Un malentendido
Me levanté justo a la hora adecuada, ni muy tarde no muy temprano. Mamá se habría marchado hace cinco minutos, se había despedido de mi con el típico beso que me daba en la frente cuando estaba dormida, solo que yo realmente no lo estaba. Al escuchar como cerraba la puerta, me levante rápidamente de la cama. Cogí el saco que estaba escondido debajo de la misma, me puse la camisa blanca de lino junto con los pantalones de cuero, pille mis botas y salí por la ventana. La verdad, si tuviera mi propia casa no tendría una puerta, pues sólo usaría las ventanas como entrada y salida.
Corrí camino abajo, manteniendo la distancia con la figura de mi madre a lo lejos. Me agaché hasta esconderme tras unos arbustos, esperando a que la mano derecha de mi madre fuera a su encuentro con la de la otra mujer. Se saludaron, ella le hizo la típica pregunta y la otra le respondió como buena marinera que era. Sólo cuando volvieron a emprender la marcha, salí de mi escondite. El campamento llevaría un par de horas levantado, al menos por las cenizas de las hogueras. Otro pequeño grupo aguardaba a mi madre y a su acompañante, seguramente serían Luminis y el resto de las capataces de cada parte del barco.
Hice un pequeño rodeo, hasta llegar a la proa del Fortunia. Me escondí tras un tonel que estaba aún sin embarcar, mire hacia arriba, sonriendo al ver que la ventana del camarote de mi madre estaba aún abierto. Ayy, benditas ventanas, sois la solución a todos mis problemas. La cosa estaba en cómo llegar hasta ahí. Es cierto que los Fortune tenemos suerte, pero cuando está presente una Fortune mayor, el pequeño pierde prácticamente toda su suerte. Volví a mirar, mamá ya no estaba con las grumetes, así que aproveche la ocasión. Subí a lo alto del tonel, y de un salto, me encaramé en la ventana. Hice acopio de mi fuerza de brazos, subí y salté al interior del camarote.
No tuve palabras para sentir lo emocionada que estaba. Nunca antes había visto el camarote de mi madre. Cuando nos íbamos de vacaciones, dormía con el resto de la tripulación, pues ella decía que si quería estar en un barco tenía que acostumbrarme a compartir las cosas. Era tal y como me imaginaba que sería el mío. Una enorme mesa de caoba en el centro, con toda clase de instrumentos para trazar líneas en el mapa de valoran que tenía, como la carta náutica, la brújula o el compás. En el otro extremo de la mesa había un astrolabio. Lo cogí entre mis manos, siempre quería uno como el de mi madre, aunque no pensaba que fuera a pesar tanto. Este artefacto era conocido como el Buscador de Estrellas, su función era buscar las estrellas durante el cielo nocturno. En una de las paredes estaba un mapa intacto de Runaterra, no como el que estaba en la mesa lleno de líneas de carboncillo. Me parecía increíble lo pequeña que era la Isla de la Llama Azul con respecto el tamaño de Jonia o Valoran. Al otro lado estaba la cama de mi madre, no tenía nada que envidiar a la de casa; y en una mesa estaba lo que de verdad merecía la pena coger.
No podía evitarlo, sabía que me estaba diciendo cógeme Wendy, sé que me deseas, no dudes en satisfacer tus deseos por un momento. Y claro, yo soy demasiado débil con las tentaciones. Creo que si fuera de esa religión tan estricta, ya estaría destinada un par de veces a vivir en el infierno. Me acerqué con mucho cuidado, como cuando los cazadores se acercan cuando están a punto de atrapar a su presa. Al llegar a su altura, lentamente lo levante en el aire con mis manos, sintiendo el cuero y los bordados dorados deleitándose con mi tacto. Sin más dilación, lo puse sobre mi cabellera rojiza. Fui corriendo al espejo de cuerpo entero, observando el tricornio. Parecía la capitana que siempre había deseado, ya sólo me faltaba tener a Descarga y Pavor conmigo.
