Aclaración: En principio, este fic iba a ser un one-shot, pero después de leer los comentarios que me han dejado -la mitad de los que tuve en el otro fic en un sólo capítulo, vosotros sí que sabéis- y meditarlo profundamente, me di cuenta de que no tenía demasiado sentido acabar así la historia. Supongo que tendré que seguir al menos hasta solucionar el lío entre Roxas y el peligrís enemigo de todos (qué asco le tengo, en serio). Planeo hacer dos capítulos más, contando este.
Riku avanzó en dirección al instituto por una estrecha callejuela de la ciudad, sumido en sus pensamientos. La gente pasaba a su alrededor, y fue vagamente consciente de que algunos incluso le saludaban, pero les ignoró.
Aquel no era su mejor día.
Ni siquiera se dio cuenta de que se había acercado a él hasta que su voz le trepanó los tímpanos y tuvo su mano en el hombro.
-¡Oye!
El peligrís trastabilló, sobresaltado, y a punto estuvo de caer al suelo. Giró la cabeza para mirar a Sora, que le miraba extrañado con sus enormes ojos de crío y su sonrisa casi permanente.
-¿Qué te pasa? ¿Tengo algo raro? -preguntó, examinando su ropa en busca de algo anormal, aparte de la descomunal cantidad de accesorios y cinturones que era su traje-. ¿Riku? ¡Riku!
-Ah... Sí, perdona.
-Estás raro hoy -comentó, frunciendo el entrecejo-. ¿Te preocupa algo?
-No es nada -dijo. Por la expresión del castaño, era evidente que había sonado bastante falso-. ¿Qué decías?
-Que si querías venirte a entrenar hoy por la tarde. Hace tanto tiempo que no me muevo que se me está olvidando cómo se coge la llave espada -respondió, cruzando las manos tras la cabeza.
-Creo... que hoy no me apetece mucho.
-Ah... Como quieras. ¿Y qué te apetece hacer?
Ignoró las ganas de responderle "Meter la cabeza debajo de una roca y no sacarla jamás" para no preocuparle más, y encima quedar como un cobarde llorica.
Siguieron caminando los dos juntos en dirección al instituto, donde las clases debían de estar a punto de empezar. Si no se daban prisa llegarían tarde.
Por el camino, Riku siguió observando detalladamente a Sora, buscando qué era aquello que le había parecido tan extraño en él. Abrió mucho los ojos al darse cuenta.
-Hey, estás pálido -el castaño se volvió para mirarle, con gesto de preocupación-. Creo que deberías quedarte en casa.
Avanzó un paso hacia él, extendiendo la mano, pero el peligrís retrocedió, tropezó con sus propios pies y cayó al suelo. Le observó con un gesto parecido al temor, lo cuál sólo acrecentó la preocupación de Sora.
-Riku...
-A-Aléjate. Retrocede.
-¿Qué...?
-¿Qué te pasa, gallina, tienes miedo? Conozco sincorazón más valientes que tú.
La imagen del rubio que veía últimamente en sus sueños sustituyó a la de Sora, y la mano que le tendía se convirtió de pronto en un puño cerrado en torno a la Recuerdos Lejanos.
Emitió un sonido ahogado y siguió retrocediendo por el suelo. Poco a poco, la imagen de Roxas se fue difuminando para dar paso a la del castaño, aunque seguía notando la presencia del antiguo número XIII en el aire.
-¿Me tienes miedo? -preguntó Sora, entre sorprendido y molesto.
-Me... pareció ver...
-Está bien, voy a llevarte a tu casa ahora mismo. Debes de tener fiebre o algo.
Riku volvió a ver la imagen de Roxas, detrás de Sora, esbozando una sonrisa casi malévola. El peligrís salió corriendo en dirección contraria, buscando alejarse de aquel maniático resentido que le perseguía incluso en sueños, dejando atrás su mochila y a un castaño ciertamente preocupado.
