Cuando la claridad de la ventana le alcanzó a quemar los ojos, Belle despertó de un sueño extraño. El reloj marcaba las tres de la tarde y un poco más. Con el cuerpo adolorido y el estómago ardiendo, se metió bajo la regadera de agua fría para quitarse lo más posible los estragos de la mala vida. Mientras el agua recorría su cuerpo, de inmediato su mente regresó a la escena de la noche anterior. A base de dulzura y cuidado, el viejo había logrado sacarle las venidas con sus manos cálidas y persistentes. Recordó eso y el llanto.
Quizás por eso, se había soñado en un lugar lejano, como una princesa llorando en la mazmorra de un castillo, hasta que el viejo, en su traje negro y perfume caro, había entrado por la puerta para decirle que se callara. Una tontería.
Cuando tuvo suficiente de su baño, salió aún mojada para tomar el último pedazo de pizza que había marcado la noche anterior. Lo encontró donde lo había dejado, mientras que Ashley, no daba señales de haber llegado a dormir de su usual juerga.
De mala gana, Belle tuvo que vestirse y salir de casa para buscar algo de comer. Cruzando la calle su corazón se paró por un instante, cuando un coche negro pasó a su lado. Ni siquiera era parecido al Cadillac negro, pero la idea tan solo, de que posiblemente era él, le había revuelto el estómago como una bola de cristal con agua y mariposas.
Ignorando el sentimiento, cruzó a comprar dos hamburguesas y tés fríos, por si a Ashley se le ocurría aparecer con hambre. Belle terminó comiendo en una de las banquitas del lugar que había llamado su atención. porque en el asiento, alguien había olvidado un viejo libro llamado: "La Bella y la Bestia". Belle lo ojeo mientras comía, pasando por las imágenes de la dulce doncella, con su mismo nombre, Belle, y la monstruosa bestia que la amaba.
Él es como una bestia, pensó, mientras con el dedo recorría la imagen del monstruo deformado impreso en el libro. Como una bestia gentil, más que un "Rumplestilskin". Belle se sonrió, mientras caminaba de regreso a casa.
Cuando llegó, Belle encontró la puerta del apartamento abierta y a Ashley con su embarazo de siete meses, llenando una bolsa negra de basura con ropas y algunas pertenencias. Ante el desconcierto de Belle, Ashley le dijo con una sonrisa que había encontrado de nuevo al amor y le había ofrecido llevarla lejos, hacerse cargo de ella, del bebé, de su futuro. Un muchacho tan joven como ella le había ofrecido refugio y esperanza en casa de su padre en un pueblito cercano a la ciudad.
-Estoy tan enamorada Belle. Esto no puede ser más que amor verdadero.
Con una sonrisa y lágrimas, Belle se despidió de Ashley ofreciéndole parte del dinero que había ganado la noche anterior "para emergencias", le advirtió. Con un abrazo despidió a su amiga mientras subía a la vieja camioneta del muchacho que se había convertido en el príncipe de su cuento.
Las horas se pasaron rápido y pronto tuvo que preparar su traje de "Lacey". Caminar hasta su parada le llevaba treinta minutos desde el apartamento y con tacones y los primeros borrachos de la noche el trayecto no se hacía en menos. Con cuidado sacó un vestido azul de lentejuelas y unos zapatos de tacón de plataformas, mientras que se levantaba el pelo en un chongo y se pintaba los ojos de negro.
A las seis cincuenta había llegado a su parada. La puerta del Cadillac negro se habría para recibirla. Sentado en el asiento del conductor, él la miraba como a quién se le extraña por muchos años, tomando su mano, él le dio un beso en la palma de la mano como saludo.
"Rumplestiltskin" vestía con trajes a la medida y olía a perfume caro. Tenía la sonrisa como una mueca, pero siempre era serio. Mirarle de lejos causaba miedo, a pesar de ser tan pequeño de estatura y dar la apariencia de fragilidad. Tendría unos cincuenta y tantos, el cabello lacio y lleno de canas mezcladas con cabello color castaño. La mano que sostenía el bastón de mango de oro que lo ayudaba a aliviar su cojera, tenía un anillo con una enorme piedra del color azul grisáceo, el mismo color que los ojos de Belle.
Al cerrar la portezuela, el auto se alejó de las oscuras y tristes calles de oeste, para adentrarse a los suburbios del este. Por alguna extraña razón, el siempre la llevaba a su mansión ubicada en uno de los más pudientes vecindarios de la ciudad. Una casa vieja y con aire tétrico, rodeada de rosales.
"Rumplestiltskin" era un hombre tímido. Tras cerrar la puerta, le ofrecía un trago de alcohol, que Lacey usualmente aceptaba, algo de comer e incluso una noche de sueño sola. Temblando, esperaba hasta que fuera ella misma quien le ofreciera por lo que pagaba, y aún así, el se sonrojaba. Un viejo tonto, necio, rico y complaciente, al que le gustaba desperdiciar su dinero en tener exclusividad de sus noches.
Le gustaba darse su tiempo para explorar sus curvas, sus pechos y dejarla exhausta a base de venidas ganadas a base de besos dulces y sus manos llenas de paciencia. A él le gustaba comerla entre las piernas y lo hacía como una especie de premio ante la pregunta: "¿Has estado con alguien más desde anoche?"
Era tan cruel a veces. Ella solo podía afirmar con la cabeza y ante la respuesta "nadie más… solo tú", él sonreía como si ella le devolviera la vida y agradecido la hacía caer hasta la fragilidad más honda al que uno puede ser lanzado en las cimas del placer carnal.
Tras los placeres, él gustaba de abrazarla y quedarse dormido envuelto por sus brazos y sus rizos despeinados. Algunas veces le gustaba simplemente susurrarle poemas tontos al oído y llenarla de besos por toda la piel que alcanzaba.
- Tu eres más como una Bestia
- ¿Qué? – él levantó la cabeza de la almohada para mirarla intrigado.
- Más como la bestia del cuento, más que un Rumplestiltskin.
El se le quedó mirando atónito un momento, hasta que una sonrisa le arrugó aún más el rostro.
-Quizás soy los dos. Una Bestia y un Rumplestiltskin.
-¡No puedes ser dos cuentos!
-¿Por qué no? Soy un viejo monstruoso y un enano. Puedo ser ambos sin ningún problema.
Ella se levantó para mirarlo, mientras el escondía el rostro debajo del brazo. De todas las cosas que era él, viejo, no muy alto, con una pierna mala, los dientes chuecos, la nariz puntiaguda y las orejas grandes, nunca se le hubiera ocurrido llamarle monstruo. Con un suspiro, lo obligó a quitar el brazo que cubría su expresión y con un beso juguetón, le hizo sonreír
- También un príncipe. – le dijo Belle, mientras se levantaba para vestirse.
A él casi se le cayó la mandíbula de la impresión. Como un pequeño niño, el sonrojo se extendió hasta sus orejas. Mientras la veía recoger sus cosas, la jaló de nuevo a la cama en un abrazo, mientras la cubría de pequeños besos.
- ¿Te puedo llamar entonces, Bella?
A ella se le cortó la respiración un momento, mientras el sonrojo que aún le llenaba a él, se le contagió como una varicela. Ella contempló un momento, la posibilidad y con un último beso, decidió tomar le riesgo y creer que era posible.
- Be..Belle, llámame Belle…me gusta más ese nombre.
