A pesar de ser obvio, dejo por aquí el descargo de propiedad. Shingeki no Kyojin no me pertenece, y esta historia es realizada sin ánimos de lucro, solo el fin de entretener.

La calidez de tu cercanía

"No serían los ojos más bellos del mundo, pero eran los únicos que anhelaba ver."

El chico caminaba con tal decisión, que ninguno de los chismosos ahí presentes se animó a siquiera dirigirle la más mundana de las palabras. Evidentemente salvo un joven en particular, que carecía de sentido común, o tal vez era tan solo que su interés en la morocha le había trastornado el cerebro lo suficiente como para no recordarse que era mala idea importunar al castaño.

— ¡Hey suicida!, ni creas que te vas a ir tan tranquilo…—gruñó Jean apresurándose a darle alcance al otro que pasó de él olímpicamente. Así que se sintió lo suficientemente confiado para agarrarlo del cuello de la camisa, tuvo éxito porque el castaño se detuvo; con lo que en definitiva no fue afortunado porque instantes después el titán cambiante se giró y le propinó un fuerte empujón.

Con tan mala suerte, que al retroceder el joven de cabello algo extraño, pisó estiércol y sin mayores dilaciones se cayó de sentón ensuciándose con la inmundicia de caballo. Desde luego el chico comenzó a escupir improperios hacia su compañero de escuadrón y a intentar levantarse sin aumentar aún más el deplorable estado de su vestimenta. Dentro de la que cabe, algo de fortuna quedó en el acto, puesto que Eren no permaneció ahí lo suficiente para burlarse de su torpe existencia; y al verse libre del agarre del otro prosiguió con su camino ignorando los berridos del caído y las risas estridentes de Sasha y Connie.

No sabía bien hacia dónde se había dirigido la chica, pero tenía la seguridad desde que habló con Armin que la había hecho buena. Y aunque reconocía que no estaba muy familiarizado con los arranques emocionales de Mikasa, por ser claramente muy raros, si sabía que la morena debió irse lejos; para poder tranquilizarse.

Gruñó por lo bajo intentando hacer memoria, en realidad no había sabido de algún momento reciente en el que Mikasa se hubiera sentido lo suficientemente mal como para huir. Pero sí recordaba que cuando eran niños y llevaba poco tiempo en casa, ésta se sentía muy triste y no era extraño que desapareciera. Después supo que le gustaba subirse al árbol más alto que encontrara y quedarse ahí un rato hasta contemplar el atardecer.

En el peor de los casos, imaginaba que su hermana adoptiva volvería cuando cayera la noche. Pero también presentía que a su regreso sólo se encontraría con su frialdad y decepción. Tal vez exageraba, porque sabía que la chica le tenía mucha estima, y era extremadamente raro que ésta se enfadara con él y ya ni digamos guardarle rencor.

No obstante eso no lo haría sentirse mejor consigo mismo. Permanecer como si nada a sabiendas que la había lastimado tanto emocional, como físicamente. Pateó lejos una piedra que en realidad ni le estorbaba, pero eso le ayudaba a desahogarse. No le hacía gracia recordar que nunca se había disculpado debidamente por la herida en su rostro; sabía que las mujeres le tenían una alta importancia a la belleza de su rostro. Y aunque no pensaba que Mikasa fuera tan vanidosa, si debía de haber resultado aunque sea un poco triste para ella.

Después de al menos media hora más de caminar, llegó a la conclusión de que la azabache no se había detenido y había seguido alejándose, porque le parecía demasiado tiempo para no haberla encontrado. Y aunque estaba decidido a encontrarla así le tomara todo el día, se sintió genuinamente feliz al divisar una delgada silueta en lo alto de un enorme árbol.

Observó durante un momento el paisaje destacado por los sangrientos colores del ocaso, había llegado justo a tiempo. Suponía que a estas alturas la morena debió haber reparado en su presencia por sus grandiosos sentidos de gato, por lo que no se molestó en llamarla. Subió al árbol con rapidez y antes de decir nada, se encontró con la desagradable imagen de su amiga echa un ovillo, abrazando sus rodillas y con la cabeza enterrada entre ellas.

