Capítulo 1:

—¡Un guardaespaldas! ¡No necesito un jodido guardaespaldas!

Las puntas plateadas de las botas vaqueras de piel de serpiente de Adrien Agreste centellearon bajo la luz del sol cuando el ex-futbolista atravesó la alfombra y plantó los talones de sus manos sobre el escritorio de su abogado.

Damocles lo miró con cautela.

—Miraculous Studios piensa que sí.

—No me importa lo que piensen. Todo el mundo sabe que no hay ni una sola persona en el sur de California que tenga ni una pizca de sentido común. —Adrien se incorporó—. Bueno, puede que algunos rancheros, pero nadie más. —Acomodó su larguirucha silueta en una silla de cuero, apoyó las botas sobre el escritorio, y cruzó los tobillos.

Damocles observó a ese hombre que era su cliente más importante. Hoy Adrien vestía casi conservadoramente, unos pantalones de lino blancos, una camisa de seda color lavanda, sus botas púrpuras de piel de serpiente y un sombrero vaquero gris claro. El ex-receptor no iba a ningún sitio sin su sombrero stetson. Algunas de sus novias llegaban a jurar que no se lo sacaba siquiera para hacer el amor, aunque eso Damocles no se lo creía. Bueno, Adrien se enorgullecía de ser texano, aunque su carrera profesional lo había obligado a pasar la mayor parte de la última década viviendo en Chicago.

Con su atractivo de modelo de portada, su sonrisa matadora y sus dos anillos de ganador de la SuperBowl, Adrien Agreste era el niño mimado más famoso del fútbol profesional. Desde el comienzo de su carrera la audiencia televisiva había quedado encandilada por su aire provinciano; pero los jugadores rivales no habían quedado tan encandilados por su encanto de niño bueno. Sabían que Adrien era listo, decidido y difícil de atrapar. No sólo había sido el receptor más destacado de la NFL, sino que también había sido el mejor en su puesto y cuando una lesión en la rodilla, cinco meses antes de que se jugara en enero la SuperBowl, lo había obligado a retirarse con sólo treinta y tres años había sido natural que Hollywood mostrara interés en convertirle en el último héroe de sus películas de acción y aventura.

—Adrien, los de Miraculous tiene derecho a preocuparse. Te pagan bastantes millones de dólares para que ruedes tu primera película con ellos.

—¡Soy futbolista, no una jodida estrella de cine!

—En enero, pasaste a ser un futbolista retirado —señaló Damocles—. Y fuiste tú quien firmó el contrato para rodar esa película.

Adrien se quitó su sombrero de vaquero, se pasó una mano entre su grueso cabello rubio y se volvió a poner el sombrero.

—Estaba borracho y buscaba darle un nuevo rumbo a mi vida. Deberías de haber impedido que tomara decisiones tan importantes cuando estoy bebido.

—Somos amigos desde hace mucho tiempo, y aún no te he visto borracho, así que esa no es una excusa. Y resulta que eres uno de los hombres de negocios más listos que conozco, así que sin duda alguna no necesitas el dinero. Si no hubieras querido firmar ese contrato con Miraculous, no lo habrías hecho.

—Bueno, pues he cambiado de idea.

—Te he visto firmar más contratos de los que puedo contar, y nunca te he visto romper uno. ¿Estás seguro que quieres comenzar ahora?

—No he dicho que fuera a romper el maldito contrato.

Damocles se levantó y colocó un par de carpetillas y cogió un tubo de Tums. Se conocían desde hacía una década, pero sospechaba que no conocía a Adrien mejor que el peluquero que le cortaba el pelo. A pesar de su amabilidad y simpatía, el ex-jugador de fútbol era muy celoso de su privacidad. Damocles no lo culpaba. Todo el mundo quería algo de Bobby Tom y el futbolista había aprendido a protegerse. En opinión de Damocles, no siempre lo conseguía. Todos los ex-compañeros, mujeres o vecinos de su ciudad natal con algún tipo de infortunio habían llegado a considerar a Adrien una presa fácil.

Damocles abrió el tapón plateado del bote de Tums.

—Sólo por curiosidad. ¿Sabes algo de actuar?

—Caramba, no.

—Me lo figuraba.

—No veo que importancia puede tener. Todas las películas son iguales, todo lo que se tiene que hacer es dar una patada en el culo a alguien y desnudar a un par de mujeres. Caramba, yo lo llevo haciendo desde los ocho años.

Ese tipo de comentarios era típico de Adrien Agreste, y Damcles sonrió. A pesar de lo que su cliente dijera, quería creer que Adrien tenía intención de hacer una película de éxito. Lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a cobrar por algo que no tuviera intención de hacer lo mejor posible, desde comprar tierras hasta acciones de nuevos negocios. Aunque de todas maneras se estaba tomando su tiempo.

Damocles se reclinó en su silla.

—Hablé con Nathalie Sancoeur de Miraculous hace un par de horas. Es una mujer tremendamente infeliz, sobre todo desde que insististe en que los exteriores se rodaran en Telarosa.

—Necesitaban un pequeño pueblo en Texas. Sabes lo mal que va allí la economía.

—Creía que intentabas mantenerte alejado de allí algún tiempo, especialmente con toda esa locura del festival para revitalizar el pueblo.

Adrien se estremeció.

—No me lo recuerdes.

—Pero el hecho es que tienes que ir allí. Miraculous ya ha trasladado al equipo y todos los empleados, pero como tú no estás aún no pueden empezar.

