Capítulo 2
Advertencia: los personajes pertenecen a S. Mayer, la trama es mía.
Clasificación: M
1.-
A Irina Denali no le había tocado fácil en la vida. A la corta edad de 5 años, su madre falleció y a su padre nunca lo conoció. Por haber quedado huérfana a tan corta edad, fue a parar a un orfanato, en donde tuvo que pasar muchas cosas desagradables.
La gente está acostumbrada a pensar que en esos sitios, a los niños por ser niños y por haberle tocado un destino algo mezquino, son tratados de manera especial, pero la realidad es otra. En el orfanato, al menos en el que habían asignado a Orina, acostumbraban a tratarlos como a animales y esclavos: Comían y dormían en el piso, los cuartos que eran dispuestos para ellos, sólo eran habitados cuando venían algún supervisor del gobierno, a verificar que todo marchara a la perfección. Y por supuesto que nadie podía decir ni una sola palabra de lo que en verdad ocurría. Los tenían bien amenazados, argumentando que nadie les crearía lo que dijeran y que, además, al que se atreviera abrir la boca, tan pronto la visita del funcionario hubiera acabado, lo mandanrían directamente al cuarto de castigo, donde tenían que pasar un día sin comer y dormir completamente desnudos en el piso, sin tener algún pedazo de tela que los protegiera. Por fortuna, a Irina nunca le tocó ir a ese lugar, pero eso no quería decir que no le pasaron cosas peores...
Día a día los hacían lavar, planchar y cocinar exquisitos manjares, para luego fregar todo el reguero. Lo lo peor del caso es que no eran sus ropas la que lavaban y planchaban, a duras penas si tenían ropa que ponerse. Tampoco era su comida la que tenían que cocinar. A ellos le daban una especie de polenta que tenía un sabor desagradable, pero que tenían que comerse si querían seguir sobreviviendo.
Todas la noches, los huérfanos pedían a Dios que alguna buena familia los adoptara, pero para ellos era difícil. Las parejas siempre buscaban a niños que no pasaran de los 6 años de edad y la mayoría oscilaban entre los 9 y 14 años. Irina corría con más suerte al tener 5 años, además, era una niña bastante bonita, pero psicológicamente no estaba muy estable, y no era para menos, haberse quedado huérfana y que la trataran peor que a un perro, hicieron que se convirtiera en una niña retraída, que casi no hablaba y tampoco comía. La pocas parejas que solicitaron conocerla para una posible adopción, desistieron al darse cuenta que criar alguien como ella podía acarrearles muchos problemas.
Con el pasar de los años, Irina fue perdiendo la posibilidad de que la adoptaran, tampoco se podía decir que era algo que ella quiso, la verdad es que Irina había perdido las ganas de vivir hace ya un tiempo atrás, desde que su cabeza giraba en torno a la idea de creer que algo malo tuvo que haber hecho, para que le tocara vivir todo lo que había vivido hasta ese momento. Sólo un milagro la mantenía con vida, porque a sus 10 años, su cuerpo podía decirse que era hueso y piel, aunque no podía negarse que seguía siendo hermosa. Ésa cualidad la llevó a conocer el otro cuarto de castigo, uno al que sólo visitaban las niñas con su belleza, a partir de los 10 años, y donde no siempre era por haber hecho algo malo.
Irina fue victima de abuso sexual durante un año, y no fue por más tiempo, sólo porque una persona -anónima- había informado a las autoridades sobre las actividades ilícitas que ocurrían en el orfanato.
Lo siguiente que pasó, fue que cerraron el sitio y todo el personal fue a parar a la cárcel, donde sufrieron condenas que abarcaban desde los 20 años de prisión, cadena perpetúa y la silla eléctrica. Los huérfanos fueron trasladados a diferentes centros de rehabilitación, para ser tratados por psicólogos por los diferentes traumas que les dejó el haber estado en un lugar tan infernal.
Irina fue una de las más traumadas, y fueron años para que ella dejara de creer que por su culpa, su padre había dejado a su madre, que por ese motivo ella murió y que toda la mierda que le había tocado vivir a tan corta edad, era su castigo.
Tuvo la suerte que a sus 17 años, fuera acogida por una de las psicólogos del centro, pero por su escasa educación se le hizo un poco difícil conseguir un empleo que le permitiera sentirse útil... Afortunadamente, un año después fue recomendada para que desempeñara el cargo de ayudante de biblioteca en una reconocida universidad, pero era en otro estado, lo que significaba que tenía que irse a vivir sola en un lugar donde no conocía a nadie y, aunque en un principio estaba algo asustada, se dijo así misma que había pasado por muchas cosas y que a lo mejor ese era el camino que Dios le estaba mostrando para recompensarla por todo lo que le había tocado vivir.
