Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes son propiedad de Hiro Mashima
Hola, gracias por entrar n.n
Segundo capítulo de esta historia, recordemos que Levy tiene que reunir una serie de libros y que tendrá que recorrer las bibliotecas del reino para conseguirlo. Si bien los detalles de esta búsqueda serán la constante a lo largo de cada capítulo, espero que la lectura les resulte entretenida en la medida en que varíen los condimentos.
Aprovecho este espacio para saludar al anónimo Inkheart, muchas gracias por leer y comentar, espero que siga siendo de tu agrado hasta el final n.n
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
II
Libro Rojo
Ponerse en acción
El problema comenzó cuando se alejó de Magnolia. Eso de que sólo ella sabría en qué dirección llevar la búsqueda sonaba muy bonito e inspirado, pero para Levy era algo nuevo y todavía le costaba reconocer las sensaciones que la guiarían. No era que fuese imposible, a fin de cuentas se trataba de una maga con experiencia, pero el revoltijo que la acometía por dentro le hacía difícil poder concentrarse.
Se detuvo a un lado del camino para ponerse a pensar. Aunque no podía arrepentirse de haber emprendido la aventura, en ese momento hubiera querido contar con alguien para consultar. ¿Desde cuándo se conducía con tal arrojo? ¿No podía haberse tomado al menos una hora para proyectar por dónde iría? Se sentía una tonta.
Era voluntariosa, se esforzaba mucho para dar lo mejor de sí, pero en la mayoría de las ocasiones contaba con sus compañeros como apoyo y como estímulo para pelear. Esta vez, por el contrario, tendría que valerse por sí misma. Vaya lío en el que se había metido.
Cierta vacilación empezó a aguijonearla desde el fondo de sus entrañas. ¿Podría hacerlo? ¿En verdad podría? Las dudas comenzaron a arremolinarse y adquirieron densidad, vapuleando su determinación. Dejó que así sucediera, sería la única manera de patearlas hacia afuera. Al instante siguiente, entonces, haciendo acopio de valor, consiguió acorazar su corazón para protegerse de esas tribulaciones.
Era natural temer, pero ella era Levy McGarden, maga de Fairy Tail, y no podía dejarse vencer tan fácilmente por sus propias inquietudes. Esa aventura no sólo constituía un desafío, sino una importante oportunidad. Por fin podría medirse, por fin descubriría de qué clase de material estaba hecha en realidad y no podía convertirse en su propia enemiga antes de empezar. Debía enfocarse y persistir en su resolución.
Además, el miedo nunca había sido un verdadero obstáculo. Podía contar consigo, con su fuerza y con sus conocimientos para superar la prueba, para transitar los caminos del reino y enfrentarse a lo que tuviera que acontecer. Cuando sus debates internos llegaron a este punto, logró poner el foco en lo que tenía que resolver primero: establecer el rumbo a seguir.
Visualizó en su mente el mapa del reino y en pocos minutos determinó la dirección más obvia y sencilla: recorrer las bibliotecas siguiendo las agujas del reloj. Se trataba de doce libros, así que no podía ser más simple. Pensó en eso una y otra vez, analizando variables y eventualidades, y como nada en su interior sugiriese lo contrario, decidió que ése sería el método de búsqueda.
Entonces por fin se sintió más segura, como si se hubiera sacado un gran peso de encima. Una vez que se conoce la dirección, se afronta con mayor convicción el trayecto. Levy desterró todos sus temores definitivamente y reinició la marcha con más esperanza dentro del corazón.
A lo largo de aquel viaje, recorrería la ruta fijada valiéndose de diferentes medios de transporte, aunque la mayoría de las veces avanzaría a pie. Y precisamente así, dando los primeros pasos en el principio de su periplo, fue como logró llegar a la primera biblioteca prometedora hacia el atardecer del día siguiente.
