Hola nuevamente, aquí continúo con el primer capítulo. En el anterior recibí el mensaje de alguien quien no estaba registrado diciendome que habia plagiado la historia de alguien mas, (marss992). A la persona que escribió el mensaje permitame recordarle:
1. Al inicio de la historia aclaré que yo no la escribí, que era una adaptación.
2. También que al finalizar la historia diría quien era la autora del LIBRO
3. La persona que anteriormente publicó también esta adaptación tal vez se le olvidó aclarar que tampoco era suya. Es un libro y por lo tanto no le pertenece, por lo que cualquier otra persona puede hacer también una adaptación, en este caso yo, ya que no es de ninguno de los autores que fanfiction prohíbe.
No siendo más espero que esta anotación la pueda ver quien me mando el mensaje ya que no se registró y no puedo contestarle a ella directamente.
A las demás gracias por leer y sus mensajes.

Así que aclarando nuevamente la historia y los personajes no me pertenecen.

Capítulo 1

Copper Creek, Colorado

1888

—Sé que este carro no es tan lujoso como el carruaje de tu padre- se disculpó Alice, la prima de Bella, por segunda vez—, pero ya verás qué bien nos lo vamos a pasar en casa de Angela esta tarde.

—Estoy deseando llegar —dijo Bella, acomodándose en las almohadas que habían dispuesto para ella en la parte trasera del carro. - Ya sabes que nunca puedo hacer cosas así cuando mis padres están en casa.

—Menuda suerte hemos tenido con que tu madre haya accedido a acompañar al tío Charlie a Denver esta vez.

—Tened mucho cuidado —dijo su tío Aro al tiempo que subía la silla de Bella en la parte trasera del carro. Echó a rodar hacia ella, y Bella le puso el freno.

Alice se recogió la falda de flores rosa y crema y subió al pescante con la ayuda de su padre.

—¿Estás segura de que sabes conducir este chisme? —le preguntó al verla tomar las riendas.

Alice frunció el ceño.

—Claro que estoy segura. Lo he hecho un montón de veces, ¿verdad, papá?

—Sí, hija.

Tío Aro era hermano de su madre, pero ni su tía ni él eran tan estrictos ni tan posesivos como los padres de Bella. Los mejores momentos de su juventud los había vivido en su rancho, en las escasas ocasiones en que sus padres viajaban juntos y la confiaban al cuidado de sus tíos.

—Divertíos, chicas —las despidió.

Bella se echó mano al sombrero y se dispuso a disfrutar del viaje. El sol le caldeaba el cuerpo a través de la ropa y respiró hondo el olor a tierra recién movida en un campo vecino.

—Vamos a preparar los adornos para la boda de Angela —le dijo Alice—. Lazos lavanda con flores de papel —continuó su prima mientras Bella contemplaba el paisaje de primaDidyme. Los ásteres rojos cubrían las colinas con su color brillante.

—Voy a pararme en el establo a pedirle a alguien que nos lleve a casa de Angela y que se quede con el carro hasta que hayamos terminado —le dijo—. Así no tendremos que andar bajándote del carro y empujar la silla por la calle llena de polvo.

Bella asintió su consentimiento. A Alice le gustaba hacer bien las cosas y ella detestaba ser una molestia. Su prima paró el carro a la sombra de un edificio nuevo.

—¡Así que este es el establo nuevo! —anunció Bella, examinando el edificio recién pintado—. Llevo semanas oyendo el martilleo desde mi habitación.

La casa de su familia estaba a varias calles de distancia, pero lo bastante cerca para que el ruido le llegase en los días tranquilos, lo que había despertado su curiosidad, pero a pesar de su insistencia y de su frustración, nadie le había contado nada.

Un joven alto y de espaldas anchas salió a la puerta, y entonces comprendió la razón por la que sus padres se habían obcecado en no hablarle del nuevo establo.

El sol brillaba en su pelo cobrizo. Llevaba una camisa amplia y abotonada delante y los pantalones metidos por dentro de las botas. Era un hombre de aspecto saludable, moreno de estar al aire libre y confiado en sus posibilidades.

Edward Cullen.

Unas imágenes caóticas bombardearon los aún más caóticos sentidos de Bella: Edward sonriendo y ofreciéndole unos minutos de libertad. Edward con la camisa manchada de sangre y con la boca ensangrentada, y con aspecto confuso y humillado. Edward reparando en ella al ir a la tienda y saludándola con una leve inclinación de cabeza antes de que su padre se diera cuenta. Edward montando a su caballo cuatralbo como si el animal y él fuesen uno solo.

Una vez, pocas semanas después de aquel horrible incidente de su fiesta de cumpleaños, él saltó el seto estando ella sentada en su silla disfrutando del sol.

Bella le preguntó por sus heridas y él les quitó importancia. Hasta que llegó Emmy a casa.

A lo largo de los años, sus caminos se habían cruzado sólo brevemente, ya que la hija de un banquero se movía en distintos círculos a los de un ranchero, pero Bella lo había visto en muchas ocasiones desde lejos.

—Buenos días, señoritas —las saludó y su voz, que había adquirido un tono suave y profundo, le produjo una extraña palpitación en el pecho—. ¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó.

