2. La Lágrima de Brahma

- ¡Ja! - exclamó, limpiándose el sudor de la frente - ¡Chúpate esa, Kendrick!
No es que estuviese allí para verlo, pero no importaba. Hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Acababa de hacer aterrizar un helicóptero de combate sobre estrechísimo claro circundado por árboles cuyas ramas se entrelazaban entre sí, formando una densa red de follaje bastante tupido.

Aunque ningún piloto en su sano juicio hubiese puesto a prueba aquel trasto de varias toneladas haciéndolo descender a escasos metros de follaje, ramas y lianas.

Pero Kurtis no había llegado a los cuarenta usando su sano juicio. Más bien lo contrario.

Ahora, sin embargo, tenía que dejar de lado la bravuconería de héroe de guerra y moverse rápido y sigilosamente. Ya había tentado demasiado a la suerte con el estruendo de aquel trasto. Saltó del aparato, se cargó el fusil al hombro y se internó rápidamente en la selva, en la dirección que le marcaba el GPS respecto a la explanada de los templos. Al rato, la vegetación empezó a hacerse más espesa, por lo que sacó un machete y empezó a cortarla a su paso, sin dejar de correr, por más que eso lo hiciera sudar a mares por debajo de aquel traje de camuflaje que hacía años no llevaba encima.

De pronto, un tiro lo detuvo en seco. Casi al instante se arrojó al suelo, desapareciendo entre el espeso follaje.

Entonces oyó su voz.

- ¿Quién está ahí? ¡Sal inmediatamente, te he oído hace siglos!

Kurtis no era tan estúpido como para moverse todavía. Sabía que dispararía a la menor duda.

Sonrió, con la cara todavía pegada al suelo.

- Soy yo, milady.

La oyó soltar un jadeo de sorpresa, y entonces se levantó.

Puede que él llevara traje de camuflaje, pero tras verla salir de detrás de un árbol, todavía con el rifle en alto, tuvo que admitir que había sido capaz de pasar a su lado, corriendo, y no verla. Llevaba pantalones cortos marrones, top verde, y e iba levemente cubierta de una sustancia oscura que parecía hollín y que la camuflaba perfectamente.

- ¿Qué haces aquí? - dijo ella, bajando el rifle. Estaba tan sorprendida que ni reaccionó cuando la rodeó con un brazo y la besó en la boca.

- Yo también me alegro de verte. - dijo burlón – Cruzar el mundo para venir a buscarte, ¿recuerdas? Es lo que hago para pasar el rato.

- ¿No estabas en Crimea? - ella frunció el ceño, ignorando la irónica alusión a Munich.

- No, eso era el mes pasado.- la empujó suavemente hacia adelante y empezaron a caminar – Estaba en Israel.

- ¿Qué diablos está pasando ahí fuera? - Lara se cargó el fusil al hombro – Este país era seguro hace unas horas.

- No. Lo era hace una semana, cuando se cortaron las comunicaciones con el exterior. - ella arqueó las cejas – No te preocupes, es fácil no enterarse si uno anda metido en tumbas. Los muertos no te ponen al día.

- Se supone que los rebeldes iban a estar tranquilitos una temporada.- Lara apartó las ramas a manotazos mientras avanzaban – Hacía años que se conformaban con recibir sobornos del Gobierno.

- Pues ya no. Y esto sólo va a empeorar. Incluso la Legión está abandonando el lugar. ¿Dónde está Anna?

- En la explanada de los templos, recogiendo el campamento.

Él frunció el ceño.

- ¿La has dejado sola?

Lara se paró en seco y puso los brazos en jarra.

- Abran paso al superpadre del año. -ironizó - Ya tiene edad para eso. Además, ¿qué querías que hiciera mientras un helicóptero militar aterrizaba cerca de nosotras? ¿Esperar a que un lunático nos cayera encima?

- Estamos en una zona de conflicto ahora, no deberíamos perderla de vista. - respondió él, reanudando la marcha. Ella agradeció que pasara a emplear el plural.

- Además, está ese furtivo. Creía que eras él...

- ¿Quién?

Pero antes de que Lara pudiese responder, un grito agudo rasgó el aire.

Era Anna.


David Flynck no podía creerse que hubiese tenido tanta suerte. Llevaba una semana pudriéndose en la jungla, esperando en vano una oportunidad para hacerse con la Lágrima de Brahma. En el fondo, sabía que ésa era su única opción. No tenía ningunas ganas de lidiar con las posibles trampas o laberintos que aquellos templos y cementerios ocultaban. Era más fácil esperar a que Lara Croft la recuperara, y luego, robársela. Eso era lo que él hacía, por lo que sus clientes le pagaban. Robar a otros ladrones y cobrar el triple.