Tragó duro y se sentó con suavidad a su lado en la gruesa rama del árbol. Al cabo de un par de instantes, se sintió lo suficientemente valiente para mirar a la muchacha, y no se sorprendió al encontrarla igual que antes. La recorrió con la mirada, su oscuro y corto cabello cubría por completo su rostro al igual que sus brazos. Advirtió que la bufanda se encontraba desacomodada, y con la mano más segura de lo que realmente estaba la tomó y la empujó entre el hueco que quedaba entre el brazo de la morocha y su cuello con delicadeza.

Mikasa tembló ante el repentino tacto de Eren, sabía que era él porque su masculino olor a tierra mojada lo había delatado, así como el ruido que hizo al subirse al árbol. Había tenido la intención de levantarse como si nada hubiera pasado, pero sabía que a éstas alturas sus ojos se debían de encontrar sumamente hinchados y rojos ya que el ardor en ellos se lo indicaba.

Suponía que el chico debía de saber lo que estaba llorando, o que por lo menos lo había hecho, por lo que no le vio utilidad el fingir que se encontraba bien cuando su mismo semblante la delataría. Así que prefirió permanecer oculta hasta que sus ojos se encontraran en mejores condiciones.

No obstante, le intrigaba bastante la presencia de su hermano adoptivo a su lado. No es que pensara que no le importaba en lo absoluto, pero había peleado fuerte y generalmente él después de rabiar de esa manera no le hablaría por el resto del día. Y también el silencio la sorprendía, aunque ciertamente lo agradecía.

Para ella existía una belleza extraña en el silencio que pocas veces compartían. A su parecer el silencio decía mucho más que mil palabras, porque solamente flotaban sentimientos sin necesidad de ser explicados, así en mudo entendimiento…ella notaba la belleza que éste representaba.

No se consideraba una persona totalmente cuerda, porque si le contara a alguien la razón por la que contemplaba el ocaso seguramente la tildarían de enferma. Aunque… ¿quién en la legión no lo estaba?, ¿acaso alguien aún permanecía cuerdo en toda la humanidad?

Por eso disfrutaba del silencio, porque nadie decía nada ni debía dar explicaciones. Tal vez Eren no la juzgara por su extraño pasatiempo, pero no se arriesgaría.

—Mikasa…—llamó el joven de ojos esmeralda. Él sabía que había llamado la atención de su acompañante, aunque no hubiera hecho ningún movimiento que la delatara. Jugó con sus dedos con nerviosismo y tragó el nudo que repentinamente se había creado en su garganta. —Lo siento—soltó el hombre con dificultad, pero no por ello con menos decisión.

A la morena le recorrió un escalofrío la columna vertebral, y antes de pensar alguna otra cosa, casi por reflejo alzó la cabeza deseando mirar la expresión que su amado mantenía.

Ella no sabía, pero el corazón del titán cambiante se resquebrajó en su pecho al ver su rostro manchado. Nunca había visto a Mikasa llorar, al menos no desde que comenzó a vivir con él. Tenía entendido que después de su primera transformación ella había corrido envuelta en lágrimas a abrazarlo. Pero nunca la había visto hacerlo. Quizás no era el hecho de su llanto, sino que él las había provocado con su maltrato y también sabía que era en extremo difícil lastimarla hasta esos niveles.

También le dolía el hecho de la gran sorpresa que embargaba el semblante de su amiga. Porque eso le daba a entender que él no hacía grandes méritos para poder aunque sea, sacarle una sonrisa. Era tanta su insensibilidad que hasta se inquietaba ella por una pequeña disculpa.

—Eren…—musitó la azabache aún sin dar crédito a lo que había escuchado.

