Lo prometido es deuda aquí les dejo el inicio de la historia. Cuídense. May
Capítulo 1
William Darcy llevaba unos minutos con las manos metidas en los bolsillos de su desgastada cazadora de cuero negra, observando la gran casa de color crema estilo Victoriano. Con sus grandes ventanales y recubierta con piedra. Miró hacia el ala izquierda y vio que su habitación estaba a oscuras. Como era de esperar. Él sabía que debía de estar en la caballeriza, a pesar de que eran más de las nueve y aquella noche de invierno hacía bastante frío.
Al pensar en ella, no pudo evitar sonreír y uno de sus hoyuelos se marco. Lo que iba a hacer lo iba a hacer por ella, pero no iba a ser así siempre. Lo sabía, lo presentía.
Tomando todo el valor necesario ya que era un hombre con una misión, camino a la puerta principal y presiono el timbre. Teniendo la certeza que sería bien recibido, por sus padres, aunque lo trataban con la educación superficial típica de la clase alta británica, no les hacía mucha gracia su presencia. Pero se dijo No, las cosas iban a cambiar, y se lo repitió como un mantra, mientras esperaba que abrieran la puerta. Sabía y era muy consciente que solo tenía veintidós años, y sonrió con suficiencia él tenía mucho tiempo por delante para hacerlos cambiar.
Tuvo que esperar un buen rato frente la puerta aun cerrada en el frío de la noche invernal a que le abrieran y, cuando lo hicieron, abrieron una rendija. Le entraron ganas de preguntar si se creían que era un ladrón, pero se mordió la lengua. Thomas Bennet no tenía mucho sentido del humor.
—Darcy, ¿qué te trae por aquí?— lo interrogo cuestionando la cordura del joven ya que sabia por el reporte meteorológico que esta noche sería muy fría.
—Buenas noches señor Bennet, saludo cordialmente. —Me gustaría hablar con usted, señor—contestó poniendo el pie para que no le cerrara la puerta en las narices.
—¿Ahora? ¿No puede ser en otro momento? —dijo Thomas Bennet con impaciencia. Y como el joven frente a el no se inmuto suspiro pesadamente y cerro de nuevo quitando la cadena y abrió la puerta completa para dejarlo pasar.
Thomas Bennet paso delante de él dejando en claro sus descontento y sus superioridad. Caminaron en silencio por el vestíbulo para llegar al salón de recibo pero Bennet se paro y se volteo frente a él si permitirle entrar más a la intimidad de su hogar y lo contraataco antes de que el joven dijera algo. Para Thomas Bennet un ataque ofensivo era una buena estrategia eso se decía él cuando se sentaba frente a un tablero de ajedrez. —Si vienes a ver a mi hija, puedes volver a tu casa porque está en la cama y no pienso despertarla.—sentencio.
—Pero si solo son las nueve. —alego con incredulidad
—Exacto. —aclaro desafiante.
Tomando una respiración honda así como cuadra sus hombros, pero sin dejarse ver inmutado por su actitud desafiante y con el respeto que merecía la persona frente a él, hablo serenamente pero firme a pesar de que estaba tenso como un cable. —No señor. No he venido a ver a Elizabeth sino a usted. A usted y a su esposa
—Espero que no sea para pedirme un favor, muchacho, porque te digo desde ya que la respuesta es un rotundo no. Nunca hago favores económicos a nadie. —respondió agriamente
—No he venido a pedirle dinero —dijo William intentando ser educado.
—Pues di lo que tengas que decir y vete. Dijo con su voz llena de desprecio
William parado frente aquel hombre se estaba cuestionando su propia cordura. Aquello había sido un gran error se dijo. Pero lo hacía por ella. Y ya había decidido hacer las cosas según mandaba el código de honor. Pero en ese instante dudo. Pero no podía salir de ahí sin hacer lo que tenía que hacer de algo que se sentía orgulloso William Darcy era de su honor. .
—Me gustaría que estuviera su esposa presente.
—Muy bien, pero date prisa porque mi mujer no está muy bien y se quiere ir a dormir —dijo yendo hacia la salón de recibo.
William asintió y lo siguió.
—Fran, cariño, tenemos una visita inesperada. No, no te levantes. Es Darcy.
La menuda figura de Frances Bennet se perdía en una gran butaca floreada, pero, a pesar de su fragilidad y de sus cincuenta y tantos años, seguía siendo una mujer guapa. Era la típica mujer británica de clase alta que no le dijo ni que se sentara ni le preguntó si quería tomar algo. Era obvio que los dos querían saber qué hacía en su casa a las nueve de la noche y que no era tan bienvenido como él pensaba.
