– Tengo mucha curiosidad. – Dialogo normal

Si no mantienes la calma, pasarás de cazador a presa.– Dialogo por teléfono o voz robótica.

Apártate de mi camino o te obligaré a salir.– Seres de naturaleza desconocida.

Os liquidaré a todos, escorias mortales.– Dioses o pokémon legendarios.


Diaclaimer: Pokémon no me pertenece, solo me lo he agenciado para crear una pequeña historia. Algunos personajes son de creación propia, pero la mayoría pertenecen a Nintendo.


Capítulo 1: Vuelta a casa

El hombre miraba el azulado cielo por el balcón de su camarote del gran ferri en el que viajaba vuelta a su región natal. Su castaña, y con alguna que otra cana, cabellera, la cual llegaba hasta el final de su cuello, ondeaba con el soplar del viento. El barco se mecía de igual manera y los wingull retozaban por el aire alegres de saborear la brisa marina que tanto les gusta. El hombre, de unos treinta y cinco años, volvía de su viaje a una región extranjera donde, una vez más, se había alzado victorioso en otra liga. Resopló y apoyó su cabeza en la palma de la mano hasta que recibió una amigable pero fuerte palmada por la espalda que por poco lo tira al agua.

– ¡Maldita sea, Electrivire! – Rugía algo molesto. – Casi me echas por el balcón, no me gustaría ver a Aldanna mojado. – Por un momento tembló de miedo. – Con su carácter seguro que me echa la bronca del siglo.

El tipo eléctrico solo reía con su típica carcajada brabucona mientras su entrenador iba hasta la cama de su habitación. Una vez la vislumbró se relajó sobre ella. Mientras cruzaba los brazos tras su cabeza y las piernas sobre sí mismas pensaba en su hogar. Añoraba el tacto de su esposa, su bella cabellera larga y negra como la más oscura noche de invierno y su albina piel brillante. La historia con esa mujer de nombre Aldanna ha sido siempre muy complicada y una vez más rememoraba toda su travesía junto a ella.

Todo comenzó cuando disputó su primera liga pokémon hace ya más de quince años, tal vez unos dieciocho o diecinueve, y la vio entre los participantes. Su primera impresión de su aspecto fue maravillosa, con una gorra plana roja se tapaba la parte de arriba de la cabeza y se protegía algo del Sol, su chaleco del mismo tono estaba desgastado y cubría una camisa blanca sencilla, portaba unos vaqueros ajustados azules e igual de usados que la chaqueta sin mangas que marcaban sus formadas piernas y por ultimo unas deportivas de baloncesto negras bastante sucias y desatadas. Ella vigilaba la gran pantalla con la intención de saber cuál sería su oponente en la fase preliminar mientras estaba cruzada de brazos remarcando sus atributos superiores, y su mirada mostraba una gran seriedad. Se percató de que el chico la observaba y dirigió sus furibundos ojos hacia él fulminándolo de mil y una formas diferentes en su mente pero este, asustado, desvió su rostro con la ligera esperanza de que no fuera él su objetivo. Sintió que alguien tocaba su hombro y se viró para recibir un puñetazo en la nariz haciéndolo caer pesadamente. Levantó la cara y la volvió a ver cruzada de brazos y la misma mirada de rabia de antes.

– ¡Malditos pervertidos, nunca aprendéis! – Lo levantó con gran fuerza y pegó su rostro al suyo. – Vuelve a dirigir tu apestosa mirada hacia mí y te enviaré al matadero, cerdo. – Lo soltó y volvió a dar con su trasero en el suelo. El chaval se indignó y sin pensarlo se elevó con velocidad mientras la mujer estaba de espaldas, le dio unos toquecitos y cuando esta se giró recibió de su propia medicina, un potente puñetazo entre ceja y ceja. La gente de alrededor estaba alucinando ante estos dos.

– No me vuelvas a tocar en tu vida, perra. – Dijo tajante con rabia en su mirada, la muchacha apenas podía ocultar su cara de asombro pues era la primera vez que alguien le devolvía el golpe.

