Disclaimer: Los personajes de Full Metal Alchemist no me pertenecen. Evidentemente...

2/10

Hola a todos, ¿cómo están? Espero que bien. Y espero que el capítulo previo les haya gustado -o interesado de alguna forma...-; y tal y como prometí, acá está el segundo capítulo correspondiente al día de hoy. Bueno, como en el capítulo previo quería agradecerles a todos los lectores y/o a aquellos que le dieron una oportunidad (al menos hasta ahora) a mi historia. Gracias, de verdad. Y aún más gracias a quienes me hicieron llegar su opinión y/o agregaron esta historia a Alerts... Les estoy agradecida (y sepan disculpar mi formalidad al escribir). Y, si no es abusar de su bondad, realmente me gustaría saber qué piensan al respecto. O qué les parece, e incluso siéntanse libres de señalarme algún error si lo detectan, ya que a mi pueden escapárseme... Así puedo mejorar. ¡Gracias, desde ya -y por todo!

Ojalá les guste. ¡Nos vemos y besitos!


Una bala por un beso


II

"Jaque a la reina"


Observó el tablero delante suyo, sobre su escritorio, haciendo oscilar una de las piezas blancas entre sus gruesos dedos cubiertos por los guantes que habitualmente solía llevar. Luego, sin detenerse demasiado más, la colocó en la casilla oscura correspondiente. El caballero. Havoc. Depositándola con un suave "TAP" mientras tomaba la siguiente. La torre. Breda. Y luego la siguiente, el alfil. Falman. Y el peón. Fuery. Para finalmente atrapar entre sus dedos la reina, la cual no depositó al instante como el resto. Sino que continuó manipulándola entre sus dedos, girándola y haciéndola mecer, sin apartar su vista de esta. ¿Piensas extorsionarme? Es inútil. Él no se convertirá en mi punto débil. Pero tú eres diferente. Ella se convertirá en tu punto débil.

—Buenos días general —una voz femenina interrumpió sus pensamientos.

Tan absorto había permanecido hasta el momento, tan centrado en sí mismo, que no había oído el ruido de la puerta abrirse (o cerrarse), o el ruido de pasos ni la presencia de alguien más en la oficina.

Parpadeando, soltó una sonrisa altanera —Buenos días teniente —mirando en perspectiva la pieza de ajedrez recortada contra la figura erguida y tensa de ella. Luego, soltando un suspiro, la depositó en el tablero. A la izquierda del rey—. ¿Tan temprano y tanto que hacer? —se quejó perezosamente, observando la pila de papeles que acababa de depositar ella sobre el escritorio desocupado.

Pero Riza solo tomó su asiento y asintió, sin siquiera mirarlo —General, ¿cómo pretende ser Fuhrer con esa actitud?. Por cierto, no debería estar jugando sino haciendo su trabajo.

Él volvió a suspirar, observando con tedio su propia pila de papeles —Si estuvieran aquí Havoc, Breda, Falman y Fuery podría darles a ellos para que hicieran mi trabajo.

—Eso no es correcto, señor. Y no están aquí.

Roy, fastidiado, apoyó su cabeza en la superficie del escritorio, desparramando y volteando las piezas que aún se encontraban sobre el tablero. Su vista fija en la reina —Si, se siente solitario sin ellos. Ya veo a qué se refería Grumman. El trabajo era más fácil cuando aún trabajaban conmigo. Quizá deba encontrarme nuevos subordinados a quienes ordenar y a quienes delegarles mis obligaciones.

La joven rubia solo negó con la cabeza, ignorando su actitud incorregible, mientras continuaba con sus propias obligaciones. Cuando se trataba de papeleo, Roy Mustang era tan inútil como bajo la lluvia. O quizá más. Y era aún peor que con ella no censurara sus pensamientos, dado que Riza era también una víctima más de su escaqueo. Aún así, eso no parecía perturbarle demasiado a él.

—Teniente, ¿dónde está ese papel que envió el Fuhrer Grumman directamente?

Ella alzó la vista por un instante, y luego retomó su propio trabajo —En su escritorio, general. Debería revisar mas cuidadosamente. Lo dejé en este hace una semana ya.