—Si quieres comprarme un caballo, Darcy, no estás de suerte. —una vez más l señor Bennet tomo a delantera en la conversación—Elizabeth me ha dicho que te gusta Barnabus, pero no está en venta. Además, no creo que lo pudieras pagar. Es un buen ejemplar aunque tenga temperamento. Con un buen adiestramiento, podría ser todo un campeón en las carreras. No te creas que, porque te lleves bien con él o porque salgas con mi hija, te iba a hacer una rebaja. Ya me estoy portando suficientemente bien contigo contratándote para que hagas trabajillos en las cuadras los fines de semana. —culmino sintiendo muy superior y ubicando el niño bonito, poniéndolo en el lugar que le pertenece.
William se le estaba acabando la paciencia así decidió decir lo que tenía que decir y olvidarse de crear una conversación educada envista de la hostilidad de los padres de Elizabeth. —He venido a pedirles la mano de su hija.
Por la cara que pusieron los dos era como si les hubiera dicho «he venido a decirles que soy un extraterrestre» o «he venido a decirles que soy el hijo de Satán». En otra circunstancia se hubiera hecha a reír fue como si comieran un limón agrio, amargo y muy rancio. En vista del estado de shock aprovecho y continuo —Sé que Elizabeth los quiere con locura y me gustaría contar con su bendición —agregó mirándolos fijamente. —Dándoles a entender que el no estaba jugando y lo que decía lo que decía con toda la sinceridad y convicción,.
Aunque era joven, la vida le había enseñado a enfrentarse a las cosas cara a cara. Eso incluía a los padres de Elizabeth.
Desde un principio habían dejado claro para William que eran unos esnobs y prepotentes, y que él no era de su agrado.
Continuando —Estoy enamorado de su hija y, aunque sé que actualmente no tengo mucho que ofrecerle, les aseguro que...
Mencionar su estado financiero hizo que Thomas Bennet saliera de su transe de asombro y comenzara a reírse a carcajadas, pero no de felicidad si no de burla.
Levantándose del sofá donde se había sentado junto a su esposa se paro frente a Darcy —¿Te has vuelto loco, Darcy? —le dijo secándose las lágrimas—. Escúchame con atención, muchacho —añadió echándose hacia delante invadiendo el espacio personal y mirándolo fijamente a los ojos—. Ni a Fran ni a mí nos hace ninguna gracia la relación que tienes con mi hija, pero como es mayor de edad no hemos podido hacer nada. ¡Lo que sí te aseguro es que para casarte con ella tendrás que pasar por encima de mi cadáver! ¿Me has entendido? Es lo más precioso que tenemos en la vida y, bajo ningún concepto, vamos a dar nuestra bendición a vuestro matrimonio. —culmino en un estado de furia. Parecía un caballo embravecido.
—Es una niña, William —apuntó Frances Bennet—. Solo tiene diecinueve años. Tú no eres mucho mayor tampoco. — en un tono más conciliatorio
—¿Por qué no dejan de lado el aspecto de la edad y son sinceros? —dijo William muy serio—. Ustedes me ven como un ciudadano de segunda porque no soy rico o pertenezco a la clase elite de los británicos. Aunque les recuerdo que yo también soy británico
—¡Eso no es cierto, jovencito! —exclamó Frances de forma poco convincente.
—Desde luego, no eres lo que queremos para nuestra hija —confesó Thomas —. Elizabeth se merece...
—¿Algo mejor? —dijo William con acritud.
—Llámalo como quieras, espeto con desdén—Pero desde ahora te digo que no eres bien recibido en esta casa. Búscate otras cuadras en las que trabajar. —finalizo Bennet con el seño fruncido
Dicho aquello, el hombre le dio la espalda y se puso a mirar por la ventana, dando por terminada la conversación.
—Muy bien —dijo William mirándolos fijamente a la señora Benet que aun estaba sentad y a la espalda del señor Benet. Sabía que después que el saliera por la puerta por donde entro ellos sentirían un alivio. Él era causante de mucha tensión para ellos.
Por ello giró sobre sus talones y se fue, con ganas de dar un portazo, pero se contuvo. Independientemente de todo él los respetaba por ser quieres era, los padres de sus amada. Pero eso no decía que tenía que gustarle. Él solo lo hacía por ella.
Miro su reloj de muñeca y se dio cuenta que tan solo estuvo dentro de la casa diez minutos. Y que iluso de su parte por creer que le iba a costar, por lo menos, una hora convencerlos de que haría todo lo que estuviera en su mano para hacer feliz a su hija..., suspiro y re rio de la ironía. Había ensayado gran parte de la tarde el discurso para convencerlos.
Menos mal que con Elizabeth no sería así. Hubiera preferido que sus padres les dieran la bendición, pero, si no era así, peor para ellos.
