THE SHINING IN THE DARK
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Stephenie Meyer. Esto es algo que solo dio mi loca imaginación.
CAPITULO I
Primer Encuentro
Mi madre y hermanos me llevaron al aeropuerto. Viajábamos con las ventanillas del coche semi-abiertas. En Rochester, Nueva york hacia un clima cálido y muy agradable para pasear. De hecho, para cualquiera que observara a lo lejos parecía que eso es lo que estaban haciendo, sin embargo, para quienes se acercaran a menos de dos metros de distancia sabrían que no era así. Pues en el ambiente se sentía una clara tensión.
La tensión y claro, el pequeño detalle que yo sabía, que me había puesto mi blusa favorita, de color morado obscuro, de mangas cortas con pequeños botones que simulaban ser diamantes al frente, además de unos pantalones de pitillo en color azul obscuro y mis zapatos Jimmy Choo favoritos a manera de despedida. Mi equipaje de mano: Un impermeable.
En la Península de Olympic, al noreste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks, cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve más que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos. Mi madre se había negado a vivir allí, así que, cuando papa tuvo que mudarse allí, cuando ella alego tener no muy buenos recuerdos del lugar, motivo por el cual terminaron divorciándose.
Sin embargo, yo si tenía buenos recuerdos del lugar, pues, cuando pequeña, yo me había visto obligada a ir allí, a casa de los abuelos, hasta que ellos habían muerto cuando yo tenía catorce años.
Y ahora, me exiliaba a Forks, en un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar, o más bien, me dolía, pues extrañaba mucho a mis abuelos.
Adoraba Rochester. Adoraba el agradable clima en primavera-verano y, quizás, solamente quizás un poco el otoño. Amaba el sol, sentir el calor abrazador sobre mi piel; pero sobre todo, la cercanía de mi verdadero objetivo: Nueva York, más específicamente la 5ta. Avenida y sus boutiques. Amaba sentir la vitalidad de la ciudad que se extendía en todas direcciones.
-Rose –me dijo mi mama por enésima vez antes de subir al avión-, no tienes porque hacerlo. Podrías… ¡Pero corte su discurso con una mirada!
Mi madre y yo jamás habíamos mantenido una buena relación, teníamos por llamarlo de alguna manera incompatibilidad de caracteres. O por lo menos eso solía decir mi adorada abuela. Mi abuela a menudo me recordaba que, pese a que me parecía a mi madre éramos totalmente opuestas, ya que, yo si era una rubia natural y no peli teñida y a diferencia de mi madre, yo si tenía los ojos azules, casi violetas como los suyos y no eran simples lentes de contacto; e incluso en el carácter. Ahora que la observaba, era cierto lo del parecido salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando contemple abiertos completamente sus ojos suplicándome perdón, mismos que reflejaban dolor y cierta angustia. Me cuestione por un momento el ¿Perdonarla?, pues yo era solo su hija y sabia que no tenía derecho a reclamarle absolutamente nada, sin embargo, ella me había hecho mucho daño, al alejarme de mi mundo, de mi vida, de mi ambiente, sin embargo yo no le guardaba el menor resentimiento pues a pesar de todo había obtenido algo que había deseado: sentirme como en familia, pero ella lo destruyo todo. Ella se había casado con Andrew –un buen tipo, lo admito, que nos quería a mis hermanos y a mí, por supuesto-, pero yo lo odiaba. Lo odiaba pues él se había llevado mi última esperanza. La esperanza de que mis padres estuvieran juntos nuevamente. Aun así, no dejaba de sentir un poco de tristeza y remordimiento…
-Es que quiero ir –le asegure. Cosa que no era –por irónico que parezca- una mentira; pues deseaba sentirme segura y protegida en los brazos de mi padre.
-Saluda a George de mi parte –dijo mi madre con resignación.
-Sí, lo hare.
-Te veré pronto. –Insistió-. Puedes regresar a casa cuando quieras. Vuelve tan pronto como lo necesites.
-No te preocupes por mí. –Le respondí altiva y orgullosa. En este instante no me iba a derrumbar, no ahora. –Todo irá estupendamente. Te quiero mama, los amo peques.
Ella me abrazo fuertemente y no supe, si el abrazo de era sincero o era simplemente por cumplir. Aunque lo deje pasar.
Mis pequeños hermanitos me abrazaron fuertemente unos minutos; luego de que subí al avión ellos se fueron.
Para llegar a Forks aun tenía por delante un vuelo de Nueva York a Seattle y de allí una hora más en avioneta a Port Angeles y una hora más en coche hasta Forks. No me desagradaba volar, por el contrario amaba los viajes, aunque este en particular presentía seria uno de no retorno; sin embargo, me preocupaba el viaje en coche con mi papi; pues temía derrumbarme.
Lo cierto es que George, mi padre había aceptado bastante bien aquello. El parecía realmente complacido de que me fuera a vivir con el permanentemente. De hecho, ya me había inscrito en la escuela y había hecho espacio en su cochera para mi BMW M3 descapotable en color rojo, mi favorito, y regalo de mis dulces dieciséis.
Pero estaba convencida de sentirme incomoda, pues mi papi me adoraba por ser su única nenita; lo cual a su vez traía grandes desventajas; pues me conocía perfectamente y sentía miedo de que él fuera capaz de ver mi verdadero motivo para huir de Rochester, mi verdadero temor. Si bien era cierto, que en Forks pase la mayoría de mi infancia, en los últimos años me negué a regresar a este lugar. Sabía que mi decisión de regresar hacia que mi papi se sintiera un poco confuso, pues, a decir verdad desde que los abuelos habían muerto yo me había negado rotundamente a volver a este lugar.
Estaba lloviendo cuando el avión aterrizo en Port Angeles. No lo considere un presagio, simplemente era inevitable. Ya me había despedido del clima cálido.
Papa me esperaba en el Masseratti, lo cual no me extraño. Papá era un excelente Abogado, y pese a que también sufría exilio voluntario en Forks, viajaba constantemente a Seattle, Olympia y Nueva York. Este ultimo más bien, para visitarnos a mis hermanos y a mí.
