Capítulo 1
El primer impulso de Bulma Briefs al oír el timbre de la puerta fue no responder. No se sentía precisamente sociable.
Por otra parte, la autocompasión era un rasgo muy poco atractivo, que además le provocaba mala conciencia, a pesar de que se había concedido un día entero
para regodearse en su desgracia. El timbre volvió a sonar, incesante, insistente, y al final ganaron los años de autodisciplina. Contestó la llamada.
La última persona que esperaba ver a la puerta de su casa era a su gemela.
—Maron —dijo, aturdida, y se quedó allí parada, mirando perpleja a su hermana.
—¡Sorpresa! —exclamó Maron con su voz ronca de contralto que había perfeccionado cuando tenía quince años.
Y sin más entró en el recibidor, con un bamboleo de pechos, el asa del bolso cayendo por su brazo y la enorme maleta chocando contra el marco de la puerta.
Soltó el equipaje y el bolso y se echó en brazos de Bulma, envolviéndola en un exuberante y fragante abrazo.
Bulma le devolvió el abrazo de manera automática, pero no pudo acallar la vocecilla en su mente que susurraba: «Oh, oh. Se avecinan problemas en River
City».
Se apartó dándole a Maron unos golpecitos en el hombro y retrocedió un paso.
Maron echó un vistazo al recibidor, se asomó al salón y volvió a mirar a Bulma alzando una ceja con gesto irónico.
—Ya veo que sigues siendo una maruja —comentó divertida—. Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.
Fue como si le metieran brutalmente un dedo en una llaga.
—En realidad la casa está más ordenada de lo habitual —replicó Bulma, tensa—. Iba a marcharme a Europa anoche, pero cuando llegué al aeropuerto me
enteré de que mi agencia de viajes estaba en bancarrota y se había quedado con todo mi dinero.
—¡Vaya!
—Me he pasado la vida ahorrando para ese viaje, Maron. —A Bulma le tembló un instante el mentón, pero hizo acopio de fuerzas y apretó los dientes hasta
recuperar el dominio de sí misma.
—Sí, qué mala suerte —se compadeció Maron. Luego se encogió de hombros y añadió alegremente—: Pero tú lo solucionarás, hermanita. Como siempre. —
Cogió una frágil escultura de la mesita del recibidor, se la quedó mirando con indiferencia un instante y se volvió de nuevo hacia su hermana —. El caso es —
volvió a dejar la figura con cuidado en su sitio— que yo sí que tengo problemas.
«Vaya, eso sí que es una novedad», pensó Bulma, aunque sabía que ese sarcasmo decía muy poco de su carácter, pero no conseguía arrepentirse del todo. No
era una casualidad que viviese lo más alejada posible de su hermana sin tener que salir de Estados Unidos. Desde que Bulma podía recordar, siempre había
tenido que hacerse cargo de los problemas familiares. Lo que no recordaba era cómo había recaído sobre ella esa responsabilidad, aunque seguramente se
debía a un hecho evidente: para lograr algo, era necesario que alguien estuviera dispuesto a hacerlo. Y en su familia nunca se ofreció nadie más. Su padre se
pasaba la vida detrás de múltiples proyectos con la intención de hacerse rico de forma inmediata, y que luego viniera su madre (y todos los demás) a cargar
con las consecuencias. Su madre era sorda y estaba inmersa en su grupo de la iglesia fundamentalista, del que solo salía el tiempo suficiente para advertir a
Bulma y a Maron de los peligros que suponía mostrar sus cuerpos pecadores. Este tipo de advertencias habían llegado con soporífera regularidad, pero los
problemas cotidianos se habían ignorado. Tuvo que ser Bulma la que se encargara de que se pagaran las facturas, de que hubiera comida en la mesa.
Dependió de ella también sacar a Maron de los diversos líos en los que se había metido.
Durante su adolescencia, Bulma deseó muchas cosas, pero lo que más ansiaba era que su madre dejara de predicar tanto sobre sus cuerpos pecadores.
Aquello le hacía sentirse algo avergonzada del suyo, sin embargo a Maron la impulsaba a mostrar del suyo tanto como estuviera legalmente permitido. Por lo
visto, el lema de su hermana había sido: «Si dicen que no, hazlo. Y si te gusta, hazlo hasta no poder más».
