Bueno, bueno, ¡bueno! No creí llegar a escribir una segunda parte de este fic, puesto que jamás pensé que le gustaría a alguien. Déjenme decirles, queridos lectores, que la parte más difícil de escribir una obra no es escribirla en sí, sino atreverse a mostrárselo al mundo. Y es por ello que poder recibir apoyo, aunque sea una pizca, siempre logra darte ánimos y no pensar que te equivocaste al publicarla.

Es por ello que quiero darles las gracias, especialmente a Loba-san por su grato comentario.

Ahora bien, creo que además debo pedir disculpas. Me hubiera gustado actualizar con más prontitud; pero surgieron varios inconvenientes que me dificultaron seguir escribiendo. A parte de ello, estoy trabajando en una obra original (si quieren más información al respecto, estén pendientes de mi perfil, sobretodo a final de año).

Sin más dilación, espero que disfruten del capítulo.


Capítulo 1: La Mensajera de los Dioses

Interior de Giudecca

Mi alma tembló ante la inmensidad épica del recinto en donde me hallaba. Milenios de muerte se cernían sobre mi mortal figura; la gota vital que proclamaba la resurrección de los héroes se perdía en el frío calcinante del Tártaro. Una entidad cuya magnificencia se remontaba a las primeras Eras me contemplaba y esperaba a mis espaldas. No era ignorante, pues bien sabia que en este amplio campo helado él estaba presente en cada fragmento cristalino, en cada brizna que susurraba las palabras de los caídos; aun así, manifesté una pregunta tan humana como aquellas almas extraviadas en las aguas mortuorias del Inframundo:

—Le ruego me perdone por tan innecesaria pregunta, pues aún no soy capaz de comprender las fuerzas divinas que rigen el aposento del señor Hades; por tanto, ¿cómo he de llegar al lugar de encuentro con la deidad de la muerte?

—Humana renacida, no te impacientes por entender los misterios de la voluntad del señor Hades; si el así lo requiere, llegarás a su encuentro inconscientemente. —Una mueca de irritación acompañó la breve explicación. Tal como lo había supuesto, cuestionar los designios de Hades era intolerable. Antes de que pudiera retirarme, aseveró con atisbo de soberbia lo siguiente—. Pero ten muy en cuenta que si no eres capaz de movilizarte con presteza por las tierras muertas nunca serás más que un peón inservible, lo cual es inconcebible.

Realicé la correspondiente reverencia antes de apartarme de la señorita Pandora y emprender el recorrido. Mantuve la cabeza inclinada mientras que la inquisitiva mirada de la venerada comandante me observaba atentamente, vigilante ante mis pasos.

Luego de haberle seguido en la travesía hacia los sectores más profundos de Giudecca, que sin embargo eran más asequibles que el muro de los lamentos, la señorita Pandora me había indicado que continuara el trayecto por mí misma, argumentando que quien fuera solicitado por el mismísimo Hades debía ir a su encuentro en privacidad. Por supuesto, no había tenido certeza de cómo ir a su encuentro sin haber conocido un camino previamente. Tal vez mi cuerpo recientemente traído a la vida no sería capaz de atravesar los bastos mares y despiadados valles del Infierno; mi carne y huesos no podrían resistir las gélidas corrientes y la arena ardiente. Reflexionando sobre las cruentas palabras de Pandora, la espantosa realización de no ser capaz de complacer a Hades y navegar bajo un destino miserable me inquietaba. ¿Qué sería de aquellas almas que se amparaban bajo mi actuar, si no tenía la fuerza de cumplir con los designios de Atenea?

No, no podía permitirme caer en la desesperación por la posibilidad de ser una mensajera fallida, quien jamás pudo traer la buena nueva a las almas esperanzadas. Si Atenea pretende acordar ciertas cosas con Hades, ha de ser por un motivo de mucha relevancia; si erraba quién sabe las calamidades que serían libradas… Lo más cauto seria alejar cualquier pensamiento de fracaso que me hostigue. Comenzaba a sentir mis manos temblar y piernas vacilar. Debía mantener el coraje que me anunciara como digna y servicial ante Hades.

