Sin escribir 2/2

Cuando tomaron el camino de subida las luces delanteras se derramaron en círculos blancos, debajo de ella, las líneas de amarillo gastado se sucedieron demasiado rápido. Matt intentó contarlas a pesar de la oscuridad, pero se perdió hacia la milésima y abandonó el juego por encontrarlo inútil. Otro auto les pasó por al lado en dirección opuesta. Por un momento, sus faros iluminaron como si hubiera amanecido y luego se perdió en la noche, como si fuese un cigarrillo que se apaga en la distancia. Un punto de brasa, que seguía su propio camino.
Mello se esforzaba por mantenerse despierto, pero Matt creía que no había motivos para sentirse ansioso. Planicie. Árboles muertos. Postes de luz. Ahí acaba la aventura. Se dejó ir al descanso del asiento para dormir un poco aprovechando que Mello seguía aferrando el volante sin dar signos de necesitar ceder el mando a nadie.

Con la mano enguantada podía sentir el cuero del asiento, observaba la otra mano de Mello, que sostenía la barra de chocolate, que acababa de morder. Solía hacer eso a intervalos irregulares (Matt había intentado calcular cada cuánto tiempo parecía necesitar comer un poco, pero descubrió que no era posible, porque variaba gradualmente).

El apetito de Mello podía llegar a ser muy feroz, pero Matt había decidido que no lo mordería aunque se durmiera una vez que dejaran Los Ángeles. Despertó hacia las afueras de California y lo primero que notó fueron las envolturas de dulce que había en el suelo y sobre sí mismo.
-¿Crees que mi auto es botadero de basura?
La pregunta no buscaba más que hacer conversación.
-¿Preferirías que los tirara por la ventana? Podrían acercarse a hacernos una multa. Eres un ladrón retirado y yo un miembro de la mafia. Vamos a ir presos de por vida, joder.

Matt iba a decir que si alguien tendría semejante destino, sería él y a solas: Mello seguramente iría a la silla eléctrica. Pero decidió que lo mejor era tomar una filosófica siesta. Hubiera preferido pedir el volante, pero Mello parecía más a gusto manejando que drogándose y durmiendo.

Entendía su enfurecida negativa a detenerse antes de que llegaran a Nueva York, pero para tener reticencia a volar un helicóptero por miedo a que alguien fotografiara su rostro, no podía calificarse tampoco como una persona "recatada".

A pesar de que Matt estaba consciente de que Mello tenía algún equipaje con ropa algo llamativa- allá, por el refugio que habían abandonado (sobre todo pantalones y chalecos de cuero), la verdad que no esperaba que los usara para más que diversión. No hubiera sido malo detenerse a un lado del camino a Nueva York, que era bastante largo, pero si Mello se ponía eso nada más que para investigar un caso como detective-a su forma sería como escupirle en el ojo al Dios Asesino y a todo el que alguna vez quiso moldearlo en persona "decente"- leáse: ni bien pudo pararse , se metió unos pantalones ajustados en la entrepierna y eligió un abrigo a juego, que dejaba la mitad de su estómago al descubierto-además de que su abrigo era reversible, rojo y negro, con los bordes pintados en plata.

Se había puesto el rosario de nuevo en su cuello y parecía que las cuentas le bailaban sobre la piel. El estilo de Mello era único: estaba al borde de la desvergüenza y en tu cara. Cada pulgada de cuero parecía murmurar un insulto diferente.

Matt pensaba que lo que había tenido lugar en el suelo del baño frío en el refugio, no debería

repetirse en un futuro cercano. Muy a pesar de lo bueno que era tener a Mello desnudo ante sí.

Entre más tiempo pasaban juntos,comenzaba la sensación de bienestar que Matt experimentaba, incluso cuando no hablaban. Le gustaba y no quería desobedecer a sus instintos: precaución. Matt nunca pensó que Mello le permitiría verlo en un estado tan denigrante y sin embargo lo hizo, inclusive antes de cerciorarse de que era confiable. ¿Qué significaría todo eso? Esa fé injustificada se le estaba metiendo dentro de las venas. Pensaba demasiado en eso, porque su tiempo libre era bestial y con frecuencia caía en el mismo tema para entretenerse.

Era una oportunidad única en la vida: Atrapar a un Dictador con ayuda de un compañero de la Wammy. Claro que si se iba a echar atrás, debía hacerlo pronto, muy a pesar de que probablemente Mello le dispararía y arrojaría su cuerpo a un lado del camino si lo intentaba. No podía escapar, no después de prometer acompañarle y chupársela. Mello estaba armado con dos pistolas debajo del abrigo. Seguramente sabía usarlas, era costumbre en su trabajo.

-¿Quieres que maneje?-Matt se movió en el asiento, tratando de perder el calambre de sus músculos.

-Vuélvete a dormir.

-¿Dejó de dolerte la cola?

-Mira, estoy bien. Vuélvete a dormir o juega un rato, no es asunto mío.

-Me quedé sin baterías.-No esperó mucho para remarcárselo.´

-Te lo pido por favor, no puedo hablar ahora. ¡Intento pensar! Aunque te aburras...

-Está bien.

Matt apreciaba que Mello intentase comportarse diplomáticamente, a pesar de que consideraba cualquier amabilidad por su persona, un desperdicio de tiempo. Suspiró, se dio vuelta en el asiento y su vista se perdió en la oscuridad. Puso las botas sobre el tablero, olvidándose de cualquier cuidado. Matt no se ofendía por una gran cantidad de cosas que consideraba sin importancia. Tenía la impresión de que el dinero no sería un problema en ese viaje. Mello había sacado -de vaya a saber dónde- trece mil dólares para comprarle ese auto prestado al amigo de Matt. Apoyaba esa cuenta desde el pensamiento y ya maquinaba diversos modos de mantenerla llena de efectivo. Matt tenía una suma considerable a su vez, que se abastecía con sombras virtuales de hombres de negocios oscuros, a los cuales había embaucado, con los años y paciencia. Era justicia: si las grandes corporaciones se dedicaban a robar la vida de cuanto tenían la oportunidad de tocar, ¿no merecían idéntico trato?

Mello anunció de pronto, sin perder tiempo en solemnidad:

-Mi ojo izquierdo mira borroso.

-Qué mierda, tío.

Matt pudo evitar observarlo fijamente.

-No parece que te sorprenda mucho.

-Lo primero que hiciste cuando te paraste, ni bien te sacaste los vendajes, fue mirar a tu alrededor y maldecir. Lo supuse. Cuando estábamos empacando para irnos, me acerqué por tu lado sin hacer ruido y casi te me mueres de susto. Con eso me lo confirmaste.

-Me alegra ser un juego divertido para los niños inteligentes, pero volvamos a lo que te decía:

no podría hacer nada para defenderme si alguien se me acerca por la izquierda con un arma.

