Algunas anotaciones previas porque creo que el capítulo puede ser confuso. Está desordenado al propósito. Son retazos de la vida de Helga, de lo que compone su rutina, de cosas innecesarias que me parecen importantes resaltar antes de proponer una línea de tiempo. El final sí, es el comienzo.
Capítulo Uno
Ella tiene zapatillas rojas
Una palmera descuella sobre una casa con la fronda, flabeliforme, suavemente sombría, neta, rosa, fúlgida.
La casa de cartón. Martín Adán.
Suele dejar volar su imaginación mientras avanza, escondida, por esa calle que la llena de frustraciones. No quiere evitarla y cada día se convence de atravesarla aunque sabe que será inútil. Siempre va cuando es muy temprano, rápido, casi corriendo en sus puntas mientras da vistazos largos a la casa que le interesa.
Alucina y los labios se le llenan de alegría cuando piensa que podría suceder. La casualidad, se plantea, convertiría lo ordinario en extraordinario. Un día soleado, de esos que se escurren entre las nubes y forman sombras rectas con los edificios. Se detendría a amarrarse los pasadores del zapato derecho cuando, todavía agachada, la puerta haría un sonido quedo y lo tendría. A la casa, a las nubes, al chico. Todo el escenario.
Se imaginaba la mirada, miles de ellas en realidad, llena de esa emoción que no es capaz de traducir por completo. Se emociona, lo presiente, será suave, amable, quizá un poco más brillante cuando pronuncie su nombre. La felicidad le inunda el pecho, todo es demasiado irreal, le duele.
Todo es mejor desde que cierra los ojos y las luces se expanden artificiales en el fondo de negro profundo.
El ruido la aleja de sus elucubraciones, la saluda y se despierta llena de pánico. Se da cuenta de que su marcha se ha vuelto menos constante y que la probabilidad es una brecha creciente y cercana. Se obliga a detenerse, justo en frente, al lado del poste de luz apagado. Espera, temerosa, con los restos de la alegría calentándole las mejillas. Aprieta los dedos en los bolsillos de su pantalón y se convence de que es una mala idea. Se da la vuelta bruscamente, terminando con la acera en zancadas culpables. Qué me falta. Le gustaría ser valiente como antaño, como esa niña que lo confesó todo en la cornisa más alta de un edificio impresionante.
Helga quiere decirlo, sin retractarse, asegurarle de una vez que todo lo que confesó es cierto. Que le gusta un poco más del promedio, que se muere, que va todas las mañanas a visitarlo aunque él no se dé cuenta.
La tienda era pequeña y no llamaba mucho la atención, especialmente desde que habían decidido construir un centro comercial al final de la calle. La mayoría de las personas que se acercaban no terminaban por animarse a comprar ningún ejemplar y preferían utilizar los libros como excusa para quedarse a descansar en los sillones rojos que estaban en los laterales. Era raro que se acabaran los ejemplares, pero sucedía y cada dos o tres meses llegaban cajas nuevas que se almacenaban detrás del mostrador.
La caja había llegado el viernes, en un envío especial que requirió tres firmas y una llamada a la dueña de la tienda para ser entregada. Helga estaba irritada, pero lo dejó pasar porque quería poder abrir el paquete de una buena vez y separar los libros de Kawabata que había ordenado. El cumpleaños de Phoebe se acercaba y la inspiración le había dado la idea perfecta.
—Debería estar por aquí. —Murmuraba para sí misma mientras sacaba los que estaban encima—. Vamos, tiene que estar… Phoebe tiene que morir de felicidad o algo así.
Al final lo encontró, junto a un poemario de Baudelaire y a otro con pinturas del simbolismo de la editorial Taschen. La portada era de azul oscuro, con reflejos de luz que desvanecían en los bordes. Su simpleza era reconfortante y le gustó desde el primer momento. Se quedó un rato viéndolo entre los demás, antes de pasar los dedos por el lomo y alzarlo con cuidado. Olía a nuevo.
—A ti te voy a envolver en la tranquilidad de mi habitación. —Sonrió de medio lado—. Ni siquiera te voy a leer, te voy a reservar para el cumpleaños de una gran amiga. —Se levantó y pateó la caja a un lado, desinteresándose del resto del envío, dejando que las tapas cayeran en la sombra y ocultaran los nuevos ejemplares que debían rellenar los estantes.