- Temerme marineros de agua dulce. - dije con mi voz de pirata. Siempre había practicado esta frase para cuando llegara el momento. - Soy la Capitana Fortune, la Dama del mar, la Reina de los Piratas, la líder de la armada más grande que jamás haya surcado los siete mares...Auch! -
Me lleve la mano a la oreja izquierda, intentando por todos los medios soltarme del agarre de quien me estaba tirando. Cuando me di cuenta de quién era, es cuando me percaté de que me había vuelto a meter en problemas, que raro por mi parte. Fuera coñas. No sé cómo lo hace, pero mamá sabe entrar en cualquier parte sin hacer el mínimo silencio, ni siquiera al abrir la puerta o por los tacones que lleva en las botas. Siguió tirándome, incluso cuando sabía que me estaba haciendo daño. Ése era su método, si no quería un castigo peor me tenía que aguantar con un fuerte, y cuando digo fuerte es que de verdad es fuerte; tirón de orejas. Me quitó el sombrero y lo puso en la mesa, justo donde estaba antes.
- ¿Qué haces aquí? - sí, no estaba de muy buen humor. - Te tengo dicho que no te subas al barco sin mi permiso. - me empezó a sacar del camarote, aun tirándome.
- Me dijiste que iría al próximo viaje contigo. - toda la tripulación nos estaba mirando, aunque ya estaba acostumbrada a que nos vieran con este tipo de espectáculos.
- Si aprobabas todo, y en lugar de esforzarte vas y suspendes.
- ¿Qué culpa tengo yo de que Miss Chapuli sea una rencorosa? - bajamos la tabla hasta llegar a la playa. Ahí ya me soltó. Empecé a acariciarme la pobre oreja, segura de que estaba toda roja del dolor por el que ha pasado.
- Si tú no cumples tú parte, yo tampoco cumpliré la mía. Estaré fuera dos semanas, así que más te vale ponerte las pilas señorita. Ahora vete a casa.
- Pues aplícate el cuento. - me di media vuelta, pero volví a darla cuando mi madre me agarró del brazo.
- ¿Cómo osas hablarme así?
- ¿Acaso no tengo razón? Desde que tengo seis años, no ha habido un sólo mes en el que no me hayas dejado sola. Siempre estás buscando una recompensa cuando estás aquí, luego te marchas y me dejas sola, vuelves a cobrarla, y la cosa vuelve a empezar. No me dedicas ni un sólo día. - me empezaban a escocer los ojos, supongo que a causa de las lágrimas. - Ni siquiera en mi cumpleaños te quedas. Y cuando quiero ir contigo a pasar tiempo juntas, me echas como si fuera uno de esos botarates. ¡Es como si no quisieras a tu hija!
- No digas tonterías Wendy, cómo no voy a quererte, soy tu madre es mi deber hacerlo, aparte de cuidarte y protegerte. Pero este es mi trabajo, así es como te pago todo lo que tienes. La escuela, la ropa, tus aparatos para los mapas...¿Cómo esperas que vivamos sino? No somos piratas que tienen cofres llenos de oro.
- Así que lo admites, antepones tu trabajo a tu propia hija. No entiendo por qué decidiste tenerme.
- ¿Que? No Wendy espera...-
- ¡Te odio! -
Me solté de su agarre y empecé a correr, a correr tan rápido que ni ella logró atraparme. No la hice caso, ni siquiera cuando me suplicó que volviera. Cerré los ojos por un momento, con tal de que las lágrimas dejaran de salir de mis ojos. Siempre hacía lo mismo, me dejaba sola durante semanas y se encargaba de que la vecina viniera verme si todo iba bien. Al final tenían razón los chicos de mi clase, a mamá no parecía importarle en absoluto si era feliz o no, sólo le interesaba cazar criminales y piratas con tal de tener oro, para gastárselo luego en el barco.