Bulma se cansaba solo de pensarlo. Durante una época, solucionar los excesos de Maron le había requerido toda su energía, porque su hermana rara vez
pensaba antes de actuar. Bulma no tenía ni que cerrar los ojos para que le pasara por la mente a una velocidad vertiginosa toda una serie de incidentes.
La paciencia de Bulma ya no era la misma de antes, pero aquello no negaba el hecho de que, al igual que los perros de Pavlov, había sido condicionada para
reaccionar ante un conjunto dado de estímulos. En su caso, si se encontraba ante un dilema, reaccionaba al instante en busca de soluciones. Sintiendo aquella
vieja e incómoda mezcla de amor, rabia y desesperación, Bulma ahogó un suspiro y se agachó para recoger la maleta de su hermana.
—Ven a la cocina —la invitó con cansancio—, y me lo cuentas.
—¿Que oíste qué? —preguntó incrédula unos momentos más tarde, dándose la vuelta para mirar a su hermana.
—Que planeaban un asesinato.
—¡Por Kami, Maron! Eso me había parecido oír. —Bulma volvió a la cocina para poner la tetera al fuego. Debido a la impresión recibida, los dedos se le habían
debilitado y la tetera chocó con estrépito contra el fogón. Las tazas que llevó a la mesa traqueteaban en los platos, y el sol que se filtraba por las persianas
parecía de pronto chillón y extraño—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién?
Maron miró inexpresiva la primorosa taza de flores que su hermana le había puesto delante, luego se volvió hacia la cara pálida de su gemela.
—¿Un té? —preguntó incrédula—. Te digo que he oído cómo preparaban un asesinato, ¿y tú me das una taza de té? Joderrr, Bulma. ¿No tienes nada un pelín
más fuerte? Un whisky, un coñac… lo que sea.
«Joderrr, Bul.» Bulma oyó la voz de su padre, vio su rostro, con su sonrisa siempre a punto y sus mejillas rubicundas. «Joderrr, Bul, tienes que aprender a
animarte un poco. Seguro que te las apañas para preparar una buena cena. ¡Vamos, ni que me hubiera gastado todo el dinero de la compra!» Se abstuvo de
señalar que era un poco temprano para beber alcohol. Se levantó en silencio y fue hasta el armario donde guardaba el medio litro de whisky que quedó de la
Navidad. Se lo ofreció a Maron y la miró mientras su hermana abría la botella y se echaba un generoso chorro en la taza. Luego volvió a sentarse frente a ella.
Maron bebió un largo trago y tosió con delicadeza. Miró a Bulma, y como si la viera por primera vez torció la boca hacia un lado con gesto irónico y movió la
cabeza.
—Por Dios, Bulma, vistes como una monja. Mamá estaría orgullosísima. Bulma se miró. Era cierto que la blusa blanca era un poco amplia, pero no quería que los
pechos se le delinearan bajo la ropa porque llamaban demasiado la atención. Sus pantalones de ciclista, sin embargo, eran de licra y se le pegaban como una
segunda piel. Miró a continuación a su hermana, que llevaba licra del escote hasta el muslo, y zapatos de tacón de aguja de ocho centímetros frente a las Keds
deportivas de Bulma. Tuvo que reconocer, que comparada con Maron, era cierto que tenía un aspecto bastante parroquial.
—¿De verdad quieres hablar de mi vestuario?
—No, supongo que no. ¿Por dónde íbamos? —Maron desechó la cuestión con un gesto de sus dedos esbeltos de uñas pintadas—. Da igual, empezaré por el
principio. Hace tres días me quedé plantada en el club sin coche, por culpa de una bruja que… bueno, eso es otra historia, y además es una chorrada
comparada con el lío en que me he metido ahora.
Bulma sabía que el club era el Tropicana Lounge, donde Maron trabajaba de gogó. Por lo que ella sabía, aquello significaba que Maron danzaba sobre un
escenario junto con otras chicas, vestidas con mucha parafernalia en la cabeza y muy poca tela. Su madre siempre decía que Maron era bailarina, porque le
parecía que la palabra tenía connotaciones menos desagradables. Bajo su punto de vista, gogó venía a significar stripper. Pero así era su madre.
—El Trop está muy bien —prosiguió Maron—. Pero el vestuario de las bailarinas está pegado al servicio de caballeros, y te aseguro que la pared es muy fina.
