OneShot nº2.
À quoi bon…? Puisque c'est encore moi qui moi-même me trahis.
¿Por qué razón…? Porque soy una vez más yo mismo el que me traiciono.
R. , Oct 2010
La señora Cartman descorrió de un sólo golpe el cortinaje que adornaba la amplia ventana del salón habiendo escuchado el ruido del motor de un coche aproximarse paulatinamente. Sus ojos color de nuez escudriñaron con interés la vista ofrecida tras los cristales, observando cómo aquel mismo vehículo se estacionaba frente a su casa.
El sonido que producía el motor era bastante atronador para su gusto. Perteneciente al tipo de vehículos que ya no fabricaba ninguna factoría; de los que aún necesitaban gasolina para funcionar. Para ojos de un coleccionista, aquel vehículo era una pieza de inmensurable valor; una exquisita pieza de antigüedad automovilística traída desde Kentucky. Era tal la fuerza con que rugía el motor que previno la sensación del vibrar de las paredes y del suelo, cesando una vez sido apagado.
La señora Cartman prefería los coches eléctricos; desprovistos de ese mecanismo tan ruidoso. No obstante, ella sabía perfectamente por qué su dueño se empecinaba en coches como aquel, un Chevrolet, cuya vistosa carrocería destacable por su tonalidad en rojizo mate contrarrestaba con cualquier cosa situada a su alrededor.
La mirada de la mujer, enmarcada por las apenas visibles arrugas características de la cincuentena, esperó con ansiedad la figura habida tras los cristales ahumados del asiento del conductor. Cuando la puerta se abrió y reconoció al hombre que salía del vehículo, su corazón dio un vuelco.
Se dirigió aprisa hacia la puerta principal, abriéndola sin poder sostener las primeras lágrimas que se habían adelantado precipitosamente a su reacción.
Había cambiado. Casi no lo había reconocido.
La imagen que tenía de su hijo Eric antes de que se marchara a trabajar a Washington había desaparecido de golpe. Como si una corriente de aire devastadora barriese de su memoria al muchachito regordete y caprichoso que siempre había anidado en sus recuerdos. Fue tal el impacto recibido por aquella nueva visión de la persona que más quería en el mundo que quedó, sin darse cuenta, enraizada en el suelo una vez hubo traspasado la puerta.
Demasiados años, se dijo para sí, respondiéndose a la confusión acrecentada en su interior, demasiados años sin verlo ni una sola vez.
En otro contexto, en otra circunstancia, no se hubiera asustado por contemplarle. Pero ni siquiera la situación la acompañaba como para sentirse bien. Ciertamente, si Eric estaba de vuelta por South Park no era para hacerle una visita. Ese no era el motivo desencadenante por el cual Eric había vuelto a poner sus pies en aquel pueblo nevado dejado de la mano de Dios.
Ni ella era la causa ni tampoco era fortuita su llegada.
Antes de que lo avisara para contarle lo ocurrido, éste ya conocía de antemano la noticia. Una llamada telefónica recibida la noche anterior por parte de su hijo la avisó de que llegaría al pueblo a primera hora de la tarde. Y así había sido. Tan puntual como siempre.
No con ello quería decir que su querido Eric fuese un mal hijo por el hecho de no visitarla con tanta asiduidad. La última vez que lo había visto fue en las navidades del diecisiete [2017]. Es decir, hacía dos años. La señora Cartman hubiera escogido sin pensarlo el tener más visitas de él que todas las cosas que había hecho por ella. Desde la adquisición de la mejor casa de todo South Park hasta una cuantiosa cantidad de dinero recibida todos los meses en su cuenta bancaria. Y, las dos llamadas que recibía de él todas las semanas, era lo poco o lo único que la vinculaba a su vida. No era el hecho de que estuviera sola, pues había hecho amistades con las mejores familias de Denver gracias a la influencia de su hijo. Eric le había procurado todo para que pudiera rehacer su vida. Aún eres joven, le decía con su típico tono de voz tras la línea telefónica, deberías plantearte tener una nueva vida, ya sabes, no me importaría que me dejaras al margen, no después de todo por lo que has tenido que pasar para criarme.
Sí, su hijo jamás se había olvidado de ella. Pero quizá siempre reprochó en él el margen amplio de años que él mismo había creado y en el cual no se presentó ni una sola vez para visitarla en persona.
No era de extrañar que ahora se confundiera al presenciar la nueva imagen de ofrecía su hijo.