Él soltó una risa, y comenzó a rebuscar entre sus papeles. Probándole que, de hecho, ni siquiera había intentado buscarlos —Oh. Tiene razón.

Si, lo sabía —Así es, señor.

—Gracias.

—De nada.

Y otra media hora trascurrió. Lenta, muy lentamente. Mientras ella llenaba formularios y él pretendía hacerlo –eventualmente-; cuando realmente continuaba en el hilo de pensamiento que había interrumpido con la llegada de ella aquella mañana. Observándola, de vez en cuando, sin la menor pena. Aún con la pieza de ajedrez en las manos.

Riza, al percatarse de esto, alzó la mirada a él; depositando su pluma sobre el escritorio —¿Sucede algo?

Roy negó con la cabeza —No, teniente. Por cierto, creo que necesitaré otra pluma. La mía dejó de funcionar.

La joven soltó un suspiro. No podía ocurrírsele de qué forma había ocurrido eso realmente, dado que no había completado ni firmado un solo papel en toda la mañana. De hecho, solo había leído uno. Y al pasar. Aún así, se extendió y dejó una nueva sobre su escritorio. Segura que al rato volvería a usar la misma excusa para justificar su negligencia —Aquí tiene.

—Gracias.

—De nada —de hecho, era probable que él mismo las dañara (por dentro) con su alquimia para no tener que trabajar.

Y así pasó otro indefinido período de tiempo. Pero él no trabajaba, y realmente no tenía interés en hacer papeleo cuando realmente debería estar haciendo cosas más importantes. Más relevantes. Como trabajando en la campaña de Ishbal y otros asuntos de mayor pertinencia. Sin embargo, y como militar, como general, no podía dejar de cumplir sus obligaciones para con la milicia. Particularmente las burocráticas. Aún cuando sus ojos estuvieran posados en la cima. En convertirse en Fuhrer.

Pero tú eres diferente. Ella se convertirá en tu punto débil. Cerrando los ojos calmamente, apretó en el interior de su puño la pieza del juego. Los tendones de su mano sobresaliendo contra la piel. Y por más que odiara admitirlo, Bradley había estado en lo correcto. Lo había leído perfectamente, y había sabido exactamente dónde golpearlo para vulnerarlo. Lo que le hacía pensar si en verdad era tan trasparente como el homúnculo lo había hecho ver. O solo era una cualidad de este gracias a su ojo definitivo.

De todas formas, y a causa de ello, ella había estado en un grave peligro a costa suya. Por su propia negligencia, y eso era algo que Roy Mustang no podía permitirse. Una debilidad –camino a la cima-, y el arriesgar a su más valiosa y fiel subordinada por su propia incompetencia. Por esa razón, tomó el teléfono y marcó uno de los números en su cabeza al azar. Aguardando una voz del otro lado.

—¿Hola? —dijo una voz femenina.

Y él sonrió, apoyando su espalda en el respaldar de la silla y relajándose parcialmente. Sus ojos nunca abandonando la puerta del despacho, ignorando deliberadamente la mirada de ella en él —Oh, Abigail —la cual tras oír el nombre femenino volvió a los papeles delante suyo. Sin comentar nada sobre cuan inapropiado era utilizar la línea de los militares para concertar citas o sin mencionar que debería estar trabajando. De hecho, no le reprochó nada. Ni manifestó nada al respecto, mientras él conversaba con la mujer.

Al colgar, por otro lado, se volvió a ella. Aguardando algo. Nada. Absolutamente nada. Y eso estaba bien también, o eso suponía dado que era el objetivo de todo el asunto, pero no podía terminar de convencerse. No realmente.

Guardando el ajedrez, retomó su trabajo. Esta vez, de hecho, trabajando. Sin siquiera quejarse. Pero, afortunadamente para él, el sonido de la puerta al abrirse resultó en un claro alivio cuando una mujer de joven edad, uniformada, ingresó a la oficina para informarles que su presencia era requerida en el caso de un asesino serial en Central y que habían sido solicitados por el propio Grumman para ello. Por supuesto, y sin siquiera perder tiempo alguno Roy se puso de pie –animado-, colocándose el abrigo a los hombros, y los guantes de trasmutación —¡Bien, teniente! Tenemos trabajo.

