II


Sentí que el corazón me dio un vuelco horrible cuando Gabriel me dijo esas palabras. ¿Qué demonios quería decir con eso? Clavé la vista en Gabriel, esperando a que estallara en carcajadas y que me dijera que había sido una completa tonta al creerle semejante bobada. Pero no fue así, en su lugar me miró con profunda pena. Bajé la vista hacia mis manos, estaban ahí, como yo las recordaba. Entonces ¿Por qué me sentía como si no fuera yo misma? Moví mis dedos, sintiendo los músculos y los huesos sincronizarse para moverse.

──No entiendo nada de lo que dices. Estoy aquí en carne y hueso. No puede ser que yo…── me corté a mitad de aquella frase ¿de verdad estaba segura de que no estaba muerta? ¿De qué Gabriel decía la verdad y que yo… estaba muerta? La cabeza me daba vueltas analizando la situación ¿Qué tanto era mentira o que tanto era verdad? Sacudí la cabeza con fuerza. Negando que todo lo que me dijo Gabriel, era verdad. Me sentía muy confundida. Sentí unas manos tomarme de las mías, Rafael tenía una sonrisa que intentaba consolarme. Pero estaba tan confundida que no le presté mucha atención. Aquella palabra me daba vueltas en la cabeza, como un vil recordatorio de lo que ahora me pasaba. Rafael me levantó y me rodeó por los hombros. Me movía sin ser consciente de que lo hacía, hasta que una brisa fresca me hizo reaccionar. Siempre pensé que el cielo estaba cubierto de nubes, pero no era así. Muchos ángeles con batas de hospitales caminaban de un lado a otro, esto parecía más el pasillo de un hospital que el cielo. Pude ver a un ángel siendo seguido por pequeñas luces que emitían risas infantiles. Entonces supe que eran aquellas luces: almas de niños. Rafael se detuvo enfrente de una puerta que parecía hecha de metal. Toco la puerta y una voz le dio el pase. Adentro de aquel cuarto, había un gran escritorio y sentado detrás del escritorio estaba un hombre de pelo negro, piel blanca y traje con corbata. Rafael y Gabriel se arrodillaron como si estuviesen enfrente de un rey.

──San Miguel── exclamaron los dos al mismo tiempo, el ángel levantó la vista mostrando unos ojos verdes como el pasto. Me quedé embobada viéndolo. ¿Miguel? ¿Miguel el Arcángel? Sin saber porque me puse nerviosa, de seguro que me contaría los pecados que he cometido, después me mandaría al infierno. Miguel se mostraba impasible, su rostro parecía tallado en piedra, parecía la expresión de una estatua. Seria y tranquila. Se levantó y caminó hacia mí, Rafael y Gabriel se levantaron. Miguel se detuvo enfrente de mí, me evaluó de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza.

──Lucy Heartfilia ¿verdad? ── me preguntó, su voz sonó ronca y parecía que varias voces le hacían eco, dando la ilusión de que miles de voces hablaban al mismo tiempo. Tragué saliva, todavía más nerviosa por su mirada fija. Bajé la vista hacia mis pies, entonces reparé en algo que no había visto nunca. En la sombra de Miguel, había algo grande expandido, protegiéndolo. Me di cuenta de que podrían ser sus alas. Visibles en su sombra. Levanté la vista de nuevo cuando escuche que me volvió a hablar, de nuevo con las miles de voces haciéndole eco.

──Partirás ahora mismo.── dijo dejándome de mirar y fijando la vista en los otros dos arcángeles, Rafael y Gabriel asintieron, sabiendo lo que iban a hacerme. Pero yo no lo sabía y eso me aterraba todavía más. ¿De verdad me mandará al infierno? Solo pensarlo me dio un escalofrío que me sacudió completa. Miré de reojo a Rafael, quien se había puesto al lado mío como un guardaespaldas. Al ver que nadie me decía nada, el pánico me dominó.

── ¿A dónde iré? ¿Iré al infierno?── pregunté con la voz un poco más aguda por el miedo. Miguel me miró, con confusión y sorpresa en su cara. Después al captar lo que de verdad quise decir, sacudió lentamente la cabeza.