En estas ocasiones es cuando detestaba que mis padres fueran capitanes. Mi madre ya sabéis por qué. Y luego está mi padre, un pirata que prefería antes mantener su título como terrible y sanguinario, a saber cómo estaba su hija. Bueno, que te puedes esperar de un pirata, gente que no tiene ni el más mínimo aprecio por lo que les rodea. Al final no me creo ni lo que Gangplank me contó. Dudo que él gastara parte de su botín en mi bienestar.
Corrí más allá de la casa donde vivimos. Estaba segura de que ella me buscaría primero allí, pues de pequeña (más pequeña que ahora) siempre me escondía debajo de la cama. Vamos, estoy segura de que vosotros también os habéis escondido alguna vez así, y que luego vuestros padres os han encontrado. Volviendo al tema, corrí hacia el pantano que se levantaba al otro lado de la bahía. No mire atrás por si me seguía, pero viendo que no escuchaba nada de nada, posiblemente me hubiera dejado y se hubiera marchado al barco.
No sé cuánto tiempo había estado corriendo, pero tampoco me importaba. Me paré en el primer manglar que vi, recuperando la respiración. Entre suspiro y suspiro, escuchaba el sonido de las gaviotas del puerto, los gritos de los marineros y una enorme puerta abrirse y cerrarse. Me extrañe, así que miré por el otro lado del manglar, sin importarme que los pies se me hundieran en las oscuras aguas del pantano. Fue en ese momento cuando descubrí una nueva zona de Aguas Estancadas, una a la que mi madre nunca me había llevado, y menos aún hablado. Sabía que estaba la bahía del Grey Harbor, pero nunca había oído hablar de un puente que se alzaba encima de la misma. Los barcos pasaban por debajo, y entraban por la enorme puerta que daba al interior de la bahía. A un lado había un enorme kraken colgado desde la cola, y aún estaba vivo, pues entre parpadeos mitigaba su dolor. Al otro había un tiburón martillo, este sí que estaba muerto. Sorprendentemente, ese puente se alzaba encima del barrio donde estaban prácticamente la mayoría de las carnicerías de la isla. Los vendedores gritaban los precios a diestro y siniestro, mientras las moscas plantaban los huevos en la carne podrida que vendían. Lo peor era que la gente la compraba, pero supongo que era lo normal cuando te encuentras en el lugar donde la ley ni existe.
Me aparte del lugar, metiéndome más aún en el interior del pantano. Cada vez me costaba más sacar los pies del agua embarrada, así que en cuanto localicé una enorme roca carente de musgo, subí a lo alto de esta. Miré al cielo, encontrándome con que las hojas de los manglares lo apartaban de mí. Dentro de esa zona apenas había luz, por lo que no sabía si estaba atardeciendo o ya era de noche. Rebusqué en el saco que llevaba, sacando el astrolabio que había metido previamente. No sé cómo fue, pero las imágenes de cómo lo obtuve sacudieron mi mente como las balas de un cañón.
Isla de la Llama Azul. Costa noreste de Aguas Estancadas. Hace seis años.
Había vuelto de mi último viaje en las aguas de Noxus. El criminal no era más que un simple ladrón de joyas, muy escurridizo para la "policía" noxiana, pero tan incompetente como el estúpido borracho del bar. Sólo me hizo falta usar a Pavor para cobrar mi recompensa, y vaya que recompensa. Tras unas semanas fuera, llegué un día más tarde de la fecha más importante del año, pero al menos llegué. El Fortunia atraco en la playa, y ordene a Luminis y las demás que montaran el campamento de siempre. Yo volví un momento a mi camarote, recogiendo aquel paquete que tenía encima de mi escritorio. Era un poco pesado, y aun dudaba de si era lo más adecuado para alguien de su edad, pero entre que le gusta demasiado el mar y que tuve la fortuna de verlo antes de partir, no pude evitar darle una oportunidad.
Abrí la puerta de casa, recibiendo un olor dulce y delicioso que me hizo la boca agua. Fui hasta la cocina, encontrándome por sorpresa con la vieja Pharrah, la mujer que cuidaba de mí cuando yo perdí a mi madre. Tal y como siempre hacía cada vez que me marchaba, Pharrah se encargaba de cuidar a Wendy y de que no le faltara nada. Era una abuela para ella. Me apoye en el marco de la puerta, viendo como sacaba un pastel de crema con fresas, con un barco de chocolate en el centro. Era su toque personal, o eso decía ella.