Salió a la calle y lo primero que sintió fue el cambio de la temperatura, esa noche realmente hacia un frio mortal. Metió las manos dentro de su chaqueta y empezó a caminar alejándose de la casa y quedándose deambulando un buen rato a una distancia prudencial de la casa porque sabía que el padre de Elizabeth estaría mirando por la ventana cerciorándose que no estuviera cerca. Pasado un tiempo dio marcha atrás y se fue directo a las cuadras, caminando lejos de las ventanas cerciorándose de no ser visto. El frio de la noche y solo pensar en ella, se calmó. Miro su reloj nuevamente. Ellos habían cuadrado verse esta noche y con toda la anticipación que sentía a puro su marcha.
William entro en las caballerizas de la gran finca Longbourn y sus pasos fueron amortiguados por el heno esparcido en la madera que permitía mantener en calor el lugar debido a las altas temperaturas del invierno. Camino directamente a la cuadra de Barnabus y allí estaba Elizabeth, cepillándolo y acariciándolo y tarareando mientras lo acicalaba. Ella realmente era hermosa con sus cabellos sueltos esparcidos por su espalda. Esa noche llevaba un vaquero que se ajustaba como una segunda piel permitiéndole admira su cuerpo curvilíneo, fuerte y definido sobre todo sus piernas tonificadas y un buen trasero y un jersey verde de manga larga, uno que él le había regalado, uno de color verde oliva ya que es color hacia que sus ojos se vieran más brillantes. Si tenía que definirla en una palabra diría que Ella era la perfección, y sintió el cosquilleo en la entrepierna algo que siempre sentía cuando la veía. La admiro en su trabajo. Otra de las sensaciones que tenía cuando estaba seca de ella era que se quedaba sin aire. Por lo que tomo aire profundamente y tanto Elizabeth como Barnabus se giraron hacia él.
—No creí que fueras a llegar tan pronto —murmuró ella limpiándose las manos en los vaqueros y regalándole una de las más bellas sonrisas, una donde no solo era sus labios los que reían si no sus ojos brillaban, una exclusiva para él.
William en dos zancadas quito las distancia entre los dos y le dio un ligero beso.
—¿Decepcionada? —cuestiono
—¡Por supuesto que no! — aun con su sonrisa
—¿Quieres que te ayude? —se ofreció galantemente
—No, la verdad es que no hay nada que hacer. Solo estaba hablando con Barnabus un poco.
—Sobre mí, espero —murmuró William abrazándola con fuerza para que sintiera cómo lo excitaba y besándola nuevamente de forma ligera. Sabía que de esta manera los dos se incendiaria en poco.
Elizabeth era la combinación perfecta de sus padres. Tenía la astucia, la inteligencia y elegancia de su padre y de su madre la estatura, su figura agraciada y llena en los lugares adecuados y los ojos maravilloso ojos verdes que lo hacían enloquecer. Realmente la única diferencia entre su madre y ella era el color de su cabello Elizabeth era oscuro como el chocolate que era igual al de sus padre pero con reflejos dorados cuando el sol se reflejaba en ellos y el de francés era rubio. Cuando echaba la cabeza hacia atrás, como en aquellos momentos, el pelo, le llegaba por la cintura, le colgaba sobre el trasero y William sentía los mechones como si fueran seda.
—Por supuesto —rió—. ¿De quién si no? ¿Qué has hecho desde la última vez que nos hemos visto? ¿Me has echado de menos? —interrogo a su dulce novio que aun la mantenía dentro de sus brazos, donde se sentía segura y protegida.
William hecho la cabeza hacia atrás y rememoro los últimos acontecimientos en los días de su ausencia «He estado trabajando como un esclavo en una empresa de ingeniería que lleva un incompetente, he desempolvado un poco los libros de contabilidad para que no se me olvide lo que he aprendido, he estado ahorrando hasta el último centavo para poder comer cuando vuelva a la universidad, y, ah, sí, le he pedido a tus padres tu mano y casi me muerden»
¿Para qué le iba a contar sus penurias? Decidió perderse en su cuerpo y pedirle que se casara con él. Sus padres iban a tener que aceptarlo porque no les iba a quedar más remedio.
Dejando sus preguntas sin repuestas para no abrumarla con sus problemas, la abrazo un poco más dejando en evidencia como se sentía en ese momento, llevando un mechón de tras la oreja acercó sus labios susurrando —Si has terminado con Barnabus... — Elizabeth se estremeció como sabia que haría y se desprendió de él.
—¿En la oficina...?
—O aquí fuera, si prefieres, pero ya sabes que, luego, hace frío.— sin decir nada más lo tomo de la mano y lo arrastro a la oficina, por su puesto él no puso ninguna resistencia.