—Les dije que iba a ir.

—Igual que les dijiste que ibas a ir a todas esas pruebas de vestuario que habían programado hace dos semanas en Los Ángeles.

—No quería parecer un jodido pollo relleno. Caramba, tengo el mejor guardarropa de la NFL. ¿Para qué necesito pruebas de vestuario?

Damocles se rindió. Como siempre, Adrien iba a hacer las cosas a su manera. A pesar de toda su superficial amabilidad, el texano era testarudo como una mula y no le gustaba que lo presionaran.

Adrien bajó las botas del escritorio y lentamente se levantó. Aunque lo ocultaba perfectamente, Damocles sabía cómo se había sentido por su retirada forzosa. Desde que los médicos le habían dicho que nunca podría volver a jugar, Adrien se había comportado como un hombre al borde de la ruina en vez de una leyenda del deporte que había percibido un multimillonario salario de los Chicago Stars y que sólo era una parte del dinero que poseía. Damocles se preguntó si el contrato para hacer la película no sería simplemente la manera que tenía Adrien de pasar el tiempo mientras intentaba aclararse respecto a qué hacer con el resto de su vida.

Adrien se paró en la puerta y le dirigió a su agente la mirada; la mirada penetrante de sus ojos verdes que todos los defensas de la liga habían aprendido a temer.

—Llama a esa gente de Miraculous ahora mismo y diles que no venga ese guardaespaldas.

Aunque la petición fue dicha con suavidad, Damocles no se engañó. Adrien siempre sabía exactamente lo que quería y generalmente lo obtenía.

—Me temo que ya hay alguien en camino. Y es un escolta, no un guardaespaldas.

—Les dije que yo iría a Telarosa, y lo haré. Si aparece un maldito guardaespaldas y cree que puede darme órdenes, será mejor que sea un hombre tenaz porque, de otra manera, volverá con mis iniciales grabadas en el trasero.

Damocles miró el sobre amarillo que tenía delante y decidió que ese no era el mejor momento para decirle a Adrien que el "hombre tenaz" que enviaba Miraculous Studios respondía al nombre de Marinette Dupain-Cheng. Mientras deslizaba el sobre debajo de una carpetilla deseó que la señorita Dupain-Cheng tuviese un buen culo, unas tetas de infarto y los instintos de una piraña. De cualquier otra manera, no iba a tener ninguna posibilidad contra Adrien Agreste.

El pelo de Marinette Dupain-Cheng era un desastre. Mientras la húmeda brisa nocturna de principios de julio empujaba un mechón de su pelo negro azabache delante de sus ojos, decidió que debería haberse pensado mejor lo de confiar en un peluquero llamado Mister Ed. Sin embargo, no creía que se debiese hacer hincapié en algo tan negativo, así que en vez de pensar en la desastrosa permanente, cerró la puerta del coche de alquiler y caminó por la acera en dirección a la casa de Adrien Agreste.

Media docena de coches estaban aparcados en el curvo camino de acceso, y al acercase a la estructura de madera y vidrio que asomaba sobre el lago Michigan, oyó música sonando con gran estruendo. Eran las nueve y media. Desearía poder posponer el encuentro hasta el día siguiente, cuando estuviera más descansada y menos nerviosa, pero simplemente no podía darse el lujo de disponer de tiempo. Necesitaba probar a Nathalie Sancoeur lo eficazmente que podía solucionar su primera responsabilidad real.

Era una casa inusual, baja y armónica, con el tejado en un ángulo agudo. Las puertas principales estaban lacadas y tenían unos pomos de aluminio que parecían huesos. No podía decir que la casa fuera precisamente de su gusto, pero era interesante. Tratando de ignorar las mariposas de su estómago, resueltamente presionó el timbre y estiró con fuerza la chaqueta de su mejor traje azul marino, sin forma y con una falda que no era ni larga ni corta, sino simplemente pasada de moda. Deseó que la falda no se hubiera arrugado tanto en el vuelo de Los Angeles al Aeropuerto O'Hare de Chicago, pero la ropa nunca había sido lo suyo. Algunas veces pensaba que su sentido de la moda se había atrofiado al haber crecido con tanta gente mayor alrededor, porque siempre parecía ir al menos con dos décadas de retraso.

Cuando presionó el timbre otra vez, creyó oír la reverberación de un gong desde el interior, pero la música era tan fuerte, que no estuvo segura. Un pequeño hormigueo de anticipación recorrió su cuerpo. La fiesta sonaba salvaje.

Aunque Marinette tenía treinta años, nunca había asistido a una fiesta salvaje. Se preguntó si habría películas pornográficas y platitos con cocaína pasándose entre los invitados. Estaba casi segura de que lo desaprobaría, pero no tenía en realidad ningún tipo de experiencia al respecto, así que se reservó la opinión. Después de todo, ¿como iba a forjarse una nueva vida si no estaba abierta a nuevas experiencias? No era que fuera a experimentar con drogas, pero, en lo que respecta a películas pornográficas…, quizá pudiera echar una miradita.

Presionó el timbre dos veces seguidas y retiró otro caprichoso mechón de pelo hacia su trenza despeinada. Había esperado que su nueva permanente eliminase la necesidad de utilizar ese peinado tan anticuado pero cómodo, que había utilizado sin descanso durante la década anterior. Había imaginado algo suave y ondulado que la hiciera sentir una mujer nueva y la permanente de Mister Ed era tan marcada que no se acercaba ni de lejos a lo que ella tenía en mente.

