¡Hola a todos y a todas! Soy Cham(?). Y bueno, vengo a traerles el segundo capitulo de esta cosita que apareció de pronto en mi mente, voy a anunciar algunas cosas aquí ¿Dale?. Bien, lo primero es que ¡Si va a ver temas algo explícitos en este fanfic! Ya saben, Lemmon. No soy buena escritora de Lemmon, y lo se. . -Se esconde en su rincón de la felicidad(?).- ¡Peeero! Una amiga mía, cometió el peor error de su vida(?). Me mando un oneshot que hizo de una pareja que ama, y ¡Era lemmon! ¡y ERA HERMOSO! Y pues, la obligue(?). Y tambien debo decirles, que si a alguien no le gusta el Lemmon Yaoi, o si le gusta la idea de esta historia sin lemmon, podrán saltárselo, no va a influir en nada en la historia, no habrá Mpreg ni nada por el estilo ¿de acuerdo?
De que habrá mas que la parejita Riren, ¡Claro que habrá! Que por cierto, el fic es Riren mis chavos, no se me vayan a confundir eh ~ ¿Que si habrá Yumikuri? ¡Por supuesto! Pero es lo único que diré por el momento(?).
Cuando vaya a haber Lemmon, ¡Yo les aviso! Así preparan sus narices y algunas servilletas (?). Jajajaja ! ¡Gracias por todos los Reviews! Bien, comenzamos con el capitulo.
Advertencias: Angst / Muerte de personajes / Violencia / Palabrotas(?). / Lemmon, material explicito.
Esto es YAOI. Va a haber algo explicito, no aun, pero habrá. Por lo que si no te gusta el Yaoi, pido que te retires. Si te gusta, ¡Bienvenido/a!
Espero que les guste.
Los Juegos del Hambre.
Capitulo 2 – Día de la cosecha.
Distrito 12.
Se quedo paralizado, sangre se congeló ante la mención de su nombre y sus ánimos para vivir se habían agotado. Dudó un poco y se acercó al escenario, sus manos sudaban y su corazón estaba a punto de abandonar su cuerpo. Observó a la pequeña rubia sobre el escenario, la pobre temblaba con una frecuencia que parecía que en cualquier momento estallaría. Las piernas le temblaban tanto que pensó que en un momento caería al suelo, los agentes de la paz le empujaban con fuerza para que siguiera caminando.
Se sofocaba, aunque no hacía calor las gotas de sudor recorrían su rostro. El miedo se metía hasta sus entrañas y se acurrucaba en ellas, la distancia con el Podium era cada vez más y más pequeña, se sentía como un animal, un pequeño animalito, como una de tantas ardillas que cazo, exactamente así se sentía. Cada paso que daba para subir a aquel lugar donde la extravagante mujer yacía junto a la rubiecita, era tortura, todo le daba vueltas y sentía horribles nauseas crearse en sí. Hitch le acomodo a su lado para la foto principal y para que los demás distritos vieran a los tributos del año.
El chico se sentía enjaulado, preso de su libertad, de sus alas. Que a un ave le privaran de sus alas era completamente horrible, eso era lo que le dolía, no haber podido explorar el mundo antes de morir, tuvo que pasar toda la vida en aquel lugar para sobrevivir, y ahora que quería alzar el vuelo, sus alas eran cortadas. Oh destino cruel, que osa en burlarse de los humanos en su cara.
Pasaron interminables minutos en los que tuvo que estar en esa cosa, parado e inmóvil, observando como el pueblo del distrito 12 les despedía con una peculiar seña, aquella seña era para despedirse en su distrito tres dedos de la mano, pegados y alzados, mientras los dos de los bordes eran obligados a encontrarse a sí mismos. Su mundo se había detenido. Solo pudo sentir como los agentes de la paz le encerraban en unos pequeños cuartos en donde les darían la última visita, en lo personal no esperaba a nadie, se quedo ahí abrazándose a sus piernas y escondiendo el rostro entre las rodillas.