En cuanto baje del avión, mi papi me recibió con un efusivo abrazo y unas pocas palabras de bienvenida.
-Me alegro de verte Lillie –dijo con una amplia sonrisa dibujada en su rostro, al tiempo que me sostenía fuertemente mientras yo sonreía. -¿Cómo está Susan? Y ¿Jonathan y Linton?
-Ellos están bien. Yo también me alegro de verte papi.
Traía pocas maletas, pues un equipo de mudanza ya se había encargado de trasladar mis cosas de Rochester aquí. A pesar de ello, un par de días antes decidí ir de compras de último minuto a Nueva York, las cuales cubrían básicamente las pocas maletas que traía conmigo. Todo el equipaje cupo fácilmente en el Masseratti.
Tu coche ya se encuentra en la cochera –anuncio una vez que nos habíamos puesto los cinturones de seguridad.
-Esa es una buena noticia. –Lo sé. –respondió papá. Se cuanto amas tu coche, aunque quizás deberías llevarlo al taller para verificar las condiciones en las que llego.
-De eso nada. –Respondí. Yo misma lo checare; sabes que no permitiría que nadie le pusiera un dedo encima. Es mi bebe y sabes que estudie mecánica automotriz. Para poder cuidar yo misma mi coche.
-Está bien princesa. Respondió papá. Aunque pude observar cierta desaprobación en su tono de voz así como en su rostro.
Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en Forks, pues el dolor de haberlos perdido aun calaba hondo; pero papá no tendría porque sufrir las consecuencias acerca de mi estado de ánimo. Quizás, tal vez, por esta vez papá lo dejo pasar y no me reprocho absolutamente nada
-Está bien princesa, sabes que haría cualquier cosa porque seas feliz. Eres bienvenida. Te extrañaba.
Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre cosas triviales y unos pocos mas sobre el clima, el cual era húmedo y básicamente esa fue toda la conversación. Mire por las ventanillas en silencio. Papá no hizo más comentarios. Intuyendo quizás que necesitaba paz y tranquilidad para adaptarme nuevamente al lugar.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era tal y como lo recordaba. Todo era de color verde: los arboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de las ramas que colgaba de las mismas, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de verdor.
Era demasiado verde, un planeta alienígeno, pero por alguna razón, me sentía feliz, volvía a mi hogar.
Finalmente llegamos a la casa de papá. Vivía en una hermosa casa de dos plantas. La conocía a la perfección; pues era la casa que había heredado de los abuelos. Sonreí al encontrarme frente al porche que se encontraba flanqueado por dos grandes abetos.
Mi sonrisa se amplió aun mas cuando me di cuenta que en lugar del columpio de madera había uno nuevo. Uno metálico con un hermoso dosel pintado en color blanco y adornado por bellos cojines.
-¡Gracias papi!
-Me alegro de que te haya gustado –respondió. Era una pequeña sorpresa, pues se cuanto amas los columpios; está colocado allí para que lo vieras en cuanto llegáramos; pero su lugar es dentro del pórtico.
E&R
Papá me ayudo a subir el resto de mi equipaje al primer piso. El llevarla hasta allí nos tomo solo dos viajes. Tenía la habitación de la cara oeste, la que daba al patio delantero. Conocía bien la habitación. Había sido la mía prácticamente desde que los abuelos se enteraron del embarazo de mi madre; más bien, desde que supieron que era una niña. –Fue esa la única época en la que mamá pudo disfrutar de esa casa-. El suelo de la habitación era de madera, las paredes habían sido pintadas nuevamente; esta vez el color era un tono rosado con un ligero toque en color morado, mi favorito, y algunas pequeñas cenefas. El techo era de dos aguas y las cortinas, como cada año habían sido reemplazadas por unas que fueran a juego con el color de la habitación y la recamara. Por el ventanal se podía observar perfectamente el exterior; la casa estaba cerca del bosque, alejada del bullicio, así que, cuando pequeña solía imaginarme ser la princesa encerrada en un castillo esperando ser rescatada por un príncipe azul… Todo aquello formaba parte de mi infancia. Aunque los cambios eran notorios. Pues a medida que iba creciendo mis abuelos habían insistido en ampliar más la habitación, así que, técnicamente había obtenido dos habitaciones en lugar de una. En la habitación había una hermosa recamara con dosel y cortinas de encaje; los abuelos solían decir que era la imitación de la recamara de una princesa, o de sherezada.
Desde pequeña siempre fui tratada como una princesa, pues tanto mis abuelos como mi padre habían deseado una niña en aquella casa, una hija y una hermana respectivamente, no había nada que yo pudiera desear que no obtuviera, siempre estuve mimada y consentida.
Al lado de la cama se encontraban unos buros adornados con pequeñas lámparas. Al frente tenía una televisión de plasma y un teatro en casa, así como un equipo de sonido de última tecnología, de lado izquierdo tenía una pequeña sala de estar; en ella me sentaba a conversar con la abuela por horas, mientras tomábamos un poco de té; a un costado se encontraba también un escritorio con una lamparilla nocturna con mi laptop sobre él, tenía la comodidad de contar además con internet inalámbrico y mi línea de teléfono privada. Frente al escritorio se encontraba también un estante con mis libros favoritos ya ordenados. Al fondo de la habitación se encontraba también el baño, en el cual coloque mi neceser.
Una vez que hubimos terminado de subir mi equipaje, mi padre me dejo instalarme, arguyendo que tenía que realizar algunas llamadas por cosas de trabajo o algo así. Resultaba genial estar sola, sin el bullicio que armaban mis pequeños hermanos, además de no tener que sonreír ni mostrar buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar a través del ventanal la cortina de lluvia con desaliento y poder derramar algunas lagrimas. No estaba de humor para llorar largo y tendido. Además no quería recordar la verdadera razón de mi exilio. Eso podría esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al día siguiente.