¿Por qué no había recordado a tiempo sus años de adolescente cuando todos sus esfuerzos de autosuperación habían resultado desastrosos? Se había pasado meses con el pelo verde por haber calculado mal la cantidad de peróxido de un tinte y otra vez se le había puesto la piel hecha un desastre por una reacción alérgica a una crema para pecas. Aún oía las carcajadas de sus compañeros de clase de secundaria cuando los algodones que rellenaban su sujetador se habían movido mientras comentaba para la clase un libro de lectura obligada. Ese incidente había sido un golpe mortal y en ese mismo momento se había prometido a si misma aceptar las francas palabras que su madre había dicho desde que Marinette tenía seis años:

Desciendes de una larga serie de mujeres feas, Marinette Dupain-Cheng. Acepta que nunca serás guapa y vivirás bastante más feliz.

Era de altura mediana, ni lo suficientemente baja como para ser graciosa, ni lo suficientemente alta para resultar esbelta. Aunque no estaba precisamente plana, se encontraba en el nivel más cercano. Sus ojos no eran ni ardientemente castaños ni chispeantemente verdes, sino de un azul de difícil descripción. Su boca era demasiado ancha, su barbilla demasiado terca. Ni se molestaba en agradecer su piel clara, pues montones de pecas se esparcían sobre su nariz, ni tampoco que ésta última fuera pequeña y recta. Lo que hacía era concentrarse en los dones que Dios le había dado: inteligencia, extraño sentido del humor e insaciable interés por todos los aspectos de la condición humana. Se decía a sí misma que la fuerza de carácter era más importante que cualquier tipo de belleza y sólo cuando estaba más deprimida en casa deseaba poder cambiar un poco de integridad, una pizca de virtud o parte de sus dotes organizativas por una talla más de sujetador.

La puerta finalmente se abrió, sus pensamientos y ella se encontraron cara a cara con uno de los hombres más feos que había visto nunca: gigantesco, con grueso cuello y hombros desnudos y protuberantes. Lo miró con interés al tiempo que los ojos del hombre descendían rápidamente por su traje azul marino y su impoluta blusa blanca de poliéster hasta sus zapatos negros.

—¿Sí?

Enderezó los hombros y alzó la barbilla una pizca.

—Estoy aquí para ver al Sr. Agreste.

—Pues ya era hora. —Sin previo aviso, la agarró del brazo y tiró de ella hacia el interior—. ¿Trajiste música?

Ella se alarmó ante la pregunta, percibiendo sólo una vaga impresión del vestíbulo: suelo de caliza y un montón de aluminio en la escultura de la pared junto con un soporte de granito para un casco de samurai.

—¿Música?

—Claro, le dije a Stella que se asegurara de que traías tu propia música. No importa. Guardo la cinta que se dejó la última chica que vino.

—¿La cinta?

—Para Adrien en el jacuzzi. Los chicos y yo queríamos darle una sorpresa. Espera aquí mientras lo preparo todo. Luego entraremos juntos.

Sin más, desapareció por una puerta corredera de shoji que había a la derecha. Lo siguió con la mirada, entre alarmada y curiosa. Obviamente la había confundido con otra persona, ya que sabía que Adrien no aceptaba llamadas de Miraculous Studios; se preguntó si debería aprovechar el malentendido.

La vieja Marinette Dupain-Cheng habría esperado pacientemente a que regresara para poder explicarle su misión, pero la nueva Marinette Dupain-Cheng tenía ante sí la aventura que tan ardientemente deseaba y siguió el sonido de la áspera música a lo largo de un pasillo.

Las habitaciones que pasó no se parecían a ninguna que ella hubiera visto antes. Siempre había estado secretamente ávida de sensaciones y sólo con ver no la llenaba. Sentía comezón en las manos por acariciar la aspereza de la escultura de hierro oxidado y los bloques de granito donde se asentaba, que parecía un árbol prehistórico seccionado. Quería sentir en la punta de sus dedos la textura de las paredes, algunas de las cuales estaban lacadas en un gris pálido mientras que otras estaban cubiertas por trozos de cuero gastado color ceniza. El mobiliario era otro tema, como un diván tapizado en loneta con un estampado tipo cebra que parecía llamarla por señas y el aroma de eucalipto que salía de unas urnas antiguas tentando sus orificios nasales.

Entremezclándose con el eucalipto, distinguió el olor a cloro. Al rodear un gran macizo de grandes rocas que ocultaban artísticamente la pared, abrió más los ojos con sorpresa. El pasillo desembocaba en una lujosa gruta, cuyas paredes eran enormes láminas de vidrio desde el suelo al techo. Palmas, bambú y alguna otra planta exótica se disponían como tumbonas independientes sobre el suelo de mármol negro, haciendo que la gruta pareciera tropical y prehistórica. La piscina de losetas negra y forma asimétrica parecía un estanque escondido donde los dinosaurios podrían acercarse a beber. Incluso las sillas de diseño austero y las mesas hechas de rocas redondeadas se mezclaban con el ambiente.

El decorado podía parecer prehistórico, pero los invitados eran bien modernos. Era un grupo heterogéneo de unas treinta personas. Todas las mujeres eran jóvenes y bellas, mientras los hombres, tanto blancos como negros, tenían músculos protuberantes y gruesos cuellos. No sabía nada sobre futbolistas salvo las malas reputaciones que les precedían y al observar los escasos bikinis utilizados por la mayor parte de las mujeres, no pudo reprimir la pequeña chispa de esperanza de que podrían estar a punto de comenzar algún tipo de orgía. No era que fuese a participar en tal cosa, suponiendo que alguien la invitara, pero sería algo interesante de observar.

