II


La noche anterior no tenía ningún sentido, todo parecía irreal, para ellos solo habían pasado unas cuantas horas, pero no era así. Seis semanas en Camelot que nadie recuerda. La pregunta era ¿por qué? ¿Por qué Emma había hecho eso? ¿Por qué lucía así? Henry no lo entendía, quería explicaciones por parte de su madre, quería saber qué había ocurrido, qué cosa habría sido tan grave para que su madre se rindiera, para que ella hiciera algo que iba en contra de su naturaleza, porque si algo sabía bien el nuevo Autor era que su madre jamás se rendía, por más cruda que fuese la situación, nunca lo hacía.

–Vayámonos de aquí. No tiene caso seguir dentro, mañana temprano arreglaré este lugar. –Decía Regina antes de salir de la Cafetería de la Abuelita.

Pasó la noche, la más dura para los Charming y para Henry. El chico no se iba a detener, no creyendo que le había fallado a su madre. Tenía que saber lo que pasó en ese tiempo en el mítico Reino del Rey Arturo, con su madre y los demás resolviendo los problemas con los recién llegados, sabía que era la oportunidad perfecta para hablar con Emma y salir de dudas de una vez y para siempre.

A mediodía fue al muelle, el lugar más alejado de los Bosques, un sitio perfecto para poder charlar sin ninguna interrupción. Así fue como el chico pronunció el nombre de su madre 3 veces y ésta al fin apareció.

Cuando ella al fin se dejó ver, él no podía créelo aún. Ya no veía a su madre, ni siquiera a una persona normal, al igual que su padre; solo veía al Espectro. Todo lo que Henry quería decirle a su madre era tan cierto como lo que ella, Regina y Neal le dijeron justo momentos antes de entregarle su Corazón a Pan. Esperaba que con esa declaración la ayudaría, pero no sabía que más hacer.

–Henry.

– ¿Mamá? –Exclamaba Henry apartando su mano.

–No tienes que temerme.

– ¿Qué pasó? ¿Por qué te ves así ahora?

–Es complicado.

La respuesta de su madre no lo dejó satisfecho, sabía que le estaba ocultando algo y quería saber que era, pero primero que nada deseaba hacerle saber a su madre que lamentaba no poder ayudarla, que no pudieran salvarla.

–Lo siento mamá. Lo que sea que haya pasado en Camelot, de verdad, lamento que te hayamos fallado.

Emma notó la tristeza en su mirada y la sinceridad en sus palabras, así que le dio a entender que él no le había fallado.

Estas últimas palabras confundieron más al chico, dejándolo con una nueva intriga; si él no le falló, ¿por qué también le borró la memoria?