Sin percatarme en qué momento, la baldosa producía otro sonido al caminar por encima de ella. Despertando de mis cavilaciones, me hice más consciente del decorado que me rodeaba. Definitivamente, el corredor era distinto al cual recorrí en compañía de Pandora; me encontraba atravesando un pasillo engullido por la oscuridad, en donde los antiguos y elegantes ventanales eran sustituidos por la ilusoria infinidad de paredes del tono del ébano. Agregando un toque místico a la antesala, el piso, antes alfombrado en carmesí, era de una piedra pulida que desprendía una tenue luminiscencia morada. Alzando lánguidamente la mirada, contemplé la bóveda con exquisitos tallados la cual era levemente iluminada por una estela de luz que descendía como una cortina mecida por el viento sobre la parte alta del corredor. Tal como si el decorado relatara una verdad, solo los imponentes e imperecederos que acarician el cielo podían gozar de la claridad de la luz.

Así estaba establecido por los dioses. Por ello los mortales debían apreciar al cielo con respeto y humildad.

—Vaya criatura más insignificante. Su delicado cuello crujirá ante el implacable furor de los anhelos sangrientos en las batallas venideras. Su cordura se desquebrajará al ver el descontento de la muerte —profirió una voz arrogante y potente con deje de descuido.

—… Pobre de ella si sus sueños le traicionan —esbozó otra voz viril con aparente condescendencia.

En un instante menor al de un segundo, vislumbré la silueta de seres investidos en gloriosas armaduras oscuras, las cuales se distinguían por los halos de brillos que reflejaban. No continué admirando las apoteósicas figuras, pues mis ojos se posaron en la baldosa luminiscente al reverenciar aquellas imponentes presencias. Sus cosmos eran ingentes, tornándome trémula y acallada de pensamientos. Solo podía repetir para mis adentros como si se tratase de una vieja letanía, que se trataba de los dioses gemelos. Aquellos que solo rendían obediencia a la divinidad y superioridad de Hades.

De repente, se escuchó el sonido de alguien cayendo de pie con cautela sobre el suelo frente a mí; mas no me atreví a alzar la vista y conocer de quién se trataba. Poco después, la misma voz condescendiente resonó delante de mí:

—Desde la era mitológica se me proclama como la deidad de los sueños, Hipnos. Fue mi voluntad la que encontró al señor Hades de esta Era —se anunció con serenidad, señalando un detalle que me pasmó, ¿a qué se refería con que fue su voluntad la que halló al señor Hades? Sin que tuviera tiempo de meditar de más, se dirigió a mí—. Alma de Uitsilin, la que fue llamada por la Diosa de la Guerra, levántate y abandona tus debilidades terrenales si eres digna de representar una estrella celestial.

Erguí la cabeza en primer lugar. Mis ojos se toparon con la esbelta figura de un hombre de hebras dorados, vestido con la tradicional toga de sacerdote; al parecer había sustituido su impresionante armadura por el simple atuendo de un hombre humilde. En su frente estaba plasmada una estrella de cinco puntas. Sus ojos me estudiaban, expectantes. Seguidamente, comencé a incorporarme con lentitud, siendo seguida en cada movimiento por su meticulosa mirada.

—Ve, nuestro señor te espera.

Era el momento oportuno. Y ello me lo confirmó el ruido del apresurado aleteo de un colibrí.

Un cosmos de un color platinado brotó de mí, envolviendo mi cuerpo y alzándose hasta el firmamento. Mi voluntad se manifestó para así llamar al surplice de Uitsilin. Y mi llamado fue escuchado, pues delante de mi vista se postró la armadura asemejada a un colibrí, cuyo metal negro resplandecía con degradados claros de morados. El tallado era tan elaborado, que la armadura pareciera estar formada por pequeñas plumas imbricadas, proveyéndole de tal efecto vistoso que poseen los colibríes.

La surplice se desarticuló. Cada pieza se dirigió hacia mí para investirme y protegerme como su portadora. Su largo pico se dobló aún más para acomodarse como una diadema sobre mi cabeza, fungiendo como el casco. Su nariz rodeó mi cuello, mientras que el cuello del propio colibrí se dividió en un par de hombreras. Su pecho con una leve incisión en la parte superior cubrió mi busto y cintura, dejando que una falda platinada abierta hasta la cadera rodeara mis piernas por debajo de la rodilla. La cola desplegada al final calzó mis pies hasta el muslo, por debajo de la falda, tal como si suaves plumas abrazaron la piel de las piernas. Las estilizadas patas representadas de la criatura se cerraron como puños alrededor de mis manos, permitiéndose resguardar parte de los codos al entrelazarse con los antebrazos; un par de braceras al nivel del busto culminaron de adornar mis brazos. Finalmente, las alas puestas a la espalda vinieron a mí, dotándome de la facultad del vuelo.