Los pasillos siempre eran ruidosos por la mañana, especialmente por la mañana. En la tarde habían demasiados adolescentes huyendo como para que nadie se diera cuenta del sonido. Se arremolinaban junto a los casilleros, en los bebederos, en la entrada de los salones y hasta en el mismo salón de clase, parecía que todo siempre se desbordaba y que todos, hasta los más tímidos, tenían algo qué decir desde temprano.
Helga casi siempre llegaba tarde, unos segundos después de que la campana tocaba y las quejas se convertían en un zumbido constante que moría en el eco de las pisadas apresuradas que despejaban el camino. Atravesaba a la muchedumbre con sus miradas malhumoradas y sus empujones certeros, casi ni se percataba de las exclamaciones de protesta y azotaba las puertas que tenía que azotar para llegar a su destino. Era un aspecto de su personalidad que tampoco había cambiado.
Ya no utilizaba el vestido que la había caracterizado como el terror del cuarto año de primaria entre sus compañeros. Lo había dejado por unos cómodos jeans y una camiseta blanca con franjas anaranjadas en los brazos. El lazo, sin embargo, no había podido quitárselo. Lo conservaba todavía entre las dos coletas rubias que habían integrado su peinado desde siempre, pero lo cubría con una gorra azul que Olga le había comprado para su treceavo cumpleaños. Así, bien escondido, casi ni se acordaba de que lo seguía usando.
—Buenos días, Helga. —Phoebe la saludó y le señaló el puesto que le había reservado—. ¿Qué tal ha estado tu mañana?
—Hey Phoebe. —Le sonrió y tiró su mochila a un lado—. Espantosa, el gran Bob tiene problemas manejando un imperio que se expande como el cinturón de su pantalón. La noche de ayer, sin embargo, ha estado muchísimo mejor. ¿Y tú?
—Encuentro que las clases de japonés avanzado son un desafío motivador. De hecho, quería preguntarte si hay algún libro de gramática en la librería.
—Puedes llevarte los cuatro que nos quedan, te daré un descuento. —Le señaló la puerta—. Ahí viene el profesor, ahora prepárate para tomar notas, Phoebe.
—Por supuesto que sí, Helga. —Dio un respingo, como si recordara de pronto—. Es hoy, ¿verdad?
—Sí. No te preocupes por eso, lo harás bien.
La clase de historia comenzó cuando el profesor cerró la puerta, los saludó y se disculpó por haber llegado tarde. Al parecer una tubería se había roto y los autos tuvieron que ser desviados. El tráfico había sido espantoso, por no decir más, y el educador se veía realmente irritado mientras buscaba tiza en los cajones de su escritorio. Helga lo supo desde que comenzó a escribir fechas en la pizarra, se iba a quedar irremediablemente dormida.
Geografía era un curso interesante, sí. No tenía nada en contra de geografía, mucho mejor que álgebra algunas veces, nunca tan genial como literatura. Incluso había dejado el taller de pintura para anotarse en geografía, seguro que tenía que importarle. Mucho. Pero todo era una gran y gorda mentira, desde el comienzo, desde que escribió su nombre en la lista. Helga G. Pataki no quería. Las pasiones, sin embargo, nos hacen hacer cosas que no queremos. Si el día de las inscripciones no hubiese volteado a la derecha (por puro instinto) quizá no hubiera visto a Arnold anotarse en la clase. Si no lo hubiese visto se estaría divirtiendo en el taller de pintura. Sería genial de hecho, porque ese año la única clase que llevaban juntos era geografía.
Se estaba muriendo de hambre, no estaba prestando atención a la pizarra, luchaba con las ganas inmensas de dormirse y apoyaba el rostro en su palma derecha. Helga estaba sentada en la última fila de la izquierda, la que estaba junto a la ventana. Había descubierto que esa posición le permitía espiar, dormirse, comer, hacer tareas en el último minuto y otras maravillas que seguro descubriría con el tiempo, sin que el profesor se percatara de nada. O al menos eso le gustaba creer.
—Pataki, un strike más y estás fuera. —Le señaló la bolsa de patatas fritas que tenía sobre el regazo y se volteó a seguir dibujando una sección del mapa que estaba terminando—. Ahora, tienen el resto de la clase para copiarlo y poner los nombres de todos los ríos que estoy coloreando. Pueden tomar los libros que he dejado sobre mi escritorio.