-¡Eren! -
Escucho que le llamaban, una voz masculina alarmada, levanto la cabeza para encontrar a Hannes quien se acercaba a él con los brazos abiertos y los ojos llenos de lagrimas, Eren era como su pequeño hijo, él le cuido desde antes de que Carla muriera y ahora después, se había prometido cuidar de él, criarlo y darle la mejor vida que pudiera en ese acabado distrito, esos días había estado pensando en decirle que se quedara en su casa, Hannes trabajaba, podía hacer que Eren dejara de ir a cazar y pudiera vivir una tranquila y suave vida como un niño normal. Pensó en decírselo después de la cosecha, invitarle a cenar al quemador, algo de sopa y frutos. Pero ahora, todo estaba arruinado, ahora su pequeño Eren, el hijo de Carla, la mujer que tanto admiro, iría a los Juegos. Lo escogieron en la cosecha, el lugar donde ella murió.
Hannes cada año la recordaba, cada año la veía entre la gente, recordaba cuando le asesinaron frente a todos por oponerse en ir a los juegos, tenía un bebe, no podía dejarlo. Y por aquello, la mataron. Para después seguir con la cosecha como si nada, intento ir por ella, intento detenerlos, pero se gano una paliza y que lo llevaran a prisión.
Se sentía tan impotente, en ese momento y en el de ahora.
-Eren. . Eren. –
Hablaba apresuradamente, con un nudo en la garganta mientras aprisionaba al adolescente entre sus brazos.
-Hannes-san. . . No podre hacerlo, no lo lograre. Moriré. –
-No Eren. . No lo harás, escucha, eres fuerte, eres atlético y rápido. Sabes usar el arco y las lanzas a la perfección, sabes cuidarte a ti mismo, puedes hacerlo, recuerda lo que te enseñe de trampas y de cuidarte de los animales. –
-Pero Hannes. . Son personas, no animales. –
-No hay mucha diferencia, Eren. –
El de ojos verdes observo al mayor mientras los agentes de la paz le sacaban de la sala casi a rastras, el hombre no quería dejarlo solo y el no deseaba por nada del mundo quedarse solo, solo le quedo desearle suerte desde la puerta, con los ojos aguados por las lagrimas que tenía acumuladas y con la voz débil.
Entonces quedo solo de nuevo. En aquella soledad y el silencio horrible que le tapaba los oídos, su quijada temblaba y los ojos se teñían de rojo, procedió a sentarse en aquel sillón, subió las piernas a el hasta poder flexionarlas y poder abrazarse a sus piernas, escondiendo el rostro entre las rodillas, era cierto que tenía miedo, pero eso no lo hacía un cobarde, claro que no. ¿Quién no tendría miedo de ver como tu vida se acababa en un segundo? Iba a morir. Iría a una arena con 23 personas quienes intentaran asesinarlo a toda costa, no sobreviviría ni haciendo un pacto con el diablo.
Lo sacaron de la habitación pasando el tiempo de visitas y lo llevaron al tren, encontrándose en la puerta de este con Christa, quien tenía sus enormes ojos cielo llenos de lágrimas, la pobre tenia espasmos en su cuerpo y se aferro al instante de una manga del saco del moreno, el cual no hizo por separarle, sabía que estaba asustada y no era para mas, el también estaba asustado.
Hitch entro primero, moviendo las caderas con exageración y luciendo su corto vestido color amarillo chillante, doloroso para la vista y con aquel sombrero extravagante sobre su cabeza, enorme y con plumas y moños. Sus tacones eran altísimos y sus piernas muy delgadas, era pálida y tenía en su rostro mucho maquillaje, lo que la hacía verse mas pálida y con sus ojos contorneados con amarillo y verde, además su burlona sonrisa estaba coloreada en rojo. Las mujeres del distrito doce nunca podrían costearse nada de lo que la mujer traía puesto, ni siquiera el maquillaje. Una vez había visto a una mujer del doce con maquillaje y había sido tan leve que casi y no lo notaba, solo era algo de negro para los ojos, cosa que los delineaba y hacia que los ojos se vieran más alargados o grandes y un color melón en los labios. Nada que ver como lo que la mujer traía en el rostro.