Una de las mujeres chilló agudamente centrando la atención en el jacuzzi espumoso que había en el centro de unas rocas redondeadas sobre una plataforma cerca de las ventanas. Cuatro mujeres retozaban en las burbujas y Marinette sintió envidia y admiración al ver los brillantes pechos bronceados que sobresalían por las partes superiores de sus bikinis. Luego desplazó la mirada de las mujeres al único hombre que había en la plataforma, y se quedó paralizada.

Lo reconoció de inmediato por las fotos. Él permanecía de pie al lado del jacuzzi como un sultán examinando a su harén, y mientras lo miraba, todas sus fantasías sexuales secretas tomaron vida. Ese era Adrien Agreste. Santo Dios.

Era la personificación de cada hombre con el que había soñado alguna vez; Todos los chicos del colegio que la habían ignorado, todos los jovencitos que nunca recordaron su nombre, todos los hombres atractivos que habían elogiado su madurez pero que nunca habían pensado en invitarla a salir. Él era una brillante criatura sobrehumana que debía haber sido puesta sobre la tierra por algún Dios perverso, para recordarles a las mujeres feas como ella que algunas cosas eran inalcanzables.

Sabía por las fotos que había visto, que su sombrero vaquero ocultaba un cabello rubio y grueso y que el ala del sombrero escondía unos ojos color verde hierba. A diferencia de ella, sus pómulos podrían haber sido cincelados por un escultor renacentista. Tenía la nariz firme y recta, la mandíbula fuerte y una boca que debería de venir con una etiqueta de advertencia. Era completa y soberanamente masculino, y mientras lo miraba, sintió el mismo deseo penetrante que experimentaba en las cálidas noches de verano cuando yacía sobre la hierba con los ojos clavados en las estrellas. Él brillaba intensamente, y era totalmente inalcanzable.

Llevaba un sombrero de vaquero negro, unas botas vaqueras de piel de serpiente y un albornoz de terciopelo con motivos rojos y verdes con forma de relámpago. Tenía una botella de cerveza en una mano y el humo ascendía desde el cigarro que sujetaba en una esquina de su boca. La piel entre el borde de las botas y la bastilla del albornoz estaba desnuda, revelando unas pantorrillas poderosamente fuertes; se le secó la boca al preguntarse si estaría desnudo bajo el albornoz.

—¡Oye! Te dije que me esperaras junto a la puerta.

Dio un brinco cuando el corpulento hombre que la había dejado entrar apareció detrás de ella con un casete en la mano.

—Stella dijo que eras bastante caliente, pero le dije que quería una rubia. —La miró dubitativamente—. A Adrien le gustan las rubias. ¿Eres rubia bajo la peluca?

Llevó la mano hasta la trenza.

—Realmente…

—Me gusta el disfraz de bibliotecaria que llevas puesto, pero necesitas bastante más maquillaje. A Adrien le gustan las mujeres maquilladas.

Y los pechos, pensó ella, dejando vagar los ojos hacia la plataforma. A Adrien también le gustaban las mujeres con los pechos grandes.

Ella devolvió la mirada al radiocasete, intentando buscar la manera de aclarar el malentendido entre ellos. Cuando comenzaba a formular una explicación razonable, el hombre se rascó el pecho.

—¿Te dijo Stella que queremos algo especial, ya que está algo deprimido por su retirada? Incluso habla de dejar Chicago para irse a vivir a Texas todo el año. Los chicos y yo creemos que esto le puede divertir. A Adrien le encantan las strippers.

¡Strippers! Marinette cerró los dedos con fuerza alrededor de sus perlas falsas.

—¡Oh, Dios mío! Debería saber…

—Hubo una stripper con la que pensé que se casaría, pero no pasó su examen sobre fútbol. —Negó con la cabeza—. Todavía no me puedo creer que el mejor receptor del mundo haya colgado su casco por Hollywood. Maldita rodilla.

Ya que él parecía hablar para sí mismo, Marinette no respondió. Estaba intentando asimilar el increíble hecho de que ese hombre la había confundido a ella, —la última virgen de treinta años del planeta— con ¡una stripper!

Era embarazoso.

Aterrador.

¡Era emocionante!

Otra vez, la miró críticamente.

—La última chica que nos envió Stella vino vestida de monja. Adrien casi se muere de risa. Pero estaba más maquillada. A Adrien le gustan las mujeres con más maquillaje. Puedes hacerlo arriba.

Era el mejor momento para poner fin a ese malentendido, se aclaró la voz—: Desafortunadamente, señor…

—Bruno. Bruno Metucci. Jugué con los Stars en la época en la que Bert Somerville llevaba la batuta. Desde luego, nunca fui tan bueno como Adrien.

—Entiendo. Bueno, lo que pasa es que…

Un chillido de mujer surgió del jacuzzi y la distrajo. Levantó la vista para ver a Adrien mirando con indulgencia a las mujeres que retozaban a sus pies, mientras en la ventana a sus espaldas se veía brillar tenuemente en la distancia las luces del lago Michigan. Por un momento tuvo la ilusión de que él flotaba en el espacio, un vaquero cósmico, con su stetson, sus botas y su albornoz, un hombre que no estaba gobernado por las mismas reglas gravitatorias con las que los ordinarios mortales estaban atados a la tierra. Parecía llevar puestas espuelas invisibles en esas botas, espuelas que giraban a velocidad supersónica, como una rueda de chispas brillantes que iluminaban todo lo que él hacía en su vida.