Hubo un pequeño alboroto mientras todos intentaban llegar al mismo tiempo. Los susurros eran quejas irritadas y ansiedad por el fin de la clase. Helga no se paró, terminó disimuladamente la última papita de la bolsa y esperó a que Arnold tuviera su turno para coger el material. Había dejado de tratar de encontrarse con él al propósito mucho tiempo atrás. Ahora estaba intentando ignorarlo al propósito, lo cual era teóricamente distinto, pero esencialmente lo mismo.
—Quiero una monografía sobre algún lugar que consideren geográficamente interesante. —El profesor sonrió—. Sí, escojan y apliquen todos los conocimientos que el curso les ha proporcionado hasta ahora. Pueden bajar todo lo que quieran de internet, pero la presentación es oral y se llevará el mayor porcentaje de su nota final. El borrador es para la próxima semana. Éxitos muchachos.
Apenas alcanzó a tomar uno de los libros, el timbre sonó y el profesor volvió a señalar la pizarra. Los que estaban en las primeras filas ya habían guardado todas sus cosas, mientras que algunos del final y del medio se quejaban mientras dibujaban lo más rápido que les daba la muñeca. A Helga no le importaba porque iba a tomarle una fotografía a la pizarra apenas se fuera el último de ellos. Era una indulgencia secreta acordada con el profesor a cambio de su participación activa como ayudante del baile de fin de año.
—Genial.
Curly había entrado un viernes a las seis de la tarde. Se había quedado largo rato en la entrada, como si hubiese olvidado por qué había entrado y se había dirigido directamente al mostrador. Se había bajado los lentes hasta la punta de la nariz y había apoyado el brazo derecho en una pose de matón que lo hacía ver más extraño de lo que ya era.
—Estoy buscando a Moby Dick. Mis intenciones son nobles, se lo aseguro.
—Te creo. En el último estante, sin merodear.
Se había acercado muy despacio, deslizándose en la alfombra con la ballena blanca fuertemente apretada en el pecho. Se aprovechó del ensimismamiento de la vendedora para pararse detrás y leer por sobre el hombro. Helga revisaba pasajes de César Moro en silencio y se emocionaba en los versos más sensuales.
La voz de Curly había sido una interrupción torpe en el curso de su pasión. Se hacía notar en su declamación precipitada y furiosa, en sus movimientos erráticos que añadían pausas con versos completos al poema. Se deshacía en los finales, en las líneas más tenebrosas, jugaba con su entusiasmo lunático que no podía evitar sonreír cuando la miraba.
Helga apretó el puño y se cruzó de brazos, permaneció en una esquina, observando y escuchando con una tranquilidad nunca antes vista. Tenía el ceño fruncido y la boca torcida en un gesto de seriedad absoluta e intimidante. Sus dedos se movían, sin embargo, trazaban en su brazo ritmos desconocidos que coincidían con el eco distractor. Se pretendía molesta porque no se le había ocurrido hacer poesía por encima del ruido.
—Y golpes centelleantes sobre las sienes— avanzaba Curly y se subía a la silla— y la ola que borra las centellas para dejar sobre el tapiz la eterna cuestión de tu mirada…
—¡tu mirada de objeto muerto! —exclamó Helga de pronto, animada por un sentimiento nunca antes experimentado, moviéndose en la habitación.
—¡Tu mirada podrida de flor!— Terminaron al unísono, con la mirada perdida y la diversión bailoteando en las extremidades. Curly sobre la silla y Helga echada en el sofá.
El silencio fue una pausa, un descanso entre conocidos que terminó cuando Helga le ordenó que leyera otro poema. Lo acompañó en los primeros versos y luego sólo lo escuchaba, arrugando el ceño y soltando carcajadas cuando el aliento se le escapaba y el grito varonil se convertía en susurro. Fueron horas interminables de poesía hasta que fue necesario cerrar la tienda.
