Hoy presentamos:

Capítulo 1: El secreto del pescador

La ignorancia es la madre de todos los crímenes.
Honoré de Balzac

Océano Pacífico Norte, 380 km al noroeste de las Islas Revillagigedo, México. Enero de 2023. Es una mañana aparentemente tranquila, pero una leve tensión parece flotar en el ambiente, oculta por la sal de la atmósfera marina. Un pequeño barco pesquero, el Estrella, navega sereno sobre las aguas verdes del Pacífico, apenas fuera de los límites marítimos de México. A bordo van unos cuantos hombres que hacen cualquier otra cosa, menos pescar. Uno de ellos se acerca al hombre del timón y le dice:

— Estamos fuera capitán.

— Muy bien. — responde éste con nerviosismo. — Dile a Andrés que tome los binoculares y revise muy bien el horizonte.

El otro hombre asiente y sale a cubierta con un estuche en la mano. Ambos sujetos vigilan el mar parados sobre el puente. Unos momentos más tarde, uno de ellos divisa un punto sobre la línea azul: una fina aguja marina clavada en el cielo, apenas visible.

— Oye Luis — dice el hombre de los prismáticos — mira esto.

— A ver — dice el otro dejando su cerveza en el piso.

El sujeto mira a través de los gemelos y observa un delgado tubo de hierro que sobresale del agua. En ese instante, una especie de onda expansiva detona justo en la base de aquel pilar y se convierte en una ola que avanza rápidamente. Para cuando la onda llega al Estrella, éste se sacude violentamente de lado a lado, lanzando a los dos hombres sobre la cubierta. El estruendo que acompaña a la ola hace explotar los vidrios del puente del barco e inutiliza todos sus sistemas electrónicos con la eficacia de un pulso electromagnético.

— El motor se apagó capitán — dice un marinero al llegar a la timonera.

— Tampoco hay electricidad, capi — informa otro de ellos — No sirve el sonar, el radio ni las luces. Yo no sé qué fue esa chingadera, pero estamos totalmente apagados.

— Tú, enciende el motor ¡Pero ya cabrón! — ordena el capitán. — y tú ve con él, ayúdale.

Mientras tanto, Luis y Andrés, que vigilan con los binoculares, miran de nuevo al horizonte en busca de aquella aguja, pero no la encuentran por ningún lado. Momentáneamente uno de ellos se asoma por la borda y ve algo extraño en el mar.

— Capitán — dice Andrés al entrar — será mejor que venga a ver esto.

El jefe lo sigue y todos se ponen a observar el agua por la borda del barco. Una gran cantidad de burbujas salen de debajo, como si estuvieran varados justo sobre un volcán submarino. Un gran estruendo hidráulico parecido al de una catarata comienza a escucharse, acompañado de más burbujas.

— Mierda… — susurra el capitán al recordar los rumores. Sus hombres lo miran desconcertados.

Antes de que pueda pronunciar palabra alguna, una gran torre de acero emerge de las profundidades del mar como una orca al ataque. La estructura está flanqueada por varias armas, antenas de radar y máquinas; todo decorado con unos murales grises tan característicos que no los encontrarán en ningún otro navío militar del mundo. Frente a la torre se encuentran dos gigantescos caparazones de metal con tres cañones cada uno, apuntando al cielo como las espinas del pez león. Una gran fuerza levanta al pequeño Estrella por encima del agua, haciendo que se voltee sobre su costado. Mientras el mar continúa escurriendo de la cubierta del navío, un puñado de marinos armados y encapuchados sale de una de las escotillas y rodea completamente al pequeño pesquero que yace volcado sobre la cubierta de proa del acorazado.

— ¡Están rodeados! — grita uno de los soldados con una voz extraña. — ¡Abandonen su nave y salgan con las manos en alto!

El capitán del pesquero y sus hombres salen de su nave, malheridos por la volcadura, y hacen lo que los marinos les piden. El capitán alza la vista y divisa la enorme bandera negra ondeando en uno de los mástiles. En ese momento se da cuenta de que han venido a buscarlo.

Unas botas de combate estremecen las planchas metálicas negras que se extienden por toda la cubierta. Están amarradas con agujetas blancas, y las lleva un hombre ataviado con un uniforme militar de camuflaje digital azul igual que el del resto de los marinos. Los oficiales se apartan ante la poderosa presencia de su comandante, que destila salitre por la frente y exhala pólvora a través de su nariz aguileña. Sus casi dos metros de estatura lo elevan por encima de la mayoría de los monstruos, y su porte recio termina por disminuir a cualquiera que se lo encuentre. Su córnea derecha es un globo blanquecino, y su pupila izquierda está rodeada de un disco de tezontle rojo. Una cicatriz parte en dos su ceja derecha y baja hasta su pómulo, posiblemente hecha de la misma manera que las cataratas. El fiero rostro del marino parece ser el de una figurilla de fino barro cocido por los rayos del sol, aunque se ve bastante más joven que el de un oficial de su rango. No obstante, como en muchos casos entre los monstruos, tal vez sean sólo apariencias.