Inclinándome respetuosamente ante Hipnos, emprendí el batir de alas que me llevarían hasta el taller de Hades. No miraría hacia atrás.

Con solo el aire denso cepillando bruscamente mis hebras, me acerqué al lugar de encuentro al que conducía el dios de este mundo. Le percibí por fin; era inconfundible, ese cosmos poderosísimo que desprendía sabiduría y frialdad solo podía pertenecer a un dios mayor. Sorprendentemente, aunque sentía como engullía mi alma, no se presentaba como hostil; me apresuré en no hacerle impacientar.

Al llegar a una recamara que lucía como un taller de pintura, mis ojos se adueñaron de la imagen de un magnifico cuadro celestial, habitado por divinidades y espíritus sagrados del Elíseos. Recorriendo el cuadro con la mirada, me topé con la parte inacabada de dicho cuadro; frente a la misma, estaba sentado un joven hombre cuyas prendas recordaban al del dios Hipnos, aunque las del joven rebozaban de aun más finura y detalles, diferenciándose por un listón morado que le rodeaba la cadera. Su cabellera de un negro tan profundo como una noche de tempestad rozaba su nuca en su mayoría, destacándose un delgado mechón que se deslizaba por su espalda. El joven hombre trabajaba con diligencia en la hermosa obra que se alzaba frente a él, hasta que unos ojos marinos que podrían ser hermanos de los del dios Poseidón se posaron en mi minúscula silueta.

Inmediatamente me arrodillé ante él, con el puño zurdo sobre el suelo. Entendía de quién se trataba, es por ello que no me atrevía a mirar sus inhumanos orbes.

—Veo que has llegado, Estrella Celeste del Socorro. Tu vuelo es veloz y pulcro; excelentes cualidades para aquel que transmita mensajes de los dioses. —Su jovial voz retumbaba en mis oídos y me perforaba el corazón—. Alma, dime qué te comunicó la diosa Atenea.

Levanté la cabeza para que las palabras fueran pronunciaran adecuadamente; sin embargo, mover los labios resultó innecesario. Sus ojos escudriñaban mis memorias a través de los míos, buscando toda la verdad que requiriese. Fragmentos de mi encuentro con Atenea, la hermosa mujer de cabellos lilas, pasaban delante de mis ojos.

—¿Es así, Sasha? —repentinamente habló el señor Hades, a la vez que sus parpados se cerraban y fruncía el entrecejo en descontento. El gesto hizo que despertara de la ensoñación. Mas, ¿a quién se refería con Sasha? No pude cuestionar demasiado al respecto, pues abrió sus ojos para observarme nuevamente. Con una expresión ininteligible, continuó hablando—. Mi hermana ha sabido guardar ese mensaje en tu subconsciencia, resguardándolo de ser arrebatado y recibido antes de lo indicado. Por ahora, lo que necesito saber ha sido revelado a mí. Retírate en este instante, pues aunque tu acometido no ha terminado, no me serás más útil hasta que comprendas tu función como mensaje. Queda a manos de Kagaho enseñarte a ser una valiosa sierva.

Al levantarme, percibí la presencia del espectro de Bennu a un costado mío, Hades probablemente lo había convocado; el agresivo y volátil cosmos era fácilmente reconocible. Lo que si admitía que me desconcertara, era el hecho de haber llegado a posicionarse a mi costado sin haberle sentido llegar; no haberle podido ubicar antes indicaba lo rápido con que se movía.

—Mi señor Hades, permítame… —El espectro parado a mi lado comenzó a hablar con un tono de enojo contenido. Sin embargo, nuestro dios no le permitió proseguir.

—Tu desasosiego es infundado; puesto que mi seguridad no está en entre dicho. Se te comunicará de los pormenores después. Por ahora, procura mantener bajo vigilancia a Pandora, quien temo pueda actuar precipitadamente en respuesta a los movimientos de Atenea. Lo que mi sobrina tiene para decir, puede ser de mi interés. —El dios regresó a enfocarse en la pintura; ya no nos requería ante él.

