II

AANG

Huir es egoísta, huir es cobarde, huir es imperdonable. El silencio me acompaña. La tranquilidad. La serenidad. Nada me puede perturbar. No sé dónde estoy y tampoco me importa. Tampoco puedo saber quién soy exactamente. Hay un montón de imágenes difusas en mi cabeza, que no para de dar vueltas. El silencio se rompe. ¿Qué ha podido pasar? Oigo ruido, mucho ruido y movimiento a mí alrededor. De repente, noto la fuerza y la libertad del aire envolviéndome. Respiro automáticamente. Está frío. Sin saber aún cómo, noto cómo mi cuerpo cede a la gravedad (por algún motivo eso me resulta vergonzoso) y acabo chocándome contra una superficie fría, húmeda y dura.

De repente, terribles espasmos empiezan a recorrer todo mi cuerpo. Tengo tanto frío que creo que la piel se me está quemando. Oigo un ruidito molesto "crick, crick," hasta que me doy cuenta que son mis dientes castañeando. Intento mover los brazos y las piernas, pero es cómo si intentara mover dos trozos de hielo enganchados a mi cuerpo. Empiezo a respirar con dificultad y a preocuparme. No entiendo nada. Tengo miedo de abrir los ojos. ¿En qué lugar horrible debo estar?

Unas manos me cogen la cabeza y me intentan incorporar. Son suaves, cálidas y delicadas. Mi miedo desaparece de inmediato. Esas manos me empiezan a acariciar la cara, me siguen las líneas de la nariz, las orejas y los pómulos. Poco a poco, y con dificultad, empiezo a abrir los ojos.

Por todos los espíritus, lo que primero veo en mí despertar son dos grandísimos ojos azules. Todo a su alrededor es oscuro y desconocido y me da miedo. Pero esos dos ojos son cómo oasis de calma en medio del caos. Los miro fijamente. Son de color azul oscuro, cómo el mar al mediodía o cómo la luna reflejada en un lago. Me doy cuenta de que esos ojos me están mirando. Me lanzan una mirada dulce y cálida, que llega a mi mente cómo un bálsamo reparador. Lentamente, alcanzo a entrever su rostro. Tiene la tez muy morena, la nariz fina y recta y se protege del frío con una gruesa capucha. Sin embargo, mantiene las cejas en un rictus de preocupación. Intento decirle algo, darle las gracias, pero de mi boca sólo salen sonidos ininteligibles. Rápidamente, veo cómo ella desaparece de mi campo de visión y oigo voces difusas:

Sokka, está en fase de hipotermia leve. Deprisa, dame tu abrigo…

Momentos después, la chica vuelve a aparecer. Lleva dos gruesas mantas color azul claro en su brazo. Con un amplio movimiento, me envuelve en ellas. Después, me empieza a frotar la cara con sus manos para vencer a los escalofríos y me abraza. Sin pensarlo, entierro mi cabeza en su pecho, notando cómo el calor vuelve a mí. La sangre vuelve a correr, el cerebro vuelve a funcionar, el corazón a latir. Cuándo mi respiración se normaliza, ella se deshace del abrazo y me observa. De repente, todas las sensaciones humanas vuelven a mí. Empiezo a tener hambre, a estar cansado… Pero lo que más noto es la sed. Así que lo primero que intento decir es:

A… aggg... uaaah… -tengo la garganta muy seca, y mi lengua sólo es un trozo de carne pastosa que se mueve por mi boca sin ningún control.

¡Sokka! –dice con alarma la chica- ¡Parece que intenta decirnos algo!

A mi campo de visión aparece un chico parecido a ella. También tiene los ojos azules, pero tiene los pómulos más marcados. Lleva una ridícula coletilla atada a la cabeza y ropa azul. Pero también parece preocupado. Se pone de cuclillas y me mira:

Si, dinos, ¿Qué quieres? –intento desesperadamente formar una palabra y obligo a todas y cada una de mis acartonadas cuerdas vocales a trabajar-

Agua. –gracias al cielo, lo he conseguido.

¡Katara, rápido! El niño quiere agua.

Aun estoy algo confuso, pero puedo ver a la chica acercarse al borde de dondequiera que estemos (una gran y difusa isla de color blanco) y sacar un delgado chorro transparente de una cantimplora. Vaya, ¡una maestra del agua! Se acerca a mí y, poco a poco, me va dando pequeños sorbos. Una auténtica bendición para mi cuerpo.

