Capitulo 2

Martes 6 de septiembre, 09.30 am
Centre for Creative Thinking and Leadership
Auburn, New Hampshire
(Centro para Pensamientos Creativos y Liderazgo)

–Buenos días a todos. Bienvenidos a CCTL. Candy entró en la sala de conferencias y se dirigió a la cabecera de la elegante mesa de teca, evaluando al mismo tiempo a los miembros del nuevo equipo directivo de Office Perks, empresa de accesorios para oficinas con sede en Boston.

La composición del grupo era bastante corriente. Ocho ejecutivos, cinco hombres y tres mujeres. La mayoría treintones, unos pocos entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años. Entre éstos estaba Robert Stowbe, el recién nombrado director general, que tenía cuarenta y cuatro años y estaba al mando después de una gran y muy publicitada fusión. Él había elegido a sus nuevos directores de departamento. Y lo había hecho muy bien, según le confirmaban las investigaciones que Candy había hecho: Edward Rowen, el director de finanzas, había realizado un buen trabajo aumentando los beneficios en su puesto anterior; Harold Case, el vicepresidente de ventas, era un hombre sagaz que conocía a su clientela; Lauren Hollis, la vicepresidenta de tecnología de la información, era muy trabajadora, aunque un tanto carente de creatividad; Paul Jacobs, el vicepresidente de planificación estratégica, tenía visión e iniciativa; Lois Ames, la vicepresidenta de marketing, estaba bien conectada y era receptiva a ideas nuevas; Jerry Baines, el vicepresidente de investigación y desarrollo, tenía buen historial aunque era un poco autócrata en la dirección de su departamento, y Meg Lakes, que prometía ser una vicepresidenta de recursos humanos alegre y enérgica.

Y ahora venía la parte difícil. Coger a un grupo de personas de talento y agresivas, y convertirlo de una colección de personas ambiciosas a un equipo administrativo unido.

Hacer eso era el trabajo de ella. Si lo conseguía o no, sólo el tiempo lo diría.

Después de cuatro años en el puesto de asesora de administración de empresas, tres en sociedades importantes y uno allí en CCTL, ya sabía que ningún equipo es un grupo estándar, que pocas transiciones se producen sin tropiezos, y que nada debe tomarse por descontado.

En todo caso, su historial era condenadamente bueno. Y a eso se debía que la buscaran tantas empresas que o bien se estaban ampliando o necesitaban una inyección de adrenalina para encarrilarse.

–Me llamo Candice White – comenzó, manteniéndose de pie aunque todos los demás estaban sentados, táctica rutinaria cuyo objetivo era mantener el mando de una reunión –Como saben, soy la presidenta de CCTL. No voy a perder tiempo hablando de mis antecedentes ni de mis credenciales, pues no me cabe duda de que todos han hecho su trabajo para informarse acerca de mi reputación y de la de CCTL. Simplemente les invitaré a aprovechar al máximo nuestras instalaciones recreativas para salud mental y para el desarrollo profesional. Prepárense para estar muy ocupados los cuatro próximos días. Tendremos frecuentes reuniones de equipo. Los horarios de actividades están en los programas que recibieron con el material de inscripción. Habiendo dicho esto, también observarán que dejamos unas cuantas horas sin programar. Cubrimos los dos extremos del espectro: relajación y trabajo. Para comenzar, nuestro personal ofrece clases de control del estrés y yoga. También tenemos un modernísimo centro de salud, del que tendrán pleno uso. Y por último, aunque no menos importante, el lago Massabesic está junto a la puerta; es fabuloso para practicar vela y remo y hacer excursiones. Pueden hacer lo que sea que les apetezca.

Calibró el margen de atención de su público. Era el momento de hablar de la comida. –Respecto a las comidas.

Todos se pusieron un poco más erguidos en los asientos. Eso no era ninguna sorpresa. La comida siempre lograba eso.

–Nuestros chefs son increíbles – continuó –Proceden de los mejores hoteles del mundo. Así que no esperen bajar de peso, que la comida no es para eso. A menos, claro, que tengan ese objetivo. Si alguien tiene peticiones concretas o limitaciones dietéticas, tendrá que decirlo. Ellos estarán encantados de trabajar con ustedes.

Pasó las manos rozando su chaqueta y pantalones holgados de seda color arándano. –La vestimenta para las reuniones de equipo es informal, de trabajo. Lo último que necesitamos son limitadoras corbatas y cinturones ceñidos. Estoy convencida de que cualquier cosa que inhiba la respiración también inhibe la creatividad.

