Capítulo 1 —

El coche de caballos frenó estrepitosamente frente a la puerta del 221. El conductor del vehículo chascó su pequeño látigo de piel sobre la grupa de su rocín de cuello corto y frondosas patas, provocando que éste, entre suaves relinchos, levantara sus cascos y los hiciera rebotar sobre los húmedos adoquines de Baker Street. Un repiqueteo insistente de las herraduras que portaba el animal en sus uñas hizo que los habitantes de la casa frente a la cual había aparcado el coche fueran conscientes de que tendría una incipiente visita. Una ligera cortina blanca situada en un gran ventanal se movió unas pocas pulgadas, tal y como advirtió la visitante que en ese preciso instante bajaba del coche con un pie adelante y otro aún en el estribo. La mujer, ataviada con un traje de viaje y tocada con un pequeño sombrero, escudriñó los ojos para atisbar cómo era observada disimuladamente desde la casa y se sonrió. Con un gesto rápido, indicó al cochero que podía descargar su equipaje y terminó de bajar del coche y posarse en la acera. Se acercó en unos pocos pasos a la puerta y, mientras el viejo conductor se las hacía con las maletas, ella tiró de la cuerda de la campana, provocando un ligero tañido que hizo generar movimiento en la casa. Unos pocos segundos después, la puerta de color verde inglés se abrió y una cara arrugada pero afable apareció tras ella.

—Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla? —saludó la mujer, cuyos ojillos observaban a la muchacha.

—Buenos días. Soy la señorita Dankworth. Vengo por el anuncio del periódico—anunció la visitante, con una peculiar voz aniñada.

—Oh. Adelante. Ha tenido suerte—añadió la mujer, que a todas luces era la dueña de la casa—, el señor Holmes está ahí dentro. —Con pasos cortitos avanzó por el pasillo y la señorita Dankworth la siguió fijándose rápida y convenientemente en todos los detalles de la estancia que cruzaban, aunque solamente fuera un pequeño recibidor. —Es aquí.

La anciana llamó quedamente a una puerta de madera que inmediatamente corrió hacia los lados.

—Señor Holmes. Tiene visita.

La señorita Dankworth, Jane de ahora en adelante, le deslizó disimuladamente una tarjeta de visita entre las manos.

—Señorita Jane Dankworth—anunció la señora, leyendo las pequeñas letras redondeadas que presentaban a la visitante. Tras oír un murmullo proveniente del interior, la dueña de la casa se giró y añadió: —Pase.

Jane se hizo un hueco entre la puerta y la buena mujer y fijó sus ojos en la estancia que se hallaba frente a ella. Una pequeña sala de estar, acogedora, pero sencilla y práctica a la vez, suavemente iluminada por la luz que entraba desde la calle por la ventana que había visto al bajar del coche. Un olor a tabaco inundó su nariz y le hizo resoplar un par de veces. Ajustó sus ojos al ambiente levemente cargado de humo y se dio cuenta de que, al fondo del de la estancia una estilizada figura de hombre la observaba. Jane no se achantó y avanzó unos pocos pasos a la vez que la anciana mujer que la había presentado cerraba las puertas tras ella.

—Adelante—dijo una voz grave frente a ella.

Al entornar los párpados se dio cuenta de que Sherlock Holmes se hallaba frente a ella. Alto, enjuto y elegante, envuelto en una levita negra, el famoso detective la miraba fríamente en la distancia.

—Siéntese—le conminó con voz imperativa.

Jane hizo lo que le pedía, y acercándose a un sillón muy usado, tomó asiento tímidamente, sin dejar de mirar todos y cada uno de los detalles de la pequeña habitación. Se sentía como un pajarillo encerrado en una jaula a la espera de ser devorado por un gato, pero de estos pensamientos no hizo ninguna demostración e intento adoptar un rictus franco y distante a la vez, a la vez que intentaba no posar su mirada en los ojos de él. Quiso probar suerte dejando llevar su interés hacia los objetos que había a su alrededor, pero el detective rápidamente de percató de esto.

— ¿Le resulta interesante? —preguntó él, machacando con el dedo el tabaco de su pipa, con aire distraído.

