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Sin corazón

por Maye Malfter

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Parte II

Heartless

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Regina apareció en medio de su habitación, con la respiración agitada y el corazón queriendo salirse de su pecho. Caminaba de acá para allá con la mirada perdida, las yemas de los dedos aún sobre sus labios, justo donde Emma la había besado.

Emma la había besado.

Las últimas semanas habían sido bastante extrañas para Regina, al tener que pasar la mayor parte de su tiempo en compañía de la menor de los Encantadores. Sin embargo, y a pesar de sus expectativas, las lecciones con Emma no habían resultado del todo desagradables.

Sí, Emma era tan terca como su padre y tan descuidada como su madre. Sí, era injusto que tuviera tanto poder dentro de ella aun sin haber recibido un entrenamiento formal. Sí, era completamente insoportable cuando comenzaba a hacer chistes de por qué los nombres de los hechizos antiguos parecían algo dicho en reversa. Pero sí - y aunque odiara admitirlo -, Regina se la pasaba de lo mejor cuando ambas estaban juntas y los hechizos de Emma funcionaban de la manera en la que debían hacerlo.

La primera vez que Emma transfiguró el agua en vino, Regina no pudo evitar sonreír, pues ¿a quién no le gusta ver que sus pupilos aprendan? Tuvo que reprenderse mentalmente de inmediato, por haber bajado la guardia frente a su aprendiz, y se pasó todo el día siguiente convenciéndose a sí misma de que esa sensación tan extraña que sentía cada vez que Emma le sonreía después de hacer algo bien era simple orgullo de buena tutora, y nada más.

Luego Emma comenzó a hacer bien cada una de las cosas que Regina le pedía, y Regina decidió dejar de intentar esconder sus emociones, pero sólo un poco. Sonreír cuando su aprendiz lo hacía bien tampoco podía ser tan malo, mucho menos considerando los amargos recuerdos que la alcaldesa guardaba de sus propias lecciones con Rumplestiltskin, y sabiendo lo mucho que una palabra de aliento hubiese evitado que se sintiese completamente inútil para la magia durante buena parte de su entrenamiento.

Los últimos días en el bosque habían sido especialmente entretenidos, pues Emma lograba hacer todo en unos pocos intentos y la mayor parte de la lección consistía en Emma bromeando de cualquier cosa y Regina riendo sin poder contenerse. Era un cambio agradable para la alcaldesa, ese de reírse todos los días. Y todo gracias a la rubia.

Y ahora su aprendiz la había besado en un arrebato de adrenalina. Y Regina no sabía cómo sentirse al respecto. Ni siquiera sabía si podía sentir al respecto.

¿Cómo puede alguien sin corazón sentir algo real por otra persona? ¿Cómo estar segura de que no era sólo interés en los beneficios que la magia de Emma podía representar para ella?

Si algo le había enseñado su madre era a no fiarse de alguien sin corazón, mucho menos si ese alguien es uno mismo. "Un descorazonado puede llegar a traicionar sus propias convicciones si eso le lleva a alcanzar lo que desea" solía decir Cora, y Regina la conocía lo suficiente como para creerle.

Haber correspondido al beso de Emma, haber sentido la necesidad de hacerlo, ¿y todo eso sin un corazón espiritual latiendo dentro del pecho? Nada bueno podía salir de allí, y la alcaldesa se negaba a permitir que algo malo saliera tampoco.

Debía detener esto. Hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, y cortar de raíz cualquier avance de Emma de ahora en adelante. Era necesario, y era lo mejor que podía hacer para evitar peores resultados.

Y sólo había una manera de hacerlo.

...

—Regina… —susurró Emma, de pie en el umbral del departamento de Mary Margaret.

—Señorita Swan —saludó Regina, en tono cortés y modulado— ¿Puedo pasar?

— ¿Quién es? —Se escuchó preguntar a Mary Margaret detrás de la sheriff, desde algún lugar de la cocina.

—E-Es Regina —respondió Emma, sin apartar la mirada de la otra mujer. Regina hizo su mejor esfuerzo para parecer tranquila, algo bastante difícil de lograr estando bajo la inquisitiva mirada de la rubia.

— ¿Qué esperas? Invítala a pasar —instó Mary Margaret.

—Sí-

Emma se apartó por fin, y Regina entró sin detenerse para verla, enfilando hacia la cocina. Una muy embarazada Mary Margaret le sonrió al verle llegar, y Regina sonrió de vuelta, por educación. David la saludó con un gesto de la cabeza - pues sus manos estaban ocupadas secando platos - y Regina le saludó también.

—Si hubieras avisado que venías, te habríamos esperado para cenar —comentó la maestra.