Vio unas cuantas sonrisas. Era el momento de dejar tiempo para que asimilaran la información. –Más tarde entraré en los detalles concretos de nuestras reuniones de equipo; una vez que hayan tenido tiempo para instalarse. Por ahora, permítanme que les asegure lo siguiente: mi personal es excepcional. Pónganse en nuestras manos, entréguense totalmente y les enviaremos a casa preparados para vérselas con el mundo y ganar.

Hospital Mount Sinai - 11.15 am

Terry bebió el último trago de café, arrugó el vaso de plástico y lo tiró en el cubo de basura. Las dieciséis últimas horas habían sido un enredo surrealista. La sala de urgencias. Después el quirófano. Albert estuvo allí durante horas, recibiendo una intervención quirúrgica extensa, para reparar órganos y suturar vasos sanguíneos. En ese momento estaba en una habitación de la Unidad de Cuidados Intensivos, lleno de tubos y recibiendo suero, enchufado a todo tipo de monitores, y sin ninguna seguridad de recuperación.

Dios, qué pesadilla. Cerró los ojos y se los frotó para aliviar el dolor de cabeza que no se quería marchar; y no se marcharía, sin haber comido ni dormido nada, y esos resultados. Ya había hecho las llamadas telefónicas necesarias para poner en marcha lo que había que hacer. Pero había tantos malditos cabos sueltos por atar…

–No aguantaré mucho más tiempo esta incertidumbre – dijo Susana Marlow, levantándose bruscamente de la silla de la sala de espera, todo su cuerpo tenso de inquietud –Sin saber nada, sin oír ni una sola palabra; me voy volver loca.

Se pasó los dedos por entre su lustroso cabello rubio clarísimo despeinándolo más de lo que ya estaba. De pronto Terry cayó en la cuenta de que nunca la había visto tan desarreglada. A sus cuarenta años, la mujer más importante para Albert representaba treinta, y siempre iba muy bien vestida e impecablemente maquillada. Esa mañana no. Después de pasar toda la noche paseándose, se veía muy deteriorada. Pero claro, él también.

–¿Por qué no nos dicen nada? – continuó ella.

–Tal vez porque no hay nada que decir –contestó él –Albert resistió la operación. Es un luchador. Saldrá bien de esto.

–Tiene que salir bien. - El tono de Susana daba la impresión de que quería convencerse a sí misma, no a Terry. Nuevamente se puso a pasearse de aquí allá. –Yo tuve la sensación de que algo iba mal – dijo, con voz ahogada –Estaba muy retrasado, incluso para Albert. Eso no era una cena aburrida, era el partido inaugural del Open de Estados Unidos. Debería haber hecho caso de mis instintos. Debería haberlo llamado.

–No habría servido de nada, así que no te regañes. El partido comenzó después de las siete. A Albert le dispararon antes de las seis.

–Sí, de acuerdo. Y cuando me llamaste ya eran casi las diez – le recordó ella, en un tono matizado de pena y acusación –Cuando estaba sentada en el palco de Albert con mi móvil desconectado.

–Te llamé tan pronto como fui capaz de pensar derecho – repuso él, con la sensación de que estaba hablando de algo ocurrido hacía un año, no la noche anterior –Lamento que hayas tenido que enterarte de lo de Albert por el contestador automático. No me cabe duda de que mi mensaje tiene que haberte dejado aniquilada. - Exhaló un cansino suspiro –Francamente, no recuerdo mucho de esas primeras horas.

–Me imagino que te sentirías hecho polvo – reconoció ella, suavizando el tono

-No era mi intención meterte bronca. Simplemente no puedo dejar de pensar que si hubiera llegado aquí antes, podría haber hecho algo. Tal vez si él hubiera oído mi voz, o sabido que yo estaba aquí… – Tragó saliva –En todo caso, lo hecho, hecho está. Lo único que importa es que Albert se recupere.

Se dirigió al corredor y dio una vuelta en círculo frente a la puerta de la habitación de cuidados intensivos, tratando de mirar hacia dentro por un lado y por otro. Pero la cortina estaba corrida, como la dejara el cirujano cuando entró en la sala.

–El doctor Radison lleva mucho rato ahí – comentó.

Terry fue a ponerse a su lado. –Radison ha sido muy concienzudo. Conoces su fama tan bien como yo. Es el mejor. Sabe muy bien que seguimos aquí. Nos dará un parte tan pronto como pueda.