- Tarta de fresa y chocolate, la bomba de la familia.
- ¡Sarah! - gritó emocionada. Dejó la tarta sobre la mesa y se acercó a abrazarme. - Qué pronto has vuelto.
- ¿Dudabas que fuera a perderme el sexto cumpleaños de mi hija? Aunque sólo haya pasado un día. - le correspondí al abrazo.
- ¡Mamá! -
Esta niña tenía el oído más agudo de toda Aguas Estancadas. Ya con sólo oír hablar a Pharrah se había enterado de que estaba en casa. Sentí como me empujó al venir corriendo y abrazándome por la espalda. No era muy alta, sólo me llegaba como mucho a la cadera, pero contaba con una fuerza sorprendente para una chica de su edad, seguro que heredado de su padre. Menos mal que no se me cayó su regalo por la inercia.
- ¿Me has echado de menos, Wendy? - dejé el paquete en la mesa y me gire hacia ella.
- ¡Mucho! Pero tenía miedo de que no llegarás.
- No seas tonta. - la cogí en brazos. Pharrah se había encargado de vestirla para la ocasión. Un vestido rosa y los bucles de su cabello carmesí cayendo por los hombros. Físicamente era parecido a él, pero contaba con los ojos y la belleza de los Fortune. La bese en la frente y la deje sentada sobre la mesa. - Nunca dudes de tu madre. - cogí el regalo y se lo puse en el regazo. - Feliz cumpleaños Wendy. -
Siempre disfrutaba de las sonrisas que se le escapan cada vez que le traía un regalo, pues ella esperaba que tuviera una cosa de cada lugar de Runaterra. Al fin y al cabo, decía que el mar era inmenso, y vaya si lo era. Sin soportar la emoción, desenvolvió el paquete, cogiendo el pesado objeto que tapaba el papel. No pude evitar sonreír al ver su cara de interrogación, preguntándose de que se trataba. Para ella no era más que un disco que se cogía desde la anilla de arriba, con el círculo graduado lleno de números, desconociendo que aquella barra apoyada sobre el eje vertical, con dos agujas en los extremos y un anteojo, se trataba de la alidada.
- Es un astrolabio. Este instrumento te permite saber la posición de las estrellas sobre la bóveda celeste. Cuando estamos en alta mar, lo usamos para saber la latitud del barco con la altura meridiana de una estrella. En otras palabras, con este aparato puedes saber la hora exacta en la que te encuentras en alta mar, u orientarte bajo el cielo nocturno.
- Pero...tiene pinta de ser difícil de usar.
- ¿Acaso crees que ser capitana es sólo dar órdenes y tener un barco? - cogí el libro que venía, el cual se trataba del manual de uso, y se lo deje encima del astrolabio. - Si quieres navegar en alta mar, primero debes de saber usar tus instrumentos.
- Bueno señoritas. - intervino Pharrah. - Es hora de que Wendy sople las velas.
No pude evitar sonreír. La primera vez que vi el astrolabio, pensaba que era un simple objeto de decoración, luego que mi madre quería que estudiara incluso con mis propios sueños, los cuales según ella detestaba; pero al final me acabó gustando. Cuando aprendí a usarlo, recuerdo que iba a la playa por la noche, acompañada de madre. Yo le decía el nombre de cada estrella, la altitud con la que se encontraba en ese momento. Ella me respondía con un sí, un no, o un tal vez. Era una de las pocas veces en las que estábamos juntas. Pero no tardó en llegar el momento en el que alguna que otra lágrima se escapara mis ojos, precipitándose con el objeto que tenía entre mis manos.