– ¡¿Cómo te atreves a golpear a una dama?! – Se levantó y lo encaró.

– ¡¿Una dama?! – Protestó indignado. – ¡Las damas no son brutas ni violentas!

– ¡Te voy a dar tal tortazo que te haré girar y volar más que un helicóptero! – Levantó la mano.

– ¡Zorra violenta!

– ¡Puto degenerado!

– ¡Apestosa gloom!

– ¡Te pienso ganar, seguro que tus pokémon son tan débiles como tú!

– Te voy a machacar, cerda. – Respondió enfadado mientras se iba.

En esa misma competición ambos se enfrentaron en la final la cual ganó el hombre. Durante los siguientes ocho años se encontraron tanto en campeonatos como fuera de ellos enfrentándose una y otra vez quedando igualados en victorias. En Kanto volvió a ganar el castaño, pero en Hoenn se adelantó la mujer para en Sinnoh ambos ser eliminados antes de encontrarse. En Teselia volvió a salir victoriosa la pelinegra, en Kalos tomó la delantera una vez más el entrenador de Electrivire y en Alola, a pesar de no haber liga, ambos combatieron al final del recorrido insular terminando en empate. En Almia fue otra dura competencia que gano la chica y en Floresta quedaron otra vez en empate. Año tras años lucharon sin descanso, sus pokémon ya se conocían y sabían cómo combatirse entre ellos haciendo las batallas todavía más intensas y largas. Acababan de volver a quedar en empate al enfrentarse en el lago Veraz en Sinnoh. El chico, ahora hombre de pies a cabeza, alucinaba. Esa mujer conseguía igualarlo a pesar de solo usar pokémon dragón. No le gustaba admitirlo, pero era mejor que él al poder competir especializándose en un solo tipo. Ambos se tumbaron en el césped y respiraban agitadamente por el cansancio, estaban agotados tras ocho años de combates sin parar. El castaño giró su cuerpo para recostarse de lado y se encontró con su mirada, los ojos azules cristalinos de esa mujer lo embriagaban más que el alcohol.

– Eres fuerte, – Lo miró con dureza. – tal vez demasiado para mí.

– Vaya, ¿la gran doma dragones Aldanna está dándose por vencida? – Restregó con bravuconería.

– Ponte serio por un momento, imbécil. – Se levantó y miró la Luna con los brazos en forma de jarra. Tras esto se volvió a virar y se sentó sobre su rival. – Sabes que cuando quiero algo lo consigo, no hay quién o qué capaz de detenerme. – Su mirada tan seria lo ponía nervioso.

– ¿Y qué se supone que quieres? – Sin dejar pasar ni un segundo la mujer cerró la distancia entre los dos. Sorprendió al entrenador con un beso el cual no pudo ni quiso evitar y se separaron tras quedarse sin aire.

– Ni mi padre me había ganado nunca tantas veces, eres fuerte, o al menos lo suficiente como para emocionarme. – Declaraba.

– ¿Solo haces esto por admiración? – Recibió una sonora bofetada.

– Gilipollas, siento admiración por muchas personas, pero solo por ti dudo que sea únicamente eso. – Ahora fue el hombre el que cerró la distancia. Se encontraba sentado con ella encima suyo y sus brazos posados sobre sus hombros. – Si estamos juntos tal vez podamos decidir quién es mejor con el tiempo, – Por primera vez la vio sonrojada en todos los años que llevaban batallando. – y puede que más cosas. – Dijo apartando la mirada. En ese momento lo supo, sabía que era ella.

Nunca te decepcionaré.

O eso pensaba él.

El hombre salía del barco mientras estiraba los músculos dormidos. Estaba emocionado, era momento de volver a casa triunfante. Sacó una pokeball y de esta salió su poderoso Salamence que rugía con ferocidad asustando a las personas de su alrededor. Con paciencia y con Electrivire ya en su bola, el gran dragón voló con presteza hacia su destino.

Venga azulito, es hora de volver a Endrino.Y con otro grito más aceleró.

