Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.
Capítulo 2
Presionando la frente contra el vidrio, maldije entre dientes, sobre todo porque me encontraba mirando por la ventana hacia esa casa.
Esperando. Estaba esperando. Tenía mejores cosas que hacer. Como golpear mi cabeza contra el cemento. O escuchar a Alice describir detalladamente cada complejo y perturbador atributo de cada uno de los tipos de esa banda que amaba.
Obligándome a permanecer lejos de la ventana, bostecé mientras me frotaba la mano a lo largo de la mandíbula. Maldita sea, habían pasado cerca de dos días y una parte de mí todavía no podía creer que unos humanos se mudaran a la casa de al lado. Podría ser peor, decidí.
Nuestra nueva vecina podría ser un chico. Entonces, tendría que encerrar a Alice en su habitación.
O por lo menos una chica que se pareciese a un chico. Eso hubiese sido útil, pero por oh, no, ella no se parecía a un hombre en absoluto. Ella era normal, me recordé, pero definitivamente no un chico.
Con un movimiento de mano, encendí la televisión y navegué a través de los canales hasta que encontré una repetición de los Cazadores Paranormales. Había visto este episodio antes, pero siempre era divertido ver a los humanos salir corriendo porque creían haber visto algo brillante.
Holgazaneé en el sofá con las piernas sobre la mesita de café y traté de olvidar a la chica con las piernas bronceadas y un culo asesino.
La había visto dos veces antes de hoy.
Obviamente, el día que se mudó, cuando fui un idiota y la ayudé desde lejos. Quería golpearme por eso. Claro, ella no sabía que disminuí el peso de las cajas para que no se le cayeran encima, pero no debí hacerlo.
Lo sabía.
Una vez ayer, corrió hacia el sedán y sacó una pila de libros del coche. Su cara se iluminó con una gran sonrisa, como si la torre inclinada de libros fuera en realidad un millón de dólares.
Era todo muy no lindo. ¿En qué demonios estaba pensando? No era lindo para nada.
Hombre, hacía calor. Inclinándome hacia delante, agarré la parte posterior de la camiseta y me la quité. La arrojé a un lado y ociosamente me froté el pecho. Había estado sin camiseta mucho más desde que ella se mudó aquí.
Espera. La había visto tres veces si contaba el verla por la ventana anoche.
Maldita sea, necesitaba salir y hacer algo. Preferiblemente algo de trabajo que requiriera sudar mucho.
Antes de darme cuenta, atravesé la habitación y terminé justo frente a la ventana. Otra vez. No quería examinar muy de cerca el por qué.
Aparté la cortina a un lado, frunciendo el ceño. Ni siquiera había hablado con la chica, me sentía como un acosador mirando por la ventana, esperando de nuevo... ¿esperando qué? ¿Conseguir un vistazo?
¿Acaso prepararme mejor para el inevitable encuentro?
Si Alice me viese ahora, estaría desternillándose de risa en el suelo.
Y si Irina me viese ahora, estaría sacándome los ojos y enviando a mi nueva vecina al espacio exterior. Irina y sus hermanos llegaron de Lux casi al mismo tiempo que nosotros, y la relación sólo... sucedió... más por la proximidad que por lo que podría llamarse una emoción real. Aunque Irina y yo no hemos salido durante meses, sabía que aún esperaba que acabáramos juntos eventualmente. No porque realmente me quisiera, sino porque era lo que se esperaba de nosotros... así que por supuesto, no quería verme con nadie más. Sin embargo, todavía me preocupaba por ella, y no podía recordar un momento sin ella y sus hermanos cerca.
Capté un movimiento por la esquina del ojo. Volviéndome ligeramente, vi la puerta del pórtico contiguo cerrándose. Mierda.
Desplacé la mirada y la pillé apresurándose fuera del pórtico.
Me pregunté a dónde iría. No había mucho que hacer por aquí, y no era como si conociese a alguien. No circulaba nadie más por la casa, a excepción de su madre que entraba y salía a horas imprevistas.
La chica se detuvo frente a su coche, alisando con sus manos los pantalones cortos. Mis labios se elevaron en las esquinas.
De repente, se deslizó hacia la izquierda. Me incorporé, mi mano alrededor de la cortina en un puño, y mi cálido aliento atrapado en algún lugar de mi pecho. No, ella no iba a venir aquí. No tenía ninguna razón.