La insignificante matricula de estudiantes de la escuela de Forks era de trescientos cuarenta y siete ahora trescientos cuarenta y ocho. Solamente en mi internado en Nueva York éramos más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Eso era una cosa que me inspiraba verdadero terror. No pude evitar una mueca de desagrado mental. Convivir con el mismo tipo de gente por siempre. Yo sería la chica nueva que, si bien venia de un lugar pequeño, había vivido prácticamente en la gran ciudad. Estaba acostumbrada a asistir a grandes eventos y aquí simplemente eso no podría ser.
Por la noche, me sumergí en mis recuerdos, debido a que la lluvia no me había permitido dormir, recordé como mis abuelos habían insistido en costear mi educación; según decían ellos, yo debía crecer a la altura de sus expectativas, por lo que, me habían enviado al internado en el que habían educado a mi abuela, según me explicaron todas las mujeres de nuestra familia y la mayoría de los varones habían asistido a ese instituto, de hecho, allí se había educado mi abuela y exceptuando a mi madre, todos los Hale habían encontrado allí a su futura esposa. Cuando mis abuelos vivían me habían inculcado a aspirar solo a lo mejor y, técnicamente hasta ese lamentable suceso lo había tenido.
Recordé como mi madre me había obligado a cambiar de ambiente tan drásticamente. Cuando los abuelos habían muerto, ella me había obligado a asistir a una escuela estatal, justo como lo hacían mis hermanos, tuve que dejar Nueva York y sus maravillosos lugares, para ir a Rochester, mi padre había evitado que yo regresara allí al menos por un año, permitiéndome permanecer en Nueva York, pues según dijo, para mi decimo quinto cumpleaños, y debido a mi buen rendimiento escolar, mis abuelos habían pagado ya, un año en el Centro de Artes Escénicas y Musicales más prestigiado de Nueva York, sin embargo yo sabía que no era así, que había sido mi padre quien había hecho todos los trámites para que yo ingresara a ese centro de estudios, pues él quería aminorar el dolor por su perdida, y me había dicho que permanecer cerca de las cosas que amaba me ayudaría, así que, por un año me olvide de todo mi dolor, y me concentre en concentre en aprender lo que realmente amaba: La música en su modalidad de piano y canto, así como en pintura.
Fue así que, cuando tenía dieciséis y sin un pretexto para permanecer en la ciudad, había regresado a Rochester, atrasada en un curso y, dos años después, estaba nuevamente en Forks, para revivir nuevamente el terror de asistir a una escuela estatal.
Cuando estuve en Rochester no todo fue tan malo, ya estaba acostumbrada a tener sobre mi todas las miradas, lo que me facilito en cierto modo, el lograr ser la líder de mi equipo de porristas y lograr destacar en algunos otros aspectos.
Tenía perfectamente claro cómo vestirme y como maquillarme para resaltar a cualquier lugar que asistiera. Tenía a mi favor mi piel blanca como el marfil y mis hermosos ojos azules, casi violetas, como solía decirme Royce, mi novio y mi hermoso cabello largo que caía en caireles de hebras doradas, tenia además una silueta perfecta debido a mi atlética condición, era, como solía decir mi abuela una autentica muñequita de porcelana, su más preciada y perfecta pieza.
Después de colocar la última prenda en el placard, el cual había sido agrandado, me dirigí al baño para asearme antes de la cena. Contemple mi rostro y mi cuerpo una vez más en el baño y no pude evitar que una lagrima rodara por mi rostro al lamentarme de algo que, de cualquier manera no podía ser. Puede que fuese bonita, segura y popular, pero eso no aliviaba el dolor que había causado la noticia que el doctor me había dado. Mientras me enfrentaba a la pálida imagen que me devolvía el espejo recupere la compostura y la altivez; después de todo, podía engañar a cualquiera y ocultarle mi verdadero dolor. Con una mueca, que pretendía ser una sonrisa salí del cuarto de baño para enfrentarme a mi realidad.
Sintonizaba bien con la gente de mi edad. Lo cual, era un punto clave para seguir siendo como hasta hace poco.
E&R
Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando deje de llorar, después de sentir que les había fallado a todos. El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo.
Me tape la cabeza con los cobertores y el edredón al tiempo que encendí la calefacción buscando un poco de calor para dormir, pero no conseguí conciliar el sueño hasta antes de la media noche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un ligero chipi-chipi.
A la mañana siguiente, lo único que veía a través del ventanal era una densa niebla, y sentí que la claustrofobia se apoderaba de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula.
El desayuno con mi padre se desarrollo en silencio. Me deseo suerte en la escuela y me animo un poco diciéndome que ya ansiaba verme con mi uniforme de capitana de porristas, por lo cual le di las gracias con mi nuevo objetivo en mente.
Papá salió rumbo a Seattle por cuestiones de trabajo asegurándome que estaría de vuelta para la cena. Examine la cocina después de que él se fue. Esta también había sufrido cambios drásticos, pues había sido remodelada y convertida en una de última tecnología, el cambio más notable era que había quitado el horno de piedra que tanto le gustaba a la abuela. El cambio me pareció innecesario, pues papá casi nunca comía en casa.
Me dirigí a la sala y allí, sobre la chimenea, encontré más fotografías. Una de ellas, la que más nostalgia me produjo, fue la del matrimonio de papá y mamá en Las Vegas; boda que mis abuelos no aprobaban y motivo por el cual habían desheredado a mi padre hasta poco antes de mi nacimiento, seguida ahora si, por una sucesión de fotos, mías en su mayoría, que relataban mi niñez y casi la mayor parte de mi adolescencia, así como algunas de mis hermanos. Las mías, eran las que más resaltaban, pues fueron mis abuelos quienes se habían encargado de anexarlas año con año. Observando ese cuadro me sentí un tanto afortunada y desdichada. Afortunada pues me hacían sentir en cierto modo, la calidez y el cariño de mis abuelos y, desdichada pues esa escena me recordaba tanto las palabras de mis abuelos "eres lo único bueno que resulto de ese absurdo matrimonio…"
Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que mis abuelos solo nos querían a mi padre y a mí en sus vidas, de cierta forma, era doloroso darse cuenta de que para ellos, tanto mi madre como mis hermanos eran solamente un accesorio que podía desecharse de sus vidas. Repentinamente me sentí incomoda, pues sabía que las fotos de mis hermanos las había agregado papá.