Siempre tenía que escuchar los comentarios de mis compañeros de clase, diciendo que mamá simplemente se iba de vez en cuando porque no soportaba verme. O las miradas de sus madres, cuchicheando por lo bajo el por qué mi madre era capaz de dejarme con vida si no era más que una carga para ella. Es cierto que noté más su ausencia desde que Pharrah nos dejó, pero seguía sin creerme que esos pudieran ser sus verdaderos motivos, y no la excusa de que necesitábamos el dinero de las recompensas para vivir. Tenía envidia de los demás niños, ellos contaban con una familia, un padre y una madre que siempre veían, con el que compartían sus momentos más felices. Y yo en cambio, no tenía padre ni madre, pues ambos preferían la vida en alta mar antes que la de su propia hija.
- Vaya, mira lo que tenemos aquí. El río ha traído una niñita. -
Me levanté de golpe, recuperando el equilibrio que estaba a punto de perder del susto. Miré a mí alrededor, hallando el origen de aquella voz grave y cavernosa. Era una criatura enorme, me atrevería a decir que mucho más grande que un hombre adulto. Era como un pez gato con forma humanoide, toda la piel llena de escamas y húmeda. Llevaba una camisa oscura, pero eso no evitaba que la barrigoncia con la que contaba saliera por debajo. Contaba con un anillo en uno de sus bigotes, y un bombín sobre su cabeza. Pero ese aspecto no dejaba atrás aquella enorme lengua con la que relamía sus labios, dejando a la vista esa hilera de dientes afilados como cuchillas. Retrocedí, hasta el punto de caer de la roca y precipitarme al agua. No era demasiado profunda, de ahí el tremendo golpe que me lleve en el culo. Cuando logré levantarme, tenía justo a la criatura a un palmo de mi cara. Tragué saliva, mientras el olor pútrido que salía de su boca me provocaba náuseas, seguro que sería familiar de Miss Chapuli, pues era otro que no conocía la existencia de un cepillo de dientes. No voy a negar que en ese momento estaba...muy acojonada.
- No temas pequeña, no quiero hacerte daño. - volvió relamerse los labios. - Sólo quiero algo con lo que saciar mi hambre. Hmmm...¿Qué es lo que tienes entre las manos? ¿Se puede comer? -
En lo mismo que tarda una bala en salir de su cañón, aquella criatura lanzó su baboseante lengua contra mí, aferrándose alrededor del astrolabio.
Reaccioné justo a tiempo, antes de que el objeto llegase a entrar en su boca, me abalance sobre el asqueroso músculo y lo golpeé con todas mis fuerzas con una roca que había logrado coger a tiempo. Soltó un grito de dolor, y sin dudarlo ni un instante, salí corriendo como alma que lleva el diablo. No miré atrás, ni me hacía falta, pues escuchaba las mil y un maldiciones que soltaba. Seguía corriendo, notando como el corazón me latía tan rápido que estaba a punto de salir disparado del pecho.
No sabía por dónde, si izquierda o por derecha, seguir todo recto o tomar cada tres manglares un giro hacia otra dirección. Desconocía la zona exacta en la que me encontraba. Comencé a arrepentirme, por qué tuve que meterme en la frondosidad del pantano, cuando no tenía ni la más remota idea de dónde me hallaba. No soy como ese capitán de la brújula rota, que se orienta como el culo y acaba llegando a donde quiere ir. Seguía corriendo, pero por una vez la fortuna no sonríe a una necia como yo, y tropecé con una de las raíces de los árboles. Caí rodando cuesta abajo, mientras el barro salpicaba mis ropas y las piedras se clavaban en cada parte de mí ser. Desde luego no era algo muy agradable, que digamos. Después todo acabó siendo un montón de lodo, pero ya podía escuchar las primeras risas de los piratas. Despegue mi cabeza, mirando las luces que se abrían paso al amparo de la noche. Ya sabía dónde estaba, justo al otro lado del Cabo Tuerto, la zona de los bares, prostíbulos y demás espectáculos nocturnos.