-Pasen pequeños, hay comida, bebidas y todo lo que gusten, el tren será su hogar hasta que lleguemos al capitolio, que será en tres días, así que pónganse cómodos, siéntanse. . . con en su casa –
La rubia soltó una risa burlona para luego perderse entre los vagones con la boca torcida y los ojos a medio cerrar, Eren tuvo que morderse los labios para no soltar alguna maldición, aquella mujer disfrutaba verles en aquel estado, si no fuese mujer estaría contra el suelo y con el labio roto. La pequeña rubia se separo un poco del muchacho y tomo un pastelito para luego observarle con curiosidad, los colores del betún eran tan inusuales, morado, amarillo, verde. . En el distrito casi siempre era blanco, azul y rosa, además que las tonalidades eran mucho más opacas que las brillantes que se veían en aquel pastelito. No muy segura de probar aquellas cosas volvió a dejar el pastelito en su lugar.
El de ojos verdes solo soltó un bufido, los llevaban a morir pero antes les llenaban el estomago con pasteles y dulces, les hacían sentir en la gloria y después les asesinaban con crueldad en aquella arena. Era completamente estúpido. Era cruel.
Se sintió vomitar con solo estar oliendo aquella dulzona fragancia que desprendían los postres, se dio la vuelta y comenzó a caminar por un pasillo en donde a la esquina de este ponían en un cartelito dorado con letras negras "Habitaciones" se dejo guiar por sus pies, olvidándose de la rubiecita que quedo atrás observándole, comprendiéndolo, está bajando la mirada le siguió hasta internarse en una puerta azul obscuro que tenia plasmado en un cartelito "Christa Renz" el muchacho ojiverde hizo lo mismo, pero en la puerta con su nombre. No se dio el tiempo de observar bien aquel lugar, aquella enorme habitación que equivalía su casa entera, solo fijo su mirada en la cama, en la hermosa y cómoda cama blanca, lanzo su cuerpo sobre ella y al instante se arropo con las cobijas, sintió como la cama se amoldaba a su cuerpo y lo acurrucaba, a los segundos se sintió calientito y se rindió al mundo de los sueños.
Le despertó Hitch, anunciando que pronto sería hora de la cena. Já, como si eso fuera realmente importante en esos momentos, a duras penas hizo que su cuerpo se levantara de aquel cómodo colchón y le ordeno caminar hasta lo que dedujo era un baño, la puerta era blanca y amplia, arrastro los pies hasta que llego frente aquella puerta y la empujo con levedad, presionándose sobre ella. Era una habitación blanca, enfermizamente blanca, guió sus brazos a él lavamanos y se observo a sí mismo en el espejo, su piel se observaba mas pálida y sus ojos, a su parecer, perdieron el brillo.
No podía seguir así, no debía seguir así. Lo único que le faltaba era enfermarse y entrar a la arena enfermo. Tal vez nadie lo mataría, tal vez el solo lo haría.
Sería una larga estadía hasta su lecho de muerte.
Salió de la ducha con rapidez, después de todo tenía hambre, después de enredarse con todos los botones de la ducha, logro por primera vez en su vida, ducharse con agua caliente, una tibia sensación le acaparo el cuerpo y le hizo cerrar los ojos por algunos segundos mientras disfrutaba tan hermoso momento.
Arropo su cuerpo con unos pantalones cafés de una tela muy suave pero gruesa, ideal para el clima, una camisa azul manga larga de lana, se calzo unos zapatos negros con unas calienticas calcetas blancas y como su último toque, se acomodo la bufanda de su madre, era algo friolento, por lo que era bueno para el traer aquella bufanda todo el tiempo. La ropa la había sacado de un armario en su alcoba, que sorprendente mente, toda la ropa que tenia dentro era de su talla, ¿otra magia del capitolio tal vez? Mmh, quien sabe.
