Henry se cansó de dar vueltas en el pasillo de su apartamento y se decidió subirse a su auto. Tenía alguien a quien visitar. Necesitaba un consejo, no comprendía como podía pasarle eso a él.

Su hija era lesbiana. No tenía sentido. Era impensable. Sin embargo, sucedió. Y además, tenía una novia. Quizás era culpa de ella. Seguro esa Érica tenía algo que ver con la repentina atracción a las mujeres de Lucy. La corrompió. Tal vez si Lucy se conseguía un novio, un príncipe de preferencia, todo se solucionaría. Volverían a ser la familia feliz, perfecta... y normal.

Tocó la puerta con desesperación y esperó balanceándose nerviosamente en sus talones. Cuando la mujer atendió no se veía tan sorprendida. Es más, le dió una sonrisa y dijo:

«Entra» y se hizo a un lado para que Henry pase. «Jacinda me dijo que te espere».

«¿Lo hizo?» la cuestionó con el ceño fruncido.

«Me llamó diciendo que algo había pasado con Lucy, y que seguro venías a verme» explicó mientras Henry se ponía cómodo en el sofá en el centro del pequeño apartamento de su madre. «¿Quieres algo de beber? ¿Agua? ¿Té?».

«¿Algo más fuerte?».

Regina asintió con duda. No le agradaba eso de alcoholizar a su hijo, pero ya era un adulto y era su responsabilidad. Buscó una botella de bourbon y sirvió dos vasos.

«¿Ella te dijo qué sucedió?» preguntó Henry.

«No detalladamente» dijo pasándole el vaso. «¿Quieres contarme?».

Henry asintió con la cabeza, dándole un sorbo a su bebida y tomando un respiro.

«Hoy, cuando llegué de una de esas estúpidas reuniones...» vió a su madre darle una mirada de entendimiento. «Fui hasta el cuarto de Lucy y... Ella estaba besando...» tragó saliva y las cejas de Regina se dispararon. «...una mujer» terminó.

«Oh» musitó ella. «¿Consiguió una novia?».

Henry se sorprendió ante su tono. Era curioso, eso era todo.

«Lucy es lesbiana» siguió el hombre.

«¿Eso es lo que te preocupa?» Regina frunció el ceño y él asintió como si fuera obvio. «Henry... Sabes que es completamente normal».

«¿Estás bien con esto?» se sorprendió Henry.

«¡Por supuesto! ¿Por qué tú no? No te molesta en lo absoluto Robin y Alice, o Ruby y Dorothy».

«Ninguna de ellas son mi hija» Henry tenía el rostro de la desesperación misma. «No entiendo, ¿de acuerdo? ¿Por qué le tiene que gustar... una chica, en lugar de algún chico?».

«No es algo que pueda controlar».

«¡Quizás es una etapa!» alzó las manos al aire.

«Sabes que no lo es».

«Quizás lo es, no puedes saberlo» sabía que estaba siendo grosero con su madre y más tarde se arrepentiría.

«Claro que puedo» dijo con un tono duro. No le estaba gustando nada la forma en la que terminó esa conversación.

«¿Cómo?».

«Porque le atraen las mujeres también» confesó francamente.

«¿Qué?» soltó Henry. «Eso... Eso no es posible. ¿Qué hay de Robin, o Daniel?».

«Soy bisexual, Henry» explicó.

«No comprendo» dijo otra vez, llevándose las manos a la cabeza.

«Intenta, Henry, por el bien de Lucy. Ella necesita que estés de su lado, ¿bien?».

«Sí, tienes razón» suspiró. «No puedo imaginar cómo se debe estar sintiendo después de cómo la dejé. Debería ir con ella».

«¿Quieres que te acompañe?» ofreció Regina.

«Por favor».

Si iba a intentar estar del lado de su hija, iba a necesitar un poco de apoyo. Quizás no lo comprendía, pero ahora recordaba la cara de Lucy cuando reaccionó mal a las noticias y sabía que no quería causar eso en su hija. Si le gustan las mujeres, no había mucho que podía hacer para evitarlo. Iba a intentarlo, por Lucy.

Regina y Henry conducieron hasta el apartamento de la familia. Henry intentaba descifrar las palabras adecuadas para hablar con su hija.

«¿Cómo sabes?» preguntó repentinamente a su madre.

«¿Qué cosa?».

«¿Qué te gustan las mujeres?».

Regina sonrió. «De la misma forma que tú sabes que te gustan».

«Es que... no sé qué pensar, mamá» suspiró Henry. «Siempre creí que Lucy estaría con algún príncipe y tendría su cuento también».

«Henry, en algún punto, todos debemos dejar de vivir en un cuento de hadas».

Henry puso los ojos en blanco ante la ironía del comentario. «Ya sé».

«Aunque, es algo que me encanta de ti. Tú siempre vives en un cuento de hadas, nunca dejas de creer».

El rostro de Henry se oscureció. «No siempre».

«Estabas bajo la maldición» lo excusó ella.

«Y casi mueres por ello».

«Pero no lo hice» insistió Regina. «Llegamos» avisó.

Cuando entraron, divisaron a Ella y Lucy en la sala, cada una con una taza de chocolate caliente en la mano. La jóven tenía los ojos rojos e hinchados, se notaba que estuvo llorando. La mujer le dirigió una mirada molesta a su esposo y él le sonrió con remordimiento.

«Lucy» se acercó lentamente a su hija. «Te debo una disculpa».

Lucy levantó rápidamente la cabeza, sorprendida. Pensaba que su padre la odiaba, que creía que está mal, enferma. Pero ahora se iba a disculpar, ¿por qué? Desvió su mirada un poco y notó a su abuela en la entrada, le ofrecía una sonrisa de apoyo que le subió ligeramente el ánimo.

«No debería haber reaccionado así» continuó su padre y Lucy absorbió sus palabras. «La verdad es que no lo entiendo. Pero... estoy dispuesto a intentarlo».

«¿En serio?» Lucy sonrió esperanzada.

«Si esta... ¿Érica?» dijo con duda y ella asintió. «Si Érica te hace feliz, ¿quién soy yo para impedirlo? Pero, por favor, no quiero volver a presenciar lo que presencié» hizo una mueca.

«Perdón, no va a pasar otra vez» tuvo la decencia de parecer avergonzada, pero no le importó. Le dolían los músculos de la cara de tanto sonreí.

«¿Qué pasó?» Ella arqueó una ceja.

«Luego te explico» murmuró Lucy y luego se giró a su padre otra vez. «Entonces, ¿estás bien con Érica?».

«Bueno... va a tomar tiempo estar "bien", pero lo acepto. No voy a interferir».

Lucy asintió en entendimiento, un poco decepcionada, pero por el momento era suficiente. Todo estaba saliendo bien. Roja tenía razón, Henry sólo necesitaba tiempo. Miró a su abuela, quién tenía dos pulgares arriba y se acercó a abrazarla.

«¿Qué tal si nos cuentas un poco sobre esta Érica?» dijo Regina con una mirada cómplice.

Y la sonrisa de Lucy imposiblemente se alargó.