2. El hombre en el espejo

Madame Giry había escoltado a Christine de vuelta a su habitación y echó a varios pretendientes de ahí, de lo cual Christine estaba muy agradecida. Finalmente sola, colapsó en una silla sentándose frente al tocador. Christine se miró a sí misma en el espejo y difícilmente se reconoció. Su cabello color chocolate, normalmente mantenido bajo control, estaba en su máximo esponjamiento, meciéndose boyante por encima de su cabeza. Nunca había utilizado tanto maquillaje; se sentía más como un payaso que como la cantante principal de una gala. Y el vestido... Era mejor que cualquier cosa que se hubiese probado. La tela blanca caía en delicados pliegues y brillaba a la luz de las velas. A pesar de lo genial que era, no era ella.

Comenzó quitando los pasadores de su cabello y fue interrumpida cuando la puerta se abrió.

—Madame Giry debe haberle dicho,—dijo Chistine desde su tocador,— que no recibiré visitas esta noche.

—¿Estás segura de que no puedes hacer una excepción... Pequeña Lotte?

Christine volteó con los ojos como platos.

Parado en el marco de la puerta estaba un hombre familiar con cabello color arena hasta los hombros. Iba vestido en un fino traje y sostenía un ramo de flores rosadas.

—Raoul... Es decir,—respiró.—Vizconde de Chagny, estoy honrada de que haya decidido venir a apoyar a la Opera Popular en la primera gala bajo la nueva administración.

—Oh, Pequeña Lotte,— dijo Raoul con una sonrisa.—No hay necesidad de ser tan formal. No después de esta noche, como te luciste...

Puso el ramo sobre una mesa llena de otras flores, regalos de sus muchos admiradores. El vestidor estaba lleno de ramos.

—¿Sabes, Pequeña Lotte? Me sorprendió cuando te oí cantar esta noche. Creo recordar que cuando eras más joven, a penas podías sostener una nota. Ahora... Oigo que puede que reemplaces a Carlotta como soprano principal.

—Le diré lo mismo que le dije a Meg,— Christine volvió su atención al tocador y continuó sacando los pasadores de su cabello.— Es ridículo que Monsieur André y Firmin quieran reemplazar a Carlotta luego de solo una gala. Ella ha sido la soprano por cerca de 5 períodos.

—Y aún así tienes más talento en un dedo que ella en todo su cuerpo. Al menos ahora lo tienes. Todavía recuerdo a tu papá rogándote que dejaras de cantar por lo mal que lo hacías.

—Vizconde, esa no es manera de hablarle a una dama,— dijo ella mirándolo en el espejo. Él la estudiaba con una extraña mirada; Christine no podía decir si la observaba con cálido afecto, o fría pasión.

—Discúlpame, Pequeña Lotte.— Raoul se acercó y se paró detrás de ella, poniendo sus manos en los hombros de Christine.— Cantas más hermoso que los ángeles.

Christine sonrió ante el comentario.

—Interesante elección de frase, Vizconde, considerando que fue un ángel quién me enseñó.

—¿Un ángel?— Se burló,— ¿Y no te dije que no necesitabas ser tan formal?

—Sí, un ángel. Y a pesar de lo que piense, Vazconde, usted es un noble y yo... Yo soy una chica del coro.

Raoul corrió la silla hacia atrás, dio la vuelta y se arrodilló frente a ella. Sus ojos la miraban fijamente, con la misma extraña mirada.

—Ninguna chica del coro que haya conocido podría reemplazar a una Soprano principal tan fácilmente como tú lo hiciste. Eres mucho, mucho más que una chica del coro.

Tomó sus manos en las propias, Acariciando la superficie de ellas con sus pulgares.

—Por favor, Pequeña Lotte, llámame Raoul.

Christine se mordió el labio inferior, sintiéndose incómoda, pero asintió de todos modos.

—Como desees... Raoul.

Él asintió con la cabeza ante la afirmativa.

—Quizá es hora de que te cambies, Pequeña Lotte. Deberíamos dirigirnos a cenar.

—¿Cenar?

—Por supuesto, Pequeña Lotte, debemos celebrar nuestro triunfo.

—¿Nuestro triunfo?- Preguntó Christine con los ojos entrecerrados.

—Sí; tuyo por haber sido descubierta como una increíble cantante, y mío... Bueno, hice una buena inversión al decidir mantener abierto este lugar, ¿No?

Con eso, Raoul se puso de pie y caminó hacia la puerta. Ella lo siguió con la mirada, incrédula.

—Solo unos minutos Pequeña Lotte, o los mejores restaurantes cerrarán.

Cuando se fue, Christine volteó a mirar su reflejo nuevamente. Este no podía ser Raoul. No el Raoul que había crecido con ella. Su Raoul siempre fue dulce y atento; este Raoul era frío, calculador y borde al punto de ser cruel.

Sacudió su cabeza; estaba siendo ridícula. Tenía que haber demasiada presión sobre los hombros del pobre Vizconde. Tenía que haberse arriesgado al decidir ser patrón de la Ópera Popular; solo estaba preocupado de que su inversión saliera mal y su familia perdiese dinero. Nunca se le ocurrió el poco sentido que hacía esto; la Ópera Popular era la casa de ópera más conocida y concurrida de todo París.

