La historia no me pertenece ni los personajes... es solo una adaptacion.

Aqui el siguiente capitulo.

Capítulo 2

Isabel no tenía idea de qué hacia sentada en un restaurante esperando cenar con Edward Masen, su casi ex marido.

Él llegaba tarde. Deliberadamente tarde, estaba segura. Para ponerla nerviosa.

¡Como si no se sintiera suficientemente nerviosa ya!

Un hecho del que Edward se daría cuenta. Como también se daría cuenta de la seriedad de la situación para que ella hubiera estado dispuesta a llamarlo, y estar esperando allí.

Y por eso debía de estar haciéndola esperar.

Su rostro era bien conocido, y despertaba la curiosidad de los otros clientes del restaurante. No sólo había aparecido en la televisión muchas veces, sino que ahora era la cara de Cosméticos Black.

Isabel Swan, modelo internacional, llevaba esperando quince minutos, sentada sola en una mesa de dos, ¡Evidentemente, la persona con la que había quedado le había dado plantón!, pensaría la gente.

Seguramente aquello era una pequeña venganza de Edward por haberlo abandonado. Pero si él no aparecía en tres minutos, ella se marcharía…

En aquel momento apareció Edward.

Y ella se puso tensa y sintió un estremecimiento ante su proximidad.

Su atracción hacia él todavía estaba allí. Y aquello la contrariaba.

Edward estaba increíblemente atractivo, pensó Isabel, al verlo con aquel traje oscuro a medida y aquella camisa blanca de seda. Ella imaginó su cuerpo musculoso y fuerte debajo de aquella ropa.

Él ni siquiera estaba mirando en dirección a ella. ¡Maldito sea!, pensó ella. Lo vio hablando con el maître relajadamente.

A ella se le hizo un nudo en el estómago. Y de pronto se dio cuenta de la magnitud de lo que estaba haciendo.

Pero no tenía opción.

Edward camino hacia su mesa, aparentemente indiferente a la presencia de ella. ¡Y al hecho de llegar veinte minutos tarde!

-Espero no haberte hecho esperar –dijo Edward fríamente cuando se sentó frente a ella-. Ha habido algo importante en el último momento.

Estaba tan atractivo como siempre.

Edward había visto a Isabel en cuanto había llegado al local, al verla se había quedado impresionado. Se había detenido a hablar con el maître para que le diera tiempo a recuperarse y estar más controlado cuando la viera.

Isabel estaba hermosa aquella noche, con su pelo castaño cayéndole por la espalda, y aquel vestido verde sin tirantes, que dejaba al descubierto unos hombros de satén y el comienzo de unos pechos blancos. Su cabello hacia juego con sus ojos color marron, bordeados de unas larguísimas pestañas oscuras. Y aquellos labios carnosos, promesa de una pasión que ella conocía de él.

Pero Isabel no solo era hermosa. Tenía algo más. Una gracia y una sensualidad innata.

La primera vez que la había visto había sentido como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Y en aquel momento, en otras circunstancias, sintió lo mismo cuando la miró.

Pero disimuló sus sentimientos.

-Tienes buen aspecto, Isabel –dijo Edward, mientras asentía con la cabeza para agradecer al camarero que les estaba sirviendo dos copas del vino que Edward pedía cuando cenaba allí-. Al parecer, te sienta bien un amante.

-Parece que tu imaginación no deja de trabajar, Edward –respondió ella, echándose el pelo hacia atrás, tratando de no verse afectada por su presencia.

Ella se había arreglado cuidadosamente para su encuentro, decidiendo llevar el pelo suelto como le gustaba a Edward, y un vestido ajustado que resultaba su figura.

Necesitaría todas las armas posibles para contrarrestar el desprecio de Edward, y había decidido acudir a la belleza de su cuerpo y de su rostro, con los que había hecho una fortuna, y sacarles provecho. Aunque sólo fuese para mostrarle a Edward lo que había perdido dejándola marchar, en algún lugar de sentarse con ella para solucionar sus diferencias hablando.

A sus veintisiete años, y después de ocho años de una carrera exitosa como modela, nunca había sido capaz de soportar aquella mirada fría analítica de Edward que no dejaba entrever nada de sus sentimientos.

Si es que tenía alguno.

Además del deseo físico, por supuesto.

Jamás había visto amor brillando en aquellos ojos verdes, ni por ella ni por nadie.

-Prefiero no imaginar nada relativo a ti y a Jacob Black –respondió él-, sólo te estaba diciendo que la ruptura de nuestro matrimonio no ha afectado a tu belleza.

Si él la hubiera visto pasar horas junto a la cama de hospital de su padre, rogando que éste viviera, Edward se habría dado cuenta que no siempre estaba hermosa, y que algunas veces se derrumbaba emocionalmente.