Llego al comedor para encontrarse con Hitch y Christa, la rubia usaba un pantalón de lana color magenta y una camisa abrigadora beige, con unas botas de cuero calientitas color café, y Hitch con un pomposo vestido rosa brillante, y una flor enorme en su cabeza, mas grande que esta. No le miro los zapatos.
Tomo asiento y escondió sus pequeñas manos morenas debajo de la camisa que llevaba, tenía frio, no entendía en realidad como Hitch podía estar con un vestido que mostrara sus piernas y con el vestido sin mangas, realmente. . Imposible.
Con la nariz entre la tela de la bufanda observo como la mujer de la flor titánica caminaba a pasos "elegantes" hacia una de las puertas, y al abrirla saludo a alguien, ¿había alguien más dentro de este tren? No se había dado cuenta. . Solo le basto observar con curiosidad hasta que entraron dos personas, una mujer y un hombre.
Nunca los había visto, o tal vez sí, pero estaba demasiado ocupado manteniéndose vivo y no les prestaba atención. La mujer tenía el cabello castaño tal vez corto, tal vez largo, pero lo llevaba amarrado en una coleta de caballo, su frente estaba tapada con mechones largos y cortos, totalmente asimétricos, llevaba unas grandes y gruesas gafas, tapando unos ojos cafés obscuros, era alta, piel morena y se le veía una actitud muy infantil, pues entro al comedor con pasos danzantes y cantarines. Los miro, a Christa y al moreno y soltó una divertida risotada, que por supuesto no le pareció nada divertida al muchacho. Estaban a punto de morir, por dios.
Devolvió sus curiosas esmeraldas a quien venía tras la mujer que tomo asiento frente a la rubiecita que se miraba perdida y algo mareada.
Era un hombre, un hombre muy bajito, pero se veía tan varonil, con piel pálida y ojos rasgados, peligrosos e intimidan-tes color olivo. Se encontró a si mismo haciéndose pequeño en la silla en la que estaba sentado, se encontró a si mismo escondiendo aun más el rostro en la bufanda roja que llevaba al cuello, se encontró a si mismo observando al hombre con aun mayor curiosidad. Tenía el cabello negro, recortado como si fuera un militar, o bueno al estilo, nunca había visto un militar real, solo en algunas fotografías antiguas y en la televisión algunas veces, y ese corte, era muy parecido. Tan delgado ¡Y tan pálido! En realidad no se explicaba cómo podía ser tan. . .Tan descolorido. Aunque bueno, Christa también era muy pálida, pero eso se debía a que ella no trabajaba, así como el, así como todos. Christa, venía de una familia algo famosa. No lo suficiente para evadir los juegos, no lo suficiente para pagar patrocinadores ni poder huir. Nadie es lo suficientemente poderoso. El hombre se sentó frente al morenito que estaba escondido tras su bufanda y miraba la mesa como si fuera la cosa más interesante en el mundo, estaba nervioso, se veía a leguas.
Por una parte, por la mirada intimidante que le lanzaba el mayor, como si fuera la cosa más repugnante del universo o algo peor que eso, y por otra parte, no había estado comiendo con tantas personas, desde que murió su madre, y no recordaba muy bien. Se sentía. . Cálido de alguna manera el estar sentado a comer con tantas personas, le hacía sentir, vivo.
-Y bien ¿Qué tenemos por aquí? Una linda rubiecita y un niño muy tímido al parecer. –
Exclamo la mujer, al parecer lo burlesco estaba en su sangre, pues toda la oración sonó como si se estuviese burlando o tal vez si lo hace, tal vez si burlaba de la desgracia de ambos jóvenes que se mostraban ansiosos y asustados.
-¿Por qué no nos conocemos mejor, cariños? – Soltó una risita al decir aquello y observo a la muchachita. – Veamos linda ¿tu nombre? –
La rubiecita miro a ambas personas que estaban mirándola fijamente, hasta el moreno la observaba, tomo todo el aire que pudo y comenzó.