—Adrien, me dijiste que me volverías a hacer las preguntas —dijo una de las mujeres desde las burbujas del jacuzzi.

Lo había dicho bastante alto y se oyeron gritos de ánimo cada vez más elevados entre los invitados. Como si fueran un solo cuerpo, todos se giraron hacia la plataforma, aguardando su respuesta.

Adrien, con el cigarro en la boca y el botellín de cerveza en una mano, metió la otra en el bolsillo del albornoz y la miró con preocupación.

—¿Estás segura de que estás preparada, Rose, cariño? Sabes que sólo tienes dos oportunidades y fallaste la pregunta sobre la carrera de Eric Dickerson y su record de cien yardas la última vez.

—Estoy segura. He estudiado muchísimo.

Rose tenía el mismo aspecto que si estuviera posando en bañador para la portada de Sports Illustrated. Cuando salió del agua, su cabello rubio y mojado caía en pálidos mechones sobre sus hombros. Se sentó en el borde del jacuzzi, mostrando un traje de baño formado por tres diminutos triángulos turquesa bordeados en amarillo brillante. Marinette sabía que muchas de sus amistades desaprobarían un bañador tan revelador, pero como fiel creyente de que cada mujer debía resaltar sus atractivos, Marinette pensó que estaba maravillosa.

Alguien bajó el volumen de la música. Adrien estaba sentado sobre una de las grandes rocas redondeadas y apoyó una de sus botas vaqueras de piel de serpiente sobre la otra rodilla desnuda.

—Ven aquí y te daré un beso de buena suerte. Y no me decepciones esta vez. He puesto mi corazón en que tú serás la señora de Adrien.

Mientras Rose cumplía con su petición, Marinette contempló inquisitivamente a Bruno.

—¿Les hace un examen sobre fútbol?

—Por supuesto. El fútbol es la vida de Adrien. No cree en el divorcio, y sabe que no podría ser feliz con una mujer que no entendiera el juego.

Mientras Marinette intentaba asimilar esa información, Rose besaba a Adrien, que luego palmeó su trasero mojado enviándola de regreso a su sitio en el borde del jacuzzi. Los invitados se habían arremolinado cerca de la plataforma para observar el espectáculo. Marinette aprovechó que Bruno también miraba el intercambio para subir uno de los escalones que había a sus espaldas para no perderse nada.

Adrien dejó el cigarro en un cenicero negro.

—Está Bien, cariño. Comencemos con los quarterbacks. Terry Bradshaw, Len Dawson y Bob Griese, ¿cúal de ellos obtuvo el mejor promedio? Ya ves que intento facilitarte las cosas. No te pido los porcentajes de cada uno, sino que me digas cual fue el mejor.

Rose lanzó su pelo mojado y liso sobre su hombro y le dirigió una sonrisa confiada.

—Len Dawson.

—Realmente bien. —Las luces del jacuzzi apuntaban hacia el techo, y su cara estaba visible bajo el ala del sombrero. Aunque Marinette estaba demasiado lejos para estar segura, creyó detectar una chispa de diversión en esos ojos verde hierba. Como una estudiante devota de la naturaleza humana, estaba plenamente interesada en observarlo.

—Ahora veamos si has resuelto tus lagunas del último examen. Vamos a 1985 y nombra el mejor receptor de la NFC.

—Bien. Marcus Allen.

—¿Y de la AFC?

—Curt… ¡No! Gerald Riggs.

Bobby Tom se llevó la mano al corazón.

—¡Uf!, por un momento me has detenido el corazón. De acuerdo, ahora ¿el gol de campo más largo en un partido de la Super Bowl?

—1970. Jan Stenerud. 4ª Superbowl.

Él miró a la gente y sonrió ampliamente.

—¿Soy yo el único que está oyendo campanas de boda?

Marinette sonreía ante su aire chulesco cuando se inclinó hacia adelante para murmurar en el oído de Bruno:

—¿No es esto un poco humillante?

—No sí ella gana. ¿Tienes idea de lo que vale Adrien?

Bastante, supuso. Oyó como él hacía dos preguntas más, las cuales contestó Rose perfectamente. Además de bella, la rubia estaba bien informada, pero Gracie tenía el presentimiento de que no lo suficiente como para ser rival de Adrien Agreste.

Otra vez, murmuró al oído de Bruno.

—¿Creen esas jovencitas que él va en serio?

—Por supuesto que va en serio. ¿Por qué crees si no que un hombre al que le gustan las mujeres tanto como a él no se ha casado nunca?

—Tal vez sea gay —sugirió ella, sólo para hacerle pensar.

Las frondosas cejas de Bruno se elevaron rápidamente y empezó a hablar como si se estuviera ahogando.

—¡Gay! ¿Adrien Agreste? Joder, tiene más muescas en su haber que un cazador de la frontera. Jesús, que no te oiga decir eso. Si lo hiciera probablemente…, bueno, no quiero ni imaginarme lo que haría.

Marinette siempre había creído que cualquier hombre completamente heterosexual no debería sentirse amenazado por la homosexualidad, pero ya que no era precisamente una experta en comportamiento masculino, pensó que quizás se estaba perdiendo algo.