Así que Irina, se mudó y a los pocos dias comenzó su empleo, al que se adaptó rápidamente, aunque no podía evitar no confiar en casi nadie, sólo en Sue Clearwater, la encargada de la biblioteca donde trabajaba, que era una mujer muy amable que pisaba los 50 años.
Un día cualquiera, un joven de cabello bronce y de orbes verdes, entró a la biblioteca. Irina sintió su corazón latir más fuerte, sus mejillas ardieron tornándose del color de las amapolas, sus manos empezaron a sudar frío y por primera vez deseó que su belleza, de la que ahora se sentía a gusto, sirviera para llamar la atención de aquel muchacho, pero mayor fue su desilusión, cuando se dio cuenta que él caminó con paso cansino hasta unas de las mesas que estaban alejadas, sin mirarla, mejor dicho, sin mirar a nadie.
Parecía que aquel joven, tampoco estaba consciente de todas esas chicas -incluyéndola- que lo miraban como si fuera un dios griego que había bajado directamente del olimpo para mostrarle a los mortales que la perfección sí existía.
En ese entonces, Irina ignoraba que ése chico estaba lejos de sentirse perfecto, no podía sentirse de esa manera cuando el ser que lo completamentaba no estaría más a su lado...
Irina siguió trabajando, ahora con más entusiasmo que antes, porque veía casi siempre al joven de los orbes verdes, el cual se enteró luego que su nombre era Edward Cullen. Pero, aunque ella quería hacer algo para que él se diera cuenta que ella existía, no se sentía con el valor suficiente para hacerlo, así que desistió de la idea, más, al ver como todas esas chicas, que eran bastante atractivas, buscaban acercarcele y eran sutilmente rechazadas por él...
Un jueves por la mañana, exactamente a las 7:30 am, Sue se enferm y por tal motivo no pudo ir a la universidad. La biblioteca tenía que abrirse, sí o sí, así que el director de la institución le pidió el favor a la Señorita Denali para que fuera ella la que estuviera al frente de ésta, en tanto Sue se recuperaba. Al principio, Irina no supo que contestar, estaba asustada: una cosa era limpiar estantes, libros, mesas y sillas, y otra cosa era encargarse del archivo. Pero no le había quedado más opción que aceptar, sino lo hacía perdería su empleo y dudaba mucho que podría conseguir otro y, además, en corto plazo...
Irina estaba en la Biblioteca, lloraba como niña chiquita, porque no sabía cómo empezar a clasificar la montaña de libros que tenía en frente, los nombres que se hallaban en los lomos y en las portadas de éstos, no los sabía leer. Si al final de la tarde no conseguía, al menos organizar la mitad del trabajo que tenía, estaba consciente que su despido sería un hecho...
— ¿Te puedo ayudar en algo?
Al escuchar esa voz ronca, Irina se sobresaltó. Sabía perfectamente quién era, ella se había grabado en su cabeza aquel timbre tan varonil, cuando escuchaba Edward, pedirle la ubicación de algún libro a Sue... ¿Y ahora qué hacía? No podía simplemente darse vuelta y contestarle. No en el estado tan deplorable en el que se encontraba. Además, ¿Qué se supone que le diría? Que sí. Que necesitaba que él clasificara los libros porque ella era una analfabeta. ¡No! definitivamente era mejor que no dijera nada, él se cansaría de esperar que ella le contestara y se iría...
Pero no fue así, Edward no se fue, había entrado al cubículo sin que ella se diera cuenta, y cuando lo notó, se sorprendió al verlo tomar la lista que estaba en la mesa, con toda la información de cómo estaban distribuidos los estantes y que libros deberían ir en ellos.
Irina observó a Edward, que, sin decirle ni una sola palabra, comenzó a apilar libros en su regazo, para luego llevarlos a donde correspondían. En poco tiempo, la montaña que la había aterrado hasta el punto de hacerla llorar, desapareció. Cuando Edward término, dejó la lista de nuevo en su lugar, e Irina, le susurró un débil gracias, al ver que se disponía a salir del cubículo. Él le contestó con una sonrisa amable y le dijo:
— No hay de que. Si quieres puedo ayudarte hasta que Sue regrese. Y si también quieres, puedo ayudarte para que no sigas llorando... Te ves más bonita cuando sonríes.