El edificio estaba emplazado en la parte norte de una pequeña ciudad que ella conocía bien por encargos anteriores, por lo que se sintió cómoda recorriendo sus estrechas calles. Algún que otro lugareño incluso alzó la mano para saludarla, pues la reconocieron como la joven maga de Fairy Tail que en más de una oportunidad ayudó a sacarlos de algún apuro. Al recibir ese inesperado reconocimiento, Levy se sintió más fortalecida. Otros, en cambio, se alejaban con cierto espanto, y en esos casos no pudo menos que suspirar con resignación. La problemática fama de siempre todavía los presidía.
En los últimos tramos del trayecto comenzó a notar que los comerciantes cerraban sus negocios y que las personas trajinaban de regreso, por lo que apretó el paso para que no la sorprendiera la noche. Pronto divisó la fachada de la biblioteca y sonrió con satisfacción.
-Aquí estás por fin –murmuró para sí, entusiasmada.
Conocía el edificio que alguna vez había sido el epicentro de un disturbio que pudo anular con su poder. Era de arquitectura sencilla y de carácter práctico, hasta el punto que nada anticipaba en su apariencia que se trataba de la única biblioteca del lugar. Algunos sectores de los muros, incluso, se veían descascarados. Levy subió por los anchos escalones de piedra hasta la entrada con una mueca en el rostro, lamentando aquel descuido.
Entró y pudo verificar que sus recuerdos no estaban errados: por dentro era mucho más amplia de lo que cabía adivinar desde afuera. Quizá fuese el único detalle llamativo que la caracterizaba, aunque era un rasgo muy frecuente entre las bibliotecas y de seguro se toparía con más de una que lo revelase. No se trataba de un simple fallo perceptivo, sino del buen trabajo del arquitecto.
Ese tipo de engaño sensorial transmitía un significado muy profundo relacionado con el universo que encerraban los libros. Si adentro el edificio se descubría más grande era porque reflejaba ni más ni menos que el saber en incesante expansión, la lectura como ejercicio inacabable, creciente. Las dimensiones espaciales poco y nada tenían que ver con esa complejidad.
Levy meditó en ello mientras contemplaba los maravillosos resultados de aquel esfuerzo parada en el centro del hall de entrada. Sólo en el interior se podía apreciar la verdadera magnitud de las cosas, vislumbrar un ápice del infinito. Así sea en el espacio como en la sabiduría.
Después le salió al encuentro el bibliotecario, un hombre de mediana edad que estaba de salida.
-Soy Levy McGarden, maga de Fairy Tail –se presentó ella-, y me dedico al estudio de los libros. Con su permiso, me gustaría entrar para chequear los volúmenes.
-¿Buscas algo en particular?
-Así es –admitió Levy, aunque prefirió ahorrarse los detalles-. ¿Podría dejarme verificar si el libro que busco se encuentra aquí?
-¿No puede esperar a mañana? Es hora de cerrar.
-No creo que demore mucho… Y la verdad, tengo que seguir viaje.
El hombre hizo un mohín, no muy convencido. Sin embargo, notando la necesidad de la maga, miembro además de un gremio tan reconocido, se decidió a confiar en ella y dejarla pasar.
-Muy bien, pasa y busca –accedió. Levy sonrió entusiasmada-. Pero te advierto que no tendrás mucho tiempo para hacerlo. Mientras buscas el libro saldré por unos momentos, y cuando regrese tendré que cerrar.
-Entiendo –aceptó ella, agradeciéndole con repetidas inclinaciones-. No se preocupe, estoy segura de que no demoraré.
El bibliotecario asintió con un gesto y se retiró dejando el edificio a su disposición. Levy, contenta con ese simple pero importante avance, se adelantó por el centro del hall hasta llegar a la amplia sala donde se encaramaban las estanterías.
Hacía mucho que no visitaba aquel lugar y se detuvo unos momentos cerca de la entrada para observar en derredor y dejarse envolver por la magia que destilaban los libros allí reunidos. Era como arribar a la tierra prometida, o como llegar a una sucursal del paraíso en la tierra. No había lugar más maravilloso ni más parecido a un hogar.