No lo concertaron de inmediato, pero no fue casualidad que Curly empezara a frecuentar la librería, todos los viernes cuando el crepúsculo se anunciaba en el cielo. Helga lo miraba de reojo y le señalaba el sillón con el índice. Apagaba la radio y le ofrecía el poemario que tuviese abierto en ese momento. Curly lo estudiaba con cuidado, lo leía en silencio y en un momento de inesperada calma, se bajaba los lentes hasta la punta de la nariz y comenzaba a declamar en voz altísima.
Se había hecho una costumbre, esas reuniones no prometidas que se anunciaban con el retintín de una campanilla. Hablaban con los versos, se deshacían del tedio que podía haberlos embargado durante el día y se escuchaban. Con mucha atención, deshaciendo las palabras conocidas, escabulléndose en las sutilezas, nadando en el eco de las obviedades más cantadas y dolorosas.
Phoebe los encontró de pura casualidad, un día en el que se le ocurrió la posibilidad de sorprender a Helga. Entró con algunas revistas bajo el brazo y una sonrisa en el rostro. Lo que encontró, sin embargo, la dejó estupefacta. Helga y Curly eran extraños en su normalidad, incluso cuando parecía que podía acostumbrarse a sus destacadas muestras de espontaneidad, creaban maneras de sorprender al resto.
Nunca le contaron exactamente cómo había ocurrido. Ni siquiera cuando trató de sonsacarlo con preguntas certeras y una mirada limpia y directa. Ignoraron todos sus cuestionamientos y la invitaron a ocupar el sofá más grande mientras se acomodaban al frente, de pie y con libros abiertos en las manos. Le recitaron todo lo que pudieron, manteniendo su posición, pero gesticulando con todo el cuerpo. Parecía que habían practicado hasta los errores y le pidieron una apreciación al final.
Phoebe había sido aceptada, principalmente, porque había aplaudido en el último poema y les había sugerido que incluyeran narraciones. Algunos capítulos que podrían avanzar con el tiempo y que expandirían los diálogos que habían desarrollado. Asintieron inmediatamente, cerrando los libros y sentándose uno a cada lado.
—Parece que lo has entendido de inmediato.
—¿Existe alguna posibilidad de excusa?
—Me temo que no Heyerdahl. No hay pases gratis, ni siquiera para los mejores amigos.
—¿Y si, no sé, me negara?
—Ambas sabemos que eso no pasará.
—Podría, algún día te sorprenderé Helga.
—Lo harás, Phoebs.
Se paró en una tarima que Curly había improvisado al lado del mostrador. Había hecho actuaciones parecidas cientos de veces, con audiencias más grandes, en escenarios mejor preparados y sin papeles en la mano. Faltaba todavía media hora para que Helga cerrara la tienda y para que Curly regresara con bolsas de comida en cada mano. Se sentía nerviosa y se convencía a cada momento de que había escogido el poema adecuado.
Helga estaba agachada junto a uno de los estantes más alejados de la puerta, ordenando libros y haciendo espacio para los que habían llegado mientras refunfuñaba irritada. Phoebe la miraba con curiosidad, apretando las manos y rogando por encontrar algo interesante qué decir. Deseaba distraer la tensión y acostumbrarse a estar apenas unos centímetros por encima del suelo.
—¿Te pasa algo, Helga?
—¿Qué? —La miro con disgusto y se rascó la nariz—. No, no es nada. Siempre que vienen a mirar dejan los libros en algún otro lugar y nunca sé si realmente los compraron o sólo estoy ordenando más ejemplares de Mujercitas por las puras.
—Estoy segura que en este mes se acabaran todos.
—No me digas.
—Sé que muchas chicas en la escuela lo quieren.
—Bienvenidas sean. —Sonrió sarcástica—. Adviérteles que las estrangularé si entran y no compran nada.
—No es una gran forma de atraer clientes, ¿no te parece?
—Yo no quiero clientes, quiero lectores.
—Víctimas.
—Ah, Phoebe… —Se interrumpió, sin embargo, cuando leyó la tapa de un libro que acababa de sacar de una gran caja.
—¿Helga?
Un mechón se escapaba de la gorra y envolvía su ojo derecho en sombras inciertas. Tenía el rostro vuelto hacia Phoebe, pero su mirada se detenía en lo que acaba de descubrir en sus manos. Parecía triste mientras examinaba el contenido con cuidado, pasando las hojas con lentitud y deteniéndose a leer en silencio. Sus hombros se habían rendido en un gesto tímido, tan diferente de lo normal. Quiso hablarle, pero no se le ocurría nada inteligente con qué interrumpirla. Algo estaba mal, estaba sucediendo delante de ella y se sentía como un presentimiento terrible.