Siquiera verle.

Mello parecía ponerlo a prueba con sus palabras. Y Matt respondió con la promesa esperada:

-Estaré todo el tiempo pendiente de ti para evitar que eso pase, tranquilo.

-Eres todo lo que me queda ahora, así que oír eso me hace feliz.

-No pareces la clase de persona que se arriesga sin tener al menos un plan alterno, más allá de

que sí seas un desvergonzado. Así que perdóname si no te creo.-Se lo decía una sensación

visceral.

Mello le ofreció una media sonrisa.

-Gracias por la confidencia. Me quedaba sólo un contacto extra, pero es una mujer.- Matt estaba sorprendido, pero lo disimuló prendiendo un cigarrillo.

-Actualmente es del SPK , pero solía ser agente de la CIA.

-¿Subordinada de Near? Parece perfecto.

-Seh.-Mello adoptó un tono que arrastraba las letras.-No pensé que estarías tan actualizado, ¿cómo lo averiguaste?

-Trato de estar al tanto de todo lo que tiene que ver con Kira, aunque las noticias en general se

me antojan aburridas. El estilo de Near es pasivo: no sería sorpresa que manejara el SPK, tan

apegado a las normas como suele ser. Sin contar que varios miembros de la CIA y el FBI

renunciaron simultáneamente , al mismo tiempo que surgía el SPK. Eso lo sé porque hackeé un par de bases de datos. La única persona que tiraría semejantes hilos tan discretamente, sería Near. Todo sea por agarrar a Kira, ¿no?

-Lo que significa que sabes quién es mi contacto, ¿verdad?-Matt tuvo la impresión de que Mello intentaba averiguar cuál de los dos tendría un rango más alto si ambos trabajaran para

Inteligencia. A eso -y sólo eso- se debería el tono desafiante en su voz.

Tuvo que admitir que no podía decírselo con precisión.

-Eran tres mujeres...Podría ser cualquiera de ellas.

-Halle Lidner. Dejando de lado a Near, el SPK son a penas tres sujetos. Matamos a todos los demás. A ella la necesito viva para ver cuáles son sus órdenes. Puede que Near no haga nada con sus propias manos pero maneja los hilos tras el telón de fondo.

-¿Eso quiere decir que la tenemos de nuestro lado?

Matt abrió la ventana para expulsar el humo del cigarrillo. Mello se puso rígido, sombrío.

-Lo sabremos eventualmente. No podría asegurártelo ahora.

-Como quieras. -Matt no ahondó en sus dudas, simplemente se acostó de nuevo a seguir fumando su cigarrillo en el asiento.

-Se me olvidó lo asquerosamente manejable que puedes llegar a ser.

Mello le clavaba la mirada, el aire que circulaba en el interior del auto hacía que su cabello

rubio le golpeara en la cara.

-Estamos a mano, porque se me olvidó que hacías esos comentarios TAN fuera de lugar.

Era un buen momento para agregar que estaría de acuerdo con lo que Mello hiciera si la tal Halle resultara ser una traidora, pero prefirió esperar un poco más.

-Soy impredecible y tú no discutes, así que vamos bien juntos.-La voz de Mello adquirió una

intensidad tal, que Matt casi pudo tomar sus palabras entre manos: así de tangibles eran. Pero

hubiera querido arrojarlas por la ventana con rapidez espástica.

-Supongo.- Matt asintió levemente y se dedicó a observar sus zapatos con fijeza: una vez más los encontraba MUY interesantes.

Mello tenía insomnio como nadie imaginaría. Esa fue una lección bien aprendida por Matt a lo largo de ese viaje por Estados Unidos. Comía chocolate compulsivamente, tenía que ir al baño y a cargar gasolina, pero salvo por esas pequeñas paradas: hizo el camino en dos días, sin detenerse ni una sola vez. Luego la cabeza le cayó sobre el volante sin previo aviso, casi llevándose al infierno un papi y una mami con cuatro retoños en el asiento trasero de una camioneta, por lo que Matt aceptó gustoso el honor de tomar el mando un par de horas.

Mello dijo que necesitaba relajarse y eso convenció a Matt de parar en un motel barato, a las afueras de Nueva cierto modo era una pena, porque detrás del volante uno podía perderse toda la eternidad. No quería discutir, a pesar de que si se trataba de relajación, en su departamento había una conexión a internet más que decente, juegos de última generación , podían ordenar pizza y disfrutar de la civilización.

Si una cama desvencijada hacía que Mello tuviera ideas coherentes (más una barra de chocolate en sus labios y las contraseñas para hackear al gobierno desde la laptop de Matt, sin contar una televisión de pantalla defectuosa) entonces bien por Matt también, porque el liderazgo era algo para lo que no estaba hecho.

Necesitaba ducharse y dejó a Mello con sus pensamientos, independientemente de cuáles fueran. Quería sentir calor. Las gotas que se rociaban desde la ducha estaban frías. Matt esperó, temblando en la semi oscuridad de una luz débil y maldiciendo el calentador del motel barato, que hubiera colapsado tan fácilmente. No le molestaría si fuese sólo el frío, pero estar desnudo era un golpe bajo. En contra de los estremecimientos, la nada absoluta: exposición total. Nadie podía cubrirle esa piel y eso le dolía. Las flamas habían devorado con lentitud el cadáver de su madre.

Matt contempló el proceso durante horas, enterrado como estaba en la nieve.

Pasó horas en ese estado, atrapado en el mismo automóvil. Y ese recuerdo nunca lo abandonó. No le gustaba mucho pensar en que las llamas que reclamaban a su Madre bien pudieron ser las que ayudaron a evitar que muriera. Le enfermaba ese recuerdo. Su piel de gallina, producto del frío que calaba sus huesos, se disolvió bajo el agua caliente y entonces recordó que tenía los lentes puestos aún. Al gritárselos, se obligó a soportar la luz fluorescente, que le dañó terriblemente, para limpiarse. Usó la pequeña botella de Shampoo y una barra de jabón que proveía el dependiente. Pasó mucho tiempo bajo el agua, con los ojos cerrados, esperando a que el vapor calentara el ambiente lo suficiente como para no pasar penurias ni bien pusiera un pie fuera de la ducha. Flotaba en la oscuridad.

Viento frío mermando el precioso humo calórico: La puerta se había abierto sin previo aviso. Matt entreabrió sus ojos para observar una figura oscura que tomó asiento frente a él en el inodoro, tras bajar la tapa. A pesar de la cortina de niebla, era Mello, sin duda alguna.

Matt se sintió algo invadido y maldijo su estupidez al no trabar la puerta.

-¿Qué carajo haces?