El sonido de su voz le resultó embriagador, y en medio de un impulso acercó su mano hacia el cabello de la fémina y pasó sus dedos a través de los cortos cabellos color carbón. Recordaba que le había dicho que se lo cortara para que le fuera más sencillo el entrenamiento; pero ahora se encontraba enfrentado a una sensación de nostalgia al notar la diferencia.

—Tal vez deberías de dejarte el cabello largo de nuevo…—expresó el chico aun acariciando las delgadas hebras. La otra se volvió a sorprender por la sugerencia, y sin poder evitarlo un muy pequeño sonrojo se instaló en su rostro.

—¿Qué tan largo crees que se me vería bien?—preguntó con una oculta animosidad.

—El que tú decidas estará perfecto—completó el joven soltando su cabello. Esas palabras llegaron profundo al corazón de la soldado, sonando como la más hermosa melodía que había escuchado. No es que le molestaran las sugerencias de Eren, pero era la primera vez que tomaba en cuenta su opinión y lo que es más, le decía que así estaría perfecto.

Un fuerte viento pasó entre ellos, a la par que el atardecer se teñía de colores aún más oscuros. La azabache ocultó un escalofrío, pero la acción de afianzar la arrugada bufanda contra su delgado cuello no pasó desapercibida por el chico. Que sin hacer ningún comentario le quitó la bufanda, le borró las arrugas con las manos y después procedió a colocársela de nuevo.

Antes de que pudiera soltarla, la mano femenina se prendió de su manga deteniéndolo. Éste la observó con curiosidad, detectando como sus ojos de hielo comenzaban a tornarse cristalinos.

—Gracias—murmuró con una dulzura, que hacía mucho tiempo Eren no escuchaba. Sin poder evitarlo sonrió en respuesta y se acercó más a ella hasta juntar su frente con la de ella.

—Te dije que te pondría esa bufanda las veces que hicieran falta—expresó con suavidad disfrutando del encuentro visual, de esa intimidad que nunca se había atrevido a entablar. Los colores del cielo había pasado y las primeras estrellas comenzaban a asomarse entre el agonizante vestigio del día.

El corazón de la mujer había redoblado su marcha por tan agradable cercanía, al cabo de unos momentos, cerró los ojos y con delicadeza recostó su cabeza en el amplio hombro de su acompañante. Le agradaba la tranquilidad de ese momento, y cuando Eren tomó su brazo derecho con cuidado, a pesar de la profunda punzada de dolor en éste se dejó hacer sin protestas.

Eren arremangó la manga de la chaqueta con todo y camisa con rapidez. Topándose con la venda en la muñeca que Mikasa utilizaba de manera religiosa desde que la conoce, tenía la pregunta atorada en la garganta; pero decidió que tal pregunta podría esperar para otro momento. Levantó con delicadeza el antebrazo de la chica, localizando un gran hematoma en él, que comenzaba a tornarse morado. Chasqueó la lengua, y procedió a rebuscar los objetos de curación que Armin le había entregado antes.

Abrió el bote de la pomada y tomó una buena porción, para después proceder a untárselo con el mayor cuidado posible en el brazo. Era verdad que a Mikasa le había estado doliendo bastante el brazo derecho. Pero lo había considerado una nimiedad; y la verdad es que apreciaba muchísimo las repentinas atenciones que Eren le regalaba, y le agradecía la delicadeza con la que buscaba curarla. No obstante la verdad era que aunque él hubiera hecho un pésimo trabajo, a ella aún le parecería algo entrañable.

Cuando terminó de ponerle el ungüento, procedió a envolver su brazo con la venda, teniendo atención en que no quedara muy apretada. Una vez que terminó, Mikasa le regaló una pequeña sonrisa en agradecimiento, y sin más volvió a recargar su cabeza en su cuerpo; decidida a disfrutar lo más que pudiera de su momento de calma.