Ella sonrió, tranquilizada con el pensamiento de que Raoul estaba simplemente bajo presión. Christine terminó de cambiarse rápidamente. Eligió de muda un simple vestido blanco; era perfecto para el clima y la compañía que tendría esa noche. No era muy ajustado como para ser incómodo o excesivamente caluroso, pero tampoco muy holgado como para hacerla ver desvestida o desabrigada. Mientras pasaba una escobilla por su cabello, empezó a sentirse incómoda; como si alguien estuviese observándola.

Con curiosidad, volteó para ver un gran espejo de cuerpo entero, apoyado contra la negra muralla de la habitación. Algo en el espejo era extraño. Christine caminó hacia él, y lo estudió de cerca. "Interesante…", pensó. "Es casi como si pudiera ver, a través de esto, un túnel detrás…"

Alzó una mano y la apoyó en el marco del espejo. Antes de que pudiera retirarla, vio una figura acercándose al espejo. Volteó rápidamente; no había nadie detrás de ella. Quienquiera que fuese, estaba viniendo de adentro del espejo. Aterrada, Christine cayó hacia atrás, tropezando con la pata de una silla. Apuntando su mirada hacia arriba, observó el extraño espejo. La figura seguía ahí, y se estaba aproximando. Christine tragó y se puso de pie.

La figura se había acercado incluso más. Podía ver que era un hombre vistiendo ropas negras y una capa con el interior blanco. Ocupaba lo que parecía ser una máscara que solo cubría la mitad de su rostro. Él se acercó más y más, hasta pararse justo al otro lado del espejo.

Christine giró y corrió hacia la puerta, pero antes de que pudiera girar la perilla, su voz la llamó:

—Todo está bien, Christine; no le haré ningún daño.

Ella conocía esa voz. Esa era su voz…

—¿Ángel?—Susurró volteando.

El hombre había entrado a la habitación a través del espejo que se abría como una puerta, pero no se había adentrado más en la estancia. La respiración de Christine se atoró en su garganta. Era cierto que estaba vistiendo casi completamente de negro; el lomo de su capa era negro como las demás prendas. Su cabello estaba peinado hacia atrás y era del mismo oscuro negro de sus ropas. Tenía la piel blanca, y ojos que eran como profundos pozos verdes. Este extraño hombre era, en una palabra, guapo. Lo único que parecía desentonar con su apariencia, era la máscara blanca que cubría la mitad de su cara.

—Yo soy él. —Le susurró el hombre de vuelta. Incluso en un susurro, su voz atravesó la pieza. El hombre probó un paso tentativo en su dirección. Christine no se movió.

—Discúlpeme, Christine, pero usted es incluso más hermosa sin todo ese ridículo maquillaje de escena. Si tan solo yo pudiera proyectar su belleza natural a la audiencia sin toda esa pintura…

Christine se sonrojó ante sus alabanzas. En circunstancias normales, se hubiera incomodado al ser elogiada de tal manera por un hombre que a penas conocía. Pero con este hombre, se sentía… bien.

—¿Usted es el que… el que me ha guiado?

Él asintió.

—La elevé de donde estaba. Su voz, cuando usted llegó, era de algún modo… prometedora; necesitaba solo un buen maestro para ayudarla a perfeccionarla. Y ahora, finalmente ha sido capaz de compartir su talento con el mundo.

—Le debo tanto, monsieur.— Le dijo Christine. No podía apartar sus ojos de los de él.

—Quiero mostrarle algo, Christine.—Él le ofreció una mano cubierta con un guante.—Si viene conmigo.—Sus ojos le suplicaban que dijera que sí.

¿Y como se podía negar? Este era el hombre que le había dado alas a su voz y le permitió volar. No tenía derecho a rechazarlo. Además, se veía lo suficientemente amable. Él le habló más gentilmente que Raoul cuando vino a felicitarla. Sin dudarlo, Christine cerró la distancia entre ambos y tomó su mano.

Mientras él la guiaba por el espejo, una historia la molestaba detrás de su mente. Una historia que Madame Giry le había contado la primera vez que había venido a vivir y entrenarse a la Ópera Popular… ¿Cuál era? El hombre la llevó por un pasillo forrado de antorchas alineadas sostenidas con manos de tres garras. Mientras la adentraba más profundamente en las mazmorras de la casa de ópera, el título de la historia volvió a su mente.

Madame Giry la había llamado El Fantasma de la Ópera.


Nota de la traductora: No subía hace años, lo sé, pero ¡He vuelto! Eso es lo importante. Quiero dejar claro que aunque me demore siglos, VOY A TERMINAR DE TRADUCIR ESTA HISTORIA, ¡y lo digo en serio!

Muchas gracias, Alexa G, por querer seguir la historia, tu review me motivó a sentarme a traducir :D

Y apenas pueda, subiré el siguiente.

Saludos!

RatillaFresa

PD: La historia y los personajes siguen sin ser míos, y nunca lo serán :'( La verdadera dueña de la historia es Shella the Dovahkiin, antes Shella DragoNoid, y los personajes son de Gastón Leroux.