Lo asustaba un poco que lo miraran mientras que estaba medio ciego, totalmente desnudo y húmedo. Por extraño que suene.

Mello desenvolvió otra barra de chocolate.

-¿Terminaste?Afuera está helando.

-Podría salir, si me pasaras una toalla. Suficiente baño por hoy.-Matt se incorporó.

-No quiero.

Ojalá Matt se hubiera sorprendido. Se dio un golpe fingido contra la pared.

-¿Te gusta acosar a la gente que trata de relajarse tras un día difícil?

-Me gusta verte desnudo. Es todo.

-Eso he oído.

Pudo imaginar cómo se formaba la sonrisa en sus labios.

Habían cambiado lugares: ahora era Matt el que se encontraba desnudo. Deseaba arrancarle la ropa a Mello y volver a tenerlo cerca. También quería sus gafas y cigarrillos. Se limpió la cara con agua y se dijo que nada de ésto era un accidente. Por vez primera se rehusó a ceder a las ideas que probablemente Mello se hacía para disponer mejor de su cuerpo, que a diferencia de su mente, estaba MÁS que DESEOSO de colaborar. No quería subir el tono para que Mello al fin dejara de jugar, pero tampoco estaba de humor para seguir la corriente. No quiso mirarle al ponerse de pie y cubrirse con la cortina de la ducha. El aire todavía estaba tibio. Agarró una toalla cerca del toilet y se cubrió las caderas, ignorando el paso de los ojos de Mello.

-¿Has logrado alcanzar el Nirvana?-Sus ojos palpitaban,las luces parecían querer herirlos.

-Con que también lo logres, te he dejado la información que recolecté sobre los miembros del SPK. A menos que ya los hayas mirado antes de nuestro encuentro.

Quería secarse el pelo y tomó otra toalla para restregarlo.

-Los leeré más tarde.

Se puso de nuevo las gafas, sin que se le ocurriera nada más que decir. El mundo estaba debajo de una película oscura y eso le reconfortaba.

Mello levantó la vista hacia Matt, sus brazos desnudos cruzados al pecho e inclinándose para contra atacar repentinamente.

-Te gusto.

Si Matt no fumaba pronto, enfermaría. Su estómago parecía querer imitar la forma de un pretzel.

-Me alegro por ti, eso es bueno.

Mello le dirigió una mirada aún más intensa.

-También me gustas.

-Genial por mi parte, entonces.

El toque de Mello hizo que Matt agradeciera tener ropa que cubriera su entrepierna. Era profundo, a ciegas con las manos enguantadas: le tocaba brusca pero perezosamente. Nada como un rápido para interrumpir una conversación carente de revelaciones.

-Me gusta retribuir lo que creo que me han obsequiado. En ese baño me hiciste gozar y quiero que goces del mismo modo.

-No es necesario, estamos a mano. Ya sabes que me corrí, así que no tienes por qué.

Matt sentía que el calor se retorcía más abajo de su estómago. Quiso romper el espejo para

interrumpir ese encuentro que era dolorosamente intenso. Solo entonces, Mello aflojó los brazos, que le rozaron la punta de los pies, una vez caídos por inercia. Comenzó a sacarse el abrigo, con una calma sorprendente, mientras decía:

-Estamos a mano, como quieras. Ve a chequear esos archivos y dame una toalla, que voy a ducharme.

-Jefe, delo por hecho. -Matt se sacó la toalla que le envolvía la cabeza y se la ofreció.

Escuchó que Mello abría el cierre bajo la hebilla de su pantalón, antes de cerrar la puerta tras

de sí. Lo primero que hizo, ni bien estuvo solo, fue desabrocharse la camisa y tenderse en el sofá a fumar. La nicotina surtió efecto inmediatamente y se sintió aliviado. Adiós ansiedad.

Suspiró.

No sabía cuándo fue la última vez que necesitó un cigarrillo a tal punto, pero estaba seguro de que le costaría mucho no morirse de un ataque de estrés, como Mello siguiera jugando de esa forma.

Matt comprendía también que no surtiría semejante efecto de no sentirse más que atraído. Había algo más que la posibilidad de divertirse atrapando a Kira, manteniéndolo día a día en ese plan.

No podría seguir mintiéndole.

Se gustaban como el carajo. Por eso se quedaba. A pesar del frío y la humedad en su piel. Mello era una pesa de hierro y no lo ayudaba a flotar a la deriva, precisamente.

Todo era reducible en importancia y detestaba a la gente partidaria del escándalo (a sí mismo cuando lo hacía, especialmente).

Pero deseaba ser libre, no podía evitar dirigir sus pensamientos hacia aquel punto. Podía hacer

acto de desaparición. Mello no volvería a encontrarlo. Matt sólo tenía que empacar sus escasas pertenencias y largarse. Tal vez sería necesario que cubriera su rastro y asumiera una nueva identidad, vagar hasta encontrar una ciudad que le gustara, desvaneciéndose en el anonimato. Así mantendría la distancia del mundo, crearía esa burbuja mágica a su alrededor que ya comenzaba a extrañar. Algo estaba cazándole-el Ángel de la Muerte, Destino o Fatalidad-como si fuera un jugador en una realidad virtual. Aquellos oponentes cuidaban sus propios intereses, por desgracia, como cualquier oponente virtual y a Matt le gustaba pensar que podía mantenerse tan frío como cuando jugaba. Todo acabaría si la Muerte lo agarraba, pero podía jugar algunas fichas dadas por el Destino y hacerle sexo oral a la Fatalidad para salir victorioso. Siempre podía irse a jugar en soledad. No tenía por qué permanecer al lado de Mello.

Sin embargo, Matt sabía que no le sería posible huír. Ponía muchas pegas para quedarse junto a alguien que en verdad le agradaba, pero no podía irse sin más. ¿Había forma de irse en realidad o se había inventado aquellas opciones? Era tarde para abandonarle.

Se puso unos pijamas transpirados y una camiseta mangas largas, justo a tiempo para ver que Mello abandonaba la ducha. Estudió los archivos dejados en la laptop, elogió la belleza de Halle Lidner, se puso otro cigarrillo en la boca, y lo prendió. Lo único que Mello llevaba puesto era ese rosario de cuentas rojas y la toalla anudada en la cintura, cuando se dejó caer con

pesadumbre en una silla cercana.

Matt parpadea varias veces al notar que Mello se ha quitado las vendas que conservaba en la

espalda.

-¿Te sientes bien?-La quemadura le va del hombro a la cintura y se combina con la del pecho y el rostro. Comienza a abrir el paquete de una gran barra de chocolate que sacó de encima de la laptop.

-No me pasa nada.¿Cómo van los archivos?

-Bien.

El monstruo de las galletas: con voracidad, Mello rompe la barra y se la coloca en grandes trozos adentro de la boca, dedos temblorosos, saboreando la dulzura.