Hay ciertas funciones corporales que preferiría no haber tenido que escuchar. —Maron se encogió de hombros—. En fin, el caso es que estaba descansando
un poco, esperando a que Lunch terminara de coquetear con un tío en el vestíbulo y me llevara a casa, cuando oí a Frezzer, el dueño del garito, al otro lado de
la pared. Estaba hablando con Zarbon "El Cadenas" de Zangya, con la que tiene una tórrida historia, como todo el mundo sabe. Pues nada, que yo me lo
estaba pasando pipa allí escuchando, esperando enterarme de algo jugoso, cuando Freezer le encargó el trabajito.
—El trabajito —repitió Bulma con un hilo de voz.
—Un encargo, Bulma, una ejecución. Ordenada por mi jefe… y llevada a cabo por Zarbon Cadenas Slovak. Es el jefe de seguridad del Trop. Y, esto… —Maron
carraspeó, mirando a su hermana con recelo—, el jefe de mi novio Raditz.
Bulma se atragantó con el té y se apresuró a dejar la taza sobre la mesa. —¿Tu novio? ¿Tu novio trabaja para un asesino a sueldo?
—Raditz es un gorila, Bul. Y desde luego yo no sabía que el Cadenas era un asesino. Joder, no lo es. Por lo menos no lo era hasta ahora, que yo sepa.
Bulma no escuchaba. Miraba horrorizada a su hermana.
—¿Y se te ha ocurrido venir aquí? Pero ¿tú estás loca? Este es el primer sitio donde esa gente te buscará.
—Qué va. —Maron entornó los ojos—. ¿Y a qué te refieres al decir «esa gente»? Hablas como mamá, Bulma.
—No. Lo que pasa es que me pongo un poco nerviosa cuando me traes a casa a asesinos a sueldo.
—Joderrr, cálmate. Freezer y Zarbon Cadenas no saben nada de ti.
—¿Ah, no? ¿Y tu novio, Maron? Dices que trabaja para ese tal Cadenas, ese asesino a sueldo, y perdona que insista en el tema. Tu novio seguro que sabe de
mí.
—No, no sabe nada.
Bulma notó que disminuía parte de la tensión en su espalda.
—Ah —asintió con la cabeza—. Es un novio nuevo, ¿no?
Maron parpadeó con sus grandes ojos azules.
—Qué va, Bulma. Es mi amante desde hace tiempo. Llevamos saliendo al menos cuatro meses.
«Cuatro meses. Increíble.»
—Y en todo ese tiempo, ¿ni una sola vez se te ocurrió mencionarle que tienes una hermana gemela? —replicó Bulma, intentando que su tono no fuera belicoso.
Maron se encogió de hombros, —Pues no, la verdad. Cuando estamos juntos, nuestra prioridad no es precisamente hablar, no sé si me entiendes.
Sí que lo entendía. Era precisamente esa sexualidad a veces desenfrenada de Maron la que había acortado las riendas a la suya, en las pocas ocasiones en
que amenazó con desbocarse. ¿Y si se dejaba ir y se convertía en su hermana? La idea le producía pavor, y eso la había mantenido si no exactamente pura,
por lo menos cautelosa. Maron rebuscó en su bolso y sacó un espejo. Mientras estudiaba con ojo crítico su reflejo, debió de ver algo en la expresión de su
hermana, porque se apresuró a tranquilizarla:
—Bueno, tampoco es que no hablemos nunca. Hemos hablado de muchas cosas. Por ejemplo, sé que él tiene un par de hermanos y él sabe que tengo una
hermana. Lo que pasa es que todavía no hemos tenido ocasión de intercambiar los pequeños detalles de nuestro árbol genealógico. Ni nuestras agendas. —Y
le dio un golpecito al abultado bolso que tenía sobre el regazo —. Y yo me he asegurado de traerme la mía.—
Era evidente que se enorgullecía de su previsión. Bulma intentó no rechinar los dientes, pero lo logró a duras penas. Se pasó los dedos por el cabello para
apartárselo de la frente, apoyó el codo sobre la mesa de la cocina y miró fijamente a su hermana. —Vas a tener que rebobinar —sugirió en un tono neutro—.
Estoy algo perdida.