–¿Señor Grandchester?

La voz venía de atrás. Terry se giró, y no se sorprendió especialmente al ver a los detectives Barton y Whitman en el corredor. Ya lo habían interrogado la noche anterior, antes de que llegara Susana, acerca de su relación con Albert, acerca del estilo de vida de Albert, acerca de sus amigos y enemigos, el interrogatorio normal en la investigación de un crimen. Él contestó con piloto automático, aunque dudaba de que sus respuestas hubieran sido muy coherentes. Aunque hubiera estado en plena forma, seguiría estando muy arriba en la lista de sospechosos. Él era la única otra persona que estaba en Andrew's cuando ocurrió el disparo. Su estrecha relación con Albert y las ventajas que le daba ésta en la empresa no eran ningún secreto. Y ciertamente ellos ya habían hecho su trabajo.

Conocían su historial, y sabían lo mucho que ganaría si Albert no se recuperaba. Y por eso estaban allí, para explorar más aún. A menos que ya hubieran descubierto algo…

–Detectives – dijo. Se metió las manos en los bolsillos, y trató de evaluar sus expresiones. La verdad, no tenían el menor aspecto de agentes de la ley satisfechos porque acaban de hacer un arresto –¿Alguna novedad?

–Nada que usted no sepa ya – contestó Frank Barton, con un claro filo en el tono, un filo y una implicación –Hablamos con los dos guardias que estaban de turno en el edificio anoche, el de la puerta principal y el que controla el sistema de captación de imágenes. No vieron nada ni a nadie, aparte de usted y el señor Andrew. Pasamos las cintas de vídeo y comprobamos eso. Por lo tanto, si alguna otra persona entró en el edificio, tuvo que hacerlo por la entrada de carga.

Barton no miró en ningún momento a Terry a los ojos, pero sí miró hacia Susana, con expresión interrogante.

–Es Susana Marlow – suplió Terry en tono áspero –Su nombre está en la lista de amigos de Albert que les entregué. Susana, los detectives Barton y Whitman.

–Señora Marlow – saludó Eugenia Whitman, respondiendo a la presentación

–Me alegra que esté aquí. Hoy íbamos a contactarnos con usted para hacerle algunas preguntas. Ahora podemos hacerlo aquí.

–Sí, por supuesto – repuso Susana, asintiendo –Lo que sea que pueda hacer para ayudarles.

–Estupendo. Además, para que lo sepa, pondremos guardia de seguridad permanente fuera de la habitación del señor Andrew en el hospital, por si la persona que hizo esto decidiera volver a intentarlo. El agente Laupen llegará en cualquier momento. Él hará la primera guardia. – Whitman pasó su atención a Terry –Parece que está en mejor forma que anoche. ¿Significa eso que hay buenas noticias sobre el estado del señor Andrew?

Como si no hubieran llamado ya al hospital para cerciorarse, pensó Terry, sarcástico. –Significa que anoche yo estaba con una fuerte conmoción – dijo –Esa conmoción se está pasando, así que hoy estoy un poco más coherente. En cuanto a Albert, está resistiendo. Tenía herida una arteria y perforado un pulmón y el intestino. También ha perdido muchísima sangre. Así pues, por lo que se refiere al pronóstico, todavía no hay ningún veredicto. En estos momentos, está drogado y en cuidados intensivos. Su cirujano está con él ahora. Si se quedan aquí un rato, seguro que podrán oír el parte médico de primera mano.

–Eso es lo que teníamos pensado – le aseguró Barton –Por el informe del cirujano entiendo que no se le ha sacado la bala.

–Entiende correctamente. La bala está en el pecho, alojada en algún lugar cerca del pulmón. Sacársela habría sido más peligroso que dejarla.

Barton cruzó los brazos sobre su abultada panza. –O sea que no tenemos bala, no tenemos arma, y tenemos una víctima que todavía no puede hablar con nosotros.

Terry observó que no dijo nada sobre no tener motivo ni sospechoso.

–Hablar con Albert no tendrá ninguna utilidad. No vio a su atacante. – Para no provocar a los detectives, repitió lo que les había dicho por la noche –Le dispararon desde atrás. Dijo que todo había ocurrido tan rápido que no alcanzó a girarse a mirar.

–Según usted, eso lo dijo en la ambulancia. Lamentablemente, nadie más lo oyó.