-Veré qué me dice Hal sobre Near. La veré mañana en la noche,¿vale?

Mello se encaminó hacia un catre sin decir más.

-Como digas.-Matt no tenía peros para él.

"Cansado" más que "sumiso", esa era la definición de Mello con respecto a Matt, algo que le irritaba. Se quitó la toalla y la dejó caer sobre las frazadas, arrojando al suelo su barra de chocolate sin terminar todavía.

Matt intentó surfear por internet como solía hacerlo, pero ni abrir su casilla de email, chatear, jugar o bajar pornografía logró cautivar su atención. Sus ojos volvían una y otra sobre la cama oculta por las sombras, al otro lado del cuarto: la pálida curva que formaba el hombro de Mello, visible la arruga manchada de su cicatriz, como si fuera el pliegue en el gordo de un gigante. El cabello húmedo parecía más oscuro contra la almohada blanca, tirando más a castaño que a rubio, y Matt recordaba su textura entre los dedos, siendo tan poblada la melena como para tragarlos.

Todavía sentía a Mello en el interior de su boca, deslizándose entre sus labios, mientras que él succionaba. A tal punto que necesitaba tocarse. Ahora mismo. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, buscó entre sus piernas el sexo que comenzaba a levantarse, pero se detuvo en seco antes de comenzar a rosarlo con la punta de sus dedos. Era ridículo. Aguantarse de esa forma no tenía razón de ser. Eso se había terminado desde el momento en que emprendió ese viaje a Los Ángeles para responder las súplicas llorosas de Mello y salvar su alma corrompida.

"A lo mejor el único aquí que necesita salvación soy yo", pensó Matt, sombrío mientras que

apagaba la laptop, que era la única luz prendida en la habitación. Sus pisadas se oían demasiado altas, por encima del papeleo volcado a sus pies. Fue a sentarse al borde de la cama, mirando a Mello en la oscuridad, sabiendo que estaba despierto aún.

-¿Todavía sientes más calor del que deberías?-Matt se rozó la entrepierna con gran alivio y

retiró las manos antes de que le fuera imposible hacerlo. Pasó un segundo hasta que Mello se

movió por encima de las sábanas.

-De hecho, estoy mejor que antes.

Matt sacudió la cabeza, haciendo tiempo mientras que pensaba en algo para decir. Observaba el rostro de Mello con dedicación: encontraba tanta confianza en él que no encontraba palabras para describirla. No era la expresión de un tipo desnudo y punto : en cierta forma era cálida. Matt extendió las manos y buscó el cuello de su camiseta, para sacársela y arrojarla al suelo. El aire le sentaba como hielo a la piel, pero necesitaba la desnudez, y dejó su ropa lejos, cerca de la toalla caída. Los ojos de Mello le pesaban con dulzura cálida, en cuanto se sacó los pantalones húmedos y volvió a estar desnudo ante él.

Mello tomó aire de su aliento con poca delicadeza, su cuerpo se sacudió cuando Matt le arrancó las frazadas y se deslizó junto, haciendo muecas de disgusto ante la milimétrica distancia que les separaba. Se recostó contra la almohada, sin saber exactamente qué esperaba Mello que hicieran y hasta dónde lo dejaría llegar. Seguía sin moverse y justo cuando Matt estaba a punto de olvidar el asunto para irse a dormir, Mello se dio vuelta y se puso sobre él, cubriéndose aún con la frazada sobre ambos. Era pura piel cálida y huesos afilados.

-Tengo suerte de que me gustes.-Murmuró Mello, dejando caer su cabello en las mejillas de Matt.

Estaba húmedo y todavía olía a shampoo.-Haré que goces conmigo.

-Vale.-Fue lo único que pudo decir Matt, entregado a la sensación del cuerpo de Mello sobre el suyo. Él tocó su pecho y sujetó sus pezones entre las uñas.

-Podemos hacerlo hoy y olvidarnos de volver a tocarnos una vez que lleguemos a la ciudad, que al fin y al cabo ir por Kira es más importante. No tenemos que hacer nada más por hoy.

Matt quería observar únicamente el rostro de Mello, pero la cercanía lo traicionaba y el aliento

del otro hombre le caía en las mejillas.

-¿Para eso nos detuvimos en primer lugar?

***

-Seguro.-Mello ya no le prestaba atención, se dedicaba a acariciarle el cabello, para luego

quitarle las gafas.

-Supongo que debería enorgullecerme. Es decir, todo un rodeo para tener sexo conmigo. ¿Así de bueno estoy?

Era un chiste, pero a Mello no pareció hacerle risa sonaba forzada, antes de que presionara los labios contra los suyos, con brusquedad, mientras que murmuraba:

-Te deseo demasiado. Allá en el camino, quería parar en medio de la carretera para que tuviéramos sexo en el asiento trasero.

Solo decir eso fue como prender fuego en su piel, que se estremeció y endureció. Mello se dio

cuenta y frotó su cadera contra la de Matt, donde las erecciones comenzaban a crecer, tocándose. Lo único que pudieron decirse de ahí en más fue en un lenguaje compuesto de gemidos y jadeos.

Matt devolvía cada beso con ardiente pasión, hambriento como estaba por el calor y la suavidad que abundaba en la boca de Mello.

Al menos no era mentira que le deseaba. Había salvajismo en sus modos, resultaba absorbente, como si sólo pudiera pasar una vez, en ese mismo instante. Sus manos se deslizaban sobre el cuerpo de Matt, intentando tocar todo a la vez. Sus palmas le quemaban y sus uñas se hundían en su cadera.

Sus besos le dominaban, mordía sus labios y le robaba el aliento. Estaban sudando, el deseo le

dolía en la sien. Matt no tenía preferencias en materia sexual: se satisfacía haciendo el amor con cuidado del mismo modo que cogiendo con dureza. Ahora Mello hacía correr la lengua sobre su mandíbula. Pensó que irían por la segunda opción, pero parecía que el asunto viraba hacia un lugar al que nunca llegó antes.

Mello no dejó sin besar una sola pulgada de su cuerpo o al menos, así lo sintió Matt. Lamió sus

dedos, le besó el tendón de las muñecas.

Mordió su lóbulo, lamió sus pezones. En cierta forma, se sentía lentamente devorado, una

agonizante pulgada por vez. Sin embargo, a Matt le importaba poco y nada. Le bastaba con sentir el cabello húmedo de Mello contra su piel caliente y los dientes que dejaban marcas de besos en su vientre, viajando con suavidad hacia su ingle. Dejó que separara sus rodillas, aunque temblando bajo sus palmas y mirando con atención a Mello, que observaba la erección en medio de sus testículos. Matt comenzó a jadear cuando Mello respiró encima de su pene: aliento cálido en piel sensible. Empujó la punta. Y Matt gimió con ansiedad por la humedad de su boca alrededor, pero Mello solo dibujó espirales y retrocedió, antes de respirar de nuevo sobre él, jugando.