El capitán del Estrella reconoce de inmediato el ojo lechoso y la cicatriz de aquel rostro al instante. Él mismo le ha pedido favores a ese hombre, pero la situación de hoy deja en claro que el encuentro no será tan pacífico.

— Sólo cinco hombres, señor — dice uno de los marineros.

— Muy bien maestre — responde el oficial con voz grave y autoritaria — Registren el barco y aseguren a la tripulación. — y luego agrega, mirando al pescador con sorna. — El capitán es mi invitado.

— Sí señor.

Los cuatro miembros de la tripulación son esposados y llevados a la baranda, mientras que su jefe acompaña al comandante al interior del acorazado. Adentro éstos últimos ingresan a una sala débilmente iluminada. En el centro del cuarto hay una mesa con unos documentos y un par de sillas.

— Toma asiento por favor, Arthur — ordena el oficial al tiempo que recorre la silla para que dos de sus hombres sienten al invitado — Tú y yo tenemos mucho de qué hablar.

El pescador se estira sobre la mesa, toma el vasito de vidrio lleno de un líquido dorado que está junto a los papeles y engulle todo su contenido de un solo trago.

— ¿Y qué quieres que te diga, Mick? — responde el hombre dejando el vaso de nuevo sobre la mesa. — Perdón, — se endereza en la silla — quise decir, "vicealmirante."

— Podrías comenzar explicándome esto — le dice él mientras le extiende los documentos.

El capitán del pesquero los examina con cuidado. Es una orden de aprehensión expedida por la División de Investigación de Delitos Paranormales[1] para un tal Arturo González Piedra.

— Una orden de arresto en mi contra por el asesinato de tres tritones — dice el pescador leyendo la carta — ¿y qué más quieres que te diga?

— Quiero oír tu versión de la historia, — dice Mick acercándole una grabadora — si no es mucha molestia.

— ¿Y qué me gano yo con eso?

— Puedo ayudarte, aunque no esperes que te consiga el perdón. Quizá pueda disminuirte la condena.

El pescador mira al vicealmirante. Hace algunos años él tuvo problemas con la OTT debido a que se introdujo a un territorio propiedad de un monstruo marino. Mick le consiguió un buen abogado y el juicio salió bien librado para ambas partes. El pescador sabe que la justicia ya está tras sus huellas, y es muy probable que el oficial ya tenga conocimiento de toda la situación. Finalmente decide que no tiene nada que perder y comienza:

— Cada que salía de pesca, cuando volvía al puerto, esos tres cabrones aparecían y se robaban toda mi carga. Cada vez que eso pasaba tenía a mi mujer molestándome porque no había dinero para comer, teníamos que pagar la escuela de los chamacos y las deudas de la casa. Hasta que un día me cansé. Fui a hablar con El Jefe y me dijo que él me ayudaría. Me mandó a tres de sus chacales y nos embarcamos a cazarlos. Hicimos lo de costumbre: recogimos las redes y volvimos a casa. Cuando ellos aparecieron los dejamos que subieran al barco. Queríamos que creyeran que éramos suyos de nuevo; y entonces los emboscamos. Luis hizo cantar el cuerno[2] y quedaron sobre la cubierta. Dejamos sus cuerpos como alimento para tiburones. Esos hijos de la chingada no volverían a robarse mi pesca nunca más.

Para cuando el capitán termina el relato, el vicealmirante sonríe maliciosamente. No parece muy complacido con la historia.

— Ay Arthur — dice Mick moviendo la cabeza — ¿y por qué no me buscaste como la otra vez? Sabes que te habríamos ayudado con eso.

— Porque tú y tus burócratas se tardaron demasiado la última vez.

— No exageres. Claramente fuimos más rápidos que los tribunales mexicanos, y sabes que no miento.

En ese momento, dos hombres del mar con piel azul y escamosa entran y dejan un extraño paquete sobre la mesa. El bulto está envuelto en cinta adhesiva de color café y tiene el tamaño aproximado de un ladrillo. Otro hombre trae una caja con latas de refresco con la leyenda "Sustituto de sangre vampírico"; un par de tubos de ensaye llenos de un líquido color rojo y una tableta con fotografías.

