Cruel Clocks
Cap. 2: Sin corazón.
Nota:
Hello!-llega saltando feliz hasta que recuerda que se tardó más de lo planeado.
Em, sé que soy una irresponsable. Pero sufrí un bloqueo de escritora horrible. Posteriormente se me fueron acumulando varios problemas personales.
Quitando eso, me gusto como quedo este capítulo, en especial porque aquí se sabe más sobre Arthur.
Muchas gracias a las personas que me dejaron reviews, eso me alentó a esforzarme como era debido.
Ojalá les agrade, please… ¡No me maten!-sale huyendo antes de que alguien la dañe-
Dedicado a: Ari, sigue siendo tu Fanfic de Cumpleaños.
Pareja: King! Alfred X Doll! Arthur, UsUk.
Categorías: Romance, Drama, Song-Fic, Fantasía.
Disclaimer: H. Himaruya Hetalia ;)
Música H. Miku, Crypton Media.
Inspiración y parte de la trama: Cruel Clocks de Hatsune Miku.
¡Ahora sí a leer!
3 2 1 ready...
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*~La luz obstructora del símbolo del mundo, comienza a desmoronarse. ~*
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"Fue hace años qué Arthur cayó en mis manos, hijo.
Su historia empezó a escribirse desde antes..."
...
La fiera mirada podía sentirse latente, mientras la agilidad de sus movimientos era precisa y constante al ir destrozando con su larga espada a sus enemigos encapuchados.
Arthur era en realidad una poderosa y potencial arma, un asesino.
Clarise lo sabía, después de todo ella lo creo usando ambas manos, magia, conjuros y sacrificios humanos.
Un reemplazo de aquel hijo que perdió hace años, el joven de apariencia dulce e inocente daba la impresión de ser incapaz de defenderse, era verdaderamente un asesino letal que podría matarte en un descuido.
Arthur movía las manos de izquierda a derecha cortando y traspasando con su espada a un hombre que había intentado herirle sin éxito alguno, la inmunda sangre manchó su angelical rostro, la mirada verde se muestra imperiosa, belleza mortífera.
En cuestión de minutos los que bastaron para que los erradicará sin dificultades.
Todo porque amenazaron a su creadora.
Su misión era esa: proteger a Clarise Kirkland.
A esa persona que cuidaba de él.
-¡Hijo!-exclamó la mujer alarmada al ver caer con lentitud al muñeco golpeándose contra el piso.
-¿Estás bien?-murmuró asustada acunándolo entre sus brazos, Arthur estaba bien sólo se había acabado su cuerda.
Clarise sonrió cargando a su hijo para alejarle de esa gente despreciable que intentó dañarlos.
Soldados de Tréboles, de Diamantes y Corazones.
El Reino de Espadas aún no los atacaba.
Eso significaba para ambos un sitio seguro.
"Clarise Kirkland era una simple campesina de estas tierras, ella y su esposo eran buenos ciudadanos.
Pero...
El dolor de perder un hijo, no es algo que una madre pueda soportar.
Así que buscó los medios necesarios para traerle de regreso, en el proceso violó las leyes más sagradas de nuestro mundo y mato a muchas personas.
Obviamente se convirtió en una criminal muy buscada, aún cuando Arthur estaba con ella.
Siendo que él es...un asesino."
Cuando Amelia Jones entrecerró sus ojos azules cubiertos de tristeza soltó una frase que heló a su primogénito.
-Arthur Kirkland es un asesino, además él no tiene corazón.
Es tu deber como futuro monarca de Espadas... acabar con su existencia.-
-¿Q-qué estás diciendo Madre?-tembló ante las frías palabras de su progenitora, no podía ser cierto, no podía serlo.
-Es la verdad hijo, Arthur no tiene corazón...-remarcó suavemente pero con seriedad.
-Hace ya 17 años que lo buscan Tréboles, Corazones y Diamantes...-le reveló con voz gélida teñida en tristeza.