Una vez veo saciada mi sed, inconscientemente hago un látigo de aire para ayudar a levantarme, con lo que consigo que las caras de los chicos se conviertan en muecas de desconcierto. Ella se acerca a mí, aún preocupada, y me intenta sujetar.

Estoy bien, gracias. –son las primeras palabras que salen de mi boca, al fin

¿De verdad? –me pregunta ella.

Completamente –esbozo una sonrisa para tranquilizarla. También ella sonríe, y nos quedamos así, como un par de pasmarotes, hasta que la cabeza del chico aparece sobre el hombro de ella.

Bueno, esto es muy bonito, de verdad, pero, ¿nos podrías aclarar quién demonios eres? –el chico parece intrigado y me lanza una mirada inquisitiva.

Me llamo Aang –respondo y hago una pequeña inclinación, a modo de saludo-

Es un placer –ella también se inclina y me ofrece una mano- Yo me llamo Katara y éste de aquí –señala al chico de la coleta- es mi hermano Sokka.

Katara. Saboreo la palabra en mis labios. Katara. Es hermoso. Suena cómo finas pinceladas de un calígrafo, que pinta seguro sus trazos en el papel. Ka-ta-ra. Le estrecho la mano y me dispongo a observar a mí alrededor. Si que estoy en una isla, pero es de hielo y bastante pequeña. Me pregunto cómo habrán llegado esos dos aquí. No veo ninguna embarcación a la vista. ¿Vivirán aquí? No lo creo. Parece que estoy en la costa. A nuestro alrededor hay grandes bloques de hielo, que van flotando a la deriva. Debo de estar en el Polo Sur, seguramente, cerca del territorio de la Tribu del Agua. ¿Cómo he llegado hasta aquí? He de volver, en el templo deben de estar preocupados por mí.

Bueno… -me giro hacia Katara, que parece un tanto incómoda, junto a su hermano- ¿Qué hacías metido en el iceberg?

¿Iceberg? ¿Qué es un iceberg?

¿No recuerdas nada? –niego con la cabeza- Bueno, te hemos encontrado dentro de una gran bola de hielo, justo detrás de ti.

¿Bola? –digo interesado mientras me giro.

Si. Detrás de mí, se pueden apreciar los restos de lo que antiguamente fue una gran bola de hielo. Y, de repente, miles de imágenes y recuerdos vienen a mi mente. Colores, sabores, sensaciones… Me siento débil durante un segundo, por la abrumadora cantidad de recuerdos. Entonces, mi crimen me viene a la cabeza. Escapar. ¿Por qué? Porque soy el Avatar.

¿Eres un maestro del aire? –me pregunta Katara-

Así es –respondo.

¡Vaya! ¡Creí que se habían extinguido! –dice Sokka, que me mira con admiración.

¿Extinguido? ¿Qué tontería es ésa? –protesto, airado- Y vosotros, ¿sois de la Tribu del Agua? –pregunto distraídamente-

Sí –contesta Katara-

Todos los recuerdos me vienen a la mente. El Templo, el monje Gyatso, la huida, la tormenta, Appa… ¡Appa! Me giro en todas direcciones pero no lo veo. Y no sería difícil ver a un bisonte volador de nueve toneladas, a no ser que estés ciego. Empiezo a mirar hacia todas las direcciones alarmado, llamándolo sin cesar.

¿Quién es ese tal Appa? –me pregunta Katara

Es mi bisonte volador.–los dos se miran extrañados-

Por supuesto y está es Katara, mi hermana voladora –Sokka señala a Katara, que frunce el ceño-

Entonces, un rugido ensordecedor rompe el silencio del Polo. Viene de dentro de lo que queda de iceberg. Rápidamente, salto a su interior, y ahí está. Grito de alivio.

¡Appa! –le saludo abrazándolo. A cambio, él me da un lengüetazo- ¿Me has echado de menos, chico?