La escasa luz de los candelabros que permanecían encendidos dificultaba el escrutinio, aunque Levy tuvo el presentimiento de que podría prescindir de los ojos. Ya había comprendido que el libro simplemente aparecería, tan sólo era cuestión de dejarse llevar por su instinto. Sin embargo, había tantos estantes y todos se presentaban tan atiborrados que por un momento dudó de que el prodigio fuera a ocurrir otra vez.
Aun así deambuló por ese nutrido laberinto de libros atenta a cualquier irregularidad. Caminó con extrema lentitud, fijándose en cada rincón y en cada hilera de volúmenes que corría por arriba, por debajo o a la altura de su vista. La biblioteca era demasiado extensa, por lo que también procuró armarse de paciencia.
Continuó escudriñando durante algunos instantes, dejando atrás una cuarta parte del amplio recinto, hasta que creyó sentir un pinchazo dentro de sí. Fue como una señal. Instintivamente se dio la vuelta y entonces por fin divisó un lomo dorado sobresaliendo en lo alto de una de las estanterías laterales. De inmediato se acercó y agudizó la vista para comprobar que se trataba de uno de Los Doce.
Levy lanzó una exclamación de júbilo. Por fortuna, no había nadie más que ella en el lugar. Al encontrarlo pudo corroborar una idea que venía rondándole por la cabeza, y era que los libros quizás aparecieran ayudados también de su voluntad. Viajar siguiendo las agujas del reloj configuraba una ruta tan arbitraria como cualquiera, por lo que de seguro su determinación de hallarlos influiría en el éxito de la búsqueda.
Así tenía que ser, además del evidente influjo que ejercería su intuición. Más allá de la índole del desafío, éste sería tan accesible o dificultoso según la resolución con la que lo afrontase.
Motivada por el hallazgo, Levy se llenó de alegría. Empezó a otear en una y otra dirección hasta que vio una escalerilla. Fue por ella y la colocó en posición. El único problema fue que no era lo suficientemente alta para alcanzar el libro en cuestión.
Subió los peldaños, se paró en la cima e incluso se puso de puntillas y estiró el brazo, pero aun así apenas llegaba a rozarlo. La joven maldijo por lo bajo. Inopinadamente, se repetía la escena de la vez anterior.
Hizo tal esfuerzo por alcanzarlo que la escalerilla comenzó a vacilar debajo de sus pies y, por consiguiente, no tardó mucho en perder el equilibrio. La joven ahogó una nueva maldición, había estado demasiado pendiente del libro y, mientras perdía pie y se iba al diablo, se sintió una tonta de primera categoría.
Cerró los ojos con fuerza, esperando el impacto. Sin embargo, la caída se detuvo de súbito sin generarle ningún dolor.
-¡Casi te rompes el cuello por culpa de ese libro!
Era la última voz que Levy esperaba escuchar. Abrió los ojos con espanto, incrédula, y se ruborizó intensamente al darse cuenta de que, efectivamente, había aterrizado en los brazos de Gajeel.
Éste la miró con el ceño fruncido, como de costumbre, y ella se abochornó todavía más. Empezó a sacudirse hasta que pudo liberarse de su sujeción y lo encaró de pie, con toda la dignidad que fue capaz de acopiar en esas penosas circunstancias.
-Pues los libros lo valen –protestó-. ¿Y qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? ¡Se supone que viajaría sola!
-De nada –bufó Gajeel con sarcasmo, sin dejarse amedrentar por su disgusto-. Estoy aquí porque te seguí, te encontré a través de tu rastro y, precisamente, vine porque viajas sola. De ahora en más iré contigo.
Lo dijo con tanta naturalidad y con tanta prepotencia a la vez que Levy no supo cómo reaccionar. Por una parte, su presencia allí la llenaba de contrariedad, pero, por otra, le generaba una emoción muy peculiar, como cada vez que lo veía o que acudía a su rescate. Además, entendía que gracias a él no se había lastimado.
-Se supone que viajo sola –repitió en un quejido con el propósito de afirmarse en su posición.
-Tonterías.
-Buscar esos libros es una prueba hecha para mí.
-Eso no significa que debas hacerlo por tu cuenta –replicó él, tratando de parecer severo-. Además, ya te he asistido en otras ocasiones.