—Muy bien. Raditz vio mi número en el Tropicana mi primera noche y fue como si surgiera entre nosotros una química instantánea, ¿sabes? ¡Ay, ojalá lo
hubieras visto, hermanita! —comentó entusiasmada—. ¡Es un dios! Mide por lo menos uno noventa, con el pelo más negro que te puedas imaginar, y unos
hombros así, y unos ojos para morirse, son tan…
—¡Maron! No me interesan los atributos de tu novio. Cuéntame lo de Zangya.
—Ah, claro, claro. ¿Por dónde iba? —Maron intentó retomar el desflecado hilo de sus pensamientos—. Ah, sí. Pues nada, que cuando oí que Freezer ofrecía al
Cadenas dinero por cargarse a Zagya, me imaginé que se trataba de un chiste malo. Vamos, que Freezer y Zangya estaban de tortolitos total, así que pensé
que era una broma del tipo «la maté porque era mía».
—¿Y qué dijo Freezer exactamente?
—Dijo que Zangya le estaba dando problemas, y le ofrecía al Cadenas diez mil dólares por solucionar el tema. Y también le dijo dónde enterrar el cadáver una
vez liquidado el asunto.
—¿Y pensaste que era una broma?
—Bueno… sí. ¿Quién se lo iba a tomar en serio? Esas cosas no pasan.
—¿Y qué hiciste?
—Pues irme a casa.
Bulma lanzó un gemido y se levantó para lavar su taza. No obedecía a un deseo de limpieza, sino intentaba evitar sacudir a su hermana. ¿Cómo podía Maron
oír una cosa así y marcharse sin más? Costaba creer que las dos hubieran compartido el mismo óvulo. Bulma dudaba de que fuera posible encontrar dos
personalidades más distintas en el mundo entero.
—Bulma, ¿de verdad crees que me habría ido tranquilamente a casa de haber pensado que hablaban en serio?
Bulma respiró hondo para calmarse, dejó la taza limpia en el escurridor y se volvió hacia su hermana, que la miraba con gesto acusador.
—No, claro que no. —Y se sintió algo avergonzada, porque por un momento había creído eso. La responsabilidad no era uno de los puntos fuertes de Maron
—.Y de todas formas, a lo mejor tienes razón. Quizá el asesinato no llegó a ejecutarse. —Dio un respingo ante sus propias palabras, y supo que en cierto modo
se estaba engañando. Maron no había llegado hasta allí por nada.
—Eso también esperaba yo. Pero debo haber llamado más de diez veces, y no me han contestado. Y Zangya no ha vuelto al trabajo, Bulma. Y sé que es
porque está muerta.
Bulma se desplomó contra el mostrador, intentando pensar. —¿Y qué razón podía tener Freezer para matarla? Tiene que haber algún motivo, porque si no esto
es absurdo.
—Le he dado muchísimas vueltas, y tengo el terrible presentimiento de que Zangya amenazó con ir a contárselo todo a su esposa.
—¿Y por qué iba a hacer una cosa así? Se arriesgaba a perder su trabajo, como mínimo, ¿no?
—Sí, pero Zangya era ambiciosa. Aspiraba a algo más que andar pavoneándose sobre un escenario.
—Bailando —la corrigió Bulma de manera automática, y Maron le dirigió una súbita y cálida sonrisa.
—¡Anda que mamá no te ha lavado el cerebro! —Maron apenas tuvo tiempo de ver la mueca con la que su hermana le dio de mala gana la razón —. A lo mejor
Zangya pensó que así obligaría a Freezer a dejar a su esposa para casarse con ella. Bulma se aferró al mostrador a su espalda.
—Muy bien, pero sigo pensando que no es una razón para matarla.
—Su esposa es la que maneja el dinero en la familia, Bul.
—Ah. Mierda.
—Eso digo yo.
—Bueno, pues tenemos un posible móvil. Pero ¿por qué iban ellos a sospechar que tú habías oído algo?
—Porque luego me encontré con Zarbon Cadenas en el pasillo. —Al ver la expresión de Bulma, Maron se apresuró a defenderse—: ¡Creía que se habían ido!
Los oí marcharse, pero al Cadenas se le debió de olvidar hacer pis o algo. Es muy típico de él: si todo su cerebro fuera cocaína de primera, no habría suficiente
para comprar una barra de labios en un todo a cien. En fin, el caso es que cuando salí del vestuario para ir a buscar a Lunch y largarme de allí de una vez, él
venía por el pasillo.
—Si no es muy inteligente, a lo mejor no sacó conclusiones.