El sol se encontraba en su punto más bajo, próximo a desaparecer y ambos lo contemplaban con tranquilidad, cómodos con la cercanía y compañía del otro. No obstante, de pronto nació una gran tensión en Mikasa y al segundo se separó de Eren para mirar hacia atrás de ellos. No hubo que buscar mucho, ya que en el suelo se encontraban un par de caballos, con Hanji y Levi alzando la vista hacia ellos.

—¡Pero que ternura!—graznó Hanji jalando del brazo de manera infantil al capitán del brazo, mientras éste los veía con una ceja alzada. Eren sintió como le cayó un yunque en el estómago y se alejó un poco de la morena, observando con miedo a su superior.

—Oye…pedazo de mierda, le dijiste a la loca que la acompañarías a realizar su tonto experimento después del almuerzo, y desde entonces me está incordiando—reclamó fastidiado, ignorando los chillidos de protesta que la científica le dedicó. —Si quieren andar de romance, esperen a la noche, cuando toda la gente decente está durmiendo y ha cumplido con sus obligaciones—completó dándoles una mirada siniestra que les ordenaba bajar.

Sin mayores dilaciones ambos jóvenes aterrizaron en el suelo y se aproximaron con vergüenza a sus superiores.

—Oh vamos Levi…no seas tan duro son adolescentes viviendo el amor por primera vez…—rebatió riendo por lo bajo cuando de repente paró y miró a Eren con un inusitado interés—pensándolo bien nunca me había preguntado cómo se desarrollaban las emociones en un titán cambiante…pensé que solo les daba por volverse más irritables—hizo una pausa acomodándose los lentes comenzando a caminar alrededor de la pareja, para luego regresar al lado del cabo y acercársele para susurrarle algo.—Tal vez debería de estudiar el proceso de enamoramiento y cortejo…con algo de suerte puede ser que ocurra apareamiento y Ackerman quede encinta y pueda estudiar si el poder del titán es hereditario o presentan características particulares—el entusiasmo en la voz de la castaña comenzaba a irritar aún más a Levi.

—Calla lunática, me pones la piel de gallina cuando hablas del mocoso como si fuera una alimaña de laboratorio—expresó con moderado enojo, a la vez que observaba de reojo al par de chicos, que mantenían la mirada clavada en el suelo—si Ackerman fuera alcanzada por la desgracia de quedar preñada, toda la expedición lamentará la pérdida de tan buen elemento, así que por amor a los muros contrólate—ordenó sin miramientos, e indicó al caballo que comenzara a caminar para alejarse.

Hanji lo siguió con la mirada algo decepcionada de las órdenes, sabía que en realidad no tenía que hacerle caso, pero algo le decía que era verdad lo que decía el enano malhumorado; suspiró para relajarse un poco y luego se giró hacia los jóvenes con una sonrisa.

—Acompáñenme, hoy quiero probar que tanto han mejorado tus habilidades de endurecimiento Eren—explicó la científica, bajándose del caballo para caminar hacia un punto en específico del bosque. —Mikasa puedes observar, para que después me des tus opiniones—

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Si bien aún la calidad del cristal no era la adecuada, Hanji sentía que realmente había una mejora importante en cada transformación del joven soldado. Su condición física parecía mejorar cada día, ya que por lo menos ya no termina tan cansado que cae en cama. Pese a todo la científica se mantenía optimista con la idea que de seguir a ese paso, pronto podrían tener la capacidad de reparar el muro María.

Moblit le recordó que había que hacer una visita a la ciudad para poder recoger los víveres que les son destinados, y para hacer algo de acto de presencia. Después de la coronación de Historia, la gente parecía tenerles más estima que lo habitual, por lo que se podían sentir más tranquilos al respecto.

Partieron al alba, para poder tener luz suficiente para el camino de regreso, era bien sabido que no había problemas dentro de los muros, pero quería ahorrar reservas de aceite para las linternas, y así llevar stock de más para no pasar desabasto fuera de la muralla. Los soldados se mostraban tranquilos, he incluso podía decirse que joviales.