Las caderas de Matt mostraban su impaciencia hasta que Mello apouó las manos en ellas para calmarlo.

-Chúpamela.-Suspiró con fervor.-Por favor.

Mello entrecerró los ojos. A pesar de estar a oscuras, era evidente el brillo de la lujuria en ellos, al menos para Matt. Su boca también ofrecía una media sonrisa. Besó la punta del pene antes de pasar su lengua por encima una y otra vez, profundizando entre sus piernas, separando sus testículos, presionándolos. Matt suspiró y aferró las sábanas con sus puños. Sentía la lengua de Mello en su parte más sensible: era una boca, húmeda y caliente que siempre quiso experimentar en carne propia, sobre todo ahí. No muchos habían llegado a tanto con él. Mello lamía suavemente y deshacía el cuerpo de Matt en caricias. En ese entonces, pensó que aceptaría hacer cualquier cosa, ir a donde fuera necesario, pero a penas y podía limitarse a repetir el nombre de Mello como un mantra.

Repentinamente se desvaneció aquella boca y su entrepierna su estremeció. El calor llegó de repente: Mello estaba sobre él, los labios húmedos y el sexo rígido, presionando contra el estómago de Matt, atrapado entre la calidez de su cuerpo. Mello apretó su cadera contra la de Matt, que correspondió sus avances, gimiendo, aferrándole, buscando tocarle cada vez más. Era salvaje. Los movimientos eran desesperados, pero a penas se le escurrieron susurros para expresarlos, a penas despegando su boca de la de Matt.

-Deja que me venga dentro de ti.

Matt no quería que Mello dejara de tocarle, por lo que se dejó hacer, soltándole los cabellos rubios, alejándose lo suficiente como para que pudiera moverse. Mello se levantó y abrió el cajón de la mesa de luz. Matt no se sintió ofendido por el hecho de que guardara un tubo de lubricante ahí, de antemano, con toda la seguridad del que sabe que acabará teniendo sexo con su acompañante. Era mucho mejor usar eso antes que vérselas creativamente con shampoo y/o acondicionador.

-Rápido.-Matt se sintió enfermo de urgencia cuando Mello se sentó en su estómago.-Te necesito,Mello,vamos.

Su voz era gruesa y extraña, pero por el momento le interesaba más que el dueño intentaba meterse entre sus piernas. Quería tocarse, iba a hacerlo, pero entonces oyó que el lubricante caía al suelo. Mello aferraba su cadera, con una de sus manos, en tanto la otra deslizaba los dedos en su interior, con cierta brusquedad, pero eso no empañaría el deseo de Matt, que se arquearía para sentirlo más adentro. Su cuerpo no sentía pena por la invasión. Oyó un débil gemido desde la boca de Mello, mientras que retiraba sus dedos. Sintió la punta de su pene. Sollozó cuando se le estocó de un solo movimiento. Era una sensación electrizante por lo cruda al final de su espalda.

Dolía, pero no lo suficiente como para que quisiera apartarse. Sus cuerpos estaban unidos por la entrepierna. Era un momento tenso y delicado.

-Adentro de ti se siente bien.-Suspiró Mello, imbuido en una atmósfera pacífica, en tanto entraba y salía del cuerpo de Matt sin vergüenza alguna. Era una noche dedicada al placer. Intentó ir a su ritmo, pero Mello lo absorbió, jalándole por las caderas. Su máxima ayuda consistía en hundir la frente en la almohada y gemir en su oído, dolido en la ingle. Jadeaba y oía los latidos de su propio corazón, pero quería un orgasmo a toda costa, le importaba un bledo si moría para conseguirlo.

Sintió que una oleada de calor se derramaba en su interior:Mello se corría dentro suyo. Se vació con un gemido tan adolorido que Matt se sonrió.

Mello lo soltó y se tendió a su lado, para luego sujetarle la erección. Todavía tenía lubricante en las manos. Frotó con el pulgar hasta que Matt explotó, aliviado.

Y se dejó caer sobre las sábanas, las piernas enredadas en las de Mello, cuyo sexo estaba blando otra vez. Habían colapsado, pero no querían permanecer sobre las sábanas manchadas. Jadeaban. El cabello se le enreda, humedecido en sudor, allí donde solía llevar las gafas. Intentó quitársela de la cara, pero de algún modo, Mello se le adelantó y sus dedos se frotaron contra las hebras rojizas. Gimió con suavidad cuando Mello salió de él, dejando un rastro de calor sobre sus piernas. Se tendió a su lado y la cama crujió. Todavía tenía sueño, pero no sabía si era propicio pasar la noche ahí. El cabello de Mello se arremolinaba sobre sus mejillas, rizado y olvidado. Su piel brillaba por el sudor y Matt quería tocarle, allí en el estómago, para sentirle respirar y luego acariciarle, en donde aún había humedad a causa del orgasmo.

Los ojos de Mello siguen entreabiertos, sin embargo.

-¿Fue bueno?

-No estuvo mal.-la voz de Matt se ahogaba contra la almohada.

Decir que fue "bueno" hubiese sido MENTIR. Era mucho más que sólo eso.

Tenía la impresión de que ponerlo en palabras haría que perdiera el encanto. Mello no parecía
tener nada por decirle, pero se dedicó a acariciarle la espalda, como por accidente. Aquel
contacto se fundió con la ola de calor que recorría a Matt. Los ojos de Mel se cerraron, pero

Matt se las arregló para mantenerse despierto un tiempo más, escuchando aquella respiración
extraña, el sonido que hacía el aire al entrar y salir por los pulmones de su amante. No quería
pensar en el mañana. Logró su objetivo, al menos en parte. Al caer rendido al sueño, se sintió a
salvo y caliente. Eso ya era bastante por el momento.

***

A Matt le gustaba pensar que no tenía un hogar al cual volver, pero no pudo evitar sentirse a
gusto ante la puerta abierta de su apartamento, desde donde podía divisar las formas ocuras de sus consolas de videojuegos y el sofá desvencijado en el living desordenado.

Trozos de luz se colaban por las ventanas, cuyas persianas estaban bajas, pero eso era toda la
iluminación que ofrecía el cuarto. A Matt le gustaba mantenerlo así.

-Parece una morgue.-Comentó Mello, cerrando la puerta detrás suyo y quitándose la chaqueta.

-Deja que te muestre en dónde escondo los cadáveres.-Mello emitió un sonido, claramente
sorprendido y sus tacones se perdieron en el pasillo alfombrado, mientras que Matt enfilaba al
baño. Estaba más sucio que de costumbre, pero sólo porque se duchó rápido antes de irse a L.A. Los diseños abstractos del protector de pantalla que usaba para sur ordenador, se torcían en formas rojas y doradas. Parecían ofendidos por su prolongada ausencia.

