nº 2 - La Dama.


Cada paso era una cuchillada, y bajar la escalinata, un látigo. Sus piernas magulladas apenas si soportaban el andar que al bosque de dioses la llevaba, y en el candor de sus ojos azules, se atisbaba la luz cada vez más lejana de la inocencia. Sansa Stark tuvo un padre, prestigio, tenía la alegría de una dama y vio con la expresión aterrada de una niña, cosas que solo habría de ver una mujer. Sangre manchando un suelo de mármol, unas piernas agitándose en el aire, mientras se iba la vida de aquel cuerpo tan querido. Vio la muerte tan de cerca que casi la rozaba, mas era demasiado cruel para conducirla hacia sus aposentos.

Tenía las suficientes ganas de vivir como para no suplicarle al Desconocido por su cálido beso, y a la vez muy pocas esperanzas. La mañana recién pasada, su prometido la desnudó en el patio, haciendo que sus caballeros le propinaran golpes mientras sonreía con aquellos labios gruesos como gusanos. Sansa lloró no porque deseara implorar la lástima de alguien, más bien a causa del dolor persistente, la sangre, las burlas. Tan impotente estaba, que solo se vio capaz de poner las manos sobre sus pechos para cubrir su vergüenza. Las lágrimas se encargaban de taparle el rostro con un manto triste y gélido.

«Eso fue antes de la capa.» Una sonrisa extraña esbozó Ser Balon Swann mientras la cubría con ella, abrazándola con el calor del tejido. Sansa la estrechó contra sí como no había estrechado nada antes, con los ojos bajos fijos en los cisnes. «Dos cisnes que se están matando entre ellos.» La guerra que la rodeaba no era un consuelo, y el blasón le recordaba vagamente a lo que se estaba desarrollando en Poniente; pero también la tapaba de las miradas indiscretas, deshaciendo el temor y convirtiéndolo en sangre. Por un instante los ojos del caballero se habían encontrado con los suyos, azules y llenos de miedo. La mirada del hombre era casi ausente, perturbadora no por su burla o desprecio sino más bien por el modo abstraído con que en ella se clavaba. La desconcertó.

Sansa Stark siguió bajando las escaleras, sufriendo el dolor en silencio como hacía siempre. No soltó ningún quejido, y nadie que viera su bonito rostro de niña advertiría que padecía. Cruzó el torreón de Maegor hasta abandonarlo, y también atravesó los distintos pasadizos de la Fortaleza Roja para llegar al bosque, donde Ser Dontos la aguardaba, con fin de sacarla de allí lo más rápido que fuera posible. «Muchos caballeros me habían visto llorar en el patio, incluso algunos me pegaron. Pero solo Ser Dontos, Tyrion Lannister y...»

–Lady Sansa ¿Qué hacéis fuera a esta hora?

La voz que cortó el hilo de sus pensamientos era suave, cortés, amable. La damita se detuvo en seco, abriendo los ojos como platos y dándose la vuelta para ver a su interlocutor. Le sorprendió que estuviese él allí, con una antorcha en la mano iluminando el camino y su propia cara. Tal vez estuviese vigilando quién entraba y quién salía, aunque le parecía extraño pues no era un guardia de los Lannister ni nada parecido. Lo saludó con una tenue sonrisa, algo forzada pues no había en su alma atribulada motivo para sonreír. Pero una dama debía estar alegre siempre, aún si por dentro se desmoronaba su fe; eso se lo enseñó la septa Mordane en Invernalia en un tiempo muy lejano.

–Buenas noches, Ser –saludó cortésmente, él inclinó la cabeza–, voy al bosque de dioses.

Era más fácil hablar con él que hacerlo, por ejemplo, con Sandor Clegane, cuyos ojos sombríos la aterrorizaban bastante. Pero Ser Balon Swann era agradable a la vista, bien parecido, atlético, musculoso y cortés, o eso sabía por las doncellas y Lady Tanda que lo llenaba de cumplidos (aunque suponía que esta última, estaba interesada en él como yerno). Había charlado con él pocas veces, cuando se cruzaban por los pasillos, pero le agradaba su sonrisa. «Una sonrisa gentil, que invita a una sana conversación.» Había otra sonrisa, sin embargo, que la desconcertaba un poco del caballero de los cisnes, aunque la había visto solo en una ocasión y durante un momento. Era aquella mueca ausente que le obsequió mirándola a los ojos mientras le ponía la capa, cubriendo su cuerpo y sus moretones. Una sonrisa que no por su ausencia dejaba de ser gentil, aunque a la vez guardaba misterio. Quizá en Ser Ilyn le habría dado miedo –pues a él le temía más que a ninguno–, pero en general Swann era agradable. Negó con la cabeza, dejando de prestarle atención a esos detalles inútiles.

–Dicen que rezáis mucho, mi señora –murmuró el caballero de los cisnes, entrecerrando los inquietantes ojos oscuros. Sansa advirtió que llevaba una capa diferente a la que le había dado, y que debajo no portaba cota de malla–. Yo solo rezo al Guerrero, para que le dé fuerza a mi brazo y al de mi hermano. ¿Vos también rezáis por el vuestro?

