Los pasos de la rubia eran constantes, haciendo que su coletas se movieran al compas de su andar. Cualquiera que la hubiera visto en ese momento, sabía que no se encontraba de buen humor.

Miraba de forma hosca a cuantos chicos se le pusieran enfrente, gruñendo de vez en cuando al tiempo que amenazaba con la mano a quien se atreviera a estorbar.

Así era ella. Demasiado ocupada siendo la dominadora de la primaria, como para de verdad ver la reacción que despertaba a su paso. Las miradas tensas y huidas del lugar en el que estuviera.

Nadie quería estar en su contra.

Después de todo, no hablaban de cualquier persona.

Helga G. Pataki no era una abusadora inexperta, y todos lo sabían entre esas cuatro paredes.

La rubia lucía mucho más amenazante que otros días. La mayoría suponía que esto se debía a que habían vuelto a la escuela, pero lo cierto era que sólo ella conocía el motivo de su enfado.

Este tenía nombre y apellido, y compartía lazos consanguíneos con ella.

Olga había pedido un año sabático en la universidad, para cuidar del hogar paterno y, mientras estaba ahí, aprovechar y hacer algunas prácticas de campo sobre la docencia en las primarias.

Como era su costumbre, había escogido la escuela con sumo cuidado y tras un exhaustivo análisis, se decidió por la P.S. 118.

La rubia estaba extasiada por ir a la misma escuela que su "hermanita bebe", pero Helga no pensaba lo mismo.

Sólo hacían tres semanas desde que volviera de aquella extraña y peligrosa excursión en la jungla, y ahora tenía que volver a soportar a su hermana junto a ella, hostigándola e intentando llamar su atención de cuanta manera se le cruzara por la mente.

Como esa mañana, mientras caminaba rumbo a la escuela. Olga le dio alcance en el nuevo auto que su padre le había financiado, y estaba dispuesta a llevar a la rubia a la escuela. Fuera que Helga lo quisiera, o no.

Aquel comportamiento le chocaba a la niña, sobre todo por que cuando estaban en casa, su hermana poco hacia por intentar entablar una conversación con ella. O conocer un poco más de su persona.

Sólo se dedicaba a imponerse, y ella ya estaba harta de eso.

Además, su humor había empeorado mucho desde que volvieron. Justamente, en el instante en que su amado cabeza de balón decidió quedarse a vivir con sus padres en San Lorenzo.

Ella aun se lo recriminaba, y por las noches se hacia la misma pregunta una y otra vez.

¿Por qué? Si el ya sabía lo que sentía ¿Por qué se alejo de ella?

¿Acaso sintió como una carga sus sentimientos?

Cuando esa última pregunta se anclaba a su mente, Helga terminaba derramando algunas lagrimas, al tiempo que una furia la envolvía con fuerza; haciendo que le temblaran las manos y que su cabeza le doliera.

El la beso antes de tomar su decisión, y en ese momento, ella estaba segura de que le correspondería y volvería con todos. Por eso no se explicaba la decisión que Arnold tomó, y mucho menos que no le dijera nada.

Sentía que el sólo la había usado. Hizo todo lo posible por ayudarle a encontrar a sus padres, y como cumplió con su función, entonces el busco la forma más eficaz de deshacerse de su hostigamiento. De alejarse de ella y vivir, tal y como siempre había querido.

Ese pensamiento conseguía sacar lo peor de Helga, y más ahora que ya había pasado tiempo y que su cabeza meditaba a frialdad lo vivido hace dos semanas.

Bien, si él en verdad no quería saber nada de ella, entonces estaba dispuesta a hacerle caso.

Ya no quería seguir sintiendo aquello por él, e iba a buscar la forma de deshacerse de ese sentimiento como sea.

Y por su vida que lo iba a conseguir. Ya no más libros de poesía y tótems a su amado. Esta vez, Helga G. Pataki tomaría su papel de abusadora en serio.