El sonido de sus talones descalzos fue apaciguándose lentamente a medida que subía uno a uno los escalones que conducían al piso superior. Permanecí en mi lugar, observándolo completamente petrificado hasta que su etérea figura desapareció por completo. No me dejaría intimidar, por supuesto, mucho menos por alguien como él, de modo que regresé al sillón, comenzando a hacer zapping compulsivamente. Lo realmente curioso fue que, una hora más tarde mi amigo aún seguía sin aparecer. En un primer momento lo adjudiqué a su adicción a los videojuegos. Seguramente aún se encontrara en pleno combate. Sin embargo, tiempo más tarde comencé a preocuparme. Con la intención de sentarme en la entrada por si acaso no ubicaba la vivienda, abrí la puerta principal. El horror se vio reflejado en mis ojos ni bien hallé a Matt tendido sobre el costoso tapete hindú, bajo un charco de sangre.
—¡MATT! —exclamé arrodillándome a su lado— ¡¿QUÉ SUCEDIÓ?!
—A… aún no lo sé. Estaba a punto de tocar cuando alguien…carajo… —se quejó, presionando su hombro derecho—…alguien me atacó por detrás. No me dio tiempo a reaccionar.
—¿Cómo entraste?
—La puerta estaba abierta. Pensé que la habías dejado así a propósito…
—Para nada. No me extrañaría que alguno de los tipos que hicieron las amenazas anduviera por aquí. … Antes que nada, llamaré a una ambulancia.
—Gracias… —soltó, tragando con dificultad—No es que… que me hayan herido demasiado pero… duele como la mierda, viejo…
—Lo sé, lo sé… Sólo quédate quieto mientras hago la llamada…
(…)
Nate River
Había fantaseado cientos de veces con aquel acontecimiento, por lo que aún me costaba creer que finalmente fuera a concretarse. La alfombra de mi cuarto se encontraba repleta de fotografías de… Mihael Keehl. Sabía absolutamente todo acerca de él. No había sido tarea sencilla, pero gracias a mis capacidades informáticas —y un poco, sólo un poco de obsesión—, había invadido cada rincón de la red, fuese privado o no, con el fin de recopilar datos.
Todo comenzó durante aquella cena familiar, ocurrida dos años atrás. Uno de los empresarios amigos de mi padre —un bueno para nada, para ser exactos— daría una charla multitudinaria con el propósito de anunciar la apertura de su nueva compañía. El televisor se encontraba sintonizado en el canal pertinente, sin embargo, no presté ni la más mínima atención a lo expresado. Todo sucedió muy rápido. Una vez concluida la presentación, la cámara hizo una fugaz captura de los dos custodios de aquel hombre, ambos impecablemente vestidos. Mis ojos se clavaron en uno de ellos, un joven de lentes oscuros y cabello rubio. Luego de eso, terminar la cena me resultó imposible. Tuve cosas mucho más importantes que hacer…en la privacidad de mi cuarto.
La segunda ocasión fue mucho más complicada ya que, durante una reunión de trabajo de mi padre, se presentó la oportunidad de observar al muchacho en persona. Su presencia era sencillamente cautivante. Pasé por su lado varias veces sin obtener ningún tipo de respuesta. Sin embargo, el embriagante e intenso aroma de su perfume me torturó por meses enteros. Desde entonces cada noche gimo su nombre, retorciéndome bajo las sábanas.
El tenue golpeteo proveniente del otro lado de la puerta me dio la pauta de que la diversión estaba a punto de comenzar...
—Si…
Ese rostro… ese perfecto y maldito rostro se hizo presente frente a mis ojos. Me costó de sobremanera reprimir el profundo suspiro que moría por escapar de mis labios. Sus ojos eran de un azul tan intenso, sus facciones tan jodidamente proporcionadas, su cabello excesivamente brillante y sedoso… No hacía falta tocarlo para darse cuenta de ello. Escuchar nuevamente su voz encrespó los pequeños vellos de mi nuca.
—¿Estás… bien?
—Si.
—Un… mmh…mi amigo fue atacado antes de llegar a la puerta principal. Hice una recorrida por el terreno pero no…
Su discurso fue interrumpido ni bien reparó en las múltiples imágenes distribuidas a sus pies.