Irina lo miró, aún con vestigios de lágrimas en sus ojos, y al principio no había entendido lo segundo que le dijo, pero luego entendió y un fuerte rubor apareció desde su cuello hasta su frente. Su corazón casi sufre un paro cardíaco con lo último que escuchó y sonrió cuando él ya se había ido. Dio gracias al hecho de no saber leer, porque ese detalle, del cual ella se sentía avergonzada, hizo que el chico que le gustaba se acercara a ella, que los días siguientes él la ayudara con las dos cosas que le había ofrecido, que luego de que Sue se recuperara retomando su puesto, él quisiera seguir enseñándole a pesar de lo mala alumna que era, que más días, semanas, meses y años después de relativamente conocerse, y de ella creer que él la veía sólo como su mejor amiga, le pide que sea su esposa, algo que la hizo dudar un poco, porque había sido algo repentino y ella ni siquiera era su novia, pero aceptó pensando que efectivamente, el haberse mudado a ese lugar, era para que le pasaran cosas buenas...
Así que a sus 26 años, Irina, ahora vivía con Edward y su hermana Isabella, la cual había tenido la oportunidad de conocer hace poco y que desde el principio no le había caído bien, pero lo disimuló ya que no quería tener problemas con su prometido por culpa de una niña mimada que no hacía más que discutir con él, cada vez que le daba un consejo respecto a la ropa tan vulgar con la que ella acostumbraba a vestirse. Discusiones a las que Irina nunca quiso participar, en parte porque no lo creía conveniente y en otra, porque pensó que el comportamiento que tenían los hermanos era normal, aunque ella no podía saberlo, ya que no tenía hermanos y tampoco tenía una familia...
Pero, eso estaba por acabarse, Dios la había recompensado. Ella estaba a días de casarse y hace un mes se había hecho una prueba de embarazo cuyo resultado había sido positivo, tenía ya casi 12 semanas y sólo esperaba a estar en la luna de miel, a solas con Edward, para darle la buena nueva. Irina tenía todo planeado, ya hasta soñaba con un pequeño niño de cabello bronce y orbes verdes, pero...
"¡Aaaaaaa!"
Un gemido agudo sacó a Irina del mundo de los sueños. Abrió los ojos algo confusa, al ver que el cuarto en donde se encontraba no era el de su pequeño departamento. Luego recordó que hace casi dos meses se había mudado con Edward, y que todavía su mente no se acostumbraba a eso. Un rubor se posó en sus mejillas al darse cuenta que estaba completamente desnuda, lo que hizo que se acordara de lo que estuvo haciendo con su prometido antes de ella quedarse dormida. Giró su cuerpo esperando ver a Edward profundamente dormido a su lado, pero su ceño se frunció al no verlo allí. De repente...
"¡Síiii... Rápido!"
Los gemidos llegaban confusos a sus oídos. Irina se bajó de la cama rápidamente. En su interior, se había comenzado a formar como una especie de burbuja que hacía que sintiera el cuerpo pesado. Como pudo se colocó una bata y salió del cuarto, dejando que los gemidos, que cada vez se escuchaban más claros, la guiaran al piso de abajo. Cuando iba bajando las escaleras, Irina ya había empezado a llorar al oír el nombre del padre del niño que llevaba en su vientre salir de los labios de una mujer que en ese instante ella no sabía quién era, pero...
"¡Te amo Bella!"
"Y yo... ¡Ah.. Ti!"
Irina se detuvo en seco al pie de la escalara ¿Había escuchado bien? Retomó su andar rápidamente, sintiendo como, ahora, la burbuja comenzaba a dolerle. Llegó hasta la puerta de la cocina, donde sus pies habían decidido no seguir desde que sus ojos vislumbraron la escena moustrosa y asquerosa que tenía en frente.
Lo último que recuerda Irina antes de sentir como la burbuja se rompe llevándose consigo el regalo más hermoso que Dios le ha podido dar en recompensa por todas las injusticias que le había tocado vivir, y de perder el conocimiento, fue que Edward se dio cuenta que ella los observaba, y que éste salió corriendo hacia ella...
— Al fin despiertas.
Por supuesto que se despertaría, además, consciente de todo, y se encargaría de que Isabella y Edward, sobre todo de éste último, recibiera su castigo.
Espero que les haya gustado, y gracias por leer.
Gracias a Clusmy y a Lisle 16 por agregar la historia a favoritos.