Riza hizo lo mismo, siendo perfectamente conciente de que los motivos para los ánimos renovados de él eran el tener la excusa perfecta para salir de allí y el poder trabajar en las calles. Aunque, por otro lado –y no lo negaría-, era sin duda alguna una excelente oportunidad para él poder probarse también, y mejorar su imagen con los militares de más alto rango. Y quizá, por esa misma razón, era que Grumman lo había solicitado a él. Siendo absolutamente conocedor de este hecho. Si tal era el caso, ella haría lo mejor para asegurarse que la operación resultara fructífera —¡Si, general!

Y, sin decir más, él abandonó la oficina seguido de ella. Y ambos dejaron atrás el cuartel general, una vez que estuvieron en el auto de él. Como siempre, Roy manejaba —¿Teniente, cual es la información que manejamos? —dijo sin apartar la vista del frente, una mano en el volante.

Riza, releyendo rápidamente el informe, dijo —Un asesino serial, señor. 22 víctimas. Todas mujeres. Edad aproximada: 40. Apariencia: Robusto de cabello negro. Alquimista.

El moreno asintió, observándola por el rabillo del ojo cargar todas y cada una de sus pistolas, mientras las aseguraba en todos los lugares correctos. Cubriéndose, luego, con la chaqueta azul militar que todos ellos solían portar. Su vista siempre al frente —Bien. Esta es una orden, déjame atrás si las cosas se complican. Déjame a cargo.

Ella negó sin siquiera vacilar con la cabeza. Antes de cada situación donde ella podía verse peligrada, él repetía lo mismo. Una y otra vez, y ella tercamente siempre respondía lo mismo —Lo siento, no puedo hacer eso general —que no lo haría. Y que quebrantaría su orden y aceptaría la sanción correspondiente, pero que jamás lo abandonaría. No por su propia vida. Ni por su propia voluntad. Y eso Roy debería haberlo entendido ya. A aquellas alturas, al menos. Que ella no se haría a un lado. Sin importar cuanto él pareciera desearlo.

—Llegamos —dijo finalmente, resignándose y estacionando el auto a un lado de la calle. Conciente de los demás autos con refuerzos que continuaban recorriendo la zona, mientras aseguraba sus guantes y abría la puerta. Ella lo imitó, bajando lista para comenzar a trabajar. Delante suyo, se alzaba un edificio abandonado. Aparentemente, el lugar donde se había avistado al sospechoso horas antes.

Desenfundando una de sus pistolas, mientras ingresaban a la edificación deteriorada, Riza aguardó pacientemente órdenes. Caminando siempre un paso más atrás de Roy. Eso era, hasta que los caminos se bifurcaron en corredores. Entonces dijo —Nos dividiremos. Teniente, cubra el primer piso. Yo cubriré la planta baja.

Ella asintió y aferró con ambas manos el revólver, tomando el camino hacia la escalera y ascendiendo lenta y cautamente por los escalones desvencijados de esta. Intentando, en vano, hacer la menor cantidad de ruido posible dado que estos seguían crujiendo bajo el peso de sus pies. Aún así, intentó ser lo más sigilosa que su cuerpo le permitiera. Mientras optaba por seguir uno de los primeros corredores. Evaluando todos los rincones posibles en que el sospechoso pudiera estar ocultándose.

Nada. Pensó, cerrando otra puerta más de aquel pasillo oscuro y largo.

El aire, allí, era más denso que en el exterior dada la humedad de las paredes de madera que estaban pudriendo lenta y progresivamente la estructura de la casa.

En otro tiempo, en otra época, aquella habría sido una magnífica casa de tamaño considerable pero todo lo que quedaba de ella eran tablones de madera rotos y moho en las esquinas. Así como –probablemente- una gran población de alimañas que debía vivir bajo los cimientos y tras las tapias y el papel raído y ennegrecido de estas.

Aún así, continuó avanzando con igual cautela. Lista para abrir la siguiente puerta de la siguiente habitación, la cual se salió de sus goznes cuando Riza intentó moverla. Fastidiada, la apoyó contra el muro y avanzó al interior, asegurándose de mantenerse cerca de las paredes y con el arma próxima a su rostro, lista para disparar en caso de necesitarlo.

