Capitulo 2


Las palabras revoloteaban como mosquitos en torno a Winry. «El conde ha llegado a casa, llegado a casa...»

-Pero..., no es posible -musitó.

¿Por qué el señor Young habría llevado al desconocido hasta allí? Se pasó la lengua por los labios resecos. Sentía la boca como de estopa. Cuando habló, la voz que le salió no parecía la suya.

-¿Lo... lo has visto?

La criada asintió con la cabeza, privada súbitamente del habla. Winry clavó la mirada en el suelo y, con un enorme esfuerzo, logró pronunciar algunas palabras coherentes:

-Tú conoces a mi esposo, Naomi. Dime, ¿el hombre que está en Alchemist Hall...? -Alzó una mirada implorante hacia la criada, incapaz de terminar la pregunta.

-Así lo creo. No; de hecho estoy segura de ello.

-Pero... El conde está muerto -insistió Winry, casi paralizada-. Se ahogó.

-Déjeme acompañarla al castillo -dijo Naomi, tomándola del brazo-. Tiene mal aspecto, está muy pálida. No hay que sorprenderse; no todos los días un esposo muerto regresa junto a su mujer.

Winry se soltó dando un salto hacia atrás.

-Por favor, necesito estar unos minutos a solas. Iré al castillo en cuanto esté lista.

-Claro, mi señora. Les diré a todos que la esperen. Tras dirigirle una mirada preocupada, Naomi retrocedió y se alejó, presurosa, por el sendero que llevaba hasta el castillo.

Winry entró en la casita tambaleándose. Fue hasta la jofaina y echó agua tibia dentro del recipiente de loza. Se enjuagó el polvo y el sudor de la cara con movimientos metódicos; su mente era un torbellino de pensamientos. Nunca antes se había encontrado en una situación tan extraña. Siempre había sido una mujer práctica. No creía en milagros y nunca había rezado pidiendo uno. Y mucho menos un milagro así.

Pero aquello no era ningún milagro, se dijo, mientras se soltaba el despeinado cabello e intentaba volver a recogerlo con las horquillas. Sus manos, temblorosas, se negaron a obedecerla y toquetearon con torpeza horquillas y peines, hasta que al fin estos cayeron al suelo.

El hombre que la esperaba en Alchemist Hall no era Edward. Era un desconocido, y muy astuto, pues había logrado convencer al señor Young y al doctor Marco de que su historia era cierta. Winry solo tenía que recobrar su compostura, juzgarlo por sí misma y confirmar ante los demás que, ciertamente, aquel hombre no era su esposo. Así quedaría zanjado el asunto. Aspiró con fuerza varias veces para darse ánimos y siguió colocando horquillas, sin orden ni concierto, en su cabello.

Cuando se contempló en el espejo cuadrado de estilo reina Ana que hacía equilibrios sobre la cómoda de su cuarto, pareció que la atmósfera había cambiado, que el aire se había vuelto más denso y opresivo. Dentro de la casita reinaba tal silencio que podía oír el alocado latido de su corazón. Creyó ver algo en el espejo, un movimiento pausado que la paralizó. Alguien había entrado en la estancia.

Winry se quedó inmóvil, con la piel erizada, en un helado silencio, y vio que en el espejo una nueva imagen se unía a la suya. El bronceado rostro de un hombre... Cabello rubio y corto; ojos dorados que tan bien recordaba... Alto; grandes hombros y pecho... Tal aplomo y presencia física que parecía que la habitación se encogiera a su alrededor.

Winry dejó de respirar. Deseaba echar a correr, gritar, desmayarse, pero parecía que se hubiera convertido en piedra. Él estaba detrás suyo y su cabeza y sus hombros sobrepasaban en mucho su altura.

Sus miradas se encontraron en el espejo. Los ojos eran del mismo color, pero sin embargo... nunca la había mirado así, con aquella intensidad, abrasando cada centímetro de su piel. Era la mirada ávida del ave de presa.

Winry se estremeció de miedo cuando él alzó suavemente las manos y tocó su cabello. Fue soltando, una a una, las horquillas de su brillante cabello rubio y las dejó sobre una cómoda que tenía al lado. Winry lo observaba, temblando ante cada leve tirón de cabello.

