Hola chicas

Me alegra que les gustara el fic, espero que lo sigan leyendo

Bueno sin mas aquí les dejo el capitulo disfrútenlo

Nessa


Capítulo 2

—Has llegado un poco tarde —dijo con los dientes apretados—. Unos cinco años tarde.

—Sí —asintió con gesto grave—. Acabo de enterarme.

Parpadeó con incredulidad.

—Sí, claro —confirmó con profundo sarcasmo.

Pero Edward no pareció notarlo. Buscaba algo en el interior de su cazadora; del bolsillo sacó un sobre pequeño de manila. Lo abrió y extrajo otro azul gastado. En silencio, se lo extendió a ella.

Bella lo miró fijamente. Despacio, lo aceptó con dedos flojos.

El papel parecía haber sido pisoteado por una manada de búfalos. Le dio la vuelta y vio por lo menos media docena de direcciones escritas y tachadas una encima de la otra. Una palabra captó su atención. Irlanda.

Fue una sorpresa. Seis años atrás, él había parecido encantado de encontrarse lejos de su tierra natal.

«Allí no hay nada para mí», había afirmado.

Curiosa por ese cambio de actitud, miró del sobre al hombre. Pero los ojos verdes se clavaron en los suyos con tanta intensidad que volvió a centrarlos en el sobre.

En un principio había formado parte de un juego bonito de sobres y hojas azules, que su abuela le había regalado el día de su graduación con sus iniciales grabadas en el papel. Bella no había tenido la ocasión de escribir muchas cartas. Aún le quedaban algunas hojas.

Pero ésa la recordaba muy bien.

La había escrito pocas horas después de que naciera Thony. Había sabido que existían pocas probabilidades de que el padre del pequeño le prestara atención. No había hecho caso a sus dos cartas anteriores, en la primera en que le contaba que estaba embarazada y en la posterior, que le había enviado por si no había recibido la primera.

Jamás le había contestado.

Lo había entendido… no había estado interesado.

No obstante, había sentido la necesidad de escribirle una última vez después del nacimiento de Thony. Le había brindado una última oportunidad… se había atrevido a esperar que la noticia de que tenía un hijo podría hacerlo recapacitar. No estaba orgullosa. O no lo había estado entonces.

En ese momento sí. Y también decidida a no permitir que volviera a hacerle daño.

—No lo sabía, Bella —repitió él. La miró a los ojos.

—Te escribí —insistió—. Antes de esto… —movió el sobre que sostenía—… te escribí. Dos veces.

—No las recibí. Me movía… mucho. Ya no escribía para Incite. Ellos la remitieron a mi nueva dirección. Los demás también. Al parecer, no dejó de seguirme. Pero no la recibí. Hasta la semana pasada. Entonces la recibí… y aquí estoy.

Bella abrió la boca, y volvió a cerrarla. Después de todo, ¿qué había que decir? Había ido porque había descubierto que tenía un hijo. Seguía sin tener nada que ver con ella.

No debería dolerle después de tanto tiempo. Siempre había sabido que a él ella no le importaba como él le había importado a ella. Pero escuchar las palabras aún tenía el poder de herir profundamente.

Pero bajo ningún concepto iba a mostrarle su dolor. Cruzó los brazos.

—¿Y? ¿He de aplaudir? ¿Quieres una medalla?

Pareció sobresaltado, como si no hubiera esperado beligerancia. ¿Había creído que caería sobre su regazo dominada por la gratitud?

—No quiero nada —repuso con voz hosca—, salvo la oportunidad de llegar a conocer a mi hijo. Y hacer lo que necesites.

—¿Marcharte? —sugirió ella, porque era lo único que necesitaba.

Edward se mostró más ceñudo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque no te necesitamos.

Pero incluso al decirlo, supo que era una media verdad. Ella no lo necesitaba. Pero Thony pensaba que sí.

—¿Dónde está mi papá? —había estado preguntándole durante el último año.

Si no estaba muerto, ¿por qué no iba a visitarlos?

—No puede —respondía Bella—. Si no, lo haría.

No era precisamente una mentira. Aunque había creído que Edward les había dado deliberadamente la espalda, sabía que contarle eso a Thony estaría muy mal. Sencillamente, no podía… por el motivo que fuera. Fin de la historia.

Pero no podía imaginar lo que diría Thony cuando llegara a casa por la tarde.

—Thony debería tener un padre —indicó Edward—. Un padre que lo quiera.

Algo en su voz hizo que Bella alzara la vista. Pero Edward no dijo nada más.

—Él está bien —insistió—. No tienes por qué hacer esto.

—Sí lo necesito —contradijo.

—No está aquí.

—Esperaré —la miró expectante. Ladeó la cabeza y la observó con una expresión burlona—. No me tendrás miedo… ¿verdad, Bella?

—Claro que no te tengo miedo —espetó—. Sólo estoy… sorprendida. Di por hecho que no te importaba.

La sonrisa se desvaneció. La miró con absoluta seriedad.