Alice ni siquiera sabía que era una chica todavía. No existían razones…
Oh, diablos, venía hacia aquí.
Dejando de lado la cortina, me aparté de la ventana y me volví hacia la puerta principal. Cerré los ojos, contando los segundos y recordando la valiosa lección que aprendí de Emmett. Los humanos eran peligrosos para nosotros. Simplemente estar con ellos cada día era un riesgo: acercarse demasiado a un humano inevitablemente terminaría con nosotros dejando un rastro tras ellos. Y dado que Alice estaba obsesionada con encontrar un amigo "normal", sería especialmente peligroso para esta chica. Vivía justo al lado, y no habría manera alguna de poder controlar cuánto tiempo pasaba Alice con ella.
Y luego estaba el hecho de que me hallaba, ya sabes, observándola. Eso podría posiblemente ser un problema. Apreté los puños a mis costados.
Mi hermana no tendría el mismo destino que Emmett. No existía manera de que pudiera soportar su pérdida, y fue una humana la que lo que se lo llevó, conduciendo al Arum directo a él. Sucedía una y otra vez con nuestra especie. No era necesariamente culpa del humano, pero el resultado final era el mismo. Me negaba a dejar que alguien pusiera en peligro a Alice, sabiéndolo o no. No importaba. Lanzando mi mano, arrojé la mesita a través de la habitación, pero me contuve y la traje de vuelta antes de que se estrellara contra la pared. Tomando una respiración profunda, la puse de nuevo en sus cuatro patas.
Un golpe suave y casi vacilante sonó contra la puerta principal.
Mierda.
Exhalé. Ignóralo. Eso era lo que tenía que hacer, pero me estaba moviendo hacia la puerta, abriéndola antes de que lo supiera. Una ráfaga de aire caliente se apoderó de mí, llevando el tenue aroma de melocotón y vainilla.
Hombre, amaba los melocotones, todo dulces y pegajosos.
Mi mirada cayó. Era pequeña, más pequeña de lo que pensaba. La cima de su cabeza sólo llegaba a mi pecho. Tal vez por eso lo estaba mirando. O tal vez por el hecho de que no pensé en ponerme la camiseta.
Sabía que le gustaba lo que veía. A todo el mundo. Irina dijo una vez que era por la combinación de cabello cobrizo desordenado y ojos verdes, la mandíbula dura y los labios carnosos. Sexy, había dicho. Era sexy. Podría sonar arrogante, pero era la verdad.
Como me miraba descaradamente, pensé que podría hacer lo mismo. ¿Por qué no? Ella llamó a mi puerta.
La chica... no era demasiado linda. Su pelo, mas oscuro que claro, se hallaba fuera del moño desordenado, y era largo y ondulado, colgando sobre sus hombros. Era pequeña, medía menos del metro setenta seguro. Sin embargo, sus piernas parecían extenderse hasta el infinito. Alejar mis ojos de sus piernas requirió un gran esfuerzo.
Eventualmente, mi mirada cayó en la parte delantera de su camisa.
"MI BLOG ES MEJOR QUE TU VLOG"
¿Qué, en el todo el mundo, quería decir eso? ¿Y por qué tendría eso en su camisa... las palabras "BLOG" y "MEJOR" estaban ligadas? Tragué saliva. No era una buena señal.
Levanté la mirada con más esfuerzo. Apostaba un millón de dólares a que sus ojos eran marrones; grandes y extraños ojos marrones.
Tan loco como el infierno, pero podía sentir sus ojos mientras su mirada realizaba una lectura lenta desde donde los vaqueros colgaban sobre mis caderas hasta subir a mi cara. Contuvo el aliento fuertemente, lo que eclipsó mi propia inhalación.
Sus ojos no eran marrones, pero eran grandes y redondos, de una pálida sombra gris, inteligentes y claros. Eran hermosos. Incluso yo podía admitir eso.
Y me molestó. Todo esto me molestaba. ¿Por qué le eché un vistazo? ¿Por qué ella seguía aquí? Fruncí el ceño.
—¿Puedo ayudarte?
Ninguna respuesta. Me observaba con esa mirada en su cara, como si quisiera que besara esos carnosos y sensuales labios suyos. El calor se agitó en la boca de mi estómago.