-Bien –dijo ella-. Intentare explicarte por qué necesito hablar contigo.

-Me gustaría pedir la comida primero, si no te parece mal –la interrumpió.

Ella no podía comer nada. El verlo y sentir que todavía lo amaba y que él no correspondía a su amor le resultaba muy doloroso.

-Adelante. Yo no pediré nada, si no te importa –Isabel cerró la carta que le habían dado sin siquiera mirarla.

Edward la miró en silencio, sabiendo que Isabel no era una de esas modelos que tenían que matarse de hambre para permanecer delgadas, que su delgadez era tan natural como su belleza.

Edward le agarró la barbilla y levantó su rostro, y ella tuvo que mirarlo.

Ella había aprendido a disimular más sus emociones en aquellos cuatro meses, pensó él, al ver que ella le mantenía la mirada.

Sin embargo, mientras él seguía mirándola, notó que había pocos cambios en ella. Sus ojos marrones parecían cansados, su rostro parecía pálido debajo del maquillaje, y su delgadez, ahora que él tenía tiempo de mirarla con más detalle, era casi fragilidad.

-¿Qué ha pasado, Isabel? –le preguntó él-. Supongo que Jacob Black no habrá defraudado tus expectativas también. ¿no?

Ella suspiro profundamente.

-¿Por qué no me has creído nunca cuando te he dicho que jamás he tenido una relación personal con Jacob? –ella agitó la cabeza.

¿Por qué?, pensó él. Porque él sabía cómo Jacob la había perseguido hacia cinco meses, desesperado por conseguir que Isabel fuera el rostro de su línea de productos de belleza.

Y con la crisis que había sufrido su matrimonio recientemente, él sabía que había sido muy fácil para Jacob Black seducir a Isabel, y convencerla de que aceptase el contrato con su empresa y para que fuera parte de su vida.

Él sabía todas esas cosas porque Jacob Black se había deleitado en contárselas.

-¿En dónde cree Jacob que estas esta noche? –la desafió-. Seguramente no cenando conmigo, ¿verdad?

Ella dejo escapar un suspiro de impaciencia.

-No he venido a hablar de Jacob contigo…Yo… de hecho hace semanas que no lo veo. Mi padre ha estado enfermo, y…

-¿Charlie? –repitió Edward, haciendo un gesto con la mano al camarero que fue a tomarles nota. Estaba demasiado interesado en lo que estaba contándole Isabel como para distraerse con el camarero.

Solo había visto tres veces a su padre durante su matrimonio con Isabel, pero le había caído muy bien el hombre, y había admirado lo bien que había sobrevivido siendo el único miembro masculino de una familia dominada por su esposa y sus cuatro hijas.

Isabel trago saliva.

-Hacia unos meses que no se sentía bien, y hace un mes ha tenido un ataque al corazón…

-¿Por qué diablos no me lo has dicho? –preguntó Edward.

Ella pestañeo, sorprendida. Edward no era una persona apegada a la familia. Provenía de un matrimonio separado cuando él tenía ocho años, y luego había tenido un montón de padrastros y madrastras. Aquella circunstancia podría haber hecho que diera la bienvenida a una familia tan unida como la de Isabel, pero lo había hecho. Él no quería ni confiaba en la familia, y había mantenido distancia tan física como emocional con todos ellos.

Y distancia emocional con ella.

-¿Por qué iba a hacerlo? –preguntó ella-. Nunca has demostrado ningún interés en mi familia cuando estuvimos casados, así que, ¿cómo iba a imaginar que te iba interesar ahora que estamos divorciados?

-Separados –la corrigió Edward-. No he firmado los papeles del divorcio todavía.

No, no lo había hecho, pensó Isabel, y no comprendía por qué. Ella había pensado que se alegraría de terminar con ella y con aquel matrimonio que tanto deseaba él que jamás hubiera tenido lugar. Pero varias semanas más tarde de haber enviado los papeles, Edward seguía sin firmarlos ni devolvérselos.

-Es un asunto técnico –comentó ella-. Yo… -se calló cuando un camarero sirvió entremeses en el centro de la mesa y se marcho discretamente.

Edward sonrió al camarero, agradeciendo que el hombre se diera cuenta de la tensión entre ellos y de que hubiera adivinado que no pedirían nada más. O tal vez fuera otra persona que encontrase fascinante la belleza de Isabel, pensó él.

Isabel también pareció confusa.

-¿Cómo están tus padres? –preguntó

Él agito la cabeza. Isabel solo había visto a sus padres una vez, por separado, por supuesto, en la que su padre estaba coqueteando y su madre había estado interesada en los productos de belleza que usaba Isabel para mantener su belleza natural.