Podía ver desde esa altura varias ciudades de su región y rememoraba con alegría todas las veces que recorrió a lomos de su pokémon dragón varios sitios con su mujer en su regazo, le encantaba llevarla así. Pero se acordó de la vez más especial: el día de su boda.

– ¡Me voy a despeinar! – Pronunciaba molesta la mujer con su vestido de novia.

– Me seguirías pareciendo preciosa, querida. – Reía el hombre.

– Cállate. – Sonrojada mientras desviaba la mirada. El hombre la agarró delicadamente del mentón y atrajo sus ojos a él para tomar su boca.

– Me encanta esta parte de ti que solo yo puedo ver. – Decir que estaba como un tomate era quedarse corto.

– No me has dicho a donde iremos de luna de miel, no me irás a decepcionar, ¿verdad? – Decía de forma acusatoria.

– ¿Cuándo le he hecho?

– Tal vez cuando esa amiguita tuya, ¿cómo se llamaba? – Se llevó la mano a la barbilla. – ¡Cristal!

– Creo que tu puño le dejo claro a la pobre Cris que no estaba disponible, aunque dudo que viniera con tales intenciones. – Reía sonoramente.

– Nunca debes fiarte de una mujer como esa, siempre están tramando algo.

– ¡Mira, ya llegamos! – La pelinegra posó su mirada en el sitio señalado para sorprenderse gratamente. – ¿Te gusta Oblivia?

Que buenas vacaciones en playa Lapras, el hotel era precioso.Salamence lo afirmó con un pequeño grito alegre.

Entonces al fin pudo ver ciudad Endrino, y como era ya costumbre el tipo dragón descendió en picado hasta el suelo haciendo un aterrizaje perfecto provocando un buen alboroto. Se bajó de él y lo devolvió a su sitio para verse rodeado de personas que lo vitoreaban. Gritaban su nombre junto a cientos de felicitaciones que respondía con una gran sonrisa. Todavía estaba recibiendo abrazos y apretones de manos de la gente del sitió cuando vio una cabellera profundamente negra entre la muchedumbre, sin pensarlo se abrió paso entre el gentío a base de manotazos y empujones para vislumbrarla a ella, su esposa, con una radiante sonrisa. Su emoción llegó a tal nivel que no pudo evitar soltar una o dos lágrimas y lanzarse hacia ella elevándola en el aire con su gran abrazo. La miró a la cara para quedar embelesado por sus orbes azules sellando el tan ansiado reencuentro con un beso. Todavía rozaba su frente cariñosamente con la de su mujer cuando sitió como alguien tiraba de su chaqueta de polietileno beige, miró hacia abajo para ver una alegre y gran sonrisa en el rostro de su único hijo: Darren. Se agachó y cuando estuvo a su altura el pequeño saltó hacia él fundiéndose en otro abrazo, el cual era mucho más especial que cualquiera recibido ese día. Lo volvió a mirar a la cara para observar nuevamente su deslumbrante sonrisa, a la cual le faltaba algún diente, y recuperar todas las energías pérdidas en el viaje. Lo había comprobado, la sonrisa de un hijo es capaz de revitalizar a un padre.

– ¡Papi! – Gritaba muy feliz.

– ¡Mi pequeño Darren! – Despeinó cariñosamente el negruzco pelo de su retoño. Estaba claro que su cabello era igualito al de la madre, pero había sacado sus ojos castaño claro.

Inmediatamente después de casarse, Aldanna se quedó en cinta por una divertida y despreocupada noche de bodas. Debido a esto se mudaron como residencia fija a la ciudad natal de la mujer, Endrino, en Johto. Allí se quedaron ambos durante tres años en los cuales recibieron ayuda de los padres de ella para criar al niño que recibió el nombre de un antiguo guerrero dragón de una leyenda ya casi olvidada. Cuando la situación se hubo calmado, el hombre recibió el permiso de su amada para volver a viajar alrededor del mundo. En un principio se negó, pero fue "convencido" por su mujer y obviamente amenazado de ser castrado por esta misma si se esteraba de que tenía alguna aventurilla con una furcia de por ahí. Con los testículos de corbata y una gran emoción volvió a partir para, desde entonces, solo cosechar triunfo tras triunfo llegando a ser un entrenador muy famoso a nivel mundial. Incluso le habían propuesto formar parte del Alto Mando de varias ligas, pero lo rechazó todo. El solo quería ganar para, cuando volviera a su hogar, recibir las felicitaciones de las personas más importantes de su vida. Su familia lo era todo para él.