El vicealmirante se pone de pie al ver los objetos sobre la mesa. Saca una navaja de su bolsillo y la clava en el paquete café, haciéndole una rajadura. Acto seguido introduce el índice derecho en la abertura y lo saca cubierto de un fino polvo blanco. Mick se lleva el dedo a la nariz para olfatearlo y luego prueba con su lengua el contenido del ladrillo de cinta. Cuando detecta el sabor característico de la coca, mira directamente al pescador con ojos furibundos. Voltea después hacia la tableta, pasa los dedos sobre la pantalla para revisar las fotos y finalmente le echa un vistazo al resto de los objetos que sus marinos han traído a la mesa.

— ¿Sabes qué significa esto, Arthur? — pregunta Mick con sarcasmo.

El pescador mira al monstruo, temblando y con la cara llena de sudor. Aquel se le acerca y lo toma amistosamente por la espalda como a un camarada al que se está a punto de regañarle. El capitán del Estrella puede sentir el aliento volcánico del militar quemándole la oreja.

— Que ya te cargó la chingada — le dice el comandante en voz baja justo antes de estrellarle la cara contra la mesa de metal.

Dos hombres toman al pescador y lo levantan de la silla con la nariz sangrando. Mick manda a sus otros dos marinos a que retiren todas las cosas de encima de la mesa. Los monstruos forcejean con el hombre hasta ponerlo encima del mueble. Uno de ellos toma su pistola y se la pone en la cabeza, mientras que el otro le rompe la camisa y le deja el abdomen descubierto.

— Te di mi confianza, — dice Mick mientras camina alrededor de la mesa — te ayudé con tu familia y tu gente; y mira lo que me haces ¡¿Así es como me pagas?!

El almirante saca de su cintura una extraña daga cuya hoja parece haber sido forjada en dos materiales: obsidiana y oro. Éstos forman cada una de las dos mitades en que se divide la navaja desde su base hasta los treinta y cinco centímetros de filo que hay antes de llegar a su penetrante punta. En el mango, donde la hoja se une con la empuñadura, está engastado un peculiar símbolo que consta de una espiral en el centro con cuatro figuras geométricas que parecen los perfiles de pirámides escalonadas. De cada una de estas cuatro siluetas emerge un par de formas que recuerdan a los juncos de los ríos. La empuñadura está decorada con dos serpientes, una dorada y otra negra, que juntan sus dos cabezas en el extremo inferior del arma.

— Más te vale que me digas todo, Arthur: — dice Mick mientras la hoja de la daga comienza a brillar hasta ponerse al rojo vivo — las drogas, la sangre, los cuerpos, todo. Quiero saberlo y más vale que empieces a hablar.

El pescador mira al marino y su puñal. Conoce perfectamente lo que se dice del vicealmirante Thlan en la Marina acerca de su personalidad y sus "métodos poco ortodoxos" para la investigación y las misiones. Sabe que debe cooperar.

— La droga es de los sinaloenses. — dice con voz temblorosa. — Uno de los trabajadores de don Goyo me contactó luego del incidente y me dijo que me pagarían diez millones de dólares por llevarles dos toneladas. Pero me dieron sólo cinco; la otra mitad me la pagarían al entregar la carga, cerca de Los Ángeles.

— Bien, ¿y qué hay de las armas?

— No sé para quien son. — replica con la cabeza chorreante de sudor helado.

— Arthur… — dice Mick acercando el cuchillo a la piel del hombre.

— ¡Está bien, está bien! — chilla el pescador cuando el comandante toca su piel con la punta del arma, levantando una espiral gaseosa. — Eran para un lobo. No recuerdo su nombre. Las iba a entregar después de las drogas, junto con los cuerpos congelados y la sangre.

— ¡¿Para quién eran?!

— ¡No lo recuerdo! Solo sé que tenía un apellido europeo. Tal vez francés o italiano.

— Tattaglia… — insiste el almirante — ¿dónde las ibas a entregar?

— No lo sé. — replica el pescador sin dejar de mirar al cuchillo y sintiendo el ardor en su estómago. — Ellos me iban a contactar después de entregar las drogas.

— ¿No lo sabes?

— No, no quisieron decírmelo cuando las recogí.

— ¿Dónde las recogiste?

— En San Blas.

— ¿Seguro que no sabes dónde sería la entrega?

— Seguro.

Mick se lleva la mano a la frente y medita la situación durante unos segundos que para el hombre sobre la mesa se arrastran como horas. Tras una larga deliberación, les ordena a sus marinos que lo suelten

— Está bien, compadre, lo voy a dejar ir. — apunta el vicealmirante enfundando de nuevo el cuchillo en su cintura.

El hombre se incorpora sobre la mesa con dos quemaduras en el estómago. Mira al comandante del navío como si éste acabara de decir un verdadero disparate. Éste, por su parte, desenfunda la pistola que lleva en la pernera.