—¿Hola? —Capté el tono de mi voz: enfado, lujuria, molestia, más lujuria. Los humanos son débiles, un riesgo... Emmett está muerto por culpa de una humana, una humana justo como ésta. Me repetía eso una y otra vez. Puse mi mano en el marco de la puerta, los dedos clavándose en la madera mientras me inclinaba hacia adelante—. ¿Eres capaz de hablar?
Eso llamó su atención, rompiendo sin rodeos su mirada devoradora.
Sus mejillas se volvieron de un bonito tono rosado mientras retrocedía. Bien. Se iba. Eso es lo que quería, que se diera la vuelta y saliera corriendo.
Pasando una mano por mi pelo, miré por encima de su hombro y luego de vuelta. Seguía aquí.
Realmente necesitaba sacar su bonito culo de mi pórtico antes de que hiciese algo estúpido.
Como sonreír por la forma en la que se sonrojaba. Incluso era sexy. Y definitivamente no corriente
—Si no...
Su sonrojo se hizo más profundo. Diablos.
—Yo... estaba preguntándome si sabías dónde se encuentra el supermercado más cercano. Mi nombre es Bella—continuó—Me mudé al lado. —Señaló a su casa—. Como dos días atrás…
—Lo sé. —Te he estado observando durante casi dos días, como un acosador.
—Bueno, esperaba que alguien que conoce más que yo éste lugar pudiera decirme dónde está el supermercado y quizás un lugar que venda plantas.
—¿Plantas?
Sus ojos se estrecharon levemente, y obligué a mi cara a permanecer inexpresiva. Se removió un poco más el dobladillo de sus pantalones cortos.
—Sí, verás, hay unas flores muy horribles en el patio de enfrente…
Arqueé una ceja. —De acuerdo.
Sus ojos ahora eran finas rendijas, y la irritación acentuó su rubor. La diversión se agitaba dentro de mí. Sabía que me portaba como un idiota en estos momentos, pero disfrutaba perversamente de la chispa que lentamente se encendía detrás de sus ojos, atrapándome. Y… el rubor de su ira era un poco caliente, de una forma que decía hay-algo-realmente-mal-conmigo. Me recordaba a algo...
Lo intentó de nuevo.
—Bien, verás, necesito comprar plantas…
—Para el patio de enfrente, lo capté. —Apoyé mi cadera contra el marco de la puerta, cruzando mis brazos. En realidad, esto era casi divertido.
Tomó una profunda respiración.
—Me gustaría encontrar una tienda donde puedo comprar comestibles y plantas. —Su tono era el que yo utilizaba con Alice cerca de cien veces al día. Adorable.
—Eres consciente de que este pueblo solo tiene un semáforo,¿verdad? —Y ahí estaba. La chispa en sus ojos era una llama de fuego ahora, y luché totalmente contra una sonrisa. Maldita sea, no era solo linda. Era mucho, mucho más, y mi estómago se hundió.
La chica me miró, incrédula.
—Sabes, todo lo que quería eran direcciones. Es obvio que vine en un mal momento.
Pensando en Emmett, mis labios se curvaron en una mueca de desprecio. El tiempo de jugar se terminó. Tenía que cortar esto de raíz. Por amor a Alice.
—Cualquier ocasión que toques mi puerta será un mal momento, niña.
—¿Niña? —repitió, sus ojos muy abiertos—. No soy una niña. Tengo diecisiete.
—¿De verdad? —Infiernos, como si no hubiera notado todo lo crecida que estaba. Nada en ella me recordaba a una niña, pero maldita sea, como decía Alice, tenía pésimos modales—. Parece que tienes doce. No. Quizás trece, pero mi hermana tiene una muñeca que me recuerda a ti. Con sus ojos grandes y vacíos.
Su boca se abrió, y me di cuenta de que quizá fui un poco demasiado lejos con esa frase. Bueno, mejor así. Si me odiaba, se mantendría lejos de Alice. Funcionaba con la mitad de las niñas. Ah, la mayoría de ellas.
Bueno. No funcionaba con muchas chicas, pero ellas no vivían al lado, así que qué demonios.
—Sí, que sorpresa. Lamento haberte molestado. No volveré a tocar tu puerta otra vez. Créeme. —Comenzó a girarse, pero no lo suficientemente rápido como para que no viera el brillo repentino en sus ojos.