La oficina era realmente un complejo de tres cómodas habitaciones decoradas básicamente con un escritorio y sillas. El piso cubierto de alfombra y archivos las paredes presentaban diferentes fotos de caballos al final del establo donde trabajaba en él día el contador, el señor Bennet y el capataz de la finca. William pensó que pronto no tendrían que esconderse para hacer el amor. Se imaginó la cara de Elizabeth cuando le pidiera que se casara con él y aquello le dio fuerzas.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella viéndolo sonreír, mientras caminaba por el pasillo
—¿Has pensado alguna vez en acostarnos en una cama? —dijo abriendo la oficina. En cuanto Elizabeth hubo entrado, la puso contra la puerta y le besó el cuello—. ¿Te imaginas una cama de dos por dos, con sábanas de raso y un buen edredón?
—A mí, me valdría con dos camas pequeñas juntas —contestó ella suspirando al sentir su lengua deslizándose por su escote—. En cualquier sitio menos aquí. Me muero de miedo cada vez que pienso que mi padre podría aparecer justo cuando estamos... eh...
—¿Haciendo el amor? —dijo William.
Elizabeth se apretó contra él completamente derretida. Aquel chico de impresionante belleza viril y maravillosos ojos azules como océanos profundos la tenía encandilada y vuelta palilla cundo sonreía. Pero esa sonrisa que únicamente le dedicaba alee donde aprecian esos hoyuelos matadores una dentadura perfecta y blanca, claro ella sabía que fue todo eso gracias a un tratamiento de ortodoncia que tubo cuando era adolescente. Pero eso no disminuía su verdadero atractivo.
Lo había conocido hacía más de un año. Ella estaba montando en plena faena de entrenamiento de un hermoso semental y, de repente, había sentido una fuerza especial. Al mirar hacia las cuadras de la caballeriza lo había visto, todo gallardo con sus pantalones vaquero raidos y desgastados con las manos en los bolsillos y una camisa azul oscura que hizo que sus ojos fuera más azules, él estaba apoyado en la puerta, mirándola intensamente. Ella no entendía por que aquel chico la miraba de esa forma y las sensaciones que le producía. Pateándose mentalmente busco volver a concentrarse en lo que estaba haciendo ya que un paso en falso podría salir lastimada ella o el caballo. Él estaba ahí porque había ido a pedir trabajo, debido que le gustaban los caballos y se le daban bien. A demás acababa de llegar a la localidad a vivir allí.
Su padre George Darcy era un profesor universitario, pero recientemente había perdido el empleo y no podía seguir pagando sus gastos de la universidad. Por lo que William había tomado la decisión de paralizar sus estudios universitarios durante un año y dedicarse a trabajar, ahorrando todo lo que podía y regresar.
Por ello estaba ahí, en Meryton, había conseguido un empleo y el puesto era interesante y bien remunerado en una pequeña empresa cercana.
Pero en la finca Longbourn le ofrecieron un puesto como cuidador de los caballos por los fines de semana cosa que el acepto inmediatamente. Eso indicaba que no tendría ningún tiempo libre. Pero él no había venido hacer amistades el estaba ahí para trabajar. O eso creía hasta que se topo con la perfección sobre un semental. Su reparación se perdió y quedo hechizado.
Claro que sus comienzos no fueron tan agradables. Cada uno creo su versión distorsionada de cada uno.
El la veía como una chica más una frívola niña de papa y mama. Ya que a pesar de que trabajaba duro en la finca con los caballos, cuando llegaba el fin de semana que era sus tiempo de trabajar ella salía con sus amigo ricos a la cuidad. Pero debía admitir también que ella era agradable a la vista, bueno si no lo admitía se estaría engañando el mismo.
Ella por su parte no sabía que pensar. William Darcy era un delicioso misterio y cada vez que sentí su mirada era como una caricia intensa, penetrante que la dejaba nerviosa y a su vez la hacía sentir cosas que nunca había experimentado con otro hombre.
Pero su mente jugaba con las emociones que su cuerpo experimentaba, ya que inmediatamente llegaban a ella los comentarios de su madre donde le recalcada cual era su posición ante los demás, que ella si continuaba por ese camino de indiferencia y salvajismo no era suficientemente buena para encontrar marido. Debido que prefería andar con los caballos que en compañía de amigos en cafés o el club del cual su familia pertenecía. Claro ella igual salía con amigas y uno que otro amigo pero no tenía ningún interés romántico con ninguno de ellos y mucho menos la hacían sentir todas esas mezclas de sensaciones tan avasallantes que experimentaba cuando él estaba cerca. Por lo que Elizabeth por desconocer las reacciones de su cuerpo creía que la miraba solo para descubrir defectos o fallos.