Al final separó el libro. Lo dejó en el suelo mientras terminaba de ordenar los otros. Parecía luchar consigo misma cada vez que lo miraba de reojo. Se arrepentía y suspiraba enojada. Helga se veía tan cansada, como si no hubiese dormido, como si la temeridad se le hubiese agotado. A Phoebe le dieron más nervios y no se atrevió a mirar el reloj.
Curly entró haciendo mucho ruido y murmurando algo sobre una venganza. Helga rodó los ojos y Phoebe lo miró con sospecha. Dejó las bolsas de comida sobre el mostrador y repartió las bebidas que había comprado. Se veía ansioso mientras rebuscaba en los bolsillos de su pantalón. Sólo hasta que encontró la hoja que había perdido les anunció que ya era hora de comenzar. Helga cerró la puerta y colgó el cartel de cerrado, corrió las cortinas de la ventana y se lanzó en el sillón delante de su mejor amiga.
—Muy bien Heyerdahl. —Curly se cruzó de brazos—. Te escuchamos.
[Siempre que, a la caída de la noche, atravieso
por donde ramas entrelazadas impiden la entrada del brillante rayo de luna
el triste desaliento mis meditaciones asusta
y frunce el entrecejo para alejar la hermosa alegría
asoma con los rayos de luna por el techo de hojas
y mantén muy alejado a ese feroz desaliento]
—A la esperanza. —Dijo Helga.
—Excelente elección, Phoebe. —La susodicha parpadeó confundida cuando escuchó su nombre en esa voz grave.
Tiene a Eliot, a Whitman y a Borges acumulándose en su casillero. Se molesta cuando se da cuenta que ha pasado casi dos días sin poder leerlos. Le sorprende también, porque normalmente siempre tiene tiempo para leer. Le da un poco de vergüenza pasar su mano por encima y coger el libro de química que necesita, mientras deja que su palma acaricie las cubiertas con añoranza. No está para nada bien. Cierra la puerta de su casillero con reverencia y algo que descubre como remordimiento. Se da la vuelta y la ve venir.
Lila siempre abraza sus libros cuando camina, parece que los quiere proteger del viento mientras se protege a sí misma. Ya no usa trenzas, ahora utiliza las cintas para amarrar el cabello rojo brillante en una cola alta que no coge todos los mechones. Su rostro es redondo, pálido, lleno de pecas que hacen un puente sobre su nariz respingona. Sonríe todo el tiempo, pero sus músculos no parecen tiesos (es genuino buen humor) y siempre está lista para soltar una carcajada.
Helga se irrita por muchas cosas. Por la sonrisa, por Lila, por su propia irritación. Por la sonrisa sobretodo. Le gustaría acercarse y hacer lo que hacía de niña, necesitaba un remarque sarcástico, la empujaría un poco, controlaría todo con muestras de poder y de miedo, se dominaría. No iba a funcionar, la sonrisa seguiría ahí, en medio del pasillo, llenando de buen humor el ambiente. Apretó los puños hasta que sus yemas se doblaron en la punta de la tapa del libro. Le dolía el estómago. Un escalofrío le recorre la espalda.
Va rápido porque su clase está por empezar, va rápido porque el pasillo es largo, va rápido porque quiere decirle a Phoebe que todavía no ha estudiado para el examen de historia, va rápido porque tiene sed y quiere hacer una parada en el bebedero, va rápido porque se siente torpe, va rápido porque está huyendo y no se soporta mientras observa todo desde lejos. La mueve su rabia, pero es el miedo lo que la devora cuando escucha que Lila está conversando. Se controla, se siente menos presionada cuando dobla la esquina y los murmullos incomprensibles se encienden en sus orejas.
Buenos días, Lila. Todo lo que necesita es olvidarse del eco, todo lo que tiene que hacer es concentrar su fuerza, todo lo que tiene que hacer es decirlo. Buenos días, Lila. Se acabará. Buenos días, Lila. Entonces sólo se escuchará a sí misma diciéndolo. Buenos días, Lila.