—Seguramente él no —convino Maron—. Pero le encanta hablar, y me muero de miedo al pensar que puede mencionárselo a Freezer. Porque si eso pasa,
Bulma, estoy tan muerta como Zangya. —Maron miró a su hermana —. Y no exagero. Freezer dijo a Zarbon Cadenas dónde enterrar el cadáver. Y sin cadáver,
no hay crimen. Si se encuentra el cadáver, y a eso se suma un testimonio que lo relacione con Freezer, seguramente irá a la cárcel. Le dejé un montón de
mensajes a Zangya en el contestador para que me llamara. Si Freezer los oye, y si llega a sospechar que oí sus planes, estoy muerta del todo. Bulma se
apartó del mostrador.
—Tienes que ir a la policía, Maron.
—Bueno… es que… en fin… —Maron evitaba mirarla a los ojos.
—¡Oh, no! —Bulma se enderezó—. ¿Qué? ¿Qué pasa ahora? —Pues que… bueno, más o menos me detuvieron esta semana.
—¿Qué?
—Que me detuvieron. No fue culpa mía, Bul.
—No, claro que no. Nunca es culpa tuya, ¿verdad? —Bulma apretó los dientes. ¿Cuántas veces había oído esas palabras en su vida? Era la razón por la que
había cogido al vuelo el trabajo en Briarwood School que le habían ofrecido cuatro años atrás. Seattle se le antojaba maravillosamente lejos de Miami—. Mira,
antes de llegar a viejas, sería fantástico que por una vez, aunque fuera una sola, aceptaras la responsabilidad de tus propios actos.
Kami. Veinticinco minutos en compañía de su hermana, y ya era como si nunca se hubiera marchado. No debería ser así. No siempre había sido así.
—¡Ay, déjate de sermones, Bulma! —le espetó Maron—. ¿Desde cuándo eres tan estirada?
—¿Cuándo demonios he tenido la posibilidad de no serlo? —Bulma se dejó caer en la silla y miró ceñuda a su hermana—. Siempre he estado demasiado
ocupada solucionando tus problemas.
—Vale, vale, puede que no siempre haya sido muy responsable. Pero eso era antes. Y esta vez no ha sido culpa mía, te lo estoy diciendo. La detención fue un
error. Verás, Raditz tenía que salir de la ciudad, y me dejó su coche nuevo. Pero al final resultó que no era suyo, y a mí me acusaron de haberlo robado por la
declaración de una idiota que tenía los papeles del coche y muy mala leche.
—Entonces, ¿cómo…?
—Ah, nada, me soltaron bajo fianza. Pero ese es el problema, Bul. Que según los términos de la fianza, no puedo salir de Florida. Pero claro, en cuanto me di
cuenta de que el contrato para matar a Zangya no era un chiste malo, saqué todo lo que tenía en el banco y me vine hacia aquí. —Tendió el brazo sobre la
mesa y apretó los dedos de su hermana—. Venga, Bul, por favor. Esto es muy serio, y de verdad que necesito tu ayuda.
En la calle se oyó la puerta de un coche al cerrarse. Bulma miró por la ventana. Había un sedán aparcado a medio camino entre su casa y la de los vecinos, y un
hombre inclinado sobre él, cerrando la puerta del conductor. Seguramente habría ido a ver la casa de al lado, que estaba en venta. —Haré lo que pueda por
solucionar esto, claro —accedió con cansancio —. Pero, a pesar de todo, tendrás que entregarte.
Maron soltó los dedos de Bulma. —¡Joder, Bulma! Te estoy diciendo que eso es imposible.
—No, me estás diciendo que la situación es complicada. Pero el caso es que oíste que alguien planeaba un asesinato. Un asesinato, Maron, que sospechas
que ya se ha cometido. Y según tus propias palabras, eres la única que sabe dónde está enterrado el cadáver. Esta vez estás metida en un lío de los gordos.
—A ver si te enteras, Bulma. Que cuando salí de Florida violé mi libertad bajo fianza. ¡Que no puedo volver!
—Pues tienes que volver.
Maron fue a levantarse de la mesa. Era evidente que no le gustaba lo que estaba oyendo. Pero Bulma la agarró de la muñeca y no la soltó hasta que tuvo
toda su atención.
—Si no te entregas, no solo estarás huyendo de ese tal Cadenas y Raditz o quien sea, sino que además serás una fugitiva de la justicia. No puedes huir de
todo el mundo. ¡Necesitas a alguien de tu lado!