—No te preocupes, comí algo antes de venir ¿Está Henry? —Preguntó mirando hacia todos lados, sin ver rastro alguno del muchacho.

—Está con Hook en el muelle —dijo David, secándose las manos con un trapo—. Algo de aprender a navegar con las estrellas.

—Oh —profirió Regina, conteniendo un gesto de disgusto. No le agradaba demasiado que Henry pasara tanto tiempo con ese piratucho, pero no dijo nada. Había asuntos más importantes que atender de momento—. Entonces puedo ir al grano. Vine a hablar de las lecciones de Emma.

Los Encantadores compusieron gestos gemelos de desconcierto, pero fue Mary Margaret quien habló primero.

— ¿Está todo bien? Emma nos ha dicho que eres una excelente tutora —Y Regina no pudo evitar sonreír ante esto.

—Todo está bien, mejor que bien —aseguró Regina, en tono controlado—. Es por eso que vine. Los avances de Emma han sido extraordinarios, y dado a que hoy fue capaz de conjurar y lanzar una bola de energía, me parece que ya no será necesario que yo la entrene.

— ¿Qué? —Preguntó Emma por fin, saliendo del rincón en sombras cerca de las escaleras en el que tanto le gustaba apoyarse. Regina no se volvió a verle.

—Ha dominado cada cosa que le he enseñado. Y en lo que a mi concierne, ya es tiempo de que practique por su cuenta.

—Pero… aun soy fatal en muchos hechizos. Aún no sé cómo aparecerme y desaparecerme, no sé cómo conjurar una bola de fuego… ¡Aún no sé élfico! —balbuceó Emma, de manera apresurada. Pero aunque algunas cosas eran ciertas, Regina estaba decidida a no dar su brazo a torcer.

—Estarás bien —le aseguró, restándole importancia al asunto con un gesto de la mano.

Mary Margaret miró primero a Regina, luego a su hija, y después a Regina otra vez, pero no comentó nada.

— ¿Estás segura de que es lo mejor, Regina? Con Zelena tan cerca… —Insistió David, pasando uno de sus brazos sobre los hombros de su esposa, en gesto protector.

—Estoy segura. No hay nada más que pueda enseñarle, y confío en que Emma sea lo suficientemente disciplinada como para seguir practicando… Será mejor que me vaya. No queremos que Henry llegue y nos escuche hablando de lecciones mágicas, ¿cierto? David. Mary Margaret —se despidió luego de un momento de silencio, lanzó una última mirada en dirección a Emma y salió sin esperar a que la acompañaran.

...

—Señorita Swan, sé que está ahí. Nadie entra ni sale de esta casa sin que yo lo sepa. Bien podría salir y sentarse conmigo, si tanto quiere estar aquí.

Regina estaba frente a la chimenea de su despacho, sentada en el sofá, cuando una perturbación en la protección de la casa llamó su atención. La energía mágica de Emma era bastante reconocible - al menos para ella - y la alcaldesa notó su presencia desde el mismo instante en el que pisó el interior de la casa. Era de esperarse que, siendo tan terca, Emma no se diera por vencida así de fácil, por lo que tenerla de improviso en el despacho no era demasiada sorpresa.

Emma entró a la habitación con gesto de culpabilidad, caminando despacio, y sin hacer movimientos bruscos. Traía algo en las manos, pero a la tenue luz de la chimenea, Regina era incapaz de diferenciar qué era.

— ¿Lo ves? Así está mejor ¿Qué se te ofrece? —Preguntó Regina en el mismo tono distante que había utilizado antes, levantándose del sofá para darle encuentro a la otra mujer. Mientras más rápido confrontara a la rubia, más rápido terminaría con todo esto, y más rápido podría volver a sumirse en sus pensamientos.

Emma la observaba desde el lugar, con la indecisión dibujada en su rostro. Cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra un par de veces y se aclaró la garganta, pegando el misterioso paquetito en su mano más a su cuerpo. Regina la miró con gesto impaciente, y Emma habló por fin.

—Sé que eso de que ya estoy lista para volar y todo lo que dijiste en casa de Mary Margaret tiene una razón —comenzó la sheriff, dando un pequeño paso hacia el frente—, pero no me como el cuento de que es sólo porque soy una súper hechicera. No soy tonta, sé que hay algo más y creo saber qué es. Así que te traje algo. Ten.

Y acto seguido, la sheriff extendió su mano hacia Regina, ofreciéndole una bolsita de terciopelo color rojo sangre ¿Acaso ella…? No, no podía ser.

—Emma, ¿qué-?

—Es tu corazón. Póntelo. Por favor.

