentido.

—Pues, no eres muy buena defendiéndote, después de todo y a pesar de lo mucho que me esmeré contigo.

—¿De qué demonios hablas?

—La última vez que te permití salir un simple y condenado humano te dejó desnuda, ¿recuerdas?

Eso fue suficiente para dejar a Kagura fuera de juego y sin ganas de seguir insistiendo, por el momento, porque recordaba, no sin cierta vergüenza, como aquel pervertido la espió y robó sus ropas mientras se bañaba. Después de gruñir un par de veces, profundamente ofendida, se sentó, eso sí, a una distancia razonable de su amo.

No se quedaría de brazos cruzados. Le urgía salir.

—Eso no fue mi culpa —se defendió ella.

—Tienes razón, no lo fue —contestó de manera inesperada el híbrido, sacándole un súbito gesto de confusión a la demonio, quien lo miró sorprendida—. Era normal que cualquier oportunista te espiara. La desventaja de haberte creado como una mujer, es que nadie te toma enserio.

—¡¿Qué dices?!

—Oh… pensé que sería halagador para ti.

—Vete al diablo —escupió insolente, pero Naraku ni se inmutó ante la osadía de Kagura. Era divertido ver cómo ella era la única con el suficiente temple y agallas para ponérsele al tú por tú, por lo menos, para decirle en su cara que se fuera al diablo sin reparo alguno; una cosa era que InuYasha y compañía lo atacaran sin más, o Sesshōmaru, y otra cosa era que lo desafiara alguien que estaba bajo su completo poder, aunque había ocasiones en que Kagura agotaba su paciencia. Y esperaba que ese día no fuera uno de esos.

De pronto algo los distrajo. Aunque lloviznaba, soplaba un viento de considerable fuerza, suficientemente intenso como para arrancar un par de débiles y secas ramas de los arboles hace ya mucho tiempo muertos y ennegrecidos. El crujir de una de esas ramas, en un árbol cercano, hizo que Kagura volteara la cabeza.

Vio al pie del susodicho árbol, recargado contra su maltrecho y podrido tronco, el esqueleto medio desbaratado de un guardia. El cráneo yacía en el suelo muy cerca de las vertebras que alguna vez los unieron. Los dientes expuestos de la estructura ósea le daban un aspecto extraño, como si el esqueleto estuviera sonriendo grotesco a pesar de la terrible suerte que sufrió. Tenía la ropa sucia de lodo y mojada, llena de agujeros, y a un lado, tirado en el suelo, todavía descansaba la guadaña que en vida uso para proteger al castillo y al que hasta los últimos momentos pensó que era su señor.

Kagura detestaba el castillo, porque era de Naraku y sobre todo, porque muchos corredores y patios estaban aún tapizados de esqueletos. Afortunadamente no lograron estar mucho tiempo en descomposición, porque antes de que los habitantes y sirvientes pudiesen enterrar a todas las personas que iban muriendo, ellos también fueron pereciendo, y el mortal veneno que se filtraba de a poco en el lugar desintegró por completo la piel y la carne de quienes quedaron muertos, o medio vivos, dio igual, todos sufrieron la misma inmisericorde suerte. Si aún la tuvieran piel, sangre y músculos sujetos a sus roídos huesos, sería un espectáculo todavía más tétrico y repugnante. Tenía que agradecer, por otro lado, que tuviera a su alcance tantos cadáveres, por si los necesitaba. De vez en cuando ella los movía del lugar o los sacaba de los corredores para practicar su Danza de la Muerte, que pocas veces había tenido oportunidad de usar.

—Qué repugnante —susurró mirando con repulsión el esqueleto del guardia. Le molestó sobremanera la extraña sonrisa que sus dientes parecían esbozar.

Ante la frase soltada al aire, distraídamente Naraku volteó al mismo lugar que ella, pero no encontró nada repugnante u horroroso en un simple montón de huesos.

Remilgada.

Entre tanto la demonio de los vientos sacó su abanico de entre sus ropas y con un rápido movimiento provocó un pequeño pero fuerte tornado que golpeó de lleno y directamente a su nuevo amigo esqueleto, destruyendo así la estructura ósea que todavía se mantenía más o menos unida, separando con brutalidad la quijada del resto del cráneo y rompiendo la huesuda sonrisa.