—Sí, ya lo sé. Para eso te tengo a ti.
—¡Por Kami, Maron! ¡Yo soy profesora de alumnos sordos! ¿Qué sé yo de asesinos a sueldo ni de tu situación legal en un asunto tan complicado? Si quieres
estar a salvo, necesitas contar con gente que sepa de esto.
Bulma miró de nuevo por la ventana y vio que el hombre del coche se había incorporado y miraba la casa de al lado. Era un hombre impactante con su pelo
negro, sus cejas oscuras y un cuerpo atlético, vestido con pantalones y una camisa blanca remangada hasta los codos. Emanaba fuerza y energía.
—Ya puedes pensar en otra cosa —insistió Maron, llamando de nuevo la atención de Bulma—. Porque yo no puedo volver.
—No hay otra solución.
—Tiene que haberla. Si vuelvo, nadie me creerá.Freezer es un hombre de negocios respetado y conocido en la comunidad. —Maron se frotó el ceño fruncido
—.Joder, con lo ilusionada que estaba pensando que por una vez en mi vida había encontrado un trabajo en un club con clase. Pensaba que era mi gran
oportunidad. Piensa en otra solución, Bul. Sé que tú puedes. Por eso he venido.
—Por Kami,Maron, ¿qué pensabas que iba a hacer yo? ¿Hacerte desaparecer? ¿Eliminar el problema a golpe de varita mágica?
—No necesito tu sarcasmo, Bul. ¡Necesito tu ayuda! Volver no solucionaría nada.
—Lo siento, pero no tienes más remedio. Tú misma lo has dicho: esto es muy serio, y no se puede barrer debajo de la alfombra. —Vio el gesto belicoso del
mentón de su gemela, y supo que Maron no quería oír lo que tenía que decirle, pero Bulma insistió, apretando los dientes—: ¡Tienes que entregarte!
Maron, empeñada en evitar su mirada, volvió la vista hacia la ventana. De pronto se levantó de la mesa de un brinco. —Tengo que ir al servicio. —Agarró el
bolso y la maleta y echó a andar precipitadamente por el pasillo con paso patizambo. Bulma hundió la cara en las manos. Tal vez debería llamar a un abogado,
después de ponerse en contacto con la policía. ¿Y había que llamar a la policía local o a la de Miami? ¡Un momento! ¿Para qué necesitaba Maron la maleta para
ir al cuarto de baño? Bulma recorrió el pasillo en un instante e irrumpió en el baño justo a tiempo de ver a su hermana saltar por la ventana al patio de ladrillos.
Se lanzó hacia ella. —¡Maron!
No le salió del todo la orden imperiosa que pretendía, puesto que su diafragma impactó con fuerza contra el repecho de la ventana. Al mismo tiempo se oyó un
estrépito en la parte delantera de la casa y una voz masculina rugió:
—¡Alto!
Dos pares de ojos azules, unos más claros que los otros si uno los mirabas detenidamente se miraron con idéntica expresión horrorizada. Hasta que Maron
salió de su parálisis y recogió a toda prisa la agenda del patio, donde se había desparramado el contenido de su bolso. Volvió a meter dentro el fajo de billetes
que se había salido y se puso en pie. Con el puño cerrado trazó un círculo sobre su pecho, el signo de los sordomudos estadounidenses para expresar «lo
siento». Vaciló un instante y luego se limitó a repetir: «Lo siento, Bul». Acto seguido dio media vuelta y echó a correr, dejando atrás el bolso y la maleta. «¡No!»
Un grito silencioso surgió en la mente de Bulma, mientras renovaba sus esfuerzos por salir por la ventana. Casi lo había logrado, deseando poder frenar su
caída con algo que no fuera su cabeza, cuando la puerta del cuarto de baño se estrelló contra la pared.
—¡Alto ahí! —
Unas manos fuertes se aferraron a su cadera y la introdujeron de nuevo en la habitación abrió la boca para gritar, pero advirtió que se le habían
bloqueado las cuerdas vocales. De manera que, inspirándose en la única clase de defensa personal que había recibido en su vida, hizo lo mejor que se le
ocurrió. Lanzó una patada y experimentó un salvaje estallido de satisfacción al notar que hacía impacto contra la dura espinilla del intruso.