Phoebe no suele pedirle favores. Ese lunes, sin embargo, la ha detenido de camino al baño y le ha pedido que la espere para irse juntas a la librería. Quería decirle que no, que se sentía incómoda en la entrada del colegio, que prefería marcharse rápido, que tenía muchas cosas que hacer y no pudo. La morena la miró con seriedad y con esa amabilidad delicada que arqueaba sus cejas cuando pedía un favor. Ni siquiera pudo verbalizar su afirmación, se limitó a asentir ligeramente y a preguntarse qué habría provocado una petición tan solemne.
De buena gana se hubiese sentado cerca al bote de basura. Sólo de esa forma particular en la que las sombras le daban privacidad y la distancia le proporcionaba aire libre de la putrefacción. Pero eso no era un paso adelante, era una inmovilidad en una Helga que había transformado, un lugar nostálgico sobre el que a veces escribía. Se sentó en uno de los barandales blancos de la entrada, con la mochila abrazada y la expresión aburrida.
—Hey Hel… Pataki. — No lo reconoció de inmediato, fue extraño porque lo veía todos los días, se preguntó si no se habría equivocado de Pataki. Le lanzó una larga mirada y cuando se percató de su incomodidad su gesto se volvió malicioso, el otro pareció notarlo porque se tensó de inmediato y se alejó un paso—. ¿Cómo estás?
—Acaba con la mierda, Johanssen. ¿Qué quieres? —El aludido arrugó el ceño y apretó los labios, parecía estar haciendo un gran esfuerzo por no contestar con la misma rudeza.
—Necesito un favor.
—Me lo imaginaba. —Dejó su mochila a un lado y se apoyó en su mano derecha—. Te dejaré pedirlo porque has despertado mi curiosidad.
—Olvídalo, Pataki. —Gerald se dio la vuelta y Helga se rió.
—Es sobre Phoebe, ¿verdad? —El moreno se detuvo en seco y Helga se felicitó por su victoria fácil. Esperó con paciencia, segura de que la incertidumbre no duraría mucho tiempo.
—¿Quién te dijo?
—¿Tú quién crees? —Fingió seriedad—. Phoebe.
—¡¿Qué? —Sus cejas se habían alzado en un gesto de incredulidad espeluznante, parecía asustado mientras sudaba y sus ojos le suplicaban por algo más de información.
—Relájate Geraldo. —Lo apuntó con el índice—. No sabe nada, todavía.
—¿Todavía?
—Creo que Phoebe puede salir con chicos más guapos que tú. No seré yo quien vaya y cuente tu no tan pequeño secreto.
—De hecho piensas que soy apuesto. —Arrugó el ceño—. Esto es tan raro.
—O podría simplemente dejar que toda la escuela se entere mañana, ¿qué te parece?
—Esto es tan incómodo para ti como lo es para mí. Sólo deja que lo pida y me iré, ¿está bien?
—Esto es incómodo sólo para ti. Yo me estoy divirtiendo bastante. —Se cruzó de brazos—. ¿En qué puedo ayudar a mi estrella de básquetbol favorita?
—Me gustaría empezar diciendo que sólo te lo estoy pidiendo porque eres la mejor amiga de Phoebe. Además, quiero aclarar que es una relación que no comprendo en lo absoluto.
—Eres tan dramático, predecible y me estás aburriendo.
—Tú eres sarcástica, predecible y me estás irritando.
—Helga Pataki irritando a Gerald Johanssen. —Rodó los ojos—. Soy genial.
Tenía puesta la emisora de jazz y Ella Fitzgerald se deslizaba en notas graves que hacían el café cargado, irresistible. Cigarrillos al lado del café mientras se perdía en las habitaciones de la casa, su voz era el eco que recorría los rincones, el piano avanzaba en las pisadas solitarias, Ella estaba sola y bebía para mantenerse despierta. Le gustaba esa canción, sólo tenía que cerrar los ojos y podía ver las letras como en un autocine. Tendría que ir a comprar discos de vinilo uno de estos días. Necesitaba un disco de vinilo para dejar que Ella cantara.
Alzó su muñeca y su reloj le advirtió que Gerald estaba tardando más de lo que habían convenido. No le preocupaba, pero tenía algunos asuntos que terminar antes de que llegara la noche y quería marcharse de inmediato. Dejó que Ella terminara su última nota y se bajó del viejo auto que su abuelo le permitía usar los días de semana. Cerró la puerta con cuidado y balanceó las llaves en sus dedos mientras avanzaba por el estacionamiento y entraba al pequeño patio al lado de las canchas básquet.