Me levanté. Dejé que una maldición de mil demonios escapara de mi boca. El cuerpo me dolía, sentía como los brazos y las piernas me ardían, fruto de las heridas provocadas por las rocas clavadas. Crack. Aquel sonido me hizo mirar el objeto que tenía entre manos. El astrolabio estaba roto, no, lo siguiente a roto. El cristal del anteojo estaba hecho mil pedazos, uno de los extremos de la alidada sacada, y no podía faltar que el propio disco estaba por un lado fragmentado y abombado. Las inscripciones estaban medio borradas de los choques contra la tierra.
- Pagarás por esto chica, tarde o temprano, pagaras por esto. -
Hice caso omiso de las amenazas de la criatura. Caminé sobre las aguas pantanosas hasta llegar a la rampa de acceso, justo donde estaban las pequeñas barcas de pescadores. Me dolían las piernas, era como un fuego interno que con cada paso que daba subía. Más de una vez entrecerré los ojos, aguantando el sufrimiento. La gente que estaba fuera me miraba intensamente, algunos murmuraban entre ellos, otros simplemente se alejaban. Aguas Estancadas no es famosa por ayudar a la gente, independientemente de que seas un niño o no. Seguí caminando hasta que no pude más, caí desplomada a la entrada de una taberna.
Nadie se dignó en apartarme al menos del sitio, todos los que iban o entraban pasaban por encima de mí, algunos incluso osaban pisarme como si fuera un simple saco de carne. La puerta de la taberna volvió a abrirse una vez más, iluminando mi débil cuerpo con la luz que salía del interior. El aroma a alcohol salía con gran fuerza, acompañado de las risas y los gritos de las concubinas. Dos hombres habían salido, no me digné a mirar de quien se trataban, ni aun cuando la conversación de ambos murió al verme. Sin embargo, uno de ellos sí que me conocía.
- ¡Pequeña Fortune! - gritó Gangplank.
Recuerdo que me dormí en el camino de vuelta a casa, justo entre los brazos del temerario capitán. El hombre que le acompañaba le preguntaba que si aquello era lo correcto, que si estaba poniendo en peligro su reputación, que sí podría hacerse un motín en su contra por esto. Gangplank sólo necesitó una simple amenaza para hacerle callar y que no se le ocurriera contárselo a nadie. El , que así es como lo llamaba Gangplank, juró que no lo haría. A pesar de ser un terrible pirata, o eso decía su fama, contaba con una tripulación más o menos leal.
Tras a saber cuánto tiempo, llegamos a casa. El subordinado del capitán llamó a la puerta, supongo que esperando a que alguien respondiera. Cuál fue mi sorpresa cuando en efecto eso pasó, encontrando a mi madre en el recibidor. Gritó al verme en el estado en el que me encontraba, llena de heridas y barro. Yo no respondí ni aun cuando me llamó, estaba muy confusa.
Gangplank entró al interior, guiado por mi madre, me llevó hasta mi habitación. Me apoyó sobre mi cama, con cuidado de no hacerme más daño del que aún tenía. Recuerdo cómo mi madre le preguntaba acerca de lo sucedido, y él simplemente se dignaba a responder que ya me había encontrado así, que debía de preguntarme a mí. Cuando se marcharon, me incorporé sobre la cama. Dejé el saco en el otro lado de la habitación.
Escuché cómo mamá se despedía de ellos y subía las escaleras, pasó de largo por mi habitación, hasta la puerta que se hallaba al lado de la mía, la que daba al baño. Yo me quedé observando el astrolabio. No había forma de que pudiera repararlo, y eso me dolía. Era un regalo que ella me hizo, con todo su cariño, y por culpa de mi estupidez, lo había destrozado. Nuestro lema tenía razón, había actuado como una maldita necia, y la fortuna no sonríe a los necios ni aunque éstos se lo pidieran.
Tras un largo rato en silencio, mamá apareció a la entrada de mi habitación. Yo estaba de espaldas a ella, pero no me hacía falta girarme para saber que estaría hecha una fiera. Los tacones de sus botas resonaban en la madera con cada paso que daba, hasta quedar justo al lado de mi cama. Seguí sin mirarla, sentí el lado de la cama hundirse al sentarse ella al lado mía.