Sora esbozó entonces una mueca de dolor y se llevó una mano a la cabeza, notando cómo las piernas empezaban a fallarle. Cerró los ojos con fuerza y trató de mantener el equilibrio, caminando a trompicones apenas unos pasos.
Cuando abrió los ojos, se apreciaba en ellos un brillo gélido.
-¿Dónde...?
El castaño apareció de pronto en un lugar familiar, sobre una vidriera que le mostraba a él durmiendo, junto a las caras de las personas más cercanas a él. Riku, Kairi, Donald, Goofy, y... Roxas. El retrato del rubio había aparecido algo más alejada de las demás, mostrándole de espaldas, con la cabeza girada para mirarle de reojo en una expresión neutra.
Precisamente se lo encontró a él cuando se giró de nuevo para mirar al frente. Dio un salto hacia atrás, sobresaltado, y se puso en posición de combate por puro instinto.
-¿Qué haces aquí?
-Vivo aquí, desde aquel día. ¿No lo recuerdas?
-Está bien. ¿Y qué hago yo aquí?
-Necesito que me hagas un pequeño favor...
-Eso depende.
-Luchar contra Riku. A muerte -añadió.
-¿Qué?
-No te estoy pidiendo que lo mates -aclaró, paseando por la vidriera, y deteniéndose junto al retrato del peligrís-. Sólo que me dejes luchar contra él.
Roxas invocó de pronto la Arma Artema y la clavó en la imagen, agrietando la vidriera. Sora hizo una mueca de dolor y le observó mientras arrancaba la llave espada y se giraba para mirarle.
-Estás loco si crees que voy a aceptar.
-Lo suponía. Pero tenía que intentarlo.
El rubio extendió la otra mano, y en ella apareció la Fulgor Seráfico, la llave espada que había obtenido al ganar el combate de platino años atrás, en el Coliseo del Olimpo. Sora invocó la Brisa Descarada y la agarró como Ventus solía hacerlo, esperando el ataque del otro.
Roxas se puso en posición y avanzó corriendo apenas un paso antes de desaparecer en una ráfaga de viento. El castaño miró en todas direcciones, buscándole, pero no le encontró. Su sexto sentido empezó a gritarle, como si fuese una alarma, que algo no iba bien. Miró hacia arriba e interpuso su llave espada para bloquear la Fulgor Seráfico, que el rubio debía de haber lanzado en un Tiro Mortífero.
Algo le golpeó en el estómago, y cuando se dio cuenta su oponente estaba justo a su lado, presionándole la barriga con la rodilla. Se encogió de dolor, y su Incorpóreo aprovechó el momento para golpearle con el Arma Artema en la espalda.
Sora cayó al suelo y soltó su arma, que desapareció en un breve destello dorado y negro. Rodó por el suelo para evitar ser atravesado por la llave espada de Roxas y se levantó saltando hacia atrás, tratando de poner toda la distancia posible entre ellos.
La Llave del Destino esbozó una sonrisa burlona y agarró la Fulgor Seráfico, para arrancarla del suelo, donde se había clavado, con un simple movimiento. Avanzó hacia el castaño mientras sus armas empezaban a brillar, se encogían, se retorcían y cambiaban de forma. Sora se encontró con que el rubio sostenía de pronto la llave espada Quid Vacuo en la mano derecha, y la Dos Serán Uno en la izquierda.
-¿Vas a reconsiderarlo?
Por toda respuesta, Sora se puso en posición de combate e invocó dos llaves espada. Evocación en la mano derecha, y Prometida en la izquierda. La última la sostenía de tal forma que el arma sobresalía ligeramente por el lado contrario del cuerpo, a la altura de la cadera.
Vio que su Incorpóreo se había colocado exactamente en la misma posición. Ambos pasearon, sin bajar la guardia y sin dejar de mirarse mutuamente, calibrando sus fuerzas. El castaño tomó la iniciativa y saltó hacia delante para atacar con la Evocación, que chocó con la Dos Serán Uno de Roxas.