──No, irás de nuevo a la tierra a cumplir con tu misión. Rafael te acompañara en tu estadía en la tierra. Para entonces, cuídate.

Cuando dijo lo último, sentí que el piso debajo de mis pies desaparecía. Entonces me di cuenta de que caía. Grité con horror. Pataleé con pánico, entonces mi vista quedo arriba, sintiendo mi cabello darme toques cuando se estrellaba contra mis mejillas. Pude ver algo acercarse muy rápido, enchiqué los ojos tratando de ver mejor que era eso, el pelo me pegaba con furia la cara y el viento evitaba que pudiera ver bien. Mientras aquella cosa a lo lejos se acercaba más, me di cuenta de que era Rafael. En su espalda tenía dos grandes alas doradas, que brillaban con el sol. Extendió una mano hacía mí y yo hice lo mismo. El estómago se me revolvió al sentir que paraba repentinamente de caer, Rafael me cargaba en brazos. Flotando a pocos centímetros del suelo, mi boca y mis ojos estaban abiertos grandes. Rafael rio un poco y me dejó en el suelo, me sostuve de él cuando mis piernas temblaron. Mi pelo estaba desordenado y mi corazón lo sentía doloroso contra mis costillas por la adrenalina y el susto. Rafael me dio unas palmaditas en la espalda, esperando a que reaccionara. Cuando lo hice lo miré con espanto. Me di cuenta de que vestía una gabardina.

── ¿Qué demonios fue eso? ¡Pude haber muerto!── le grité, remplazando el terror con el enfado. Rafael no dijo nada, solo sonrió juguetonamente y me ayudo a acomodarme el pelo. Todavía me sentía ida, todo había pasado muy rápido. Primero estaba en aquella fiesta de pomposos con mi padre, luego me encontraba frente a frente con Miguel el Arcángel. Luego me encontraba cayendo en caída libre. Cuando volví a respirar, traté de calmarme. Me senté ahí donde me encontraba. Poniendo en orden mis pensamientos, Rafael se sentó enfrente de mí en cuclillas. Mirándome divertido.

──Vamos, tenemos mucho que hacer.── me dijo después de un rato, tomándome de la mano y jalándome con él. Sacudí la cabeza, convencida de que no podría estar más ida o distraída. Así que traté de centrarme y seguir a Rafael a donde quiera que quiera ir. Me sorprendí cuando llegamos al centro comercial. Miré extrañada a Rafael.

── ¿Qué hacemos aquí?

──Tenemos que comprarte ropa nueva, después tenemos que ir a inscribirte a la escuela, comprar tus útiles, tus libros, tus uniformes. Además de que tenemos que hacer las compras del supermercado.

──Pero no tengo dinero…── le dije en un murmuro, dándome cuenta de que era verdad. No me preocupaba eso, solamente que ¿Cómo iba a hacer eso Rafael sin dinero? Rafael pareció ver mi inquietud, pero sonrío. Y se sacudió la gabardina, como si eso le fuese a traer dinero. Pero sin decir nada, me adentré junto con Rafael a varias tiendas de ropa femenina y también de lencería. Realmente no sabía si era un sueño o de verdad lo estaba viviendo, me habían pasado tantas cosas que me parecía increíble. Aunque teniendo a uno de los Sagrados Siete enfrente de mí y de compras hacía que recayera en mi realidad, aunque de verdad era descabellado. Rafael sacaba dinero debajo de su gabardina, como si de verdad la gabardina hiciera dinero. Después nos detuvimos en la que sería mi nueva escuela, una escuela nada fea, pero que no tenía nada que ver con mi otra escuela. Mientras Rafael hablaba con la secretaria miré por los alrededores, era una linda escuela, aunque no era grande, claro estaba acostumbrada a los lujos, me di cuenta de que ya no podría tener muchos. Aunque eso no me molestó. Por primera vez sentía que podía respirar con mi propio aire, cuando quería y como quería, sin el apremiante aire que mi padre ejercía sobre mí.

Sentí una mano tocarme el hombro, Rafael me dio una carpeta, la abrí sabiendo lo que contenía. Mi formulario de inscripción y mi horario de clases, además de un mapa de las aulas.

──Tus clases empiezan el diecisiete de agosto. Te harán un examen para saber en qué grupo te pondrán.── dijo caminando de nuevo, lo seguí un poco atontada.

