Hola! Bueno, acá estamos con el segundo capítulo. Espero que les guste. La verdad es que me gusta mucho ésta historia, pero siempre estoy abierta a todo tipo de críticas. No voy a pedir reviews porque tanto si los hay, como sino, voy a subir los siguientes capítulos, pero bueno, siempre es lindo saber qué es lo que piensan. Chauchas!
Capítulo II:
-Rose, quiero el divorcio.
La vista se le nubló y Rose se sintió azorada. Necesitaba salir de allí para tomar algo de aire fresco; se estaba ahogando. Con movimientos torpes pero rápidos consiguió apartar a Adam de delante suyo; tomó las llaves del departamento y salió.
Vagó por todos lados y sólo cuando estuvo rendida, se detuvo en el banco de un parque, con una botella de cerveza en la mano. Rose no solía beber, pero en ese momento, con la cabeza al revés, no se le ocurrió mejor manera de ahogar sus penas.
"Esto no puede estar pasando" se repitió una y otra vez. ¿Qué diablos estaba ocurriendo con el mundo? Su vida era perfecta; ¡PER-FEC-TA!
Y ahora, ¿qué pasaría? Rose no era idiota y sabía que sin Adam a su lado, la imagen de la mujer modelo que buscaban sus jefes se vería destruida. No podía haber una mujer perfecta que estuviera divorciada. Por lo tanto, ya tenía contados los días que le quedaban en su cómoda oficina. Era simple: iban a despedirla; o por lo menos a buscarle un puesto de poca importancia. Ya no podría costear su vida y sus privilegios con un sueldo promedio; además de que no contaría con el aporte de Adam. Estaba destruida; hundida en el lodo. ¿Por qué tenía que pasarle eso justo a ella? ¿Qué era lo que había hecho para merecer eso?
Además, Adam nunca había dado indicios de no quererla. Él simplemente no podía dejarla. Rose había dado todo de sí para su carrera y para su marido; era así de simple: él no podía.
Pero, ¿a quién engañaba? Él ya lo había hecho. Conociéndolo, tanto como lo conocía, seguramente, al día siguiente tendría los papeles del divorcio en su escritorio esperando a ser firmados...
-¡Qué injusta es la vida!- gritó Rose con rabia.
La verdad era que, al punto de embriaguez que llevaba encima, no era consciente de que estaba en un parque, con vagabundos durmiendo en banquinas como en la que ella estaba sentada y un par de prostitutas en las esquinas. El ambiente no era lo mejor, pero Rose no podía notarlo; lo poco que le quedaba de racionalidad, la estaba usando para saber qué es lo que haría.
-¡Oh, no! Rose, cariño- dijo una vos vagamente familiar junto a la joven. La pelirroja se sobresaltó al ver que una mujer estaba sentada junto a ella, ya que no la había notado en ningún momento, y le acariciaba el cabello; estaba tan ebria que veía doble y cuando trató de enfocar la cara de la dama sólo pudo lograr que unas grandes de vomitar. Así que optó por recostar la cabeza en el regazo de la extraña y dejarse acariciar el pelo: ¡era tan reconfortante!-. La vida no es injusta, Rosie. Sólo hay decisiones erradas que te llevan a un destino equivocado.
-Ya nada vale la pena. Quisiera morir- dijo con la voz quebrada.
La mujer se sobresaltó pero se recompuso rápidamente y habló con voz clara:
-No, Rose. Eso no es lo que tú quieres. Cada vez que una puerta se cierra, se...
-...abre una ventana- la interrumpió-. Lo sé. Es sólo que... Di todo de mí para esta vida. Ya no hablo con mi familia y estoy segura de que todos me odian por eso, ¡hace 5 años digo una rigurosa dieta!
-Lo sé, cariño, lo sé; y por eso he venido. La gente siempre tiene la oportunidad de remendar sus errores, y para eso estoy yo aquí, para guiarte y no dejar que cometas una estupidez. Puedes cambiarlo todo, la diferencia está al alcance de una lágrima.
Rose no entendió mucho lo que esas palabras significaban; para ser sincera, tampoco entendía mucho la situación. Tenía la vista perdida en algún lugar más allá del vagabundo que dormía en el banco frente a ella. Las luces de los faroles la atontaban y cegaban: Todo parecía tan confuso.
