¡Hola a todo el mundo! ¿Cómo están? Espero que bien. Primero de todo, decir que fue un placer para mí publicar el prólogo y nada, decir que estoy muy emocionada con este fic. Quiero antes de dejarles en paz para que puedan leer que en este capítulo sí que hay spoilers sobre algunos personajes de la Familia Donquixote. Simplemente quiero avisar porque, como dije, aunque no sea fiel a los hechos del manga, sí que recomiendo que vayan al día para entender y no spoilearse demasiado con los personajes. De todos modos, avisaré siempre que añada en algún capítulo algún spoiler que tenga que ver con el manga. Por lo demás simplemente decir que este capítulo está cargado de contenido sexual. Sólo quiero avisarles por si son algo sensibles. Y nada más, simplemente agradecerles que me den la oportunidad y ya saben, agradezco mucho sus comentarios porque me ayudan a mejorar. Un saludo, disfruten ¡y nos vemos!
Capítulo 1. Pequeño juguete
Qué horror aquella sensación. Cuántas veces ya había sido poseída. Cuántas veces había sentido ese roce bruto contra sus nalgas. Muchas. Demasiadas y aún así no era capaz de superarlo. Dolía. Y mucho. Dolía sentirse como un ser sin vida, como si Sugar la hubiese creado para satisfacer a su Joven Maestro. Gemía, sí. No le quedaba otra. A la larga, su cuerpo con el roce se estimulaba. Esa sensación vencía a la mente y se rendía, pero no ella. Seguía repitiéndose una y otra vez que no podía caer en esa trampa. No podía convertirse en un juguete de ese hombre. ¿Qué pensaría su hermano si lo supiese? No, no podía caer.
Apretaba con fuerza las sábanas entre sus manos. Temblaban a la vez que sudaban. Estaban cansadas de aguantar todo su peso balanceándose de un lado para otro. Sus labios seguían la misma temática. Los apretaba con fuerza para reprimir cualquier dato que le hiciese pensar que estaba gozando. «¡No gozas!» Se gritaba interiormente cerrando los ojos y dejando caer una par de lágrimas furtivas que lograban escapar de su cárcel. Incluso ellas tenían más suerte que ella.
Quería que todo terminase. Ansiaba que él se cansase y finalizase aquella agonía. ¿Cuánto tiempo llevaban ya? ¡Qué eterno se había vuelto! Su cuerpo ya se estremeció cuando sitió como sus yemas recorrían su contorno de arriba abajo suavemente hasta el punto de que parecía que hasta llevaba cuidado. Él siguió esperando una respuesta, mas él no era un hombre paciente y las yemas pasaban a ser toda su palma. Empezaba a dominarla. Ya no seguía con la acaricia, ahora simplemente se había centrado en hacer por última vez su contorno derecho con toda su palma desde su costado y entrando por su estómago hasta perderla en el interior de su pantalón. Y ahí empezaba todo. Ahí era cuando juntaba sus labios y ya no los separaba si no era totalmente necesario.
Sus caricias empezaban lentas, pero duras. No era un hombre gentil. Nunca lo demostró. Mientras que su mano seguía su inicio brusco él acercaba su rostro y escuchaba su respiración. Se excitaba con el mero tacto. A ella ya le habían comentado que tenía un algo especial que no tenían las demás. Era especial.
—Él nunca se cansará de ti. Eres una afortunada. —Afirmó Trébol sin guardar la distancia como de costumbre. Y entonces empezaba a reír con esa repulsiva risa mientras se giraba para seguir con su camino.
No sabía si debía preocuparse por esa afirmación. Si él nunca se iba a cansar de ella, ¿es que nunca iba a ser feliz? ¿Siempre iba a tener que ser su juguete? No, eso no era lo que quería, mas aún así sabía que ella sola nunca iba a poder hacer frente a la situación sola. ¿Debería hacerse fuerte? ¿Y cómo hacerse cuando no hay intimidad? Daba igual lo que hiciese que nunca estaba sola. Su único momento era cuando nadaba. Era el único lugar que le habían dejado de soledad y aún así, la vigilaban desde los bordes o desde las mesas de las esquinas jugando a las cartas. Era una quisquillosa, eso le habían dicho que era cuando pidió que la dejasen sola. «Una quisquillosa, quizá.» Aseguraba mientras seguía haciendo balance de todo lo que era su vida. Se había vuelto igual sin saber cómo. ¿Cómo seguía en pie? ¿Cómo aguantaba siquiera? No lo entendía. ¿Qué le daba fuerza? Esa era la pregunta.