Rose contestó una pregunta sobre alguien llamado Walter Payton y otra sobre los Steelers de Pittsburgh. Adrien se levantó de su silla y comenzó a pasearse por el borde trasero de la plataforma, como si estuviera pensando profundamente, cosa que Marinette no se creyó ni por un momento.

—Bien, querida, ahora concéntrate. Esta es la pregunta que te puede echar del pasillo central de la iglesia; ya estoy viendo los preciosos bebés que tendríamos. No había sentido tanta presión desde mi primera SuperBowl. ¿Estás concentrada?

Las arrugas inundaban la perfecta frente de Rose.

—Concentradísima.

—De acuerdo, cariño, ahora no me decepciones. —Llevó la cerveza a sus labios, la vació, y colocó sobre el suelo la botella—. Todo el mundo sabe que entre los postes de la portería tienen que haber cinco metros y 16 centímetros. La altura máxima del larguero…

—¡Tres metros desde el suelo! —gritó Rose.

—Ay, cariño, te respeto demasiado para insultar tu inteligencia con una pregunta tan fácil. Espera hasta que termine, o prefieres que te haga una pregunta sobre penaltis.

Ella lo miró tan afligida que Marinette la compadeció.

Adrien cruzó los brazos sobre el pecho.

—La altura máxima del larguero es tres metros desde el suelo. Los postes verticales tienen que sobresalir al menos nueve metros quince centímetros por encima del larguero. Esta es tu pregunta, cariño, y antes de que contestes, recuerda que tienes mi corazón en tus manos. —Marinette esperó impacientemente—. Para que tengas la oportunidad de ser la Sra. de Adrien Agreste, dime las dimensiones exactas del listón de la parte superior de cada uno de los postes verticales.

Rose se levantó rápidamente del borde del jacuzzi.

—¡Lo sé, Adrien! ¡Lo sé!

Adrien rompió el silencio.

—¿En serio?

Una suave risita nerviosa se escapó de los labios de Marinette. Le estaría bien que Rose contestase a la pregunta.

—¡Un metro cincuenta y dos centímetros por diez centímetros!

Adrien se apretó el pecho.

—¡Ay, mi amor! Acabas de arrancarme el corazón y estamparlo contra el suelo.

La cara de Rose se arrugó.

—Es un metro veintidós centímetros. Un metro veintidós centímetros, cariño. Estuvimos a sólo treinta centímetros de la dicha conyugal eterna. No puedo recordar la última vez que me sentí tan deprimido.

Marinette lo observó tomar a Rose entre sus brazos y besarla a fondo. Ese hombre podía ser la representación más patente del machismo de Estados Unidos, pero no tenía más remedio que admirar su audacia. Observó con fascinación como su mano bronceada y excepcionalmente fuerte se cerraba sobre la parte del trasero de Rose que quedaba al aire. Los músculos del suyo propio se pusieron inconscientemente tensos en respuesta.

Los invitados comenzaron a moverse y algunos de los hombres subieron a la plataforma para ofrecer sus condolencias a la bella perdedora.

—Vamos. —Bruno tomó el brazo de Marinette, y antes de que ella lo pudiera detener, la había arrastrado hacia delante.

Jadeó alarmada. Lo que había empezado como un simple malentendido había comenzado a írsele de las manos y precipitadamente se volvió hacia él.

—Bruno, hay una cosa que tenemos que comentar. Es realmente gracioso, de verdad, y…

—¡Oye, Bruno! —Otro hombre enorme, éste con el pelo rojo, se acercó a ellos. Recorrió a Marinette con la mirada y luego la volvió a Bruno con aire crítico.

—No lleva suficiente maquillaje. Sabes que a Adrien le gustan las mujeres maquilladas. Y espero que sea rubia bajo esa peluca. Y también que tenga tetas. Esa chaqueta es tan floja que no se sabe que tiene. ¿Tienes tetas, muñeca?

Marinette no sabía que la asombraba más, que le preguntaran si tenía tetas o que la llamaran muñeca. Se quedó momentáneamente sin palabras.

—Bruno, ¿a quién tienes aquí?

Le dio un vuelco en el estómago al oír la voz de Adrien. Él se había acercado al borde de la plataforma del jacuzzi y la miraba con gran interés y algo casi parecido a la especulación.

Bruno palmeó el radiocasete.

—Lo chicos y yo pensamos que estaría bien un poco de diversión.

Marinette observó con creciente temor como una amplia sonrisa se extendía por la cara de Adrien, revelando unos dientes blanquísimos. Sus ojos encontraron los de ella, que sintió como si caminara demasiado rápido en una cinta móvil.

—Acércate aquí, cariño, para que el viejo Adrien te pueda echar un vistazo antes de que comiences. —Su suave voz con acento texano recorrió su cuerpo e hizo desaparecer su habitual sentido común, por lo que dijo lo primero que le pasó por la mente.

—Yo… ehhh… tengo que ponerme primero más maquillaje.

—No te preocupes por eso ahora.

Dejó escapar súbitamente un pequeño grito de consternación cuando Bruno la empujó el trecho que le faltaba por recorrer. Antes de que pudiera echarse para atrás, la gran mano de Adrien se cerró alrededor de su muñeca. Con frialdad, ella miró hacia abajo, a los dedos largos y afilados que sólo momentos antes habían moldeado el trasero de Rose y que ahora la izaban a su lado en la plataforma.

—Dejadle sitio a la dama, chicas.

Alarmada, observó como las mujeres dejaban el jacuzzi para observarla. Intentó explicarse.