Rose no notó cuando la mujer besó delicadamente su frente y se marchó. Sólo la vio irse y desaparecer en la oscuridad de la noche. Fue recién allí que se sintió más sola que nunca, sin las caricias de la desconocida. Pero, no. No era una extraña. Rose la conocía... de algún lugar.
El vibrar de su celular en su bolsillo, la sacó de sus pensamientos. Con la poca lucidez que le quedaba, logró tomar el aparato y visualizar su pantalla. Era una llamada... Una llamada de Adam.
-Tú no vales la pena- dijo Rose con lágrimas de rabia que resbalaban por sus mejillas, mientras presionaba el botón para cortar.
Sin tener mucha idea de lo que hacía, se fijó en su agenda de contactos. Fue pasando uno a uno mientras comentaba cosas cómo "tu tampoco vales la pena" y otras frases sofisticadas hasta transformarlas en un simple "Basura, basura, basura, basura". Ya se iban acabando los contactos hasta que se detuvo en seco.
-Scorpius... Tú sí lo vales- musitó arrastrando las palabras. Tomó otro trago de cerveza y perdió todo tipo de lucidez.
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A la mañana siguiente, Rose no pudo ni abrir los ojos por la resaca. Respiró hondo y trató de aminorar el dolor de cabeza. En ese momento sintió la mano que descansaba en su cintura. Una sonrisa amplia se dibujó en sus labios.
-Oh, Adam, sabía que no lo harías- dijo volteándose a ver al hombre que descansaba junto a ella, profundamente dormido.
El problema era que el hombre no era Adam. Rose soltó un agudo grito cuando se dio cuenta de ello y su sobresalto fue tal que se calló de la cama. En ese momento, se fijó a su alrededor: ésa no era su casa. Rápidamente agarró un jarrón decorativo que reposaba sobre la cómoda y lo puso frente a sí, dispuesta a usarlo como arma si era necesario.
El hombre, que se había despertado por el grito, le pareció vagamente familiar. Él la miró confundido y preguntó asustado:
-Rose, ¿qué ocurre?
-¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? Sino me deja ir, no dudaré en defenderme. Sé defensa personal- amenazó.
El hombre rió divertido. A Rose no le pareció gracioso en lo más mínimo, pero el accionar del sujeto la descolocó: Él se levantó de la cama, miró la hora, se vistió y, antes de salir de la habitación, se despidió de ella con un beso en la mejilla y un simple "Adiós". Ésto tomó a Rose por sorpresa y por eso no se resistió; en especial el hecho de que él se cambiara frente a ella, como si la conociera de toda la vida: ¿Quién rayos se creía que era? Pero cuando estuvo en posición de hacer esa pregunta, él ya se había ido.
Temerosa, salió de la habitación, aun empuñando el jarrón, por si las dudas. Pronto, se dio cuenta de que no había nadie más en el lugar. Recorrió la casa una y otra vez. Tenía dos dormitorios (uno completamente vacío y el otro era en el que se había despertado), dos baños y un estudio atiborrado de libros; una cocina, un comedor y un living; había una puerta corrediza de cristal que comunicaba la sala de estar con un jardín lleno de flores y árboles muy crecidos que proporcionaban una gran sombra. Le pareció una casa bonita, pequeña y muy... ordinaria, en cierto punto; pero linda y acogedora. El problema radicaba en que por más que recorriera la casa una y otra vez, no tenía ni la más remota idea de en dónde se encontraba. Como la situación ya la estaba poniendo nerviosa, decidió ir al baño para lavarse la cara. En cuanto pasó por enfrente de un espejo de cuerpo completo que había en el pasillo que conducía al baño, casi se desmayó. Asustada, cerró los ojos y suspiró antes de volver a ver su reflejo. Con el semblante preocupado empezó a palpar las zonas descubiertas de su cuerpo, que era muchas a decir verdad, ya que sólo llevaba una sudadera vieja y ropa interior. Después de pasar el shock inicial, pensó lo inevitable: ese no era su cuerpo. Su cuerpo era más delgado, unos dos o tres kilos menos, y estaba bastante tonificado, gracias a las horas que invertía en el gimnasio. En cambio, ese cuerpo, era de otra persona; estaba tan descuidado. Parecía que su dueña no hacía ejercicio ni una vez al mes y que se permitía comer cuánto se le antojaba. En pocas palabras, ese cuerpo se parecía a lo que Rose recordaba era el suyo en la adolescencia pero con el claro paso del tiempo marcado. Siguió observándose y se dio cuenta de pequeñeces como que tenía el cabello cobrizo por lo hombros y muy enmarañado; la piel era sedosa pero no tanto como la suya, es decir, en comparación, ésta nueva era mucho más natural. Una vez que hubo aceptado los cambios la pregunta que se formó clara y con letra cursiva de maestra fue: ¿Cómo podía haber cambiado tanto en una sola noche?