──Rafael ¿en qué mes estamos?── le pregunté después de un momento que me detuve a pensarlo ¿Cuántos meses, años o días habían pasado? Sentí una incomodidad en el estómago al pensar eso ¿mi padre estaba muerto? Rafael se detuvo de golpe, haciéndome chocar con su espalda.

──No te preocupes por eso, no es el fin del mundo y tampoco estamos en otra era si es lo que piensas.

Su respuesta no me calmó, en lugar de eso me inquietó un poco. Pero al ver de nuevo la mirada tranquilizadora de Rafael me tranquilicé un poco, no sé si eran parte de sus poderes o de verdad su mirada calmaba. No pensé en eso en el resto del día, de suerte Rafael me llevaba a muchos lados. Me llevó a la librería y también a la tienda de mascotas, después me llevó a un restaurante de comida china. El sol se estaba ocultando cuando Rafael decidió que era hora de regresar a casa. Cargados de bolsas caminamos juntos por las ahora solitarias de Magnolia. Rafael se detuvo en una casa en un vecindario que se veía tranquilo en vista, de clase media. Las casas se veían acogedoras y eran bonitas. Rafael se detuvo enfrente de una casa con portón negro y de estilo victoriano, parecía una casa de muñecas en tamaño real. Tenía un pequeño jardín con una fuente para aves, Rafael abrió el portón y me dio el pase. Me detuve a admirar los arbustos bien cortados y las rosas brillantes. Parecía una casa de una casa de hadas.

── ¿Cómo es que tienes esta casa? ──le pregunté acariciando la puerta de madera con alas de ángeles grabados por toda la madera. Rafael me arrojó las llaves, se me resbalaron. Tenía un curioso llavero de una pequeña bola con cuatro alas a los lados como de mosca*. Miré las llaves, decidiendo cual sería la principal.

──Es la que está a la derecha. No, la otra derecha── me dijo cuando tomé la izquierda ¿o derecha? Rafael me tendió la mano para que le diera las llaves, se las di y me extendió de nuevo el llavero con la llave verdadera. Al abrir la puerta pude sentir aire frío recorrerme la cara. Me estremecí.

──Lo sé, hace calor afuera.── dijo Rafael dejando a un lado las bolsas y quitándose la gabardina, vestía la misma ropa que le vi en la fiesta. Miré alrededor, reparando en la sala con estilo provenzal, el comedor estilo romántico y en el reloj del abuelo que estaba en medio de las escaleras, dando al comedor. Me acerqué al reloj y me tuve que poner de puntillas para poder ver la hora. Pero el reloj estaba parado en las doce en punto y el péndulo no se movía.

──Hace años que no vengo a esta casa.── dijo Rafael acercándose y poniéndome un brazo alrededor de los hombros, lo seguí pero no despegué mi vista del reloj.

── ¿Cómo es que tienes esta casa?── le volví a preguntar, recordando que eludió mi pregunta, Rafael me había conducido hacia la cocina, que a pesar de que el comedor y la sala tenían un estilo antiguo la cocina parecía sacada de un programa de cocina. Impecable y bien decorada. Me senté en una silla alta frente a la barra, Rafael se dirigió al refrigerador y saco dos limonadas de lata. Le di un sorbo y sentí que me refrescaba el calor que tenía en mi interior. Esperé a que Rafael contestara mi pregunta, pero al parecer de nuevo no la responderá.

──Bien, Lucy ¿recuerdas que Miguel dijo algo de una misión?── empezó, dejando la lata a un lado y estirándose.

──Ajá.

──Todo el humano que fallece su alma va a parar a aquella clínica que viste, es la entrada al cielo y para poder entrar tienes que ayudar a un humano a que sea feliz. Un humano que de verdad necesite "ayuda del cielo". Como un drogadicto, una chica anoréxica, un niño maltratado. ¿Me entiendes?

Asentí viendo a los ojos a Rafael, de repente, su cara pareció muy vieja. Sus ojos ya no mostraban aquella alegría infantil que le había visto, si no que sus ojos se habían oscurecido y millones de años se vieron reflejados en ellos. Rafael aplastó la lata contra su sien y con un tiro ágil, la lata cayó dentro del bote de basura que estaba en su espalda.