-No es verdad -susurró.

-No soy un fantasma, Winry -dijo él con la voz de Edward, profunda y ligeramente ronca.

Ella logró apartar la mirada del espejo y, tambaleándose, se dio la vuelta para quedar cara a cara frente a él.

Estaba un poco más delgado, lo que destacaba la notable prominencia de sus músculos. Tenía la piel bronceada, con un brillante tono cobrizo que resultaba demasiado exótico para un inglés.

-Yo no creí...

Winry oyó su propia voz como si le llegara desde muy lejos. Sentía una gran opresión en el pecho y el corazón ya no podía mantener su alocado ritmo. Aunque trataba de respirar profundamente, parecía que le faltaba el aire. Una espesa niebla se abatió sobre ella, cubriendo sonidos y luces, y Winry se hundió velozmente en el oscuro abismo que se abrió de pronto.

Edward la atrapó cuando caía al suelo. Sintió el cuerpo de Winry liviano y sensual en sus brazos, a los que se adaptó fácilmente. La llevó hasta la estrecha cama, se sentó sobre el colchón y la acomodó en su regazo. La cabeza de Winry cayó hacia atrás y dejó a la vista su garganta de marfil, rodeada por la tira negra de tela de su vestido de luto. La contempló largo rato, subyugado por la delicadeza de aquel rostro. Había olvidado que la piel de una mujer pudiera ser tan clara y tersa.

La boca de Winry se mostraba suave y algo triste en su reposo; su semblante, vulnerable como el de un niño. Qué extraño resultaba ver a una viuda tan expuesta. Winry poseía una belleza tierna que le atraía enormemente. Deseaba a aquella pequeña y pulcra criatura, con sus manos delicadas y su boca afligida. Con la fría premeditación que siempre le había caracterizado, decidió que se adueñaría de ella y de todo lo que eso supusiera.

Winry abrió los ojos y lo contempló con expresión grave. El respondió a aquella mirada inquisitiva con un semblante inexpresivo y le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

Ella, no obstante, pareció no advertir aquella sonrisa y siguió mirándolo sin parpadear. Entonces, una extraña dulzura tino aquellos dos ojos dorados ; una curiosa, compasiva ternura... Como si él fuera un alma perdida que necesitara salvación. Se acercó hasta el cuello de Edward y tocó el borde de una gruesa cicatriz que desaparecía bajo su cabello.

El roce de los dedos de Winry encendió el fuego dentro de él. Su respiración se aceleró y se quedó muy quieto. ¿Cómo rayos podía mirarlo de aquella manera? Hasta donde ella sabía, él era un desconocido, o bien el marido que detestaba.

Perplejo y excitado por la compasión reflejada en el rostro de Winry, luchó contra la loca tentación de hundir la cara entre sus pechos. El retiró a toda prisa de su regazo y puso la distancia necesaria entre ambos.

Por primera vez en su vida, tenía miedo de sus propios sentimientos... él, que siempre se había enorgullecido del dominio férreo que ejercía sobre sí mismo.

-¿Quién es usted? -preguntó ella en voz baja.

-Sabes muy bien quién soy -murmuró él.

Winry negó con la cabeza, claramente aturdida, y apartó la mirada. Se encaminó hacia un armario en el que guardaba algo de vajilla y una pequeña tetera. Refugiándose en el rutinario ritual, buscó con torpeza un paquete de té y retiró del estante un pequeño frasco de porcelana.

-Haré... haré un poco de té -dijo con tono apagado-. Hablemos. Tal vez pueda ayudarlo.

Pero le temblaban tanto las manos que las tazas y los platos se sacudieron cuando los cogió.

Winry creía que se trataba de algún pobre tonto desesperado o de un vagabundo que necesitaba su ayuda. Una sonrisa irónica curvó los labios del supuesto Edward, que se acercó a ella y tomó sus frías manos entre las suyas, muy calientes. Sintió, una vez más, la dulce e inesperada impresión de tocarla. Sentía la delicadeza de sus huesos, la suavidad de su piel. Ansiaba demostrarle su gentileza. Algo en ella hacía salir a la superficie los últimos y amargos vestigios de humanidad que le quedaban. Winry conseguía que él quisiera ser el hombre gentil y bondadoso que ella necesitaba.