El rubio atacó con la mano libre, aprovechando la posición desventajosa de Sora, pero el castaño apoyó un pie en la hoja del arma, dio un pequeño salto y giró en el aire para caer a su lado, concentrando energía en su mano derecha. Pegó un gran salto hacia atrás para poner distancia entre ellos y apuntó a Roxas con ambas llaves espada, cruzándolas. Una bola de energía, compuesta por un núcleo rojizo y varios rayos que serpenteaban en el aire, apareció en el extremo de ambas armas, y se descompuso en una gran espiral de energía que voló en dirección al rubio.
La Llave del Destino desapareció en medio de una gran nube de humo causada por la explosión de aquellos rayos de energía. Cuando se disipó un poco, Sora pudo ver que el aire se concentraba, se retorcía y giraba a su alrededor, formando un huracán en miniatura. El rubio le miró con una media sonrisa arrogante en sus facciones, y desapareció de pronto de la faz de la vidriera.
El castaño se esperó un ataque híper-veloz y se cubrió con ambas armas, pero el choque no llegó a producirse. Sin bajar la guardia, miró a su alrededor, derecha, izquierda, arriba y detrás, pero no había ni rastro de él. Sintiendo un escalofrío, miró hacia abajo, y se encontró con que el cristal sobre el que se encontraba le devolvía el reflejo de Roxas, vestido con su traje de la Organización XIII.
De pronto la mano del reflejo atravesó el cristal y le agarró de la pierna, para luego hundirle en el cristal. Sora se encontró entonces en una versión extraña de una ciudad a medio camino entre el Mundo Inexistente y Villa Crepúsculo. Los edificios eran completamente negros, retorcidos y distorsionados, con formas y salientes imposibles. Una gran torre con un reloj en la fachada y campanas negras en la cima presidía el lugar. Esparcidas por las estrechas y retorcidas callejuelas había diversas estatuas con formas muy diferentes, desde una con la forma de helado de sal marina hasta la de dos llaves espada cruzadas, el símbolo de los incorpóreos, etc.
Sora se preguntó si, todo aquel tiempo, Roxas había estado viviendo allí, entre los oscuros recuerdos de su pasado. Hablando de Roxas... ¿Dónde estaba?
Se giró para mirar de nuevo la torre del reloj, y alcanzó a distinguir una pequeña figura, de pie sobre la pared del edificio. El castaño corrió en dirección a él y saltó, más alto de lo que jamás había llegado. La gravedad no parecía funcionar igual allí que en el mundo exterior.
El rubio saltó, invocando la Recuerdos Lejanos y la Prometida, y Corpóreo e Incorpóreo cruzaron sus armas en el aire. La Llave del Destino se recuperó del golpe en el aire con una voltereta y corrió por la pared de un edificio, describiendo una curva, para caer suavemente al suelo, mientras que Sora simplemente chocó contra la pared de la torre.
Sujeto a la pared por alguna fuerza invisible, apreció que sobre él estaban las estatuas de tres personas, riendo despreocupadamente y comiendo un helado. Reconoció a Axel y a Roxas, y la tercera era... Xion. ¿Era así como se llamaba?
Las estatuas parecían llevar mucho tiempo abandonadas, sin ninguna clase de cuidado. Estaban agrietadas, completamente negras por la suciedad, o tal vez siempre hubiesen sido así. Siempre observando un crepúsculo que ni siquiera existía, puesto que no había sol en aquel lugar. Sólo una luna llena que debía de estar siempre fija en lo más alto del cielo estrellado. Las imágenes parecían transmitirle un gran dolor, como si guardasen en su interior los recuerdos del Incorpóreo. Unos no-amigos observando un no-ocaso en una no-ciudad. ¿Y había estado viviendo allí? No era de extrañar que se hubiese vuelto loco, ahogado en su propio dolor.
Volvió a la realidad cuando algo rasgó el aire, y se dio cuenta de que Roxas se dirigía volando hacia él a toda velocidad. Se apartó para evitar el golpe y saltó para aterrizar en la azotea de un edificio cercano.