—Entonces ¿ya no me necesita? — dice al tiempo que se abrocha los pocos botones que le quedaron luego del interrogatorio.

—Sí, ya te vas. — replica Mick al quitarle el seguro a su arma. — ¡Pero al otro mundo!

El disparo entra directo entre las cejas del pescador, haciendo que se desplome sobre la mesa. Mick guarda el arma y les hace unas señas a sus monstruos para que retiren el cuerpo y limpien la sala.

— Estos hombres. — dice el comandante del barco al dejar la sala. — ¿Hasta cuándo van a aprender? Dígame, maestre ¿cuántos más tendrán que morir?

— Supongo más de los que creemos, mi almirante. — replica el marinero.

Mick sale del castillaje del barco y camina por la cubierta rumbo al Estrella, que yace volcado sobre la proa del mítico Cipactli, el último acorazado en servicio en el mundo. Antes la nave respondía al nombre de IJN Yamato, y navegó para la Armada Imperial Japonesa desde 1941 y hasta que fue hundido al norte de la Isla de Okinawa el 7 de abril de 1945. En agosto de ese año el buque fue reflotado y se le asignó su nuevo nombre. La Marina de Protección al Tratado de Transilvania fue fundada a sobre su cubierta el 26 de abril del año siguiente, lo que lo convierte no sólo en el primer navío de la Armada, sino también en el barco más antiguo de toda la flota. Con 268m de eslora, 39m de manga, un desplazamiento de 78 mil toneladas a plena carga y nueve cañones de 460mm, — además de otra multitud de armas y sensores — el Cipactli fue el terror de los Cazadores durante los años de la Guerrilla, y ahora inspira respeto y admiración a lo largo y ancho del Pacífico.

— Informe — le ordena el vicealmirante a uno de sus hombres al acercarse al naufragio.

— Encontramos varias cosas, señor: — dice un hombre lobo mientras observa a los otros marineros sacar los paquetes de dentro de la embarcación — una tonelada de cocaína, doscientos kilos de cristal, veinte armas largas, unos cincuenta cargadores llenos, dos galones de veinte litros de sangre y un pallet de fórmula hemática. Hay cinco maletines con dólares, pero no sabemos cuántos son.

— Está bien muchachos, gracias. — les dice Mick a sus marinos haciéndoles una seña para que se retiren. — ¿Y el resto de la tripulación?

— Fueron a echarse un farito[3], mi almirante.

— Perfecto. Gracias, cabo. — y luego se dirige al otro oficial. — Repartan el dinero entre las familias, maestre. Esos niños no tienen por qué pagar por los pecados de sus padres.

El maestre se retira a la orden se su comandante, llevándose consigo dos maletines negros. El Cipactli se sumerge parcialmente y el Estrella es devuelto al agua junto con su capitán y su tripulación. Cuando el pesquero está a distancia segura, Mick toma un radio y ordena algo. Exactamente después, una potente explosión destruye al Estrella y lo convierte en una carroza fúnebre submarina.

Con el incidente del pesquero, salen a flote varias interrogantes para Mick. Mario Tattaglia, hijo de Tony Tattaglia, el lobo responsable de la matanza de la Noche de los Colmillos Largos, se encuentra prófugo desde hace cuatro años. Se escapó de la Prisión El Infiernillo, cerca de las Revillagigedo. La DIDP le sigue las pistas de cerca, pero el siciliano sabe muy bien dónde esconderse. Por ahora.

Notas del autor:

1.-La División de Investigación de Delitos Paranormales es una dependencia de la Organización del Tratado de Transilvania creada luego de los atentados al pueblo craneano de Cabo Tormenta en julio de 2013. Sus objetivos son el investigar y resolver casos de crímenes entre monstruos y humanos y entre los monstruos mismos. Su jurisdicción abarca todos los países afiliados a la Organización.

2.-El AK-47 es un fusil de asalto soviético de calibre 7.62mm diseñado en 1942 por Mijaíl Kalashnikov. Convertido en el rifle oficial de la URSS entre 1947 y 1978, actualmente es el arma de fuego más utilizada del mundo. Debido a su característico cargador curvo, en México se le conoce como "cuerno de chivo". Se trata de una de las armas más usadas por el crimen organizado de ese país.

3.-Referencia a la frase del habla popular mexicana "chupar faros". Ésta es un eufemismo usado para referirse a la muerte, y se cree que se originó en la época de la Revolución Mexicana. Cuando una persona iba a ser fusilada, generalmente se le permitía fumar último cigarrillo que casi siempre era de la marca "Faros", por ser una de las más baratas y comercializadas de aquella época.

Er Deivi: aquí tienes el segundo capítulo!

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