El cuarto no era nada especial, se trataba –indudablemente y por los vestigios de muebles en su interior- de una recámara donde alguna vez habría dormido un matrimonio o la dueña de casa. Aunque ahora solo era un lugar oscuro –dadas que las ventanas estaban tapiadas-, enmohecido y carente de todo el esplendor que alguna vez habría poseído. Sin embargo, había algo de inusual en esta. Algunas cosas parecían haber sido retiradas, o removidas, dado que en algunos sectores del suelo no había la característica capa de polvo que cubría el resto de la mansión. Lo que significaba que alguien había estado allí, recientemente. Volviendo en su cabeza sobre sus pasos, calculó la distancia de la escalera. Bastante, al menos se encontraba bastante adentrada en la primera planta. Pero no podía detenerse allí, debía continuar.

Tomando aire, y amartillando el revólver –el suave clic resonando en el silencio del lugar-, se adentró en un nuevo cuarto. El cual se encontraba completamente a oscuras, al punto de que era para ella imposible ver. Al menos, hasta que encendió una antorcha de la pared y volvió a colocarla en esta. Entonces, parte del lugar se volvió asequible. Con horror, observó rastros de sangre seca en las tablas del suelo. Las cuales siguió con suma reserva, observando por encima de sus hombros de vez en cuando. Solo para entrar luego en un espacio de la habitación más similar a un laboratorio que a un cuarto de una casa. Con una mesa de metal y varios bisturís y pinzas teñidos de rojo oscuro. Así como círculos de transmutación y frascos por doquier, llenos de formol, y con cosas que parecían ser –en el pasado- criaturas vivas similares a humanos.

Entrecerrando los ojos, intentó vislumbrar de qué se trataba. Solo para comprender, para su disgusto, que se trataba de fetos. Fetos, de distintos tamaños y con etiquetas que indicaban el tiempo que habían tenido (antes de ser removidos de los vientres maternos a los que habían pertenecido). Y entonces todo pareció tener sentido. La información que el reporte decía sobre mujeres desapareciendo por un margen de tiempo de 7 a 9 meses aproximadamente, antes de aparecer sus cadáveres vacíos. Sin órganos internos, particularmente los del área de la zona reproductiva. Y con signos de ataque de índole sexual.

Disgustada, retrocedió un paso con el arma en manos. Si, tenía sentido. En alguna lógica retorcida de la alquimia, lo tenía. Crear los sujetos experimentales y trasmutarlos luego.

Aún frescos, recién retirados de los vientres. Pero, en tal caso, el asesino era el padre de estos. Aunque suponía que era más fácil pretender que no eran siquiera humanos estando aún en gestación. O quizá simplemente estaba demasiado dañado para tener algo de sana perspectiva. Y no era el primero –Shou Tucker era prueba de ello- así como tampoco sería el último alquimista descarriado y ambicioso deseando crear vida o jugar a ser Dios. Aunque en este caso era particularmente desagradable, la imagen mental. Eso era.

Retrocediendo otro paso, se sobresaltó –y apuntó su arma inmediatamente en la dirección- frente al ruido de un frasco cayendo al suelo y haciéndose añicos contra el piso de madera. Solo para comprobar, aliviada, que se trataba de una gran rata que pasando por allí había golpeado el frasco y lo había tirado. Sin embargo, otro crujido la alertó; haciendo que se volteara y apuntara su arma a la parte oscura del cuarto. Unos zapatos negros se empezaron a vislumbrar, caminando hacia ella. Una risa siniestra helándole los huesos.

—Deténgase —le ordenó, sin siquiera temblarle las manos. Su mirada una de fiera determinación.

No obstante, el sujeto dio otro paso hacia ella, revelándose en la luz. Su rostro malformado por una amplia cicatriz que atravesaba todo su semblante. De la frente hasta debajo de los labios, dándole una apariencia completamente horrorosa. Monstruosa, ideal para acompañar su igualmente asquerosa personalidad.