—Eren…¿Cómo te sientes?—preguntó la azabache con timidez. Armin sonrió con disimulo, acariciando su caballo para hacerse el desentendido, se podía notar una atmósfera mucho más agradable entre sus amigos.

—Bien Mikasa, descansé bien esta noche—respondió el joven con tranquilidad.

—¡Tendremos comida fresca esta tarde!—chilló extasiada Sasha, siendo secundada por Connie—¡si tenemos suerte quizás algo de carne!—.

—¡Carne!—fue el grito al unísono de varios de la tropa.

—Extraño tanto la carne que estaría dispuesto a pagar con cuerpo a quien me diera carne—bromeó alguno de los reclutas.

—Hans… si no te quieren gratis mucho menos pagarían por ti—muchos se descostillaron de la risa ante esa ingeniosa respuesta; mientras que el aludido se hundía en la vergüenza.

El ambiente ligero se mantuvo a lo largo de todo el viaje, volviéndolo ameno. Al llegar al pueblo no fueron pocos los que se acercaron para intentar cruzar algunas palabras con la diosa, como cariñosamente llamaba el pueblo a la rubia de intensos ojos azules. Para la gran alegría de muchos, el comerciante líder de la ciudad ofreció una cena en honor a la reina, e invitó a la tropa entera de reconocimiento a pasar un buen rato en su casa.

Bernard Astor es un hombre muy blanco, rubio y corpulento, no refiriéndose así a una gran musculatura; sino más bien a una gran humanidad. De mediana de edad, quedándose calvo, pero aún con mucha vitalidad. Su esposa Gretchen Astor, posee una abundante cabellera pelirroja, así como un semblante cariñoso, y un cuerpo muy adecuado para ser la mujer del comerciante más rico de la región y la madre de seis hijos.

Los hijos del matrimonio pululaban asombrados entre la tropa, e incluso algunos niños se atrevían a pedirles a algún soldado que les mostrara de favor una de sus cuchillas.

—Me hace muy feliz tener en mi hogar a su alteza—aseguró el rechoncho hombre sentado a la cabeza de la mesa; dónde se sentó después de que Historia agradeciera el gesto de que él se lo ofreciera, pero tuvo que declinar la oferta por respeto a los mayores. —Y me da un enorme gusto, saber que una criatura tan encantadora es nuestra reina, una persona que realmente se preocupa por el pueblo, lucha por él y come con él—se levanta con algo de dificultad para proponer un brindis—¡larga vida a la reina Historia!—rugió alzando la copa por encima de su casi calva cabeza, siendo coreado al instante por su familia y los soldados. —Ahora mujer…que los criados traigan la cena—señaló dándole una nalgada cariñosa en el amplio trasero a su esposa, haciendo que ésta se apresurara a llamar a los criados.

Todos sonrieron hacia el familiar trato, y los niños presentes comenzaron a discutir entre ellos sobre lo primero que se servirían. Cabe decir que las conversaciones de los soldados no distaban mucho de la de los infantes.

—Por cierto, me importa muy poco si no habían tenido comida de verdad en meses, comerán como lo gente y no como animales…al que haga algún desorden lo mandaré a comer avena con los caballos—amenazó con poca paciencia el capitán Levi, anticipándose al comportamiento de trogloditas de sus subordinados, y en especial al de la chica patata, a la cual observó con gran énfasis.

—Es muy agradable ser bien recibidos en una casa, por gente que de verdad se alegran de tenernos aquí—expresó Armin con calidez, disfrutando de la cerveza que le había sido entregada. No era muy fanático del alcohol, pero agradecía el poder probarla en ocasiones como éstas.

—¡Señores!—aulló empapada en lágrimas Sasha llamando la atención de los anfitriones, así como del resto de comensales—¡que los dioses los bendigan por darnos está dicha!—completó la castaña aún sin creer del todo que en sus manos tenía una pierna de pollo y en su plato quedaban grandes pedazos de carne de cerdo. Al instante el comedor estalló en risas, no dando crédito a tanto dramatismo.