Alfred retrocedió unos cuantos pasos atrás hasta toparse contra la pared, sus manos se clavaron con insistencia casi obsesiva a la misma, dañando sus uñas en el proceso.
Los mechones de cabello dorado cubrieron sus ojos cuando empezó a negar con la cabeza de un lado a otro.
-Mientes...-murmuró en total negación.
Amelia bajo la mirada al suelo cubierto por la fina alfombra de color índigo.
-Me temo que no-
-Mientes, mientes...-susurraba desesperado, no deseaba oírla hablar más.
-¿Qué ganaría yo?-dijo ella observando a su primogénito aferrarse a ilusiones tontas.
-¡Es mentira!-estalló al final levantando la cara mientras amargas lágrimas salían precipitadas por sus orbes azules.
Enfadado, se atrevió a gritar dedicándole a su Madre la mirada más fiera y agresiva que poseía, temblaba de rabia e impotencia pero no paraba de llorar.
-No miento...-aseguró con severidad.
La Reina se levantó del sillón en dónde se hallaba tan relajada antes de que su hijo ingresará a sus aposentos reales, a pasos tranquilos llegó a su lado viéndose en la necesidad de rebajarse a su nivel para poder hablarle.
-Hijo...hay...-pausó su charla, comenzaba a dudar, soltó un suspiro prolongado.
Alfred debía saber la verdad.
-Hay algo que debes saber...-comentó Amelia acariciando los cabellos de su primogénito.
Este no pensaba escucharla, se hallaba muy enfadado.
-Acerca de Arthur...-entonces torció los labios en un gesto esquivo.
Se levantó para caminar hacía la enorme cama donde acabo sentándose mientras su Madre ocupaba lugar en su sillón.
Sería una plática larga.
-Te escucho...-susurró con el ceño ligeramente fruncido.
"Cuando tenía 16 años mi mundo estaba conformado por mis tierras para sembrar, y Clarise..."
El silencio se hizo presente, Alfred no dijo nada dispuesto a escuchar.
"Era mi mejor amiga.
Estaba profundamente enamorada de ella, aunque nunca lo supo.
Crecimos juntas...
Eran tiempos de prosperidad en el Reino de Espadas, nosotras éramos unas campesinas que soñaban con ser importantes.
El tiempo transcurrió como agua entre mis dedos, Clarise tenía 16 años. Siendo un año menor, yo tenía los 15.
Pensaba que ese sentimiento desaparecería con el paso de los años.
Me equivoqué, realmente me equivoqué.
Ella era mi mundo, soñaba tanto con que me amase que no noté a James.
Un tipo de clase media que se enamoró de ella.
De hecho, ambos se enamoraron.
Y al cumplir Clarise los 18, se casaron.
En ese entonces sentí que mi existencia era un estorbo en su vida.
-¡Estoy embarazada Amelia!-esa sonrisa iluminaba su rostro, era tan feliz.
-Fe-felicidades Clarise hahaha~
Intenté odiarlos pero no fui capaz, no poseían culpa de mis sentimientos.
Nadie más que yo poseía culpa de lo que sentía.
Al cabo de unos meses conocí a Joshua.
Tu padre, el Rey de Espadas.
Me parecía un hombre sensato pero no llamaba mi atención del todo, sin embargo la marca de la Reina apareció en mi cadera una mañana cualquiera.
Por supuesto, todo el pueblo se entero. Llenándose de dicha y felicidad, sentimientos contrarios a los míos en realidad.
-¡Oh Dios serás la Reina! ¡Amelia que gran noticia!-Clarise denotaba emoción absoluta en su tono.
Pero en ese momento no sabía que decirle, sólo asentí sin emoción alguna.
El Rey era un hombre peculiar, tierno, amable y serio para sus labores.