—Me importa. Lo digo en serio, Bella. Habría estado aquí desde el principio de haberlo sabido.

No supo si creerle o no. Pero sí supo que no iba a poder cerrarle la puerta. Todavía no. Iba a tener que dejarlo pasar, que esperara a Thony, que conociera a su hijo.

¿Y luego?

No iba a poder ser padre todo el tiempo si estaba en Irlanda. Pero al menos Thony sabría que tenía un padre al que le importaba.

Primero tendría que establecer algunas reglas básicas. Se apartó de la puerta.

—Supongo que puedes pasar.

—Y yo que pensé que nunca me lo pedirías.

Él le dedicó una sonrisa que le transmitió que sabía que se saldría con la suya.

Bella se apartó, para cerciorarse de que al entrar no la rozara siquiera con una manga.

Pero al cruzar el umbral, él se detuvo y se volvió hacia ella. Estaba tan cerca que no fue su manga, sino la pechera de su cazadora la que le rozó la punta de los pechos. Tenía la espalda contra la pared.

—¿Me has echado de menos, Bella? —murmuró.

Y ella sacudió la cabeza con vehemencia.

—Nada.

—¿No? —sonrió como si captara la verdad dentro de la mentira—. Bueno, pues yo sí te he echado de menos —afirmó con voz ronca—. No he sabido cuánto hasta ahora mismo.

Y entonces, inclinó la cabeza y posó los labios sobre los de ella.

Edward Cullen siempre había sabido besar. Una y otra vez la había dejado sin aliento con sus besos. Bella había intentado olvidar, había tratado de convencerse de que le aflojaba las rodillas por su inexperiencia juvenil.

Se había dicho que no volvería a pasar. Había mentido. Y ese beso era tan malo… y maravilloso, como había temido.

Fue un beso hambriento, determinado a demostrar lo mucho que la había echado de menos. Y fue muy persuasivo. Probó, provocó, poseyó.

Prometió. Prometió momentos de paraíso, como Bella bien sabía. Pero ya no era una mujer totalmente inexperta. También sabía que prometía años en la dolorosa soledad del infierno.

Alzó las manos para apoyarlas contra su torso, para empujarlo, pero en lugar de eso le agarró la cazadora a medida que cada recuerdo que tanto se había afanado en olvidar descendía sobre ella, arrastrándola, provocándole necesidad, anhelo, deseo.

Igual que en el pasado. Salvo que entonces había creído que él sentía lo mismo.

Ya no. Sí, había vuelto. Pero lo había hecho por su hijo… no por ella.

Y a pesar del beso, de la dulzura, la pasión y la promesa, y debido al beso, por la capacidad que tenía para socavar su sensatez y su necesidad de supervivencia, no debía olvidarlo.

Hacía seis años lo había amado y él la había dejado.

Le había entregado su corazón, su alma y su cuerpo. La había conocido más profundamente que nadie.

Había creído que también él la amaba. Había creído que volvería.

Y nunca lo había hecho.

No hasta descubrir la existencia de Thony.

Quería a su hijo. No a ella.

Finalmente logró apoyar las manos contra su torso y empujar con fuerza.

Él trastabilló y, para diversión de Bella, se golpeó con la silla más cercana.

—¡Maldición!

Pero no iba dirigido contra ella. Se maldijo a sí mismo, antes de hacer una mueca de dolor y apoyar su peso sobre la pierna izquierda. Bella no supo qué la aturdió más si el beso o el hecho de que era evidente que prefería una pierna a la otra y que se movía sin la habitual fluidez felina que lo había caracterizado.

—¿Qué ha pasado?

—Recibí un disparo —comentó con tono hosco y despreocupado.

Ella sintió el impacto directamente en el corazón.

—¿Un disparo? —se quedó boquiabierta, luego se recobró—. ¿Te aprovechaste de demasiadas mujeres? —dadas las celebridades sobre las que escribía, parecía bastante probable.

—Fue un asesino.

—¿Qué?

—Intentaba matarme —se encogió de hombros—. Me interponía en su camino.

Bella tragó saliva, luego movió la cabeza.

—No lo entiendo —tampoco estaba segura de querer hacerlo, pero era mejor verse distraída por asesinos que por besos. Cerró la puerta y entró en el salón.

—Me encontraba en África. Ese hombre intentaba matar al primer ministro. Falló. Al menos falló en darle al primer ministro. Me dejó un pequeño regalo para recordarlo —esbozó una sonrisa irónica.

Nada de eso tenía sentido para Bella.

El Edward al que ella había conocido iba de Nueva York a Hollywood y a Cannes, no a África. Y aunque hubiera ido allí, los primeros ministros no eran la clase de celebridades sobre las que escribía.

Pero no tuvo oportunidad de preguntar nada más.

No había oído la puerta trasera al abrirse, no había oído las pisadas por el suelo de la cocina, no había oído nada hasta que se abrió la puerta que daba al comedor.

Y Thony irrumpió en la habitación.