Estamos jodidos


Siento la adrenalina fluir por mis venas y el golpeteo de mi corazón lo siento hasta en las orejas. Estoy asustado. De hecho, nunca había estado tan asustado en mi perra vida. Y no es por mí. Es porque sé que aquí llegó el final. Estamos jodidos.

¡Diablos! ¿Cómo carajos habíamos llegado a esa bodega abandonada en medio de la nada? Esto no estaba dentro del plan. No estaba ni de cerca dentro del plan.

Erik siempre había sido muy cuidadoso cada vez que hacía alguna travesura. Yo sabía que había tenido siempre la precaución de borrar toda evidencia y deshacerse de lo que quedara de los cuerpos, asegurándose de que no se viera implicado. Tenía un criadero de puercos en el rincón más lejano de la parcela; los alimentaba con los cuerpos. Borraban todo. Aunque era sólo por precaución; Erik siempre había tenido el control, mataba indigentes o marginados... Y seamos realistas, a nadie le importan un carajo los marginados.

Después de todo el cuidado que tuvo Erik durante todos estos años, no fue la policía quien nos descubrió, sino uno de los daños colaterales. Cuando Erik decidió salir a la caza de su Frankenstein personal, no se detuvo a considerar qué haría su mujer cuando se enterara de su desaparición. Y Shaw no resultó ser uno de esos marginados que Erik acostumbraba cazar, era un empresario exitoso. Lo que significaba que Emma Frost, su mujer, tenía los recursos necesarios y conocía a la gente adecuada para dar con nosotros. Ahora, ese mismo dinero e influencia la había usado para pagar a los sicarios que contrató para eliminarnos. Habían rodeado la casa y Erik y yo alcanzamos a escapar por los pelos.

Llegamos a un viejo depósito que Erik tenía contratado como bodega y que usaba para eliminar evidencia, pero ambos sabíamos que nos pisaban los talones, que estábamos rodeados. ¡Esos muy hijos de putas nos tenían agarrados de los huevos! Estaba cabreadísimo. Tenía puras ganas de freírles las cabezas a balazos a esos cabrones, pero entre Erik y yo sólo teníamos dos pistolas, y esos desgraciados eran 10 y debían estar armados hasta los dientes. ¡Lo teníamos todo en contra, maldición!

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté echando un ojo hacia afuera, impotente. Podía ver las camionetas estacionadas bajo la lluvia con las luces altas apuntando hacia nosotros.

—¡Cierra el pico! —me ordenó Erik con voz más fría de lo usual. No se veía asustado—. No me dejas pensar.

Yo chasquee la lengua y me alejé de la ventana.

—Podemos con ellos —dije—. Disparamos mejor.

—¡Basta, Charles! —gritó Erik, por primera vez perdiendo la cabeza—. Siempre he sabido que tenía enemigos. Estoy listo para morir. Debiste haber pensado en eso antes de enredarte con un tipo como yo.

Era verdad, maldita sea. Pero era muy distinto estar ahí y aceptarlo.

Erik no me volvió a prestar atención, miraba por entre las ranuras que había en el marco de la puerta. Había tomado mi revolver y lo sostenía con firmeza en la mano derecha, con el seguro desactivado. Ambos sabíamos que estábamos sonados. Nos habían acorralado y no había escapatoria. Esos malditos...

Un grupo de los sicarios se habían bajado de las camionetas y se acercaban a la carrera, el chapoteo de sus pies resonaba en la quietud de la noche. Erik lanzó una carcajada maniaca y se puso a disparar, mató a uno e hirió a otros dos, eso fue suficiente para que retrocedieran por un rato.

—Estamos jodidos, Charles —me dijo sin mirarme—. Hasta aquí llegamos.

Erik tiró su arma al suelo, ya no le quedaban municiones. Yo revisé mi cargador y tenía tan sólo cinco tiros. ¿Así que así íbamos a terminar? ¿Asesinados por un grupo de mercenarios? ¡Menuda mala broma del destino!

—Te propongo una cosa —habló Erik de pronto, haciendo que levantara la mirada hacia él. Tenía la voz más grave de lo usual, tanto que logró estremecerme—. Que seamos nosotros mismos los que le demos un final a esto.