Y hubiera disparado, de haber sido lo más conveniente lo habría hecho, pero tenían órdenes de recuperarlo con vida para interrogarlo sobre posibles víctimas aún con vida (y sobre las investigaciones que había llevado a cabo). Y eso era lo más conveniente para todos. Para las mujeres que aún podrían ser salvadas, y para Roy mismo. Aún así, eso no significaba que no pudiera introducir una bala perfectamente acertada en su rodilla, bajo su rótula. Y eso fue lo que hizo. El sujeto, inmediatamente, se dobló de dolor y cayó de rodillas al suelo. Su sangre derramándose en el suelo. Sobre unos garabatos de tiza.

Tarde se percató de que se encontraba sobre un círculo de trasmutación. Para cuando lo hizo, las paredes de madera tras ella se modificaron atrapándola como brazos contra esta, manteniéndola en su lugar. Su pistola, a causa del forcejeo, cayó al suelo inerte. Y a causa de la posición en la que se encontraba, fue incapaz de desenfundar cualquiera de las otras armas que llevaba consigo. Abriendo los ojos desmesuradamente, lo observó ponerse de pie, y caminar hacia ella.
Aquella sonrisa torcida y nauseabunda aún en su lugar —Bien, bien. Tú podrías serme útil... —masculló, mirándola de arriba debajo de forma lasciva, y tamborileando con sus asquerosos dedos sobre el bajo abdomen de ella, donde vendría a estar su útero—. Si... una fuerte como tú... quizá resista más que el resto.

Riza apretó los dientes, e intentó buscar una forma para escabullirse y hacerse con una de sus pistolas. No podía fallar, no ahora. No a aquellas alturas, cuando lo peor había pasado. No cuando Ishbal había terminado y los homúnculos habían desaparecido (casi todos al menos). No cuando faltaba tan poco para que él alcanzara la cima. Simplemente no podía hacerlo. Roy lo había dicho, aquella vez cuando ella había estado dispuesta a dejarse morir en manos de Lust, que jamás desperdiciara su vida.

Retorciéndose, intentó zafarse nuevamente. Pero parecía en vano pues cada vez que se removía inquieta, la pared –actualmente en forma de manos- la aferraba aún más. Manteniéndola firme. Forzándola a quedarse quieta. Por lo que simplemente cerró los ojos e intentó buscar otra forma, mientras aguardaba lo peor.


¡BANG!. Se detuvo, inmóvil. El crujido bajo sus pies cesó cuando no dio ningún siguiente paso. Su mano alzada, sus dedos listos para ser chasqueados. Sin embargo, no lo hizo. El disparo que acababa de oír provenía –indudablemente- del piso superior de aquella pocilga y el ruido era indudablemente también del de la pistola de la teniente, por lo que se abstuvo de continuar. En vez de seguir su camino, se apresuró a las escaleras. Topándose con el informe que Hawkeye había tenido con ella minutos atrás, leyendo –accidentalmente- unas pocas palabras que desataron su ira.

—¡Maldición, teniente! —masculló, jadeando mientras subía escalón por escalón a toda velocidad. Una vez más, se sentía como aquella vez en que Gluttony había logrado ponerle las manos encima cuando ella estaba al teléfono con él. Solo que esta vez era casi peor. Y si algo irreparable e irreversible llegaba a ocurrirle... Sería como cuando Havoc había perdido la sensibilidad en la parte baja de su cuerpo también. Una vez más, habría sido incapaz de proteger a aquellos que eran importantes para él.

Maldición. Maldición. Maldición. Repitió, acercándose más y más a dónde podía oír voces. Una femenina, y una masculina. La primera, sin lugar a dudas, era la de ella.

—Bien, bien. Tú podrías serme útil... Si... una fuerte como tú... quizá resista más que el resto.

Deteniéndose, observó iracundo la imagen de Riza –sobre un círculo de trasmutación- aferrada contra la pared y la figura de un hombre cerniéndose sobre ella, con su asquerosa mano en el bajo abdomen de ella. Mientras ella permanecía con los ojos cerrados, evidentemente, intentando encontrar una forma de zafarse. Sin embargo, él se adelantó. Chasqueado sus dedos e incinerando la mano de él (aquella que estaba en contacto con Hawkeye) sin el menor miramiento. Gimiendo y aferrándose la extremidad magullada, el sujeto se apartó.