Regina miró a Emma sin creerse que de verdad hubiera llegado a tanto, miles de escenarios cruzando por su mente, miles de maneras en las que esto pudo haber salido mal. De todas las cosas que pudo haber hecho la sheriff, ésta era sin duda la más arriesgada e imprudente.

— ¿Mi-? ¡Emma! ¿Sabes lo peligroso que es que hayas sacado mi corazón de su escondite? —Reprochó la alcaldesa, en tono severo— Zelena pudo haberte seguido ¡Pudieron haberte herido!

—Valió la pena el riesgo —respondió Emma a su vez—. O al menos, espero que lo haya valido.

— ¡Ugh! —Gruñó Regina, lanzando las manos al aire en gesto de exasperación— Esa es la cosa contigo. Eres imposiblemente terca. No piensas en las consecuencias de tus actos, solo actúas y ya ¿Tienes idea de lo que Zelena pudo haberte hecho para quitártelo? ¿Alguna noción de los peligros en los que te metes? ¿Lo irresponsable que fue?

—Fui cuidadosa, ¿sí? —Se defendió Emma, sin apartar la mirada de Regina— No soy la princesa rota que todos creen. Me defendí veintiocho años sola ¡Puedo manejar un par de monos alados, por Dios!

La alcaldesa sintió una punzada de culpabilidad ante la declaración de la otra mujer, pues al fin y al cabo, esos veintiocho años de soledad habían sido cortesía de la propia Regina. Cerró los ojos, se apretó el puente de la nariz, suspiró pesadamente para calmarse, y miró a Emma de nuevo.

—No eres una princesa rota, Emma. No digas eso.

—Lo sé. Es sólo… Lo sé, lo siento —se disculpó, a pesar de no haber hecho nada malo. Era una mala costumbre, esa de disculparse por todo. Probablemente heredada de su madre.

—De todas maneras no entiendo qué quieres lograr con esto.

Emma se acercó a Regina un poco más, con la pequeña bolsa de terciopelo aún empuñada en una mano. Los latidos del corazón físico de Regina habían comenzado a sincronizarse con los de su corazón espiritual, y mientras el silencio se cernía sobre ellas, el único sonido en la estancia era el de ambos corazones latiendo como uno.

—Vine a aclarar todo. A aclarar lo que pasó. A aclarar esto que tenemos-

—Tú y yo no tenemos nada.

—Lo sé… Pero también sé lo que pasó aquel día. Te besé, porque soy una impulsiva, y sé que correspondiste por una razón. Lo sé. Lo sentí.

—Tus sentidos pudieron haberte engañado. Ni siquiera yo estoy segura de lo que pasó.

—Nop. Yo sé que no me engañaron. Sé lo que sentí. Sé que fue real.

— ¿Cómo puedes saberlo?

—Fácil —afirmó Emma, encogiéndose de hombros y sonriéndole a Regina por primera vez desde que irrumpiera en su oficina—. Mi súper poder.

—Ambas sabemos que tu súper poder no es infalible —puntualizó la alcaldesa.

—Quizás —convino la otra mujer—. Pero cuando se trata de ti, mi súper poder nunca falla. Siempre sé cuando mientes y cuando no —aseguró, para luego sonreír más ampliamente.

Regina sonrió de vuelta, sin poder evitarlo. Nunca podía evitar sonreírle de vuelta a esta impertinente rubia, y aparentemente no empezaría ahora. Sin embargo, la sonrisa murió en sus labios en el mismo instante en el que recordó lo que Emma le estaba pidiendo. Una cosa era que la sheriff pensara que su súper poder era suficiente garantía, y otra muy distinta era que eso fuese verdad. Poner su corazón de vuelta en su pecho significaría salir completamente de las dudas, y quizás el resultado fuera totalmente el opuesto. Quizás se diera cuenta de que todo había sido un malentendido, que el beso en verdad no había significado nada. Y Regina no estaba segura de querer saber eso a ciencia cierta.

Emma cerró casi completamente la distancia que las separaba, como intuyendo lo que la otra estaba pensando. La bolsa de terciopelo siendo lo único entre ellas.

—Déjame hacer esto, Regina, por favor —pidió, buscando los ojos de la otra—. Sé que es posible que esté equivocada, pero es peor estar así, sin saber. Déjame hacerlo, y veamos qué pasa. Y si cuando tengas tu corazón aún no quieres saber nada de mí, pues me tragaré mi orgullo y dejaré de molestarte.

—Emma-

—Por favor…

Regina la miró a los ojos, esos hermosos ojos verdes que le pedían que cediera. Respiró profundo y asintió, apartando sus manos del pecho, a donde habían ido a parar en un intento inconsciente de protegerse.