Después de varios fines de semanas trabajando sin descanso, en la finca vecina crearon una pequeña reunión donde todo el pueblo se junto. Ahí fue la primera vez que hablaron si enviarse pullas ni comentarios sarcásticos y él se felicito internamente por que logro articular varias palabras si parecer un completo idiota.
Después de varias cervezas la tensión callo y se sientan a gusto. Él le conto su razón de estar ahí y ella igual le conto otras tantas de su vida
Elizabeth esa noche se encontró escuchando pero no oyendo nada ella solo se quedo ahí impresionada y abducida por su belleza animal. Y no le quedo nada de su conversación pero de algo si estaba segura le gustaba y mucho.
Después de eso todo fue fácil la química creció y las salidas fueron más frecuentes aunque no tanto como le apetecía pero si lo suficiente para estar rendida a sus pies.
—¿Me estás diciendo que quieres hacer el amor conmigo? —le dijo William al oído un teniéndola prisionera entre la pared y sus brazos
Elizabeth rió en voz baja y él le acarició la cara con la yema de sus dedos y comenzó a besarle el cuello con infinita ternura. Aunque llevaba tres capas de ropa, Elizabeth sintió que sus pezones pedían a gritos que los tocaran. La oficina estaba no estaba totalmente a oscuras debido al ventanal que había en un lado de la oficina donde se filtraban los reflejos de la luna lo que si estaba era calientico gracias que el establo estaba climatizado por el invierno.
—¿Qué dirías si te dijera que no me apetece? —bromeó metiéndole los dedos entre los cabellos cortos y besándolo con pasión. Habían sido cuatro días sin verlo. Toda una eternidad.
—Te diría que eres una mentirosa —contestó William repartiendo besos por todo su rostro, deslizando sus manos debajo de la capa de ropa deleitándose de la suavidad de su piel. Tomando el dobladillo del jersey lo saco por su cabeza y deslizo sus manos por sus curvas deteniéndose sobre la pretina de pantalón para continuar besado la piel expuesta lentamente sus manos no se quedaron quietas y buscaron el botón del pantalón procediendo a desabrocharlo.
Elizabeth se estremeció de gusto expectación porque sabía lo que llegaba a continuación. El placer de los placeres. Sobre todo cuando pasaba un tiempo que no se veían, solían desnudarse a toda velocidad, desesperados por unirse, pero William pensó que aquella noche iba a ser especial y decidió tomarse su tiempo.
La llevó al fondo de la oficina, donde había un gran sofá contra la pared. Al principio, se le había hecho un poco raro hacer el amor en el mismo sitio donde el contable de Thomas Bennet hacía sus cuentas, pero, como la necesidad era la madre de todas las ciencias, ya ni lo pensaba.
Aquel sofá era su paraíso.
—Quiero mirarte —dijo Elizabeth tumbándose a lo largo del sofá—. Me encanta ver cómo te desnudas —añadió cruzando los brazos bajo la cabeza y una sonrisa enigmática.
—No sé por qué —rió él.
—¿Quién miente ahora? — dijo entrecerrando los ojos —Sabes perfectamente por qué me gusta mirarte. Tienes un cuerpo perfecto. Eres tan fuerte y musculoso como el mejor de nuestros caballos. — termino con una sonrisa picara
—Muchas gracias —contestó William sabiendo que, viniendo de ella, era el mejor cumplido con el que podía soñar.
Se quitó la cazadora, el jersey y la camiseta, que una vez había sido negra y ahora era de un gris desgastado.
Elizabeth gimió de placer sin darse cuenta al verlo con el torso al descubierto. Sus hombros anchos que se habían desarrollado mucho más por el trabajo pesado, su abdomen plano, una cantidad de vello que nacían el el ombligo y se perdía en sus vaqueros. Los vaquero que tenía esa noche eran de corte bajo dejando le ver su v invertida por lo que deleito admirando sus caderas estrechas, piernas largas y musculosas. Oh si el cuerpo de William Darcy era de un gran semental. Por su puesto no era la primera vez que lo veía así. Recordó que en verano, sin que se enterara su padre, él solía montar a Barnabus desnudo de cintura para arriba y su espalda y pecho bronceados. Vio cómo se quitaba los pantalones y los calzoncillos y se sonrieron.
—¿Te gusta lo que ves?—interrogo pícaramente
Elizabeth suspiró, asintió y se puso en pie para quitarse los vaqueros. Se sentía en llamas. Con solo mirarlo, se le entrecortaba la respiración.
—Déjame a mí, querida —murmuró. Deslizando sus manso por la cintura bajando lentamente los pantalones.
