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Cuando volvió en sí, lo primero que notó fue que yacía sobre su espalda y que ya no estaba en la caverna, donde el suelo era irregular y el olor a azufre surcaba el viento. Además, la caverna estaba obscura, en cambio en aquél lugar la abundaba la luz, tanto que sabía que dolería cuando abriese los ojos. En donde se encontraba no hacía frío y debajo de él estaba lo que dedujo era una alfombra, al juzgar por la textura.

Sus párpados se sentían tan pesados como si estuviesen hechos de plomo, al igual que el resto de su cuerpo… principalmente la cabeza, la cabeza le dolía como los mil demonios. Mmh… ¿Demonios? Demonios, ¡Demonios!

Se obligó como pudo a abrir los ojos y muy lentamente enderezarse en una posición sentada, apoyándose con las manos. Casi al instante se arrepintió, ya que sintió cómo todo le daba vueltas y se le revolvía el estómago. Cerró los ojos para intentar contener las náuseas, aprovechando aquellos momentos para aclarar su mente y ordenar sus pensamientos. Sin embargo tenía demasiadas preguntas como para pensar tranquilamente; ¿Dónde estaba?, ¿Qué había pasado con su guerra?, ¿Qué había sucedido en la caverna?... De pronto un recuerdo lo golpeo como si de una bala se tratase: la luz de aquél demonio en el valle… ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Abrió los ojos de golpe, dispuesto a descubrir dónde rayos se encontraba y cómo haría para volver a donde se suponía que estuviese en aquellos momentos. No podía dejar pasar su oportunidad, al fin tenía los tres instrumentos y… Oh, no.

Comenzó a buscar desesperadamente en todos los compartimientos de su traje de combate, pero sólo había armas; ninguna copa mortal, ni la espada mortal, ¡Nada!

Dejó escapar un grito lleno de coraje y frustración, aunque salió más parecido a un gruñido o algo así. Sin importarle el dolor o el aturdimiento, se puso de pie y echó un vistazo a su alrededor. Estaba lo que parecía una biblioteca casera; una habitación muy grande pintada de blanco, tenía una escalera con barandal para llegar al segundo piso y enormes libreros llenos tapizando casi todas las paredes. A su lado izquierdo había un gran escritorio de madera tras el cual lucía una enorme ventana, que cumplía con la tarea de iluminar cada rincón de aquél enorme lugar. Frente al escritorio estaba un área despejada, cubierta con una alfombra color verde con marrón con verde, que lucía runas en los alrededores y el Nephilim no pudo evitar pensar que era justo el espacio ideal para practicar algunos movimientos de combate.

Se apoyó en el escritorio para no perder el equilibrio, pero su expresión denotaba histeria. Tenía que recuperar los instrumentos antes de que todo su esfuerzo su fuera a la basura. De seguro que los había dejado en la caverna… profirió otro grito de rabia ante la pura idea, golpeando el mueble con ambos puños, aplicando tanta fuerza que casi rompe el grueso material.

¿Cómo pudo no haber detectado la presencia de aquella bestia infernal? ¡Era un cazador de Sombras, por el Ángel! Pero no era culpa suya, sino de la estupidez de ambos hijos suyos. Ah, pero cuando les pusiera las manos encima…

Levantó un poco la mirada, descubriendo un curioso pergamino abierto sobre el majestuoso escritorio.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero él era Valentine Morgenstern y no moría con cualquier cosa. Acercó su adolorida mano al documento y lo observó. Eran runas; runas que nunca antes en su vida había visto, pero que, sin embargo, entendía a la perfección. Comenzó a leer: "El futuro está escrito, el pasado está trazado. Observa lo que hubiera sido si algo diferente hubiese pasado".

Apenas terminó, arrojó el papel de vuelta a su sitio. Él no podía darse el lujo de andar perdiendo su tiempo leyendo versos carentes de sentido. Aunque ya casi no le dolía nada, no debía de sentirse aliviado aun, tenía el presentimiento de que había algo más, que aún le faltaban ciertas cosas por descubrir dentro de aquél pequeño truco. Y vaya que tenía razón.

Salió de prisa de aquella habitación, encontrándose con una casa bastante familiar: su hogar de la infancia. Observó anonadado, como si alguien lo hubiese arrojado dentro de una vieja fotografía. No era posible, simplemente no lo era. Por donde mirara, todo seguía igual de iluminado, pacífico y pulcro que cómo lo tenía su madre cuando vivía.

Negó con la cabeza, tratando de convencerse a sí mismo de que todo era un truco mental o un ridículo sueño del cuál despertaría pronto. Sí, aquél demonio debía de haberlo dejado inconsciente y estaba soñando, eso debía ser…

Inconscientemente comenzó a caminar por el tranquilo pasillo, observando cada rincón por el que pasaba. En medio de su distracción, no escuchó las pisadas de la persona frente a él y chocaron de frente. El impacto no fue muy fuerte, pero hizo lo suficiente como para hacer que el Cazador de Sombras se concentrara.