-Gajeel…
-Tu obsesión por los libros algún día te desnucará –la cortó el mago en clara alusión a lo sucedido hacía unos instantes. Luego acomodó la escalerilla, subió, tomó el libro que ella no pudo alcanzar, bajó y se lo dio en mano-. No creo que el desafío consista en arriesgarte hasta ese punto.
Levy aceptó el libro, todavía confusa con su inesperada aparición. Antes incluso de examinarlo se detuvo a pensar en todo aquello y en Gajeel en particular, siguiéndola de una ciudad a otra con el único propósito de cuidarla. Era demasiado para ella.
Tampoco fue capaz de discernir si simplemente le había dado la razón para seguirla o si le estaba reclamando su descuido. Le acontecía con asiduidad el dilema de interpretar debidamente sus intenciones siendo un sujeto de carácter tan huraño y reservado. Apenas si podía creerse aún su presencia allí.
A pesar del alborozo y del íntimo vértigo que de todas maneras experimentaba ante la sola idea de su compañía, Levy insistió:
-El Maestro me dijo que no será un viaje peligroso, y lo creo así. Me gustaría mucho hacerlo sola, al menos por esta vez.
Gajeel gruñó. La joven escrutó su rostro con atención, aunque nada en sus adustas facciones le sugirió que estuviese reconsiderando su decisión de acompañarla. Si él persistía en su afán protector, se le haría cada vez más difícil negarse.
-Entiendo –dijo él-. Aun así iré contigo.
-¡Gajeel!
-¿Qué tanto te molesta?
-¡Es un reto personal!
-¿Y qué? No pienso intervenir.
-¡Eso no cambia nada!
-¿Acaso te incomoda? ¿Te asusta? ¿Te avergüenza? ¿O es que en verdad te gusta tanto que vaya contigo que no puedes manejar la situación?
Ella palideció primero, estupefacta, y se ruborizó inmediatamente después, escandalizada. Jamás habían siquiera bordeado el espinoso tema de los sentimientos que cada uno guardaba por el otro en secreto… si es que estos sentimientos eran correspondidos. Que le saliera con semejante argumento la descolocó por completo y le pareció desleal.
-¡Pero qué dices! –chilló, tratando de controlar su turbación-. ¡Sólo quiero dejarte en claro que esta vez no voy a apoyarme en ti para resolver mis asuntos!
-Nunca hablé de darte apoyo sino de acompañarte, mujer –señaló él empezando a irritarse-. Además, tal vez sea yo el que termine necesitando tu ayuda.
-¿Tú? –se extrañó Levy, mirándolo con interrogación. Recién entonces se le ocurrió pensar que quizá, después de todo, Gajeel tuviese otro motivo para seguirla, cosa que ocurría con relativa frecuencia en los trabajos cotidianos y la llenaba de curiosidad-. ¿Qué clase de ayuda?
El joven volvió a gruñir mesándose los cabellos evasivamente. Levy lo conocía e intuyó que lo había puesto en un aprieto, aunque de nuevo fue incapaz de entender si era porque le había dado una excusa falsa con eso de necesitarla o porque aún no se atrevía a declarar qué tipo de trastorno padecía para requerir su ayuda.
-¿Gajeel? –insistió.
Él chasqueó la lengua, despectivo.
-Ahora eso no es lo importante –masculló.
Levy se dio por vencida. Lo reconvino por esa forma tan descuidada de conducirse y él le reprochó entonces la toma de decisiones unilaterales que lo obligaban a salir del gremio para buscarla por todas partes. Ella, anonadada con ese planteo, le hizo otros tantos reclamos, y durante un buen rato se olvidaron de las circunstancias para discutir acerca de sus respectivos y al parecer muy perjudiciales defectos de carácter.
Fue realmente liberador descargarse de esa manera, uno por posesivo y la otra por orgullosa. Hasta que el bibliotecario regresó y se topó con el cuadro. Acto seguido fue él quien los amonestó por la indebida conducta y los instó a marcharse de una buena vez.