La detective Whitman se estaba pasando los dedos por las puntas de su corta mata de cabellos rizados rubio platino, un gesto engañosamente despreocupado, pues estaba escrutándolo atentamente.

Terry ya comenzaba a sentir fastidio. Sostuvo la fría mirada de la mujer. Era alta, casi tan alta como él, metro ochenta y cinco, de tez blanca, delgada como un palillo y el pelo como una bola de algodón; parecía un algodón de azúcar.

–Los auxiliares médicos estaban bastante ocupados, detective – dijo –Estaban trabajando por salvarle la vida a Albert. Él sólo logró decir unas pocas palabras, y sólo me hablaba a mí.

–Mmm –musitó ella, mirando sus apuntes –Eso fue lo que nos dijo usted.

–Y eso es lo que ocurrió. Oiga, no perdamos tiempo discutiendo los hechos. Puede confirmarlos con Albert en el momento en que el doctor dé su permiso.

–Para eso estamos aquí, señor Grandchester. Para ver si la historia de la víctima concuerda con la suya.

Ésa fue la última gota.

–Escuche, detective – dijo él en tono glacial –Oigo su mensaje, fuerte y claro. Para que conste, está ladrando al árbol equivocado. Pero eso lo descubrirán ustedes mismos. Simplemente les digo que no pierdan demasiado tiempo en el proceso. Quiero que cojan a quien sea que hizo esto. Exploren, exploren. El disparo a Albert no fue algo al azar.

–En ese punto estamos de acuerdo. No fue al azar. Pero el motivo no fue tampoco el robo. Cuando la ambulancia lo trajo aquí, el señor Andrew tenía quinientos dólares y un buen número de sólidas monedas de oro en el bolsillo. Nada de eso se tocó. Y dado que, supuestamente, el atacante ya había desaparecido sin dejar rastros cuando usted entró en escena, habría tenido tiempo más que suficiente para coger esas cosas antes de escapar.

–¿Robo? Eso no se me había ocurrido. Sí, Albert es rico y un personaje importante. Pero si alguien quería robarle, lo habría asaltado en una esquina, no subido doce pisos para dispararle en su oficina.

–Eso tiene lógica – comentó Barton, mirando a Terry pensativo –Dígame, entonces, señor Grandchester, ¿se le ocurre algún motivo en particular?

«Mío, quieres decir», musitó Terry para sus adentros. En voz alta contestó:

–Podría ser cualquiera de varios. Venganza. Codicia. Una desesperada necesidad de subsistencia económica. Como les dije anoche, Albert no es el típico director general, ni siquiera el típico hombre que ha triunfado solo, por sus propios esfuerzos. Se crió en las calles. Comenzó sin nada, e hizo una fortuna rompiéndose los lomos, y sin apoyarse en nada fuera de su cerebro y sus instintos. Es un químico y un hombre de negocios brillante, un verdadero genio, si quieren mi opinión. Las personas como él hacen aflorar lo peor en sus enemigos.

–¿Y por qué esos enemigos habrían decidido actuar ahora? – preguntó Whitman.

C'est Moi –dijo Susana, expresando en voz alta su comprensión de hacia dónde apuntaba Terry –Salió al mercado en junio. Este ataque a Albert tiene que estar relacionado con eso. – Miró a Whitman, interrogante –¿Ha oído hablar de él?

–¿El perfume que ha sacudido la nación? – preguntó la detective, con un sarcasmo tan espeso que se podía cortar –Tendría que estar muerta para no saberlo. El sensacionalismo que rodeó la campaña publicitaria provocó revueltas en todos los mostradores de cosmética del país.

–No es la campaña –terció Terry, secamente –Es el producto. Los anuncios simplemente captaron la atención del mundo. Pero es el propio perfume el que ha hecho caer en picado al resto de la industria de perfumería.

–Porque convierte a toda mujer en una diosa – dijo Whitman.

–Es un perfume, detective, no una poción mágica. No genera lo que no existe; simplemente intensifica lo que hay. Ciertamente la fragancia definitiva. Pregunte. O, mejor aún, pruébelo.

–Eso haré. En cuanto hayamos resuelto este caso. – Whitman no estaba dispuesta a que la desviaran del tema –Digamos, entonces, que este perfume es todo lo que se proclama que es. ¿Cómo se relaciona su éxito con el disparo al señor Andrew? El producto ya está en el mercado. ¿Por qué matar a Andrew cambiaría eso? Andrew's es una empresa sólida. Seguro que no se acabaría por no tener a su director general.