-¿Cómo te las arreglas para no perderte en la basura?-Exigió saber Mello, pateando una caja de pizza con la punta de su bota, haciendo una mueca al notar que todavía quedaba comida adentro.

-Me las arreglo.-Contestó Matt, descalzándose al borde de la cama.-No pareces alguien que tiene la casa ordenada, además.

-Pero tampoco es un desastre.-Mello pasaba la mirada por el cuarto, las paredes despintadas y el suelo cubierto con empaques de viejos videojuegos y sus respectivas consolas, más botellas vacías de alcohol.-Y no hay cadáveres.

-Aquí tampoco, era una mentira.- Matt se sacó el cigarrillo de la boca tras decir eso y luego se

dejó caer sobre la cama, enterrando la cara en la almohada de un solo movimiento, algo brusco.

Le dolía la espalda. Dejó de lado las quejas que su cuerpo le arrojaba, junto con el cigarrillo
en el cenicero. Sabía que Mello lo observaba.

-¿Es hora de dormir para Matt?

-Siempre.-Se acomodó mejor en la almohada, colocando los brazos bajo ella.-Avísame si necesitas ayuda para embellecerte antes de ver a esa Lidner.

-Soy hermoso y no preciso nada, gracias.-Le contestó entre dientes, mientras masticaba otra barra de chocolate. Matt se rió por dentro, cerró los ojos y se abandonó. La presencia de Mello ahí, resultaba caliente y vibrante. No le hubiera molestado que fuera a hacerle compañía en la misma cama, pero parecía que ese muchacho tenía sus propios planes. Por norma general, a Matt no le gustaba que la gente revisara su mierda, pero Mello inspeccionando su clóset era una excepción a toda regla. Se quedó dormido cuando escuchó que abría los cajones de su escritorio. Demasiadas horas sin descansar dejaban rastro. Ya estaba casi inconsiciente cuando oyó que Mello abandonaba su cuarto para ir a chequear el resto de su antro.

Soñaba que caminaba por un campo helado, cubierto de nieve, cuando un ruído fuerte (de algo que se estrellaba) lo despertó. Parpadeó varias veces, hasta que pudo ver a Mello desconectando los varios ordenadores situados en su escritorio.

-¡Basta!-Alcanzó a articular, intentando frotarse los ojos y golpeando las gafas de aviador en el proceso. Se las quitó, con el movimiento de frustración y notó por las luces purpúreas que ya era de noche.

-Las necesito.-Le explicó Mello, cogiendo un enorme CPU y temblando bajo su peso. Parecía que lo hubieran usado hombres de las cavernas, pero en realidad funcionaba a la perfección, teniendo en cuenta que era chatarra hasta que Matt lo re-construyó.

-Vale, pero cuidado con borrar mi porno.-Sin decir más, se arrojó de nuevo sobre la almohada.

Afortunadamente, no volvió a caer en su sueño más regular. Descansó, sin dejarse molestar por viejas pesadillas entrando y saliendo de lugares recónditos de su mente, a penas y deteniéndose para sacarse las botas, el abrigo y los guantes, antes de volver a su anterior posición.

Se despertó alrededor de las doce de la noche, en medio de un inquietante silencio, pensando que tal vez era hora de ponerse ropa de cama, antes de volver a caer dormido nuevamente. Era de madrugada cuando volvió a despertar. Sentía que lo empujaban al borde de la cama, y estaba a punto de caerse. Entreabrió los ojos y se encontró mirando un par de caderas cubiertas por cuero, que desembocaba a un par de piernas igualmente ataviadas.

Los pies de Mello eran delgados y blancos como leche. Relucían en la oscuridad. Sus dientes
mordían una barra de chocolate, silenciosamente, pero tan alto que llamaban la atención a Matt, que comenzó a restregarse los ojos.

-Llamé a Halle.-Le comentó desde donde estaba, sentado a la cabeza de su cama, dejando que unos trozos de dulce cayeran sobre las sábanas. Matt respondió con un gruñido y se quitó su camiseta, dando a entender que compartía la misma cama, sentía calor y no precisaba la ropa.

-Tendría que ir a verla luego, porque no quiso decírmelo todo por teléfono.-Mello sonaba
nervioso.

-¿Vas a tirártela?-Matt se preguntó en qué mundo bizarro eso era un buen tema de conversación.

Mello pareció despertar de su letargo, en el que no fijaba la vista en ninguna parte, para luego
incorporarse, clavándole la mirada.

-No. ¿Por qué preguntas?

Matt se restregó los ojos, antes de volver a cerrarlos.

-Si cogieran, ella se portaría mejor, ¿no crees?

-Cierra la boca y vuelve a dormir.-Mello sonaba más sorprendido que irritado.

No tuvo que decirlo dos veces para que Matt se moviera cerca del calor oscuro que manaba del cuerpo de su interlocutor, para volver a perderse en sueños que olían a invierno, hasta que volvió a despertar agitado, sintiéndose muy pesado.

Una ráfaga de viento entró en su ropa e intentó robarse su calor corporal, sin que Matt entendiera sus motivos. Al fin y al cabo, con sólo siete años de edad y su Madre ardiendo en el interior de un auto, muera ya y todavía quemándose, no tenía mucho por ceder. A Matt le llamaba la atención que los vivos se perdieran en el fuego del mismo modo que los muertos y se imaginó a su madre prendiéndose fuego a sí misma con su último aliento.

De última, fue un suicidio. Ahora se volvería cenizas, como siempre quiso. "Quisiera morirme", siseaba en su oído y luego succionaba más cerveza de sus botellas, sentada en la sala familiar,
que olía a cigarrillos y depresión. A menudo la miraba desde las escaleras, preguntándose si lo
que quería no era que él muriera en su lugar. No le hubiera molestado hacerlo, en tanto fuese una muerte silenciosa. No quería irse con escándalos.

Siempre supo que su madre tendría un desastre por Muerte. Porque a él sólo le tocaría una manta sobre los hombros, una taza de té caliente que le quemaría las manos y soportar estar adentro de la ambulancia, en tanto ella no era más que una montaña de polvo reseco sobre la cual cerrarían una bolsa oscura.

Sabía que al mirar el cielo, las primeras luces de la mañana lo cegarían, pero lo hizo de todos
modos. El shock le afectó la vista, o eso dijeron los médicos, pero le fue posible recuperarla
cuando viajaba en helicóptero a Wammy. Pudo ver las cruces sobre la capilla, encendiéndose en rojo rubí con el sol que asomaba en el horizonte y se estremeció porque la luz parecía una garra que le arrancaba de cuajo la escena. Fue como si le prendiera fuego al interior de sus ojos.