Lo primero que pensó es que no comía bien. Sí, tenía una complexión atlética pero, para ella, estaba demasiado delgado. Seguro que su novia no era de las que cocinaban. Quizá, incluso, eran de las que preferían cenar todas las noches fuera de casa. O era eso o Eric había acrecentado el consumo de tabaco en sustitución de la glotonería que tanto repudió durante su adolescencia. No por ello se veía mal, dedujo ella mientras descendía las escaleras de la entrada en dirección al vehículo. Su hijo, con ya treinta años, se podría definir en pocas palabras como un hombre bastante atractivo. El color trigueño apagado de su cabello despuntó frente a los rayos de luz que descendían desde lo alto. Un porte elegante: traje de chaqueta y pantalón negro de etiqueta; al igual que camisa y corbata. Tenían pinta de ser tan caras como el abrigo, del mismo tono opaco y de corte inglés, que lo resguardaba de las bajas temperaturas que comúnmente asolaban el pueblo. Llevaba también unas gafas de cristal oscuro, de estilo aviador, que le ocultaban la fiel herencia legada de su madre: unos vivaces y expresivos ojos color caramelo.
Venía vestido para la ocasión; si es que se podía llamar "ocasión" a un entierro.
Eric la observó llegar sin inmutarse apenas del sitio tras haber cerrado el coche con el interruptor del mando. Lianne Cartman no tardó en abalanzarse en un tierno abrazo sobre él, derramando las pocas lágrimas que habían quedado contenidas.
― ¡Oh, mi querido niño…! ―logró articular, casi en una especie de balbuceo, apoyada contra su pecho.
Los adustos brazos de su hijo la envolvieron con torpeza, reacción bien acogida por ella. Sabía perfectamente lo costoso que resultaba para Eric el expresar sus sentimientos. Sin embargo, este no pronunció ninguna palabra. Quedaron en silencio durante un notable espacio de tiempo. Ella, sollozando y con el cuerpo convulso por los espasmos involuntarios que ejecutaba su cuerpo debido al llanto; y él, en la misma posición inmutable y estática inherente desde que había salido del coche.
― Lo siento tanto… ¡oh, Jesucristo…! ―se lamentó ella.
Una de las manos de su hijo se posó cuidadosamente sobre sus cabellos castaños, recibiendo varias escuetas caricias de consuelo. Luego, descendiéndola hasta tomar su barbilla con objetivo de que alzara el rostro hacia él, la llamó:
― Mamá, mírame ―su voz sonaba ronca y apagada. Acató la orden y clavó su mirada en aquellas gafas de sol oscuras que impedían el contacto directo con los ojos de Eric―. Cálmate un poco, ¿quieres?
Ella asintió con la cabeza variadas veces, en actitud nerviosa. Frunció los labios para contenerse y mantener la compostura. Eric esbozó media sonrisa, o quizá, una mueca en respuesta de agradecimiento por el cambio de actitud de su madre. Dispuso las palmas de sus manos en las correspondientes mejillas de ella y añadió acercándose a su rostro con una camuflada aptitud de preocupación:
― Estás helada. Será mejor que entremos dentro.
Y así hicieron. Siendo prácticamente dirigida por Eric, entraron traspasando la hermosa fachada de marcado estilo neocolonial que destacaba sobre toda la periferia externa del edificio. El calor agradable del interior fue bien acogido por el delicado cuerpo de Lianne, recobrando el color anteriormente perdido por su estado nervioso. A pesar de que había estado allí en contadas veces, el castaño se dirigió sin problema hasta el salón. La ayudó a sentarse en el mullido sofá de mayores dimensiones, disponiéndola con cuidado con temor a que se deslizara y cayera contra el suelo de mármol. Parecía débil y alicaída. Temblorosa y la piel tan helada como la escarcha. Eric la observó durante unos instantes sin apenas inmutarse, contemplándola con detenimiento, ahora sin las gafas de sol puestas.
― Te prepararé una infusión.
― ¡No, no hace falte hijo! ―lo tomó de la manga en un movimiento instintivo para que se sentara a su lado―. No, no te preocupes. Estoy bien, estoy bien…
Sentados, en silencio, escucharon el segundero del reloj colocado en una de las paredes. El tic tac constante y firme resonaba en sus oídos. Imbuidos en su procesión constante que enmarcaba la inevitabilidad del transcurso del tiempo.
Lianne Cartman bajó la mirada hacia su vestido elegante de color gris perla oscuro. Sobre éste una gabardina abrigada y confortante se abría en un cuello terminado en pico, del cual se distinguía, en torno a su cuello, un sencillo collar de zafiros engarzados en un entramado elíptico de oro blanco en el cual se había empleado la técnica de la filigrana.
― Pensé que irías directamente al velatorio –dijo ella con la mirada perdida hacia el reloj.
― No iré.
― ¿No irás? ¿Y por qué no…?
― Porque no.
Lianne prefirió no objetar nada. Quedó en silencio. Entrelazó sus manos sobre su regazo y ladeó la vista hacia él, sorprendiéndose al contemplar que la había estado observando sin decir nada.