Terminé amándolo aunque mis sentimientos por Clarise siguieran en mi corazón sólo que encerrados bajo llave, sin esperanzas de salir jamás.
Pasaron dos años para que fuese digna de hacerme llamar Reina y coronarme.
La vida en el palacio era tranquila a mí parecer, aún si tenía muchos deberes.
O firmar papeleo en ausencia de Joshua.
En algunas ocasiones pude visitar a Clarise y a James para saber acerca de su bebé, claro que no iba sola.
Siempre salía escoltada por la guardia real.
-¡Es bellísimo!-no cabía en asombro porque esa criatura de dos años, otorgaba con su llegada mucha felicidad.
-¿Cómo se llama?-pregunté con una imborrable sonrisa al tiempo que me acercaba a observarlo con sumo detalle.
Clarise también sonrió.
-Arthur, su nombre es Arthur...-acarició los rubios cabellos del pequeño una vez que estuvo nuevamente entre sus brazos.
-Arthur Kirkland...-susurré.
Me hacía ilusión como sonaba. Clarise lo negó.
-No, lleva el apellido de su padre...-explicó sonriente.
-Oh~ ¡Es un niño hermoso!-
Le observaba fijamente.
Cabellos rubios de tonalidad ceniza. Orbes esmeralda, cómo los de su Madre, piel blanca en un tono lechoso. Y esas cejas tan particulares que jamás supe de dónde saco.
Era un niño muy lindo.
Le tomé mucho cariño, Joshua también y eventualmente iba a visitarnos.
Aprendió los mejores modales, vistió ropas elegantes que mandaba a fabricar para él.
Lo consideramos cómo nuestro hijo.
Ya que lamentablemente su padre había muerto cuando él cumplió los ocho. Así que en esas épocas dejo de visitarnos. Clarise lo necesitaba más que nunca.
Arthur se convirtió en un joven de quince años al pasar el tiempo, reanudó las visitas, y todo parecía ir mejor.
Sin embargo, tres años después estalló un conflicto bélico entre Trébol y Espadas.
La Guerra más sangrienta que hemos tenido la desgracia de vivir.
Dónde perdimos muchas vidas de valerosos soldados, ya que la fuerza militar de Trébol era mayor de lo esperado.
Su nuevo Rey era despiadado, frío y un buen estratega.
Su Reina, una valiente guerrera.
Él planeó personalmente cada movimiento de sus hombres.
Ella les instruyó a la hora de emplear su armamento.
Nosotros estábamos en clara desventaja, así que, forzados por la situación y el deseo de no ser sometidos empezamos a reclutar a cada hombre joven en Espadas.
Eran jóvenes sin experiencia previa en el campo de batalla, sólo niños de 15 años en adelante.
Fue horrible para mí ver a tantos adolescentes saliendo de sus hogares con un arma en la mano, listos para lo que no les correspondía sinceramente.
Esos rostros, no soy capaz de olvidar ninguno.
Sucedió lo que más temíamos Joshua, Clarise y yo.
-¡Maldición Amelia! ¡Impídele irse!-
Frente a mis ojos estaba Clarise Kirkland hecha una fiera dispuesta a matar a quién osará interrumpirla.
No pude más que observarla de frente con la respuesta negativa impregnada en mi mirada.
-Lo lamento Clarise pero...-pese a mis palabras seguras, yo no quería que él fuera a ese lugar.
Arthur se enlistó para irse a la guerra.
-Necesitamos todo el apoyo posible-dicté, posteriormente me retiré a dirigir los nuevos planes de batalla junto a mi esposo.
-¡Amelia! ¡Amelia! ¡AMELIA!-Los gritos en son de reclamos alcanzaron mis oídos pero continúe caminando, firme, con el corazón roto y el alma atorada en la garganta.
Nunca podré perdonarme el haber tomado aquella decisión.
El Rey partió del Reino junto con dos mil muchachos inexpertos y pocos soldados rasos.