Miro a los hermanos de la Tribu del Agua. Tienen una cara de estupefacción épica. Supongo que no están acostumbrados a ver bisontes voladores. Y es que Appa es una criatura poderosa. Tiene un cuerpo enorme de seis patas, que utiliza para planear. La cabeza, es grande y un poco achatada, con los gigantescos ojos a ambos lados y el morro un poco inclinado hacia delante con dos grandes cuernos negros saliendo de ella. Pero lo más impresionante es su cola. Es como una gran pala que utiliza para alzar el vuelo, es casi la mitad de grande que todo su cuerpo. Su pelaje es blanco, con una flecha color naranja apagado en el cráneo, que llega hasta el extremo de su cola. Appa tampoco se acostumbra a este frío y emite un sonoro estornudo que casi vuelca el iceberg.

¡Ah! ¡Comida al fin! –Sokka se deleita con la vista de Appa- ¡Podremos estar todo el invierno comiéndonos a esa cosa!

¡No! –protesto, dirigiéndome a él- Appa no es comestible. Es mi animal guía.

¿Qué? –Sokka muestra cara de decepción- Oh vaya, que pena…

¡Sokka no seas estúpido! –interrumpe Katara, poniendo los ojos en blanco- Bueno, ahora cuéntanos. ¿Cómo tú y tu bisonte habéis llegado a parar aquí?

¡Oh no! ¿Ahora qué le digo? Si le digo que soy el Avatar, se arrodillará y me adorará cómo un dios. O me reprenderá por mi irresponsabilidad de escapar. No quiero que me trate como el Avatar. Quiero que me trate cómo un chico normal. Además, no quiero que descubra mi vergonzoso secreto. No sé porqué, pero lo que piense Katara de mí me importa, y mucho.

Yo… -digo titubeando- Salí a dar un paseo con Appa. Pero me alejé demasiado y… una terrible tormenta estalló… Caímos al mar… -no sé que más decir.

¿Cuánto tiempo llevas ahí dentro congelado? –me pregunta Sokka-

No sé, puede que unas cuantas semanas –ahora que lo pienso, ¿cuánto tiempo he estado ahí dentro?-

Bueno, dejemos este tema para más tarde –dice Katara mientras me aprieta el hombro, cómo para darme ánimos. Habrá notado mi incertidumbre- Ahora tenemos que pensar una manera de llegar a la aldea.

¿Está muy lejos? –inquiero-

A un día en canoa –responde Katara, visiblemente preocupada- Y no hemos conseguido pescar nada. La canoa… por Tui, la Gran-Gran se va a enfadar. –mira a Sokka, que traga saliva.

¿Qué es una Gran-Gran? –nunca había escuchado ese término-

Es nuestra abuela y la chamana de la tribu –me responde Sokka- Ésa era una de las últimas canoas que nos quedaban. Aunque a lo mejor echa la culpa a los espíritus y nos deja en paz…

No os preocupéis, Appa nos llevará. –Katara me mira esperanzada, pero Sokka alza la vista al cielo y resopla-

¿El bisonte? ¿Cómo nos va a llevar esa cosa? Parece peligrosa.

Para empezar, Appa no es ninguna cosa, es un animal, y tiene sentimientos. Segundo, Appa ha recorrido distancias mucho más largas que un día a canoa. –me dirijo a Katara- ¿Quieres subir?

¿Estás seguro de que no es peligroso? – Katara mira con inseguridad a Appa- Es bastante imponente.

En el fondo es un trozo de pan –le dirijo una sonrisa para calmarla- Venga, que no pasa nada. –le tiendo una mano pero ella aún está dubitativa- ¿Confías en mí? –la miro a los ojos. Esos inmensos pozos azules me devuelven una mirada de incertidumbre. Su cara se convierte en una máscara de determinación-

Vamos allá –Katara se dirige a Sokka- Deberías subir si no te quieres quedar aquí. –Sokka hace ademán de permanecer en el iceberg- O puedes esperar a que otro monstruo volador aparezca y se ofrezca a llevarte. A no ser que mueras congelado.

Al final, estamos todos subidos a la cesta de transporte de Appa, listos para irnos, con Sokka refunfuñando y Katara con aire de inseguridad.

No os preocupéis –les digo para tranquilizarlos- Todo va a salir bien.

Eso espero –Sokka me lanza una mirada de desafío-

Me pongo en la cabeza de Appa y cojo las riendas, que están atadas a sus dos grandes cuernos.

¿Estáis todos listos por ahí detrás? –giro la cabeza, y veo miedo en los rostros de ambos hermanos-

¡NO! –gritan los dos al unísono. Pero yo sacudo las riendas y le grito a Appa:

¡Appa! ¡Yeep Yeep!

