Los personajes de Candy Candy son propiedad de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi. La historia es propiedad de Morgan Rice.
CAPITULO II
Aquellos corredores eran los más amplios que había visto. Parecía imposible imaginar que alguna vez podrían llenarse, y sin embargo, estaban repletos de chicos que caminaban hombro contra hombro. Debían ser miles de personas en esos pasillos; el mar de rostros de extendía y parecía no tener fin.
Aquí, el ruido era mucho peor; rebotaba en los muros y se condensaba. Candy quería cubrirse las orejas, pero ni siquiera tenía espacio para levantar los brazos. De pronto, sintió claustrofobia.
Sonó la campana y la energía se incrementó.
"Ya voy retrasada"
Revisó una vez más su tarjetón y finalmente, vio a lo lejos el salón que le correspondía. Trató de atravesar el mar de cuerpos, pero no lograba avanzar. Después de varios intentos, se dio cuenta de que tenía que ser agresiva. Comenzó a golpear a los otros con los codos y a empujarlos cuando ellos la empujaban. Dejándolos atrás uno por uno, Candy logró pasar por ente los jóvenes que llenaban el amplio pasillo y abrió la pesada puerta del salón.
Se rodeó con los brazos. De ese modo enfrentó todas las miradas dirigidas a ella, la chica nueva que había llegado tarde. Imaginó que el maestro la regañaría por interrumpir, pero se quedó atónita al descubrir que no sería así en absoluto. Aunque el salón estaba diseñado para treinta alumnos, había cincuenta, estaba repleto. Algunos de los chicos ya estaban en sus asientos , otros caminaban por entre los mesabancos gritándose. Era un caos.
A pesar de que la campana había sonado cinco minutos antes, el maestro, despeinado y con el traje arrugado, ni siquiera había comenzado la clase. De hecho, estaba sentado con los pies en el escritorio, leyendo el periódico e ignorando a todo mundo.
Candy se acercó a él y colocó su nueva credencial de identificación sobre el escritorio. Se mantuvo de pide ahí y esperó a que el maestro la mirara, pero él no lo hizo.
Finalmente, aclaró la garganta.
–Disculpe.
El maestro bajó su periódico con reticencia.
–Soy Candice White. Soy nueva. Creo que tengo que entregarle esto.
–Yo solo soy un suplente– le contestó y levanto de nuevo el periódico, ignorándola.
Ella permaneció ahí confundida.
–Entonces–preguntó–, ¿usted no registra la asistencia?
–Tu maestro va a regresar el lunes- contesto con brusquedad –. Él se encargará de eso.
Al darse cuenta de que la conversación había terminado, Candy recogió su credencial.
Volteó y miró el salón. El caos continuaba. Si acaso había algo bueno en esta situación, era que, por lo menos, nadie la había notado. Parecía no importarles lo que sucedía, ni reparar en su presencia.
Por otra parte, revisar desde ahí el salón repleto era muy angustiante pues no había ningún lugar vacío para sentarse.
Adoptó una actitud de fortaleza y, apretando contra sí su diario, caminó con vacilación por uno de los pasillos. Por momentos se estremecía al avanzar entre los chicos que se gritaban entre sí con cinismo. Cuando llegó al fondo del salón pudo ver el panorama completo.
No había un solo asiento vacío. Se quedó ahí de pie, sintiéndose estúpida. Entonces, se dio cuenta de que los otros chicos comenzaron a notarla. No sabía qué hacer. Por supuesto, no iba a permanecer de pie toda la clase, y al maestro no parecía importarle. Volteó y volvió a revisar el salón sin éxito.
A unos pasillos de distancia, escuchó risitas y estuvo segura de que se burlaban de ella. No vestía como los demás y tampoco lucía como ellos. Se ruborizó y sintió que estaba llamando demasiado la atención.
Cuando estaba a punto de abandonar el salón, y tal vez incluso la escuela, escuchó una voz.
–Aquí.
Candy volteó.
En la última hilera, junto a la ventana, había un chico alto parado junto a su mesabanco.
–Siéntate-dijo–. Por favor.
Se hizo un silencio momentáneo en el salón mientras los otros esperaban ver cómo reaccionaría ella.
Caminó hacia él. Trató de no mirarlo directamente a los ojos- a sus grandes y brillantes ojos azules- pero no pudo evitarlo. Era encantador. Tenía una piel suave. Jamás había visto una piel tan tersa y una mandíbula tan bien definida. Era delgado, de cabello al hombro y color castaño rubio. Había algo en él que estaba tan fuera de lugar... Parecía frágil, como un artista tal vez.
Era realmente difícil que un chico le impactara tanto. Había visto a sus amigas enloquecer por alguien, pero era algo que ella en realidad no comprendía bien. Hasta ahora.
–¿Y en dónde te vas a sentar tú? –preguntó Candy.
Trató de controlar su voz, pero no sonaba convincente. Esperaba que él no advirtiera lo nerviosa que estaba.
Él le brindó una gran sonrisa que reveló la perfección de sus dientes.
–Justo aquí– dijo él, y se movió hacia la base de la ventana que quedaba a unos pasos.
Lo miró y él le correspondió. Sus miradas se mantuvieron fijas. Ella trató de forzarse a voltear en otra dirección pero no pudo hacerlo.
–Gracias– dijo Candy, sintiéndose de inmediato enojada consigo misma.
"¿Gracias? ¿Eso el lo único que se te ocurre? ¡¿Gracias?!"
—¡Muy bien perdedor! —se escuchó una voz gritar—. ¡Cédele tu asiento a esa linda niña blanca!
Se escucharon más risas y de pronto, el salón volvió a llenarse de ruido y todos los ignoraron de nuevo. Candy vio que el chico bajaba la mirada avergonzado.
Candy lo vio sentarse en la base de la ventana un tanto apocado. Se dio cuenta de que era bastante sensible, incluso vulnerable. No parecía formar parte de ese grupo de chicos. Era una locura pero, hasta sintió deseos de protegerlo.
—Soy Candy —le dijo, extendiendo la mano y mirándolo directo a los ojos.
Sorprendido, él la vio y volvió a sonreír.
—Archie —le contestó.
Al estrechar su mano con firmeza, Candy sintió su brazo temblar mientras él la envolvía con su suave piel. Tenía la sensación de que se derretía y no pudo evitar sonreír cuando el sujetó su mano un poco más de lo normal.