Lo único que tenían a favor era el factor sorpresa.
Error.
Fueron emboscados antes de llegar al campo de batalla. Los soldados de Tréboles ya esperaban por ellos, todos murieron luchando según supe.
Arthur fue uno de ellos.
Eventualmente sólo quedaba yo al mandato militar, la Sota simplemente me protegería de los enemigos.
Me sentía desesperada, dolida, deseosa de venganza, decida pero incapaz de ganar, casi podía sentir el filo de la espada enemiga sobre el cuello.
¿Qué haría?
¿Qué me quedaba?
Sólo ser derrotada...
¡Esa no era una opción a tomar!
Pensé en mil formas de acabar con esto, hasta que la idea más descabellada cruzó mi mente dándome una salida.
Pedir apoyo al Reino vecino: Diamantes.
Sí existía algo que el Reino de Espadas no hubiese hecho era eso, pedir ayuda.
Ningún Reino se aliaba con otro, no le hallaban seguridad o beneficios.
Cuando propuse la idea ante los Reyes de Diamantes...
Se rieron.
-¡Es en serio!-exclamé a viva voz en la sala del consejo de Diamantes.
Pese a mi tono desesperado, siguieron riéndose.
Por consiguiente, ose a hablar de manera informal, grosera y salvaje.
-¡Maldita sea! ¡Si no quieren ayudarme, bien!-
Hubo un momento de silencio. Retomé la palabra.
-¡PERO NO VENGAN SUPLICANDO SALVACIÓN CUANDO TRÉBOLES LOS TOME COMO ESCLAVOS! ¡ESTÚPIDOS!-
Salí indignada del sitio, e incluso azoté las puertas al cerrarlas.
Mi plan había fallado o eso creí.
El Rey salió corriendo presuroso atrás de mi persona.
-¡Espere Reina de Espadas!-tocó mi hombro, eso bastó para que parase mis pasos.
-¿Qué?-fui cortante, directamente al asunto.
-Aceptamos el trato. Diamantes otorgará fuerza militar a Espadas, a cambio tendremos libre comercio entre ambos Reinos.
Y su apoyo cuando lo requiramos.-
-De acuerdo, mañana haré una reunión para organizar el golpe para Tréboles.-
Jamás les perdonaría el haberme arrebatado a mi esposo y a Arthur.
Teniendo todo organizado me sentí lista para lo que viniera.
Más sin embargo, antes de partir recibí dos noticias impactantes.
-¡Su majestad! ¡Uno de los jóvenes que partió con el Rey regresó con noticias-aru!-La sota entró a mis aposentos sin siquiera llamar a la puerta.
Eso no me importó cuando escuché esas palabras tan llenas de esperanza.
-¡¿Y qué ocurrió?!-
Presa de la emoción salí de la habitación jalando a Yao con insistencia.
-Al parecer, el Rey está vivo. Pero la mayoría de los muchachos murieron a manos del enemigo. Arthur fue uno de ellos.-
Que contradictoria sensación invadió mi cuerpo en aquellos instantes.
Estaba feliz porque mi esposo seguía con vida, podríamos terminar esa guerra sin sentido.
Pero también muy triste porque Arthur era todo lo que le quedaba a Clarise.
La noticia la destrozaría, era incapaz de saber sí podría vivir con ello.
Hablamos con el chiquillo.
Él nos relató su ubicación en el campo de batalla. Cómo sobrevivieron a los ataques.
Y por supuesto, qué los soldados de Tréboles estaban al límite después de meses de lidiar con nuestras tropas. Si yo marchaba al sitio con todo mi apoyo, ganaríamos.
-¡Entonces, acabemos con esta guerra sin sentido!-
Los soldados de Diamantes asintieron a las órdenes dadas.
Terminaríamos con aquello de una buena vez.
Ganaríamos.
Joshua volvería a mi lado.