Atento a la orden, Appa crea una capa de polvo helado al levantar su inmensa cola. Con un par de coletazos, mi bisonte levanta el vuelo, hacia el cielo… sólo para caer de nuevo a las heladas aguas del Polo, emitiendo un rugido de protesta.

¡Eh! –Sokka también grita de indignación- ¿Qué parte de bisonte volador no entiendes? –se dirige a Appa, que como respuesta bosteza-

¡Déjalo en paz! –le defiendo. Sokka está empezando a exasperarme. ¿Cuándo dejará de quejarse?- Es que está muy cansado.

¿De qué? ¿De no hacer nada en el iceberg? –resopla y me da la espalda-

No importa, podemos ir por mar –me dirijo a Katara, que parece aliviada- ¿No te importa, verdad?

Sinceramente, lo prefiero así –Katara esboza una sonrisa nerviosa- Nuestra aldea está en esa dirección. –me señala hacia el sureste.

Así, empezamos el viaje hacia la aldea. Los dos hermanos empiezan a discutir detrás, en la cesta de transporte, acerca de encontrar ciruelas de mar por el camino. Empiezo a pensar, y a preocuparme. ¿Cuánto tiempo llevo en el hielo? ¿Y si llevo semanas, meses, tal vez un año? La posibilidad es tan horrible que me empieza a dar vueltas la cabeza. Justo entonces, Katara utiliza la espalda de Appa como tobogán y aterriza a mi lado.

¿Puedo preguntarte una cosa? –parece recatada, teniendo en cuenta que me ha salvado de morir congelado.

Claro que sí. Pregunta.

¿Cuántos años tienes? –me mira intrigada-

Doce –respondo, aunque, al oír esa palabra de mis labios me siento extraño, como si fuese mentira, pero no del todo.

Entonces… ¿conociste al Avatar? –Trago saliva sin pretenderlo. ¿Debería decírselo? Sé que las mentiras no conducen a nada, que son ruines y mezquinas, pero no quiero ver su reacción.

Emm… no. Hubo gente que sí que lo conoció… Pero yo no… se marchó…

¡Entonces sí que existe el Avatar! ¡Y los Nómadas del Aire! ¿Quedáis muchos? ¿Cuántos sobrevivisteis al ataque de la Nación del Fuego?...

Espera, espera, espera –la interrumpo- ¿Ataque? ¿Qué ataque? ¡No ha habido ningún ataque que yo recuerde!

Ah… bueno, vale –por su mirada sé que no me cree.

Nos quedamos en silencio y yo la miro. Es tan guapa… Sin querer, le sonrío. Estoy realmente feliz de que ella esté a mi lado. Es una sensación estúpida, la acabo de conocer, pero en cierto modo es como si ya la conociera…

¡Eh! ¿Por qué me sonríes así, tú? –Katara se empieza a sonrojar-

¿Quién, yo? –pongo el semblante serio.

Katara sonríe nerviosamente y suelta una carcajada escueta. Su risita se me contagia y empiezo a reír. Y ella también. Pasados unos segundos, los dos no podemos parar de reír. Cada vez que intentamos parar, las risas van a más y a más. Nuestras carcajadas rebotan en los icebergs y se multiplican, parecen que miles de personas se estén riendo. Al final, acabamos los dos tumbados, hipando, respirando con dificultad y con los ojos llorosos.

¿Qué es eso tan gracioso que estáis contando? –Sokka se ha acercado, con una sonrisa en la cara- ¡Yo también me quiero reír!

Pues… la verdad es que no lo sabemos –antes de poder evitarlo volvemos a reírnos a mandíbula batiente.

Si… ya… Bueno, no seré yo quien estropee este Festival de las Risas Sin Sentido –se vuelve a la cesta, echándonos miradas de incomprensión-

Entonces, Katara me abraza. Noto su cuerpo a través del mío, los dos temblamos, hipamos y las risas nos sacuden enteramente. Reposa su cabeza sobre mi hombro, y instantáneamente, los dos callamos.

Me alegra que estés aquí Aang –dice, mirando al infinito. La luz le acaricia el rostro y se refleja en sus ojos azules. La contemplo maravillado.

Yo también –respondo, y nos quedamos en silencio, admirando el bello paisaje ártico.

Entonces recuerdo algo que solía decir el monje Gyatso: las personas que ríen juntas, permanecen unidas para siempre.