Luego, cayendo en la cuenta de que había ingresado un intruso, también tuvo sus planteos. ¿Cómo había hecho el señor para ingresar? ¿No se había percatado de que el edificio ya estaba cerrado? Gajeel volvió a chistar con desdén al ser cuestionado de ese modo y el otro ya no quiso saber nada más.
Levy, entretanto, procedió a ocultar en su morral el libro que había encontrado. A diferencia de Gajeel, que se irritaba con facilidad cuando recibía reclamos, se deshizo en sonrisas complacientes para que pudieran salir de allí sin ningún otro inconveniente. Podía parecer demasiado simplista, pero sin duda era el recurso más efectivo para salir airosos de esas situaciones.
Tomó a Gajeel del antebrazo y comenzó a tirar de él. Sin dejar de sonreír y de disculparse con el bibliotecario, lo remolcó dificultosamente hacia afuera, ya que el mago seguía mirando al tipo como si fuera a devorárselo. Así, con esfuerzo y artimañas conciliadoras, consiguió salir del edificio sin que se notara la sustracción.
Una vez afuera, soltó a su malhumorado compañero y suspiró con gran alivio. Luego comenzó a caminar en dirección a la ciudad, pensando en todo aquello. El otro, aún enfurruñado por el mal trago, la siguió a cierta distancia. Unos minutos después, señaló:
-Ya puedes sacarlo, la biblioteca y aquel zopenco quedaron atrás.
Levy le dirigió una severa mirada recordando de pronto el incordio de su compañía, pero hizo lo que decía. En verdad se estaba muriendo de ganas por echarle un vistazo a la nueva adquisición, el segundo de Los Doce que debía conseguir.
Lo sacó de su morral y volvió a toparse con el diseño tan particular y vertiginoso de la cobertura dorada. Desde el fondo, en cambio, asomaban esporádicamente lagunas de color rojo.
Se detuvo para examinarlo por dentro y Gajeel hizo lo mismo asomándose desde atrás de su hombro. Ella pasó con parsimonia las primeras páginas en blanco y por fin arribó al título que obviamente le correspondía.
-Libro Rojo –murmuró.
Él la miró sin comprender.
-¿Es el que buscabas?
Pero Levy se enfrascó en el contenido que comenzaba a continuación, sin responder, y Gajeel tuvo que armarse de paciencia y esperar. Poco después, ella leyó en voz alta:
-El color rojo se utiliza en magia para excitar los sentidos y promover la acción. Se trata de un color activo, un color que incita a que las cosas, situaciones, emociones y pensamientos no se queden estancados, sino que se desarrollen. Esto puede determinar el destino, ya que se podría influir en la conducta de los demás. Incluso puede crear vínculos, dirigir decisiones…
Levy siguió leyendo en silencio, concentrada. Después, reparando por fin en el lugar y la hora, cerró el libro con aire reflexivo. El camino hacia la sabiduría no sólo implicaba iniciar algo nuevo, sino también motivarlo a que se continúe en el tiempo.
¿Podría ella continuar la búsqueda? ¿Podría llegar hasta el final? El viaje recién comenzaba y, por alguna razón, ya se sentía un poco abrumada.
-Oye, ¿qué es esa cara? –indagó Gajeel al notar ese repentino ensimismamiento-. ¿Es el libro que buscabas o no?
Levy asintió con un gesto.
-Lo es –confirmó-. Ya tengo dos: el Libro Verde y el Libro Rojo. Sólo quería cerciorarme del significado que poseen y del camino que estoy recorriendo.
Gajeel asintió. Entreviendo cierta sombra en sus ojos, decidió apurarla.
-¿Acaso prefieres regresar?
Levy arrugó el entrecejo.
-Claro que no.
-Entonces deja de lado esas dudas. Acabas de empezar el viaje, tienes varios libros que buscar y mucho tiempo por delante para cuestionártelo. Si empiezas a titubear ahora, ¿qué quedará para más adelante?