Giré con lentitud la cabeza para mirar con discreción al espectro quien había gruñido en exasperación al escuchar la aseveración de su señor, su inconformidad era evidente. Era claro que velaba devotamente por el bienestar de su señor; un espectro tan leal solo podía ostentar la posición de Guardia Personal. Su perfil intimidante indicaba que no toleraría alguna falta hacia su señor. Si me llegaba a considerar como una amenaza, bien podría librarse con facilidad de mí.

De momento, sus ojos igualmente giraron para encontrarse con los míos. Despedían desagrado, incluso repulsión; no parecía estar complacido en lo absoluto de que haya sido designada como su compañera. Esos posos violáceos consiguieron hacerme temblar por su severidad, aunque solo se haya tomado la molestia de mirarme por unos pocos minutos antes de dar media vuelta y emprender vuelo. Entendía que lo más prudente seria seguir al espectro de Bennu; a pesar de provocar en mi cierto pavor, él era mi superior y debía permanecer junto a él hasta que se me considerase de confianza.

Por mi parte, di una media vuelta y extendí mis alas para volar y salir del taller de Hades tal como Kagaho había hecho. Él ya llevaba sobrevolada una considerable distancia, confirmando la suposición de que se trataba de un espectro muy veloz, tanto que tuve que usar todas mis fuerzas para ponerme a su nivel. Al notar a la altura a la cual me encontraba, el rostro de Kagaho adquirió una expresión casi atónita; no esperaría que fuese lo suficientemente rápida. No obstante, su leve impresión duro solo unos pocos segundos.

—Veo que subestimé algo tus fuerzas —espetó con displicencia, más adusto que halagador; pues no me miraba al rostro. Su tono, sin embargo, se tornó duro y sus palabras rígidas—, pero seguramente no demasiado. Si te piensas digna de defender y servir al señor Hades a mi lado, demuéstrame que tan siquiera puedes mantenerme el paso.

Él aumentó exponencialmente la velocidad de su vuelo, dejándome rezagada atrás por demasiado, tanto que no lo podía divisar a la distancia. Por más que lo intentase, no podía avanzar tan siquiera a la velocidad del sonido. Además, el recinto del dios de la muerte era tan extenso dentro de sus paredes como la planicie del Cocytos; siendo una neófita, mi cuerpo renacido no había abandonado aún todo vestigio de debilidad humana y definitivamente atravesar Guidecca como humano resultaba imposible. Ya me encontraba atravesando uno de los corredores alfombrados del sector más superficial de Guidecca cuando escuché las voces de Kagaho y de la señorita Pandora.

—¿¡Cómo te atreves miserable mujer!? ¡Actuar de tal forma a espaldas de tu señor! ¿Acaso piensas que al provocar la ira de tu dios acabando con los que eran allegados a él durante su época como humano, tus caprichos de esparcir dolor por el mundo mortal serán recompensados? ¡Estúpida!

—Cuide sus palabras, Guardián. Mi posición como la hermana de Hades ha de ser siempre respetada. Ni se te ocurra pensar que puedes doblegarme. —Una risilla siguió a sus palabras altaneras.

—Entonces es lamentable para ti que él considere a la reencarnación de Atenea como su hermana más estimada. —Las palabras vertidas con voz jocosa de Kagaho tornaron la sonrisa de Pandora en una espantosa mueca de horror. Me mantuve al margen, aunque por el movimiento de su ojo supe que él sabía que me encontraba cerca. Continuó con la recriminación—. Si no tienes la intención de decirme cuál es tu principal objetico, adelante. Pero no me abstendré en arremeter contra usted si intenta detenerme.

—¡Ahógate con tus palabras, maldito! —Pandora vociferó con enojo efusivo, la ofenda le había parecido imperdonable. Ella estaba a punto de atacar con su báculo a Kagaho cuando una autoritaria voz prorrumpió sin previo aviso a mis espaldas.

—¡Detengan esta tontería!

Los rostros se mostraban impactados al escuchar la voz de Perséfone, quien iba ingresando por el corredor en cual me encontraba. Tanto ellos como yo nos arrodillamos ante la presencia de la Reina del Inframundo. Ella pasó a un costado de mí sin observarme, luego se detuvo frente a ellos.

—Ahora, díganme, ¿hay algún motivo de importancia por el cual perturban mi calma con intercambio descarado de insultos? —preguntó impaciente Perséfone.

—Diferencias sobre los asuntos del despertar de Poseidón, mi señora; discúlpenos por haberle importunado, no se repetirá. —Kagaho respondió ante la interrogante de su señora. Pero, ¿Qué había sucedido? ¿Porque no le mencionó a Perséfone sobre su discusión con Pandora?