Después de un rato, se dio por vencida: no tenía idea. Se fijó en la hora, ya era casi el mediodía. Decidió que lo mejor que podía hacer era llamar a la que podía considerarse su única "amiga", Bianca. Como sabía su número de memoria, se dirigió al teléfono inalámbrico que había visto en la mesita de noche junto a la cama. Cuando se dispuso a marcar se dio cuenta que no recordaba el número. Confundida, dejó que su cuerpo actuara solo y marcara una combinación de dígitos que le sonaba muy familiar, como si hubiera estado guardada en su cabeza desde niña, en algún lugar olvidado.
-Hola- dijo una voz femenina, que hace mucho tiempo no escuchaba, del otro lado del intercomunicador.
-¿Lucy? Soy Rose. ¿Puede venir por mí?-preguntó temerosa.
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Rose estaba sentada en un pequeño sillón en la sala de estar. Miraba por los grandes ventanales que abarcaban toda la pared, con la vista fija en la orilla de la playa. Lucy le pasó una tasa de café y se sentó frente a ella, bastante desconcertada, a espera de alguna respuesta. Rose suspiró profundamente. La verdad es que no sabía por qué había llamado a Lucy pero le sorprendió bastante que su prima la socorriera, en especial, cuando 7 años atrás le había arrojado todo tipo de objetos en una discusión y había dejado bien en claro que no quería verla nunca más. Desde ese momento, se ignoraron mutuamente.
Tras esperar unos minutos, Lucy, que buscaba, insistente, su mirada, decidió romper el silencio:
-Rose, ¿te encuentras bien?
-Lucy, yo... Yo no sé dónde estoy- dijo la aludida realmente aterrada pero con gran seriedad.
Lucy se llevó las manos a la boca con el semblante preocupado y emitió un gritito ahogado. Tardó un par de minutos pero, finalmente, logró recomponerse; musitó un "Quédate tranquila. Todo estará bien, cariño" y acarició la rodilla de Rose tratando de demostrarle comprensión. Luego, tomó el teléfono e hizo un par de llamadas rápidas de las que Rose sólo pudo escuchar partes. Nuestra protagonista aprovechó para examinar a su prima; el paso del tiempo había sido generoso con ella, sin embargo, no estaba mucho más cambiada de lo que la recordaba: tenía el cabello color carmesí muy corto, como siempre; usaba gafas que enmarcaban sus hermosos ojos azul oscuro, que ahora, demostraban madurez e inteligencia, y sus rasgos faciales seguían siendo igual de bellos que siempre, sin ayuda del maquillaje.
Estar en compañía de su prima, logró tranquilizarla, como cuando eran niñas: Rose tenía pesadillas y Lucy, por más que fuera meses menor, la ayudaba y tranquilizaba con su sola presencia.
Después de un rato llegaron dos personas. Una, era su padre, Rose pudo reconocerlo fácilmente; lo saludó y lo abrazó durante un largo rato. La verdad era que lo extrañaba, no lo veía desde su primer día en la universidad de Oxford. En cuanto soltó a su padre se dio cuenta de la presencia de otra persona allí. Lo reconocía: era el hombre de la mañana. Él tenía el semblante oscurecido y sus ojos grises le transmitieron una preocupación infinita. A Rose le dio pena, sin embargo, no se movió ni para saludarlo. Él la miró expectante y dejó salir una débiles palabras de su boca, casi suplicante:
-Rose, ¿no me reconoces?
Ella sólo negó con la cabeza. Eso fue suficiente para que Scorpius se dejara caer, derrotado, en uno de los sillones y escondiera la cabeza entre sus manos.