Ella lo miró con asombro. Nunca había imaginado a Gajeel en el rol de consejero y dudaba de que a él le agradase el papel, sin embargo en ese momento tuvo la suficiente sensibilidad para decir las palabras apropiadas y brindarle el mejor apoyo, aunque antes hubiese negado tener esa intención. Durante algunos instantes, fue incapaz de responderle.
Precisamente eso le había ofrecido Gajeel, una clase de apoyo que no podía rechazar. Le había disgustado la posibilidad de que fuera con ella esgrimiendo el propósito de "protegerla", pero ahora caía en la cuenta de que tal vez su compañía le depararía algún tipo de garantía, o de inspiración. A pesar de que había decidido hacerlo por sí misma, no pudo menos que evaluar la interesante posibilidad de tenerlo de su lado.
Sin embargo, al pensarlo detenidamente, vaciló no sólo en aceptar ese apoyo, sino también su camaradería. ¿Qué podía resultar de ello? Había dejado atrás a sus eternos compañeros de aventuras, ¿por qué tendría que permitir que Gajeel fuera con ella?
Aun así, era demasiado buena y considerada como para negarse de plano y enviarlo de regreso al gremio. Además, tenía que reconocer que había hablado con sensatez y, de alguna manera, quería retribuirle su aliento y su desinteresado respaldo de siempre. Tal y como él mismo dijera, para cuestionarse había tiempo de sobra.
Sumida en esas cavilaciones, Levy se empeñó en creer que sus sentimientos nunca influyeron en la decisión tomada.
-Es verdad –admitió-, aún hay tiempo para pensar en desistir. Supongo que será un largo viaje y no me hará daño contar con un amigo.
-Eso mismo –repuso Gajeel, satisfecho con su aceptación.
-Y como dice el libro, las cosas deben fluir continuamente, lo que también significa que sólo así pueden mejorar y modificarse.
-Habrá que ponerse en acción.
-¿Seguro que no te enfadarás ni te disgustará tener que seguirme de forma tan arbitraria?
-Tú prosigue con lo tuyo y deja que yo me las arregle con el resto.
Ella asintió lentamente, conteniendo cualquier asomo de alegría ahora que había tomado la decisión. Gajeel, en cambio, se cruzó de brazos y sonrió de lado, según su estilo.
Que Levy hubiese aceptado su resolución de acompañarla había aplacado la irritación anterior. La joven maga emprendería un largo viaje, uno que la llevaría a muchos y variados lugares durante quién sabe cuánto tiempo, y Gajeel jamás se permitiría permanecer ajeno a ello.
Liberados ya de escrúpulos, acordaron buscar alguna posada donde hospedarse para pasar la noche. Levy le comentó de camino los detalles del rumbo que pensaba seguir y él la escuchó comprendiendo muy bien el plan. Nada tenía para objetar al respecto, pues tal y como prometiera simplemente se limitaría a seguirle los pasos.
Al igual que con el Libro Verde, Levy aplicó su hechizo de reducción sobre el Libro Rojo y lo añadió al brazalete que llevaba como si fuera un dije. Le explicó a Gajeel que así sería más fácil transportarlos y él no necesitó más detalles para entender que era una buena manera de evitarse acarrear doce gruesos volúmenes de un lado a otro, aunque le resultó llamativo que manejase una técnica como ésa.
Al poco rato de andar, ella ya no se sintió tan confusa ni cansada y recuperó el buen humor con sólo enfocar el objetivo en su mente. Levantó la mano a la altura de los ojos y contempló sonriente los pequeños libros que pendían del brazalete. Se sentía tan orgullosa de su logro que pudo desterrar por fin todo rastro de vacilación. Cualquier otro pensamiento más bien romántico relacionado con la inesperada intromisión en el recorrido fue oportunamente soslayado.
Caminando a su lado, Gajeel la miró de reojo, satisfecho con esa sonrisa. Las cosas para ella ya estaban fluyendo y no podía sentirse más gratificado al haber logrado formar parte de ello. Hacía mucho tiempo que se había jurado protegerla, aunque en el presente le bastaban sus profundos sentimientos para ofrecerse en cualquier aventura que ella quisiese afrontar.