—Pero que adorable jovencita—aseguró Gretchen, siendo secundada por un asentimiento por parte de su marido.

Por su parte Mikasa comía con tranquilidad su ración, disfrutando de la variedad del festín. Eren también comía con relativa calma, aunque no con tanta elegancia como la chica de cabello carbón.

La noche envejecía con notable tranquilidad, pasando por alto algunas risas medianamente alcoholizadas, así como una que otra palabrota al volcar por error su vaso de vino. No obstante, la jovialidad murió en el instante en que el capataz entró al salón azotando la puerta con una cara de terror.

—¡Una de las bodegas se está quemando señor Astor!—aulló el hombre corriendo hacia su jefe, mientras que el aludido se alzó de la mesa tirando la silla. —¡Han sido bandidos!—se adelantó a la pregunta obvia—uno de los vigilantes los sorprendió robando la mercancía y lanzaron las antorchas hacia las cajas de madera y huyeron—completó con los ojos desorbitados, aunque intentando mantener la calma.

Un chillido ahogado se escuchó en medio del sepulcral silencio, cortesía de Gretchen que se llevó las manos a la boca. Astor se tornaba cada vez más rojo de la ira, y sin pensarlo emprendió marcha hacia el desastre.

—¿Ya están los hombres apagando el incendio?, ¡envía a algunos guardias a buscar a esos bastardos y llama a las tropas estacionarias; tengo la sospecha de que aún se encuentran en la propiedad!—ordenó a gritos, sin detenerse. No pudo decir nada más cuando se percató que tanto Hanji como Levi se encontraban junto a la puerta, con miradas serias.

—Envíe a sus hombres a sofocar el incendio e intentar salvar mercancías, nosotros le apoyaremos con la caza de esos infelices—aseguró la comandante colocándose los googles preparándose para el movimiento.

El hombre los observó con asombro, pero luego con agradecimiento. Y se apresuró a cambiar las órdenes y desaparecer prontamente por la puerta. Los soldados se alzaron de la mesa y corrieron hacia su capitán.

—Los nuevos se van a apoyar a la bodega, el resto síganos—el saludo oficial, fue la respuesta que éstos dieron y se apresuraron a salir del salón. Los últimos criados que quedaron en el lugar, también siguieron sus pasos para ir a apoyar al incendio, y dejaron sola a la señora Astor y sus hijos en el silencioso comedor, sólo con el ruido de fondo de los gritos de los peones y los relinchos de los caballos.

—Niños, manténganse cerca y ayúdenme por favor a alzar la mesa—pidió la mujer tomando algunos platos y poniéndolos uno encima del otro. —Giselle, trae el canasto de la cocina por favor—llamó, pero al no escuchar respuesta se giró a ver a su prole. — ¿Dónde está Giselle?—preguntó perdiendo un poco la paciencia, a lo que los niños se observaron entre ellos, para después buscar en el salón y sus alrededores; pero no, solo eran cinco. — ¡Helga ve a buscar a las habitaciones!—ordenó la madre intentando calmarse, pero sintiendo un acongojo terrible en el pecho; la niña obedeció y sus hermanos la apoyaron buscando por toda la casa a grito pelado.

Después de un par de minutos, los pequeños volvieron al salón dejando caer una pesada realidad.

Giselle, la hija mayor de los Astor no estaba en la casa…

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—Qué mala elección hicieron esos ladrones al atracar esta propiedad con nosotros dentro—señaló con soberbia Jean con una sonrisa socarrona en el rostro, siendo secundado por Connie.

—¡Braus!, busca un rastro—ordenó el capitán sin muchos miramientos, sorprendiendo a la castaña con tal petición.

—Con lo que me encanta ir de caza—musitó por lo bajo Sasha sonriendo de una manera muy cercana a la demencia, produciéndole un escalofrío a Historia; para apremiar al caballo aún más para llegar al frente al instante.