Entonces la visión de Atenea hablándome, vino a mí:

Que aquella quien es más cercana a él, quien le recuerde a la primavera, se cuide de la serpiente.

¿Por qué estaba rememorando esto ahora?

—Si ya no tienen nada más que agregar, requiero que Pandora me acompañe a encontrarme con los dioses gemelos, por su parte, espectro de Bennu, continúe con sus funciones.

—Por supuesto, mi reina —contestó Pandora ante la orden.

Cuando se hubo marchado Perséfone seguida de Pandora, Kagaho se levantó. Sus labios pronunciaron un insulto silencioso —¿asquerosa ramera?—, seguramente destinado a Pandora, mientras miraba a un lado. Luego, sus intensos ojos, todavía consumido en furia, se posaron en mí. Leía en ellos las intenciones de recriminarme por mi incompetencia, y que por tanto, me convenía presentarme ante él si no quería enfurecerle más.

Al estar a unos pasos de él, sentí como el aire me faltaba; me resultaba imposible respirar… literalmente. Kagaho me tenía asida por el cuello, alzándome a unos centímetros por encima del suelo, debido a la significativa diferencia de altura. La opresión en la garganta comenzaba a ser insoportable.

—Eres demasiado lenta, no pudiste acompañarme en la simple tarea de vigilar a Pandora. He ido y venido del Caína, cuidando de no pasar por alto absolutamente nada de encuentro entre ella y el primer juez, Radamanthys de Wyvern, mientras tú aún no habías terminado de recorrer Giudecca. ¡Eres una decepción! Si te conviertes en un estorbo para mí, te haré pagar el precio, te lo advierto.

Me tiró bruscamente al suelo. Mi cuerpo recibió dolorosamente el suelo bañado en carmesí, debido a la fuerza que ejerció al lanzarme. Palpándome el área de la garganta, concluí que si no hubiera sido por la protección del surplice, hubiera terminado estrangulada. Sin embargo, no me dejé amedrentar por una simple advertencia; con dificultad y cuidando de no tropezar, me incorporé e incliné la cabeza en señal de disculpa y arrepentimiento por mi tardanza. Ahora bien, ¿qué tal lo tomaría él?

—Al menos posees voluntad. Te otorgaré una oportunidad más; si fracasas, te las tendrás que ver con mi calcinante furia. —Recliné la cabeza, expresando con la mirada mi compromiso, asegurando que no fallaría en la misión designada. Él estudió mi determinación por un rato previo a continuar—: Ve de inmediato a la Atlántica y diles a Zeros de Rana y Myu de Papillón que Hades les encomendaba la tarea de monitorear Delfos; pero que Pandora y Rhadamanthys no sabían de esta orden, ya que ellos estaban a cargo personalmente de otros asuntos.

»Luego ve a Rodorio, encuentra a Tenma de Pegaso y adviértele de que cualquier suceso ocurrido en las proximidades de la Atlántida serán una trampa. Que Poseidón pretendía matar al fiel siervo de Atenea, el caballero de Pegaso.

—Una trampa…no comprendo. Poseidón aún no ha resucitado.

—Hace ya unas semanas, una marina localizada en las inmediaciones de la Atlántida quiso trasmitir un mensaje de su señor aún no completamente despertado a Hades. Siendo que soy el guardián y mensajero de Hades, el mensaje tenía que ser entregado a mí en primer lugar. Decía que Poseidón planeaba asesinar al caballero de Pegaso para dañar a la diosa, para lo cual requería de la ayuda de las fuerzas de la muerte. Obviamente la marina desconocía la cercanía de la reencarnación de nuestro Hades con el caballero de esta Era.

»Sospecho que Pandora y Rhadamanthys piensan usar esa información para captar la atención del caballero de Pegaso y poder asesinarle. Si lo consiguen, el señor Hades no solo intentará tomar represalias contra Poseidón al considerarle culpable, sino también a Atenea por ser incapaz de cumplir su tarea como protectora. Por su parte, Atenea arremeterá contra nuestro señor al ser el general de los reponsables. El Infierno se desatará en la tierra. Por tanto, debes ir a advertirle al caballero; pero debes ser discreta, obviando cualquier participación de nuestras fuerzas en el asunto. Es por ello que debes alejar a Zeros y Myu del lugar.

—Entiendo la tarea, mi señor.