Maldita sea. Ahora me sentía como el idiota más grande jamás visto.
Y Alice se molestaría si me viera actuar así. Encadenando una docena de maldiciones en mi mente, la llamé—: Oye.
Se detuvo en el último escalón, manteniéndose de espaldas a mí.
— ¿Qué?
—Ve hacia la Ruta 2 y gira hacia U.S. 220 Norte, no Sur. Te llevará a Petersburgo. —Suspiré, deseando nunca haber abierto la puerta—. Hay un supermercado justo en esa ciudad. No puedes perderte. Bueno, quizás tú podrías. Hay una tienda de refacciones al lado, creo. Allí podrías conseguir cosas para tu patio.
—Gracias —murmuró, y agregó—: Patán.
¿Acababa de llamarme patán? ¿En qué década vivíamos? Reí, genuinamente divertido por eso.
—Eso no es muy propio de una dama, gatita.
Se dio la vuelta.
—No vuelvas a llamarme así.
Oh, debí tocar un punto débil. Empujé la puerta.
—Es mejor que llamar a alguien patán, ¿no? Ha sido una visita estimulante. Me reiré por mucho tiempo.
Sus pequeñas manos se cerraron en puños. Creo que quería pegarme. Creo que eso seguramente me gustaría. Y creo que seriamente necesitaba ayuda.
—Sabes, tienes razón. Qué equivocada he estado en llamarte patán. Porque un patán es alguien demasiado agradable en comparación contigo. —Sonrió—. Eres un imbécil.
—¿Un imbécil? —Sería tan fácil que me gustara esta chica—. Qué encantador.
Me ignoró.
Me reí otra vez, bajando la cabeza.
—Muy civilizada, gatita. Estoy seguro de que tienes una amplia lista de nombres y señas obscenas para mí, pero no me interesa.
Y parecía como que lo hacía. Una parte de mí se decepcionó cuando se dio la vuelta y se fue pisoteando. Esperé hasta que abrió bruscamente la puerta de su coche, porque realmente era un imbécil...
—¡Nos vemos más tarde, gatita! —grité, riéndome cuando parecía estar a punto de regresar para patear mi culo.
Cerrando la puerta detrás de mí, me apoyé en ella y me reí de nuevo, pero la risa terminó en un gemido. Hubo un momento en el que había visto parpadeando algo detrás de toda la incredulidad y rabia en esos sentimentales ojos. Dolor. Saber que herí sus sentimientos hizo que el ácido de mi estómago se revolviera.
Lo cual era estúpido, porque anoche, consideré un incendio para ahuyentarlas y no me sentí culpable al respecto. Pero eso fue antes de que la viera de cerca y personalmente. Antes de realmente hablar con ella.
Antes de notar sus ojos inteligentes y hermosos.
Volviendo a la sala de estar, no me sorprendí al encontrar a mi hermana de pie frente a la televisión, cruzando sus delgados brazos y con sus ojos verdes ardiendo. Tenía esa expresión de chica… como si quisiera patearme en las pelotas.
La rodeé mientras me dirigía al sofá y me dejaba caer en él, sintiéndome mucho más viejo que con dieciocho.
—Estás bloqueando la pantalla.
—¿Por qué? —demandó.
—Es un muy buen episodio. —Sabía que no era eso lo que me preguntaba—. El hombre piensa que está poseído por un hombre sombra o alguna…
—¡Me importa una mierda la gente sombra, Edward! —Levantó su pequeño pie y lo bajó con la fuerza suficiente para sacudir la mesa de café. Alice llevó su pisoteo a un nivel completamente nuevo—. ¿Por qué actúas así?
Recostándome, decidí hacerme el tonto.
—No sé de qué estás hablando.
Sus ojos se estrecharon, pero no lo suficientemente rápido para perderme cómo sus pupilas brillaban.
—No tenías ninguna razón para hablarle de ese modo. Ninguna en absoluto. Vino aquí para preguntar direcciones y fuiste un idiota.
Me vinieron a la mente los brillantes ojos de Bella. Borré esa imagen.
—Siempre soy un idiota.
—Bueno. Esa parte es verdad. —Su frente se arrugó—. Pero usualmente no eres tan malo.