Por desgracia, no creía ser capaz de enfrentarse a la exploradora británica, más que nada por esa manía suya de ir siempre armada hasta los dientes. Quizá pudiera retarla a una pelea, por supuesto, pero era impensable acercarse a ella mientras tuviese a su alcance aquel arsenal.

Desde luego, no es que la maternidad la hubiese reblandecido.

Por suerte para él, se había llevado consigo a la mocosa. Y encima, le había dado el artefacto. Y ahora, estaba sola en el campamento.

Sería como quitarle un caramelo a un niño. Ni siquiera iba a necesitar usar su pistola. Y en cualquier caso, sería arriesgado. Croft siempre podía oír el disparo y acudir.

Era demasiado perfecto.

Salió de la espesura y se acercó lentamente al campamento, aprovechando que ella parecía distraída, guardando cosas en una mochila.

Pero ni por un momento se le ocurrió que la cría pudiera tener el oído tan fino.

Y que podía gritar muy, muy fuerte. Y muy agudo.


Para cuando salieron al claro, era demasiado tarde. Estaban demasiado lejos de ella.

Como a cámara lenta, Kurtis vio a aquel hombre, una especie de explorador desaliñado que llevaba un garrote hecho con un gruesa rama de árbol astillada, abalanzarse sobre Anna, que lo esquivó apartándose a un lado. Sin embargo, el hombre logró agarrar la bandolera que llevaba colgada al hombro, y dio un tirón.

Ella aferró la bolsa y se resistió.

¡No!, quiso gritar Kurtis, pero casi al instante el hombre blandió el garrote, describió un arco con él y lo estrelló contra la cabeza de Anna.

Su hija se desplomó en el suelo como una muñeca de trapo.

Kurtis oyó a alguien soltar un alarido desgarrador que le puso los pelos de punta. Tardó unos segundos en darse cuenta de que había sido Lara.

Se lanzó hacia adelante, en dirección al explorador, pero éste no tenía ninguna intención de quedarse a pelear. En lugar de eso, aquel hombre arrancó la bandolera de las manos inertes de Anna y dio la vuelta para huir.

No llegó muy lejos. A las tres zancadas, se oyó un disparo y cayó trastabillando al suelo, mientras soltaba un aullido de dolor.

Lara volvió a cargar el rifle y apuntó de nuevo, pero él, haciendo gala de una fortaleza seguramente alentada por el miedo, se perdió cojeando entre la espesura. El segundo tiro impactó contra la corteza de un árbol, a escasos centímetros de su cabeza.

La mente de Kurtis no daba abasto para asimilar tanto en tan poco tiempo. Todo aquello había pasado en apenas unos segundos. Quería examinar a Anna, pero la expresión enajenada en el rostro de Lara lo asustó. La agarró del brazo antes de que se lanzara a la espesura.

- ¡No! - le gritó, pero ella se soltó de un tirón - ¡Lara!

- ¡Quédate con ella! - gritó la exploradora, con la voz súbitamente rota.

La volvió a atrapar antes de que llegara a la espesura, enlazándola con los brazos, y le siseó al oído:

- Si esto es por ese maldito pedrusco...

Ella rompió el abrazo, se giró como una peonza y, apoyando ambas manos sobre su pecho, lo empujó hacia atrás. Casi lo tiró al suelo. Había olvidado lo fuerte que era, y más con toda aquella adrenalina bombeándole por el cuerpo.

- ¡Tengo que alcanzarlo! - gritó. Tenía una expresión terrible en la cara - ¡Haz lo que te digo y cuida de ella, maldita sea!

Y desapareció en la espesura.


Luego, más tarde, recordaría que se había inclinado sobre su hija con el corazón encogido, en un puño, temiéndose lo peor, y que había dejado escapar el aliento que había estado reprimiendo entre los dientes al ver que todavía respiraba, aunque débilmente. Anna tenía la mitad de la cara ensangrentada y la sangre se le escurría por el pelo, apelmazándolo. Le apartó los cabellos de la frente y tocó la herida, un corte profundo, causado por las astillas del garrote, y que sangraba profusamente. Arrancó rápidamente un trozo de tela de su camiseta -iba bastante más limpia que él- y lo presionó contra el corte. Ni siquiera dio un respingo.

Sin embargo, más que el corte, le preocupaba el golpe. Tenía que comprobar cuanto antes el grado en que la había dañado.

- Anna.- le dio varias palmadas en la mejilla – Anna, despierta.

Los párpados de la niña vibraron débilmente. La abofeteó con más fuerza.

- Anna.- repitió, con voz más alta – Mírame.

Entonces dio un respingo y entreabrió los ojos. Parpadeó y guiñó uno, porque la sangre se le escurría sobre el párpado.

- Uau. - murmuró. Cerró los ojos de nuevo – Uhm, hola papá.

Al menos lo reconocía.

Separó la tela, ya empapada, de la herida. Parecía sangrar menos. Volvió a presionarla.

- Ay.- se quejó – Me haces daño.