–No, eso no. Pero en el caso de C'est Moi hay un talón de Aquiles – explicó Terry –Su fórmula es única. Su creación llevó casi dos años. Su fabricación se ha hecho en el más absoluto secreto.

–Por el equipo R&D de Andrew's.

–No, por el propio Albert.

Whitman arqueó una ceja, curiosa. –¿Andrew inventó la fórmula?

–Pues sí. Y él es el único que la conoce.

Por primera vez la detective pareció sorprendida. –¿El único? ¿Nadie más conoce esa información?

–Ni un alma. Ni siquiera yo, por cierto. Pero hay muchas personas que querrían saberla. Está ganando millones.

–¿O sea que usted cree que alguien trató de matar a Andrew para obtener la fórmula?

–O para parar en seco la producción. C'est Moi no sólo ha hecho millones en unos pocos meses, también ha hecho bajar las ventas a todos los demás fabricantes de perfume. Sus ventas han caído en picada. Eso no hace exactamente querido a Albert entre sus competidores.

–No mencionó estos detalles antes.

–La verdad, supuse que ustedes habían hecho su trabajo. ¿O es que estaban demasiado ocupados investigando mis antecedentes?

Antes que Whitman pudiera contestar, se abrió la puerta de la sala de cuidados intensivos y salió el principal cirujano de Albert, con el ceño fruncido mirando una gráfica.

Al instante se le acercó Terry y le cerró el paso. –Doctor Radison, ¿cómo está Albert?

El cirujano se detuvo y levantó la vista de su tablilla, con expresión reservada. –Se defiende.

–¿Está consciente? – preguntó Barton.

El doctor dirigió una mirada circunspecta a los detectives. –Por momentos, recupera el conocimiento y lo pierde. Gran parte de eso se debe a la medicación para el dolor.

–¿Está despierto en este momento? – insistió Whitman.

–Sí. –Levantó una mano, poniendo inmediato límite a la inminente petición –Está conectado a un tubo endotraquial y a un respirador. Eso quiere decir que puede escribir, pero no hablar. Además, no está en condiciones para un interrogatorio largo. Sólo unas pocas preguntas, nada más. – Miró a Terry –Escribió que debo enviarle a casa. Su nota decía que será mejor que descanse lo suficiente para poder trabajar sin parar hasta que él vuelva.

A Terry se le curvó una comisura de la boca. –Ése es Albert.

–¿Sabe que estoy aquí? – interrumpió Susana.

–Se lo dije – asintió Radison –Se alegró al saberlo, hasta que añadí que usted había pasado aquí toda la noche. Entonces escribió que desea que usted también se vaya a casa a descansar.

–¿Hay algo que debamos saber sobre el estado del señor Andrew antes de entrar? – preguntó Whitman, ya caminando hacia la puerta.

–Efectivamente –repuso el doctor Radison en un tono que la hizo frenar en seco -Tenemos una complicación añadida. Si lo recuerdan, dije que la bala le rompió la aorta abdominal.

–También dijo que se la suturó – terció Terry.

–La suturamos.

–¿Entonces?

El doctor Radison se frotó la cuadrada mandíbula. –La cosa no es tan sencilla, señor Grandchester. La aorta es la principal arteria del cuerpo. Es esencial para la irrigación de todos los órganos. En este caso, debido al punto de la aorta que hirió la bala, ha disminuido la circulación sanguínea hacia los riñones. Eso, sumado a la enorme cantidad de sangre que perdió, y el choque séptico producido por la infección debida a la herida en el intestino, es buena causa de preocupación. Acabo de hacerle una tomografía computarizada. No me hace nada feliz lo que vi. La función renal ha bajado en un ochenta por ciento. A no ser que eso mejore, voy a insertarle un catéter temporal para comenzar a hacerle diálisis.

–Diálisis – repitió lentamente Terry –¿Quiere decir que supone que sus riñones van a dejar de funcionar totalmente?

–Esa es la peor de las posibilidades. Es posible que sólo necesiten un poco de ayuda hasta que se recuperen solos.

–O sea que este problema es temporal.

–Ésa es mi esperanza – repuso Radison después de un breve titubeo.

–Pero podría ser permanente – dijo Terry, tenso.

–Es posible, sí. Y tomando en cuenta el enérgico estilo de vida del señor Andrew, su resistencia a todo tipo de limitaciones físicas, quiero estar preparado.