—Malnacidos, con tantos problemas de desabasto que hay y esos desgraciados vienen a quemar las pocas bodegas que hay, cuando los atrapemos…—gruñó molesto el chico de los ojos verdes, recibiendo un sonido de asentimiento por parte de sus inseparables amigos.

Los caballos les habían ayudado bastante en sortear la distancia que les separaban de los malhechores, pero al entrar a un pequeño bosque se encontraron con un problema.

—El rastro cambia aquí, los bandidos decidieron separarse; deben haber sospechado una persecución—indicó la cazadora, controlando un tic nervioso en su rostro.

—¿Sabes cuantos son?—preguntó la comandante con sequedad.

—No puedo estar muy segura, pero calculo que no más de diez—señaló con incomodidad. —Andan lento por el cargamento que traen sus caballos, y también la carreta con la mayor parte de las cosas robadas siguió por el campo, así que debería ser fácil darles alcance—completó con ansiedad de continuar, más bien daba la impresión de que ella era un perro de caza enloquecido por perseguir una presa.

Ambos encargados se miraron y la científica se apresuró a hablar.

—Saben que los estamos siguiendo, y están apostando todo a escapar; es posible que la carreta vaya sola—especuló la científica entrecerrando los ojos. Los reclutas tragaron con disimulo, no les agradaba pelear con humanos y ésta situación daba a entender que se requeriría hacerlo. Ante la duda presente, fue Levi el que habló.

—Nos separaremos—señaló indicando a su caballo que se adelantara un poco—Hanji, Historia y Springer irán por la carreta; los demás entraremos al bosque, utilicen las bengalas verdes para avisar cuando hayan capturado a alguno, de preferencia vivos, pero si les causan problemas no duden en ejecutarlos.—los aludidos asintieron con energía—A los que van al bosque, utilicen el sistema tridimensional para mantenerse ocultos y sean precavidos, es muy posible que estén armados—después de escuchar las órdenes todos asintieron y se separaron a los lugares asignados apremiando a sus caballos.

—Cuídate Eren—murmuró la oriental, dirigiéndole una mirada tímida.

El aludido se sonrojó por la dulzura presente en la voz de la azabache, y suprimió el impulso de contestar algo grosero.

—Tú también Mikasa—musitó el castaño. —Armin, anda con cuidado—agregó apenado de no decirle nada a su amigo. El rubio sonrió de lado, y asintió despidiéndose de ambos. Al segundo golpearon las riendas y entraron al galope al bosque, separándose un buen tramo cada uno de sus compañeros.

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Parecía algo irónico, pero fue Eren el primero en toparse con un bandido; aprovechándose de la oscuridad hizo uso de su equipo y subió a las copas de los árboles. El sujeto fue alertado por el ruido del corcel a sus espaldas, y quiso apremiar al suyo, pero era muy difícil para el animal acelerar entre tanta raíz y maleza. Por lo que no fue difícil para el titán cambiante llegar a él y tirarlo del caballo de una certera patada.

El hombre no supo ni de dónde le llegó el mocoso enfurecido que tenía sobre él, y tampoco pudo reaccionar ante la lluvia de golpes que le vino encima; por lo que no presentó resistencia cuando el castaño lo ató y amordazó. Al terminar su trabajo, Eren sacó la bengala adecuada de su cinturón y se cubrió el oído con cuidado, sonrió satisfecho; estas basuras no representarían ningún problema para sus amigos.

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Mikasa estaba atenta a cualquier sonido en el oscuro bosque, le desagradaba la sensación de soledad; aunque mentalmente se hizo la puntualización de que era una ventaja, ya que así no tendría que preocuparse por la seguridad de nadie más.

Le inquietaba que no se encontraban demasiado lejos del término de la propiedad de los Aston, y de seguir así los sujetos llegarían a la ciudad y casi podrían dar por perdida la captura de los malnacidos. Pero fue un sonido el que la alertó y la hizo parar al instante a su caballo.