—No mucho, realmente—aceptó ella, algo incómoda. No era muy educado cotillear las cosas de los demás, pero no podía evitar que sus ojos se posaran en todos y cada uno de los objetos que la rodeaban. Lupas, libros, polvo, sillones, lámparas, papeles, plumas, tabaco. Aún se sorprendía a sí misma dudando de por qué había respondido a aquel anuncio de prensa y había acudido, sola, a entrevistarse con el afamado detective. La gente de su entorno, y más aún las mujeres más mayores, le habían advertido de lo inapropiado de su actitud, pero ella tozudamente había respondido al aviso de la prensa y había empacado sus pertenencias poniendo rumbo a Londres desde su ciudad natal. Ahora, se hallaba delante del detective más famoso de la época y era incapaz de sostenerle la mirada.

—Adelante.

Jane parpadeó profusamente, confundida.

— ¿Disculpe? — esta vez sí le miró directamente.

—Dígame qué conclusiones saca de lo observado—pidió él, sin mirarla. No parecía haberse percatado de la incomodidad que sentía su visitante, o al menos, había tenido el tacto suficiente como para no hacer hincapié en ello.

Jane tragó saliva. ¿Así, de repente, le hacía esa pregunta? No le había pedido ninguna referencia, currículo o detalle de su vida anterior. ¿Acaso aquello era un examen o algo parecido?

—Pues…—giró la vista en un intento de abarcar más objetos que examinar.

—No. Míreme a mí—matizó él. —Ya ha visto suficiente.

Aquello se salía de lo normal. Si es que se podía tachar de normal que una joven muchacha buscara trabajo de investigadora y hubiera ido a parar a uno de los barrios más intrigantes de Londres. Viéndose inmersa en aquel atolladero no pudo menos que reconocer que igual no había hecho bien en responder al anuncio del periódico en el que había leído que un detective consultor necesitaba a alguien que lo ayudara. Realmente no creía que pudiera cumplir las exigencias de la oferta – inteligencia, rapidez de razonamiento, fuerza- pero quería intentarlo. Quería poder demostrar a todos que sería capaz de lograrlo si se lo proponía. Rezongando, y ante la evidente impaciencia del hombre que la interrogaba, ordenó sus pensamientos y se centró en la pregunta que le había hecho el famoso detective. No parecía fácil. Entornó los ojos y pronto las ideas fluyeron por su mente, como si de una sucesión de acuarelas bailara frente a sus ojos. Unas acuarelas en las que había dibujadas todas y cada una de las referencias que había grabado en su mente.

—Le gusta mascar regaliz amargo—sentenció la muchacha. —Y lo hace para enmascarar el sabor del tabaco que, aunque es un vicio para usted, en realidad aborrece.

Holmes enmudeció ante semejante respuesta. Ante el silencio del detective, Jane prosiguió, con la mirada perdida, como si relatara un pequeño cuento a un niño, tal vez como describiendo a un viejo conocido.

—Le duele la pierna. Quizás sea por algún caso reciente. Creo que se golpeó la rodilla derecha, y se niega a utilizar ese bastón que está colgado del perchero de la entrada y que le ha traído algún médico del St. Bart's.

Jane fijó su vista en la nada.

—Tiene un caso entre manos, y creo que quizás le lleve a tomar un tren dentro de poco. Pero no debería ir desde la estación Victoria. Le tomará más tiempo. Le compensa tomar un coche hasta las afueras y allí tomar el tren. Así evitará un par de interconexiones con el oeste. Pero eso ya lo sabrá usted seguramente. De cualquier modo, podría resolver el caso con un telegrama, pero prefiere ver al detective que ha asumido allí el caso para deleitarse contándole cómo ha resuelto el misterio.

Holmes tosió, incómodo.

—Me pregunto cómo ha podido deducir tamaña egolatría en mi persona, señorita Dankworth.

Jane se calló, confundida. Posó sus ojos castaños en el detective y se dio cuenta de que, una vez más, se había dejado llevar por sus elucubraciones poco meditadas y soltadas muy a bocajarro.

—Disculpe si he dicho algo inconveniente, señor Holmes. —La muchacha retorció sus dedos entre sí, tensa.

—No se preocupe.

—Supongo que… Me he fijado en algunas cosas y saqué conclusiones.

—Adelante, pues—pidió él, apoyándose lánguidamente en un pequeño sillón de piel.

—Creo que lo primero que vi fue el bastón. Sí, fue eso. En la entrada, justo cuando esa señora me recibió.