-Igual –contestó él-. Y deja de intentar cambiar de tema, Isabel. Cuéntame lo de tu padre.

Ella, ausente, tomó una gamba del plato y se la metió en la boca antes de contestarle.

Edward miró sus labios, labios que había besado y que lo habían besado y le habían dado placer.

¡Dios! ¡Cuánto la deseaba todavía!

Y cuanto deseaba no hacerlo.

Su lengua se movió para humedecer aquellos labios, y luego Isabel repitió:

-Tuvo un ataque al corazón.

Edward se imagino el golpe que debía haber sido para las mujeres de la familia, para Rene, su esposa desde hacia treinta años, para la hija menor Alice, para Jane y Rosalie, y para la hija mayor, Isabel. Adoraban a Charlie.

Isabel… ¿Qué querría ella de él? Tenía dinero dinero suficiente para dar el mejor cuidado a su padre.

Isabel decidió que era hora de saber si Edward la ayudaría.

-Mi hermana Alice se va a casar el sábado. Alice quería cancelar la boda hasta que mi padre estuviera mejor, pero él no quiere que cambien los planes.

Edward frunció el ceño.

-¿Y quieres que le envié un regalo de bodas…?

-No, por supuesto que no –ella suspiró.

No era tan sencillo.

-Supongo que no querrás que vaya del brazo de Alice en lugar de tu padre, ¿no?

-¡No seas ridículo!-exclamo Isabel, impaciente-. Lo que quiero… lo que necesito de ti… esto no es fácil para mí, Edward… susurró con lágrimas en los ojos.

-En eso no puedo ayudarte –respondió Edward.

Ella se daba cuenta de que el fracaso de su matrimonio no había sido culpa de él. Su amor romántico por él había hecho que ella se convenciera de que él la amaba. Pero él nunca se lo había dicho. Jamás le había mentido.

Hasta que se había enfrentado a la realidad.

-El asunto es, Edward, lo que quiero de ti… Es que vengas a la boda de Alice el sábado –lo miró para ver su reacción.

Él se sorprendió, pero rápidamente oculto toda emoción.

Edward agitó la cabeza.

-¿Por qué?

-¡Porque todos esperan verte allí!

-¿Por qué?

-¡Porque no le he dicho a mi familia que estamos separados! –miró a Edward.

Este frunció el ceño. Se extraño de que su familia no lo supiera. Afortunadamente los periódicos no se habían enterado de su ruptura todavía. El hecho de que ambos viajasen al extranjero habitualmente y que estuvieran largas temporadas separados, probablemente fuera el motivo de ello, pero ¿Por qué Isabel no se lo había dicho a su familia por lo menos?

No tenía sentido aquello para él.

Isabel intento soportar la intensidad de la mirada de Edward, ya que ella no se lo había dicho a su familia porque internamente había tenido esperanzas que fuera algo pasajero.

Pero la realidad era que había tenido esperanzas durante semanas. Simplemente no había podido aceptar que Edward no pudiera devolverle al menos parte del amor que ella sentía por él, y que una vez que estuvieran separados se daría cuenta de cuánto la amaba. Y también había tenido esperanzas de que se convenciera de que ella no tenía nada que ver con Jacob Black.

Y aquella esperanza había tenido que ver con su deseo de reconciliación con él.

No habría sido difícil ocultárselo a su familia. Ella había estado en Ameria casi un mes después de la separación y, usado siempre su móvil y su correo electrónico, había logrado ocultar su cambio de domicilio. Nadie le había preguntado por qué Edward no estaba con ella cuando iba a visitarlos, porque sabían lo ocupado que estaba él y cuanto viajaba por negocios. Su explicación de que él estaba en Australia cuando su padre se había puesto enfermo había sido aceptada por todos.

Pero ella había esperado en vano que Edward se diera cuenta de cuánto la quería. Ni siquiera los papeles del divorcio habían hecho que él reaccionase. Así que finalmente había tenido que aceptar que él no la amaba ni la había amado nunca, y que su matrimonio había terminado.

Y entonces había sabido que tenía que decirle la verdad a su familia.

Pero entonces su padre había tenido un ataque al corazón, y durante el último mes ella se había olvidado de todo, excepto de desear que su padre se recuperase.

Y lo había hecho. Y los médicos tenían esperanzas de que, con el tiempo, y sin estrés, se recuperaría totalmente.

Mientras tanto, la boda de su hermana era el sábado, y su familia no tenía ni idea de que Edward y ella ya no estaban juntos.

Su padre no tenía que sufrir estrés, le habían dicho los médicos. Definitivamente no era el momento de decirles que su matrimonio había fracasado.

Saludos chicas y cuidense...

subire capi lo más rapido que pueda.