—Sr. Agreste, es necesario que le diga…

Bruno presionó el botón del radiocasete, y su voz quedó ahogada por completo por la áspera música de "The Stripper". Los hombres comenzaron a ovacionar y silbar. Adrien le dirigió un guiño alentador, la soltó y se dio la vuelta para sentarse en una de las grandes rocas redondeadas y observar la función.

Sus mejillas ardieron ruborizadas. Permaneció de pie, sola, en medio de la plataforma del jacuzzi, con todos los ojos de la habitación clavados en ella. ¡Todos esos especimenes con un físico perfecto estaban esperando que ella, la imperfecta Marinette Dupain-Cheng, se desnudara!

—¡Vamos, cariño!

—¡No seas tímida!

—¡Muévete, cariño!

Mientras algunos de los hombres hacían ruidos animales, una de las mujeres puso los dedos entre los labios y silbó. Marinette los contempló con impotencia. Comenzaron a reírse, como cuando en su clase de inglés de segundo año de secundaria se había reído cuando los algodones que acolchaban su sujetador habían cambiado de posición. Eran adultos en una fiesta de animales comportándose conforme a su especie, y aparentemente pensaban que iba a renunciar.

Mientras seguía allí, paralizada delante de ellos, la idea de ser confundida con una stripper se volvió repentinamente menos bochornosa que pensar en explicar a toda esa gente, a gritos sobre la música, lo que realmente le había traído hasta allí, provocando que se dieran cuenta de lo paleta que era.

No más de cinco metros la separaban de Adrien Agreste, y supo que todo lo que tenía que hacer era acercarse lo suficiente como para susurrarle su identidad. En cuanto él supiera que era Miraculous quien la había enviado, él sentiría tanta vergüenza por su error que la ayudaría a salir discretamente y cooperaría con ella.

Una nueva ráfaga de ruidos soeces se elevó sobre la música que salía del radiocasete. Con lentitud, ella levantó la pierna derecha varios centímetros y estiró el pie dentro de su zapato negro. Una vez más volvieron a reírse.

—¡Así!

—¡Enséñanos más!

La distancia entre Adrien y ella parecía ahora de unos cien kilómetros. Tirando con fuerza de la falda de su traje azul marino, le dio la espalda con indecisión. Más silbidos se unieron a la risa cuando la bastilla llegó a la altura de la rodilla.

—¡Eres ardiente, nena! ¡Nos encanta!

—¡Quítate la peluca!

Bruno se adelantó de entre la gente para dibujar un círculo con el dedo índice. Al principio no entendió lo que quería, pero luego se dio cuenta de que le ordenada girarse hacia Adrien mientras se desvestía. Tragando saliva, se enfrentó a esos ojos verde oscuro.

Él echó el stetson hacia atrás sobre su cabeza y habló en voz alta para que pudiera oírle:

—Deja las perlas para el final, cariño. Me gustan las damas con perlas.

—¡Nos aburrimos! —gritó uno de los hombres a voz en cuello—. ¡Quítate algo!

Ella casi perdió el valor. Sólo el pensar qué diría su superior si salía a toda mecha de la casa sin haber cumplido su misión hizo que se envarara. ¡Marinette Dupain-Cheng no huía! Este trabajo era la oportunidad que había estado esperando toda su vida, y no iba a acobardarse ante la primera adversidad.

Lentamente se quitó la chaqueta. Adrien le sonrió aprobatoriamente, como si ella hubiera hecho algo asombroso. Los tres metros que todavía les separaban parecían un millón de kilómetros. Él puso el tobillo de una de sus botas de vaquero sobre la rodilla opuesta, y el albornoz se abrió involuntariamente para revelar un muslo desnudo, poderosamente fuerte. La chaqueta se le cayó de los dedos.

—Así, corazón. Lo estás haciendo muy bien. —Sus ojos centellearon de admiración, como si fuera la bailarina con más talento que hubiera visto en su vida en vez de la más inepta.

Con una serie de torpes movimientos, ella se acercó contoneándose, tratando de ignorar los exagerados abucheos que comenzaba a proferir la audiencia.

—Realmente bien —dijo él—. Creo que nunca vi nada que me gustara tanto.

Con un contoneo final de caderas, llegó a su lado, con todo salvo la chaqueta, y forzó sus labios tensos con una sonrisa. Desafortunadamente, cuando ella se inclinó hacia adelante para murmurar lo que pasaba en su oído, su mejilla rozó el ala del stetson, inclinándolo. Con una mano, él lo enderezó mientras, con la otra, la ponía sobre su regazo.

La fuerte música ocultó su chillido de protesta. Ella se quedó por un momento aturdida y muda ante las sensación de su cuerpo duro bajo el suyo y la pared sólida de su pecho presionando contra su costado.

—¿Necesitas ayuda, cariño? —Dirigió su mano al botón superior de su blusa.

—¡Oh, no! —protestó ella agarrando firmemente su brazo.

—Un espectáculo muy interesante, cariño. Un poco lento, pero probablemente eres principiante. —Le mostró una amplia sonrisa que tenía más regocijo que lascivia—. ¿Cómo te llamas?

Ella tragó saliva.

—Marinette…, esto…, Marinette. Marinette Dupain-Cheng. Señorita Dupain-Cheng —completó, en un intento tardío de poner algún tipo de distancia entre ellos—. Y no soy...

—Señorita Dupain-Cheng… —arrastró las palabras, saboreándolas como si fueran un vino de solera. El calor de su cuerpo enturbiaba su cerebro e intentó escapar de su regazo.