Era una tarde calurosa, cubierta por nubes gruesas que apenas dejaban escapar los rayos del sol. Tenía la ropa pegoteada al cuerpo y el rostro escurriéndose en el bochorno del clima inusual. El packard no tenía aire acondicionado, pero estaba más fresco. Cuando ingresó al pasillo soltó un suspiro largo y buscó a Gerald con la mirada. Le tomó un largo rato descubrir que no estaba en ningún lugar habitual dentro de las instalaciones de la escuela. Un poco más irritado que curioso decidió dar una última vuelta por la entrada antes de decidir marcharse solo. Distinguió su cabello a través de los cristales de la puerta y arrugó el ceño. Probablemente se habría quedado conversando con alguna de las porristas.
Helga Pataki estaba apoyada en el barandal de la entrada, con la mochila colgada en el hombro derecho y la mano izquierda en su cintura. Sonreía en una mueca maliciosa, le brillaban los ojos y el cabello se le desordenaba alrededor del rostro. No se veía cruel en lo absoluto y la pose relajada parecía burlarse del día caluroso. Siempre era extraño verla sin el ceño fruncido en molestia, con los puños apretados y los hombros tensos, como si estuviera lista a lanzar el primer golpe.
Abrió la puerta con cuidado y curiosidad creciente, no era en absoluto natural que Gerald estuviera hablando tan tranquilamente con Helga. Se pregunta, mientras avanzaba, si habrían estado conversando todo este tiempo. Se preguntaba también, si eran conversaciones secretas habituales o sólo una casualidad muy rara. Habían tantas cosas qué preguntar de esa situación y presentía que no le iban a contestar de inmediato.
—¿Gerald? —Llamó en voz alta y sospechó del silencio incómodo que se instaló de inmediato.
—Hey… Arnold. —Contestó incómodo—. Creí que nos íbamos a encontrar en el estacionamiento, viejo.
—Sí, seguro que sí, hace cuarenta minutos. —Su respuesta fue más una broma que un remarque sarcástico.
—¡¿Qué? —El moreno revisó su reloj y se pasó una mano por el afro en un gesto de sorpresa—. Perdona, Arnold. No me di cuenta.
—Está bien, pero hoy tengo que llegar temprano.
—¿No sabes saludar, zopenco? —Helga se acomodaba la mochila y parecía lista para marcharse—. Ahí viene Phoebe y yo me tengo que ir.
—¡No, espera! —Gerald sonó desesperado. Tomó a Helga del brazo y se acercó para susurrarle al oído.
—¡De lejos, Johanssen! —Lo empujó Helga y se limpió el oído con el índice—. ¿Me quieres dejar sorda o qué?
—Disculpa, Helga. ¡Necesito que me hagas el favor!
—Sí, sí, ya entendí, no mojes tu pantalón. —Le lanzó una mirada burlona—. Espero que sepas que esto te costara un gran favor. Muy, muy, grande.
—Lo sé. No importa.
—Perfecto. Te veo luego.
—Adiós Helga. —Se despidieron Arnold y Gerald al unísono, pero la rubia ya se había marchado.
Arnold tomó hojas de hierba entre sus manos, pasó los dedos por la cubierta plastificada y se fijó con mucho cuidado en la contraportada. Era una edición nueva, barata y aparentemente confiable. Había visto el libro de casualidad, mientras se paseaba por las calles en busca de alguna tienda de vinilos. Se acercó al mostrador y se alegró de que la fila no fuera tan larga. Sólo cuando faltaba una persona para llegar a la caja, se acordó que había hecho una especie de promesa comercial en algún otro lado. Le tomó un rato recordar dónde, y cuando lo hizo, no pudo evitar abrir los ojos en terror absoluto.
Tenía un trato con Helga. Era vergonzoso sí, pero no pudo evitar tragar con dificultad cuando pensó en la posibilidad de que la rubia se enterara de que había adquirido el libro en cualquier otro lugar. Escalofríos, decenas de ellos, mientras se apresuraba a dejar el libro en el estante del que lo había recogido.