Nunca podría salir a ver el sol del mismo modo. Siempre intentaría violar su cráneo, llenándolo
con luz hasta robarle la identidad.

El futuro se plantó ante su puerta: era sólido y había llegado a él, gracias al desastroso pasado
que tuvo. Sabía que sería de esa forma. Pero tenía sueños propios y esos se desenvolvían en el
presente. La nieve llenaba sus zapatos. El viento penetraba en su ropa. El calor del fuego que

carcomía a su madre enfrente y su espalda congelándose. Por último, como si cayera dormido, el lugar donde le llegó la muerte a quien le dio el ser. Mail Jeevas quedó ciego. Tenía calor, la piel ultransensible que el viento había maltratado. Pensó que no podía ver, entonces notó que era el cabello de Mello, cubriéndole el rostro. Lo sabía por su olor (había azúcar en su aliento e impregnaba el aire a su alrededor) y la forma con que su cuerpo se pegaba al suyo (era como seda húmeda). Dormido, no podía hablar, pero ahora le invadían miles de sensaciones a la vez. Eran profundas e innombrables. Sólo Mello podía ayudarle a aplacarse.

No le sorprendía despertar jadeante y erecto a medias, mientras que el cuarto comenzaba a bañarse en las luces de la mañana.

Intentó volver a dormir, pero necesitaba calor y no quería perder lo que acababa de ganar.

Entonces vio que Mello también estaba despierto y esto parecía lo más importante de todo el
mundo. Matt quería hacer realidad alguna de sus fantasías y Mello era lo más real que tenía cera suyo en esos momentos.

Uno de sus brazos estaba apoyado sobre su frente y con el otro se cubría el propio rostro, como si el drama de su existencia fuese demasiado fuerte como para osar enseñarlo. Por desgracia para su juicio, ambos tenían ropa aún: el cuero se perdía en el color gris de las sábanas de Matt, a oscuras. Matt hizo que sus dedos corrieran por los bíceps de Mello, siguiendo la línea de una vena azulada bajo la piel tensa. Mello respiraba con pesadez. No despertaba, aunque abrió los labios para dejar escapar un suspiro de estos.

Matt se preguntó si a Mello le molestaría que se masturbara cerca suyo, pero comenzaba a
cansarse de pensar en vez de actuar. Ese hotel era para continuar, nada de poner fin a esa
relación tan deprisa. Matt se inclinó para besar sus labios y luego diseminó suaves besos en su mejilla izquierda, bordeando la cicatriz.

Mello pareció despertar al besarle la nariz y entonces bajó nuevamente a sus labios. La presión
contra ellos se volvió más insistente y comenzó a buscar el cierre de su chaqueta.

La lengua se le deslizó en la boca y buscando entre el afilado peligro de los dientes hasta

llegar al terciopelo caliente en el fondo, todavía amargo por la somnolencia, pero a esas alturas, a Matt no le importaba. Se dio cuenta de que Mello comenzaba a aferrarle con fuerza, así que retrocedió con dulzura, besando sus mejillas de nuevo, en tanto sus palmas se deslizaban abiertas y tibias sobre su cuello.
-Hola a ti también.-Murmuró Mello, estremeciéndose bajo el peso de Matt, sonriendo al palpar la ingle que se presionaba contra la suya.-¿Dormiste bien?¿Soñaste algo?

-Tal vez.- Matt enterró la cara en el cuello de Mello, respirando su esencia, memorizando su
sabor.

Creyó que Mello se burlaría por desobedecerle con eso de que el motel era el final de lo que tenían, pero no le dirigió más que un gemido cuando comenzó a morder su cuello. Creía conocerle el cuerpo debido a las horas que pasó mirándolo en el refugio, pero en tanto el sol se ocupaba de brillar afuera, lo único que a Matt le importaba era determinar los puntos erógenos de Mello, entre los que contaba ahora el cuello, junto con los pezones y los testículos. Quería explorar incluso más, pero la ansiedad se lo impedía y Mello no parecía interesado en esperar mucho. Los pantalones de este tampoco cubrían ahora más que la mitad de sus caderas y la hebilla de su cinturón golpeó con fuerza el suelo cuando las rodillas de Mello dieron contra su pecho, sin querer ser muy brusco y con resultados dudosos. A Mello no parecía molestarle. Respiraba profundo y se agitaba al momento en el que Matt se introdujo en él, con lentitud para mayor placer por ambas partes. El cuerpo de Mello era caliente y apretado y le succionaba a medida que se adentraba. No se detuvo hasta que sus ingles estuvieron perfectamente unidas. Jadeaba, sosteniéndose en brazos temblorosos, mirando a Mello retorcerse y aferrar las sábanas, con los ojos fuertemente cerrados.

Minutos más tarde-o siglos-comenzó a moverse contra su cadera, sin ritmo en absoluto, puesto que sólo quería sentir el calor del cuerpo de Mello.

Caliente y pegajoso, todo lo que deseaba desde que lo encontrara moribundo y derrotado pero aún esperanzado, como si esas cicatrices no fueran más que pequeñas rocas en su camino, que no vacilaba en saltear.

Aunque sus cuerpos se desesperaron al tocarse y el cabezal de la cama golpeara fuerte la pared, Matt creía que su atracción era más que sólo física. No eran sólo sus gemidos al arquearse en la cama y las sacudidas de su cuerpo al recibirle. Llegó al borde del orgasmo, viendo luces a su alrededor. También aferró las sábanas y fue tan profundo como le era posible, apretando las caderas de Mello contra la cama. Aquel nombre brotaba de sus labios una y otra vez, como un llanto en éxtasis. Se derramó adentro, dejando rastros blancos en su piel.

Dobló los codos y colapsó encima de Mello, respirando con dificultad. Buscó su erección entre las piernas, pero sólo encontró calor pegajoso y carne suave. Mello suspiró en su oído, mordiéndolo.

-Pesas mucho.

Matt se disculpó y se volvió a un costado, con su mano aún sobre el pecho de Mello, sintiendo
cómo le latía el corazón, que le llegaba por debajo de la piel.

-Dime si te gustó lo que he hecho.-Susurró mientras que agarraba uno de sus pezones entre los dedos.

Mello le miró, rubor todavía alzado.

-La verdad no.

-¿En serio?-Matt le guiñó un ojo y se recargó sobre un codo, mirando las marcas que su pasión dejó en el cuello de Mello.-Creo que esa no es la opinión de tu cuerpo.

Mello sonrió, colocando los brazos detrás de la cabeza.

-Pero mi cuerpo no habla por sí mismo, qué pena, ¿no?-Miró a Matt.-¿Acostumbras tratar así a tus compañeros de cuarto?