Lo hizo. Sin querer, pero lo hizo. Se le escapó un gemido. No pudo reprimirlo y salió como una explosión. Escuchó que sonreía victorioso. Había vuelto a ganar y a sentir de nuevo que él la tenía, que era suya y que otra noche más había conseguido sacarle sus verdaderas pasiones. Notó como sus manos apretaban más sus caderas y aceleraba el ritmo. Sabía cuál era su juego: esperaba a que gimiese, seguía un ritmo normal hasta que excitaba su cuerpo lo suficiente como para que involuntariamente tuviese que expulsar toda esa presión lujuriosa que había estado guardando dentro de sí desde el principio, y cuando lo conseguía aumentaba su ritmo por unos minutos y después frenaba un poco. Entonces él era lento, pero bruto. Sacaba su miembro con lentitud y después volvía a meterlo con fuerza, como su intentase derribar algo, como si intentase derribar su muro de intocable. Como si quisiese romperla en mil trozos y poder tenerla completamente. Eso lo sabía porque se lo dijo una vez que estaba enfadado. Los peores momentos para no complacerle.
—No te rompes, Mei. Quiero que te muestres sin ningún tipo de muro. Déjame entrar totalmente en ti. Hazme feliz como aquella vez.
No podía por mucho que quisiese, ella no servía para eso. Ella no era como esas chicas que disfrutaban con las manos de Senor Pink. No, era imposible para ella poder satisfacerle. Su visión había cambiado totalmente desde aquel día que la poseyó. Él no era el hombre que esperaba. Había oído comentarios, sí, pero aún así no era lo que ella esperaba. Él la llamó «Pequeño juguete» y ella no era eso. Tenía razonamiento, sentimientos, esperanzas, sueños e incluso una vida. Ella era una persona como él, como sus súbditos, como su hermano. La crueldad había pasado fronteras la primera vez y desde entonces todo fue a más.
Recordaba que al principio sí que le acarició su rostro con sus nerviosas yemas. Acarició su cara y ambos sonrieron. Ella se excitó y él no tardó mucho. Sacó su lengua y lamió sus yemas. Después de eso, perdió la razón y actuó como nunca pensó que actuaría. Se dejó hacer rompiendo sus muros, dejando que él fuese su dueño en todos los aspectos. Falló. Su imaginación y sus hormonas le habían jugado una mala jugada y le hizo ver que si quería, él podía sacarla de sus cabales. Razón por lo que seguía intentándolo sin parar una y otra vez. Lo sabían.
—Por… Por favor… Para ya… Te lo… Ruego.
De nada servía que rogase. Su marido pararía cuando él estuviese satisfecho y él no se satisfacía hasta que ella fingía que lo disfrutaba o hasta que el amanecer aparecía. Cuántas veces se había quedado tumbada en la cama sin ningún tipo de fuerza para poder moverse. Todo le temblaba sintiendo que todo seguía moviéndose de arriba para abajo sin parar y a diferentes velocidades. Entonces comenzaba a llorar y él la sanaba con un beso en la frente antes de abandonarla altivo y sonriente como recordándole que había vuelto a ganar. Y sí, ella le apuntaba todas las victorias. No había ganado ni una sola vez.