Supe lo que quiso decirme al instante y yo estaba listo, siempre lo había estado. No me arrepentía de las cosas que había hecho, porque todo lo hice por él. No sentía remordimientos, porque eso sería como dudar del amor que sentía por él. ¡Esto es lo que soy, maldita sea, jódanse todos! Nunca le había tenido miedo a la muerte, pero...

—Hagámoslo —respondí.

...Pero quería que Erik se llevara un recuerdo mío al otro mundo. Uno tan grande, que me aseguraría de que no me olvidará en tres vidas. Quería marcarlo como mío, así como él me había marcado.

—Pero quiero que seas tú quien lo haga —dije—. Quiero que me arranques este maldito corazón que lo único que ha hecho es amarte y que lo consumas así como consumiste mi voluntad.

Erik parpadeó lentamente, sin dar crédito a lo que oía, entrecerró los ojos y sonrió, de esa forma misteriosa y atractiva como sólo él sabía hacer. Hizo un movimiento de cabeza y supe que había aceptado.

Yo sabía que no íbamos a sobrevivir, y no tenía los cojones para verlo morir a él. ¡Esa era la maldita verdad! Es como si sólo hubiera nacido cuando él me miró por primera vez, y ahora tenía que vivir en un mundo sin él. Imposible. Prefería morir antes. Tal vez fuera un egoísta, pero ese era el último deseo de mi podrido y mezquino corazón.

—Aquí está mi revolver —le dije mientras dejaba el arma en la repisa que estaba a su izquierda—. Aún tiene cinco tiros, así que asegúrate de matar a cuatro más de esos cabrones antes de terminar. La última bala tiene tu nombre.

—¿Estás seguro de esto, Charles?

—¡Maldición, Erik! Claro que estoy seguro —le grité—. ¡Hazlo de una vez o empezaré a creer que eres un cobarde!

Tuve que tomar el cuchillo yo mismo, porque él no se movió. Sentí que afuera esos malditos cerdos mercenarios volvían a moverse, intentando colarse en la bodega. No tenemos tiempo para estas idioteces, Erik. No hay tiempo para dudas.

Le puse el cuchillo en la mano y me saqué la chaqueta y la camisa. Estaba parado justo frente a sus ojos relampagueantes y por un segundo, su mirada azul frío me hipnotizó; siempre había estado idiotizado por él. Me acerqué a su puño derecho, le tome la muñeca y le levanté la mano. Besé cada uno de sus preciosos y perfectos nudillos.

—Te veo al otro lado —dije.

Erik me sonrió y cerró la distancia entre nuestros cuerpos, se humedeció los labios y me plantó un beso de esos que son tan apasionados que te dejan tiritando, con las piernas como lana y sin saber a qué agarrarse; un beso que parecía más un terremoto. Su lengua se abrió paso dentro de mi boca y sus dientes me rasgaron el labio inferior. Ambos jadeamos al instante y cuando se rozó contra mi entrepierna, pude sentir que estaba duro. Me permití tocarlo una última vez y en respuesta sus ojos relampaguearon unos segundos. Sé que siempre te ha gustado lo que te hago, querido. Sonreí y le mordisquee el labio inferior.

—Adiós, Charles —susurró sobre mis labios.

Sentí el frío del acero en mi pecho primero, luego vino el dolor. Un dolor quemante. Bajé los ojos y tenía el cuchillo ensartado hasta la empuñadura. Erik lo removió y la sangre empezó a brotar como de un río y caer por mi pecho hasta empapar mi pantalón. El dolor era insoportable, como si millones de agujas me piquetearan por pulmones y me hicieran imposible respirar. Sentí la herida arder, como si estuviera siendo marcado por un hierro al rojo vivo y a la vez, un escalofrío bajó por mi espalda.

Estaba muriendo. Tenía frío, mi visión se volvió borrosa y ya no oía nada más que ese molesto zumbido. Levanté los ojos y lo miré. Sentí que mi corazón se partió en dos y el cuchillo que lo atravesaba no tenía nada que ver con ese dolor. Tal vez sólo estaba alucinando, pero… juraría que las lágrimas surcaron el rostro de Erik en ese instante.


OK, este es el final de esta historia.

Sé que ha sido una locura, así que agradezco a quien se tomó la molestia de leer esto.

Saludines~