- Wendy, mírame por favor. - me suplicó.
Pero algo iba mal, no era el mismo tono de voz que usaba cuando estaba enfadada, ni el normal de siempre. Sonaba apagado y triste. La miré, encontrándome con un rostro que nunca antes había visto en mi madre. Tenía los ojos tan rojos como su propio cabello, irritados de las lágrimas que ahora habían dejado ríos secos por sus mejillas. No parecía ser la misma la cazadora pirata que todos conocían, ni la misma pistolera que era capaz de matar a dos hombres de una sola bala de rebote. Era alguien frágil.
- Siento mucho lo de antes. De verdad que te quiero, y siempre que me embarco en uno de mis viajes, no paro de pensar en cómo te encontrarás aquí sola, ahora que Pharrah no está con nosotras. Créeme que ojalá pudiera haber otra forma con la que traer dinero a casa, pero Aguas Estancadas me enseñó esta forma, y ya es tarde para que pueda aprender otra. Es por eso que quiero que estudies, para que cuando tengas una familia, el mar no te separe de ella.
- ¡Pues llévame a uno de tus viajes! – me incorporé sobre la cama. – Muchos niños de mi edad están como marineros en los barcos, y ya tienen sus primeras armas. Tú misma conseguiste tu primer barco con 16 años.
- Tienes razón, pero al igual que ellos, yo no contaba con una familia. – el silencio reinó un rato más entre nosotras dos. – Escúchame, el mar no es cómo crees que es. En mis viajes me toca enfrentarme a piratas vengativos, o incluso a las mayores tormentas que jamás hayas visto. Si te llevo sólo te pondría en un peligro mayor, y si sufrieras algún daño jamás me lo perdonaría.
- Pero tengo doce años, ya sé cómo cuidarme.
- Wendy, tú me tuviste a mí o a Pharrah desde que eras un bebé. – tragó saliva. La verdad es que había algo que le costaba decirme. – Verás, cuando tenía seis o siete años, llegué a casa y me encontré con mi madre asesinada. Desde entonces estuve sola, valiéndome por mi misma en una tierra donde la piedad no existe. Imagínatelo, una niña que acaba de ver la muerte, sola y sin nada ni nadie que le diera un beso de buenas noches. Quemé mi hogar, pues me era imposible vivir allí con esos…recuerdos. Deambulé en las calles, venciendo los peligros que las mismas me daban. Me metí en esto de cazarrecompensas con tal de hallar al asesino de mi madre, matando sin piedad a esos piratas que buscaban, pero a pesar de los años nunca lo encontré. Ni aun cuando todos los forajidos habían oído hablar de mí.
- Mamá, ¿A qué viene todo esto?
- Estuve sola Wendy, nunca tuve nada a lo que amar durante todos esos años. En ese entonces, no era más que una simple niña con deseos de venganza, no era la misma persona dulce y cariñosa que todos ven en mí ahora. Era mucho peor que el más sanguinario de los noxianos. Antes me llamaban la Dama Roja, pues la sangre de aquellos a los que mataba salpicaba mis ropas. ¿Crees que cuando te tuve no fue el día más maravilloso para mí? Todos decían que no podría darte lo que una familia normal daría a un hijo, que debería de deshacerme de ti cuanto antes. Que la Dama Roja no era alguien que se preocupaba de los demás. Pero me negué hacerlo. ¿Sabes por qué? Porque encontré algo en este mísero mundo que proteger, que cuidar y amar. Le di una nueva oportunidad a la vida, abandoné ese viejo y oscuro camino por el que siempre había estado viviendo. Tus risas, tus juegos y tus abrazos, eran como la mayor recompensa que podía obtener de mis viajes. Contigo nació alguien más, Miss Fortune, la misma que mató a la Dama Roja.
- Mamá. – lloraba. Jamás mamá me había contado algo de la abuela, ni cuando le preguntaba, pues ella ignoraba la pregunta.