Mi estómago se revolvió de nuevo.
—¿Cuánto de eso escuchaste?
—Todo —dijo, pisoteando de nuevo. La televisión se estremeció—.No tengo una muñeca con los ojos grandes y vacíos. No tengo ninguna muñeca, imbécil.
A pesar de todo, mis labios se elevaron, pero mi humor se desvaneció rápidamente, porque recordé de nuevo sus ojos tristes.
—Así tiene que ser, Alice. Lo sabes.
—No, no lo sé. No sé eso y tú tampoco.
—Alice…
—¿Pero sabes qué sí sé? —interrumpió—. Parecía una chica normal que vino aquí solo para hacerte una pregunta. Parecía normal, Edward, y fuiste horrible con ella. Realmente no necesitaba que me dijera todo lo horrible que fuí.
—No hay ninguna razón para que actúes de esa manera.
¿Ninguna razón? ¿Estaba loca? Tan rápido como un rayo, salí del sofá y me puse justo en frente de Alice, pasando por la mesa de café en menos de un segundo.
—¿Tengo que recordarte lo que pasó con Emmett?
Mi hermana no retrocedió. Su barbilla se levantó tercamente, y sus ojos brillaron con un blanco.
—No. Recuerdo todo eso muy claramente, gracias.
—Si ese fuera el caso, no estaríamos teniendo esta estúpida conversación. Entenderías por qué esa humana necesita alejarse de nosotros.
—Es sólo una chica. —Alice hervía, y levantó los brazos—. Eso es todo, Edward. Ella es sólo…
—Una chica que vive al lado. No es solo una chica de la escuela. Ella vive justo allí. —Señalé la ventana—. Y eso es demasiado malditamente cerca de nosotros y demasiado malditamente cerca de la colonia. Sabes lo que sucederá si intentas ser su amiga.
Dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza.
—Ni siquiera la conoces, y no puedes predecir el futuro. ¿Y por qué crees que habríamos de convertirnos en amigas?
Mis cejas se alzaron.
—¿En serio? ¿No vas a tratar de ser su mejor amiga por siempre al momento en que salgas de esta casa?
Sus labios se apretaron.
—Ni siquiera has hablado con ella todavía, pero sé que probablemente ya te estás preguntando si Amazon vende pulseras de la amistad.
—Amazon vende de todo —murmuró—. Así que estoy segura de que las venden.
Puse los ojos en blanco, terminé con esta conversación, y también terminé con la nueva vecina molesta.
—Necesitas mantenerte alejada de ella —dije, girándome y regresando al sofá.
Mi hermana seguía parada cuando me senté.
—No soy Emmett. ¿Cuándo te darás cuenta de eso?
—Ya lo sé. —Y porque realmente era un imbécil, lo dejé en claro—: Eres un riesgo mayor que él.
Respirando superficialmente, se puso rígida mientras bajaba los brazos.
—Eso... eso fue un golpe bajo.
Lo fue. Me pasé la mano por la cara hasta mi barbilla. Realmente lo fue.
Alice suspiró mientras negaba con la cabeza.
—Eres un idiota a veces.
No levanté mi cabeza.
—Realmente no creo que eso sea algo nuevo.
Apartándose, fue a la cocina y regresó unos segundos más tarde con su bolso y la llave de su coche. Ella no habló mientras me pasaba por delante.
—¿A dónde vas? —pregunté.
—A comprar comestibles.
—Oh, Jesús —murmuré, preguntándome cuántas leyes humanas rompería si encerrara a mi hermana en un armario.
—Necesitamos comida. Te comiste todo. —Salió por la puerta.
Echando mi cabeza hacia atrás, gruñí. Es bueno saber que todo lo que le dije le entró por un oído y le salió por el otro. Ni siquiera sabía por qué me había molestado. Nadie podría parar a Alice. Cerré los ojos.
Inmediatamente, reviví la conversación con mi nueva vecina, y sí, realmente fui un idiota con ella.
Pero fue lo mejor. Lo fue. Ella podría odiarme, debería odiarme. Pero se mantendría lejos de nosotros. Y eso era todo. No podía ser de otra manera, porque esta chica era un problema. Un problema envuelto en un paquete pequeño, rodeado por un maldito lazo.
Y peor aún, era del tipo de problemas que me gustaban.