No solía emplear palabras cariñosas. Era un hombre apasionado, si, pero con mucho control. Las explosiones de afecto no iban con él y a Elizabeth le gustaba así. Su ternura iba más allá de lo típico. Por eso, precisamente, que la llamara así hizo que le diera un vuelco el corazón. Le dejó que le quitara, la vieja camiseta de rugby de su padre y la camiseta interior uniéndose en el suelo con el jersey y los pantalones así como la ropa de él.
—Qué hermosa eres —dijo William acariciándole los generosos pechos que rebosaban ligeramente sobre el sujetador de encaje—. Nunca me cansaré de mirarte ni de tocarte.
Elizabeth rió y le agarró el dedo. Despacio, se lo puso en la boca lamiéndolo sensualmente sin dejar de mirarlo fijamente aquellos maravillosos ojos color azul profundo, ella le gustaba compararlos en ese momento con una noche de tormenta. Poco a poco deslizó la otra mano hasta su masculinidad. Y él gimió.
—¿Cómo que nunca? ¿Y cuando te vayas a la universidad en septiembre? ¿Qué harás con todas las chicas que se te van a tirar al cuello? —comento de forma desenfadada pero por dentro esas preguntas le estaba torturando.
—¿Tienes celos? —pregunto con una aire de suficiencia y picardía, mientras le acariciaba la cinturilla de sus braguitas. Disfrutando del escalofrió que le ocasiono.
—Por supuesto —contestó ella—. Por eso, prefiero no pensarlo —añadió mojándose los labios con la lengua y apretándose contra su cuerpo buscando su calor y protección.
Era solo unos centímetros más baja que él. Sus cuerpos estaban perfectamente diseñados para acoplarse.
—Prefiero pensar en el aquí y el ahora —concluyó poniéndole las manos en la parte delantera de sus húmedas braguitas, dejándole claro que se moría por sus expertas manos recorrieran aquella parte de su anatomía.
—Eres una bruja, Elizabeth — susurro William con su voz seductora y roca por la excitación mientras le quitaba lentamente las braguitas y las deslizaba a lo largo de sus piernas y después subía las manos saboreando la suavidad de nívea piel hasta encontrar el broche delantero del sujetador.
—Sí, desde que te conocí —contestó ella descaradamente.
Y así había sido. Había llegado a sus manos virgen, atraída por algo que no había sentido por ninguno de los chicos con los que había salido antes. Aquel semental de pelo color azabache tenía algo irresistible, debía ser sus esencia.
—Bien dicho —apuntó William agarrando uno de sus pechos después de haber deslizado el sujetador de sus brazos.
Quería ir despacio, pero, teniéndola completamente desnuda entre sus manos... suspiro buscando como fuera agarrarse del poco control que le quedaba antes de que sus planes se fueran a traste. Cuando lo único que quiera en ese momento era perderse dentro de ella.
La sentó en el sofá y se arrodilló entre sus piernas abiertas. La postura perfecta para deleitarse en sus pechos. Mientras lo hacía, Elizabeth echó la cabeza hacia atrás y gimió de placer sin reparos. Sintió la lengua de William y la estela de saliva, primero en un pezón succionando y mordisqueando y luego dedicarle la misma atención en el otro.
Ningún otro hombre podría hacerle sentir jamás tanto placer. Elizabeth era suya, pensó William en un rapto de posesión como un hombre de las cavernas. Trazo su cuerpo reconociéndolo y marcándolo con sus caricias, reclamándolo como suyo hasta llegar a la parte interna de los muslos y comenzó una exploración lenta y más íntima llevo sus labios a su labios inferiores y le demostró un beso apasionado provocando volverla loca.
Entre jadeos y suspiros, Elizabeth iba verbalizando su pasión, algo que actuó como un afrodisíaco en William. Se coloco encima de ella besándola con pasión desenfrenada, quería que realmente ese momento fuera muy especial para ella y para él. Mirándola a los ojos queriendo controlarse pero al ver a sus hermosos ojos oscuros y ver su entrega total perdió y la penetró con fuerza, gimiendo ambos. Salió y entro logrando moverse al unísono. Ella atrapo sus caderas con sus piernas para tenerlo más unido y profundo logrando de esta forma alcanzaron el éxtasis a la vez.
Con la respiración acelerada, se tumbo en el sofá llevándola con él para mantenerla abrazada.
—Sería maravilloso poder dormir juntos, ¿verdad, William? —dijo Elizabeth con su cabeza apoyada en su torso y pasando con suavidad los dedos pos su pecho y músculos de abdomen—. La verdad es que podría ir a verte a la universidad —continuó soñadora—. Allí, tendremos una habitación para nosotros solos. La gloria. Y tú también podrás venir a verme a mí. Este año sabático ha estado bien, pero me quiero ir ya de casa. —termino diciendo esto con decisión.