—¡¿Qu…?!
—Estoy perfectamente bien, Mello. Si tienes ganas de descansar o corroborar cómo se encuentra tu amigo, ve. No te preocupes por mí —expresé despreocupadamente, sentándome frente a la PC—.Tengo trabajo que hacer.
—¡¿Qué carajo haces con todas esas fotos?! —preguntó algo alterado, mientras tomaba una de ellas— ¡E… ¡¿Es mi madre?! ¡¿Qué mierda es todo esto?!
—"Era", para ser exactos. Tengo entendido que falleció cuando apenas tenías siete años de vida.
—¡¿Estás loco?! ¡¿Qué se supone que estás buscando?!
Mis labios se contorsionaron en una cínica sonrisa.
—Conocerte… nada más que eso.
La puerta se cerró automáticamente. La incertidumbre presente en su rostro era casi palpable.
—¡¿Qué mierda…?!
—Sistemas de seguridad de avanzada tecnología. A ver… cómo te lo explico… —medité, comenzando a trazar círculos a su alrededor—. Mamá vive preocupada por mí, por lo que decidió instalar este costosísimo sistema en torno a mi cuarto. De esta manera y con sólo presionar un diminuto botón, la puerta queda completamente trabada, impidiéndole a la amenaza en cuestión ingresar y… hacerme daño —concluí, mirándolo con ojos risueños.
—Muy bello todo, pero tengo que volver a…
—A tu labor, lo sé… aunque… ¿qué mejor manera de hacerlo que aquí, conmigo? Se supone que debes cuidarme, ¿no?
Con suma rapidez envolví su cuerpo, sujetándolo con demasiada fuerza. Evidentemente, mi movimiento lo había tomado por sorpresa. Fue gracioso ver como su mente se debatía entre apartarme de una vez y tratar de parecer amable.
—N… Nate, espera…
—¿Esperar? Ya esperé demasiado… demasiado…
—No… no sé bien de qué estarás hablando pero…
—¡¿No sabes?! ¡¿NO SABES DE QUÉ ESTOY HABLANDO?!
—No…
—Genial—susurré finalmente, dándole la espalda—.Sencillamente genial.
La puerta volvió a destrabarse. Pasados unos cuantos segundos supe que mi custodio se había marchado. Tal vez las indirectas no fueran lo más adecuado…tal vez tuviera que trabar cada una de las puertas de la mansión y… tal vez—sólo tal vez— Mello tuviera ganas de jugar a las escondidas…
(…)
Mail Jeevas
¿Sentía… enojo? No era correcto. Mello no tenía la culpa de que me encontrara allí, completamente solo en la deplorable sala de aquel hospital público. Él no tenía la culpa de haber obtenido un trabajo tan bueno como ese. Él no me había abandonado allí, a propósito. Por supuesto que no. Las recetas médicas que descansaban en una de mis manos habían pasado a ser un mero manojo de papeles arrugados. Revisé la pantalla de mi teléfono celular por milésima vez. Nada de mensajes. Nada de llamadas perdidas. Nada de Mello.
Lentamente dejé mi asiento, tratando de mover mí brazo derecho lo menos posible. La herida había sido profunda por lo que fueron necesarios unos cuantos puntos de sutura. Debía cambiar la venda al menos tres veces por día, colocar un par de soluciones antisépticas, evitar los movimientos bruscos y prácticamente permanecer quieto como una estatua. Médicos y sus exageraciones. De todos modos, no se trataba de nada que no pudiera soportar. Agradecí enormemente el hecho de no haber conducido hasta la mansión antes de consumado el incidente, de lo contrario me hubiese resultado demasiado dificultosa la tarea de emprender el regreso.