― Deberías ir. Allí están tus amigos y…
― Mamá ―intervino él sin que ella terminase―, te he dicho que no iré.
― ¿Y qué piensas hacer? ―replicó.
― Estaré en el entierro. Nada más.
― Pero Eric… ¿ni siquiera tienes pensado ir a la misa? Sé que en el fondo tú…
El castaño intervino y negó secamente con la cabeza.
― No.
oOoOo
Siguió el camino que llevaba el sendero de grava color gris plata. Pensativo, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, prestaba única atención al crujir de sus pasos contra las piedrecillas. No prestó atención al cielo despejado, teñido por matices rosáceos que parecían haber sido recreados a óleo. A lo lejos, en el horizonte, caía el sol. Otro día más que perecía tras aquella línea divisoria, eterna e infinita, del cielo y la tierra. Algunas nubes, delgadas, como trazos hechos a tiza, se dispersaban borrosas sin alterar la armoniosa gracia visual de los colores del atardecer. Tampoco prestó atención a la predisposición lineal, una tras otra, de las lápidas que flanqueaban el camino. Lápidas de mármol blanco, otras, de gris opaco color desesperanza; unas, con cruces; algunas, con ángeles dormidos o sufrientes escoltándolas y, cuyos contornos, agudizados por el juego cromático del claroscuro, los convertían en figuras no lejanas a fríos espejismos de silencio y muerte.
Caminó varios minutos sin prestar atención a nada, creyendo hasta tal punto que se había desorientado y perdido entre la marabunta de epitafios y olor a flores secas. Pero un gemido de dolor proveniente desde la lejanía le confirmó lo contrario. Éste le fue reconocible, por lo que supo incluso de quién había provenido tal aterradora exclamación de dolor.
Sheyla Broflovski.
Unos pasos más y escuchó los primeros sollozos acompañando el grito sosegado de dolor de la mujer. Asimismo, la voz del rabino del pueblo, citando trozos anodinos del libro sagrado, fue notablemente perceptible sobre todo lo demás. Como un eco que se prolongaba indefinido durante segundos en el aire. Cuando Eric alzó la vista del suelo pedregoso, a un amplio margen de distancia –tanto como para que su presencia quedara oculta para aquella aglomeración tumultuosa de figuras vestidas de negro-, sus ojos sólo tuvieron cabida al motivo por el cual estaba allí.
Un ataúd. Un ataúd de roble oscuro. Coronado por coloridas flores.
Fue entonces y sólo entonces cuando sus piernas comenzaron a temblar, al igual que su respiración. Su vista la sintió nublosa pero prosiguió manteniéndola en aquella dirección. En aquel objeto en cuyo interior guardaba el cuerpo inerte y sin vida del pelirrojo.
Poco le importaron las personas que estaban allí presentes. Ni siquiera las miró. A pesar de que muchas de ellas formasen parte de un pasado; de la historia de su vida.
Los que habían sido sus antiguos amigos estaban allí; muchos ellos también venidos de diversos puntos del país. Era evidente que, tal y como era aquel estrafalario pueblo nevado, no cabía de extrañar que muchos de ellos decidieran buscarse la vida en cualquier otro lugar. Ni siquiera puso interés en buscar a Stanley Marsh. Sabía perfectamente que no estaría allí. Stan el dramático, el sentimental. Seguramente estaría sedado, no muy lejos de allí, rodeado por enfermeros y Wendy Testaburguer después de saber la noticia.
En las primeras líneas, los más allegados, eran los que más demostraban la profunda aflicción de la pérdida. Sheyla, arrodillada en el suelo sollozaba desolada; nombrando delirantemente el nombre del fallecido, intercambiándolo algunas veces por "Mi pequeño" o "Bubbita".
Al cabo de media hora el cementerio había quedado en la más desértica y devastadora de las soledades. El motor de los vehículos se perdía a lo lejos hasta finalmente desaparecer. Pero allí seguía la tumba. Esta vez enterrado el ataúd por un cumulo masivo de fresca tierra revuelta. Las flores seguían allí. Allí permanecía la lápida, el viento mecer ramas. La vida seguía pero no para Kyle Broflovski. Ahora era el turno de quedarse allí y ser olvidado. Poco a poco. Como las demás tumbas. Y cuyo único consuelo sería recibir flores un par de veces al año. Ese era el precio de la muerte. Nada más.
Eric Cartman seguía allí. En el mismo lugar en el que había contemplado todo. Desde lejos seguía atado al nuevo hogar que ocuparía el pelirrojo para la eternidad. Dudó en un principio pero finalmente, decidido, redujo la distancia hasta plantarse delante de la lápida.
― No creas que he venido desde tan lejos para verte, judío. No vine a despedirme de ti ni a traerte flores.