Matt se pasó los dedos por encima de los rasguños que Mello había hecho encima de sus hombros, con curiosidad.

-Sólo cuando me atraen.

-Y supongo que te gustaría seguir haciéndolo.

Matt lo miró como si hablara incoherencias.

-Naturalmente.

-Sólo me aseguraba.-Mello le sonrió con picardía, tensando los músculos del abdomen en tanto se incorporaba y sentaba. La camisa abierta le resbalaba de los hombros. -Y es algo bueno, porque me gustas mucho y no sé si podría prometer no aprovecharme de ti mientras tomas una de tus siestas.

-Tal afirmación me honra.- Matt no mentía. Tenía la impresión de que Mello no apreciaba a mucha gente.

Mello se sentó al borde de la cama, de espalda a Matt y se sacó los pantalones.

-El que me gustes no es algo bueno. Quizás te maten justamente por eso.

Matt se encogió de hombros y se cubrió con las sábanas, que ahora olían a sexo y perduraba el
aroma de Mello por encima del suyo.

-Venga, todos tenemos que morirnos algún día.

-Supongo.-En esa única palabra parecía esconderse una gran cantidad de agradecimiento. Se puso las botas y omitió abrocharse los pantalones.-Me ducharé. Haz algo útil, diablos.

-Lo haré.- Matt no se movió ni un centímetro de su lugar en la cama. Vio a Mello salir del cuarto y escuchó el agua corriendo por las baldosas del baño. Y ese sonido le parecía un arrullo, por lo que se dio cuenta de que volvería a dormirse si no se levantaba y hacía algo.

Lo primero en lo que pensó cuando terminó de ordenar un poco y se colocó las gafas, que le
aguardaban en el olvido sobre la mesa junto a su cama, fue en ir a chequear su casilla de
correos, pero al ver el escritorio vacío recordó las labores de Mello, comenzadas la noche
anterior. Tenía un par de viejas portátiles que usaba para juntas gamers, pero al buscarlas en el
closet tampoco estaban. Aparentemente, Mello se había puesto a gusto en su casa.

-Eso se llama "recuperarse", ¿cierto?-Se quejó consigo mismo al enfilar a la sala de estar, en la

que encontró justamente la prueba del delito: una pila de computadoras, USBs, cables de Ethernet, routers, entre otros cachibaches que ni recordaba poseer en primer lugar. Tendría que haberlo visto venir: Mello sin supervisión alguna no podría ser sino un desastre. Por otro lado era su culpa. Aunque le hubiese pedido permiso, probablemente la respuesta de Matt hubiera sido un "sí" muy brusco y gruñidos a causa del sueño interrumpido.

No pudo calmar su curiosidad e intentó examinar los cables para tener una idea de las intenciones de Mello con sus electrodomésticos pero parecìa que por el momento no se trataba de más que de acumularlos en un solo lugar. Se le puso la piel de gallina. Tenìa frìo. Iba a volverse al cuarto para buscar abrigo, cuando le dio un vistazo al baño. Mello se cepillaba los dientes junto al lavabo, de nuevo vestido.

-Ese es mi cepillo de dientes, primor.

-"Nuestro" ahora, querrás decir.-Mello le sonrió a sus protestas. Tenía la boca llena de espuma.

Matt iba a discutir, pero se dio cuenta de que no le importaba lo suficiente. Después de las
computadoras, un cepillo de dientes daba lo mismo.

-Vale, pero, ¿sabes? Acostumbro tallar el inodoro con él.

-Mentiroso.

Mello no le prestó más atención y Matt siguió camino al cuarto.

Hacía años que no lavaba y olfateaba lo que esperaba que fuese una camiseta limpia cuando Mello irrumpió en la habitación, con su chaqueta puesta y una barra de chocolate entre los dientes punto de retomar la carrera, en suma.

-¿Llave extra?

Matt murmuró un "sí" ajustado en tanto se metía una polera por la cabeza.

-Veinte pasos a la derecha de la puerta de entrada, cinco zancadas, da media vuelta y siete
pequeños pasos, más dos hacia atrás. Debería estar escondido bajo un trozo suelto de felpudo.

Mello le miraba como si acabara de salirle otra cabeza.

-¿Nada más? ¿Nada de menear el trasero y hacer la Macarena para que aparezca la dichosa llave?

Matt se sonrió ante la imagen mental.

-Podrías hacerlo si te apetece, aunque no es algo que haría una persona en pleno uso de sus
facultades mentales. Siéntete libre de robarle la llave a uno de mis vecinos y bailar como si
fuera el fin del mundo. La llave te lo agradecerá, probablemente.

-¿No podrías esconderla delante de tu puerta o debajo del tapete o algo?

-Eso sería el primer lugar en el que buscaría alguien que quisiera entrar en mi departamento.

Matt agarró un paquete de cigarrillos y un encendedor de su escritorio.

-Además, buscar la llave es divertido, aunque te haga ver como un idiota.

Mello suspiró y rodó los ojos.

-Supongo que si lo dices por algo es. Vuelvo tarde.-Levantó la mano enguantada a manera de saludo y se fue.

-Nos vemos, entonces.

Matt prendió el cigarrilo. Siguió a Mello con la mirada hasta que dobló en una esquina del pasillo y segundos más tarde oyó que la puerta se abría y cerraba respectivamente. El silencio cayó como lo hiciera una vez la nieve sobre una manta encima de sus hombros, omenzando a borrar las escenas vividas en el departamento horas antes.

Matt se recargó contra un muro, exhaló humo por los hombros y miró el espacio vacío que solía ocupar su laptop, las sábanas manchadas que tendría que enviar a la tintorería, a pesar de que el aroma a sexo le gustaba en ellas. Se dio cuenta de que no le había preguntado a Mello a dónde diablos iba, pero estaba seguro de que lo haría cuando regresara, a pesar de que no era costumbre en absoluto. A pesar de que era posible que si Mello mismo estuviera al tanto de que el desenlace de sus propios planes, que se improvisaban a medida que se movilizaba, del mismo modo en que sucedía con el montón de computadoras apiladas en su sala de estar. Pero Matt estaba dispuesto a seguirlo hasta el final, sin importar los oponentes que asecharan para atraparlos a ambos. Lo que resultaría en una muerte segura, casi como lo sería un sorbo a una botella de veneno por parte de alguien dispuesto a entregar su vida en son de un experimento.

En Wammy había profesores que decían que Mello estaba destinado a fracasar, pero al menos, eso significaba que se movía para alguna parte y estaba dispuesto a llevar a Matt a donde sea que fuere. Mello y él no eran amigos antes de comenzar y menos que menos camaradas, pero el pasado carecía de importancia a esas alturas, en tanto el futuro estaban a punto de escribirlo.