Emma sacó por fin el corazón de la bolsa, tomándolo con delicadeza. Estaban tan cerca la una de la otra que Regina era capaz de percibir el olor del cabello de la otra mujer, tan cerca que el corazón entre ellas era el único obstáculo para que se repitiera lo que había pasado en el bosque. La rubia subió su mano con lentitud, sin apartar su mirada de los ojos de Regina, haciéndola sentir extrañamente indefensa. Regina cerró los ojos.

Un dolor punzante en el lado izquierdo del pecho fue el primer aviso de que Emma había logrado su cometido, seguido casi al instante por un indescriptible calor que se extendía desde su pecho hacia todo su cuerpo.

El latir del corazón en su pecho le resonaba en los oídos, y Regina abrió los ojos de nuevo, encontrándose con la mirada expectante de la otra mujer. En ese mismo momento, una sensación extraña se apoderó de su estómago, como si cientos de mariposas revolotearan dentro de él, y Regina tuvo que contenerse para no gritar.

Conocía esa sensación, pero hacía tantos años que no la sentía que la morena pensó que jamás ocurriría de nuevo. Demasiados años, a decir verdad. Demasiadas vidas. Demasiado tiempo sin ser capaz de sentir lo que sintiera aquella vez, abrazada a su amado, intercambiando besos en la oscuridad de un establo.

— ¿Regina-? —Preguntó Emma, la duda dibujada en todo su rostro. Y Regina no pudo evitar sonreír.

La mujer frente a ella era, sin duda alguna, extraordinaria en todos los sentidos. De alguna manera inexplicable, Emma se las había ingeniado para colarse en lo más profundo de su ser, despertando sentimientos que la alcaldesa daba por perdidos ¡Y todo eso sin que Regina tuviera un corazón latiendo en su pecho! Tal vez lo que Tinkerbell le dijera tanto tiempo atrás era realmente cierto. Quizás, sólo quizás, encontrar de nuevo el amor era posible en verdad.

—Emma… —dejó escapar Regina al fin, y sin darle tiempo a la otra mujer de reaccionar, se acercó a ella y la besó.

Fue un beso casto, inocente, pero cargado de todas esas cosas que Regina sentía y que era virtualmente incapaz de expresar con palabras. La alcaldesa sintió a Emma derretirse en sus brazos, y luego de unos momentos más, se separaron.

—Después de esto creo que es seguro asumir que no me echarás de tu casa —comentó Emma luego de un largo momento de sólo mirarse a los ojos, una sonrisa burlona jugueteando en sus labios.

—Sólo si prometes no intentar hablar élfico hasta que te enseñe correctamente. La última vez casi me sangran los oídos-

— ¡Hey! —Protestó la sheriff ante esto, pero fue interrumpida por otro beso.

Y tal vez en la mañana el peso de la realidad recayera sobre ellas, y recordaran quienes eran, y a lo que se tendrían que enfrentar para estar juntas. Quizás mañana la sombra que amenazaba con cambiar su futuro las cubriera de nuevo, trayendo nuevas tristezas, nuevos obstáculos.

Pero esa noche - iluminadas por la tenue luz del fuego, y más cerca de lo que hubieran estado nunca -, esa noche nada existía en el mundo más que ellas y lo que sentían la una por la otra.

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FIN


Meta Notas (más o menos):

*Corazones: En mi opinión, el corazón que tanto Regina como Rumple y las mujeres Mills arrancan a sus adversarios es un corazón simbólico. Una simple representación de lo que está dentro del corazón físico o real, que es el que se encuentra latiendo en el pecho de la persona gracias a la biología. Cuando hablo de "corazón espiritual" me refiero a ese tipo de corazón simbólico. Cuando digo "corazón físico", estoy hablando del órgano del aparato circulatorio que todos tenemos dentro, del lado izquierdo del pecho, y protegido por las costillas. Por si alguien necesitaba la aclaratoria.


Notas finales: ¡Feliz cumpleaños, Ti! Sé que no es muy largo (quería escribir un longfic como se debe, pero cosas pasan), pero igual espero que haya estado entretenido, y que no me haya salido demasiado del IC. Gracias por estar allí para mí siempre que lo necesito, y gracias por compartir conmigo mi faceta fangirl. Ah! Y perdón por el retraso... Internet, ya sabes XD

Adicionalmente, gracias a todas esas lindas personitas que se han tomado el tiempo de leer y comentar este two-shots. Nunca había escrito de este fandom, y cuando publiqué no esperaba más que un par de follows, por lo que recibir comentarios tan bonitos me tiene gratamente sorprendida.

En fin… Un gran abrazo, y nos vemos en la próxima historia.

Maye.