-Soy. .Christa Renz, tengo 14 años y. . . no sé hacer nada en realidad. –
-¿Renz? ¡Renz! ¡La familia Renz! ¡La familia de los cerdos inmundos que me dejaron en la calle! – Grito la castaña mientras reía de manera histérica, parecía una loca.
La rubia miraba extrañada a la mujer, ¿Qué trataba de decir? ¿La familia de los cerdos inmundos? Ella no recordaba, o tal vez, ni siquiera había nacido, pudo haberse molestado, indignado porque su apellido Renz fuese insultado de aquella forma, pero no lo hizo, porque sabía cómo eran, sabía cómo era su padre y su madre, sabía que el tener un buen apellido no ayudaba en sus acciones.
-Sí, soy de la familia Renz. . ¿Eso es. . Malo? –
-No, no, realmente no es malo, no influirá en absolutamente nada, pero es gracioso que después de exiliarme de su casa ahora manden a su linda hija a los juegos, donde YO tengo que encargarme de mantener viva, ¡ES TAN IRONICO! ¡Me encanta! –
La risa de la mujer resonaba en todo el vagón, Christa estaba confundida. ¿Había pasado algo que no supiera? Posiblemente si, después de todo, en su familia los secretos eran la base de la "moral". Aun así, no quiso indagar demasiado, tenía a su familia en un bajo nivel (en su cabeza claro) no quería decepcionarse aun más de lo que estaba.
-Eish, Hanji. . Cállate de una vez. –
Hablo por primera vez el hombre que comía con lentitud y silencio, Eren le miro de reojo y al instante volvió a observar su plato, vacio. No era que no tenía hambre, era que. .No tenía ganas de comer, no se sentía con la energía de tomar una cuchara y tomar lo que quisiera de las bandejas, no pasaría nada si no comía, además, aunque sabía que en ese lugar la comida debía ser perfecta, deliciosa, para mantenerlo vivo, no terminaba de confiar en ella.
-Oe, mocoso. . – El hombre con su tenedor poso un pedazo de carne en el plato del muchachito observándole con cierta indiferencia. – Tienes que comer. –
-Aah. . . Gra. . Gracias.-
Susurro el niño mientras comenzaba a comer, estaba nervioso de un acercamiento de esa manera con un extraño, antes, las personas extrañas le miraban con repudio y más de dos veces le echaban agua helada encima como si fuera un perro vagabundo, causándole catarro por unos días, pero ahora, había una persona (Además de Hannes ) Que no huía, y que le ofrecía cosas. En su pecho algo comenzó a ponerse cálido. Le gustaba ese sentimiento.
-¡Oh! ¡Y tu pequeño amiguito! ¿Cuál es tu nombre? –
Se quedo callado por unos segundos, pidiendo que su voz saliera de buena manera, tal vez como la de un hombre, y no como si estuviera muerto de miedo o nervioso, bajo un poco la bufanda para que se escuchara, y no tener que hablar más fuerte de lo que hablaba, sería demasiado vergonzoso que no le escucharan.
-Soy. . Soy Eren Jaeger y tengo 15 años. –
-¿Eren. . Eren Jaeger? ¿El Eren Jaeger?! – Hablo la mujer, acercándose sin mucho cuidado, embarrando su camisa negra de algo de arroz.
-Sí. . Señorita. – Comento el niño haciéndose hacia atrás, pegando la espalda y recargándose en la silla por completo. ¿Qué le pasaba a esa mujer?
-Hanji. . . – Hablo de nuevo el hombre al ver la suciedad de la camisa de la mujer, ah, esto siempre era así, lavaba la ropa, esta la ensuciaba, la volvía a lavar, volvía a ensuciarla, hija de perra.
-¡Perdón, perdón, es que nunca pensé que te vería en persona! Yo, soy la persona que fue elegida en vez de tu madre. .-
Eren solo pudo abrir su ojos lo mas que pudo, estaba tan sorprendido aquella vez que no se fijo en quien sería la pobre mujer que entraría a los juegos, solo había ido hacia su madre y la había abrazado, aunque luego lo separaron y lo enviaron con una amiga.