-Soy tu marido -le dijo-. He vuelto a casa. —Ella lo miró, en silencio, con los miembros rígidos y las rodillas temblorosas-. Soy Edward -insistió en tono suave-. No tengas miedo.

Winry oyó su propia risa incrédula y sofocada cuando contempló de nuevo las facciones del hombre, aquella mezcla tremenda entre lo familiar y lo desconocido. Se parecía demasiado a Edward para echarlo sin más, pero lo rodeaba un halo extraño que ella no podía aceptar.

-Mi marido está muerto -dijo, poniéndose rígida.

Los músculos de la mandíbula del hombre se contrajeron.

-Haré que me creas.

Fue rápidamente hasta ella, rodeó su cabeza con ambas manos y acercó su boca a la de él. Haciendo caso omiso de su grito alarmado, la besó como nunca la habían besado. Las manos de Winry se aferraron a sus musculosas manos, tratando en vano de que la soltara. Pero la boca del hombre, incendiaria, deliciosa, la había dejado estupefacta. Utilizó los dientes, los labios y la lengua, sumiéndola en una llamarada de sensualidad. Una vez más intentó liberarse, inútilmente, hasta que él le soltó la cabeza y la apretó contra la dura superficie de su pecho. Winry se sintió cobijada y segura en su abrazo, poseída del todo... Profundamente deseada. Su nariz se colmó con el olor que emanaba de él, una mezcla de tierra, aire y un suave deje de madera de sándalo.

Los labios del hombre se deslizaron más abajo, hasta el sensible costado de su cuello. Suspiró profunda y sensualmente sobre su piel. Acercó su cara a la de ella, hasta que Winry sintió el roce de sus pestañas en la mejilla. Nunca nadie la había abrazado así, tocándola, saboreándola como si fuera un fruto exótico.

-Oh, por favor -jadeó, mientras se arqueaba al contacto de la lengua del hombre contra su palpitante cuello.

-Di mi nombre -susurró él.

-No...

-Dilo.

Con la mano ahuecada cubrió uno de los senos y sus largos dedos moldearon el sensible montículo. Winry sintió que el pezón se le endurecía bajo el cálido cobijo de la mano del hombre, buscando más estimulación. Con un rápido movimiento, Winry se retorció hasta liberarse de sus brazos y retrocedió tambaleándose unos pocos pasos, hasta dejar el suficiente espacio entre los dos.

Cubrió su seno con una mano y miró al hombre, atónita. El se mostraba inexpresivo, pero el sonido entrecortado de su respiración revelaba que estaba tratando de recobrar la compostura, igual que ella.

-¿Cómo se atreve? -exclamó Winry, jadeando.

-Eres mi esposa.

-A Edward nunca le gustaron los besos.

-He cambiado -respondió él, simple y llanamente.

-¡Usted no es Edward! -exclamó por encima del hombro, mientras corría hacia la puerta.

-Winry -le dijo, pero ella no le hizo caso-, Winry, mírame. Algo en su tono de voz la obligó a detenerse. A regañadientes, se quedó quieta en el umbral, observándolo. El hombre sostenía algo en la mano.

-¿Qué es eso?

-Ven y míralo.

Avanzó cautelosamente hacia él, con desgana, y se quedó asombrada al ver el objeto que tenía en la mano. Él apretó la cerradura con el pulgar y la canta esmaltada se abrió con un chasquido, dejando al descubierto un retrato en miniatura de Winry.

-Lo he contemplado todos los días, durante meses -murmuró el hombre-. Aunque no te recordaba en los días posteriores al naufragio, sabía que me pertenecías.

Cerró la cajita y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.

Winry, incrédula, alzó su mirada hacia él. Tenía la sensación de estar soñando.

-¿De dónde lo ha sacado? -preguntó en un susurro.

-Me lo diste tú -respondió él-, El día en que partí hacia la India. ¿Lo recuerdas?