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-Entonces... ¿Ganaron?- interrumpió Alfred un poco contrariado por todo lo escuchado.
Una parte de él quería saber toda la historia, la otra no necesitaba escuchar ni una mísera frase más.
La Reina asintió con la cabeza.
Los ojos azules de su primogénito se fijaron curiosos y serios sobre la mujer.
-¿Y qué ocurrió con Clarise?-preguntó.
-No soportó la idea de haber perdido a Arthur, así que al finalizar el conflicto y restaurarse la calma...
Ella, buscó cualquier medio para traerlo de vuelta.-explicó derramando pequeñas lágrimas.
-¿Q-Qué hizo?-la voz del príncipe tembló insegura.
-Un trato con los Demonios.
Ellos le dieron lo necesario para que Arthur regresará, y ella... Asesinó a varios habitantes de los diferentes pueblos, Tréboles, Diamantes, Corazones y Espadas.
Sacrificios humanos para los entes que reclamaban el uso de su poder.-
Alfred se estremeció en terror de pies a cabeza. ¿Cómo una mujer humilde pasó a ser una asesina sin corazón?
¿Entonces qué era Arthur Kirkland?
-Clarise creó un muñeco de apariencia humana, pero él es indestructible, no estoy segura de qué posea sentimientos.
Es simplemente el contenedor de un alma.
La del mismo Arthur, ella me explicó que no tenía recuerdos de nada en absoluto.-las lágrimas cesaron un poco.
Alfred se levantó de la cama plantándose frente a su Madre con una cara pragmática.
-¿Cómo sabes eso?-inquirió demandante. Alfred necesitaba escuchar todo respecto a Arthur, encontrar un error en lo que escuchó, algo que evitará su actual misión encomendada por la Reina.
-Tenías dos años cuando Clarise volvió a Espadas con Arthur.
Ambos huyeron de la milicia perteneciente a los tres Reinos restantes.
Antes de llegar aquí, Arthur acabó con un ejército completo por sí solo.-
Su rostro se desencajó lleno de incredulidad.
Eso era... Imposible.
Él lo conocía.
Arthur jamás haría algo así.
-P-pero...-tartamudeó tembloroso.
La situación se le escapaba de las manos con velocidad.
-Clarise ya no quería seguir huyendo. Estaba harta...-continuó hablando la progenitora.
"~
-¡Sólo quería recuperar a mi hijo! ¿Qué hay de malo en arrebatarles un poco de lo qué ellos me quitaron?-sozollaba desconsolada a los pies de la Reina.
Ambas conversaban en un sitio oculto dentro del castillo.
Nadie debía saber que ella estaba allí, porque podrían acusar de traidora a Amelia.
Y eso sería terrible para las dos. Les esperaría la muerte.
-Pero... Ese-señaló al muñeco sentado en el suelo con expresión indiferente.- ¡No es Arthur!
-Lo es ahora, es mi hijo. Sólo que ya nadie puede hacerle daño, es tan letal como un arma.
Nunca más tendrá que irse...-la mujer acarició los cabellos del muñeco que sólo atinó a mirarla, Clarise le sonrió de forma dulce.
-Has hecho mucho daño para obtener ese triste intento de reemplazo. James no lo aceptaría...-murmuró con un toque despreciativo la dueña de esos hermosos ojos azul zafiro.
Miraba con tristeza a su amiga tirada a sus pies, suplicando que cuidara a ese muñeco inútil.
-James me abandonó.
Sólo me quedaba Arthur, y la guerra me lo arrebató.
Por favor... Tú tampoco me hagas eso, Amelia...-al final Clarise Kirkland terminó quebrándose.
Llorando amargamente, derramando lágrimas de cristal, quizás torturada por los horrores que hizo.
Tal vez acongojada por las personas que perdió.
Estuvo así un largo rato, al final Amelia se agachó para abrazarla mientras el individuo de ojos verdes observaba sin comprender.