No quería llegar muy temprano, ni muy tarde a la escuela, sin embargo, debido a la asfixia que sentía, tome mi impermeable y me dirigí a la cochera para enfilarme rumbo al instituto.
Aun chispeaba, pero no lo bastante para que me calara; pero si lo suficiente para conducir despacio y en el trayecto darme tiempo de reflexionar y llegar a la conclusión, con mayores argumentos, de que si mis abuelos habían perdonado a mi padre era exclusivamente por mí, por haberles dado una nieta, la que tanto añoraban. Mis argumentos se volvieron aun mas fuertes, cuando recordé que mis abuelos jamás se habían querido que mis hermanos les visitaran, como yo solía hacerlo, aun mas, ellos tenían permitido ir a esa vieja mansión solamente cuando yo iba de visita con los abuelos y aun en esos días la diferencia con la que nos trataban era notoria, el trayecto me hizo recordar perfectamente cómo es que, mientras yo tenía mi propia habitación en aquella casa, a mis hermanos se les trataba simplemente como huéspedes, no olvidaba que mientras yo llegaba y subía corriendo a mi recamara buscando alguna nueva muñeca o algún nuevo mueble anexado a la habitación mis hermanos esperaban a que alguno de los empleados los condujera a una recamara que compartirían.
Con cierta añoranza y dolor recordé también, como mi abuela subía a mi recamara con un poco de té y me hacía preguntas acerca de cómo me encontraba o si me había agradado el cambio o si es que acaso deseaba que se cambiara algo. Por las noches, aun recuerdo como el abuelo subía con una caja de chocolates suizos rellenos de almendras, -mi gran debilidad-, a modo de bienvenida. También recordaba cómo, inclusive a la hora de la cena del primer día, mis hermanos tenían que esperar a que la abuela les asignara un lugar en el comedor, mientras que yo sabía que debía sentarme siempre a la izquierda de mi abuelo. Además de que existían otros pequeños detalles, como sus fechas de cumpleaños, recordaba perfectamente cómo es que, mientras mi abuela preparaba con gran anticipación la celebración, ya fuese en el internado o en algún sitio especial que yo eligiera, hasta llevarme a escoger los obsequios que deseaba, para los cumpleaños de mis hermanos, en su mayoría solo llegaba un insignificante obsequio acompañado de una sosa tarjeta con una disculpa por no asistir argumentando siempre algún viaje o algún imprevisto. Para navidad, por lo general, ocurría lo mismo, siempre enviaban maravillosos regalos para mí, mientras que para mis hermanos siempre llegaban objetos demasiado simples. Era fácil darse cuenta como solo me cuidaban y me consentían solamente a mí. A su pequeña Lilly.
Fue fácil localizar la escuela pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera la escuela, solo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba de la escuela de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en la época de vacaciones construidas con ladrillos de color rojo. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su totalidad.
Me estacione frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que decía 'Oficina Principal.' No vi otros coches allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, aunque no me importo en lo más mínimo. De mala gana salí del auto y recorrí el sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respire antes de abrir la puerta.
En el interior había más luz y hacia más calor del que me esperaba. La oficina era pequeña; una salita de espera con sillas plegables acolchonadas, una vasta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hacia tic tac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación afuera.
Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles encima anuncios de colores chillones pegados en el frente. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con lentes se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta morada que me hizo sentir que yo iba demasiado elegante con mi blusa blanca de cuellos de tortuga y mis jeans ajustados y mis botas de tacón de aguja con su bolsa y gorro a juego.
La mujer pelirroja alzo la vista.
-¿Te puedo ayudar en algo?
-Soy Rosalie Lillian Hale –le informe y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los chismorreos. La intocable nieta del difunto ex senador Hale y su esposa Lillian regresaba a casa al fin.
-Por supuesto. –Dijo.
Rebusco entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.
-Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.
Trajo varias hojas al mostrador para enseñármelas. Repaso mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en el plano; luego me entrego el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me dedico una sonrisa y, al igual que mi padre, me dijo que esperaba que me aclimatara nuevamente a Forks. Le devolví la sonrisa lo más convincentemente posible.
Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regrese al BMW. Los seguí con la vista, pues deseaba hacer una gran entrada y había que esperar el momento idóneo para atraer la atención de todos. Me sentí orgullosa al comprobar que casi todos los coches eran antiguos y que el mío sobresaldría. El mejor coche que había allí era un flamante volvo plateado, pero el mío era aun mejor. Apague el motor en cuanto me estacione en una plaza libre, mientras observaba el impacto causado.
Analice una vez más el plano intentando memorizarlo, pues no quería consultarlo todo el día. Lo guarde en mi mochila, más bien bolso y respire. Baje del coche esperando atraer la atención de todos los presentes y la de los despistados que aun no se habían percatado de mi presencia. Al final, baje, acomode una vez más mi cabello y me dirigí con todas las miradas puestas sobre mí al edificio 5.
El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imite. Se trataba de una pareja. Un hombre muy alto y, por extraño que parezca, con rasgos similares a los míos, y una chica bajita de cabello negro y de piel tan blanca como la mía. Al igual que yo, vestían muy bien, es decir, no encajaban con la gente del pueblo. Por lo que pude notar, su ropa era de diseñador. Al menos habría alguien con buen gusto para vestir aquí. Sonreí para mis adentros.
Entregue el comprobante al profesor, un hombre alto y de facciones clásicas. Sobre su escritorio descansaba una placa que lo identificaba como el Sr Mason. Se quedo embobado leyendo mi nombre, se dirigió a mí con unas palabras poco elocuentes y un gesto similar a una reverencia, me envió al fondo del salón sin molestarse en presentarme con el resto de los compañeros. A estos les resultaba difícil mirarme por estar sentada en la última fila. Pero se las arreglaron para conseguirlo, cosa que me agrado de sobremanera. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor al tiempo que curvaba una imperceptible sonrisa. Era bastante básica. Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo y aburrido. La lectura era una pasión secreta que compartía con los abuelos y con papá, aunque yo prefería leer a Maquiavelo o a Marx. Esperaba secretamente que papá me ayudara con los trabajos. Eso nos uniría un poco más. Recree nuestros debates mientras el profesor continuaba con su discurso.
Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se inclinó desde un pupitre al lado del pasillo para hablar conmigo.
-Tú eres Lillian Hale, ¿verdad?
Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.
-Rosalie –le corregí. Solo mis abuelos y mi padre me llamaban así. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.
-¿Donde tienes la siguiente clase? –Preguntó.
-Eh… Historia con Jefferson, en el edificio seis.
Mirara a donde mirara había ojos curiosos por doquier.
-Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino –demasiado amable, sin duda-. La clase de chico que le desagradaba a mis abuelos y a mi padre, e incluso a mí, por calificarlos como demasiado serviles. –Me llamo Eric –añadió.
Le dedique una falsa sonrisa.
-Gracias.
Recogimos nuestros abrigos y la chica con la que había entrado me dirigió una sonrisa, la cual correspondí de buena manera, pues ella si me había agradado. Me adentre en la lluvia junto a Eric. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca par escuchar con disimulo. Nuevamente sonreí complacida.
-Bueno, es muy distinto a Nueva York, ¿eh? –preguntó.
-Mucho.
-Allí no llueve a menudo, ¿verdad?
-No. Casi nunca. La mayor parte del tiempo solo lo hace en invierno.
-Vaya, no me lo puedo ni imaginar.
-Hace mucho sol. –Le explique. Aunque los dos últimos años viví en Rochester.
-Vaya, por eso no te ves tan bronceada.
-Es la sangre albina de mi padre y abuelos. –Repuse un tanto molesta.
Me miro con aprehensión. Suspire. No parecía que las nubes y el sentido del humor combinaran demasiado. Me estaba arrepintiendo de ir al lado de este chico que era un tanto desagradable.
Pasamos junto a la cafetería de camino a los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Tyler me acompaño hasta la puerta, aunque podía identificarla perfectamente.
-En fin, suerte –dijo cuando roce el picaporte–. Tal vez coincidamos en otra clase.
Parecía esperanzado. Le dedique una sonrisa que no comprometía a nada y entre.
El resto de la mañana transcurrió en forma similar. Salvo en la clase de historia en la que pude ver al chico alto y a su compañera debatir ampliamente sobre la batalla de Galveston. Note de inmediato su lado patriótico y confederado y pensé en que sin duda alguna el se llevaría muy bien con mi padre y mi abuelo q. e. p. d. Mi profesor de trigonometría, el Señor Varner, a quien habría odiado de todas formas por la mala forma en la que enseñaba matemáticas fue el único que me obligo a presentarme ante toda la clase, así como también fue el único que no me reverencio como los demás.
Después de un par de clases empecé a reconocer varias caras en cada materia siempre había alguien con más valor que los demás para presentarse y me preguntaba si me agradaba Forks. Procure actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho.
Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de trigonometría como en español, y me acompaño a la cafetería para almorzar. Era pequeña, varios centímetros por debajo de mí. Era rubia al igual que yo, pero estaba teñida y tenia una estridente voz nasal. No lograba recordar su nombre, pero, como la mayoría parecía orgullosa por lograr hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura Eric, me sonrió del otro lado de la cafetería.
Y, allí estaba, sentada en el comedor entablando conversación con siete desconocidos llenos de curiosidad cuando lo vi por primera vez.
Se sentaban en un rincón de la cafetería, al otro extremo de donde yo me encontraba. Eran cinco. No platicaban ni comían, pese a que todos tenían delante una bandeja de comida. No me miraban en forma estúpida como lo hacían todos lo demás, por lo que no había peligro; podía estudiarlos sin temor a encontrarme con unos ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que llamo mi atención.
No se parecían en lo más mínimo a ningún otro estudiante. De los tres chicos, uno el que ya conocía Jasper Withlock era alto, delgado, rubio y musculoso. Otro era desgarbado, menos corpulento con un cabello castaño dorado que estaba despeinado. El último, el que verdaderamente atrajo mi atención, era un chico fuerte, tan musculoso que parecía un verdadero levantador de pesas, con el pelo obscuro y rizado.
De las chicas, una era bajita, de aspecto de facciones finas, un fideo, cuando la vi, me recordó a una pequeña hada. Realmente linda. Ella era la chica, que junto al joven de cabello rubio habían compartido mis clases de Literatura e Historia. La otra, era más bien una chica castaña de cabello debajo de los hombros, de complexión mediana y un muy buen cuerpo. Por primera vez, desde que los examinaba sentí envidia, pues era la única chica a la que realmente podía considerar una rival para ser la capitana de porristas.
Aún así, todos se parecían muchísimo, eran blancos como la cal, los estudiantes mas pálidos que vivían en aquel pueblo sin sol. Mas pálidos que yo que soy albina. Todos tenían los ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de tonalidades en los cabellos y ojeras lilas, similares al morado de los hematomas. Era como si todos padecieran de insomnio o se estuvieran recuperando de una fractura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto de sus facciones eran rectas, perfectas, simétricas.
Pero nada de eso era el motivo por el que no podía apartar la mirada.
Continué mirándolos, porque sus rostros tan diferentes y tan similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y devastadora. Incluso para mi, que hasta antes de conocerlos me consideraba la chica más hermosa. Eran rostros que nunca esperas ver, a excepción de que tengan varias cirugías y, aun así conservan algunas marcas. Ellos parecían más bien rostros esculpidos de ángeles o salidos de una pintura antigua de esas que pintaron los grandes artistas.
Resultaba difícil imaginar quien era el más bello. Quizás la chica castaña o el joven musculoso.