—¡¿Qué demonios crees que estás haciéndole a mi valiosa subordinada? —bramó, dando un paso hacia la luz.

El hombre, enderezándose, lo miró desafiante —Oh, General Mustang, que circunstancia inesperada... Pero verá, le plantearé la siguiente problemática. Su subordinada, está en mi círculo de trasmutación. Así que... a menos que me deje marcharme... lo activaré y... bueno, deduzca usted el resultado. He oído bastante sobre su aguda inteligencia.

Al ver que el moreno no contestaba, el hombre se marchó –apresuradamente y sin mirar atrás- y Roy no lo siguió. Sino que utilizó su propia alquimia para quemar las manos y los brazos de madera que la mantenían aferrada e inmóvil, con cuidado, asegurándose de no quemarla a ella.

—Parece ser que llegué a tiempo... —dijo finalmente, viéndola frotarse las muñecas adoloridas.

No obstante, ella no pareció particularmente complacida de verlo. De hecho, pareció molesta. Increíblemente molesta, dada la situación —¡General! ¿Qué se supone que haces? ¡Sin importar lo que me hubiera podido ocurrir...! Si tan solo hubieras ignorado la situación podrías haberlo apresado. ¡Pero aún así decides desechar la posibilidad! ¿Acaso eres tan inútil? —exclamó, levantándole la voz (cosa que rara vez hacía).

Y él solo la miró con incredulidad, cruzándose de brazos y negando con la cabeza indignado —Te oí, te oí: "inútil". Eso dijiste —mientras comenzaban a abandonar el edificio. Aunque, para cuando llegaron a la base de las escaleras, ella se detuvo. Su mirada fija en la nuca de Roy.

—General...

Él continuó caminando, dándole la espalda a ella. Su voz seria y formal —¿Qué sucede?

Ella, al igual que él, lo siguió hasta que abandonaron el edificio. Y solo cuando estuvieron afuera, en el fresco de la noche, dijo —Gracias.

Pero él no dijo nada. Simplemente hizo un gesto despreocupado de la mano y continuó caminando hasta el auto. Con Riza a su lado.

—Y... lo siento. Si hubiera hecho bien mi trabajo-

—Ya lo atraparemos —la cortó. Abriendo la puerta de su auto y mirando el reloj de plata de bolsillo distraídamente—. Maldición —masculló—, ya no llegaré para mi cita. Y no puedo ir con esta deplorable apariencia...

—General...

—Ni modo... —se quejó, aunque no del todo afectado— suba teniente, la alcanzaré a su casa.

—¿Seguro?

—Por supuesto. Ese fenómeno anda aún suelto, y no puedo arriesgar la única subordinada que me queda, para ayudarme con el papeleo.

Cerrando la puerta, ya en el asiento, Riza suspiró —Dirá para hacerle el papeleo señor.

—No, por supuesto —replicó, sonriendo arrogantemente mientras encendía el auto. Y ella solo se acomodó aún más en el asiento, aferrando la chaqueta contra su cuerpo firmemente. Intentando ocultarlo, y borrar de esa forma la asquerosa sensación que aquel desagradable sujeto le había dejado.

Las siguientes palabras de él le sorprendieron. No porque fuera la primera vez que las pronunciara, porque de hecho no lo era, sino por la seriedad que estas acarreaban, y el peso —Los alquimistas somos criaturas desagradables, ¿cierto teniente?

Pero ella no dijo nada. Nada al respecto del tema, al menos. O su opinión. Y en vez de responder, simplemente susurró una única palabra —Gracias...

Él solo sonrió, si bien a duras penas visiblemente, sus manos cerrándose firmemente alrededor del volante. Ella se convertirá en tu punto débil. Su sonrisa una de amargura. Lo era, indudablemente lo era. Por más que odiara admitirlo. Por más que odiara darle la razón a aquel desagradable homúnculo. Pero lo era... Dejarla a su suerte, nunca había sido una opción. Y nunca lo sería realmente. Eso era seguro.