Ser Donnel Swann, hermano de Balon y heredero de timón de Piedra, cabalgaba con Lord Stannis y a él servía. Sansa sabía que estaban en una posición parecida, eran casi rehenes en la capital de los reinos y hermanos de traidores. No obstante, el amargo trago que le dio de beber la reina la hizo recelar un momento, llenándose su cerebro de dudas. «¿Es una pregunta trampa?» La niña se sintió profundamente intranquila, observando al caballero con aprensión creciente en su joven rostro. No llevaba leones en el jubón, sino cisnes, y su cabello no era rubio, más bien castaño oscuro; pero podía estar jugando para los Lannister, asesinos de su padre y martirizadores constantes de sí misma. Sintió un escalofrío que le recorrió la base de la espalda y, temerosa, bajó los ojos hasta el suelo. «Me dio su capa, pero podría decirle a Joff que yo... que yo...»

–¿Dije algo que os incomodara? –Balon Swann pareció captar el desasosiego de Sansa, que no se atrevió a subir la vista–. Disculpad, mi señora. Solo intentaba... ser amable.

Sansa se armó de valor y alzó los ojos hasta la cara del caballero, mucho más alto que ella. Esbozaba una sonrisa nostálgica, que acarició su corazón destrozado mejor que cualquier ungüento. Sus ojos oscuros no eran malignos ni crueles, no la miraban con desprecio o burla y mucho menos con esa pertenencia que poseían siempre los del Perro, que tanto la asustaba. Allí sólo había una comprensión y la cortesía que empleaban los hombres de noble cuna para congraciarse, y ese terreno la pequeña Stark lo dominaba mejor que cualquiera. La septa Mordane y su madre eran maestras complacientes pero rígidas, siempre halagándola por sus progresos. Haría que a Ser Balon no le cupieran dudas de que ella era una dama y merecía su nombre, aunque quisiese decirle la verdad. A veces, no obstante, lo que quiere Sansa se contradice con lo que debe una señora hecha y derecha, eso lo supo cuando era una niña y lo puso en práctica en la horrible capital de los reinos.

–Yo solo pido... ser leal –respondió con voz baja. Se estremeció de súbito, tal vez de frío o ansiedad, y se abrazó a sí misma. Balon Swann asintió, al aguarde de sus palabras con la cortesía del buen caballero que sin dudas era–. Mi hermano es un traidor, el rey Joffrey haría bien en castigarle.

Se sabía la canción y conocía la mentira, recitándola de memoria. El caballero se mordió el labio inferior, pensativo. Giró la antorcha a un lado y a otro, escrutó las sombras como haría un fugitivo y se inclinó todavía más, tanto que ella pudo sentir el aroma del aceite con que seguramente lo frotaron en el baño de la tarde. Frunció el ceño, volvió a mirar a un lado y otro, desconfiado, y al fin se decidió a hablar, considerándolo pertinente. En esos momentos Sansa tuvo que contenerse para no salir corriendo, segura de que no le gustaría lo que oiría. No le tenía miedo a Ser Balon, pero sentía una curiosa ansiedad bastante anormal. Él la había ayudado cuando casi nadie más quiso, cuando ningún otro caballero le habría dado una capa... la capa que ella tenía sobre la cama, la que se había llevado de la Torre de la Mano en cuanto la abandonó.

–¿Sabéis? Yo creo que no. –Sonrió tristemente, pero parecía más seguro de lo que estaba hablando. Sansa recordó a Ser Arys Oakheart en su mirada gentil y un tanto culpable–. Sé que Donnel es un traidor también, pero no por eso le voy a desear la muerte. Es mi hermano, vos mejor que nadie lo entendéis. Creo que deberíais pedirle a los dioses que le den la sabiduría para rendirse antes de que sea tarde, en vez de pedir justicia de hombres. Sois piadosa, no veo por qué no podrían concedéroslo.

Sansa no supo qué decir, y si estaba bien tener esa conversación con el caballero. Al parecer no lo estaba, pues él seguía observando misteriosamente las sombras que se adivinaban más allá. Le había dado una capa y le estaba agradecida, pero... pero... «La reina Cersei también era amable, y Joffrey... ahora ambos son monstruos.» Respiró profundo y miró la antorcha que sostenía él en la mano, iluminando su rostro afeitado. Era joven aún, pero mucho mayor para ella. si quizá tuviera unos años menos sería el ideal caballero de canciones que soñaba cuando era una niña estúpida, quizá pudiera robar el corazón de una dama y le daría un beso. Pero tal parecía que esa no era la intención del hombre.

–Así lo haré, Ser –dijo, sabiendo que eso era lo que Balon Swann quería oír. Sansa Stark siempre decía lo que los demás querían oír aunque por dentro se estuviera rompiendo en mil pedazos, era su deber como dama y como Stark–. Pediré a los dioses por Robb.

–Y si podéis, también por mi hermano –susurró con una expresión de disculpa él. Se encogió de hombros cuando la curiosidad de Sansa se traslució en su rostro–. pocas veces me oyen a mí, tal vez a vos os escuchen los del norte.

«No, a mí tampoco –habría querido decirle, gritarle, abrazarse a su cuello para sollozarle–. A mí solo me oye un bufón borracho y clama por mí un hombre a quien apodan el Gnomo. No tengo a nadie más.» Pero hay verdades que es mejor callárselas, de lo contrario se acaba mal. hay cosas que el caballero de los cisnes no podría saber nunca, por mucho que le hubiera dado la capa. Sansa no era estúpida, cauta y serena sí, mas comenzaba a comprender la magnitud de su situación como rehén y dama. Se armó de la cortesía, su cota de malla personal, que no debía quitarse ni ante un caballero atractivo con lengua suave y sonrisa misteriosa.

–Así haré, Ser. Gracias.