-¡Roxas, para!
-¡Entonces, ríndete!
El rubio volvió a la carga, pero Sora interpuso la Prometida entre ellos y movió el arma a un lado para alejarle a él en el proceso. Una vez ambos estuvieron en el suelo, se relajó un poco.
-Intentar destruir a Riku no va a traerles de vuelta, ni te hará sentir mejor. ¿No te das cuenta?
-¿Y tú qué sabes? No te pareces en nada a mí. Y tampoco me conoces, así que no pretendas sermonearme.
-¡Detente a pensar! Si consigues acabar con él, ¿entonces qué? Seguirás atrapado aquí, hundido en medio de unos recuerdos inútiles llenos de dolor. Seguirás igual, sólo que sin un objetivo.
-¿Atrapado? Este es mi mundo. Aquí yo hago las reglas. Yo decido sobre mi futuro. ¡Soy más libre de lo que nunca fui en cualquier otro lugar, gracias a vosotros! DiZ, Riku y tú, incluso Naminé, siempre de por medio. Siempre maquinando, decidiendo por unos seres que ni comprenden ni quieren comprender. ¡Así que dime! ¿Por qué debería quedarme sin hacer nada mientras ellos disfrutan de sus vidas? Las destruiré, al igual que destruyeron la mía. Y ahora que DiZ ha desaparecido, sólo quedáis Riku y tú.
-¿Pretendes matarme?
-No... Sólo voy a... unirme a ti. ¿No era eso? -esbozó una sonrisa sarcástica-. Y entonces seré libre.
-No tiene sentido tratar de razonar contigo, no estás pensando.
-Llevo pensando demasiado tiempo. Llegó el momento de dejarse llevar.
-Muy bien, como quieras -se rindió-. Lo haremos por las malas. ¡Estoy seguro de que mi llave espada también abre ojos!
Sora se lanzó a por él, pero Roxas no se movió. Justo cuando el castaño estaba a punto de atacar, el rubio alargó el brazo, y quedó paralizado en aquella posición, suspendido en el aire.
-¿No te lo he dicho? Yo decido las reglas. Como tú las decidías ahí arriba, pero por supuesto no lo habías descubierto. Tal vez deberías pasar menos tiempo haciendo el tonto y más entrenando.
El número XIII se encogió, mientras un aura de oscuridad, pero a la vez luminosa, se formaba a su alrededor. Liberó toda la energía de golpe, creando una fortísima ráfaga de viento que hizo que Sora atravesase la pared del edificio de enfrente y reveló a su espalda un ala negra y rota en algunas partes, a medio camino entre murciélago y demonio, y otra blanca, como de ángel. La luz de la luna iluminó sus ojos, el derecho azul y gélido, el izquierdo rojo y cruel.
Sora se levantó a duras penas, medio aturdido, y observó la terraza vacía del edificio contiguo. ¿Adónde había ido Roxas?
-Aquí -dijo una voz ronca a su espalda.
Giró la cabeza a toda prisa para observar a la Llave del Destino, que sostenía alguna clase de versión mejorada de la Recuerdos Lejanos y la Prometida, más parecidas a espadas ahora. Una brillaba con un resplandor negro como la noche, y la otra con un aura blanco-azulada. Pero ambas parecían igual de mortíferas.
Sora invocó su llave espada y trató de interponerla entre su cuerpo y ambas armas, pero las espada de Roxas descendieron sobre él en un tajo cruzado y luminoso. El castaño trató de emitir algún sonido, pero lo único que salió de su garganta fue un reguero de sangre de un rojo oscuro. Su cuerpo se desvaneció, y el rubio se quedó solo en aquel lugar. Retiró ambas llaves espada y volvió al plano natural del Descenso al Corazón, donde se había abierto una puerta blanca de madera, tras la que se observaba una gran luz.
El rubio avanzó hacia ella.