Salí del lugar, arrastrando los pies con pesar. Densas nubes grises comenzaban a arremolinarse en distintos sectores del cielo. Una pequeña gota aterrizó en el puente de mi nariz, provocando que parpadeara involuntariamente. En momentos como ese, cuando la lluvia comenzaba a caer, una angustia terrible me abordaba, pero no cualquier tipo de angustia sino una particularmente dolorosa. Ese recurrente sueño se presentaba ante mí una vez más, perturbando mi tranquilidad. Mello y yo, tendidos sobre mi cama, explorándonos… fundiendo nuestros labios mientras del otro lado de la ventana la lluvia no dejaba de caer… Sacudí la cabeza un par de veces, tratando de alejar aquellos descabellados pensamientos de mi mente, de lo contrario terminaría teniendo una erección en plena avenida. La necesidad de llegar a Mello de esa manera había pasado a convertirse en una urgencia. Cada vez se tornaba más tortuoso el hecho de estar con él… vivir con él. Mis manos estaban húmedas a causa de la ansiedad. Estuve a punto de tomar la iniciativa y ser yo quien lo llamase, pero decidí mantenerme al margen. Al fin y al cabo interrumpir su trabajo no hubiese sido lo correcto. Seguí mi camino, resguardándome bajo la parada de autobús más cercana, hasta que un conjunto de luces a lo lejos me dio la pauta de que el vehículo en cuestión se encontraba a escasos metros de distancia. Resoplé algo abatido, y aguardé.
(…)
Mihael Keehl
Un momento. ¡¿Por qué diablos estaba dejando el cuarto de Nate?! ¡¿Me iría así como si nada, sabiendo que estaba jugando como se le antojaba con mi privacidad?! Sin siquiera golpear esta vez, giré la manija de la puerta, adentrándome en la habitación. El muchacho permaneció en su lugar, dándome la espalda desde el rincón del suelo en que se encontraba sentado. Recorrí el cuarto con la vista. Una biblioteca rebosante de libros se ubicaba en uno de los laterales. Un poco más a la derecha había un escritorio de madera oscura. Luego venía la mesita de noche y… Mi cerebro se detuvo por unos momentos.
—T…tú lo hiciste…
—¿Dijiste algo? —preguntó, observándome por encima del hombro con indiferencia.
—T…Tú —tartamudeé con un hilo de voz—…heriste a Matt…
Un cuchillo de tamaño considerable asomaba por debajo de la cama. Aún había restos de sangre en él.
—Ah… eso…
—¡¿ESO?! —estallé, perdiendo el control— ¡¿ACASO ESTÁS LOCO, HIJO DE…?!
—Agradece —me interrumpió mientras se ponía de pie, comenzando a acercarse—… que no fui más lejos. ¿No te advertí? ¿No te dije que no lo trajeras? ¡¿Acaso no lo hice, Mells?!
Retrocedí intuitivamente, chocando contra una de las paredes. Mi respiración era completamente irregular. Nate siguió avanzando hasta acorralarme. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía ver motas grisáceas en sus ojos.
—Mello…Te… te deseo tanto…
La forma en que me observaba era fascinantemente obsesiva. Sus ojos abiertos de par en par… ese rubor en sus mejillas… su cálido aliento sobre mis labios…
—¡¿Estás enfermo?! —lo separé finalmente—. ¡¿Qué anda mal contigo?!
Tropecé con mis propios pies a causa de la urgencia por salir de allí, sujetándome de una de las paredes justo antes de caer. Luego corrí, con la cabeza hecha un lío. Nate River estaba loco. ¿Debía marcharme, como si nada? No, hablaría con sus padres primero aunque…Matt. Deteniéndome por un momento saqué el celular del bolsillo, pero antes de que pudiera mirar la pantalla, siquiera, una aguda punzada de dolor atravesó mi mano derecha, obligándome a soltar el aparato. La sangre comenzó a emanar de la reciente herida. A mis pies hallé el mismo cuchillo que ese maldito había utilizado para atacar a mi amigo. Alcé la vista lentamente hasta hallarlo parado al final de la escalera. El ronco y apaciguado tono de su voz me puso los pelos de punta.
—¿A dónde crees que vas, Mells? ¿Estás escapándote de mí? ¿Piensas dejarme solo? Voy a bajar, ¿sabes? —fue su aviso, mientras ponía un pie en el primer escalón—. Vamos a jugar a mi modo. Puede que al principio te duela un poco —advirtió, continuando el descenso— pero al final… te gustará.
Lo último que vi antes de huir hacia el jardín fue su perversa y ávida sonrisa. Al carajo con sus padres. Debía desaparecer de allí antes de terminar perforando su maldita cabeza con una de mis balas.
(…)