Sí, lo recordaba. Edward tuvo tanta prisa por abandonar la casa que se mostró muy impaciente durante la despedida. Pero Winry se las ingenió para llevarlo a un lado, para estar un instante a solas con él y darle el relicario. Era habitual que una esposa o una novia ofreciera un recuerdo a su hombre si este se marchaba al extranjero, especialmente a un lugar tan peligroso como la india, donde existía la posibilidad de que lo mataran por deudas de juego, o de que muriera a manos de rebeldes sedientos de sangre, o bien a causa de alguna peste. Sin embargo, los riesgos no habían hecho más que incitar a Edward, que siempre se había creído invencible.

Edward se mostró auténticamente conmovido por el obsequio de Winry, lo suficiente como para darle un beso en la frente.

-Encantador - había murmurado -. Gracias, Winry.

Aquel día, ambos se pusieron tensos con los recuerdos de su desdichado matrimonio de dos años, de las mutuas amarguras y decepciones de dos personas que no habían logrado encontrar intereses comunes sobre los que apoyar siquiera una amistad. Aun así, Winry se preocupó por él.

-Rezaré por tu seguridad -le había dicho, y él se había echado a reír ante la preocupación reflejada en su rostro.

-No desperdicies tus oraciones conmigo -le había respondido. El hombre que ahora tenía ante ella pareció leer sus pensamientos.

-Después de todo, debes de haberme dedicado una o dos oraciones -murmuró-. Es lo único que me pudo traer de regreso a casa.

Winry sintió un mareo súbito y se tambaleó bajo el peso de aquella revelación. Tan solo su esposo podía conocer sus palabras de despedida.

-¿Edward? -preguntó en un susurro.

Él la sostuvo por los codos y la ayudó a mantenerse en pie. Después agachó la cabeza para mirarla con sus ojos dorados, en los que brillaba una chispa de burla.

-No irás a desmayarte otra vez, ¿verdad?

Winry se sentía demasiado abrumada para responder. Dejó que él la llevara hasta una silla, en la que se desplomó bruscamente.

El hombre se puso en cuclillas junto a ella, con lo que ambos rostros quedaron a la misma altura. Le retiró un mechón detrás de la oreja y sus dedos curtidos rozaron su lóbulo.

-¿Empiezas a creerme?

-Antes dime algo que solo mi esposo pueda saber.

-¡Santo Dios! Ya he pasado por esto con Young y Marrco. -Se quedó callado, contemplando las ropas de viuda que Winry lucía; ella se sobresaltó ante la intimidad de aquella mirada-. Tienes un diminuto lunar de color pardo en la cara interna de tu muslo izquierdo -dijo en voz baja-. Y una peca oscura sobre tu seno derecho. Y una cicatriz en el talón, de la vez en que te cortaste con una piedra, un verano, cuando aún eras una niña. -Sonrió ante la expresión confundida que vio en el semblante de la joven-. ¿Quieres que siga? Puedo describir el color de tu...

-Es suficiente -interrumpió Winry, sonrojándose de pronto. Por primera vez se permitió mirarlo detenidamente y vio la sombra de la barba en su cara afeitada, su barbilla categórica y prominente, los hoyuelos de las mejillas.- Te ha cambiado un poco la forma de la cara -dijo, tocando tímidamente el borde de su pómulo-. Tal vez te habría reconoc..-.

Él la sorprendió apoyando la boca sobre la palma de su mano. Cuando Winry sintió el calor de aquellos labios contra su suave piel, retiró la mano y adoptó una expresión reflexiva.

-Y tu ropa parece diferente -siguió diciendo, mientras miraba los pantalones grises, tensos sobre los muslos, la gastada camisa blanca y la angosta corbata, pasada de moda, que llevaba.

Siempre había visto a Edward ataviado con las ropas más elegantes: chaquetas del paño más refinado, chalecos de brocado bordado, pantalones de cuero o de lana fina. Su indumentaria para la cena siempre había sido igualmente espléndida: chaquetas negras bien cortadas, pantalones con raya impecable, deslumbrantes camisas de hilo blanco, cuellos rígidamente almidonados, lazo y zapatos lustrados con champán.