- Cuando estoy en el camarote del Fortunia, pienso en cómo estarás, si tendrás problemas o no. Rezo al dios del mar porque nos encontremos lo más pronto posible una vez más, y que en mi ausencia te proteja. Dime, si eso no es amar a una hija, cambiar por completo con tal de protegerla, si no es amor eso, entonces no sé lo que es entonces. – no pude evitarlo, sabía que lo que decía era cierto, ella nunca mentiría sobre estas cosas. Me lancé abrazarla, rodeándola con mis brazos lo más fuerte que podía, correspondiéndome ella al abrazo. Empecé a llorar sobre su pecho, había sido tan estúpida e injusta con ella.
- Lo siento, lo siento mucho. – dije entre sollozos.
- No te preocupes. – me acarició el cabello, como siempre hacía para consolarme. – Tenías motivos para pensar que no te quería, ha sido solo una infortuna de la vida.
- Mamá. – me separé de ella. – Tengo que contarte todo lo que ha pasado. –
Y sin más dilación le conté todo, hasta donde había ido, que había visto, etc. El monstruo que me atacó, el astrolabio que accidentalmente rompí, como llegué a Cabo Tuerto, y cómo Gangplank me había acabado encontrando. Las lágrimas seguían saliendo de mis ojos, pero ella me las seguía limpiando con su pañuelo de seda.
- Fui una necia, y sé que merezco un castigo por ello. – como ella decía, haz frente a tus propias consecuencias.
- Es cierto que fuiste una necia, pero has sabido reconocer el peligro y escapar de él, cualquier otro a tu edad se habría quedado quieto sin hacer nada. Y por el astrolabio no te preocupes. – cogió las piezas que tenía en mi cama. – Intentaste protegerlo como pudiste.
- Nuestro lema tiene razón, la fortuna no sonríe a los necios.
- ¿Sabes por qué nuestro lema dice eso? ¿Por qué siempre fortuna es una de las palabras que más decimos?
- Porque somos Fortune, y eso viene de fortuna.
- Eso es lo que muchos piensan, pero en realidad es una enseñanza que se aplica hasta al mayor de los Fortune. No es que tengamos suerte, pues eso no es más que el azar, simplemente no actuamos como los necios harían. Con lo que te ha pasado hoy, has aprendido algo que te ayudará a que no vuelva a suceder.
- Si, tienes razón. – suspiré pesadamente. – Supongo que deberé dejar mis sueños como capitana.
- Al contrario. Lo estuve hablando con Luminis y…he de decir que me ha hecho entrar en razón. Si quieres ser una capitana, tendrás que esforzarte. No debes dejar que nadie de la tripulación se te suba, debes mantenerlos a raya. Ser mucho más inteligente que ellos y mucho más fuerte. Desde mañana, serás una grumete que tendrá que abrirse paso en el mundo del mar. - ¡Cómo! Algo iba mal chicos, esta no era mi madre.
- ¿Quién eres tú y que has hecho con mi madre?
- A los 16 tendrás que tener tu propio barco, de lo contrario consideraré que no eres apta como capitana. – eso es imposible, es dentro de cuatro años. – Ya que no me iré hasta dentro de seis meses, te enseñaré lo básico, Luminis a cómo manejar el barco, y Elisabeth todo el royo del armamento de los cañones.
- Pero….
- Sin peros, además, sabiendo que sabes defenderte, estaré mucho más segura cuando me marche. – se levantó de la cama y caminó hasta la puerta. – Veamos si eres capaz de ganarte el título de…Miss Fortune. -
N/A
Y aquí hay otro one-shot de Hija de Capitanes.
La verdad no me esperaba que el OC de Wendy cogiera tanto cariño, y menos que algunos lectores quisieran saber más de ella. Así que aquí está, una mini historia sobre esas discusiones que todo hijo tiene con su madre xD
Y por si hay dudas...está inspirada un poco en el viejo lore de Gangplank y Miss Fortune, vamos cuando aun se llevaban bien jajaja
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Kaiserelle