—La señora Hudson.

—Ese es su nombre… Bien, pues lo vi colgado, y vi que tenía una pequeña plaquita en el pomo que ponía "S.B.H, London.". Son las iniciales del St. Bartholomew's. Ese bastón se considera material ortopédico, así que pensé que se lo había traído alguien que trabajara allí con suficiente poder como para poder utilizarlo sin represalias. Un doctor o un cirujano. Pero no un celador o una simple enfermera. Cuando entré, sentí un fuerte olor a tabaco, pero vi en una pequeña mesita una cajita de regaliz terminada y, en cambio, la tabaquera de su babucha en el poyete de la chimenea aún está lleno, así que supuse que libra usted una pequeña batalla entre ese dulce y el tabaco. Por lo demás, son naderías, supongo. Cojea un poco y, cuando me miró a través de la ventana nada más llegar, tenía usted en la mano una guía de trenes en dirección a Gales. Creí que iría allí. Lo demás… Tiene allí abierto —señaló una pequeña mesita justo entre la chimenea y la ventana—un periódico abierto por una página en la que aparece un inspector de policía demasiado altanero, y el titular indica que está resolviendo un caso en la ciudad a la que usted quiere viajar. Además, he visto un par de notas de telegrama arrugadas ahí en el suelo—señaló la alfombra persa—y pensé que habían sido intentos de respuesta al petulante detective. Pero he leído sobre usted, y también tiene un cierto toque de arrogancia, por lo que supuse que prefería ir en persona a resolver el misterio.

—Fascinante—pronunció una voz a las espaldas de la muchacha. Jane se giró, sorprendida, y vio en la puerta a un hombre alto, también esbelto, de rostro afable que se mesaba el bigote pronunciado mientras asentía con la cabeza en señal de aprobación. —Supongo que usted es la señorita Dankworth.

El hombre se acercó hasta Jane y alzó una mano fraternalmente. Jane se levantó de la butaca.

—John Watson. Amigo personal del señor Holmes. Fui yo quien publicó el anuncio.

—Jane Dankworth—saludó ella, con una casi imperceptible sonrisa en su rostro.

—Watson, aparece usted en el momento apropiado—espetó Holmes con desidia. —La señora Dankworth acaba de descubrir un pequeño detalle en el que usted todavía no había recabado. Como regaliz.

El tono de sarcástico de sus palabras hirió profundamente a Jane, que le miró casi con insolencia.

—Solamente he observado la estancia unos segundos, señor Holmes. No pretenderá que le relate su infancia con tan solo unos pocos utensilios que analizar.

Watson se acercó al detective.

—Vamos, Holmes. No sea quisquilloso. ¿Acaso pretende encontrar un ayudante presionando de esa manera?

Holmes torció el gesto y siguió observando a Jane con ojo crítico.

—Reconozco que ha percibido más detalles de los que suponía que descubriría, señorita. Pero aún no me queda muy claro si todo ha sido coincidencia o suerte.

—No lo ha sido—se defendió ella. Watson tomó asiento en la butaca que ella previamente había ocupado. —Me gusta observar. Lo hago sin querer. Y grabo todo en mi mente. A partir de todo ello, saco conclusiones, eso es todo. Lo que le he dicho es fácil de deducir, lo reconozco, pero he venido aquí nerviosa, buscando un puesto que considero muy interesante, y no me he parado a pensar en nada más.

— ¿Necesita usted el trabajo, señorita Dankworth? —preguntó acertadamente el doctor.

—En absoluto, si a temas monetarios se refiere. No soy rica, pero puedo sobrevivir sin trabajar. Pero el trabajo del señor Holmes me fascina. Le sigo a través de la prensa desde hace años. Y cuando leí su anuncio, no pude menos que desear intentarlo.

— ¿No tiene a nadie que le haya intentado convencer de que desistiera en su intento? —prosiguió Watson, interesado. —Me sorprende que una señorita tan joven no esté en situación de un pronto matrimonio y venga sola a Londres a enfrentarse a una propuesta de trabajo.

—Tengo familia y amigos. Y todos han puesto el grito en el cielo cuando descubrieron mi deseo de venir aquí—reconoció, cohibida. —Pero mi padre me conoce, y sabe que si me hubiera prohibido venir a Londres no hubiera conseguido gran cosa, así que accedió a prestarme dinero y pagarme el billete de tren. Él sabe que deseo este trabajo, y ya que a las mujeres no nos está permitido entrar a Scotland Yard, decididamente, quiero intentarlo.