—Ve y apresúrate. Si eres lo suficientemente veloz, no dejarás por los suelos mi título. Esta es tu última oportunidad de demostrar tu valía como mi compañera; falla y serás desechada como un escudo que se rompe con facilidad, como un cuervo cuyas alas torpes le impiden cumplir su tarea de mensajero —amenazó con voz baja y ojos llameantes. Tal vez me encomendaba esta ardua misión, en la cual tenía amplia posibilidad de fallar, para así demostrarle a Hades mi ineptitud y librarse finalmente de mí. No podía permitirlo, mi antigua diosa me había encomendado servir a Hades por una razón. Tampoco podía fallarle a Atenea. Debía demostrarle al espectro de Bennu que era una capaz compañera; no desperdiciaría esta oportunidad, la última que me quedaba.

Abrí las alas del surplice y comencé a volar.

Recinto de Atenea, El Santuario

Delante de la majestuosa estatua de la Diosa de la Guerra y la Sabiduría, la joven reencarnación de esta diosa se encontraba de pie. Sus ojos verdosos se perdían en el basto horizonte en un día soleado, pero que, según se le había revelado, profetizaba grandes desgracias. Se lamentaba por cómo Helios le engañaba y Apolo se burlaba de sus humanas emociones, pintando en el cielo un sol que contrastaba tanto con el porvenir y sus ahora tormentosos sentimientos.

Un cosmos muy familiar para la joven deidad había ingresado al recinto. El Caballero Dorado de Sagitario, el guardián de la amable diosa, había venido ante el llamado siempre silencioso de ella. Como su guardián, su lugar estaba a su lado, velando por el bienestar de ella; su camino como deidad protectora era martirizante, más aún considerando que había renacido entre los humanos y con un nombre mortal, de ello él estaba muy consciente. La pequeña Sasha había crecido sabiendo que debía afrontar un destino incomprensible para los mortales, su Sasha debía…

No, no podía permitirse pensar así. Se reprendió por olvidar momentáneamente que se estaba refiriendo a su diosa y cuál era su lugar. Sus sentimientos debían ser siempre devotos a su casta y sagrada imagen, no a la imagen de una hermosa jovencita a la que había estado contemplando desde que había llegado al Templo.

Acercándose a ella, alzó los ojos para apreciar lo que ella con tanto ahínco miraba: el horizonte iluminado por un altanero sol. Aunque mantenía una respetuosa distancia de ella, saber que estaba junto a ella en los pensamientos y en el destino propio, le hacía sentir tan cercano a ella.

—Señorita Atenea, ¿hay algo en lo que pueda servirle?

—Debo decir que sí, Sísifo. Necesito que vayas a Delfos y hables con el Oráculo, con las Pitias.

—Pero, señorita Atenea, ¿a qué se debe a que quiera recurrir a la conseja de los demás dioses del Olimpo? Siempre les ha recriminado por despreciarnos a nosotros, los humanos. —Se podía palpar el desconcierto y preocupación en la voz del caballero dorado. Había girado a mirarla ante su asombro.

—Es cierto lo que has dicho, pero temo que podría resurgir un enemigo común, al que ellos detestan profundamente. Solo los dioses del olimpo saben qué ha sido y será de esa amenaza.

Sísifo se tensó, pues sospechaba de quien se trataba la amenaza de la que estaba hablando su adorada diosa.

—¿Acaso se está refiriendo al Treceavo Caballero Dorado?

—Debes ir inmediatamente, Sísifo. No podemos permitir que alguien más amenace a la humanidad.

—Señorita…

—Ten mucho cuidado. —Su diosa giró su rostro para obsequiarle una sonrisa tan propia de su bondadoso y cariñoso carácter. A pesar de la fuerza y valor que le transmitía al observarla, así como el palpitar que desembocaba en el creerse estimado para ella, él podía ver más allá de esa sonrisa.

Veía como el peso de la prosperidad de la humanidad caía sobre sus hombros.


Notas:

Como habrán podido notar, en mi universo Hades y Alone son la misma persona. Más allá que ser un mero contenedor, Alone/Shun compartiría la misma (o al menos la misma esencia del) alma con Hades, tal como sucede (creo) con Atenea y Sasha/Saori.

Si están confundidos con el cambio del nombre de la criatura mítica de Alma, por favor revisar la nota al final del prólogo.

[Actualizado: 26-04-17] Edición. Correcciones.