—¡Suélteme…!—aquel chillido desesperado le heló la sangre a la mujer, así que al instante se bajó de su montura y se aproximó hacia el lugar de dónde provino el grito.

—¡Cállate condenada mocosa!—la voz cavernosa del hombre solo fue un aviso, antes del tremendo golpe que le metió a la niña en la boca, sacándole al instante lágrimas. La soldado entrecerró los ojos, notando los rasgos familiares…rememorando.

El cabello pelirrojo recogido en una trenza; aunque ahora deshecha, y su vestido amarillo, ahora lleno de lodo…la acababa de ver en la cena de los Aston. Era la hija mayor, no recordaba su nombre pero si quien era.

—¿Para qué me quieren?, ya se llevaron muchas cosas—lloriqueó la pequeña revolviéndose en el piso, a lo que el sujeto respondió alzándola por los cabellos ignorando sus chillidos de protesta.

—Tus viejos son asquerosamente ricos, así que pediremos un rescate acorde por su…preciosa hija—explicó el secuestrador atreviéndose a pasar su callosa mano por la blanca mejilla de la niña, haciéndola temblar hasta los huesos.

—¡Ellos pagarán lo juro!, pero no me lastime…—suplicó la menor, echándose hacia atrás, casi como deseando incrustarse en el árbol a sus espaldas.

El sujeto se levantó dirigiéndole una mirada despectiva desde su altura, para después echarse a reír, siendo interrumpido por una fuerte tos, probablemente debido a una enfermedad mal atendida. Al cabo de unos segundos, el hombre se compuso y se dio unos cuantos golpes en el pecho para aclarar su desgastada voz.

—Pero claro que no te vamos a lastimar, tus papis pagarán por ti, pero nunca te verán regresar—aseguró el hombre disfrutando de la mueca llena de pánico de la niña—después de todo una pelirroja de diez años, piel blanca como la porcelana y ojos color miel se venderá muy bien en el mercado negro—explicó agachándose de nuevo a la altura de su víctima, que temblaba como conejo asustado. —No puedo dañar tan preciada mercancía—terminó volviendo a tomarla de los cabellos, para obligarla a levantarse.

—¡No…! , suélteme…—aulló la niña pateando e incluso arañando, pero no puedo hacer nada ante una nueva bofetada y una mordaza en la boca calló todos sus pedidos de auxilio.

Mikasa había visto suficiente, una expresión sombría había invadido su rostro y la ira la carcomía. Le parecía tan conocida la escena, tan dolorosamente parecida a sus recuerdos. De pronto Giselle desapareció de su vista, y en su lugar vio a una pequeña niña de cabello negro. Tomó las cuchillas con tanta fuerza, que incluso el metal del mango renegó por tal trato. Avanzó con sigilo entre las plantas, con tanta suavidad; que ni el viento la pudo igualar.

Parecía fácil, no era más que una bestia haciéndose pasar por un ser humano. Era simple porquería, no obstante esa porquería sostenía a la niña muy cerca de sí, por lo que utilizar las cuchillas quedaba fuera de las opciones. Dio un paso más, colocándose atrás del hombre, y éste ni siquiera sospechaba…

La chica sacó el cuchillo de asalto que guardaba en su cintura y sonrió con sadismo.

Y fue ahí donde todo salió mal.

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¡Hola!

Sé que me van a decir que que poca madre, que no actualizo desde Abril, pero en mi defensa anduve de voluntariado en Colombia por casi dos meses, y de regreso me esperaba un examen de recuperación…y luego entré de nuevo a la universidad y bueno…un rollo. Ya tenía la idea del capítulo pero me faltaba escribirlo…casi nada ¿verdad?

Siento mucho dejarles así con la intriga, pero ya me estaba quedando muy largo el capítulo y la verdad es que no me gusta que queden taaaan largos. Por eso lo paré ahí. Les dejo a su imaginación de momento que sucederá, déjenme por favor comentarios; me encantaría escuchar teorías.

Prometo ya no demorar mucho con la actualización.

Besos…