-Y si me entregará... ¿Lo cuidarías?-murmuró luego de calmarse.
La Reina abrió sus orbes, sorprendida.
Se mordió los belfos con indecisión y coraje.
-Como la Reina de Espadas te digo, que pensaba entregarte porque así lo dicta mi deber.
Como Amelia, tu amiga, te digo, que cuentas con mi palabra. Pero no aseguró quererlo ni nada.-
Con una sonrisa apenada pero agradecida Clarise, confesó algo que selló la convicción de la menor.
-Ojalá me hubiera enamorado de ti, Amelia.
Porque definitivamente, tú nunca me hubieses dejado sola...-susurró quedamente mientras que algunos cabellos cubrían sus ojos.
-El hubiera no existe. Aprende eso, tienes mi palabra. Cuidaré de él, pero no puedo dar por hecho que en un futuro no lo encuentren.-
-Sí...-Clarise movió la cabeza con certeza para mostrar su confianza y admiración.
"~
-Cumplí con mi palabra.
Fue hace años qué Arthur cayó en mis manos, hijo.
Su historia empezó a escribirse desde antes...
Tú sólo formaste parte de ella porque así lo desee.-dictaminó la Reina.
Alfred sonrió quebrado, dejándose caer de rodillas lentamente al piso de la alcoba.
Entendía perfectamente la situación, debía obedecer órdenes.
Porque aún era el Príncipe de Espadas, y ni siquiera convirtiéndose en el mismísimo Rey de Espadas podría rebobinar al pasado para cambiar todo lo ocurrido.
Se hallaba atado de manos, con los ojos vendados, sin voz. Completamente impotente.
Cualquier objeción no tendría valor alguno.
La figura de su Madre había adquirido otro significado ante sus orbes, ya no era meramente la imagen de una madre cariñosa que cuidó de él después de que su Padre murió, En este momento era; Amelia Jones, la valiente guerrera que actuó en su momento con la capacidad e inteligencia debidas para salvar las vidas de sus habitantes hace mucho tiempo. Inconvenientemente resultaba la persona que poseía autoridad suficiente para borrar a Arthur del mapa.
Amelia se puso de pie entrecerrando la mirada azulina con finura, pensando en un plan para que su primogénito saliese de los dominios de Espadas sin llamar la atención. Aún tenía más cosas que contarle pero sabía que hay hechos que es mejor que Alfred desconozca.
- Merece que le des una oportunidad…- bisbiseó el joven desde su sitio. Su atención recaía sobre la alfombra, Amelia dudó.
- No creo que…-en ese preciso instante la Sota irrumpió sin llamar a la puerta, justo como años atrás al dar la noticia de que el Rey estaba vivo. Ambos rubios giraron la vista sobre el hombre de cabellera oscura.
-¡Los Reyes de Diamantes, Corazones y Tréboles están aquí-aru!-
Todo se detuvo sin previo aviso. Nuevamente, Amelia se sintió acorralada aún si desconocía la causa que orillaba a los Reyes a visitar el palacio.
Alfred en cambio tuvo un impulso irracional de salir corriendo a su alcoba para verificar que Arthur estuviera bien.
Extrañamente, los dos estaban paralizados.
-Y exigen hablar con la Reina…-
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*~Incluso si no hay lágrimas que no pueda derramar.
Mi voz perdida gritará. ~*
Continuará…
Notas finales:
Pido que me perdonen por la demora, trataré de que no se vuelva a repetir, pero no aseguro nada. Aún con esto, por favor, déjenme un Review.
Animan mucho, además es la primera vez que incursiono en el Cardverse.
Me encanto escribir esto, pero odio la narrativa en primera persona, porque no se me da nada bien.
Oh, Kairi, si leíste el cap. ¡No me odies!
Para ustedes, un abrazo y mucha suerte que ya empezó la escuela.
Bye bye!
Próximo: La ciudad de los Relojes.