Ante aquel minucioso escrutinio, Edward sonrió con cierta ironía.

-Quise cambiarme de ropa en el castillo -dijo-, pero al parecer han cambiado las cosas de lugar.

-Greed y Lust se deshicieron de todo.

-Incluida mi esposa, por lo que veo. -Paseó la mirada por la estancia y sus ojos castaños se tornaron gélidos-. Mi tío va a pagar por haberte puesto en semejante lugar. Esperaba algo mejor de su parte, aunque solo Dios sabe por qué.

-Ha resultado bastante cómodo...

-No es adecuado ni para una lavandera, ni mucho menos para mi esposa. -La voz de Winry, seca como un latigazo, sobresaltó a Winry. Al darse cuenta de su involuntaria reacción, Edward suavizó su expresión y dijo-: No te preocupes. De ahora en adelante, estarás protegida.

-No quiero...

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera impedirlo. Asustada, apretó los labios y clavó los ojos en su regazo, en un desdichado silencio. Aquello era increíble, peor que una pesadilla. Edward estaba en casa e iba a hacerse cargo de su vida como antes, aplastando su independencia como si se tratara de una flor bajo su bota.

-¿Qué ocurre, mi amor? -preguntó él en voz baja. Sorprendida, Winry contempló su rostro grave.

-Nunca me habías llamado así.

Edward deslizó la mano por la fina curva de su garganta, acariciando con el pulgar la línea de su mandíbula. Pretendió no advertir la manera en que ella se encogía bajo su caricia.

-He tenido mucho tiempo para pensar, Winry. Pasé varios meses convaleciente en Ciudad del Cabo y después emprendí un viaje condenadamente largo para llegar hasta aquí. Cuanto más me acordaba de ti y de nuestro matrimonio, más me daba cuenta de lo canalla que había sido. Me prometí que, en cuanto regresara, empezaríamos de nuevo.

-No creo que sea posible.

-¿Por qué no?

-Han pasado muchas cosas, y yo...

Winry se interrumpió, tragó saliva y se le llenaron los ojos de lágrimas. Luchó para no derramarlas, mientras la culpa y la desdicha colmaban su interior. ¿Por qué Edward había tenido que volver? Con un solo golpe del destino se veía sentenciada, una vez más, a una vida que detestaba. Se sentía como una prisionera a la que habían liberado solo para devolverla de nuevo tras las rejas.

-Entiendo. -Edward dejó caer la mano. Curiosamente, la estaba mirando como si en realidad la entendiera, a pesar de que siempre había sido escasamente perceptivo-. Pero nada será como antes.

-No puedes evitar ser como eres -dijo Winry, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.

Oyó la rápida respiración de Edward y sintió sus dedos enjugándole aquella lágrima. Winry dio un salto atrás, pero Edward se inclinó hacia ella para acortar la distancia entre ambos. Estaba aprisionada en la silla, con la cabeza y el cuello apretados contra el respaldo.

-Winry -susurró él-, jamás te haría daño.

-No te temo -dijo ella, y añadió, con tono desafiante-: Es solo que no quiero volver a ser tu esposa.

El antiguo Edward se habría molestado ante aquel signo de rebeldía y la hubiera sometido con unas pocas palabras cortantes. Este, en cambio, la miró con una serenidad que la puso tremendamente nerviosa.

-Veré si puedo modificar eso. Todo lo que te pido es que me des una oportunidad.

Winry agarró con fuerza los apoyabrazos del sillón.

-Preferiría que lleváramos vidas separadas, tal como hacíamos antes de que te fueras a la India.

-No puedo obligarte, cariño. -Su respuesta fue amable, pero Winry intuyó cómo seguiría-. Eres mi esposa. Tengo la intención de recuperar mi lugar en tu vida... y en tu cama.

Ante aquella afirmación, Winry palideció.

-¿Por qué no te vas con Rose? -preguntó, desesperada-. Se alegrará mucho con tu regreso. Era ella a quien querías, no a mí. La expresión de Edward se volvió cauta.

-Ahora, ella ya no significa nada para mí.

-Se amaban el uno al otro -insistió Winry, deseando que Edward se apartara de ella.

-Aquello no era amor.