Ah, ya lo recordaba, pensó la mujer, del por qué aquel esqueleto le molestaba tanto. Si la memoria no le fallaba, la posición que ocupaba como guardia ese hombre, en vida, alguna vez la fastidió bastante cuando Naraku la llevó al castillo, fingiendo ser Hitomi Kagewaki.

Aquello no pasó desapercibido por el híbrido.

—¿Conseguiste tu venganza? —inquirió él socarronamente, atrayendo la atención de su esclava.

—Habría sido mucho más satisfactorio hacerlo cuando estaba vivo —Desvió la mirada del esqueleto destruido, pero no se atrevió a mirar a su creador—. Me pude haber encargado de todos esos idiotas en un segundo —Aseguró luego con una excesiva confianza, y dadas sus habilidades, tenía toda la razón. Si Naraku se lo hubiera pedido, o permitido, no habrían tenido tantos problemas… pero Naraku era un bastardo sádico, lo suficientemente enfermo como para no querer darles a aquellos humanos una muerte rápida y medianamente digna.

Como a las arañas, le gustaba jugar con su comida: atraparlos en una red inquebrantable, desesperarlos, encerrarlos en vida, y después comerlos lentamente una vez que el miedo y el rencor los carcomiera por dentro aún más que el mismo veneno.

—Habría quedado un enorme reguero de sangre —contestó él con desgano.

—De todas formas quedaron muchos esqueletos —replicó, y como había salido, sin querer, el tema a flote, la hechicera de los vientos volteó hacia atrás y recordó el momento en el cual atravesó esas puertas por primera vez. Cierto dejo de nostalgia opacó sus ojos.

Si hubiese sabido lo que le esperaba al acatar aquella órden, se habría rebelado desde el primer instante en que la recibió, y si lo hubiera adivinado antes de eso, lo habría hecho desde su primer respiro. Un bufido de su parte confirmó lo que Naraku creía pensaba ella en ese instante.

—Fue una época molesta —agregó la mujer mirando sus pies descalzos. Estaban un poco sucios de tierra y empapados, y los dedos los sentía casi helados.

—Yo diría que fue bastante entretenido.

La joven arrugó la nariz al escuchar la sorna en la voz de su amo.

—Porque viste cómo todos tus súbditos iban muriendo poco a poco, como moscas, sin saber qué pasaba.

—Te culparon a ti, si mal no recuerdo.

—Pues me encantaría que no me lo recordaras —pidió de mala gana. No pudo evitar mirarlo de reojo, y disimuló deshaciendo el nudo de su peinado que aprisionaba su cabellera, ligeramente mojada. Le cayó rebelde y alborotada sobre la nuca y los hombros, pero prefirió no dejarse todo el cabello suelto. No le gustaba mucho llevarlo así, y el clima tampoco lo permitía.

Mala suerte. No importaba qué tanto Kagura pidiera que no se lo recordara, tanto Naraku como ella habían empezado a rememorar, dentro de sus respectivas cabezas y puntos de vista, aquel tiempo que, más que una época en la primeriza y corta vida de Kagura, y en la diversión que a Naraku provocaba ver cómo todos se tragaban el cuento de que él era Kagewaki, se sintió más como haber estado en una especie de limbo, solamente esperando el mejor momento para salir y mostrarse como verdaderamente eran y ser recibidos por aquella bizarra y ácida lluvia.

Pero no era agua lo que los empapaba en sus recuerdos: era saliva cálida, empalagosa, y sangre hirviente, roja como el infierno.


Bueno, aquí con el nuevo capítulo, y en este se acaba la "secuela", temporalmente. El siguiente capítulo empezará con lo que vendría siendo la "precuela", que como les comenté antes, trata sobre qué sucedió con Kagura durante su estancia en el castillo de Hitomi Kagewaki una vez que Naraku adoptó su identidad.

No tengo mucho que aclarar… los cabos sueltos se irán mostrando en el siguiente y próximos capítulos, del por qué la rara interacción y charla entre Naraku y Kagura en este capítulo. Es más como en una especie de recuerdo, o flashback, y es ligeramente largo, son varios capítulos.

No tengo mucho que aclarar. Sólo espero que les haya gustado el capitulo, y muchísimas gracias por todos sus reviews.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.

Editado: lunes, 26 de enero del 2015.