Los hechos no representan necesariamente la realidad, aunque muchas cosas aquí mencionadas, existen.
Los personajes, naturalmente, no me pertenecen, sino que son propiedad del asombroso escritor de thrillers, Dan Brown, responsable de haber despertado en mi la pasión por la lectura.
I
2:30 A.M
Robert Langdon se despertó sobresaltado y con la espalda envuelta en un sudor frío.
En la oscuridad sonaba un teléfono, un chillido furioso que le resultaba inquietantemente familiar. A tientas, se levantó medio dormido de la cama, golpeándose con las paredes del pasillo y tropezándose con las zapatillas que había dejado en el piso.
El teléfono seguía sonando. Aturdido, lo descolgó.
- ¿Diga?
No hubo respuesta. Se oyó un llanto angustiado al otro extremo de la línea.
- ¿Diga?- Repitió confuso, mientras trataba de aclararse la garganta.
Miró impaciente el reloj de su muñeca. Eran las dos treinta y uno de la mañana. Sólo llevaba dos horas en la cama, pero se había dormido profundamente.
- ¿Robert?- dijo la voz de una mujer en un hilo de voz.- Pasó algo.
- ¿Cómo?
Langdon era incapaz de concentrarse.
La mujer siguió hablando, con dificultad, y un gemido de cansancio se escapó de los labios de Langdon.
Al oírla, se quedó de piedra. Su corazón comenzó a acelerarse. Al instante, se quedó sin respiración.
"No puede ser…"
El teléfono se le cayó de las manos.
Conmocionado, se dejó caer sobre una silla e intentó ponerse las zapatillas. Apenas pudo hacerlo, su mente estaba en otra parte.
Después de eso y por primera vez desde hacía años, Robert Langdon rompió en llanto.
DOS MESES DESPUÉS...
Contemplando los finos rayos del sol de la mañana, Peter Solomon caminaba nerviosamente por entre los pasillos del cementerio, incomodo.
Tenía una extraña sensación en la garganta.
Miró a los costados, intentando orientarse. Coloridos arreglos florales parecían haber sido esparcidos al azar sobre el césped recién cortado. Las hojas de los árboles se balanceaban con armónica suavidad a causa del viento.
Se abotonó con impaciencia las mangas de su camisa y consultó su reloj digital. Marcaba las 10:31 AM.
Tragó saliva y escarbó en su bolsillo. Sacó el teléfono móvil. La pantalla reflejó su rostro. Tenía un aspecto espantoso, como si hubiera dormido vestido. Lo guardó rápidamente y siguió su camino, dando rápidas miradas de un lado a otro, huyendo de su imagen repentinamente envejecida. "Soy un viejo demacrado". Pensó. "No estoy listo para esto".
A sus treinta y dos años, Peter era un destacado y prominente académico, cuyos gestos calmados y su increíble humildad disimulaban su poderoso linaje de la familia Solomon.
Sus ojos grises reflejaban, por lo general, una confianza y convicción nacidas de la experiencia, y la impresión de que era capaz de enfrentar cada obstáculo que se le pusiera por delante para lograr un objetivo.
Hoy, sin embargo, parecía una persona diferente. Su rostro lucía nervioso y pálido.
Tenía la frente perlada de sudor.
Intentó serenarse, pero su respiración se detuvo por un instante cuando, a lo lejos, logró distinguir la solitaria silueta de un joven arrodillado sobre el césped.
Con suma cautela, se aproximó hacia él, sin dar crédito a sus ojos una vez que fijó su vista en aquel rostro.
Era Robert Langdon.
El chico, moreno y esbelto, tenía veinte juveniles años, penetrantes ojos azules y espesa cabellera castaña. Al mirar hacia Peter, se puso de pie, revelando su estatura. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto.
- ¿Robert? yo... Lo siento mucho, de verdad.- Balbuceó Peter, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta.
El joven no contestó, se precipitó hacia él y lo estrechó contra sus brazos.
Fue abrazo largo, lleno de gratitud.
Solomon sintió que las lágrimas resbalaban sobre sus mejillas.
- ¡Cómo has crecido amigo!- Dijo, dándole suaves golpes en la espalda, intentando alejar la angustia de su mente.
Se secaron torpemente los ojos, tratando de disimular la tristeza.
- ¡Pues tú estás igual!- replicó Robert, conteniendo una carcajada nerviosa.
Su amigo le oyó, torciendo el gesto en silencio, con la mirada perdida hacia el vaivén de las hojas de otoño que caían pausadamente hacia el suelo húmedo.
Lentamente, comenzaron a caminar juntos, conversando y riendo, olvidando el dolor, evadiéndolo, aunque fuera por un momento. Los dos sabían que pronto, deberían abordar un tema inevitable.
Me disculpo por la corta extensión del capítulo, pero esta es una manera en que puedo subirlos más rápidamente.
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Los quiero...