—Pues, si no es una molestia, nos gustaría que nos llevase a casa de los Weber y que se trajese el carro de vuelta.

La voz de Alice había cambiado desde la última vez en que Bella la oyó hablar, hacía menos de un minuto. ¿De dónde había salido ese tono como sofocado?

—No es molestia alguna —contestó Edward, y saltó al pescante para sentarse junto a Alice. El carro se bamboleó con su peso y el estómago de Bella hizo lo mismo.

—Están las dos preciosas hoy —comentó, y miró por encima del hombro hacia Bella, que enrojeció. Menos mal que él tenía que mirar hacia delante para conducir el carro.

—Estamos ayudando con la decoración para la boda de Angela —dijo Alice. Dios bendito, ¿no estaba hablando con un tremendo acento sureño?—. Sólo faltan dos semanas para la boda, ¿sabe?

—¿Van a asistir las dos?

—Desde luego. No nos lo perderíamos por nada del mundo, ¿verdad, Bella?

Edward asintió y siguió escuchando la charla femenina de Alice. En cuestión de minutos, llegaron a su destino. Primero ayudó a su prima a bajar del pescante, y Alice se ruborizó y lo miró con coquetería desde debajo del ala de su sombrero.

Bella se levantó. Normalmente habría caminado hasta el borde de la plataforma y habría esperado la ayuda de su tío o de su primo para bajar. Pero no quería que Edward pudiese ver su torpeza, así que decidió quedarse en el sitio.

Él fue a la parte trasera del carro y bajó la portezuela y, mientras Bella evitaba mirarlo, bajó la silla sin esfuerzo. Luego subió a la plataforma y entonces sí que lo miró.

Su cuerpo de muchacho larguirucho y delgado se había transformado en el de un hombre musculoso y lleno de armonía, y se encontró con que unos ojos tan verdes como el cesped de primavera la estudiaban también a ella. Luego bajó un poco la mirada, reparó en una nariz recta y proporcionada y en una cicatriz en la comisura de sus labios que sonreían.

—Déjeme ayudarla, señorita Swan —dijo educadamente con aquella voz.

Ella enrojeció hasta la raíz del pelo, pero consiguió articular una palabra:

—Gracias.

Él la tomó en brazos del mismo modo que su padre, su tío y su hermano hacían constantemente, pero aquello fue distinto. Él no era miembro de su familia, sino un extraño, un hombre fuerte y lleno de gracia, y Bella sintió vergüenza de su indefensión, de su incapacidad de movimientos.

Le rodeó inmediatamente el cuello con los brazos y sintió su cuerpo duro junto a su costado, evitando deliberadamente mirar aquel rostro acariciado por el sol que tenía tan cerca.

Con increíble agilidad, bajó de la plataforma y la llevó hasta la silla. Bella se sentía como una de sus muñecas de porcelana en sus brazos. Nunca había odiado tanto la silla de ruedas como la odió en aquel momento. Hubiera querido que Edward la llevase más allá, a algún lugar en el que no hubiera sillas de ruedas, ni límites.

Pero claro, no fue así. Edward la dejó con suavidad en la silla que Alice sostenía, liberó los brazos con cuidado de sus faldas y las dejó perfectamente bien colocadas.

—Gracias —dijo Bella, incapaz de volver a mirarlo a los ojos.

—Ha sido un placer —debía estar mirando a Alice—. ¿A qué hora quieren que vuelva a buscarlas con el carro?

—A las tres, si le parece bien. Mi madre espera que esté en casa a tiempo de ayudarla a preparar la cena.

—Nos veremos a las tres, entonces. Señoritas.

Bella vio sus botas alejarse y luego levantó la mirada para verlo subir al carro con un movimiento fluido y perfecto.

—Ay, Dios mío —suspiró Alice—. ¿Sabías que él mismo ha construido el establo y que es el propietario?

—No me llegan noticias de Edward Cullen.

—Ya me lo imagino —las dos se quedaron contemplando el carro hasta que se perdió de vista—. Dicen que ahorró él solo el dinero necesario para construirlo.

—¿Ah, sí?

Bella sabía poco de negocios o del coste de las cosas.

—Es todo un logro. La mayor parte de la gente habría pedido un préstamo.

—Oh.

Miró a su prima y entendió el significado de lo que acababa de decir. Un préstamo tenía que concederlo el banco, y el único banco de Copper Creek era propiedad de su padre. La vergüenza por lo injusto que había sido su padre con él le ardió en la cara.

—Apenas recuerdo aquel cumpleaños tuyo —dijo Alice, que era casi dos años más joven que Bella—. ¿Qué edad tenías?

—Diez años.

Alice empujó la silla hacia la casa de Angela.

—¿Pero lo recuerdas bien?

Apenas pasaba un día atada a aquella silla en que no recordase aquel otro en el que cabalgó en el viento y saboreó la libertad por primera vez… para que luego le fuese arrebatada de golpe y proscrita como si se tratase de algo deshonesto.

Lo recordaba perfectamente bien. ¿Cómo podría olvidarlo? ¿Y cómo podía olvidar que Edward había pagado sus consecuencias?

—Lo recuerdo muy bien.