Cada mañana al despertar, ella sale de su habitación. Aún de madrugada, descalza y sin más que su camisón, disfruta del césped frio y la tranquilidad del silencio. De algún tiempo para acá ha sentido esta nueva enfermedad invadirle.
Insomnio.
Sakura ya no sabe cuando duerme y cuando no, ha dejado de soñar. Meramente se deja llevar cada mañana por ese impulso de salir de la cama, aún sin consultar le reloj, para poder disfrutar de uno de los pocos placeres en la vida: observar el cambio de colores en el cielo.
Si le llegan a preguntar, su color favorito siempre ha sido el "cielo". Le encanta la forma en que la naturaleza logra reunir tanta perfección en lo infinito. Eso es el cielo, tan infinito como hermoso, a toda hora y en todo día.
Aún con esa pequeña satisfacción cada mañana, Sakura no logra disipar su preocupación por el dichoso insomnio.
"Eso es bueno" le había respondido Shaoran. "El insomnio es la más sutil y dulce tortura. No tienes que preocuparte, por el contrario, con el paso del tiempo te va a ayudar. Sakura, te hará olvidar."
Y sí que la haría olvidar. Cada vez se sentía más envuelta en aquella neblina de irrealidad. Ya no podía distinguir entre sus sueños presentes y la realidad perdida.
Así vuelve a la habitación, iluminada y feliz, porque el cielo sigue siendo diferente cada día. Después del espectáculo se da una corta ducha, solamente para cerciorarse de que su cuerpo no tenía alguna mutación extraña y que todo seguía en sus sitio. Que sigue siendo ella.
Una vez vestida y arreglada, baja al aburrido y obligatorio desayuno. Siempre espera verlo ahí, aún sabiendo que espera en vano. Él solo sabe encontrarla cuando se halla sola.
Así que come, más por obligación que por ganas y después sale al patio a buscar. No está segura de qué, pero siempre encuentra algo. Alguna canción olvidada, un rostro nuevo o palabras que la gente soltaba para quien busque.
"Sakurita, que hermosa te ves el día de hoy." Era el saludo más frecuente, de una visita frecuente.
Sakura admira a Tomoyo desde el primer momento en que la conoció ahí en el hospital. El blanco de su uniforme no hacía más que exaltar su belleza y podía jurar que su cabello crecía algunos centímetros cada día. ¿Cómo luciría aquella encantadora chica en cualquier otra circunstancia? Era amable con ella, la trataba casi con cierta familiaridad y podía hablar por horas. Nada en especial, sólo dos personas conociéndose, después de todo no podía exceder el trato paciente-enfermera.
Sakura disfruta cada tarde las charlas con Tomoyo, todos los días sin falta, aunque secretamente también ansia la hora de su término, justo después de la hora de comer en que era la hora de salida de Tomoyo. En cuanto Tomoyo la deja sola en alguno de los patios, llega él.
"Sakura, aquí estoy." Llega, sigiloso y siempre del lugar menos pensado. "¿Por qué me extrañas? Te digo que me vas a tener siempre, boba. No te canses esperándome que yo siempre voy a llegar. Siempre."
Sakura ha llegado a pensar que Shaoran sufre.
Lo nota en su mirada perdida, en su extraña y única forma de hablar. Ella puede sentir la tristeza implícita en cada una de sus oraciones, siempre latente. Por eso ella lo abraza. Se sienta a su lado, lo abraza fuerte y acaricia su cabello, como si de un momento a otro él fuera a desaparecer, porque así es siempre.
Pasan largas horas juntos, hablando sobre todas aquellas pequeñas cosas que a nadie importan, pero que para ellos significan demasiado. Cosas como las pequeñas pecas que Sakura tiene en sus hombros, pues Shaoran está convencido de que son rastros de los amores en sus vidas pasadas. Siempre ha intentado contarlos, pero ante la posibilidad de que sean demasiados, Sakura no lo deja. Hablan sobre las sonrisas de los niños, pues ambos coinciden en que cuando un diente se llega a caer, se lleva con él la inocencia y sinceridad de la sonrisa del infante. Hablan también sobre muchos planes, los lugares en que les gustaría comer y las fuentes en que les gustaría refrescarse durante algún soleado día de verano. Les gusta alimentar la imaginación y las esperanzas del futuro que les espera al salir de aquel palacio blanco y gris.
Cuando las palabras parecen haber dormido en su interior y ambos se sienten completos, Shaoran se va. Él nunca se despide, simplemente se va, llevándose consigo la cordura de Sakura.
Ella ha asegurado a todas las personas, al doctor, a Tomoyo, a sí misma, que Shaoran es lo único que la mantiene cuerda dentro de aquel inmenso hospital. Ella puede sentir de nuevo, puede soñar y tener un millón de motivos por los cuales seguir, por los cuales no correr a los brazos de su padre y rogarle que la saque de ahí. No, ella no saldrá de ahí si no es con él.
Entonces, cuando él se va, le toca a ella sufrir la obscura noche.
Cuando el cielo no muestra color, cuando la obscuridad no la deja salir a pasear. Cuando se encuentra solo con ella misma. Y no se agrada. Sakura no sabe si las voces que escucha cada noche son un sueño, porque ya no recuerda como se sentía dormir. Todas las noches escucha la misma historia, los mismos gritos, se escucha a si misma llorando y suplicando a la muerte que la libere de aquella condena.
¿Cuál condena? No lo recuerda.
Solamente le queda pasar la noche sentada en su cama, llorando, rogando que aquellas voces la dejen en paz. Porque ella no ha sido mala ¿verdad?
Solamente le queda llorar el dolor de algún pasado que no le pertenece, tomar algunos medicamentos más y esperar a que el día de mañana alguien le pueda dar la única respuesta que le importa.
¿Cuándo puede salir al lago con Shaoran?