— Este trabajo no sirve para satisfacer el capricho de una niña—espetó Holmes, de pie frente a ella. —Este trabajo implica tesón, paciencia, perfeccionamiento, inteligencia, rapidez. Nada que pueda aportar una jovencita de un condado perdido de Inglaterra.

Jane apretó los puños.

— ¡Holmes! —exclamó Watson.

— No se preocupe, doctor Watson—le tranquilizó ella.

Éste la miró, confundida.

—No creo haberle dicho que soy médico.

—Lo sé. Pero tengo la suficiente inteligencia, rapidez, perfección, paciencia y tesón como para haberlo deducido por mí misma—Jane casi mascaba las palabras, lanzándoselas como dardos a Holmes. Éste los encajó con elegancia y se sonrió.

—Touché. —Reconoció con una ceja enarcada. —Bien, señorita Dankworth. Creo que será interesante ver de qué pasta está hecha. Por no decir que ninguno de los otros aspirantes que han venido han cumplido ni siquiera levemente mis expectativas.

—Exigentes expectativas—recalcó Watson, incómodo.

Holmes le miró de reojo pero no añadió nada. Se mantuvo unos segundos cavilando, en silencio, mientras paseaba de una punta a otra de la habitación. Watson, acostumbrado a semejante teatralidad se entretuvo ojeando el periódico del día. Finalmente, Holmes frenó sus pasos justo delante de la muchacha, a la que sacaba más de una cabeza, y mirándola detenidamente, sacó su reloj de cadena y lo chascó, haciendo que la tapa se abriera mecánicamente.

—Lunes. La quiero preparada a las ocho en punto. El sueldo viene remitido en el anuncio. Alojamiento, comidas. Ya me entiende. Por lo demás, es fácil. Yo mando, usted obedece. ¿Lo tiene claro? ¿Tiene alguna pregunta?

Jane intentó tartamudear una respuesta, ante semejante oferta.

—Yo… Yo… Sí, claro, lo tengo claro. Pero, ¿de verdad?

—Sí—dijo él, sin admitir réplica. —Le sugiero que ahora vaya a presentarse debidamente a la señora Hudson, pues ella es nuestra casera y quien se encarga de nuestras habitaciones.

Jane miró a Holmes y a Watson, y sin poder quitar la vista ni de uno ni de otro, palpó el sillón torpemente hasta encontrar su sombrero y acertó a levantarse de nuevo, titubeante. No podía creerlo. Lo había conseguido. Un trabajo. El trabajo que había deseado fervientemente durante las últimas semanas.

—Espero no defraudarle—acertó a añadir antes de alejarse por la puerta, algo más compuesta.

—Y yo también lo espero—argumentó él.

Cuando la señorita Dankworth hubo abandonado la sala de estar, Watson se acomodó en su sillón favorito.

—Y bien, Holmes. ¿Qué le parece? —preguntó a la par que se encendía un cigarrillo.

—Es la única persona que ha respondido a la oferta. ¿Qué quiere que piense? —farfulló él, hastiado.

—Le dije que tenía que aumentar la cifra del sueldo. Si a eso le añadimos que la gente tiene una mezcla de miedo y respeto, es normal que no hayamos tenido mucho éxito con la oferta. Lo sorprendente es que quien haya respondido al anuncio sea una mujer. Y qué mujer.

— ¿Qué quiere decir, Watson? —Holmes se acercó a la pequeña mesita y se dispuso a colocar a su manera las decenas de recortes de periódicos que había desparramado aquella mañana.

—Ha acertado muchas cosas con sus averiguaciones, ¿no cree? Parece inteligente y despierta, aunque le falta mucho mundo. Es joven y parece recién salida del cascarón familiar, pero sinceramente pienso que no nos a defraudar. Y además, no le tiene miedo.

—Sí me lo tiene.

—Sí, quizás un poco, es cierto, pero creo que cuando se le toca el orgullo saca lo que lleva dentro, así que sospecho que será mejor ayuda de lo que pensamos en un primer momento.

Holmes paró un momento su tarea y observó a su amigo, dubitativo.

—Espero que no se equivoque, Watson.

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