¡Buenas tardes!

Gracias a Roxy Everdeen, Malevola y Emily por los reviews del capítulo anterior. Me sacasteis sonrisas enormes, sobre todo porque cuando lo subí estaba de humor odio-al-mundo.


II

Las tornas han cambiado.

Lucretia no entiende por qué Ignatius Prewett, de la noche a la mañana, ya no la mira. No es que le moleste el cambio, pero… casi (casi) había empezado a acostumbrarse a volverse cada vez que notaba sus ojos grises clavados en ella y encontrarse con una sonrisa burlona.

Bueno, a lo mejor sí que echa un poco de menos las intensas miradas del joven. Después de todo, está en sexto. Lucretia sabe que tiene unos cuantos pretendientes –sin ir más lejos, Cassius Avery, de quien se cansó cuando el joven quiso meterle mano en el salón de té de Madame Pudipié durante la última visita a Hogsmeade antes siquiera de terminarse el café–, pero nunca se ha dado cuenta de que atraiga la mirada de ningún compañero mayor. E Ignatius Prewett está en sexto, y después de todo es muy guapo.

La muchacha es consciente de que igual no rechazó su propuesta con el tacto adecuado. Vale, probablemente (seguro) no tuvo ningún tacto, pero estaba enfadada. Y el Gryffindor no puede estar cabreado por eso, ¿verdad? Quizá se mosqueara un poco en el momento, pero no le puede haber durado las cuatro semanas que lleva sin mirarla.

Ha intentado hablar con él, por descontado. Se ha acercado varias veces a Ignatius en el pasillo, pero él o bien no se da cuenta o finge no percatarse de su presencia; siempre se da la vuelta y se aleja a grandes zancadas, dejando a Lucretia con la palabra en la boca.

Y ella está harta de quedar siempre como una tonta.

—¡Prewett!—exclama, irritada, la décima vez que el joven se aleja de ella. Él se queda congelado a mitad de un paso y se da la vuelta. Lucretia no ve nada de burla en sus ojos y algo en su interior se estremece.

—¿Qué?—inquiere Ignatius.

—Deja de ignorarme.

El joven entorna los ojos.

—¿No era justamente eso lo que querías?

—No… Bueno, sí…—Lucretia sacude la cabeza—. Pero eso no es lo importante. No me refería a esto—Ignatius no dice nada—. Parece que disfrutases atrayendo la atención—el joven sigue con la misma expresión, sus ojos grises convertidos en dos pedazos de metal—. Maldita sea, di algo.

—Sigo sin entender qué vas buscando—replica Ignatius finalmente—. Te hago caso, te molesta; te ignoro, te molesta. ¿Qué quieres?

—¡Que dejes de hacerlo!—explota Lucretia, enfadada—. Deja de tenerme pendiente de ti.

Ignatius arquea una ceja. Con una sonrisa que la muchacha no está segura de que sea con buena intención, el joven se acerca ella y susurra en su oído:

—Black, ¿quieres que te cuente algo? Empezaste tú.

Lucretia no tiene la menor idea de la intención con la que lo dice, pero cuando Ignatius se aleja unos pasos de nuevo y la joven ve que sus ojos grises siguen igual de fríos se muerde el labio.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Tú, pasar de mí de una vez y salir con Avery—Ignatius prácticamente escupe el apellido, y Lucretia reprime una mueca de asco al pensar en la clase de baboso que está hecho el joven—. Yo… Bueno, no creo que te importe. Buenos días.

Lucretia contempla a Ignatius alejarse. Sabía que el joven está dolido por cómo ella rechazó su propuesta, pero no se le había ocurrido pensar que a ella le afectaría tanto el resentimiento de Ignatius.

Suspira, y se pregunta cómo arreglarlo. Pese a que disfruta siendo un poco cruel, no le gusta estar de malas con nadie a quien tenga aunque sea una pizca de aprecio.


Notas de la autora: No, no va a ser fácil. Ignatius tiene un ego muy sensible y Lucretia puede llegar a ser increíblemente obtusa. Pero de alguna manera, según el árbol genealógico, acabarán juntos. Insértese aquí risa malvada.

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