Volvió sobre sus pasos y se apresuró a ir a la pequeña librería blanca. No le sorprendió que la música lo recibiera unos metros antes de girar la perilla y hacer sonar la campanilla aguda. La radio estaba muy alta, dejando que los Beatles cantaran en ánimo delincuente y le llenaran el cuerpo de energía.
t's been a hard day's night, and I've been working like a dog
It's been a hard day's night, I should be sleeping like a log
But when I get home to you I find the things that you do
Will make me feel alright
Arnold tatareaba la letra en voz baja y se paseaba por los pasillos buscando a Helga. Se distrajo un poco curioseando los lomos de los libros y no entendía muy bien cómo podía demorar tanto en encontrar a alguien en una tienda tan pequeña. Casi se tropieza con una caja enorme que encontró en el camino y Helga lo asustó cuando le puso una mano en el hombro.
—¿Qué crees que estás haciendo, cabeza de balón?
—¡Helga!
—Ya sé que soy increíble Arnoldo, pero tu mirada sorprendida está comenzando a aburrirme. —Lo empujó un poco y recogió la caja—. ¿Qué buscas?
—¿Tengo que recordarte que soy un cliente?
—No me digas. —Sonrió complacida—. Si ya sabes qué libro quieres no andes merodeando. Te podría golpear.
—Er… entonces, ¿lo tienes?
—Sí. Lo tengo. —Rodó los ojos—. Aunque sigo sin estar segura de entregártelo.
—¿Qué quieres decir?
—¿Estarás preparado?
—Véndemelo de una vez, Pataki.
Helga le lanzó una mirada de advertencia antes de desaparecer entre los pasillos, nuevamente. Arnold se acomodó en uno de los sillones y se permitió tomar el poemario que estaba sobre uno de los cojines. Se llamaba la tortuga ecuestre y era de un tal César Moro. Estaba subrayado en casi todas las páginas, tenía anotaciones en lápiz y hojas separando los poemas. Se detuvo en el que estaba más marcado y leyó en silencio.
[OH FUROR EL ALBA SE DESPRENDE DE TUS LABIOS
Vuelves en la nube y el aliento
Sobre la ciudad dormida
Golpeas a mi ventana sobre el mar
A mi ventana sobre el sol y la luna
A mi ventana de nubes
A mi ventana de senos sobre frutos ácidos
Ventana de espuma y sombra
Ventana de oleaje
Sobre altas mareas vuelven los peñascos en delirio y la alucinación precisa detu frente
(…)
Yo pertenezco a la sombra y envuelto en sombra yazgo sobre un lecho de lumbre]
—Esto es mío. —Helga le arrebató el poemario y lo miró con rudeza—. Nunca, nunca, nunca toques mis libros. ¿Está claro?
—Es sólo un libro, Helga. Deberías compartir lo que crees que es bueno.
—Soy egoísta, agresiva y te puedo hacer polvo. Nunca toques mis libros. —Le entregó hojas de hierba—. Serán $15.50 y le regalaremos un separador de hojas. Gracias por su compra.
Helga no había cambiado mucho, quizá la gorra azul que usaba sobre las coletas, quizá la camiseta con franjas anaranjadas, quizá los jeans desgastados que se desprendían en la vasta o quizá las zapatillas rojas que tenían los cordones desatados. Arnold no podía dejar de interesarse, incluso cuando sabía que era peligroso aventurarse más allá de los límites.
Continuará.
He cambiado este capítulo un millón de veces, por eso me demoré tanto. Lo siento. Con el siguiente será más fácil. Muchas gracias por sus reviews, espero que la historia les guste y cualquier duda que tengan me la hacen llegar.
Contestaré por aquí sólo por review anónimos. Muchas gracias a todos los que comentaron :)
Naty. Espero que ahora lo hayas entendido mejor. Los siguientes capítulos estarán mejor organizados. Gracias por tu review.
Anillus. ¡Una seguidora! Lamento haber tardado tanto con el capítulo. Espero que te haya gustado. Te doy la razón, el amor/odio es genial.
Ariel. Los milagros pasan, me alegra que te guste bitch. Nos vemos pronto.
Lorena. Thank you, i hope you find the story line somehow nice. See you son.
Ha4ever. Aquí estoy, nos vemos pronto.