Se levantó una ráfaga helada que trajo consigo la trayectoria de una mariposilla de alas blancas, común y nada vistosa. Eran de las que solían anidar y confluir en cementerios y parques abandonados; tan ajenas y huidizas a la presencia humana. Esta aterrizó torpemente sobre un manto rojizo de claveles, dispuestos en consonancia con la forma anular de la corona fúnebre que adornaban. La cinta púrpura que lo envolvía rezaba: "Con cariño de tus amigos Stan Marsh y Kenny McCormick. Siempre estarás en nuestros corazones." Volvió a descender el rostro. No había traído ninguna corona.
Esbozó una sonrisa forzada y puntualizó sin evitar que su voz sonara entrecortada:
― He venido a por el riñón que te presté. No pienso dejar que se pudra ahí contigo.
Intentó sonreír, pero acabó por fruncir los labios con fuerza, hasta el punto de mordérselos sin reparar en que se hacía daño. Tragó saliva y aguantó el primer espasmo convulso abatirle el pecho.
Tras las gafas de sol nacieron lágrimas que descendieron presurosas por sus mejillas que deshizo con las mangas de su elegante chaqueta.
― No, no estoy llorando, jodida rata de Jersey. No, no te daré ese placer.
La mariposa batió las alas y retomó su frágil revoloteo, sorteando los claveles color sangre y su embriagante perfume. Su trayectoria serpenteante se alzó apenas un metro de altura para dirigirse y posarse sobre la lápida, tanteando con sus patitas, del grosor de un alfiler, el bajorrelieve en que se inscribía el nombre del difunto.
Kyle Eprhaim Broflovski
Eric prestó atención, inquieto, al insecto y al trayecto que éste delineaba arbitrariamente. Con el gesto contraído, leyó de nuevo el nombre allí señalado. No se lo podía creer. No se lo quería creer. Creer que, bajo aquella placa de mármol, estaba enterrado el pelirrojo.
Cerró los ojos con fuerza, con deseos de expresar algo, acompañando al gesto con un entreabrir de sus labios por los cuales no emergió palabra alguna.
Él habia decidido irse lejos para no verle. Leyó el epitafio por enésima vez. Eso era lo único que quedaría del joven. Su nombre. Sólo su nombre. Y el recuerdo. Las nimiedades. Las anécdotas. Su arrugar de nariz cuando lo insultaba de niño acompañado de su crispar de ojos, destellos verdes de gato. También quedaba la frustrante atracción que había sentido por él durante toda su vida. De amar y odiar, en un devenir enfermizo, a ese ser que ahora dormía para siempre. Un accidente de tráfico había sido suficiente como para que todo su sentido se derrumbara.
Tomó aire con dificultad y sintió otra vez cómo su cuerpo cedía a otra contracción del diafragma que le hizo exhalar un suspiro casi semejante a un sollozo. Sus mejillas estaban empapadas, su cuerpo comenzó a flaquear. La respiración acrecentó, embotando el corazón a una velocidad desorbitada.
La mariposilla dispuso sus alas en posición perpendicular, como si su intención fuera emprender el vuelo, pero no se movió. Quedó en equilibrio; abriéndolas y cerrándolas en una parsimoniosa lentitud. Golpes suaves, cual suspiros de aire frío, hacía mover las ramas, y por ende, las hojas de los álamos y cipreses que enraizaban y enmarcaban el sendero principal. Las cintas de las coronas se dejaban mecer por la brisa en movimiento. Silbidos de aire, el mecer de hojas y flores vistosas, el movimiento flexible de las ramas más débiles, conformando un único sonido. Un sonido compacto y armonioso. La eufonía característica de la soledad.
Quedó arrodillado tras caer de bruces y llevarse las manos a la altura de la sien. Se encogió en sí mismo, llegando su respiración a chocar contra el suelo. Alzó la mirada para dirigirla por inercia a la lápida.
Y, en medio del angosto paisaje desolado de mármol y flores, el llanto de un hombre quebró durante segundos el aire.
Otra actualización. La verdad es que estoy aprovechando el tiempo xD. Esta oneshot es bastante viejo. Un año y pico que tiene y guardadito que estaba en un cuaderno. Lo he pasado a limpio y aquí está. Siempre me ha costado realizar a Cartman, así que no me lo tengáis en cuenta, sean buenos :P. Intentaré mejorar, lo prometo^^.
El título... es una canción que me gusta mucho. Y yo vivo de la música. Como diría otro tema... When the music's over, turn off the lights. En una de mis visitas por casa de mis abuelos la escuché salir de una ventana de los vecinos. Ese fragmento del poema de L. Aragon, cantado por Philippe Lèotard, llamado Est-ce ainsi que les hommes vivent? me ha estremecido y me estremecerá siempre.