-¡Pues era una imitación muy convincente!

-Querer acostarse con una mujer no es lo mismo que amarla.

-Eso ya lo sé -respondió ella, obligándose a mirarlo a los ojos-. Lo dejaste muy claro en varias ocasiones.

Edward encajó aquella afirmación sin hacer comentarios. Se puso en pie de un solo movimiento grácil. En cuanto se vio liberada, Winry saltó de su silla y fue hasta el otro extremo de la habitación, alejándose de él cuanto le fue posible.

Winry se juró a sí misma, con resolución, que jamás volvería a recibirlo en su cama.

-Voy a complacerte en todo lo que sea posible, salvo en una cosa: no veo ninguna razón para que volvamos a tener intimidad. No solo fracasé en mis intentos por darte placer, sino que además soy estéril. Sería mejor para ambos que encontraras a otra mujer para satisfacer tus necesidades.

-No quiero a ninguna otra.

-Entonces tendrás que tomarme por la fuerza -declaró Winry.

Ella palideció al ver que se le acercaba. Era imposible interpretar aquella expresión: ¿estaba enfadado, la despreciaba o simplemente se estaba divirtiendo? Las manos de Edward se cerraron sobre las de ella, con una presión gentil pero firme. Winry lo miró a la cara y sintió que de nuevo la invadía el viejo y sofocante desamparo.

-No -dijo él con suavidad-. No acudiré a tu cama hasta que estés preparada.

-Eso llevará mucho tiempo... No sucederá nunca.

-Tal vez. -Edward quedó en silencio y la contempló, pensativo-. ¿Ha habido otro hombre durante mi ausencia?

-No -respondió Winry con una risita ahogada, sorprendida de que Edward pensara que aquella era la razón por la que no quería acostarse con él-. ¡Por Dios, no quise tener nada que ver con ningún hombre después de tu partida!

Edward sonrió con ironía ante aquel comentario tan poco halagador.

-Bien. No podría culparte por haberte acercado a otro hombre... Pero no puedo soportar la idea de que otro te toque.

Se frotó la nuca con gesto cansado y Winry se fijó en la línea descolorida que revelaba una herida recién cicatrizada.

-Tu cabeza... -murmuró.

-El naufragio -explicó él con tono cansado-. Hubo un violento vendaval. Nos sacudió sin cesar hasta que el barco chocó contra un arrecife. Mi cabeza se golpeó contra algo, pero ¡maldita sea!, no recuerdo contra qué. Ni siquiera pude recordar mi condenado nombre durante varias semanas después del accidente.

Se quedó inmóvil al ver que ella se acercaba.

Winry sintió, contra su voluntad, que la inundaba una oleada de simpatía hacia él. No podía evitarlo... Odiaba la idea de que sufriera.

-Lo siento -dijo.

Edward sonrió ligeramente.

-Sientes que la herida no fuese mortal, imagino.

Sin hacer caso a su comentario, Winry no pudo resistirse a tocar la profunda cicatriz. Hundió los dedos en la espesa cabellera de Edward y palpó su cuero cabelludo. La cicatriz era larga. El golpe que la había provocado debía de haber estado a punto de partirle el cráneo. Mientras le tocaba la cabeza, oyó que a Edward se le agitaba la respiración.

-¿Duele? -preguntó, al tiempo que retiraba la mano. El negó con la cabeza y soltó una breve carcajada.

-Mucho me temo que lo que me estás provocando es otra clase de dolor.

Winry lo miró a los ojos, perpleja, y luego bajó la mirada hasta el regazo de Edward. Vio que su inocente caricia lo había excitado, provocándole una poderosa, inequívoca erección que le abultaba los pantalones. Se sonrojó llena de furia, humillada, y retrocedió de un salto.

Edward mantuvo una leve sonrisa.

-Perdón, mi amor. Un año de celibato ha acabado con el poco dominio de mí mismo que tenía. -Le dirigió una mirada que le provocó nudos de tensión en el estómago y, a continuación, le tendió la mano-. Ahora, ven conmigo, Winry. Quiero ir a casa.


Continuara…


¿Ustedes que opinan? ¿Es o no es?