– Mira Darren, – Sacó de su bolsillo dos pokebolas. – te he traído dos amigos. – El niño se emocionó tanto que por poco se mea encima mientras saltaba nervioso.

– ¡¿Quiénes son?! – No podía mantenerse quieto. – ¡Dímelo, dímelo, dímelo porfis! – Su padre rio ante la alegría del chiquillo.

– Ya has cumplido diez años por lo que ya tienes edad de recibir tu primer pokémon. Había capturado uno para ti pero entonces un profesor muy famoso me dejó uno como muestra de cariño. – Se levantó. – Estos dos pequeños son de otra región, muy raros por aquí, trátalos bien, juega con ellos y entrénalos para que se hagan fuertes. – Lo miró seriamente, entonces el niño sabía que su padre le iba a decir algo muy importante. – Un pokémon no es un objeto, no es un ayudante ni un sirviente, es un amigo y compañero que vive contigo los mejores y peores momentos. Es un ser que te acompaña, que quiere estar contigo y recibir tu cariño. Nunca trates a uno como si de un objeto se tratase, son seres vivos, sienten y padecen como nosotros, no lo olvides. – Asintió con su cabeza ante la lección. – Me alegro de que lo entiendas. Bien, te presento a Chimchar y Buneary. – Ambos salieron algo confusos.

Miraron a su alrededor para saber que no estaban en un sitio conocido para enseguida caer en la nerviosa mirada del niño. Los miraba expectante, quería saber que hacían. El tipo fuego se acercó, pero la conejita se mostró en un primer momento algo más recelosa.

– Chimchar es un buen pokémon de principiantes porque es de actitud amable, pero no estoy segura de esa Buneary. – Dijo la madre de la criatura.

– Tranquila, no es un pokémon violento en sí. – Respondió seguro.

– Es que si mi niño sale herido, el que recibiría el castigo serías tú, cariño. – Amenazó con una tenebrosa sonrisa a su esposo mientras arreglaba el cuello de su chaqueta. Mientras él reía de forma nerviosa y ella terminaba de vestirlo como dios manda, una niña de edad similar a su hijo se presentó ante ellos junto a un dratini y un horsea a su izquierda y derecha respectivamente.

– ¡Felicidades por su victoria señor Dahaka! – Felicito la pequeña peli celeste.

– Gracias, Débora. – Le devolvió la sonrisa. – ¿Quieres jugar con Darren? – Asintió felizmente. – Está ahí, junto a sus nuevos compañeros.

– ¡Muchas gracias! – Y fue a reunirse con su amigo con los padres de este mirando de fondo.

– Es una buena niña, bastante responsable y trabajadora. – La mujer se llevó la derecha a la barbilla. – Tal vez no estaría mal como nuera. – Su marido la miró extrañado.

– Por dios Alda, que solo tiene diez años.

– Una madre debe velar porque su pequeño no acabe en manos de una arpía chupasangre. – Sus ojos se tornaron oscuros. – Mi niño acabará con quien yo considere buena. – Reía de forma maliciosa.

El castaño la dejó sola en sus malvados planes de madre mientras se fue a jugar con los niños el resto de la tarde. Todo estaba tranquilo, todo iba en relativa paz. Una familia feliz, ¿qué más querría? Tal vez no haberse ido tan pronto. Todo derruido en cuestión de segundos, unas simples palabras lo cambiaron todo. Un mero titular en las noticias cambió el mundo. ¿Quién supondría que eso sería el inicio de la que fue la mayor calamidad de la historia con más de cien millones de muertos? Si tan solo pudiera volver al pasado y cambiar algo sería eso, la muerte de Erick Dahaka.