—Edimburgo está muy lejos de Londres —apuntó William quien tampoco podía dejar sus manos tranquilas y le daba una suave caricia con la yema de sus dedos a lo largo de la columna vertebral.
—¿Qué me estás diciendo? —Interrogo ella mirándolo a los ojos buscando en su mirada algún tipo de explicación—. Ya sé que no va a ser tan fácil como ahora, que no nos vamos a ver tanto, pero vamos a seguir juntos, ¿verdad? El destino nos unió, eso está claro, el destino te hizo leer aquel anuncio y venir hasta aquí. —termino su argumento con un ligero temblor en su voz y su corazón bombeaba a mil y ya no tenía que ver nada con la excitación.
—¿Y vas a tener tiempo para mí? —Bromeó William sin apartar la vista de sus ojos que reclamaba una respuesta—. La carrera de Veterinaria es dura. No sé si vas a poder dedicar tiempo a... conocidos... — y su voz seductora vibraba con una risa contenida y sus ojos adquirieron un brillo que ella ya bien conocía y suspiró aliviada.
—Tú no eres un conocido —rió sonrojándose.
—Hay otra solución, ¿sabes? Para poder vernos más, digo. —y lo dejo en el aire como si nada
Aun en comodidad de sus brazo y sus suaves caricias ella busco la verdad en sus ojos —¿Cuál? ¿Has encontrado un tesoro y te vas a comprar un helicóptero para ir a verme todas las noches? — comento en broma.
Pero los ojos de él cambiaron a un brillo que ella no concia antes algo había en sus expresión que le dijo que ya no estaba jugando.
—Cásate conmigo.
Elizabeth parpadeo varias veces y tardó unos segundos en entender lo que le estaba diciendo.
—Estás de broma, ¿no? — interrogo aturdida
—Nunca he hablado más en serio, querida. Y la apretó un poco más a su cuerpo pero ella ya estaba forcejeando para levantarse a sí que la soltó.
Elizabeth se sentó. Aturdida y desconcertada. Paso la mano por su cabello lo que ocasiono que callera a lo largo de sus senos cubriéndolos. Se moría por encender la luz para poder ver la expresión de su cara, ya que el ligero resplandor de la una no era suficiente, pero no podían correr el riesgo de que los vieran desde la casa.
—¿Casarme contigo, William?— interrogo realmente aturdida
Levantándose del sofá para estar a la altura de su cara —Sé que, al principio, sería duro, pero podríamos alquilar algo barato en Londres. En vez de ir a Edimburgo, podrías estudiar en Londres. A mí, solo me queda un año y, luego, ganaré dinero. Te aseguro, mi amor, que no pasaríamos hambre.
—William... —dijo dándose cuenta de lo que significaría casarse con él.
Mataría a sus padres del disgusto. Desde luego, ya estaba escuchando a su madre, gritando por su nervios y lo desconsiderada y mala hija que era. Sabía perfectamente que no les hacía ninguna gracia la relación que tenía con William. Su madre se había limitado a aconsejarle que no se enamorara de él, pero su padre había sido mucho más explícito y apenas hacía dos semanas le había pedido que dejara de verlo.
William se apartó de ella y Elizabeth le agarró la mano.
—Dios, William, te quiero tanto. Sabes que nunca he sentido por nadie lo que siento por ti, pero...
—Pero... —repitió el dándose cuenta que aquello no estaba saliendo como él había previsto. Él había creído que Elizabeth le iba a decir que sí entusiasmada. Que tonto y ciego fue. El orgullo empezó a apoderarse de él. Lo sintió e intentó controlarlo respirando varias veces profundamente.
—Solo tengo diecinueve años —suplicó Elizabeth—. ¿No podríamos... seguir como hasta ahora...?
—¿Escondiéndonos de tus padres porque te avergüenzas de mí? —la acusó.
Elizabeth sintió como si la hubieran abofeteado.
—¡Eso no es así! — contesto adolorida y enojada
—¿Ah, no? —dijo William comenzando a vestirse—. ¡Te encanta acostarte conmigo, Elizabeth, pero nada más! —añadió iracundo.
Recordó la carcajada de su padre ante la idea de que un pobre como él quisiera casarse con su hija y vio que ella le acababa de hacer lo mismo.
Efectivamente, le acababa de decir que no. Era inútil intentar adornarlo. Un no tan grande como una casa.
—Lizzy— mírame la agarro por el rostro no voy a seguir luchando No quiero hacerlo más. Mis sentimientos no pueden contenerse. Te admiro y amo pero no voy a seguir escondiendo mi afecto por ti
Ella aun esta en shock, el nunca la había llamado así. Era la primera vez y ahora no tenia respuesta para él. Él lo sintió y la soltó. Ella quedo huérfana de su ternura y calor
—¡Espera, William! —exclamó Elizabeth muy nerviosa. Intentó agarrarle las manos, pero él las apartó y siguió vistiéndose. De repente, se dio cuenta de que estaba desnuda y comenzó a vestirse también a toda prisa.