–Ay, Dios – exclamó Susana, poniéndose la palma en la mejilla –Se refiere a un trasplante.

–Sólo me refiero a hacer el trabajo preliminar –aclaró el doctor –Por si acaso. –Volvió a mirar su tablilla -Por desgracia, el señor Andrew no tiene familiares. Además, su grupo de sangre es O positivo, lo cual reduce las posibilidades de encontrar donantes compatibles. Sería conveniente comenzar a avisar a todas las personas cercanas a él para ver si están dispuestas a hacerse análisis para comprobar su compatibilidad, repito, sólo por si acaso. –Inclinó la cabeza –¿Supongo que deberíamos comenzar por ustedes dos?

–Por supuesto – contestó Susana al instante.

–¿Mmm? - Terry estaba discurriendo a toda velocidad. Gracias a Dios ya había efectuado esas llamadas. Había puesto en marcha las cosas, un hecho que acababa de tomar toda una nueva dimensión. Era irónico que Albert hubiera elegido esos momentos para hacer las averiguaciones respecto a un posible hijo. Ese interés acababa de pasar de ser una simple curiosidad sentimental a una necesidad urgente.

–¿Señor Grandchester? – El tono de Radison indicaba que había estado tratando de atraerle la atención –Le pregunté si sabía su grupo sanguíneo.

–Perdone, estaba asimilando todo lo que dijo. Soy O positivo.

–Igual que el señor Andrew. Estupendo. La señora Marlow es A negativo. Eso no sirve.

–¿Eso quiere decir que soy compatible?

–Me temo que no es tan sencillo. Es sólo un primer paso. Tenemos que extraerle sangre para poder hacer la tipificación tisular, además de…

–Iré inmediatamente al laboratorio para que me lo hagan. Terry sentía las miradas de los detectives fijas en él, evaluando su reacción. No podía pedir hablar a solas con el doctor Radison sin despertar más sospechas. Además, no era ése el momento de poner al cirujano al corriente de todo acerca de la posibilidad de que Albert tuviera un hijo biológico. No, mientras no supiera si esa persona existía realmente.

–¿Le ocurre algo, señor Grandchester? - Terry se obligó a sobreponerse rápido para no dar pistas de sus pensamientos. –Simplemente estaba haciendo el cambio mental de pasar la atención de los enemigos de Albert a sus amigos. Llamaré a todos los que se me ocurran. Cuantas más personas estén dispuestas a ser analizadas, mayores serán las posibilidades de que encontremos un donante compatible. – Apretó las mandíbulas –¿Supongo que el resto de nuestra conversación puede esperar a que hayamos hecho esas llamadas y extraído un poco de sangre?

–Yo empezaré a hacer las llamadas, Terry – se ofreció Susana, con la voz temblorosa, como si estuviera combatiendo una conmoción –Eso me hará sentirme útil. Tú por lo menos puedes dar sangre. Yo no puedo ofrecerle ni siquiera eso. – Tragó saliva –Si olvido a alguien, socios de negocios, ex novias, cualquier persona que creas que podría servir, tú puedes hacer esas llamadas después.

Terry asintió.

–¿Les parece bien eso a ustedes? –preguntó a los detectives.

–Ciertamente – le aseguró Whitman, que ya había vuelto a ponerse su cara de póquer –En todo caso, necesitamos hablar con el señor Andrew, y con el doctor Radison, si puede tomarse un minuto. Después de eso charlaremos con la señora Marlow. No vamos a ir a ninguna parte y supongo que usted tampoco. Nos encontraremos después aquí. A no ser que se vaya a casa a descansar, como ha sugerido el señor Andrew.

–No, el descanso no es una opción – repuso Terry. Apretó otro poquitín más las mandíbulas –Estaré aquí en el hospital, a no ser que esté en un taxi, o en casa duchándome y cambiándome. En cualquier caso, estoy disponible.

–Muy bien – dijo Barton, y miró a Susana –¿Esperará?

–Por supuesto. Estaré fuera del edificio haciendo llamadas con mi móvil. Llámenme cuando estén listos. – Le brillaron los ojos de lágrimas contenidas –Quiero preso y castigado a quien sea que hizo esto.

–También nosotros –le aseguró Barton –Y no se preocupe. Lo estará. Pronto.

Después de dirigir una última mirada suspicaz a Terry, Barton entró en la sala de cuidados intensivos detrás de su compañera.

Continuara...