Los cinco desviaban la mirada unos de los otros; también del resto de los estudiantes y de cualquier otra cosa hasta donde pude colegir. La chica más pequeña se levanto con la charola, -el refresco sin abrir, la manzana sin morder- y se alejo con un andar grácil, tanto que le rompería el corazón a una bailarina. Asombrada, la contemple vaciar la charola y alejarse a una velocidad superior a la que habría considerado imposible. Mire a los otros, permanecían callados e inmóviles. A excepción del chico de cabello cobrizo, que se acercaba a susurrarle algo al de cabello oscuro.
-¿Quiénes son esos? –Pregunte a la chica de la clase de español cuyo nombre había olvidado.
Y de repente, mientras ella alzaba la mirada para ver a quienes me refería, aunque probablemente ya lo sabía por el tono de mi voz, otra vez, el de cabello cobrizo la miro. Durante una fracción de segundo sus ojos se posaron sobre mi vecina después se posaron sobre los míos.
El desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo hacia el chico musculoso. Sus rostros no detonaban interés alguno, sin embargo había algo en sus rostros, tal vez lo imaginaba, pero era como si mi compañera hubiera pronunciado sus nombres y ellos, pese a no reaccionar previamente, habían levantado sus ojos en una involuntaria respuesta.
Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rio tontamente y fijo su vista en la mesa al igual que el.
-Son Edward y Emmett Cullen e Isabella Swan –ahora Cullen, cosa que dijo con mucha rabia e indignación y Jasper Withlock. La que se acaba de marchar es Alice Cullen, todos viven con el Doctor Cullen y su esposa. –Me dijo en un hilo de voz.
Mire de reojo al chico guapo, que ahora desmigaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin apenas abrir sus labios perfectos. Al tiempo que jugaba con el chico de cabellos color miel, mientras la pareja tenía una conversación.
¡Qué nombres tan anticuados! –pensé. Al tiempo que el chico de cabello cobrizo volteaba a verme con cara de pocos amigos; sin embargo, continué con el hilo de mis pensamientos al tiempo que mi nombre también pertenecía al siglo anterior. Tal vez esos nombres estaban de moda aquí, quizás fueran los nombres propios de un pueblo tan pequeño. Entonces recordé el nombre de mi vecina Lauren, un nombre perfectamente normal. En Rochester había una chica con ese nombre.
-Son… guapos.
Me costó encontrar un término mesurado.
-¡Ya te digo! –Lauren asintió mientras soltaba otra risilla tonta-. Pero están juntos. Me refiero a Jasper Withlock y a Alice Cullen. Y a Isabella Swan y a Edward Cullen, la cual no sé como logro que se casara con ella en menos de un año. No sé como Carlisle y Esme Cullen lo permitieron. Son demasiado jóvenes. Soltó con veneno y coraje en la voz.
Su voz, aunque venenosa, sonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello daría pie a grandes habladurías incluso en Nueva York.
-¿Quiénes son los Cullen? –pregunte-. No parecen parientes…
-Claro que no. El Doctor Cullen es muy joven, tendrá entre veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados. Los Cullen Edward y Alice son mellizos, su apellido real es Masen, pero no les gusta utilizarlo.
-Parecen demasiado grandes para estar con una familia adoptiva.
-Ahora sí. Edward y Alice tienen 17 años, pero han vivido con el Doctor Cullen y su esposa desde los 8 años. Son sus tíos o algo parecido. Al parecer la hermana del doctor murió y por eso están con ellos.
En cuanto a Jasper, al parecer lo adoptaron de 12, llego junto a Emmett, al parecer ambos habían huido de sus respectivos hogares porque los golpeaban.
-Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar a todos esos niños siendo tan jóvenes.
-Supongo que sí –admitió Lauren muy a su pesar. Me dio la impresión de que, por algún motivo, el médico y su mujer no le caían bien. Por las miradas que lanzaban en dirección a cada uno de sus hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si eso disminuyera la bondad del matrimonio agrego. –Aunque tengo entendido que la Señora Cullen no puede tener hijos.
Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extraña familia. Continuaban mirando las paredes y no habían probado bocado.
-¿Siempre han vivido en Forks? –pregunte. De ser así, seguro los habría visto en alguna de mis visitas a los abuelos durante las vacaciones de verano. De hecho, estoy segura de que los abuelos hubiesen organizado una cena para que los conocieran pues estaba segura –a juzgar por su forma de vestir que mis abuelos si me hubieran permitido entablar una amistad con ellos; o por lo menos eso quise creer. Aunque mentalmente me reprendí, pues recordé lo que había dicho Lauren sobre el matrimonio de Edward e Isabela.
-No –dijo Lauren con una voz que daba a entender que tenía que ser obvio hasta para una recién llegada como yo. –Al tiempo que interrumpía mis cavilaciones. Ellos se mudaron de algún lugar de Alaska –explico alzando un poco más la voz al notar que yo no le prestaba la suficiente atención.
Experimente una punzada de compasión y coraje. Compasión porque, al igual que yo, eran extranjeros. Coraje pues al parecer ellos eran más interesantes que yo.
Uno de los Cullen, el mas joven, levanto la vista mientras yo los estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en esta ocasión pude ver el asomo de una mueca burlona en su semblante. Cuando desvié los ojos pude notar como les comentaba algo a sus hermanos y estos también sonrieron burlonamente.
-¿Quién es él chico de cabello oscuro? –pregunté.
Lo mire de refilón. El también me observaba, pero no con la boca abierta, como el resto de los estudiantes, sino con una sonrisa que me robaba el aliento. Volví a desviar la vista.
-Se llama Emmett. Es guapísimo, por supuesto, y es el capitán del equipo de futbol americano de la escuela –punto más para convertirme en capitana de porristas –pensé. Pero no pierdas tu tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas de la escuela le parezca lo bastante guapa. –dijo con desdén, en una clara muestra de despecho. Me pregunte cuando la había rechazado; al tiempo que recordé a Isabella quien había logrado casarse con Edward en menos de un año. Al parecer a los hermanitos no les gustaban las chicas del lugar.
Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Al tiempo que eminentemente planeaba como hacer que saliera conmigo. Nadie rechazaba a Rosalie Lillian Hale. Entonces, con verdadera confianza y altivez lo mire de nuevo. Había vuelto el rostro pero me pareció ver que estiraba la piel de las mejillas con esos hermosos hoyuelos que se formaban en su rostro cuando sonreía y, que a su vez lo delataba.
Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia y sincronía. Me pareció irreal. Emmett me dirigió una mirada en la que pude ver que me retaba claramente. Sentí como si él hubiera sabido mi plan de seducción. Era aceptar eso o que quizás me estaba volviendo paranoica; por lo cual, la primera opción era la más viable. Escuche una suave risa al momento que salía de mi ensoñación.
Permanecí con Lauren y sus amigos en la mesa más tiempo del necesario. No quería llegar tarde a mi primer día de clases. Una de mis nuevas compañeras, que me recordó su nombre, Ángela, tenia al igual que yo gimnasia a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula, pues me explico que tendríamos clase teórica. Ángela era una chica de marcados rasgos indígenas, muy linda, aunque tímida.
Apenas entramos, Ángela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero; parecido al de un laboratorio, con la parte superior en color negro, exactamente igual a las de Rochester. Ángela ya compartía mesa con otro. De hecho, ya todas las mesas eran ocupadas salvo por una. Por su musculatura, tan poco común, reconocí a Emmett Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo central junto a la única silla vacante. Interiormente sonreí. Era la oportunidad perfecta para poder charlar con Emmett.
Lo mire de manera seductora, sin embargo, avance por el pasillo para presentarme ante el entrenador y que este firmara mi comprobante de asistencia. Retome mi caminar rumbo a la única silla vacía. Entonces, justo cuando yo pasaba, él se puso rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras miradas se encontraron, en el instante en el que el azul y el ónix se fundieron, sin embargo, la expresión en su rostro era más bien frívola y hostil, airada. Ofendida, le devolví la mirada en la misma forma. Tome asiento y me concentre en la clase. Fue entonces cuando compare sus ojos. Los suyos de un negro intenso cual ónix y oscuridad, cual carbón…. Tan distintos a los de Royce.
El entrenador Clapp me firmo el comprobante, al tiempo que me dio un pequeño engargolado, ahorrándose la presentación, aunque también se sorprendió de que estuviera en su clase. Supe que íbamos a llevarnos bien cuando me dio a elegir el lugar en el que deseaba sentarme. Supuse que movería a cualquier alumno de su lugar para permitirme tomar el asiento. Alce mi vista, como intentando reflexionar en qué lugar deseaba sentarme y me dirigí al único asiento vacío. Junto a Emmett Cullen. Aunque no pase por alto las desilusionadas miradas que me daban algunos alumnos. Me senté junto a él y le dedique una mirada igual de hostil a la que él me dio. Aunque rabiaba interiormente por su comportamiento hacia mí.
Tome asiento con fingida naturalidad al tiempo que depositaba el libro sobre la mesa, aun así pude percibir su cambio de postura y pude sentir como su mirada se poso en mí. El se inclino, sentándose en dirección opuesta, sentándose al borde de la silla. Aparto el rostro como si algo apestara, me moleste de sobremanera, pero, aun así, disimuladamente olí mi cabello. Olía a lavanda, el aroma de mi shampoo favorito. Además iba mezclado con mi J'adore, mi perfume favorito. Intente vanamente concentrarme en la clase y trate de ignorarlo.
Por desgracia, la clase trato sobre las reglas del tenis y sus orígenes, un deporte que dominaba a la perfección. De todas maneras tome apuntes con cuidado, no quería que el notara mi molestia, por lo cual, no levante la vista del cuaderno.
No me podía controlar, y de vez en cuando echaba un vistazo a través del pelo al extraño chico que tenia a mí lado. Este, no relajo su postura tiesa, -sentado al borde de la silla, lo más lejos posible de mi- durante toda la clase. La mano izquierda estaba crispada en un puño, descansaba sobre el muslo. Se había remangado la camisa hasta los codos. Debajo de su piel clara podía verle el antebrazo, bastante duro y musculoso. Repentinamente tuve deseos de sentirme abrazada y ¿protegida? Por sus enormes brazos.
La lección parecía prolongarse mucho más que otras ¿Se debía a que las clases estaban a punto de acabar o porque estaba esperando a que el abriera el puño que cerraba con tanta fuerza? No lo abrió. Continuo sentado, tan inmóvil que parecía no respirar. ¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente? Cuestione mi opinión sobre la actitud de Lauren durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.
Sonaba paranoico. No podía tener nada contra mí. No me conocía de antes.
Nuevamente lo observe y me enfurecí. Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de él, cruzo por mi mente una idea. Emmett rogaría porque yo le diera por lo menos una mirada, una sonrisa. Nadie rechazaba a Rosalie Lillian Hale.
El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al escucharlo, pues interrumpió mis cavilaciones, al tiempo que me percate de que Emmett Cullen abandonaba su asiento. Se levanto con un garbo de espaldas a mí, y cruzo la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.
Me quede petrificada en la silla, contemplando furiosa como se iba. Comencé a recoger todas mis cosas despacio mientras intentaba reprimir la ira que aun me embargaba, pues no quería gritar. Solia hacerlo cuando me enfadaba, -mi abuela solía decirme que no eran modales correctos para una señorita-. Era una costumbre humillante.
El entrenador Clapp me interrumpió sacándome de mis ensoñaciones cuando me llamo a su escritorio y me pido que para la próxima clase consiguiera un uniforme. Asentí brevemente al tiempo que le cuestionaba sobre las pruebas para ser parte del equipo de porristas. Aquí en Forks, educación física era una materia obligatoria los cuatro años, cosa que no me molestaba, ya que a tener clases extra estaba acostumbrada, sin embargo, quería marcar mi lugar, quería que todos me reconocieran por ser yo, no por ser hija o nieta de quienes era. Pero sucedió algo que no me esperaba, el entrenador Clapp corto de tajo mis ideas cuando me pidió que solamente observara los entrenamientos e intentara memorizar las rutinas que practicaban. Dijo que después me haría las pruebas necesarias.
Nuevamente furiosa salí al pasillo, rumbo a mi siguiente clase.