—¡Pero si hasta llevas la ropa de tu padre! —exclamo furioso dándose cuenta de la camisa ancha que no le había prestado atención al momento de quitársela.
—¡Es una camiseta vieja! Me la pongo porque es calentita. ¡Es lo que tenía a mano esta noche para venir a verte! — continuo ella argumentando cada vez más nerviosa y ansiosa no entendía como una noche de hacer el amor apasionado se había ido al traste.
—¡Sí, bien escondida en la oscuridad de la noche! ¿Habrías venido igual de corriendo si te hubiera invitado a cenar, si te hubieras visto obligada a decirles a mamaíta y a papaíto que tenías una cita conmigo? — la interrogo cada vez mas molesto
—¡Sí, por supuesto que sí! —contestó ella con los ojos brillantes por las lágrimas—. ¿Pero cuándo me has invitado a salir? —le espetó—. Vienes, trabajas, damos paseos a caballo y nos acostamos, pero nunca me has invitado a cenar.
—¡Sabes por qué! ¡Sabes en qué situación estoy! —gritó cortante—. ¡Nunca te he ocultado que todo lo que gano, hasta el último penique, lo ahorro para el último año de carrera!
—¡Te he dicho mil veces que yo tengo dinero! — exclamo exasperada no era la primera vez que discutían por el tema del dinero
—¿Aceptar dinero de una mujer? Jamás. — grito su orgullo
—¡Te pierde ese maldito orgullo! Tu maldito orgullo está destrozando lo que tenemos.
—¿Lo que tenemos? Tú y yo no tenemos nada. — sentencio
Se hizo un terrible silencio. William no podía ni mirarla. Se vio como un ser patético. Primero, sus padres y, ahora, ella. Qué idiota por haber creído que se casaría con él. No había querido ver que los ricos no se mezclan con los pobres, así de simple.
—No digas eso —dijo Elizabeth—. Te quiero.
—No lo suficiente, por lo visto, porque no te quieres casar conmigo. Las palabras se las lleva el viento, ¿sabes?
—Para ti, es muy fácil, William. Tú te crees que es «si me quieres, demuéstramelo, abandónalo todo por mi y sígueme sin preocuparte de si haces daño a tus padres».
William apretó los dientes.
—Efectivamente, es así de sencillo.
—¡De eso nada! ¿Y qué pasa con mi carrera?
—Ya te he dicho…
—Sí, que me venga a Londres a estudiar. ¿Y mis padres? ¿Qué quieres, que los deje, también? ¿Por qué no puedes... esperar unos años? Con el tiempo, mis padres acabarán aceptándote, los conozco. Podría empezar la carrera en Edimburgo y, luego, pedir el traslado y... —se interrumpió por la dureza de su rostro.
—Me he equivocado contigo —dijo con brusquedad—. Creí conocerte, pero no es así.
—Claro que sí, William. Me conoces mejor que nadie —contestó Elizabeth rezando para que no saliera por la puerta porque sabía que, si lo hacía, no volvería a verlo. Se le escapó una lágrima y no hizo nada por remediarlo.
—No, te equivocas, querida —le espetó.
Aquella palabra, que la había hecho tan feliz una hora antes, la mataba ahora de dolor.
—Vuelve a tu vida, ve a la universidad, sé la niña buena que papá y mamá quieren que seas, cásate con un hombre que les guste y ten hijos —añadió yendo hacia la puerta.
Elizabeth corrió tras él desesperada, lo adelantó y se puso contra la puerta.
—¡No te vayas! —suplico de nuevo
—Quítate del medio.— replico el de forma fría
Elizabeth no se movió. No podía ser, no se podía ir. Se repetía mentalmente su mente corría mil por segundo las ideas se remolinaban en su cabeza ¿Y si se casara con él? ¿Y si dejara tirados a sus padres y se olvidara de ser veterinaria? Pero lo vio a los ojos y se dio cuenta que de nada serviría. Ya era demasiado tarde. William ya no la aceptaría. Aquel orgullo que había entrevisto durante meses se había solidificado en algo imposible de romper.
De repente, sintió una tremenda furia.
—Si me quisieras, me esperarías. — grito con las lagrimas corriendo sus mejillas pero William la empujó a un lado y abrió la puerta. —No puede terminar así —continuo gritando desesperada—. Dime que nos volveremos a ver. — suplico
William se paró y la miró de arriba abajo con la mano sobre el marco de la puerta de la caballeriza
—Reza para que no sea así, querida...