- ¿Puedes verme bien? - apoyó el pulgar sobre su mejilla y tiró hacia abajo para abrirle el ojo que no tenía cubierto de sangre. La pupila lo enfocó correctamente. – Sigue mi dedo.

La vio seguir lentamente el movimiento de un lado a otro.

- Me estoy mareando. - murmuró. Levantó la mano para tocarse la cabeza, pero Kurtis se la apartó – Creo que me va a explotar la cabeza.

- ¿Puedes moverla? - apartó la tela de la herida, que de todos modos ya no daba más de sí, y colocándole las manos detrás de la nuca, se la levantó unos centímetros del suelo.

Entonces sucedió lo esperable. Anna convulsionó y apenas tuvo un segundo para girarla de lado antes de que vomitara estruendosamente todo el contenido de su estómago. Más o menos sobre su regazo.

- Puaj. - jadeó cuando terminó – Lo siento.

- Me han tirado cosas peores.- dijo él, y pasándole los brazos por debajo de la espalda y las piernas, la levantó lentamente del suelo. Ella se estremeció.

- Me mareo otra vez.

- Pues vomita hacia el otro lado, que yo ya estoy perdido.

Lo miró de reojo y soltó una débil carcajada.

La tendió suavemente sobre un camastro cercano y tomó mano de un kit de primeros auxilios que había cerca.

- Sigue hablando, Anna.

- ¿Por qué?

- Porque yo soy muy callado, ya lo sabes.

Mientras hablara, estaría consciente. Y mientras estuviera consciente, no entraría en un coma del que probablemente no saldría.

- Mamá se ha ido tras ese tipo.

Era una afirmación, no una pregunta.

- Me temo que sí. - volvió a su lado, empapó una gasa en agua oxigenada, y dijo – Esto te va a escocer.

- Oh, por favor, no soy una cría. - pero el notar el líquido ardiente en la herida se estremeció y soltó un quejido. - Ay. Au.

Había dejado de sangrar, pero el corte era bastante profundo. Tenía que coserlo.

No había ningún tipo de anestésico local en el kit, y de todos modos era imposible aplicarlo sobre una herida abierta.

¿Quién es mi chica valiente? Quería decirlo, pero no le salió la voz.

- Anna...

- Sí, vale, sigo hablando.- se dejó limpiar dócilmente la sangre del párpado – Siento que mamá se haya ido tras ese tipo. No le servirá de nada, porque... - se detuvo - ¿qué es eso?

Kurtis estaba sacando hilo y aguja del kit.

- Oh no, me vas a dar puntos.

- Bueno – dijo él, esforzándose por sonar despreocupado – da gracias que sea yo. Tu madre es horrorosa cosiendo. Y peor quitando puntos, doy fe.

Al intentar pasar el hilo de pescar por la aguja, Kurtis falló varias veces. Entonces se dio cuenta de que le temblaban las manos.

Serás imbécil, se recriminó. Había cosido heridas cientos de veces, casi siempre sus propias heridas. Se las había cosido sin pestañear. Se las había cosido a compañeros en el frente. Se las podría haber cosido a cualquiera.

Pero ahora le temblaban las manos porque tenía que coser a su hija.

Inútil, se mortificó de nuevo, y abrió y cerró las manos varias veces, hasta que controló el temblor. Luego pasó el hilo y se inclinó sobre Anna, que tenía los ojos cerrados con fuerza y no había visto su vacilación.

- Otra vez callada. - juntó despacio los labios de la herida - Voy a tener que hablar yo, y se me da fatal.

- No tengo ganas de hablar ahora, pesado. ¡Ay! - gritó al sentir la aguja clavarse en la carne - ¡Eso duele!

- Qué quejica.

- ¡No soy quejica!

- Sí que lo eres.

Anna apretó la mandíbula y contuvo el aliento.

Se fue haciendo más fácil conforme avanzaba, punto tras punto, mientras la llamaba quejica, aunque estaba comportándose como una campeona.

Diez puntos.

- Vale, me arrepiento.- dijo Anna al final, sollozando a su pesar.- No ha valido la pena para nada. Si llego a saber que acabo cosida...

Ya estaba. Cerró el último punto y le secó con suavidad las lágrimas. Mi chica valiente.

No estaba mal para tener sólo catorce años de edad. Ahora incluso se podía permitir reñirle.

- Espero que hayas aprendido algo. - le dijo – No deberías haberte enfrentado. No por una maldita piedra. La norma es...

- … protegerme siempre, ya lo sé.- Anna, se sorbió los mocos – Al menos he engañado a ese hijo de...

- ¿De qué hablas? - cortó él. Al menos, los tacos debían tener un límite.

- No se ha llevado lo que quería. - tenía los ojos cerrados, pero estiró el brazo y señaló un punto en concreto, hacia una mochila apilada contra un cajón – La Lágrima de Brahma sigue ahí.