-Eres Lillian Hale ¿No? –Me pregunto una voz masculina.
Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro aniñado y con el cabello obscuro, con un corte tipo mohicano. Me dirigió una sonrisa amable.
-Rosalie. –Le corregí con una sonrisa.
-Me llamo Tyler.
-Hola Tyler.
-¿Necesitas que te ayude a encontrar tu siguiente clase?
-Voy a biología, al edificio 5.
-Es también mi siguiente clase.
Parecía emocionado. Aunque no es una gran coincidencia en una escuela tan pequeña.
Fuimos juntos. Hablaba bastante y acaparo casi toda la conversación, lo cual fue un alivio y una tortura, pues así pude pensar en él. De lo poco que escuche es que había vivido en San Francisco hasta los 10 años, por eso entendía que extrañara el bullicio y un poco de sol. Por extraño que pareciese, era la persona más agradable que había conocido aquel día.
Pero cuando íbamos al salón pregunto:
-Oye, ¿Le clavaste un lápiz a Emmett Cullen, o qué? Jamás lo había visto comportarse de ese modo.
Y así como llego, mi buen humor y simpatía por ese chico desapareció. Recompuse mi expresión en un segundo y decidí hacerme la tonta.
-¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en gimnasia? –pregunte conteniendo mi ira.
-Sí, respondió. Tenía cara de dolor o algo parecido.
-No lo sé. –Le respondí-. No he hablado con él.
-Es un tipo raro. –Tyler espero a que depositara mis cuadernos en la mesa conjunta de laboratorio pues, según me explico, esta era la única vacía y, ahora que la analizaba, nada diferente a las del aula de gimnasia.
-Esta clase también la compartes con Cullen. Y también será tu compañero de mesa en el laboratorio.
Bufe para mis adentros, al tiempo que educadamente le pedía a Tyler alejarse. El señor Banner entro, y según creo, le dio gusto de que fuera lo suficientemente inteligente, como para encontrar un lugar vacio. Aún así, me dirigí a el para que firmara mi comprobante de asistencia.
Su clase, quizá por ser la última, transcurrió lo suficientemente lenta, aunado a ello, Emmett no se había presentado a clase, además de que el tema que exponía era sumamente fácil, por ende aburrido: anatomía celular; lo sabía de memoria.
Al fin sonó el timbre que marcaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a mi auto. Había dejado de llover, pero el viento era más frio y soplaba con fuerza. Me coloque la chaqueta que hacia juego con mi bufanda, guantes y gorro.
Cuando iba rumbo a casa, recordé que no había entregado mi comprobante de asistencia, por lo que, di la vuelta.
Habían pasado escasos 8 minutos desde que me había ido, por suerte, volví a aparcar en el mismo sitio. A lo lejos, observe a Emmett y a su hermano discutir, y vi como el segundo daba su asentimiento. Entre a la Oficina Principal, mientras los observaba sin pensar en nada, observe como los hermanos Cullen trataban en vano de convencer a la Señora Cope les permitiera intercambiar sus horarios.
Me sentí repentinamente enferma. Estaba a punto de dar media vuelta cuando la puerta se abrió de nuevo y una súbita corriente de viento helado hizo susurrar los papeles que había sobre la mesa y me alboroto los cabellos sobre la cara. La recién llegada camino hasta el escritorio, deposito una nota en el cesto de papeles y salió, pero Emmett Cullen se puso rígido y su hermano lo sujeto, al tiempo que el volteaba hacia mí, con su hermoso rostro, casi podría jurar que le reclamaba algo. Su penetrante mirada me traspaso. Sus ojos estaban llenos de furia y de odio, por un instante sentí verdadero pánico. Hasta se me erizo el vello de los brazos. La mirada que me dio no duro más de un segundo, pero fue suficiente para que me helara la sangre de las venas, aún más que el gélido viento. Edward, ahora recordaba su nombre, le dio las gracias a la recepcionista por su tiempo y desaparecieron por la puerta.
Me dirigí al escritorio aun temblando y le entregue el comprobante de asistencia con todas las firmas.
-¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? –me pregunto de forma maternal.
-Bien. –Mentí. Tomo mi comprobante, aunque poco antes de salir de la oficina escuche como murmuraba que era la segunda vez que los hermanos Cullen pedían algo similar.
El mío, era casi el último coche que quedaba en el estacionamiento. Repentinamente, me pareció el lugar más acogedor de aquel horrendo y húmedo agujero.
Permanecí varios minutos más sentada viendo el parabrisas con la mirada ausente, rememorando aquel patético primer día.
Excluyendo gimnasia, y quizás historia el resto de las clases eran un fiasco. Pero era algo a lo que ya estaba acostumbrada. Encendí la calefacción y el coche. Me dirigí de vuelta a casa.
Lamento no haber actualizado antes.
Espero que les guste.
Este capítulo se lo quiero dedicar a una personita en especial:
SARA-CULLEN (): Aquí está la continuación. Espero que te guste y no haberte decepcionado.
A todas las demás personitas que leen no tengo más que agradecerles por su tiempo y su paciencia. Así como también agradecerles todos y cada uno de sus reviews y alertas. No tienen idea de cuánto me alegra que les gusten mis ideas. Ni de cómo me anima recibir un comentario suyo.
En serio, lamento la tardanza, prometo ya no tardarme tanto.
Así que por fa, si les agrado, o si no fue así, así como sus dudas, preguntas y sugerencias denle click al botoncito de abajo y dejen su comentario.
Procurare actualizar esta historia, cada quince días, de ser posible, una vez por semana. Serán los días miércoles.
Aprovecho para decirles que no voy a abandonar ninguno de mis fics. Todos los voy a terminar.
Por último, y no menos importante, les pido que si quieren recibir la actualización de la historia en su e-mail agreguen la historia en Story Alert o si lo prefieren pueden poner Author Alert y así en cuanto actualice cualquiera de mis historias les llegara un mensaje a su bandeja de entrada. Los invito ademas a leer mis otras historias.
Besos a todos y mil gracias por leerme.
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Serena Princesita Hale