── ¿Porqué hacen eso? Tienen que ganarse su "boleto" a la paz eterna. Es como una segunda oportunidad de redimirte si no tuviste una vida dichosa y buena. Pero no todo es de color de rosa ¿a que me refiero? Si cedes a los placeres de la carne y a las debilidades capitales y no cumples tu misión, iras a donde la pequeña Lulú se encuentra.── esto último lo dijo con una sonrisa socarrona. Me mordí el labio para no reír ante su ocurrencia, tenía que tomármelo con seriedad.

── ¿Alguna duda?── me preguntó poniéndose serio otra vez, negué con rapidez bebiéndome lo que quedaba de mi lata. Rafael dio una palmada.

── ¡Muy bien! Después de cenar te daré más detalles sobre tu encargo, por ahora te mostraré tu habitación y si deseas puedes bañarte. Debes de estar cansada.

──Gracias.── murmuré levantándome y estirándome, tenía razón, me sentía cansada y con mucho sueño. Necesitaba comer algo y dormir ocho horas. Como respuesta a lo que pensaba, bostecé. Seguí a Rafael mientras me tallaba un ojo y me limpiaba las lágrimas. Se detuvo frente a una puerta blanca, me sonrió y extendió el brazo. Me acerqué y no pude evitar la sonrisa que inundó mi cara. Las paredes de la habitación estaban pintadas con un blanco inmaculado, los muebles tenían un estilo romántico. La cama con dosel estaba en medio de la habitación, la colcha era de color beige y varios almohadones decoraban la cama. Miré a Rafael por encima de mi hombro, pero ya se había ido. Para darme más privacidad. Pasé suavemente los dedos por las mullidas sábanas, sentí que la piel se me erizaba. Me encerré en el baño y me recargué en la puerta, suspirando pesadamente. Todavía me sentía incómoda y confundida respecto a todo este asunto de haber muerto y resucitar por sabe cuántos días. El baño era pequeño, pero cómodo. Contaba con ducha y bañera. Mientras preparaba el baño, me observé en el espejo. Me veía igual que siempre, sin ninguna arruga que delatara que me había pasado años fuera. O que yo me hubiese convertido en un cadáver. Me estremecí cuando sentí el agua caliente recorrerme. Me puse a pensar en todo lo que me pasó de nuevo, simplemente era increíble. Todo pasó tan rápido que todavía sigo sin creérmelo. Un golpe en la puerta hizo que saltara.

──¿Todo va bien, Lucy?── me preguntó Rafael por el otro lado de la puerta.

──Sí, estoy bien── le respondí mientras me hundía hasta la nariz no es como si me hubiese pillado haciendo algo indebido… pero…

──De acuerdo, la cena está lista. Si necesitas algo, solo grita.── escuché sus pasos alejarse y sin querer suspiré aliviada. Todavía no me acostumbraba que estuviera acompañada.

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El olor a orégano, tomate, pollo, pasta y queso me despertó el apetito. Me encontré a Rafael en la cocina enfrente de la estufa, dándome la espalda.

──¡Oh! Ya saliste, quiero que me des tu opinión sobre la cena.── Me dijo sonriendo y extendiéndome una chuchara de madera con salsa de tomate. Embarré un dedo y me lo llevé a la boca. Sabía delicioso.

──Está delicioso ¿qué es?── le pregunté saboreando el sabor del tomate con orégano.

──Pollo con pasta y salsa de tomate con queso derretido.── dijo mientras de nuevo hundía la cuchara en la olla.── ¿Podrías poner la mesa, por favor?

Asentí mientras Rafael me pasaba los platos y los cubiertos. El arcángel salió de la cocina sosteniendo la olla con un par de trapos para no quemarse. Mientras yo ponía la mesa, Rafael servía la comida. La cena transcurrió tranquila, con Rafael haciendo una que otra broma. Estar con Rafael era agradable, porque era muy amable, chistoso y simpático. No se parecía a nada en Miguel y Gabriel, serios y callados. Rafael era muy juguetón y amigable.