El hombre se enderezó, aparentando seguridad y ayudó a la mujer frente a él a recobrar el equilibrio. Ella aceptó la ayuda del Nephilim sin dar señal alguna de temor o nerviosismo. Valentine la observó; era una mujer de baja estatura y cabellos castaño claro, los cuales llevaba recogidos en un listón. Se veía en el inicio de sus cincuenta y se apreciaba que sonreía muy a menudo, debido a las ligeras marcas en su rostro.

-Mil disculpas- ofreció casi al instante, haciendo uso de su carisma- Yo sólo…- comenzó, sin saber qué decir. Gracias a Dios que ella lo interrumpió.

-Lo sé, está sorprendido por el silencio en la casa- bromeó alegremente- Enserio, Señor Morgenstern,- bueno, al menos ella parecía conocerlo. Eso era una buena señal para él- no sé qué tienen los niños hoy pero han estado muy calladitos- sonrió.

-¿Niños?- repitió, sin la más mínima idea de lo que se refería.

-Sí, Sebastian y Jace- respondió con la mayor naturalidad- ya sabe, sus hijos, los niños de los que soy nana. Las criaturitas de siete años más adorables de Alacante y hasta creo que de toda Idris. Quizás y están comenzando a portarse bien para que me quede, pero no lo van a lograr. Necesito estas vacaciones y salgo en una hora, no importa qué- repuso de buena gana.

¿Siete años? De seguro aquella mujer sólo se había equivocado.

Bien, así que él vivía en su antigua casa, tenía ahí a los muchachos, había una nana…

-¿Clary?- el nombre le vino a la mente casi inconscientemente, y de igual manera lo pronunció.

La nana puso una cara triste.

-¿Clary? No la he visto desde hace tres años, en la boda de la Señora Fairchild con el Señor Graymark-

¡¿QUÉ?! Valentine sintió como si fuera a perder el conocimiento de nuevo. ¿Jocelyn se había casado con Lucian? ¡¿Pero qué clase de retorcido sueño era ese?!

-¿Se encuentra bien, Señor?-

-Dime de esa….. de esa boda- escupió las palabras como si le superan a veneno en la boca.

-Pero si usted asistió, ¿no lo recuerda? fue el padrino del Señor Graymark, es su mejor amigo-

Los ojos de Valentine se ensancharon y éste tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no suicidarse ahí mismo. ¡¿Cómo había sido posible que se rebajase al nivel de ser amigo de un asqueroso Subterráneo?! En especial del que le quitó a SU esposa y, al parecer, a su hija.

-Sí, no he visto mucho a la niña porque a la Señora Fairchild no le gusta que venga sola y a la Señora no le gusta estar mucho aquí- continuó la mujer, pero después se mostró algo preocupada- ¿Señor, se siente bien? Está actuando un poco extraño hoy, hasta parece que vio un fantasma-

-Estoy bien, gracias- contestó, aun anonadado mientras se daba media y echaba a andar con prisa de nuevo hacia la biblioteca, que por lo visto era lo único nuevo en aquella casa. Se preguntó fugazmente qué habría pasado en la antigua biblioteca, pero la urgencia por volver ahí y poder aislarse de aquella terrible… pesadilla fue aún mayor que su curiosidad.

Entró, cerrando las enormes puertas de madera tras él, totalmente asqueado. Se dirigió con paso seguro hacia el enorme escritorio y, al no saber qué más hacer, comenzó a caminar por la alfombra cual fiera enjaulada.

Estuvo así un buen rato, tratando de no pensar en Jocelyn y fallando miserablemente. No sabía dónde rayos se encontraba, pero el punto era que también ahí Jocelyn lo había dejado… y eso le dolía, aunque trataba de ignorar el sentimiento.

Pudo haber seguido así por mucho más tiempo, de no ser porque un leve lloriqueo proveniente de la segunda planta interrumpió su pesar.

Rastreó el origen del ruido más que nada por instinto. Subió las escaleras silenciosamente y siguió el irritante sonido hasta una hilera de libreros. El llanto provenía del otro lado. Se acercó más, sacando una daga y preparándose para atacar cualquier posible amenaza. Sin embargo, al dar la vuelta al mueble no se encontró con un demonio, sino con algo que había visto muy pocas veces en su vida: Jonathan, el hijo que tuvo con Jocelyn, llorando. Pero no fue eso lo que lo impresionó tanto, sino el hecho de que no era Jonathan como lo había visto sólo hace un par de horas, sino como lucía cuando era un niño.

"Sí, Sebastian y Jace, ya sabe, sus hijos, los niños de los que soy nana. Las criaturitas de siete años más adorables de Alacante y hasta creo que de toda Idris"

Se quedó tieso de la sorpresa, dejando caer la daga al suelo. Maldición…

Jonathan, quien estaba sentado en el piso abrazando las rodillas dobladas contra su pecho, tenía el rostro oculto contra sus rodillas, mas levantó la mirada al escuchar el arma metálica golpear el piso con estridencia.

El chiquillo se levantó de un salto y se abrazó a su padre cómo pudo. Éste último seguía aún demasiado estupefacto cómo para reaccionar.

-¿Qué es éste lugar? ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy así?- Balbuceó, completamente aterrado. Ser tan pequeño lo hacía sentirse débil, vulnerable, indefenso… ¿Qué podía ser peor?