-¿U. . Usted? –
-Sí, yo. . Lo tuyo es la mala suerte ¿Eh? –
Ah, se sentía mal. Aquel pobre niño que estaba sentado frente al demonio de su compañero tenía la peor suerte del mundo, ella lo alcanzo a conocer, solo un poco, a veces Carla Jaeger le daba de comer cuando Eren era apenas un bebe, era la persona más dulce que pudo conocer, y aun recordaba como la asesinaron enfrente de todos, en frente del pequeño y como ella fue elegida en su lugar. Estaba en deuda con aquella mujer, así que se prometió en aquel momento, iba a mantener vivo a aquel chiquillo.
-¿Huh? ¿Qué si tiene mala suerte? Pues claro que si, ¡Esta en los juegos del hambre! –
Hablo Hitch para luego soltar una risa burlona, demasiado para el ambiente que había en aquella habitación.
-Cierra el hocico. –
-Rivaille eres muy amargado.-
Canturreo la rubia sin borrar aquella molesta sonrisa que le provocaban nauseas al pelinegro, ah, como quería asesinarla ahora mismo.
-Y bien ¡Eren! ¿Hay algo que puedas hacer? Somos un equipo desde ahora! –
-Mmh. . .Lo siento pero no sabemos sus nombres.. – Susurro Christa esperando que con ello pudiera saber las identidades de quienes ahora serian sus mentores.
-¡Ah! ¡Es verdad! Mi nombre es Hanji Zoe, tengo veinticinco años y gane los juegos hace seis años. Y este amargadito enano que tengo a mi lado es Rivaille, pero para los cercanos es Levi. – Soltó una fuerte y alocada risa para luego golpear la mesa en su carcajada. Rivaille solo rodó los ojos, debía estar acostumbrado. – Tiene veintisiete años y gano los juegos matando a todo lo que se le pusiera en frente! ¡Da miedo verdad! –
-Oe, como si tu no hubieras hecho eso. . –
-¡Si lo hice! ¡Pero yo tenía estrategias! Me fui por los más débiles y luego a los más poderosos. ¡Nadie supo quien empezó a matar! Y terminaron matándose entre ellos buscando al culpable, mientras yo estaba escondida en un árbol. ¡Ah que fue un buen trabajo! –
Aunque todos ambos estaban riendo y recordando (más que nada ella, el hombre parecía querer matarla con la mirada) los pobres muchachitos estaban asustados y mirándolos como si fueran a matarlos ¿Qué tipo de persona eran esos tipos?!
Rivaille observaba con diversión al muchachito que les observaba con miedo, Hanji se había soltado a hablar y a contar lo que hizo en los juegos, y a él le molestaba, era cierto, Hanji había sido despiadada y terrorífica, pero al menos él, ya se sabía la historia de memoria de tanto que la contaba. No sabía el porqué, pero había algo en el niño, algo que en realidad no sabía que era, pero en sus ojos había algo más que miedo y tristeza, ese algo era para él en esos momentos indescifrable. Le hacía sentir algo en el pecho, algo que le iluminaba y le llenaba de calor el lugar donde se supone esta su corazón.
Le observo con más cuidado, el muchachito ni atención le ponía, estaba centrado en Hanji, en escuchar como asesino al tributo cinco con una piedra desértica y como le corto la garganta a el tributo dos, ganando así los juegos. ¿No le daba asco recordar todo aquello?
Los ojos de ese chiquillo. . Era. . ¿Qué era?
Ah, ya sabía que era. . Lo tuvo cuando se veía ganar los juegos, cuando pensó que no lo elegirán, algún día tuvo aquello. No tan intenso como el muchacho, pero la tuvo.
Esperanza.
Bien este fue el segundo capitulo, ¡Espero que les haya gustado!
(ノ)゚∀゚(ヾ) ¡Opiniones por favor! ¿Les gusta como va la trama?
¡No sean lectores silenciosos!
Matta-Ne