Entonces recordé mis comidas en mi antigua casa, sola, acompañada de las doncellas, pero sintiéndome sola. En esos tiempos, desaseaba que la cena acabara lo más pronto posible. Aunque seguía sintiéndome sola después, pero a la hora de las comidas ese sentimiento dolía más. Ahora me parecía que la cena era divertida, incluso cuando terminamos de comer, nos quedamos un rato sentados en el comedor, conversando de cosas banales. Reí mucho con los chistes que Rafael me contaba. Entonces me di cuenta de que ya no estaba sola. Nunca más… con Rafael a mi lado, no me sentía tan sola y triste.

── ¡En serio! ¡Fue súper loco!── reía Rafael mientras me contaba sobre una anécdota, en donde hace mucho tiempo fue médico en un hospital infantil. El en ese entonces, se ponía siempre un traje de payaso o una botarga de Garfield, para hacer reír a los niños. En una de sus actuaciones su jefe lo sorprendió y se asustó tanto, que cogió una lámpara y le pegó varias veces. Después los niños sin dejar de reírse, creyendo que era uno de los tantos actos de Rafael le dijeron al jefe que el hombre dentro de la botarga era Rafael. La cara del jefe de Rafael fue tan chistosa, que Rafael se rio en su cara.

Reí como loca, tapándome la boca para que el aire no se me escapara y emitiera un sonido parecido al croar de una rana.

Me limpie las lagrimas que me salían de los ojos a causa de la risa y respiré varias veces para controlar mi respiración. Rafael hizo lo mismo, pero de vez en cuando dejaba escapar una risa pequeña. Nos quedamos un rato en silencio, yo disfrutando de su compañía y él recogiendo los cubiertos y poniéndolos encima de los platos sucios. Se levantó de la mesa con los platos, decidí ayudarlo llevando los vasos y la jarra con agua.

Cuando dejó los platos y abrió el grifo del fregadero. Se puso un delantal negro y puso música en una pequeña radio. Entre risas y bailes tontos pero divertidos terminamos de lavar la vajilla. Entonces la cara de Rafael se puso seria. Se sentó en el sillón y palmeó a su lado, invitándome a sentarme. Lo hice y me sentí un poco incomoda por la cara seria de Rafael. El arcángel se puso a pensar seriamente de repente. Lo admiré silenciosamente, se veía muy diferente a como lo vi en la fiesta. Su cabello castaño se veía un poco más largo y le decoraba el rostro de manera atractiva y desordenada, sus ojos habían dejado de ser de diferentes colores y ahora eran cafés, cafés con un tono gris claro pero con la luz del foco de la sala se le veían rojizos. Su cara era atractiva y varonil, pero tenía un aire infantil y tierno que te obligaba a mirarlo a la cara por horas. Me pregunté si sus ojos de antes eran lentillas.

Rafael se dio cuenta de mi escrutinio a su cara y se giró a verme, desvié la mirada porque me había atrapado estudiándolo tan penetrantemente… me sentí un poco avergonzada.

Rafael sonrió y me acarició la cabeza.

──Eres muy mona, Lucy── me susurró acercándose a mi cara, cerré los ojos por reflejo y sintiendo mi cara arder. Mi corazón palpitaba fuerte contra mis costillas, enviando calor a mi cara, más roja que una manzana. Sentí un roce suave en mi frente, cerca de mi cabello. Abrí los ojos y me topé con el pecho y la clavícula de Rafael en mi cara, ese roce que sentí habían sido sus labios besar mi frente. Abrí mis ojos con sorpresa ante su actuar. Rafael se separó y me sonrió dulcemente, tan dulce y tiernamente que me recordó a como me sonreía mi madre. Los ojos se me llenaron de lágrimas al recordar a mi madre, a mi padre y darme cuenta de que no me quedaba nada en el mundo. Sin querer lloré, lloré por todo lo que me había pasado. Rafael no me dijo nada, solo me tomó por los hombros y dejó que llorara sobre su hombro.

──Ya no estás sola, Lucy. Nunca más lo estarás.── me susurró en el oído. Yo solo pude aferrarme más a su camisa, sentí como sus dedos largos me acariciaba el cabello, consolándome y acompañándome en mi trsiteza. Entonces me di cuenta de algo importante… que de verdad… jamás estaría sola y triste de nuevo… nunca más.