Seguía con su ritmo lento y brusco que acompañaba con pequeños gemidos. No, Doflamingo nunca escondía sus emociones. Él se excitaba muchísimo y ni su ser ni su cuerpo tenían reparos en mostrarlo. ¡Qué espanto significaba para ella eso! Aún así, el verdadero horror llegaba cuando le preguntaban algunos de sus oficiales. Ahí no sabía qué debía hacer. Los primeros días se sonrojaba, mas ahora se enfurecía. ¡Él les contaba todo lo que hacía! ¡Era desesperante y humillante! Sus miradas la devoraban cuando la miraban de arriba abajo. Se la comían cuando se bañaba en la piscina y todos exclamaban el verdadero goce de que el Joven Maestro se satisficiese con tan agradable compañía. Quería ahogarse en ese instante, pero agradecía que dentro de todo su hermano no estuviese allí para ser testigo de todo lo que sufría.
De golpe, sintió como su cuerpo se relajaba todo lo posible sobre su espalda. No se había percatado de cuándo él dejó de mantener el ritmo y se había separado de ella. Aquella imagen la atemorizaba desde que empezó a tener conciencia de que él no era lo que esperaba. Observó su rostro totalmente serio. Sus labios caídos hacia abajo mostraban un gran enfado. La luz de la luna reflejaba en su cuerpo desnudo sudoso y agitado, pero su rostro no parecía ir al mismo compás de su cuerpo. La miraba fijamente a la espera de que hablase. No lo haría. Mantuvo su mirada contra la suya intentando calmar su respiración, su única preocupación. Que viese su cuerpo o no ya no era algo que la incomodase, se había acostumbrado a que la estudiase todos los días con su sonrisa peligrosa. Debía complacerle, se decía para autoconvencerse de que lo que hacía tenía alguna especie de justificación.
—No estás concentrada. ¿Qué te pasa? —Su voz era grave. Sí, estaba enfadado al no ver cumplidas sus expectativas. Había tenido un mal día y ella no había solucionado el problema simplemente se había encargado de empeorarlo.
Apartó su mirada al no saber qué responderle. ¿Qué decirle? No merecía la pena.
—Mei, ¿qué te pasa? —Su voz sonó mucho más grave mientras cogía su cara con su mano derecha y la obligaba a mirarle de nuevo. No estaba yendo por el buen camino.
—No me encuentro bien… —Fue lo primero que se le ocurrió decir sabiendo que eso no iba a servirle de nada.
—¿No te encuentras bien? —Chasqueó con los dientes ante su respuesta. Su rostro iba ensombreciéndose cada vez más— Has tenido suerte y no has tenido que aguantar un día entero de reuniones con estúpidos marines. ¿Qué has hecho tú, Mei? Dime, ¿qué has hecho tú?
Sus dedos empezaban a hacerle daño por la presión que había empezado a hacer sin percatarse. Tragó saliva mientras dirigía sus ojos a la ventana. No quería mirarle a la cara porque sabía bien qué iba a suceder. Su respiración se había acelerado del miedo por la incertidumbre de cómo iba a actuar.
—¡Respóndeme! —Gritó acercando su rostro al suyo dejando apenas un milímetro entre su nariz y el de ella.
Su mirada profunda llena de enfado la tenía aterrada a pesar de saber cómo debía actuar en ese instante: no debía hablar, sería un grave error hacerlo. Lo mejor era intentar mantenerse como estaba y esperar a que él se cansase. Y así fue, no tardó mucho en acercar sus labios con los suyos con pasión. La besó con lujuria y rabia para al poco introducir su lengua e intentar saborearla completamente. Su lengua la sorprendió haciendo que abriese los ojos como platos ante la sensación. Notaba como su lengua buscaba jugar con la suya sin embargo, ella no quería. Se rehusó a seguir con aquel juego, pero un mordisco doloroso en su labio inferior hizo que iniciase con el juego. Desmotivada, desganada e insultada volvió a sentir como él volvía a introducir su miembro con rapidez. Totalmente excitado sin parar de gemir. Sentía como su cintura rozaba con su parte, como él se movía con esa desesperación. Tenía que hacerlo, su cuerpo le estaba rogando que lo hiciese, que gimiese y dejase escapar toda esa lujuria que estaba ahogándola. Lo hizo. Gimió dándose por vencida sabiendo que cuanto antes lo hiciese, antes terminaría todo aquel sufrimiento.