—Sr. Agreste…

—Ve al grano, querida. Los chicos se impacientan. —Antes de que lo pudiera detener, le abrió el botón del cuello de su blusa blanca de poliéster—. Debes ser nueva en esto. —La punta de su dedo índice exploró el hueco de la base de su garganta, haciéndola temblar—. Pensé que conocía a todas las chicas de Stella.

—Sí, yo…, digo no, yo no soy…

—No te pongas nerviosa ahora. Estás haciéndolo genial. Y tienes unas piernas muy bonitas, si no te importa que te lo diga. —Sus ágiles dedos abrieron el siguiente botón.

—¡Sr. Agreste!

Señorita Show.

Ella vio la misma diversión que había notado en sus ojos un rato antes cuando estaba examinando a Julie sobre fútbol, y se dio cuenta de que había desabotonado otro botón, exponiendo su sujetador de color melocotón, con su gran escote central y su borde de encaje. Ropa interior provocativa era una cosa tonta en una mujer fea, por tanto era un secreto celosamente guardado. Boqueó con repentina vergüenza.

Un ronco bullicio aumentó entre la gente, pero no fue en respuesta a su sujetador color melocotón, sino a una de las mujeres que sobre la mesa de billar se había quitado la parte superior del bikini y lo hacía girar sobre su cabeza. Marinette se dio cuenta de inmediato que esa mujer necesitaría algo que recogiera más que su sujetador.

Los hombres batieron palmas y gritaron. Ella intentó agarrar su blusa firmemente para cerrarla, pero Adrien atrapó sus dedos, sujetándolos suavemente con la palma de su mano.

—Parece que Candi se te adelantó señorita Show.

—Creo…, es mejor…, —tragó saliva—. Hay una cosa que debería comentarle. En privado.

—¿Quieres bailar para mi en privado? Es realmente dulce, pero mis invitados se desilusionarían si viera algo que ellos no pudieran ver.

Ella se dio cuenta de que él había desabrochado el botón de la cinturilla de su falda y bajaba la cremallera.

—¡Sr. Agreste! —Lo dijo más alto de lo que pretendió y los invitados de las cercanías se rieron.

—Llámame Adrien, cariño. Todo el mundo lo hace. —Las esquinas de sus ojos se arrugaron como si él se estuviera riendo de un buen chiste privado—. Mira que interesante. Creo que nunca conocí a una stripper que llevara pantys.

—¡No soy stripper!

—Claro que lo eres. ¿Por qué si no estarías desnudándote delante de un montón de futbolistas borrachos?

—Me voy de … ¡oh! —Sus hábiles dedos había manipulado sus ropas como si no tuvieran más consistencia que un kleenex y la blusa se abrió. Con toda la fuerza que pudo reunir, se escapó de su regazo únicamente para sentir como su falda se deslizaba hasta sus tobillos.

Mortificada, se agachó rápidamente para cogerla. Su cara se puso como un tomate mientras tiraba bruscamente para colocarla en su sitio. ¿Cómo una mujer orgullosa de su organización y eficiencia podía estar envuelta en algo tan abrumador? Agarrando firmemente la blusa se obligó a enfrentarse a él.

—¡No soy una stripper!

—¿No? —Sacó un cigarro del bolsillo del pecho de su albornoz y lo giró entre sus dedos. Se dio cuenta de que no parecía asombrado por su declaración.

Sus palabras obtuvieron la atención de los invitados más cercanos a ella, y vio que sus planes de una conversación privada se evaporaban rápidamente. Bajó la voz hasta que no fue nada más que un susurro.

—Esto es un terrible error. ¿Crees que parezco una stripper?

Él colocó el cigarro apagado entre sus dientes y, paseando sus ojos por ella con lentitud, dijo en tono normal:

—Respecto a eso, algunas veces es difícil notarlo. La última que entró aquí iba vestida de monja y era tan bonita como para rejuvenecer a Mick Jagger.

Alguien había desconectado la música, y un antinatural silencio había caído sobre la gente. A pesar de su determinación de mantener el autocontrol, no pudo controlar su voz. Cogió rápidamente la chaqueta del traje que había dejado caer anteriormente.

—Por favor, Sr. Agreste. ¿Podemos hablar en privado?

Él suspiró y se levantó de la roca.

—Supongo. Pero me tienes que prometer que no te desnudarás. No sería justo que yo te viera desnuda y mis invitados no.

—¡Le prometo, Sr. Agreste, que nunca me verá desnuda!

Él pareció no creérselo.

—No tengo la intención de cuestionar tu buena voluntad, cariño, pero a juzgar por mi historial, a lo mejor no te puedes resistir.

El tamaño de su ego la asombró. Cuando lo miró a los ojos, él encogió los hombros levemente.

—Entonces, supongo que será mejor que vayamos a mi estudio, y tengamos esa conversación tan importante. —Tomándola del brazo, la guió para que bajara de la plataforma.

Mientras cruzaban la gruta, ella se dio cuenta de que él no había parecido sorprendido en absoluto por su declaración de que no era una stripper. Estaba demasiado despejado, calmado y divertido por la situación. Antes de que llevara la deducción a su lógica consecuencia, el futbolista pelirrojo que había hablado anteriormente con ella, salió de entre la gente y le dio a Adrien un juguetón pellizco en el brazo.

—Joder, Adrien. Espero que ésta no esté embarazada también