Siguió con sus movimientos cada vez más fuertes durante un buen rato sin parar. Sentía como los flujos de sus bocas se mezclaban y ya no sabían a quién pertenecía a cada uno. Las gotas de su sudor caían sobre su abdomen hasta el punto de tener un pequeño charco en su pequeño ombligo agitado. Él estaba totalmente perdido en su mundo de goce. Su cabeza hacia atrás y gritando gemidos se lo demostraban. Él era eso lo que quería, que ella siguiese con aquel juego aunque ambos sabían que todo era una mentira. Gritaba y gritaba sin parar hasta que llegaba al cum y no podía aguantar. Sí, se conocía esa parte y sabía el rechazo que su cuerpo experimentaba cuando él llegaba a su límite. Sintió ese líquido blanco salir de su interior a la vez que él sacaba su miembro de su interior. Sin duda alguna aquella era la gran prueba de en qué se había convertido ella.
Su imagen debía ser totalmente deprimente al verse totalmente manchada de ese líquido blanco sobre su cuerpo sudado y agitado. Debía ser totalmente triste verla en esa situación y sentir lástima por ella. ¡Qué triste había sido todo! Mientras ella se maldecía, él sonreía victorioso al levantarse de la cama y dirigirse hacia el baño. Entonces ella aprovechaba para girarse, taparse con la fina sábana y empezar a llorar por su desgracia. Aquella noche, como tantas otras, había sido espantosa.
Doflamingo no tardaba en aparecer por la puerta y mucho menos en llegar a la cama. Suspiraba complacido a la vez que se tapaba girando su cuerpo hacia el ella y abrazándola por la cintura. Cerraba sus ojos con fuerza inspirando aire lentamente.
—Perfecta, Mei. Me encanta cuando realmente sabes hacerme feliz. Eres fantástica. —Susurraba en su oído antes de acomodarse y caer rendido.
Ese era el único momento que ella tenía para poder disfrutar de una verdadera soledad aunque en muchas ocasiones dudaba de ello. Entonces, lloraba tapándose los ojos con su mano derecha sin pensar en nada más. Su cuerpo simplemente le pedía llorar y lloraba hasta que se dormía.
Un rayo de sol la despertó. Un día totalmente veraniego, sin ninguna nube en el intocable cielo. Abrió los ojos con dificultad y observó a su alrededor. Estaba sola. Suspiró antes de sentarse en la cama. Se quedó un instante allí, sin hacer nada, pensando en qué debía hacer ese día. Se acarició con su mano izquierda su cuello pensativa. Una pequeña brisa entraba por las ventanas. No se oía nada. Se levantó de la cama para dirigirse al baño y darse un baño. No soportaría un segundo más con aquella capa pegajosa en su cuerpo. Encendió el agua fría y disfrutó de aquella soledad bajo aquellos chorros de agua. Adoraba las duchas frescas de verano en las que su mente viajaba sin restricciones. Las adoraba sin motivo aparente.
La ducha se alargó más de lo que esperaba. Se vistió con unos pequeños shorts de seda rosa perla atados por la cintura con una pequeña cinta blanca y una camisa también de seda de tirantes blanca holgada. Se calzó unas romanas que le iban por encima del tobillo blancas y por último se peinó con una coleta alta antes de salir de la habitación y dirigirse hacia el amplio comedor. No escuchaba a nadie y eso la alegraba profundamente. Entró al lugar y simplemente vio a Jora y a Dellinger. Ambos la miraron analizando su vestimenta sin decir nada.
—¡Qué hermosa amanecéis hoy, bombón! El Joven Maestro también mostraba un muy buen color de cara. —Saludaba aquella espantosa mujer con una amplia sonrisa.
No dijo nada, simplemente prosiguió con su camino hasta su asiento y esperó a que le sirvieran el desayuno y el anuncio de cómo iba a ser su día.
—El Joven Maestro quiere verla en cuanto termine de desayunar. —Le anunció aquella pobre sirvienta escuálida.
Asintió colocándose la servilleta blanca en sus piernas. Así iba a comenzar su día: viendo a su marido. Y así, como todos los días. Sin excepción. Qué triste vida la de un pequeño juguete.
